CAPITULO DIEZ

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay 

¡BELLA DURMIENTE!


Las circunstancias en la vida de Dedé habían cambiado mucho. Ella en la cárcel, acusada por una broma universitaria muy pesada. Marion abducida por un misterioso y mágico libro. Elisa hipnotizada por los encantos de un ser con el rostro de Mike, que se había agenciado uno totalmente distinto, Luke; y haciéndose llamar Dios ante Elisa. El profesor Harris en camino hacia una cita desconocida y muy importante, portando en su maletero la prueba evidente de la desaparición de Marion, o más bien su propia prisión. ¡Todo estaba patas arriba!

Dedé descansaba, encima de un suelo frío y sucio de hormigón, dentro de su celda. El policía se acercó a las rejas y las golpeó fuerte, con su garrote, haciendo un ruido metálico ensordecedor. Eso interrumpió el sueño incómodo de Dedé.

—¡Bella durmiente! —Llamó su atención con burla. —¡Eh, despierta! Es hora de irse.

Dedé despegó la cabeza del suelo con dificultad, ayudándose con el impulso de los brazos. Miró al guardia entreabriendo los ojos.

—¡Ja, ja, ja…! —Rió el guardia cuando vio su rostro. —¡Madre mía, te han dejado hecha una pena! ¡Así aprenderás! —Dijo mientras con sus llaves daba vueltas a la cerradura.

Sus compañeras de cuarto de esa noche habían hecho su trabajo y desde luego, se habían despachado a gusto. Tenía la nariz magullada, las ojeras ennegrecidas por los morados, señal de unos bueno puñetazos; y una parte del labio partido. Estaba hecha un escombro. También le habían robado sus zapatillas y le habían quitado la chaqueta a patadas. El guardia abrió la puerta y Dedé se levantó a marchas forzadas, cojeando y sujetándose las costillas con una mano, se dirigió hacia la puerta de la celda.

—¡Vuelve cuando quieras, princesa! —Dijo la presa que llevaba su chaqueta y sus zapatillas puestas. Dedé las miró, odiosa, por última vez con sus ojos morados y su escasa percepción. La presa juntó sus labios haciendo morritos y le lanzó varios besos.

Se dirigió, dolorida, hasta la recepción para recoger sus pertenencias. Allí, un joven cadete la atendió. Esparció sus cosas por el mostrador y las fue enumerando.

—Este es tu móvil, tus llaves y tu documentación. Creo que no falta nada, revísalo todo. —Dijo el joven, que la miraba con compasión.

Dedé, despeinada, magullada y con poca energía, cogió su teléfono con la pantalla escarchada, intentó encenderlo pero fue imposible.

—¡Está roto! —Miró hacia las mesas de la oficina, dónde estaban los otros policías. —¡¿Me habéis roto el móvil?! —Exclamó indignada. La ignoraron, soltando pequeñas risas contenidas entre ellos. —¡Esto es el colmo!

El cadete se inclinó hacia ella por encima del mostrador para hablarle en voz baja.

—Lo siento, no llevan muy bien lo de las bromas, es su forma de vengarse. —Dedé lo miró con la boca abierta y señalando su cara con su dedo índice le dio a entender, si aquella paliza no había sido suficiente. —Ya, lo sé y lo siento de veras, pero deberíais parar con las bromas.

—¡Seguiré repitiendo que no ha sido una broma, hasta que se me caigan los dientes de vieja! Supongo que hay cabezas huecas en todos lados, incluido en el departamento de policía. Da igual… últimamente pasan demasiadas cosas inexplicables en mi vida, una paliza y pasar una noche en el calabozo no es del todo surrealista para mí. —Dedé miró la chapa identificativa que el joven llevaba en su pecho, sujetada por un alfiler, encima de la solapa de su bolsillo. —Agente G. Sanna… ¿de qué me suena a mí tu apellido? —Preguntó inclinándose hacia él.

El cadete recolocó su broche con orgullo.

—Estudiamos juntos en segundo curso. —Dijo él, esperando que le reconociese. Dedé lo miró sin saber de qué hablaba. —Me sentaba una fila por delante tuya… —Dedé seguía sin darse cuenta, esto desilusionó un poco al chico. —¡Me pagabas diez dólares por pasarte a limpio los apuntes! —exclamó ofendido.

—¡Lo siento, no lo recuerdo! —Contestó ella molesta.

—Te invité al concierto de los Audioslave.

—¡Oh, sí, ya me acuerdo! —Se echó las manos a la cabeza. —¡Madre mía, ese concierto fue la leche! Pero, no me acuerdo de ti… —Dijo pensativa. —A ese concierto… fui con Elisa…

—Si, lo sé. Te dí las entradas y fuiste con tu compañera de cuarto. —Dijo apenado.

—¡Oh, mierda, lo siento! —Se disculpó arrepentida.

—No te preocupes, no fue culpa tuya, seguramente yo formulé mal la pregunta. —La disculpó bajando la cabeza.

Dedé lo miró con una leve sonrisa de compasión, lo inspeccionó de arriba a abajo, pensando que no estaba nada mal.

—¿Y qué haces aquí? —Le preguntó ella interesada.

—Dejé la universidad y me apunté a las pruebas, las aprobé y… ¡aquí estoy! —Dijo él abriendo los brazos de par en par.

—¿Te diste cuenta de que querías ser policía?

—No exactamente, digamos que fuerzas personales me llevaron a esto. —Dedé asintió sin entender muy bien a qué se refería. —Me llamo George, por cierto. —Él tendió su mano para hacer un saludo formal. Dedé sonrió y le correspondió.

—Encantada, George. Prometo no olvidarme esta vez.

—Tienes que firmar estos documentos antes de irte, ya sabes, meras formalidades.—George puso los papeles, delante de Dedé, por orden. —Este de aquí es tu alta de salida. Este en el que se detallan todas tus pertenencias y afirmas que te han sido entregadas y este es en el que declaras que no has sufrido ningún tipo de mal trato físico por parte del departamento de policía. —Carraspeó al final de la frase, estaba incómodo con ese papel.

—Ya, tu y yo sabemos que no ha sido exactamente así, ¿verdad George? —Dedé firmó ambos papeles.

—Y por último, este es el de recogida de tu vehículo, tienes que firmarlo y llevarte una copia.

—¿Recogida de mi vehículo? ¿¡Por qué se llevaron mi coche!?

—Supuestamente para pruebas. —Dijo nervioso.

—¿Qué pruebas? —George se encogió de hombros y le entregó las llaves.

—Es el procedimiento. Podrás recogerlo dentro de una semana.

—¡¡Una semana!! ¡¡Estáis de coña!! ¡¡Necesito mi coche para moverme!! —Explotó muy cabreada.

—Si, también siento eso. Suelen expresar sus frustraciones así. —Encogió sus hombros de nuevo.

—¡Así que pruebas! ¿eh? —Dedé negó con la cabeza. —No debería haber firmado ese papel del maltrato físico. —Volvió a mirar a los policías con ira.

—Lo siento mucho, Danielle…

—No importa. —Suspiró. —Me voy a casa, dormiré hasta que pueda recoger mi coche.

—Deberías ir al hospital, no tienes buen aspecto. —Le aconsejó él preocupado.

—Ya… ¿Y cómo se supone que voy hacerlo? ¡Me quitaron el coche! ¿Recuerdas? —Contestó meneando las llaves de su coche en la mano. —¡Este día no puede ir peor. —Murmuró.

—Yo puedo llevarte. Acabo el turno en quince minutos y el hospital está cerca de mi casa. Puedo acercarte si quieres. —Se le notaba entusiasmado.

—No… gracias, puedo apañármelas sola

—De verdad que no me importa. —Insistió.

Dedé estaba ya en la puerta, con la mano apoyada en el cristal, dispuesta a empujarla para salir. Miró la cara inocente de George y pensó que era un buen chico, de los que ya no quedaban, también pensó que era demasiado bueno, demasiado blandito, se derretiría como la mantequilla a su lado. Pensó que se cansaría rápido de él. Pero era su mejor opción en aquel momento. Sin teléfono, sin coche y sin mejor amiga. Así que asintió con la cabeza y le esperó fuera.

Imagen de Comfreak en Pixabay

El profesor sujetaba, entre sus brazos, aquel libro envuelto en la bolsa. Como el mayor tesoro jamás encontrado o quizás el arma más poderosa capaz de destruir la humanidad, aún no se sabía, pero por su postura y por la fuerza con la que se agarraba a él, había descubierto más de lo que ya sabía y esto le había llevado a cumplir una importante labor. Al parecer la cita mantenida, la tarde anterior, le había resuelto bastantes dudas, y al parecer, también había reducido su miedo a estar cerca del ejemplar. Sentado en un asiento de vagón de tren, miraba nervioso a su alrededor, como si alguien le acechase, como si fuesen a robarle aquel misterioso y poderoso tesoro, envuelto en una bolsa poco glamurosa. Había escogido el asiento de la ventanilla, así su espalda y su costado izquierdo estarían protegidos, además desde allí podría vigilar a toda persona que entrara en el vagón.

—Debo llegar antes que ellos, debo llegar antes que ellos. —Se repetía una y otra vez.

El revisor empezó a pedir los billetes a los pasajeros, el tren ya estaba en marcha. Harris miraba, todo el tiempo, hacia el pasillo, nervioso y sudoroso. El revisor se le acercó.

—Señor, su billete por favor.

—¡Sí, claro, por supuesto! —Dijo con la voz entrecortada. Con una mano siguió sujetando el libro y con la otra, temblorosa, sacó el billete del bolsillo de su chaqueta de pana marrón con remiendos en los codos de color beige, la misma que la del día anterior, lo que significaba que el profesor no había pasado por casa ni para cambiarse.

El revisor se dio cuenta de su estado inquieto y su sudoración excesiva.

—¿Se encuentra usted bien? —Preguntó preocupado.

—Sí, gracias, estoy bien. —Le entregó el billete y éste se lo devolvió sellado.

—Muy bien, todo en orden. —El revisor lo miró intranquilo. —¡Que tenga un buen viaje, señor! —Se dispuso a marcharse.

—Sí, vale… gracias. ¡Oiga, disculpe! —Harris llamó de nuevo al joven revisor.

—¿Si, dígame?

—¿Cuándo llegaremos a Kalambaka? —El revisor miró su reloj.

—Dentro de unas tres horas y media, señor. ¿Necesita, usted, algo más?

—Sí, un vaso de agua si es usted tan amable. —Le pidió secándose el sudor de la frente, con un pañuelo de su bolsillo.

—¡Claro, enseguida!

—Muchas gracias. —Contestó Harris con media sonrisa. Con la tensión que contenía en su cuerpo no era capaz ni de sonreír enteramente.

Harris en seguida se fijó en que un hombre, sentado en un asiento en diagonal al suyo y en contra de la dirección del tren, lo observaba atentamente. Al profesor no le gustó en absoluto que aquel pasajero le mirase. Aquel hombre, trajeado, bien peinado y con aparentemente grandes modales, estaba sentado bien erguido, observando cada uno de sus movimientos. Tenía unos ojos penetrantes, rasgados, de color azul. Tenía la raya de los ojos muy marcada, como si se la hubieran pintado con un pincel. Su tez era clara, con ciertas pecas pícaras por encima de la nariz. Mandíbula pronunciada en los laterales de su rostro, su pelo era castaño claro, con un corte muy moderno y mechas blancas en las puntas de su pequeña cresta. Aquel cuerpo tan masculino, rellenaba perfectamente el traje tan impecable que portaba, era un hombre de ejercicio físico. La nuez de su garganta sobresalía y marcaba el cuello de su camisa, abotonada y cerrada, con una corbata granate.

Harris se revolvía en el asiento, intentaba no hacerle caso, mirar para otro lado, pasar desapercibido, pero le resultaba casi imposible, el ángulo de observación de aquel trajeado hombre, era perfecto para vigilarlo. El revisor se acercó de nuevo al profesor, con su vaso de agua.

—Aquí tiene, señor. —Le acercó el vaso.

—¿Podría hacerme otro favor? —Le preguntó con la voz temblorosa y casi inaudible.

—¡Claro, señor! ¿Qué necesita? —Se ofreció servicial.

—¿Puede ubicarme en otro asiento?

—¡Oh, lo siento, señor, vamos completos!

—Entonces, ¿puede decirme dónde están los servicios?

—En el vagón trasero, ahí los encontrará.

—¡Gracias! —Le agradeció Harris. El revisor asintió con la cabeza y se marchó.

El profesor se levantó de su asiento, tras beberse el agua como si fuese un chupito de tequila. Sin dejar de sujetar su valiosa pertenencia, se dirigió hacia el vagón de atrás, no sin antes cruzar, por última vez, la mirada con aquel extraño pasajero que no dejaba de observarlo. Aquella mirada era algo más que penetrante, era como si quisiera decirle algo, como si quisiera decirle que estaba en peligro y que el peligro era él.

Harris caminó por el pasillo hasta llegar al final, allí estaba el baño. Tiró de la manilla, pero la puerta no se abrió.

—¡Vamos, venga! —Volvió a tirar.

—¡Ocupado! ¿¡No ve el pomo!? ¡Está en rojo! —Dijo un señor desde dentro.

Harry se quedó allí de pie, mirando continuamente hacia la entrada del otro vagón, vigilando de que no viniera a por él, aquel hombre tan elegante. Estaba sudando a chorros, como si hubiera corrido una maratón, como si aún estuviera en ella. Una mujer se acercó, también esperaba para entrar al baño.

—¿Está ocupado? —Preguntó sonriente.

—Sí. —Contestó Harris.

La miró estupefacto, era la mujer más bella que había visto jamás. Sus cabellos eran largos y ondulados como las olas, naranjas como el amanecer de un día caluroso. Era preciosa. Sus pómulos tenían un color rosado natural perfecto. De tez pálida y dos hoyuelos que destacaban cuando ella sonreía, que iluminaban aquella estancia, algo no muy difícil, puesto que se le notaba que era de espíritu juvenil y risueño. Sus ojos grandes y marrones como el café soportaban unas largas pestañas a juego con su pelo. Harris se quedó embelesado por tal belleza, tanto que olvidó por completo toda preocupación, todo el estrés.

La mujer se meneaba de un lado para otro, sus ganas de ir al baño eran evidentes a la par que inminentes. Se acercó a la puerta y tocó tres veces.

—¡Oiga! ¿Va a tardar usted mucho? —Preguntó con su dulce voz.

Harris pensó en su voz, en lo aterciopelada y confortable que era. Podía imaginarse esa voz cada día al despertar, cada noche al dormirse, a su lado, en la almohada que ahora estaba vacía. Podría acostumbrarse a un “Te quiero” de sus labios para siempre.

—¡Vayan a otro servicio! —Desde dentro se escuchaban los esfuerzos del pasajero por vomitar.

La mujer y el profesor se echaron para atrás.

—¡Uf! —Dijo ella. —Parece que algunos no soportan el traqueteo de las vías.

—Sí, eso parece. —Contestó él tímido.

—¿Y usted? ¿Le gusta viajar en tren? —Preguntó ella dicharachera.

Harris se quedó bloqueado. No podía creerse que le hablara a él, que se interesara por tener una conversación con él.

—¡¿Quién yo?! —Dijo señalándose con él dedo.

—No, en realidad hablo con el que está detrás. —Dijo bromista. Instintivamente el profesor miró para atrás dónde solo había pared. Ambos rieron. —Le pregunto porque le veo bastante sudoroso e inquieto.

—¡Oh, no! ¡Me encanta viajar en tren! Es mi transporte favorito. —Contestó sonriente.

—¡Genial! —Exclamó ella dando un pequeño brinco. En verdad tenía un espíritu contagioso y enérgico. —Pero si va a vomitar, avíseme antes ¿vale?

—¡Claro, por supuesto! —Ella le sonrió graciosa. Él le devolvió la mirada.

—¡Me llamo Eugine! —La preciosa mujer le tendió la mano con firmeza. Harris se la devolvió.

—Harris, James Harris. —Dijo él aún sujetando con fuerza el libro con la mano que le quedaba.

—¡Encantada James! Y dígame, si no le molesta el viaje, ¿qué es lo que le inquieta? —Preguntó ella muy amable y dulce. —¿Está escapando de la justicia? ¿Le persigue la mafia? —Dijo bromeando con gracia.

—¡No! —Rió Harris. —Yo solo soy un profesor.

—¿Quizás un profesor espía que huye de algún poderoso terrorista? —Ambos rieron de nuevo. —¡Vamos, sígame el rollo! La imaginación es lo mejor para olvidarse uno de que se está haciendo pis encima.

—¡Bien, está bien! Pues… en ese caso… En verdad soy un profesor con una gran misión. Tras encontrar un libro mágico, de otro mundo sobrenatural, que atrapa a personas y manipula las mentes humanas, debo encargarme de llevarlo a un sitio seguro, a las montañas de Tesalia, cerca de Kalambaka, allí me espera un enlace que me llevará hasta los antiguos monjes de los monasterios de Meteora. Una vez entregado, tendré que asegurarme de que sus secretos no sean desvelados y convencer a los antiguos de que lo abran una vez más para liberar a una alumna que se ha quedado atrapada. —Y así lo resumió Harris, convencido de que la realidad traspasaría la ficción y que aquella bella mujer alabaría su imaginación.

—¡Vaya! ¡Me deja usted impresionada señor Harris! —Eugine estaba boquiabierta.

—¡Gracias! Los profesores tenemos mucha imaginación. —Contestó hinchando su pecho con orgullo.

Eugine seguía meneándose de un lado para otro, las ganas de ir al baño eran cada vez mayores.

—¡Ay, no aguanto más! ¡Deberíamos buscar otro baño! ¿No le parece?

—Si, estoy de acuerdo.

—Estoy en un vagón con compartimento, si quiere puede acompañarme. Podemos pedir una taza de café y seguir inventando historias. El viaje es muy largo y al viajar sola me aburro como una ostra. —Le invitó parlanchina.

—¡Sería todo un placer! —Harris aceptó la invitación. Estaría loco si no lo hiciera.

—¡Bien! —Se puso muy contenta. Se notaba que había una chispa entre los dos. Se notaba que a ella también le gustaba el profesor. —¡Entonces, sígame profesor! ¡Nos vamos de aventuras! —Dio dos brincos y comenzó a andar por delante de él con salero.

Tras encontrar unos baños libres en el vagón de Eugine, se dirigieron hacia su compartimento.

—Teniendo baño aquí, ¿por qué fue hasta el otro vagón? —Preguntó él.

—¡Ah, pues porque este también estaba ocupado! —Contestó ella que se detuvo frente a una puerta. —¡Es aquí! —La abrió. —Usted primero. —Hizo una reverencia encantadora que hizo que Harris sonriera como un bobo.

Harris se adentró en el cuarto del tren. Tenía dos largos asientos, uno frente al otro, de color rojo, con respaldo acolchado, parecían muy cómodos. Vio que el ventanal era más grande que el de los otros vagones de clase turista. Miró todo el espacio. Eugine, estaba detrás de él, cerró la puerta.

—¿A dónde viaja usted, señorita Eugine? —Preguntó.

Eugine no le contestó, algo que al profesor le extrañó. Se giró para verla, pero allí no había nadie.

—¡¿Señorita Eugine?! —La llamó inquietante.

Un rugido ahogado y chirriante llamó su atención. Provenía del techo de la habitación. Él, dudoso y atemorizado, no quería mirar hacia arriba, pero la curiosidad humana fue lo que le llevó a hacerlo. Y allí estaba. Un ser espeluznante que enseñaba sus afilados dientes amarillentos. Con la piel azulada y cuarteada, abría la boca soltando saliva y ruidos extraños. El pelo largo y sin vida, aún de color naranja, pero más como las tejas desgastadas de una casa en ruinas, colgaba hacia abajo. Aquella cosa, se agarraba al techo con sus uñas largas y negras, clavadas en la madera con fuerza. Todo su cuerpo era casi esquelético, se podían ver sus huesudas costillas a través. Lo que había sido una preciosa mujer divertida y alegre, con rasgos angelicales, se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en una monstruosidad que le acechaba, dispuesta y preparada para lanzarse encima de él.

—¡¿Señorita Eugine?! —Preguntó el profesor con la voz trepidante. ¿Cómo iba a imaginarse que aquella perfecta diosa, se convertiría en aquel semejante ser, saco de huesos?

Soltó un último alarido ensordecedor que hizo que Harris se tapara los oídos con fuerza. Era molesto y doloroso. Un arma que usaba para inmovilizar a su presa. Los oídos del profesor empezaron a sangrar a borbotones, eso no era buena señal. Con las manos apretando sus orejas, se quejaba de dolor y se dejaba caer de rodillas al suelo. Una vez allí, el monstruo desplegó sus negras alas desgastadas y descendió al suelo. Harris, arrodillado y dolorido, era la presa perfecta. Eugine, o lo que quedaba de ella, se acercó a él, alzando sus garras hacia arriba en posición de ataque, dispuesta a clavarlas en su espalda para terminar con su existencia; y así llevarse el libro. El profesor se giró asustado, abrió sus ojos, la miró aterrorizado ante la presencia de aquel ser y se preparó para recibir su final.

De pronto, un garrote largo y de bronce, atravesó el cuerpo huesudo de la criatura. Un haz de luz azul intensa, salió de su estómago. Ésta gritó, ensordeciendo de nuevo a Harris, que de nuevo se tapó sus oídos. La luz era tan potente que tuvo que apartar la mirada. La criatura gritó por última vez, un grito de desgarro; y desapareció tras ese brillo. Harris, cegado y sin visibilidad, pestañeó varias veces. Una vez recuperada la vista, vio a su salvador. Aquel hombre estaba de pie, frente a él. Le tendió la mano, para que se levantara del suelo. Aquel hombre de pómulos marcados, ojos rasgados y corbata granate, le salvó.

—¡Venga, levántese! —Le dijo con voz de mando. Con una voz muy masculina y varonil.

—¡¿Usted?! —Preguntó sorprendido. Harris se levantó del suelo, posicionándose frente a ese valiente pasajero.

—¡Sí, yo! —Contestó cortante. Abrió la puerta y sacó un poco la cabeza. Echando un vistazo al pasillo. Quería asegurarse de que nadie se había acercado a ver el barullo. Cerró la puerta y se enfrentó al profesor. —¡¿Está usted loco?! —Le regañó. —¿Qué hacía con esa mujer?

—¡Escapar de usted!

—¡¿De mí?! ¡Yo soy su enlace profesor! —Exclamó furioso.

—¿Mi enlace? ¿Y por qué me miraba de esa manera? ¡Estaba vigilándome con esa cara de pocos amigos todo el tiempo! ¿Qué esperaba que creyera?

—¡No le miraba a usted! Miraba a esta cosa, ella estaba en el asiento de atrás. —Dijo señalando al suelo dónde aún se encontraba algunos restos de aquella criatura.

—¡Oh, vaya! —Dijo él avergonzado.

—¡¿Así que me tiene miedo a mí, pero se va con una desconocida?!

—¡Era simpática y muy guapa! Fue agradable conmigo, quizás si usted se hubiera presentado y hubiera sido agradable… —Le reprochó Harris.

—¿En serio? —Le miró incrédulo. —¿Esperaba que le hiciera ojitos? Yo estaba observando sus espaldas, vigilando que nadie se le acercase, era una ventaja por si le pasaba algo.

—¿Y que era eso? —Preguntó el profesor aún traumatizado.

—Una Drinfa.

—¿Una qué?

—Una Drinfa. Son las hadas de la tierra. —Le explicó.

—¡Pero las hadas son buenas! —Exclamó él, incrédulo.

—Supongo que vuestro ojo humano está demasiado acostumbrado al cacharro ese donde echan imágenes extrañas, que os lavan el cerebro.

—¡¿Se refiere a la televisión?!

—Si, eso… La televisión. —Repitió como un loro.

—Pero, ¡¿quién es usted?! —Al profesor le sorprendió que aquel hombre no supiera lo que era una televisón.

—¡Soy Heracles! Hijo de Zeus, semidios, ¡encantado! —El semidios le tendió la mano como si tal cosa. Harris se quedó perplejo y le respondió al saludo casi por inercia.

—¡¿Hera… Hera…Heracles!? —Titubeó como un tonto.

—¡Sí, el mismo!

—Osea, ¿Hércules? —Preguntó de nuevo, aún no podía creérselo.

Heracles movió la cabeza hacia los lados, negando aquel nombre.

—¡No, Heracles! Mi nombre es Heracles, no Hércules. Otra asignación de vosotros los humanos.

Harris se dejó caer hacia atrás, como una tabla de madera rígida, se desmayó y golpeó el suelo con fuerza. Retumbó todo el parqué de aquella estancia.

—¡Vaya, otro humano blandito! —Exclamó el Héroe.

Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY

Nos vemos en el próximo

NO LO OLVIDÉIS EL VIERNES EL CAPÍTULO 11

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

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LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

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