CAPITULO DOCE

MEDIO CORAZÓN


Dedé, sentada en el asiento del copiloto, observaba por la ventanilla cómo George Sanna se dirigía a la tienda de la gasolinera. Había parado para repostar su destartalada y oxidada camioneta, esa que debía parar cada pocos kilómetros por que no aguantaba un viaje de más de veinte minutos. Tenía un olor extraño, como a campo, a cereales recién molidos. Dedé se percató rápido de ese olor justo antes de entrar, al abrir la puerta un aire caliente, proveniente del motor, meneó levemente las puntas de sus cabellos negros que colgaban por debajo de sus hombros y con ese tranquilo y espeso aire, vino el aroma tan característico de aquel vehículo. No era del todo desagradable, siempre y cuando no te sintieras encerrada en aquel maizal. tanto tiempo ahí dentro, hizo que quisiera abrir la ventanilla. No le impresionó ver que no era automática, todavía conservaba esa típica manivela de los coches antiguos, un complemento perfecto a juego con el estilo de aquel vehículo. La camioneta de George era, sin duda, una antigualla, por fuera se notaba que en otra vida había sido azul, un azul muy celeste, un azul de esos preciosos que brillan con la claridad de los rayos del sol y de esos que por la noche, si te acercas, parecen de purpurina. Pero el paso de los años habían hecho mella en su pintura y ahora ese azul tan mágico, se entremezclaba con los golpes, el descascarillado y el óxido rojizo. Dedé observó todo el interior, buscando algo que la impresionara de verdad o algo que le hiciera cosquilleo en el estómago. Ella quería que ese chico le gustase, a pesar de tener la certeza de que se aburriría de él en pocos meses. Sabía que era un buen chico, un chico tranquilo y con futuro. Varias fotos estaban guardadas en la solapa colgante del conductor. En una de ellas, una bella mujer, muy sonriente, sujetaba un bebé entre sus brazos, la foto se había hecho en algún tipo de granja o pradera, las plantas que sobresalían por detrás eran maizales tan altos que su final no entraba en el encuadre de la imagen. Grandes y dorados como el sol, estaban preparados para ser recogidos. Dedé supuso que ese habría sido un buen día para la mujer de la foto, buena cosecha de cereales y buena cosecha familiar. Hiló entre olores, imágenes y con el hecho de que George se movía por las carreteras con una camioneta oxidada. Estaba claro que la familia de George Sanna vivía en una granja y se dedicaban a la siembra de cereales.

Muy ricos sí, pero demasiado trabajo, poco dinero.

Miró hacia la tienda. A través del cristal, George la sonrió y levantó su mano de manera torpe para saludarla. Dedé le respondió con sonrisa forzada. Suspiró. No era lo que se dice un gran partido. Estaba acostumbrada a ir en descapotables y deportivos, chicos de gran fortuna que la llevaban el desayuno a la cama en hoteles de cinco estrellas. Ir a festivales y fiestas privadas de lujo con todo pagado. Chica de yates y caviar para desayunar, chica de cero compromisos. Su mente se cerró ante la posibilidad de tener algún romance con ese granjero, con aires de salvador.

Giró su vista al retrovisor central, continuó con el registro visual del coche de George. Se fijó en los adornos que colgaban por detrás del espejo, un llavero con un girasol, un rosario hecho de cuentas transparentes y una cadena con el colgante de un medio corazón. Le llamó la atención aquel precioso complemento de plata. El corazón estaba partido a la mitad y en un extremo tenía un rubí encastrado. No lo pudo evitar, lo tocó. Recorriendo con su mano, con delicadeza, cada centímetro de la cadena hasta llegar al colgante, se acercó para verlo más de cerca y cuando lo tuvo en la palma de la mano, éste la absorbió.

Dedé abrió los ojos con dificultad, la luz cegaba sus pupilas contraídas, rodeadas de un iris color mar. Lo primero que vio fue las copas de los árboles, que en lo alto, se entrelazaban entre ellas, el cielo intentaba abrirse camino. Estaba tirada en el suelo, el suelo de un bosque seco, repleto de hojas caídas, marrones, amarillas, naranjas… No era primavera, era otoño.

Una vez incorporada y sentada entre esas hojas, miró a su alrededor.

—¡No, no, otra vez no! —De nuevo estaba entre gigantescos árboles. —¡Me estoy cansando ya de tanto viajecito! —Se levantó sacudiéndose la ropa. —¡Odio los bosques, odio los malditos árboles! ¡Estoy harta! —Se sacudía una y otra vez con enfado. —¡A ver! ¿Y ahora qué? —Miró a su alrededor, girando sobre sí misma. —Vale, este bosque no me suena, desde luego no estoy en Jacksonville. —Miró hacia el cielo buscando una respuesta. —¿Qué se supone que va a pasar ahora? ¿Va a morir alguien? ¿Va a venir otro zumbado a decirme tonterías? —Dijo gritando hacia las nubes. Esperó unos segundos. —Ya, como si alguien de ahí arriba fuera a ayudarme. —Miró de nuevo hacia los lados y cogió aire. —Vale, Danielle, la última vez el anillo te llevó de vuelta… ¡Claro, el anillo! —Mientras rebuscaba en sus bolsillos, recordó que no lo llevaba encima. —¡Mierda, está en el coche! ¡Malditos polis!¡Van a estar en mi lista negra mucho tiempo! —Se quedó pensativa, curvando un poco su espalda, demostrando sus pocas ganas de pasar por eso otra vez. —Pues nada, a caminar. —Dedé avanzó sin un rumbo fijo.

Tenía hambre. En la cárcel, la cena no había sido muy abundante, las otras presas a parte de su indumentaria y su dignidad, también le habían robado el bocadillo de atún, casi como en el colegio. No le había dado tiempo a desayunar y las tripas le rugían. Caminaba y caminaba buscando una señal, un ser vivo o una carretera que le indicara dónde se encontraba.

Escuchó un estruendo muy fuerte que le hizo dar un pequeño brinco, le pareció el sonido de unos truenos golpeando algo metálico. Seguidamente se escucharon unas bocinas de coche, una de ellas siguió pitando de manera muy molesta. Dedé fue corriendo hacia el estruendo. Estaba segura de que aquello no había sido nada sobrenatural, eso había sido un accidente.

Corrió rápido, pisando las hojas secas, unas tras otras, retumbando su crujir en el bosque, como cuando se aprieta una bolsa de patatas terminada. Y por fin llegó a la carretera. Se detuvo, manteniéndose alejada, tras ver que efectivamente un coche y un camión habían colisionado. Esperó vigilante, no sabía si acercarse o no, pensó que seguramente no habría supervivientes y seguramente ni la verían. El coche estaba volcado hacia un lado, había huellas de frenada de unos cuatro metros y varios efectos personales tirados y estropeados por toda la carretera, entre ellos paquetes de regalos magullados. El camión no había volcado del todo, pero estaba ladeado, su carga también estaba esparcida por toda la vía, una especie de líquido salía de su remolque a borbotones, se había hecho una fisura por culpa del choque. Olía a fuego, a rueda quemada y a gasolina, mucha gasolina. Dedé seguía allí de pie, justo donde empezaban las huellas del frenazo, pensando en qué hacer.

Un gemido y una mano salieron del coche. Ella se asustó, había alguien vivo y debía hacer algo. Corrió hacia allí con el corazón a mil por hora. Cuando estuvo frente al coche pudo ver a una mujer medio inconsciente, despertándose de su desmayo.

—¡Oiga! ¿Está usted bien? —Preguntó sin obtener respuesta. —¡Joder! ¿Y qué se supone que tengo que hacer ahora? —Era imposible llegar a ella. La ventanilla del conductor estaba aprisionada contra la carretera, solo había una opción. Sin pensarlo, Dedé se subió por el capó y trepó hasta la puerta del copiloto, los cristales estaban rotos, así que asomó la cabeza y vio a la mujer. Una imagen que jamás iba a olvidar. Aquella pobre conductora tenía las piernas partidas por la presión del motor y uno de los cristales clavados en el costado, la cabeza toda golpeada y heridas por los brazos. Aquello era demasiado para ella.

—¡Señora! ¿Puede oírme? —De nuevo sin respuesta.

La mujer empezó a despertarse del todo, eso no era bueno, con la consciencia llegó todo el dolor, todos los golpes se agravaron y empezó a gritar,. Estaba sufriendo, pero aún así, intentó salir, se revolvía para poder escapar de las garras del motor que atrapaban sus piernas. Cada intento por salvarse era una desesperación para ella y una desesperación para Dedé.

—¡No se mueva, se está haciendo más daño! —Dedé no pudo evitar soltar lágrimas de empatía por sus mejillas. Se dio cuenta de que no quedaba tiempo, todo estaba encharcado en gasolina y en cuestión de segundos explotaría. —¡Vale, escúcheme, tiene que salir! Le he dicho que no se mueva, pero me temo que va a tener que esforzarse más y salir de ahí. ¡Esto va a estallar por los aires! —Era inútil.

Ella encima del coche, de rodillas, mirando hacia el cielo otra vez, suplicó que alguien le ayudara.

—¡Por favor ayudadnos! ¿Qué queréis que haga? ¡Sé que hay alguien ahí! ¿Qué es lo que tengo que hacer? —Sus súplicas se perdieron en el viento.

—¿Hola? —Dijo la mujer dolorida y casi sin voz.

—¡Hola, hola! —Contestó Dedé impresionada. —¿Puedes verme?

—Si…puedo… —Contestó cerrando los ojos.

—¡Eh, eh no te duermas! ¡Por favor no te duermas! —La mujer abrió los ojos de nuevo. —Escúchame, voy a sacarte de aquí, ¿vale?

—No, no podrás…

—Sí, sí podré. Tú no te duermas. —Estaba asustada a la par que emocionada. De pronto se sentía útil, capaz de lograr cualquier cosa.

—¡Chica, eh, chica! —Dijo la conductora que apenas podía mantener sus ojos abiertos.

—¡Estoy aquí! —Dedé estiró el brazo para intentar tocar su hombro y reconfortarla.

—Tienes que irte. —Sonó a voz de súplica.

—No, no pienso dejarte.

—Por favor, yo no sobreviviré y lo sabes. Sabes por qué estás aquí. —Por un instante la miró fijamente abriendo sus ojos todo lo que pudo. —Toma, esto es lo que tienes que hacer. Llévale esto a mi hijo.

—Pero… —Estaba confusa.

La mujer estiró el brazo todo lo que pudo y dentro de su mano encerró algo para ella.

—¿Se lo darás de mi parte? —Le suplicó.

Dedé miró su mano y no pudo creerse lo que era. El colgante de medio corazón, de la camioneta destartalada de George, colgaba de la mano moribunda de aquella pobre mujer. Respondió a su petición con solemnidad.

—Te prometo que lo haré…

—Roxanne, mi nombre es Roxanne. —Dijo ella.

—Lo haré Roxanne. —En cuanto tocó su mano para llevarse el corazón, la llamas envolvieron el coche; y a Roxanne con él. La última mirada de aquella mujer fue dedicada a Dedé, era una mirada de paz, de tranquilidad, se iba, calcinada entre aquel fuego infernal. Le entregó su corazón, el corazón de George.

Las anaranjadas llamas subieron como un río hacia arriba, Roxanne desapareció del todo y cuando llegaron a Dedé, esta sujetó el colgante con fuerza y dijo:

—¡Llévame de vuelta! —Y como en un sueño, desapareció.


NOS VEMOS EL LUNES CON UN NUEVO CAPÍTULO DE PITIA DE DELFOS

FELIZ FIN DE SEMANA DÉLFICOS


CAPITULO ONCE

KALAMBAKA


El semidios estaba sentado en uno de los cómodos sofás granates del compartimento. Con los codos apoyados en sus rodillas, miraba al profesor, atento, esperando a que se despertara del traumático desmayo. El profesor seguía en estado catatónico, tumbado boca arriba en el sofá de enfrente, con la boca abierta y con un brazo colgando hacia el suelo. El tren hizo sonar su bocina con fuerza, se detenía en la siguiente parada, lo que provocó que Harris se desvelara alterado, levantó su cuerpo como un resorte.

—¡¡No me comas!! —Exclamó asustado aún entre sueños. Harris puso su mano en el pecho al darse cuenta de que solo había sido una horrible pesadilla. Miró hacia su derecha y vio a Heracles, que le observaba inmóvil. —¡Ah! —Soltó un alarido de susto. —¡Mierda, creía que todo había sido una horrible pesadilla!

—No, ha sido real. —Dijo Heracles sin inmutarse.

—Si, ya lo veo. —Suspiró decepcionado. Giró sus piernas y se colocó sentado. —Si no, no estarías aquí.

—Bueno profesor… nos bajaremos dentro de poco, ha dormido usted casi todo el viaje, espero que la siesta haya sido reconfortante porque nos queda un largo camino lleno de peligros. —Heracles se levantó con energía.

—Genial… —Dijo él con poca convicción.

—¡No se preocupe, yo estaré con usted todo el tiempo! —Exclamó animoso dándole una palmadita en el omoplato. Lo golpeó con tanta fuerza, que hizo que el profesor cayera de rodillas hacia el suelo. —¡Oh, profesor! —Heracles se agachó para ayudarle a levantarse. —A veces, con la emoción, no controlo mi fuerza.

—¡Sí, eso también lo veo! —Protestó sarcástico mientras se incorporaba. —Y dígame, Heracles… —Dijo recalcando su nombre. —¿Puede iluminarme un poco todo esto?

—¿Iluminar? —Heracles miró al rededor de la habitación. —No entiendo, ya hay bastante luz en esta habitación, ¿no cree? —Contestó.

—Es una forma de hablar… Me refiero a que me explique todo esto, la situación en general.

—¡Ah! Sí, claro. Nunca he entendido los entresijos del habla humana, ¿por qué hablan con códigos? ¿Les divierte? ¿Por qué no hablan de forman clara y sincera? ¿Es algún tipo de juego para ustedes? —Preguntaba sin parar.

—¡Al lío, Heracles! —Contestó Harris impaciente.

—¡Oh, sí, disculpe! —Hizo una pequeña pausa para encontrar las palabras más eficaces y encontrar un inicio comprensible para la mente humana del profesor. —Empezaré por algo sencillo. El libro que usted encontró, no debería estar aquí.

—¡Sí, eso ya lo sé…! —Harris dudaba si el semidios era lo suficientemente inteligente como para ser un competente guardaespaldas. Supuso que para ejercer la fuerza bruta, no se necesitaría de una inteligencia desbordante.

—Sí, es verdad, usted eso ya lo sabe. —Se rascó la barbilla pensativo. —Bueno, a ver, eso… —Señaló al suelo, recordando a la Drinfa. —Es uno de los pocos peligros que nos esperan. Me han enviado aquí para evitar que el libro que usted tiene, siga circulando en manos equivocadas.

—¿¡Pero quién lo ha traído!?

—Ahora voy con eso. Uno de nuestros dioses del Olimpo se ha “aburrido” y quiere… ¿Cómo lo diría? ¿Divertirse?

—¡Es broma! ¿No?

—No, ¿por qué iba a ser una broma? —Heracles continuaba sin entender las formas de hablar humanas. —A ver, ese dios recibió un “mensaje”, que le decía que algo grande llegaría si él daba ciertos pasos. No sabemos muy bien cuáles son los pasos que tiene que seguir para ello, pero lo que sí sabemos es que el “algo grande” que va a pasar no es bueno para los humanos y en consecuencia, para nosotros, los dioses, tampoco.

—¿A qué te refieres? ¡¿Qué es lo que va a pasar?! —Preguntó preocupado.

—¡Tranquilo profesor! He librado miles de batallas, en comparación, esta es un juego de niños. —Dijo hinchando su pecho de orgullo. —Un ser del bosque no podrá con estos músculos. —Se dio un golpecito en el pecho con su puño, demostrando su resistencia.

—¡Madre mía… que dios nos asista! —Harris se echó la mano a la cabeza. —¡Espera! —El profesor dio un brinco. —¡¿Has dicho dios del bosque?!

—Sí, uno muy escurridizo. Descendió a la tierra hace un par de siglos, escondiéndose entre sus súbditos, maquinando una gran batalla. Ahora se acerca su cometido y gracias a eso hemos podido averiguar lo que se propone. ¡Gracias a usted profesor! —Iba a darle otra palmada pero el profesor se echó hacia atrás para esquivarla, Heracles retiró su mano.

—¡¿Gracias a mí?!

—Sí, si usted no hubiera encontrado el libro y no hubiera ido a esa cita, andaríamos a ciegas. Cuando descendió del Olimpo, creímos que era una simple escapadita. Todos lo hacemos de vez en cuando. ¡La Tierra tiene placeres muy variados! ¡Ya me entiende! —Le dio un codazo de complicidad y le guiñó el ojo de forma traviesa. Al profesor no le hizo gracia. —Supusimos que habría engendrado hijos y que se había quedado en la Tierra para educarlos a su imagen y semejanza, pero después de quinientos años, empezamos a preocuparnos. Sabíamos que tramaba algo.

—¡Quinientos años! ¡¿Y no se les ocurrió preocuparse antes?!

—¡Profesor, usted y yo no medimos igual el tiempo!

—¡Ya, pues ahora estamos todos en peligro! —Exclamó enfadado.

—Escuche, lo cogeremos, es solo cuestión de tiempo, no podrá hacer lo que se propone. —Dijo él muy convencido.

—Necesito saber qué es lo que va a pasar y quién es ese dios insatisfecho, que nos quiere amargar la existencia a todos.

—Digamos que él se encarga del orden en la naturaleza. Lo que vosotros llamáis desastre natural o fenómeno natural e incluso milagros de la naturaleza… Pues no, no es así. Él se encarga de todas esas cosas que vosotros admiráis y respetáis.

—Leí algunas leyendas y mitos sobre eso. —Harris miró hacia el infinito intentando recordar. —Era algo sobre un dios que reclutaba súbditos y que su poder se hacía cada vez más fuerte gracias a la oración de sus seguidores.

—¡Sí, ese mismo! ¡Muy bien profesor, es usted todo un estudioso! —Dijo Heracles gratamente sorprendido.

—Pero si es él… ¡¡estamos perdidos!! —Exclamó asustado. —Según cuenta la leyenda, trajo pestes, terremotos y plagas a este mundo hace miles de años.

—No llegaremos a tanto. —Dijo convencido.

—¿Por qué estás tan seguro?

—No es la primera vez que lo intenta, por eso sé que no lo conseguirá.

—¿Ya lo habéis detenido otras veces?

—Sí y lo paramos todas las veces. ¿Ves profesor? ¡No tienes de qué preocuparte! —Dijo posando con delicadeza su mano en su hombro. Harris miró de reojo el movimiento de Heracles con miedo a que le partiera en dos. —Solo tenemos que guardar ese libro en un lugar seguro y así él no podrá continuar.

—¿Por qué el libro, para qué sirve?

—El libro es un portal, un recopilador, es parte de él. Con él consigue viajar a donde quiere, moverse entre mundos. En la última batalla que liberamos, Prometeo le quitó el poder de descender a la tierra para protegeros, pero él se las ingenió para conseguir un puente. Con una concentración de energía tan potente que lograría llevarle a donde quisiera sin vigilancia. Supimos de su descenso, pero ya le digo que no nos preocupó, hasta ahora. Eran simples travesuras. Es un dios muy activo sexualmente hablando, sus desarrollados instintos de procreación son más elevados que los de ningún dios. ¡Después de mi padre, claro está!

—Su padre…

—Sí, el gran Zeus. —Dijo con orgullo.

—Ya… ¿Y creyeron que era un simple arrebato por esparcir su semilla?

—Apolo está ligado a la Tierra más que ningún otro dios. Necesita el contacto femenino de mujeres jóvenes humanas.

—¡Eso era, Apolo! Había olvidado que leí su nombre. —Recordó Harris. —Vale, entonces llevamos el libro hasta los monasterios de Meteora y listo, ¿no?

—Bueno, no es tan sencillo… —Dijo Heracles enseñando los dientes con una sonrisa falsa.

—¡Acabas de decir que era un juego de niños!

—El problema está en que hay una humana dentro a la que debemos liberar, por no mencionar que por el camino estoy seguro de que nos encontraremos con todo tipo de obstáculos.

—¡¿Obstáculos como la Drinfa?! —Harris no sabía si quería realmente saber la respuesta.

—Si y peores. Al ser usted un humano, Apolo envió a una Drinfa, una de sus súbditas menos letales. Lo que no logro entender es, ¿por qué sabe Apolo de su existencia? Quizás se cruzó con él en algún momento, o hizo usted algo que le cabreó.

—No lo creo, no me he cruzado con ningún dios últimamente. —Contestó sarcástico.

—¡Discrepo! Ayer tuvo una cita muy divina.

—¡Ayer estuve con mi amigo y compañero de conocimientos, Alexander Jones! Es un ilustre licenciado en historia, compartimos descubrimientos y es un experto en artes oscuras, tiene un gran conocimiento de las interacciones sociales humanas. ¡Es admirable! —Explicó Harris con arrogancia.

—Acaba usted de describir a Prometeo.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevamos años de amistad! —Se sorprendió.

—Lo siento profesor, pero su amigo del alma es Prometeo. —Harris se sentó, dejándose caer a plomo en el sofá, con la cara descompuesta y con un pequeño gesto de desilusión y traición. —Si le sirve de consuelo, sé de buena tinta que es usted uno de sus humanos favoritos, él también le admira y le tiene en alta estima. —Heracles se compadeció de él. Continuó con el problema de la situación. —Por lo que sea, usted cabreó de alguna forma a Apolo y por eso le envió a una Drinfa. Seguramente, ahora Apolo esté muy cabreado, él siente el dolor de cada una de sus criaturas, sabrá que la hemos destruido, por lo que enviará a más y más fuertes. Tendremos que enfrentarnos a todas ellas y llegar hasta las montañas de Kalambaka.

—Genial… sabía que moriría joven, pero no de esta manera. —Dijo depresivo.

—¡Venga, no se venga abajo! ¡Le necesito positivo y con energía para llevar a cabo esta hazaña! —Heracles puso sus puños en sus caderas y abrió levemente las piernas, una posición muy heroica.

—¿Qué pasará cuando lleguemos allí?

—En el monasterio nos ayudarán a liberar a su alumna humana.

—Se llama Marion Green, mi alumna es Marion Green. —Dijo con tono preocupado. Heracles lo miró comprendiendo su preocupación.

—Una vez que liberemos a Marion, tendremos que ser muy rápidos. Al sacar a un atrapada de su libro, él sabrá nuestra ubicación exacta y vendrá a por nosotros con toda su ira. Que nos envíe súbditas horrendas y peligrosas es una cosa, pero que venga él en persona… Me temo que mi fuerza no será suficiente.

—¡¿Hay alguna buena noticia?! —Preguntó con ironía e irritación.

—¡Claro! ¡Profesor, yo estoy con usted! ¡Eso ya debería ser una muy buena noticia! —Contestó muy positivo.

—Supongo. —Harris no lo tenía muy claro.

Desde luego no estaba preparado para este tipo de batallas, en verdad a lo máximo a lo que él se había enfrentado habían sido excavaciones arqueológicas y libros cifrados. El tren hizo sonar su bocina de nuevo y comenzó a frenar para detenerse en la siguiente parada.

—¡Venga profesor, nos vamos! —Heracles abrió la puerta del compartimento para salir. Harris cogió aire profundamente y lo expulsó rápido y con fuerza.

—¡Allá que vamos!


¡ÁNIMO HARRIS, QUE TÚ PUEDES!

¿VEREMOS LAS HAZAÑAS DE LOS DOS EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

¿PODRÁN LLEGAR HASTA KALAMBAKA? ¿QUÉ PELIGROS LES ESPERA?


POR MOTIVOS PERSONALES AYER NO PUDE PUBLICAR EL CAPÍTULO 11. EN COMPENSACIÓN HOY PUBLICARÉ TAMBIÉN EL 12.

¡ESTA TARDE ESTARÁ DISPONIBLE!



CAPITULO DIEZ

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay 

¡BELLA DURMIENTE!


Las circunstancias en la vida de Dedé habían cambiado mucho. Ella en la cárcel, acusada por una broma universitaria muy pesada. Marion abducida por un misterioso y mágico libro. Elisa hipnotizada por los encantos de un ser con el rostro de Mike, que se había agenciado uno totalmente distinto, Luke; y haciéndose llamar Dios ante Elisa. El profesor Harris en camino hacia una cita desconocida y muy importante, portando en su maletero la prueba evidente de la desaparición de Marion, o más bien su propia prisión. ¡Todo estaba patas arriba!

Dedé descansaba, encima de un suelo frío y sucio de hormigón, dentro de su celda. El policía se acercó a las rejas y las golpeó fuerte, con su garrote, haciendo un ruido metálico ensordecedor. Eso interrumpió el sueño incómodo de Dedé.

—¡Bella durmiente! —Llamó su atención con burla. —¡Eh, despierta! Es hora de irse.

Dedé despegó la cabeza del suelo con dificultad, ayudándose con el impulso de los brazos. Miró al guardia entreabriendo los ojos.

—¡Ja, ja, ja…! —Rió el guardia cuando vio su rostro. —¡Madre mía, te han dejado hecha una pena! ¡Así aprenderás! —Dijo mientras con sus llaves daba vueltas a la cerradura.

Sus compañeras de cuarto de esa noche habían hecho su trabajo y desde luego, se habían despachado a gusto. Tenía la nariz magullada, las ojeras ennegrecidas por los morados, señal de unos bueno puñetazos; y una parte del labio partido. Estaba hecha un escombro. También le habían robado sus zapatillas y le habían quitado la chaqueta a patadas. El guardia abrió la puerta y Dedé se levantó a marchas forzadas, cojeando y sujetándose las costillas con una mano, se dirigió hacia la puerta de la celda.

—¡Vuelve cuando quieras, princesa! —Dijo la presa que llevaba su chaqueta y sus zapatillas puestas. Dedé las miró, odiosa, por última vez con sus ojos morados y su escasa percepción. La presa juntó sus labios haciendo morritos y le lanzó varios besos.

Se dirigió, dolorida, hasta la recepción para recoger sus pertenencias. Allí, un joven cadete la atendió. Esparció sus cosas por el mostrador y las fue enumerando.

—Este es tu móvil, tus llaves y tu documentación. Creo que no falta nada, revísalo todo. —Dijo el joven, que la miraba con compasión.

Dedé, despeinada, magullada y con poca energía, cogió su teléfono con la pantalla escarchada, intentó encenderlo pero fue imposible.

—¡Está roto! —Miró hacia las mesas de la oficina, dónde estaban los otros policías. —¡¿Me habéis roto el móvil?! —Exclamó indignada. La ignoraron, soltando pequeñas risas contenidas entre ellos. —¡Esto es el colmo!

El cadete se inclinó hacia ella por encima del mostrador para hablarle en voz baja.

—Lo siento, no llevan muy bien lo de las bromas, es su forma de vengarse. —Dedé lo miró con la boca abierta y señalando su cara con su dedo índice le dio a entender, si aquella paliza no había sido suficiente. —Ya, lo sé y lo siento de veras, pero deberíais parar con las bromas.

—¡Seguiré repitiendo que no ha sido una broma, hasta que se me caigan los dientes de vieja! Supongo que hay cabezas huecas en todos lados, incluido en el departamento de policía. Da igual… últimamente pasan demasiadas cosas inexplicables en mi vida, una paliza y pasar una noche en el calabozo no es del todo surrealista para mí. —Dedé miró la chapa identificativa que el joven llevaba en su pecho, sujetada por un alfiler, encima de la solapa de su bolsillo. —Agente G. Sanna… ¿de qué me suena a mí tu apellido? —Preguntó inclinándose hacia él.

El cadete recolocó su broche con orgullo.

—Estudiamos juntos en segundo curso. —Dijo él, esperando que le reconociese. Dedé lo miró sin saber de qué hablaba. —Me sentaba una fila por delante tuya… —Dedé seguía sin darse cuenta, esto desilusionó un poco al chico. —¡Me pagabas diez dólares por pasarte a limpio los apuntes! —exclamó ofendido.

—¡Lo siento, no lo recuerdo! —Contestó ella molesta.

—Te invité al concierto de los Audioslave.

—¡Oh, sí, ya me acuerdo! —Se echó las manos a la cabeza. —¡Madre mía, ese concierto fue la leche! Pero, no me acuerdo de ti… —Dijo pensativa. —A ese concierto… fui con Elisa…

—Si, lo sé. Te dí las entradas y fuiste con tu compañera de cuarto. —Dijo apenado.

—¡Oh, mierda, lo siento! —Se disculpó arrepentida.

—No te preocupes, no fue culpa tuya, seguramente yo formulé mal la pregunta. —La disculpó bajando la cabeza.

Dedé lo miró con una leve sonrisa de compasión, lo inspeccionó de arriba a abajo, pensando que no estaba nada mal.

—¿Y qué haces aquí? —Le preguntó ella interesada.

—Dejé la universidad y me apunté a las pruebas, las aprobé y… ¡aquí estoy! —Dijo él abriendo los brazos de par en par.

—¿Te diste cuenta de que querías ser policía?

—No exactamente, digamos que fuerzas personales me llevaron a esto. —Dedé asintió sin entender muy bien a qué se refería. —Me llamo George, por cierto. —Él tendió su mano para hacer un saludo formal. Dedé sonrió y le correspondió.

—Encantada, George. Prometo no olvidarme esta vez.

—Tienes que firmar estos documentos antes de irte, ya sabes, meras formalidades.—George puso los papeles, delante de Dedé, por orden. —Este de aquí es tu alta de salida. Este en el que se detallan todas tus pertenencias y afirmas que te han sido entregadas y este es en el que declaras que no has sufrido ningún tipo de mal trato físico por parte del departamento de policía. —Carraspeó al final de la frase, estaba incómodo con ese papel.

—Ya, tu y yo sabemos que no ha sido exactamente así, ¿verdad George? —Dedé firmó ambos papeles.

—Y por último, este es el de recogida de tu vehículo, tienes que firmarlo y llevarte una copia.

—¿Recogida de mi vehículo? ¿¡Por qué se llevaron mi coche!?

—Supuestamente para pruebas. —Dijo nervioso.

—¿Qué pruebas? —George se encogió de hombros y le entregó las llaves.

—Es el procedimiento. Podrás recogerlo dentro de una semana.

—¡¡Una semana!! ¡¡Estáis de coña!! ¡¡Necesito mi coche para moverme!! —Explotó muy cabreada.

—Si, también siento eso. Suelen expresar sus frustraciones así. —Encogió sus hombros de nuevo.

—¡Así que pruebas! ¿eh? —Dedé negó con la cabeza. —No debería haber firmado ese papel del maltrato físico. —Volvió a mirar a los policías con ira.

—Lo siento mucho, Danielle…

—No importa. —Suspiró. —Me voy a casa, dormiré hasta que pueda recoger mi coche.

—Deberías ir al hospital, no tienes buen aspecto. —Le aconsejó él preocupado.

—Ya… ¿Y cómo se supone que voy hacerlo? ¡Me quitaron el coche! ¿Recuerdas? —Contestó meneando las llaves de su coche en la mano. —¡Este día no puede ir peor. —Murmuró.

—Yo puedo llevarte. Acabo el turno en quince minutos y el hospital está cerca de mi casa. Puedo acercarte si quieres. —Se le notaba entusiasmado.

—No… gracias, puedo apañármelas sola

—De verdad que no me importa. —Insistió.

Dedé estaba ya en la puerta, con la mano apoyada en el cristal, dispuesta a empujarla para salir. Miró la cara inocente de George y pensó que era un buen chico, de los que ya no quedaban, también pensó que era demasiado bueno, demasiado blandito, se derretiría como la mantequilla a su lado. Pensó que se cansaría rápido de él. Pero era su mejor opción en aquel momento. Sin teléfono, sin coche y sin mejor amiga. Así que asintió con la cabeza y le esperó fuera.

Imagen de Comfreak en Pixabay

El profesor sujetaba, entre sus brazos, aquel libro envuelto en la bolsa. Como el mayor tesoro jamás encontrado o quizás el arma más poderosa capaz de destruir la humanidad, aún no se sabía, pero por su postura y por la fuerza con la que se agarraba a él, había descubierto más de lo que ya sabía y esto le había llevado a cumplir una importante labor. Al parecer la cita mantenida, la tarde anterior, le había resuelto bastantes dudas, y al parecer, también había reducido su miedo a estar cerca del ejemplar. Sentado en un asiento de vagón de tren, miraba nervioso a su alrededor, como si alguien le acechase, como si fuesen a robarle aquel misterioso y poderoso tesoro, envuelto en una bolsa poco glamurosa. Había escogido el asiento de la ventanilla, así su espalda y su costado izquierdo estarían protegidos, además desde allí podría vigilar a toda persona que entrara en el vagón.

—Debo llegar antes que ellos, debo llegar antes que ellos. —Se repetía una y otra vez.

El revisor empezó a pedir los billetes a los pasajeros, el tren ya estaba en marcha. Harris miraba, todo el tiempo, hacia el pasillo, nervioso y sudoroso. El revisor se le acercó.

—Señor, su billete por favor.

—¡Sí, claro, por supuesto! —Dijo con la voz entrecortada. Con una mano siguió sujetando el libro y con la otra, temblorosa, sacó el billete del bolsillo de su chaqueta de pana marrón con remiendos en los codos de color beige, la misma que la del día anterior, lo que significaba que el profesor no había pasado por casa ni para cambiarse.

El revisor se dio cuenta de su estado inquieto y su sudoración excesiva.

—¿Se encuentra usted bien? —Preguntó preocupado.

—Sí, gracias, estoy bien. —Le entregó el billete y éste se lo devolvió sellado.

—Muy bien, todo en orden. —El revisor lo miró intranquilo. —¡Que tenga un buen viaje, señor! —Se dispuso a marcharse.

—Sí, vale… gracias. ¡Oiga, disculpe! —Harris llamó de nuevo al joven revisor.

—¿Si, dígame?

—¿Cuándo llegaremos a Kalambaka? —El revisor miró su reloj.

—Dentro de unas tres horas y media, señor. ¿Necesita, usted, algo más?

—Sí, un vaso de agua si es usted tan amable. —Le pidió secándose el sudor de la frente, con un pañuelo de su bolsillo.

—¡Claro, enseguida!

—Muchas gracias. —Contestó Harris con media sonrisa. Con la tensión que contenía en su cuerpo no era capaz ni de sonreír enteramente.

Harris en seguida se fijó en que un hombre, sentado en un asiento en diagonal al suyo y en contra de la dirección del tren, lo observaba atentamente. Al profesor no le gustó en absoluto que aquel pasajero le mirase. Aquel hombre, trajeado, bien peinado y con aparentemente grandes modales, estaba sentado bien erguido, observando cada uno de sus movimientos. Tenía unos ojos penetrantes, rasgados, de color azul. Tenía la raya de los ojos muy marcada, como si se la hubieran pintado con un pincel. Su tez era clara, con ciertas pecas pícaras por encima de la nariz. Mandíbula pronunciada en los laterales de su rostro, su pelo era castaño claro, con un corte muy moderno y mechas blancas en las puntas de su pequeña cresta. Aquel cuerpo tan masculino, rellenaba perfectamente el traje tan impecable que portaba, era un hombre de ejercicio físico. La nuez de su garganta sobresalía y marcaba el cuello de su camisa, abotonada y cerrada, con una corbata granate.

Harris se revolvía en el asiento, intentaba no hacerle caso, mirar para otro lado, pasar desapercibido, pero le resultaba casi imposible, el ángulo de observación de aquel trajeado hombre, era perfecto para vigilarlo. El revisor se acercó de nuevo al profesor, con su vaso de agua.

—Aquí tiene, señor. —Le acercó el vaso.

—¿Podría hacerme otro favor? —Le preguntó con la voz temblorosa y casi inaudible.

—¡Claro, señor! ¿Qué necesita? —Se ofreció servicial.

—¿Puede ubicarme en otro asiento?

—¡Oh, lo siento, señor, vamos completos!

—Entonces, ¿puede decirme dónde están los servicios?

—En el vagón trasero, ahí los encontrará.

—¡Gracias! —Le agradeció Harris. El revisor asintió con la cabeza y se marchó.

El profesor se levantó de su asiento, tras beberse el agua como si fuese un chupito de tequila. Sin dejar de sujetar su valiosa pertenencia, se dirigió hacia el vagón de atrás, no sin antes cruzar, por última vez, la mirada con aquel extraño pasajero que no dejaba de observarlo. Aquella mirada era algo más que penetrante, era como si quisiera decirle algo, como si quisiera decirle que estaba en peligro y que el peligro era él.

Harris caminó por el pasillo hasta llegar al final, allí estaba el baño. Tiró de la manilla, pero la puerta no se abrió.

—¡Vamos, venga! —Volvió a tirar.

—¡Ocupado! ¿¡No ve el pomo!? ¡Está en rojo! —Dijo un señor desde dentro.

Harry se quedó allí de pie, mirando continuamente hacia la entrada del otro vagón, vigilando de que no viniera a por él, aquel hombre tan elegante. Estaba sudando a chorros, como si hubiera corrido una maratón, como si aún estuviera en ella. Una mujer se acercó, también esperaba para entrar al baño.

—¿Está ocupado? —Preguntó sonriente.

—Sí. —Contestó Harris.

La miró estupefacto, era la mujer más bella que había visto jamás. Sus cabellos eran largos y ondulados como las olas, naranjas como el amanecer de un día caluroso. Era preciosa. Sus pómulos tenían un color rosado natural perfecto. De tez pálida y dos hoyuelos que destacaban cuando ella sonreía, que iluminaban aquella estancia, algo no muy difícil, puesto que se le notaba que era de espíritu juvenil y risueño. Sus ojos grandes y marrones como el café soportaban unas largas pestañas a juego con su pelo. Harris se quedó embelesado por tal belleza, tanto que olvidó por completo toda preocupación, todo el estrés.

La mujer se meneaba de un lado para otro, sus ganas de ir al baño eran evidentes a la par que inminentes. Se acercó a la puerta y tocó tres veces.

—¡Oiga! ¿Va a tardar usted mucho? —Preguntó con su dulce voz.

Harris pensó en su voz, en lo aterciopelada y confortable que era. Podía imaginarse esa voz cada día al despertar, cada noche al dormirse, a su lado, en la almohada que ahora estaba vacía. Podría acostumbrarse a un “Te quiero” de sus labios para siempre.

—¡Vayan a otro servicio! —Desde dentro se escuchaban los esfuerzos del pasajero por vomitar.

La mujer y el profesor se echaron para atrás.

—¡Uf! —Dijo ella. —Parece que algunos no soportan el traqueteo de las vías.

—Sí, eso parece. —Contestó él tímido.

—¿Y usted? ¿Le gusta viajar en tren? —Preguntó ella dicharachera.

Harris se quedó bloqueado. No podía creerse que le hablara a él, que se interesara por tener una conversación con él.

—¡¿Quién yo?! —Dijo señalándose con él dedo.

—No, en realidad hablo con el que está detrás. —Dijo bromista. Instintivamente el profesor miró para atrás dónde solo había pared. Ambos rieron. —Le pregunto porque le veo bastante sudoroso e inquieto.

—¡Oh, no! ¡Me encanta viajar en tren! Es mi transporte favorito. —Contestó sonriente.

—¡Genial! —Exclamó ella dando un pequeño brinco. En verdad tenía un espíritu contagioso y enérgico. —Pero si va a vomitar, avíseme antes ¿vale?

—¡Claro, por supuesto! —Ella le sonrió graciosa. Él le devolvió la mirada.

—¡Me llamo Eugine! —La preciosa mujer le tendió la mano con firmeza. Harris se la devolvió.

—Harris, James Harris. —Dijo él aún sujetando con fuerza el libro con la mano que le quedaba.

—¡Encantada James! Y dígame, si no le molesta el viaje, ¿qué es lo que le inquieta? —Preguntó ella muy amable y dulce. —¿Está escapando de la justicia? ¿Le persigue la mafia? —Dijo bromeando con gracia.

—¡No! —Rió Harris. —Yo solo soy un profesor.

—¿Quizás un profesor espía que huye de algún poderoso terrorista? —Ambos rieron de nuevo. —¡Vamos, sígame el rollo! La imaginación es lo mejor para olvidarse uno de que se está haciendo pis encima.

—¡Bien, está bien! Pues… en ese caso… En verdad soy un profesor con una gran misión. Tras encontrar un libro mágico, de otro mundo sobrenatural, que atrapa a personas y manipula las mentes humanas, debo encargarme de llevarlo a un sitio seguro, a las montañas de Tesalia, cerca de Kalambaka, allí me espera un enlace que me llevará hasta los antiguos monjes de los monasterios de Meteora. Una vez entregado, tendré que asegurarme de que sus secretos no sean desvelados y convencer a los antiguos de que lo abran una vez más para liberar a una alumna que se ha quedado atrapada. —Y así lo resumió Harris, convencido de que la realidad traspasaría la ficción y que aquella bella mujer alabaría su imaginación.

—¡Vaya! ¡Me deja usted impresionada señor Harris! —Eugine estaba boquiabierta.

—¡Gracias! Los profesores tenemos mucha imaginación. —Contestó hinchando su pecho con orgullo.

Eugine seguía meneándose de un lado para otro, las ganas de ir al baño eran cada vez mayores.

—¡Ay, no aguanto más! ¡Deberíamos buscar otro baño! ¿No le parece?

—Si, estoy de acuerdo.

—Estoy en un vagón con compartimento, si quiere puede acompañarme. Podemos pedir una taza de café y seguir inventando historias. El viaje es muy largo y al viajar sola me aburro como una ostra. —Le invitó parlanchina.

—¡Sería todo un placer! —Harris aceptó la invitación. Estaría loco si no lo hiciera.

—¡Bien! —Se puso muy contenta. Se notaba que había una chispa entre los dos. Se notaba que a ella también le gustaba el profesor. —¡Entonces, sígame profesor! ¡Nos vamos de aventuras! —Dio dos brincos y comenzó a andar por delante de él con salero.

Tras encontrar unos baños libres en el vagón de Eugine, se dirigieron hacia su compartimento.

—Teniendo baño aquí, ¿por qué fue hasta el otro vagón? —Preguntó él.

—¡Ah, pues porque este también estaba ocupado! —Contestó ella que se detuvo frente a una puerta. —¡Es aquí! —La abrió. —Usted primero. —Hizo una reverencia encantadora que hizo que Harris sonriera como un bobo.

Harris se adentró en el cuarto del tren. Tenía dos largos asientos, uno frente al otro, de color rojo, con respaldo acolchado, parecían muy cómodos. Vio que el ventanal era más grande que el de los otros vagones de clase turista. Miró todo el espacio. Eugine, estaba detrás de él, cerró la puerta.

—¿A dónde viaja usted, señorita Eugine? —Preguntó.

Eugine no le contestó, algo que al profesor le extrañó. Se giró para verla, pero allí no había nadie.

—¡¿Señorita Eugine?! —La llamó inquietante.

Un rugido ahogado y chirriante llamó su atención. Provenía del techo de la habitación. Él, dudoso y atemorizado, no quería mirar hacia arriba, pero la curiosidad humana fue lo que le llevó a hacerlo. Y allí estaba. Un ser espeluznante que enseñaba sus afilados dientes amarillentos. Con la piel azulada y cuarteada, abría la boca soltando saliva y ruidos extraños. El pelo largo y sin vida, aún de color naranja, pero más como las tejas desgastadas de una casa en ruinas, colgaba hacia abajo. Aquella cosa, se agarraba al techo con sus uñas largas y negras, clavadas en la madera con fuerza. Todo su cuerpo era casi esquelético, se podían ver sus huesudas costillas a través. Lo que había sido una preciosa mujer divertida y alegre, con rasgos angelicales, se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en una monstruosidad que le acechaba, dispuesta y preparada para lanzarse encima de él.

—¡¿Señorita Eugine?! —Preguntó el profesor con la voz trepidante. ¿Cómo iba a imaginarse que aquella perfecta diosa, se convertiría en aquel semejante ser, saco de huesos?

Soltó un último alarido ensordecedor que hizo que Harris se tapara los oídos con fuerza. Era molesto y doloroso. Un arma que usaba para inmovilizar a su presa. Los oídos del profesor empezaron a sangrar a borbotones, eso no era buena señal. Con las manos apretando sus orejas, se quejaba de dolor y se dejaba caer de rodillas al suelo. Una vez allí, el monstruo desplegó sus negras alas desgastadas y descendió al suelo. Harris, arrodillado y dolorido, era la presa perfecta. Eugine, o lo que quedaba de ella, se acercó a él, alzando sus garras hacia arriba en posición de ataque, dispuesta a clavarlas en su espalda para terminar con su existencia; y así llevarse el libro. El profesor se giró asustado, abrió sus ojos, la miró aterrorizado ante la presencia de aquel ser y se preparó para recibir su final.

De pronto, un garrote largo y de bronce, atravesó el cuerpo huesudo de la criatura. Un haz de luz azul intensa, salió de su estómago. Ésta gritó, ensordeciendo de nuevo a Harris, que de nuevo se tapó sus oídos. La luz era tan potente que tuvo que apartar la mirada. La criatura gritó por última vez, un grito de desgarro; y desapareció tras ese brillo. Harris, cegado y sin visibilidad, pestañeó varias veces. Una vez recuperada la vista, vio a su salvador. Aquel hombre estaba de pie, frente a él. Le tendió la mano, para que se levantara del suelo. Aquel hombre de pómulos marcados, ojos rasgados y corbata granate, le salvó.

—¡Venga, levántese! —Le dijo con voz de mando. Con una voz muy masculina y varonil.

—¡¿Usted?! —Preguntó sorprendido. Harris se levantó del suelo, posicionándose frente a ese valiente pasajero.

—¡Sí, yo! —Contestó cortante. Abrió la puerta y sacó un poco la cabeza. Echando un vistazo al pasillo. Quería asegurarse de que nadie se había acercado a ver el barullo. Cerró la puerta y se enfrentó al profesor. —¡¿Está usted loco?! —Le regañó. —¿Qué hacía con esa mujer?

—¡Escapar de usted!

—¡¿De mí?! ¡Yo soy su enlace profesor! —Exclamó furioso.

—¿Mi enlace? ¿Y por qué me miraba de esa manera? ¡Estaba vigilándome con esa cara de pocos amigos todo el tiempo! ¿Qué esperaba que creyera?

—¡No le miraba a usted! Miraba a esta cosa, ella estaba en el asiento de atrás. —Dijo señalando al suelo dónde aún se encontraba algunos restos de aquella criatura.

—¡Oh, vaya! —Dijo él avergonzado.

—¡¿Así que me tiene miedo a mí, pero se va con una desconocida?!

—¡Era simpática y muy guapa! Fue agradable conmigo, quizás si usted se hubiera presentado y hubiera sido agradable… —Le reprochó Harris.

—¿En serio? —Le miró incrédulo. —¿Esperaba que le hiciera ojitos? Yo estaba observando sus espaldas, vigilando que nadie se le acercase, era una ventaja por si le pasaba algo.

—¿Y que era eso? —Preguntó el profesor aún traumatizado.

—Una Drinfa.

—¿Una qué?

—Una Drinfa. Son las hadas de la tierra. —Le explicó.

—¡Pero las hadas son buenas! —Exclamó él, incrédulo.

—Supongo que vuestro ojo humano está demasiado acostumbrado al cacharro ese donde echan imágenes extrañas, que os lavan el cerebro.

—¡¿Se refiere a la televisión?!

—Si, eso… La televisión. —Repitió como un loro.

—Pero, ¡¿quién es usted?! —Al profesor le sorprendió que aquel hombre no supiera lo que era una televisón.

—¡Soy Heracles! Hijo de Zeus, semidios, ¡encantado! —El semidios le tendió la mano como si tal cosa. Harris se quedó perplejo y le respondió al saludo casi por inercia.

—¡¿Hera… Hera…Heracles!? —Titubeó como un tonto.

—¡Sí, el mismo!

—Osea, ¿Hércules? —Preguntó de nuevo, aún no podía creérselo.

Heracles movió la cabeza hacia los lados, negando aquel nombre.

—¡No, Heracles! Mi nombre es Heracles, no Hércules. Otra asignación de vosotros los humanos.

Harris se dejó caer hacia atrás, como una tabla de madera rígida, se desmayó y golpeó el suelo con fuerza. Retumbó todo el parqué de aquella estancia.

—¡Vaya, otro humano blandito! —Exclamó el Héroe.

Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY

Nos vemos en el próximo

NO LO OLVIDÉIS EL VIERNES EL CAPÍTULO 11

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

CAPITULO NUEVE

Imagen de Comfreak en Pixabay 

¿TE ARREPIENTES?


—¡Oiga, sáqueme de aquí! —Dedé, encarcelada en la oficina del Sheriff, golpeaba los barrotes para llamar la atención de varios policías que solo se dedicaban a charlar y tomar café. —¡Les estoy hablando! ¡¿Es que no me oyen?!

Los policías detuvieron su amistosa conversación para mirar con desprecio a Dedé.

—No te esfuerces chata, no van a hacerte caso, ¡son unos capullos! —Dijo una de las presas.

Varias mujeres, con vestimenta algo provocativa, despeinadas por el maltrato de la noche y el maquillaje emborronado, compartían celda con Dedé. El ambiente en aquella jaula era demasiado cargante, entre el olor a sudor y a perfume barato, mezclado con la resignación y la falta de sexo por dinero, Dedé estaba perdiendo la calma, más bien ya la había perdido hacía un buen rato.

—¡¡No pueden encerrarme aquí!! ¡¡Tengo mis derechos!! —Continuaba golpeando los barrotes sin descanso.

—¡Chica! Será mejor que lo dejes, pasarás aquí toda la noche, guarda energías. —Le aconsejó de nuevo la prisionera.

—¡Escucha, pesada de los huevos! Haré lo que me de la gana, gritaré toda la maldita noche, tendrás que aguantarte. No me hables como a una de tus colegas de esquina, yo no soy como vosotras. —Contestó alterada.

—¡¿Cómo dices niñata?! —La presa se levantó del suelo y junto a ella todas las demás. Se acercaron a Dedé con intenciones algo violentas.

Dedé se dio cuenta de lo poco acertada que estuvo con esas palabras y se alejó dos centímetros, apoyándose en los barrotes.

—¡Eh, no quiero problemas! ¿Vale? —Levantó sus brazos a la altura de sus hombros como si estuviera frente a un atraco inminente. Las mujeres se acercaban a ella con cara de muy pocas amigas. —¡¡Guardias!! —Gritó ella.

Uno de los guardias se acercó a la celda.

—Danielle Dumont. —-El guardia abrió la puerta, haciendo un ruido tintineante con el llavero, que chocaba contra los barrotes. —Puede hacer su llamada.

—¡Oh, gracias a dios! —Dijo aliviada. Salió de la celda, no sin antes mirar a las presas con miedo. Ellas, en cambio, clavaron su mirada de batalla en Dedé.

—Siéntese aquí. —El guardia la empujó levemente en una silla fría y dura, como las de las salas de espera de un hospital. —¡Tiene dos minutos! —Dijo tajante.

Dedé vio el teléfono fijo que estaba frente a ella. Las esposas le incomodaban, le hacían daño en sus delgadas y finas muñecas. Con las dos manos apresadas, descolgó el auricular y marcó uno a uno los números.

—¡Elisa, Elisa soy Dedé!

—“¡Eh! ¿Dónde estabas?” —Contestó con voz preocupada su amiga.

—¡Oye, tienes que venir a buscarme, me han detenido!

—“¿Detenido? ¿Por qué?”

—Han creído que lo de ir a buscarte al bosque fue una broma pesada y me han metido en el calabozo. —Explicó. —¡Tienes que venir y explicarles que no era mentira, que estabas allí porque alguien te perseguía y me llamaste para que te ayudara. —Hubo un silencio, el cual a Dedé le pareció eterno. —¡Elisa! ¿Me oyes? ¡Tienes que sacarme de aquí!

—“¡Tía…! ¿Qué te has metido?” —Elisa rió. —“¡Estás fatal! Mira, si te han pillado haciendo una gamberrada de las tuyas, lo siento, pero no voy a ayudarte. ¡De esta sales tú solita!”.

—¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡Elisa, no estoy para bromas! Fui hasta el maldito bosque, me calé entera por la tormenta y me metí entre el barro y los árboles, yo sola para ir a rescatarte. ¡Así que, no me jodas y ven a sacarme de aquí! —Dedé no se esperaba que su amiga le hiciera esa jugarreta.

—“¡Ey, tranquilízate! No sé en qué movidas te has metido, pero yo no te he llamado! ¡No sé de qué me estás hablando!” —Elisa también empezaba a enfadarse, estaba harta de las aventuras de su amiga. —“Si la poli te ha pillado, se siente. A ver si así aprendes algo, tienes toda la noche para reflexionar”.

—¡No me fastidies! ¡Esta bromita tuya, te va a salir muy cara! —Contestó Dedé.

—“Lo siento, te veré mañana”.

—¡¡Elisa, ni se te ocurra colgarme!! —Su amiga colgó.

Dedé se quedó perpleja ante su actitud, no se esperaba eso de su compañera. ¿Le había engañado para gastarle una broma? ¿Cómo era posible que se hiciera la despistada ante tal situación? ¿Y ahora qué…? Dedé miró hacia su nuevo dormitorio decorado con barrotes blancos y a sus nuevas compañeras de cuarto. La miraban con ganas de bulla, preparadas para ponerle la cara como un cuadro Kandinski.

—Van a matarme… —Dijo, mientras el policía la sujetaba por el brazo y la encaminaba hacia su agitado encierro.

El profesor Harris se dirigía a toda mecha hacia la biblioteca, recorriendo los caminos cementados con pasos rápidos y gigantes. Se le notaba por sus maneras y su velocidad, que no estaba muy contento esa mañana. Llevaba una sola hoja que sujetaba con fuerza en su mano derecha, mientras se impulsaba con la mano izquierda, como un coche deportivo, que utiliza su alerón para menor resistencia al aire. Esa hoja, que se estrujaba entre sus dedos con enfado y se ondulaba con el aire, contenía los datos de solicitud de ayudante de profesorado. Al parecer, a Harris ya le había llegado la petición de Dedé para ese puesto y sabía que Marion la había rellenado desde la biblioteca, no le había hecho mucha gracia. Había impreso el formulario para que su cabreada ponencia no pudiera ser desvalorizada por las mentiras de Danielle Dumont, en resumen, para el profesor Harris eran muy importantes las pruebas, ir siempre bien documentado era un reflejo de responsabilidad y orden. De ahí su insistencia por estar rodeado siempre de libros. Pruebas y más pruebas de lo sucedido en la historia.

Cuando estaba casi en la entrada, pudo ver a varios estudiantes impacientados en la recepción. Le sorprendió gratamente que tantos alumnos hubieran tomado la decisión de llenar la biblioteca, en vez de reventar la cafetería consumiendo cervezas, infestar los baños de humo alucinógeno u orquestar los pasillos de las habitaciones con gemidos lujuriosos. Aunque al mismo tiempo le pareció insólito.

Dentro, se acercó a los estudiantes que hacían cola frente a la mesa de Marion Green.

—¿Qué ocurre aquí? —Preguntó a una alumna.

—Marion no está. Estamos esperando a que alguien nos atienda. —Respondió malhumorada.

—¡Eso es imposible, la señorita Green jamás falta a su puesto de trabajo! Siempre avisa con antelación si necesita salir por algún tema personal. —La alumna se encogió de hombros. Harris miró hacia la mesa de la bibliotecaria. —Vale yo me ocuparé de vuestras peticiones. En seguida os atiendo.

Harris se sacó su chaqueta marrón de pana desgastada con remiendos beige de ante en los codos; y se sentó en la silla para ayudar a los estudiantes.

—Vale, vamos allá, ¿qué necesitas? —Le dijo al primero de la fila.

—Me llevo estos dos y devuelvo este. —Dijo él.

El profesor cogió los libros y se posicionó frente a la pantalla del ordenador. Al observar el escritorio con las cosas de Marion, vio el misterioso y absorbente libro. Se quedó ahí mirándolo durante unos segundos. El alumno que aguardaba en la fila, empezaba a impacientarse.

—Profesor Harris, ¿se encuentra bien?

Estaba quieto como una estatua, serio, muy serio. Sabía perfectamente lo que estaba viendo y también sabía el poder que aquellas páginas contenían. Se fijó en que las cosas de Marion todavía estaban en la mesa. Su teléfono, su bolsa, sus libros de estudios.

—¡Esto es malo, muy malo! —Pronunció medio ido.

—Profesor, necesito estos libros. ¿Oiga? —El alumno llamó su atención.

—¡¿Eh?! Si, perdona… Ahora mismo os atiendo, un segundito. —Cogió el teléfono fijo que había encima de la mesa y marcó acelerado. —¡Necesito tu ayuda, es importante! …Si, en una hora… De acuerdo. —Colgó.

Harris se levantó del asiento con prisas, fue hacia una papelera del pasillo y apurado, la vació en el suelo con agitación. Los alumnos lo observaban extrañados. El profesor tenía fama de excéntrico y raro por lo que, su comportamiento no era del todo anormal. Con la papelera en la mano, volvió al escritorio y ayudándose con un bolígrafo, empujó el libro para arrastrarlo hasta el interior. Una vez dentro, dejó el bolígrafo y sacó la bolsa de la papelera. Cogió el teléfono móvil de Marion y se lo metió en el bolsillo.

—Lo siento chicos, informaré de esta situación en jefatura. Os prometo que pronto vendrá alguien para atenderos. —Los alumnos empezaron a abuchear y a resoplar. —¡Lo siento, yo tengo que irme!

Harris salió disparado, mientras los alumnos seguían con sus quejas. Con mucho cuidado, sujetaba la bolsa casi en el aire, no quería tener ningún roce con aquel ejemplar. Estaba claro que él sabía muchas cosas a cerca del libro. Sacó el teléfono móvil de Marion del bolsillo y mientras caminaba a toda prisa, de nuevo recorriendo los caminos cementados del campus, revisó la última llamada que su alumna había realizado. Y allí estaba…

—¡¿Cómo no?! ¡Danielle Dumont! ¡No podía ser de otra manera! —Dijo ladeando la cabeza hacia los lados en señal de desaprobación. Se dirigió hacia el aparcamiento. Metió la bolsa, que contenía el libro, en el maletero. Se metió en el coche, pero antes de arrancar, le dio a rellamar en el móvil de Marion. Necesitaba hablar con Danielle. Nadie contestó. Se bajó del coche de nuevo con fastidio y se dirigió hacia las residencias.

—¡Maldita sea! —Juró mirando su reloj de pulsera. Tenía mucha prisa por llegar a aquella cita que había acordado por teléfono.

Atravesó recibidores y pasillos, preguntando a varios alumnos por la ubicación del cuarto de Dedé, hasta que llegó a la misma puerta. Llamó varias veces con ímpetu, golpeándola sin intención de parar hasta que le abriesen.

—¡Señorita Dumont, soy el profesor Harris! ¡Necesito hablar con usted! ¿Señorita Dumont? —Dijo varias veces.

Elisa entreabrió la puerta. Estaba despeinada, se ponía la parte de arriba de su pijama a toda prisa, ocultándose detrás de la puerta.

—¡Profesor Harris! ¿Va todo bien? —Preguntó.

—¡Señorita Martínez! —Harris desvió la mirada hacia otro lado avergonzado por la falta de decoro de su alumna. —Necesito hablar con la señorita Dumont, ¿está ella aquí?

—No, lo siento profesor. Danielle no ha pasado aquí la noche. —Contestó.

Había alguien más, a parte de Elisa, en aquella habitación. El agua de la ducha y unos cánticos pop, modernos y masculinos, se oían desde la puerta. Era evidente que no estaba sola. —¡Oh, lo siento, he interrumpido su ejercicio matinal! —Exclamó sarcástico.

—¡Disculpe, pero eso no es asunto suyo y tampoco es asunto mío saber en qué demonios anda metida mi compañera! ¡Al menos, ya no! —Protestó Elisa ofendida.

—Perdone señorita Martínez. —Se disculpó. —Por su voz puedo apreciar que hay un tema de discordia entre ustedes, ¿ha sucedido algo?

—No, no se preocupe, tonterías de universitarios.

—Ya, bueno, pues…, es que necesito hablar con ella, ¿entiende? Es muy relevante y de suma importancia que hable con ella. —Dijo nervioso. A Elisa le extrañó mucho verlo en ese estado.

—Ya le he dicho que no sé dónde está. últimamente hace cosas muy raras, ni siquiera yo puedo seguirla. Si la encuentra, dígale de mi parte que sigo esperando una disculpa. —Dijo algo apenada.

Harris asintió apretando los labios. Elisa cerró la puerta.

El profesor salió corriendo hacia su coche con mucha prisa. Debía llegar a tiempo a aquella cita, era de vital importancia. Miraba su reloj sin parar, mientras agilizaba sus pasos.

—¡Tengo que llegar! —Se repetía a sí mismo.

Elisa, tras cerrar la puerta, se echó encima de la cama dejando caer su cuerpo como las piedras que rebotan en un lago haciendo ondas. Cogió su teléfono y revisó sus notificaciones de las redes sociales. Varias fotos, de ellas juntas, llenaban la pantalla. Sonrientes en fiestas, unidas por alegres actividades. Elisa las miraba con nostalgia. Varias lágrimas se posaron en las cuencas de sus ojos a punto de estallar.

—¿Te arrepientes? —Luke, Mike o quién quiera que fuese, salió del cuarto de baño, con el pelo mojado y poniéndose una camiseta deportiva. Miraba a Elisa desde la puerta.

Recordando, para Elisa era Luke, su dios, su amante y ahora su carcelero. Para Dedé era Mike, el joven ahogado y mutilado en lago, aunque recientemente había descubierto que su apariencia no era exactamente todo lo que escondía dentro.

—No. —Contestó Elisa algo dudosa.

Elisa había sucumbido a las manipulaciones de su dios, aunque no podía evitar sentirse una escoria por hacerle eso a su amiga.

—Recuerda, necesitamos que crean que es una persona desequilibrada, necesitamos que ella misma lo crea. Es lo mejor para ella. —Dijo él mientras se acostaba al lado de Elisa para acariciarle su espalda.

—Si, lo sé. Sé que es bueno para ella. —Dijo mirando aún las fotos de su teléfono. —Lo entiendo. —Su dios la besó en la frente.

—Ese profesor…

—¿El profesor Harris?

—Si, ¿va a ser un problema para mí? —Preguntó él.

—¡No! —Contestó Elisa con miedo. —Es inofensivo, no te preocupes, seguro que solo la busca para suspenderla en su asignatura. Es un rarito. —Elisa no quería que su dios le hiciera ningún daño a nadie más.

—Bien. —Contestó él.

Elisa continuó mirando sus fotos, tendida en la cama. Él, miraba fijamente la puerta por la que había salido el profesor Harris. No estaba muy convencido, de que aquel tímido y mal vestido hombre, no le fuera a perjudicar más adelante. Sin duda, se adelantaría a aquella situación.

¿CON QUIÉN HABRÁ QUEDADO HARRIS?

¿POR QUÉ ELISA TRAICIONA A DEDÉ?

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  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

CAPITULO DIECINUEVE

CAPITULO DIECINUEVE
Harris y Heracles comienzan su camino hacia los monasterios de Meteora. Durante su travesía Harris aprenderá mucho sobre los dioses, pero sufrirán un ataque inesperado y su vida penderá de un hilo.

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CAPITULO OCHO

Imagen de Dante D’Oria en Pixabay 

PRUEBA OTRA VEZ


Dedé no daba crédito a lo que estaba viendo, se hizo mil preguntas en pocos segundos, ¿era un fantasma? ¿Su muerte había sido una alucinación? ¿Qué hacía, Mike, en River Road? ¿Por qué se había hecho de noche tan pronto? ¿Flipaba otra vez? Estaba confusa y aquel muerto viviente se acercaba cada vez más a ella.

Era cierto que la noche había llegado demasiado rápido, algo bastante extraño, puesto que la tormenta se había disipado y no eran todavía horas nocturnas. Entre las sombras y el aleteo de las ramas, que se movían por la fuerte brisa que había dejado el diluvio, Mike daba pequeños pasos, inaudibles, con serenidad. Parecía que flotaba entre un millar de hojas húmedas, atrapadas por el barro. Toda su postura demostraba su anhelo por conseguir estar cerca de Dedé, sentía deseos hacia ella, deseos de posesión, deseos oscuros. Pero en verdad no era ni por su físico, ni por su perfecta estructura carnal, había algo más que él quería por encima de todo.

Dedé desbloqueó su mente de preguntas sin respuestas y se dio cuenta de que él se acercaba demasiado, debía salir de allí. Elisa continuaba gritando por el teléfono, llamando a su amiga, alertándola para que corriese en otra dirección. Demasiado tarde Elisa. Cuando Mike estuvo a pocos centímetros, Dedé sintió un terrible escalofrío por toda su espalda, su cuello se erizó y apretó los puños involuntariamente. Respiró, dejando el aire a su alrededor casi sin oxígeno.

Mike sonrió, por fin estaba cerca de ella, había conseguido tenerla solo para él, ahora podría hacer lo que tenía previsto. Se miraron profundamente, Dedé con miedo y Mike con regocijo.

—No debes temerme Danielle. —Dijo él tranquilo, acariciando su rostro entumecido. —Vengo a salvarte.

Dedé, paralizada, no se movió ni un ápice. Temía lo que él era capaz de hacer. Tragó saliva lo más silenciosamente posible.

—¡No sabes el tiempo que llevo buscándote! Y al fin te he encontrado. —Mike se deleitaba con ese momento.

—¿Quién eres? —Preguntó Dedé casi en silencio.

—Tú sabes quién soy.

—¿Mike…? —Preguntó dudosa.

—No, prueba otra vez. —Dijo con sonrisa bribona.

En el fondo sabía que no era Mike, sabía que había una presencia muy distinta delante de ella. Había visto, de manera sobrenatural, la muerte de aquel chico en el lago y estaba casi segura de que no era el mismo.

—No, tú no eres Mike. —Contestó. —Tú eres algo muy distinto, no eres de aquí, de este mundo. —Mostró templanza en sus palabras, aunque por dentro estaba aterrada.

—Exacto. Veo que no me equivoqué contigo. —El ser la miraba penetrante. —Ahora, formula la pregunta otra vez.

—¿Qué eres? —Preguntó, tragando saliva de nuevo.

—Tu guía, tu dueño, tu protector…

—¿Mi protector de qué? —Estaba confusa, lo que intuía de aquel ser no era para nada protección, no era nada bueno. Con su mirada cautiva y su presencia tan sombría. Quería marcharse, correr hacia un lugar seguro, pero al mismo tiempo la curiosidad la detenía.

—-Danielle… Tú no perteneces a este mundo. —Se acercó a su oído. —-¡Danielle…! —Le susurró. —¡Tú eres mía! ¡Mi Pitia!

Las luces de emergencia del coche de policía y de la ambulancia, alumbraban con destellos naranjas y azules entre los árboles. Dedé giró su vista con brío hacia ellos, la llegada de la caballería era inesperada. Había olvidado la llamada de socorro que hizo cuando buscaba a Elisa. Volvió su vista hacia el ser susurrante. Ya no estaba, se había evaporizado, desaparecido como en un truco de magia televisivo.

Dedé se quedó en el mismo lugar, en la misma posición, durante unos minutos más. Repasando lo que había sucedido, creía estar volviéndose loca. De nuevo se preguntaba si aquello era real, debía encontrar respuestas que explicaran lo que le estaba pasando. Entonces recordó a Elisa, su testimonio de aquello le aclararía muchas dudas. Miró hacia el suelo, su teléfono móvil estaba tirado a sus pies, con gotas de lluvia en la pantalla y ciertos restos de lodo en los bordes. Se agachó para cogerlo. Elisa tendría que darle muchas explicaciones.

—¡Señorita! ¿Se encuentra bien? —Un policía se acercaba, cegándola con la linterna. Dedé se tapó la cara por la luz cegadora. —¿Necesita ayuda?

—¡Sí, estoy bien! —Contestó.

—Hemos recibido un aviso de desaparición. ¿Nos llamó usted? —El policía ya estaba a su lado.

—Sí, lo siento, mi amiga se había perdido, pero ya la he encontrado.

—¿Y dónde está su amiga? —Preguntó.

—¿Qué?

—Su amiga, ¿dónde está? —Preguntó él desconfiado.

—¡Ah! Pues se ha ido… —Dijo ella poco convincente.

—¿Y se ha quedado usted aquí sola?

—Sí…, yo…, había perdido mi móvil, me he quedado buscándolo. —Dedé le enseñó el teléfono.

—Ya, claro… ¿Es usted estudiante de Jacksonville?

—Sí, ¿por qué?

La voz de otro agente se oyó a través de la radio que el policía llevaba en la solapa del cuello de su camisa uniformada.

—¡Hopkins informa!… ¿Qué has encontrado?… Cambio

—Todo en orden, he encontrado a una estudiante. Parece que se trata de otra broma universitaria. Cambio. —Contestó molesto.

“—¡Putos niñatos! … Otra que pasará una bonita noche en el calabozo! Cambio”

—Vamos para allá… Cambio y fuera. —El policía sacó sus esposas y sujetó el brazo de Dedé.

—¡Oiga que no es una broma! ¿Qué hace? ¡No tiene ningún derecho! —Dedé se revolvió para soltarse.

—No lo haga más difícil, señorita. ¡Si se resiste la encerraré por desacato a la autoridad! —El policía giró a Dedé con fuerza y la puso de espaldas, le colocó las esposas mientras recitaba, como un robot, sus derechos. —Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra frente a un tribunal. Tiene derecho a un abogado, si no, se le asignará uno de oficio. Tiene derecho a realizar una llamada a un familiar o persona que usted elija, se le considerará inocente hasta que las pruebas determinen lo contrario… —Continuaba su discurso mientras Dedé se quejaba y declaraba su inocencia.

—¡No sabe lo que está haciendo! ¡Yo no he incumplido ninguna ley! ¡Oiga, no puede hacerme esto, usted no lo entiende, le digo la verdad!—Repetía una y otra vez.

La metieron en el coche, esposada y enfurecida, se dirigía a la comisaría. Pensó en Elisa de nuevo. Ella la sacaría de este lío, explicaría a la policía que no había sido una broma y todo se solucionaría. Solo quería llegar para hacer uso de su derecho de llamada.

Imagen de Yuri_B en Pixabay

Mientras tanto, en la biblioteca… Marion seguía sumergida en la red, buscando información sobre aquel misterioso libro. Llevaba horas inmersa en infinitas páginas de Internet, sin encontrar nada que ella no supiera, todo era irrelevante. Se había hecho de noche sin darse cuenta. La biblioteca estaba cerrada al público, los estudiantes, la mayoría, ya estaban descansando en sus habitaciones, pero Marion necesitaba saberlo todo sobre la existencia de aquel extraño ejemplar. Entonces, pulsó con su ratón encima de un enlace y éste le llevó a una red prohibida. Algo la inquietó. Según una página de aquella red oculta, se habían hallado manuscritos en un antiguo monasterio de Tesalía, al norte de Grecia, en los monasterios de Meteora, eso no era lo raro, lo raro era que databan del año 1.800 d.C. y Marion sabía, por sus estudios, que los últimos datos históricos relacionados con ese tema tenían fecha anterior, bastante anterior, exactamente del año 1.200 a.C. No se habían encontrado ni documentos ni pruebas que confirmaran la existencia de ciertos seres.

—¡Esto es imposible! —Exclamó ella sin dejar de mirar a la pantalla. —¡Esto significaría que existe actividad divina en la Tierra! ¡No puede ser, tengo que llamar a Danielle! —Marion se apresuró a coger su teléfono para llamar a Dedé. El teléfono dio tono, pero nadie contestó.

Saltó el contestador y Marion dejó un mensaje.

Marion continuó leyendo el artículo prohibido, en la pantalla de su ordenador. Al parecer, uno de los escribas del monasterio, aseguraba poseer un pergamino donde se explicaba detalladamente el descenso de un ser mitológico a la Tierra, decía que si había pasado tan solo hacía 220 años, ese ser debía de estar todavía entre nosotros. Anunciaba que venía el fin del mundo, que era el apocalipsis, que la raza humana estaba a punto de extinguirse… Marion pensó que solo eran habladurías de curas, creencias infundadas, aunque las pruebas estaban ahí, ante sus ojos. El escribano había subido fotos del pergamino a la red, y se leían perfectamente las palabras: Θεός,γη, καταστροφή

—¡Es griego! —Se sorprendió Marion. —Entonces, si es griego, las palabras son; Dios, Tierra, Destrucción… ¡Oh dios mío! —Marion se dejo caer contra el respaldo, arrepentida por haber encontrado aquello.

Si aquel escribano había encontrado aquello, entonces… ¿ella tenía delante otra prueba? ¿Un libro que pertenecía a algún tipo de ser mitológico? Si eso fuera cierto, no era nada bueno, no era una buena noticia. La última vez que los dioses bajaron a la Tierra, fue para destruir la raza humana y ya habían pasado infinidad de siglos desde entonces. Si aquella vez se tomaron tantas molestias y perdieron, eso significaba que esta vez estaban más que preparados y que sus intenciones serían exactamente las mismas. Marion llegó a la conclusión muy rápido y una corriente helada traspasó su cuerpo. Se levantó de un impulso y se dirigió hacia una de las estanterías. Cogió varios tomos sobre mitologías, leyendas, datos antiguos, fechas de guerras tocadas por la mano divina. Buscó y buscó entre líneas esperando relacionarlo con algo, esperando que alguna página mencionase a ese misterioso libro, pero no encontró nada. Los datos eran muy básicos, el rayo de Zeus, el tridente de Poseidón… Nada. Marion se estaba desesperando, quería y necesitaba verificar de alguna forma todo lo que aquel escribano, aparentemente loco, decía. Necesitaba relacionar aquel libro con algo real, algo que no fuera una leyenda.

Lo miró, miró sus dorados grabados y sus tapas duras cubiertas de un cuero indestructible. Esas letras, marcadas en el frente, parecía que hubieran sido creadas de manera celestial. Sin duda aquel tomo ocultaba una gran historia y un gran misterio. Su seducción la atrajo, su perfecta hechura y sus rasgos antiguos persuadían las manos de Marion para que lo cogiera. Eso, sumado a su ansia por desvelar y saber, hicieron que ella se lanzara a abrirlo.

Tan solo con tocar la tapa y atreverse a levantarla, el libro comenzó a brillar. Marion lo miró embelesada, con los ojos abiertos de par en par y con sonrisa satisfactoria, segura de que estaba a punto de descubrir algo muy importante que cambiaría la historia. Se acercó más a él y las tapas empezaron a rebotar. No dejaba de moverse y suspenderse por el aire, a unos diez centímetros de la mesa. La luz que desprendía aumentaba por momentos, era realmente esplendorosa, tan brillante como los nuevos faros de un todo-terreno. Cegaron la vista de Marion que se intentó tapar con el brazo. Parecía que el libro fuera a explotar en segundos. Sin embargo, cesó. Dejó de rebotar y de brillar y con un golpe seco cayó de nuevo encima de la mesa. Marion, algo tímida, se acercó, como si estuviera cerca de un volcán durmiente a punto de despertar. Y en verdad, así fue.

La tapa principal del libro se abrió por completo sin que nadie la tocase, dejando ver su contenido, llamándola a ella para que echase un vistazo, solo un pequeño vistazo. Atraída, así lo hizo y sin más Marion desapareció. El libro la absorbió entre sus páginas y la apresó, como las plantas carnívoras que esperan la presencia de un insecto. Marion la enamorada del conocimiento estaba atrapada.

¿A dónde habrá ido Marion?

¿Qué significará que Dedé es su Pitia?

¿Qué mensaje de voz le habrá dejado Marion a Dedé?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO EL LUNES A LAS 19:00H

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CAPITULO DIECIOCHO

CAPITULO DIECIOCHO
Dedé tendrá que tomar una decisión que le acercará un poco más a George, pero también les alejará para siempre.

CAPITULO DIECISIETE

CAPITULO DIECISIETE
En este capítulo nuestra protagonista se enfrenta a la realidad y descubre la pérdida de alguien querida para ella, además volverá a encontrarse con el ser del bosque.

CAPITULO SIETE

VA A POR TI


—¡Marion! ¡¿Qué coño estás diciendo?! —Preguntó Dedé inquieta.

Pensó que quizás ella había tenido razón poniéndole a Marion diferentes tipos de motes insultantes. Viendo su reacción frente a un simple libro, le pareció algo loca y absurda. Una friki en toda regla. Las mofas estaban justificadas.

Marion seguía mirando aquella cubierta, con las letras grabadas bien grandes, absorta en sus cantos y pieles curtidas. Asombrada por tener delante suya una reliquia tan importante y utópica.

—¡Danielle, no tienes ni idea de lo que esto supone! —Exclamó con la voz entrecortada.

—¡¿El qué?! ¡No te entiendo!

—Este libro no debería estar aquí, está claro que alguien o algo lo trajo a este mundo y me temo que no es para nada bueno. —Explicó misteriosa en voz muy baja.

—¡Quieres dejar de desvariar, friki-empollona y decirme de que cojones me estás hablando! —Dedé empezaba a impacientarse.

—Mira, ¿ves esto? —Marion señaló las letras grabadas.

—Sí y ¿qué? ¡Son letras…! —Dijo sin interés.

—No, no son sólo letras, mira más de cerca. Toma. —Marion le prestó una lupa de su escritorio.

Dedé, a regañadientes y resoplando por la nariz con fuerza, arrancó la lupa de las manos de Marion con rudeza. Antes de parecer una estúpida mirando a través de una lupa, unas ridículas letras, Dedé se aseguró de que ningún estudiante del campus las observara. Colocó la lente a pocos centímetros del grabado y se acercó. Lo que vio después la dejó atónita, se separó rápidamente del libro y miro a Marion con los ojos como platos.

—¡¿Pero qué demonios es esto?! —Preguntó sorprendida. —¡Las putas letras están brillando! ¡Se mueven!

—¿Lo ves? Te digo que este libro no es de aquí.

—¡Esto es imposible! ¡Tiene que haber una explicación! —Dedé cogió el libro entre sus manos con la intención de abrirlo, pero Marion la detuvo.

—¡¡¡No!!! ¡¿Qué haces?! —Voceó asustada.

—¡¿Qué!?

—¡¿Estás loca?! ¡No puedes abrirlo! —Marion hizo una pequeña pausa y se explicó. —Si es lo que creo que es, no podemos abrirlo. Según las mitologías, este libro está maldito, lo que significa que está protegido para que ningún mortal terrestre lo abra.

—¿Y qué va a hacerme un libro? ¿Convertirme en rana? —Contestó Dedé bromista.

—Basándome en los manuscritos y leyendas que he leído, ¡este libro podría hacer que desaparecieras! ¡Puf! —Representó sus palabras moviendo sus manos como un mago. —Tus moléculas se esparcirían por el aire y dejarías de existir.

—¡Ja, ja, ja! —Soltó una risotada. — ¡No digas chorradas, anda! —Dedé se dispuso a abrir el libro.

—¡¡Te digo que es peligroso!! —Marion sujetó su muñeca como último intento por detenerla.

—¡Oye, me estás poniendo de los nervios! ¡Tranquilízate! Ya lo he abierto antes y sigo aquí, ¿no?

—¿¡Ya lo abriste antes!?

Dedé asintió con la cabeza con desaire. Acto seguido, abrió su portada con cuidado, a pesar de que no se creía las tonterías que la friki bibliotecaria soltaba por la boca, tenía sus dudas. Marion se echó hacia atrás, creía que algún tipo de onda expansiva iba a destruirla a ella también. La tapa se abrió del todo, la cara de Marion era de expectación, pero no sucedió nada. Una simple guarda antigua y amarillenta, con un símbolo estampado repetido, formando un mosaico por toda la hoja. Ambas se miraron. Dedé pasó la página para ver qué se ocultaba detrás, en el fondo esperaba que ocurriese algo increíble e inexplicable, pero solo había una portadilla con unas grandes letras escritas en otro idioma.

Θεοί

—¿Qué significa? —Preguntó Dedé.

—¡Hum… no sé, creo que es algún tipo de lenguaje fenicio o algo así!

—¿O algo así? ¡Tú eres la experta de esta cosa! —Contestó Dedé.

—Si y tú lo has abierto sin ningún problema, ¡además eres tú quién lo ha traído! —Replicó Marion.

—Te repito que a este puñetero libro no le pasa nada y yo no lo he traído, es de mi compañera de cuarto. —Dijo con superioridad, a Dedé no le gustaba que nadie le contestara. Justo en ese momento su teléfono móvil empezó a sonar. En la pantalla estaba el nombre de Elisa. Descolgó. —¡Ey! ¿Qué pasa? ¿Ya se te ha pasado el cabreo?… ¡Elisa, habla más despacio, no te entiendo! … —Dedé se levantó de la silla. Elisa la llamaba pidiendo ayuda, algo le había sucedido. —¡Vale, tranquilízate! ¿Dónde estás? … ¡Voy para allá!

Dedé estaba preocupada, colgó el teléfono y empezó a recoger sus cosas.

—¿Qué ha pasado? —Pregunto Marion. —¿Estás bien?

—¡No, no estoy bien! Me ha llamado mi amiga, algo de que la han seguido hacia el bosque y está aterrada. ¡Algún capullo universitario que quiere hacerse el gracioso! ¡Como lo pille le voy a dejar la cara como un mapa!

—¿Y qué hacía ella en el bosque? —Preguntó Marion desconfiada.

—Suele ir al RiverHouse, a coger comida para llevar, cuando está agobiada. Se habrá adentrado en el bosque cuando sintió que la seguían. ¡Voy a buscarla! ¿Te importa si dejo aquí mis cosas? Luego pasaré a recogerlas.

—Sí, claro, sin problema. —Marion miró el libro con miedo. —Buscaré algo sobre estos símbolos en la red, si encuentro algo te llamaré.

—¡Perfecto, gracias Marion! Te debo una. —Voceó Dedé ya desde la puerta.

—En verdad me debes unas cuantas… —Contestó para sí misma.

Dedé corrió hacia el aparcamiento, allí estaba su coche, pensó que el bosque no estaba lejos, pero que así llegaría más rápido. Esa zona tenía una extensión muy grande y poca afluencia de gente. La zona verde, como la llamaban allí, era un terreno algo fangoso; y por desgracia, esa tarde había tormenta. Dedé aparcó frente al pub de comida, apagó el motor y sacó su móvil para llamar a Elisa.

—¡Vamos, Elisa cógelo! —Daba tono pero nadie contestó. —¡Mierda!

Estaba lloviendo a cántaros y las nubes interrumpían la claridad del sol, eran ya casi las siete de la tarde, dentro de pocas horas el día se haría noche. Dedé decidió salir del coche sin más abrigo que una pequeña linterna de la guantera. Se dirigió hacia los árboles cubriéndose la cabeza con el cuello de su chaqueta.

—¡Elisa! ¡Elisa! ¿Dónde estás? —Llamaba a su amiga mientras caminaba apurada entre el barro, la lluvia y las monstruosas ramas de aquellos castaños. —¡Elisa, soy Dedé! ¡Sal, aquí no hay nadie! —No obtuvo respuesta.

Se detuvo un momento, si se adentraba más correría el riesgo de no ver nada y perderse. Pero su amiga estaba en peligro y debía hacer algo. Cogió su teléfono de nuevo y marcó el número de emergencias.

—¿Hola? Si, mi amiga me ha llamado asustada, creo que se ha perdido en el bosque de River Road. He venido a buscarla pero no la encuentro, ¿pueden ayudarme? … Sí, de acuerdo, esperaré. —Dedé colgó el teléfono y volvió a marcar el número de Elisa, quizás si oía su móvil a distancia podría encontrarla.

—Dedé… —Elisa contestó.

—¡¿Tía, dónde estás?! ¡He venido a buscarte! ¿Estás bien? —Dijo sorprendida de que le contestara.

—¡Dedé, lo siento…! —Su voz era casi inaudible.

—¡¿Qué dices boba?! ¿Para qué están las amigas? ¡Venga, dime dónde estás que voy hacia ti! —Dedé comenzó a andar de nuevo por inercia, sin un destino concreto.

—¡Yo no quería, él me obligó! —Dijo ella sollozando. —¡Lo siento Dedé, lo siento…!

—¿Quién te obligó? ¡¿Quién ha sido el cabrón que te ha puesto la mano encima?! ¡Te juro que lo voy a matar! ¿Me oyes? —Dijo enfurecida.

—¡No, tú no lo entiendes! ¡No es a mí a quién quiere!

—¿Qué? —Dedé estaba confusa.

—Es a ti. Va a por ti.

—¿De qué estás hablando? —Se detuvo de nuevo y la lluvia cesó, pero la noche ya estaba encima de aquellos inmensos árboles.

—¡Hola Danielle! —Un joven apareció, a unos metros, detrás de ella. —¡Por fin nos conocemos!

—¡¡Sal de ahí, Dedé, vete!!— Gritó Elisa, a través del telefono, previniendo a su amiga. —¡Corre Dedé, corre!

Dedé se dio la vuelta y lo vio. Un joven apuesto y fuerte que salía de entre los árboles se acercaba hacia ella. No pudo distinguir sus facciones, las sombras y la noche impedían que lo viera con claridad. Ella estaba atónita, ¿qué tipo de broma o trampa le había preparado su amiga? No podía reaccionar, seguía allí de pie, intentando descifrar aquella cara y aquella voz que le resultaba tan familiar. El chico se acercó despacio un poco más.

—Tenia muchas ganas de estar a solas contigo. —Tenue, calmada. Sin duda Dedé había escuchado ya esa voz.

Unos pasos más, a pocos metros de ella y una pequeña claridad dejó ver su rostro, entre los rayos inmortales del anochecer y el brillo de la tímida luna que tardaba en aparecer. Entonces lo vio, lo reconoció.

—¡Dedé, por favor, tienes que irte de ahí! —Elisa voceaba a través de la llamada sin descanso. —¡Dedé! ¡¿Me oyes?!

Danielle Dumont, inerte, quieta, penetrada en el suelo como las gigantescas raíces de aquellos árboles, no era capaz ni de pestañear. El teléfono que sostenía en su mano, apretado contra su oído, se le resbaló y mientras caía al suelo con lentitud, su mente se llenaba de mil millones de preguntas imposibles. Y fue entonces cuando pronunció su nombre.

—¡¿Mike?!

¿ESTÁ MIKE VIVO?

¿ENCONTRARÁ MARION ALGUNA RESPUESTA SOBRE EL LIBRO?

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CADA LUNES, MIÉRCOLES Y JUEVES EN PITIA DE DELFOS

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CAPITULO SEIS

¡CUANDO YO TE LO DIGA! Elisa salió de la biblioteca como un rayo enfurecido, sin reparar en que había dejado todas sus pertenencias de estudio encima de la mesa, a veces su carácter era así, tan impredecible y brusco como un tsunami arrasador. Dedé ya estaba acostumbrada a sus reacciones ardientes, era una característica latina … Sigue leyendo CAPITULO SEIS

CAPITULO SEIS

¡CUANDO YO TE LO DIGA!


Elisa salió de la biblioteca como un rayo enfurecido, sin reparar en que había dejado todas sus pertenencias de estudio encima de la mesa, a veces su carácter era así, tan impredecible y brusco como un tsunami arrasador. Dedé ya estaba acostumbrada a sus reacciones ardientes, era una característica latina que le encantaba de su amiga.

Provenía de una familia cubana que se había labrado un futuro muy estable en los Estados Unidos. A golpe de trabajo forzoso, sus antepasados habían logrado sobrevivir en la jungla de asfalto gracias al pluriempleo y a la fuerza de voluntad emprendedora. Tras varios rechazos y fracasos, su familia consiguió fundar una sólida empresa de productos alimenticios. Lo que en principio fue un pequeño negocio con ruedas de ropa vieja y sándwiches cubanos, en el distrito de Queens, se convirtió en una gran franquicia llamada “Black-Frijol” que se extendió por toda América. Entre sus productos destacaban el congrí y el ajiaco, platos antiguos y típicos de Cuba, que habían arrasado entre los norteamericanos.

Elisa vivía a cuerpo de reina, aunque no compartía con sus amistades la procedencia de su patrimonio familiar, odiaba tener que explicar a cada persona, de su círculo social, la historia de su familia, y aunque disfrutaba de una gran riqueza, vivía bajo una gran presión. Sus padres, prácticamente, le habían obligado a estudiar en aquella universidad, necesitaban a alguien en la familia con visión y título para sus nuevas empresas e infraestructuras, por lo que Elisa debía sacarse varias titulaciones y asignaturas, entre ellas diseño industrial e historia de la arquitectura. Eran una familia muy unida, artística e inteligente, todos habían puesto su granito de arena para seguir con la tradición familiar empresarial.

Tenía cinco hermanos, todos chicos, ella era la tercera. Sus dotes de niñera estaban muy desarrollados, cuando sus padres tenían que trabajar, Elisa debía cuidar de sus dos pequeños y rebeldes hermanos. Conocía muy bien el esfuerzo, la lucha, las tareas y las obligaciones, su madre se había encargado de ello para que su futuro fuera brillante, independiente, una mujer autosuficiente y “libre”, libre entre comillas, porque su futuro estaba impuesto. Ella detestaba tener que seguir los pasos de sus predecesores, pero que una hija fuera en contra de todo en lo que creen en su familia, no estaba bien visto. Enfrentarse a sus padres supondría verse sola y sin blanca y a Elisa le encantaban demasiado las nuevas colecciones. Los zapatos de Louis Vuitton y los pendientes de Cartier no se pagaban solos. Sin rechistar y con el resentimiento interno puesto como gargantilla, Elisa sacaba adelante un futuro planeado al milímetro. Su ambición, en realidad, era la abogacía, defender a los inocentes y encerrar a los malos había sido su sueño desde muy pequeña. Series como “The Good Wife“, “Law & Order” e incluso tan antiguas como “Ally McBeal“, le habían llenado la cabeza de trajes chaqueta, discursos memorables ante jurados y justicia para el pueblo. Cuando quiso darse cuenta, aquello se había convertido en una efímera ilusión.

Así que se fue a su habitación. Cruzó el campus llena de mala leche y frustración. Su cabello negro, tan bruno como la noche, ondeaba en el aire al son de sus enérgicas y cabreadas pisadas. El día tan soleado había desaparecido, varias nubes cargadas de rayos y lluvia asolaban la zona, se avecinaba una tormenta húmeda de esas que te avisan que el verano está a la vuelta de la esquina. Elisa se apuró y entró en su residencia, se colocó su cabello y su carísimo conjunto de ropa. Fue hacia el dormitorio que ella y Dedé compartían, enfadada y murmullando entre dientes. No había cosa en el mundo que le enfadara más que las injusticias, la gente egoísta y los vagos. Su amiga las tenía prácticamente todas.

Dedé y ella se conocieron durante la fiesta de los Delta Sigma. Ambas eran de primer año y estaban algo perdidas, pero los chicos del campus enseguida se fijaron en la belleza de Dedé y en la cartera adinerada de Elisa, por lo que rápidamente fueron admitidas en círculos sociales más distinguidos. Tras unos chupitos y unos bailes alocados, Dedé ya se había desmelenado por completo y Elisa la observaba desde uno de los sofás. Cuando uno de los chicos de tercer año quiso aprovecharse de la situación, Elisa no dudó por un segundo el abalanzarse sobre él y soltarle una buena bofetada y una reprimenda a lo madre protectora.

Esa noche, Dedé durmió en el cuarto de Elisa, las dos congeniaron muy bien y desde entonces fueron inseparables. En verdad, Dedé nunca había hecho nada heroico por ella, ni le había demostrado su amistad con ninguna prueba de cariño, pero con ella se sentía segura de sí misma, comprendida y sobre todo, capaz de conseguir cualquier cosa. Las manipulaciones de su amiga le venían que ni pintadas en diversas ocasiones. Una amistad por conveniencia la mayor parte del tiempo. Su enfado provenía de ahí, no aceptaba el gran ego, ni la falta de tacto de su amiga, cuando Dedé lo sacaba a Elisa se le hacía un nudo bien apretado en el estómago. A su forma de ver, vivía sin tener que dar explicaciones a nadie, sin responsabilidades y sin miedos hacia nada. Podía hacer lo que se le viniera en gana y ninguna autoridad la regañaría o la desterraría. Elisa, por el contrario, tenía una vida llena de restricciones y normas. Debía sacar las mejores notas posibles, pero las idas y venidas de su amiga en fiestas, conciertos, reuniones y festivales. la retrasaban en su empeño por lograr una buena carrera. No solo culpaba a Dedé, la culpa también era suya, debería aprender a decir no a todas esas actividades distractivas.

En cuanto llegó al cuarto, se desvistió, colocó su ropa debidamente en el armario y se puso su ropa deportiva más cómoda. Encendió la lámpara de su escritorio y se sentó para ponerse a estudiar. Se dio cuenta de que había dejado todas sus cosas en la biblioteca y apretó los labios en señal de queja. No iba a volver a vestirse para ir a buscarlas y para nada iba a arriesgarse a un nuevo y muy posible encuentro con Dedé. Sabía que al final tendría que verla, compartían habitación, pero para cuando su amiga llegara ella ya esperaba estar dormida. Por la mañana, con un nuevo rayo de sol, un nuevo café en mano y una mente descansada y despejada, la discusión se convertiría en una charla más amistosa y agradable, la cual, seguramente, acabaría entre risas.

Sacó un tomo de su estantería, decidió estudiar para otra asignatura pendiente. En ese momento, sus labios pequeños y carnosos, resoplaron de amargura y agobio.

—¡Llevo mucho retraso!

Se puso sus auriculares, enchufados a una carpeta de música de su teléfono móvil, abrió el libro y con un marcador verde y toda su atención puesta en sus párrafos, empezó a estudiar. Estaba concentrada, meneaba la cabeza hacia delante y hacia atrás de forma casi invisible. Sentía la música, la liberaba del estrés y del mal humor.

Un aire frío y suave le rozó su piel tostada en la nuca cuando, con sus pequeños dedos y con un movimiento delicado, recogió su negra y ondulada melena hacia un lateral. Sintió un escalofrío, como si alguien respirara justo detrás de ella. Se giró en la silla con susto, recorrió toda la habitación con la mirada, pero allí no había nadie. Desconfiada, volvió a posicionarse frente a su lectura. A penas unos tres segundos después, su pelo se zarandeó hacia delante por culpa de una pequeña y fría brisa. Elisa se asustó, se quitó los cascos, dejando que la música siguiera sonando a través de ellos y miró de nuevo a su alrededor. Nada, allí no había nada, la ventana, frente a ella, estaba cerrada, era muy improbable que en aquella estancia corriera ni un ápice de viento. Estaba intranquila. Separó la silla del escritorio con un impulso hacia atrás y se levantó. Miró en el reflejo de los cristales de la ventana y lo vio. Alguien la estaba acariciando suavemente, agarrándola por los hombros y susurrándole su nombre dulcemente en los lóbulos de sus pequeñas orejas redondeadas.

— Elisa… Elisa… —Repetía la voz.

Elisa se giró. Cara a cara, se encontró con Luke.

—¡Casi me matas del susto! —Dijo ella agitada, aunque contenta por verle.

—Perdona, no pretendía inquietarte. —Contestó mientras continuaba acariciando su cuerpo y la observaba como un valioso trofeo.

—¿Qué haces aquí? Si Dedé entra te verá.

—Ella no puede verme, solo tú puedes verme.

—¡¿No puede verte?! —Preguntó extrañada.

—Nadie puede, no si yo no quiero. —Besó su cuello con delicadeza.

—¡Eres increíble! ¿Por qué a mí?

—¿Por qué a ti? —Luke miró a Elisa, no entendía la pregunta.

—¿Por qué me has escogido a mí?

—Ya te lo dije, tú eres especial.

—Ya, lo sé, siempre me dices lo mismo, pero no entiendo por qué.

—Tranquila, lo entenderás a su debido tiempo. —Su voz era calmada, seductora. —¿Hiciste lo que te pedí? ¿Cuándo puedo ver a Danielle a solas?

—No he podido. Estoy cabreada con ella, en verdad es conmigo, creo… no sé, pero ahora mismo no estamos en el mejor momento.

Luke la apartó de entre sus brazos, la miró con enfado.

—¡Tienes que hacer lo que te he pedido! —Dijo lenta y pausadamente con tono superior.

—Sí, lo haré, ¿vale? Es solo que, ahora mismo, no es un buen momento. —A Elisa no le gustó su postura, le pareció un poco agresiva. —Será mejor que te vayas, tengo mucho que estudiar.

Ambos se miraron, había cierta tensión extraña entre ellos. Luke no estaba conforme con la contestación de Elisa. Ella, sin mirarlo, se sentó de nuevo en su escritorio con la intención de seguir estudiando, se puso sus auriculares, esperando que Luke pillara la indirecta y se marchara. Aunque no fue así.

A Luke no le sentó nada bien ese desplante y esa forma tan mal educada de echarlo, se sintió ofendido y su dulce cara se convirtió en ira. Agarró con fuerza el pelo de Elisa y tiró de su cabellera hacia atrás, haciendo que su pequeño cuello se doblase casi por completo sobre el canto del respaldo de la silla. A Elisa, la falta de oxigeno, no le permitió ni siquiera gritar de dolor, sus cuerdas vocales estaban bloqueadas en esa postura. Intentaba moverse, dando bandazos con las manos, para poder soltarse, pero una fuerza sobrehumana se lo impedía. Y así, sujetada solo por una mano de su amado Luke, sentada en la silla con la cabeza hacia atrás y su nuca haciendo presión en el respaldo, se sintió sola, aterrada y dominada por completo. Luke se acercó a su oído de nuevo, aunque esta vez no fue con intención de camelar..

—¡Vas a hacer lo que yo te diga, cuando yo te lo diga! Ahora te disculparás con Danielle, le dirás que sientes haberla hablado de manera tan descortés y la llevarás a un lugar donde yo pueda verla. ¿Lo has entendido?

Elisa no podía a penas mover su cabeza, no podía soltar ni un simple sí. Luke la soltó y ella cobijó su cuello entre las palmas de sus manos cubriendo el dolor. Tosió varias veces y miró a su apuesto y feroz amante. Él seguía de pie, inmune a su dolor, tenía un semblante serio, indestructible, todo rasgo de bondad en él era inexistente.

—¡Levántate! —Ordenó Luke. Elisa lo hizo sin rechistar, posicionándose ante él. —¿Vas a hacer lo que te pida? —Ella solo pudo asentir con la cabeza atemorizada.

Luke se acercó un poco más, de nuevo en su rostro volvió a surgir el cariño. Con su recia mano acarició las mejilla de Elisa, la que con miedo, retrocedió unos milímetros hacia atrás.

—No tienes que temerme, si haces lo que yo te pida, todo irá bien. —Dijo con voz sedosa.

De pronto sus ojos, los que antes eran tan azules como el cielo más despejado de un día caluroso de verano, se tornaron de color morado. Brillantes como dos fuegos encendidos, dos cárdenas llamas que penetraron en la mente de Elisa. Ella, inmóvil, había infravalorado el poder de aquel ser, sucumbiendo solo a sus encantos, sin preguntas, sin respuestas, nada más que los besos nocturnos y las promesas de un futuro que le había prometido. Elisa se sentía intimidada, pequeña frente a él. En aquel momento pensó en que quería salir de allí, pensó en Dedé, en pedirle ayuda, pensó en volver a casa y que los cinco hombres de su hogar la protegieran, pensó en desaparecer para siempre y no mirar atrás, pero no podía… Aquellos ojos, aquel individuo, criatura, persona, lo que fuese, la tenía embelesada, con miedo y con amor.

—Recuerda… —Luke acercó sus labios a los de Elisa y susurró en ellos. —…Yo soy tu dios y tú eres mi diosa.

¡HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO SEIS!

¿QUIÉN ES EXACTAMENTE LUKE?

¿QUÉ QUIERE DE DEDÉ CON TANTAS ANSIAS?

DESCÚBRELO EN EL CAPITULO 7 EL MIÉRCOLES A LAS 19:00

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CAPITULO QUINCE

CAPÍTULO QUINCE
En este capítulo, Dedé se encuentra en un sueño que le recuerda su querida infancia y alguien del más allá le ayuda a despertar.

CAPITULO CATORCE

Descubrimos la nueva misión de Harris y Heracles y cómo deberán enfrentarse a la gran roca del Meteoro para salvar a Marion.

CAPITULO CINCO

¡ERES UN MAL BICHO!


Dedé decidió que lo mejor era quedarse con ese libro, y echarle un vistazo a todas esas páginas que estaban marcadas como interesantes. Con la hoja en la mano, inmersa en la frase, “Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”, la leía una y otra vez intentando encontrarle una explicación sencilla a por qué su amiga había hecho tales absurdos garabatos . Miró la hora en su reloj, no tenía ganas, pero debía patearse todo el campus para encontrar un tablón de anuncios y escoger esa dichosa labor obligatoria antes de que el profesor terminara su jornada laboral. Hablaría con Elisa más tarde, para comentarle lo que había encontrado.

Se dirigió al mostrador de la biblioteca. Allí estaba Marion Green, una joven estudiante que cursaba el mismo año que Dedé. Siempre con cara de pocos amigos, seria, con un semblante impenetrable, ningún chiste o gracia, existente en el mundo, cambiaba su estado físico. Para Dedé, era una chica introvertida, tímida, no muy agradable a la vista y bastante antisocial. Ella la llamaba “La espanta rollos” o la “¡Puaj!”. Su manera de vestir estaba ligada a la palabra celibato, chaquetas de punto en colores pastel, con puntillas en los bordes, faldas lisas siempre oscuras hasta la rodilla, medias de compresión anti-estéticas tanto en verano como en invierno, “zapatones” negros, muy masculinos y como complemento final, perlas, siempre perlas, en orejas, cuello y muñeca. Llevaba un corte de pelo sencillo, por debajo del mentón, ondulado y con poca gracia, castaño y sin capas, el cual recogía hacia atrás con una cinta de pelo o diadema a juego con su chaqueta abotonada. Tenía gafas de alambre redondeadas, muy a lo Elton John, pero sin clase, y detrás unos ojos negros saltones, que podían penetrarte hasta el alma.

—¡Hola Marion! —Saludó Dedé animada, aunque con poca seguridad.

—Hola, Danielle. —Contestó sin mirarla siquiera. Tenía la cabeza metida en sus labores.

—¿Me preguntaba si podrías hacerme un favor? —Aunque Dedé se esperaba una negativa, no perdía nada por intentarlo utilizando su cara angelical y su don de persuasión.

—No. —Dijo ella tajante.

—¡Venga va, enróllate! —Insistió. Marion la miró fijamente.

—Espera que lo piense… ¡No! —Se intuía, por su tono de voz, que no era muy fan de la popularidad de Dedé.

—¡Oye ya sé que no nos llevamos muy bien! Sé que casi ni nos conocemos, pero somos del mismo año, ¡colegas de uni! —Exclamó con una mueca animosa. Marion la miró sin un ápice de emoción.

—¿Qué quieres Danielle? —Preguntó sin ganas.

—Necesito un favor, ¿podrías teclear en tu ordenador y buscarme alguna actividad extraescolar de esas? —Pidió señalando el teclado con los dedos.

—¡¿Cómo dices?! —Marion frunció el ceñó y esbozó una media y minúscula sonrisa, no estaba muy segura de lo que Dedé quería decir. —¿Una actividad extraescolar, tú?

—¡Sí! ¿Qué pasa? ¿No puedo apuntarme a una? —Contestó indignada.

—El único motivo por el cual Danielle Dumont querría participar en una actividad voluntaria o “extraescolar”, como tú la llamas, es porque la han obligado. —Dijo altiva.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? Dime algo bueno que hayas hecho tú por los demás. —Dijo Marion mosqueada. A penas le dejó contestar y volvió a la carga. —Y no cuenta como altruismo organizar juergas y bacanales, sin sentido, entre semana.

—Las “juergas”, como tú las llamas, son reuniones fundamentales para liberar el estrés estudiantil. —Contestó convencida. —El hecho de que tú no nos deleites con tu presencia en ellas, no significa que sean anodinas.

—¡Vaya, me impresionas con tu fluido vocabulario! —Dijo con sarcasmo. —Aunque me impresionarías más si supieras el significado de la mitad de las palabras que sueltas por la boca. ¡Por culpa de esas fiestas, los voluntarios tenemos que recoger toda vuestra mierda al día siguiente!

—¡Nadie te obliga a ser voluntaria! —Contestó Dedé con chulería.

—¡Ya, claro que no! —Dijo Marion, negando con la cabeza demostrando desaprobación.

—¡Oye! ¿Vas a ayudarme o no? —Preguntó rotunda.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres un mal bicho!

—¡¿Perdona, qué me has llamado?! ¡¿Se puede saber por qué siempre me tratas tan mal?!

—Ya veo que tu egocéntrico intelecto no te deja ver más allá de tu perfecta nariz. ¿Acaso se te ha olvidado lo que me hiciste el primer año?

Dedé la miró pensativa, no sabía de qué estaba hablando, intentó recordar alguna interacción que hubiera tenido con Marion en el pasado.

—¡Tranquila, no estrujes demasiado tu pequeño cerebro! ¿El primer año de universidad? ¿La fiesta de bienvenida en la casa Delta Sigma?

Dedé negaba con los ojos abiertos como platos, esperando que Marion se explicara mejor.

—Te ayudé a instalarte la primera semana, dijiste que me compensarías el sábado yendo juntas al cine, ¿lo recuerdas? Estuve esperándote, en la entrada, durante más de media hora, después me enviaste un mensaje diciéndome que te quedabas en la cama porque no te encontrabas bien, me preocupé por ti y fui a tu residencia. De camino me crucé con la fiesta que habían montado los Delta, y para mi sorpresa me encontré con una tía borracha en su jardín delantero. Viniste hacia mí, sin remordimiento alguno y lo único que salió de tu boca, como excusa, fue una asquerosa y gigantesca pota mal oliente que se quedó impregnada en mis zapatos y en mi vestido nuevo.

Había olvidado aquellos días, Dedé se llevó la mano a su boca abierta de par en par para tapar su reacción, no quería ofender más a Marion y necesitaba que le hiciera el trabajo sucio. Estaba entre horrorizada por su mal comportamiento y orgullosa por su divertida e inconsciente hazaña.

—Al día siguiente hiciste como si no me conocieras delante de tus amiguitos de la fiesta. Desde aquel día me llaman “La Puaj” ¡Llevo tres malditos años aguantando ese mote de mierda! ¡Y por si fuera poco también me llaman “La potas”, “Vomitona” y el más original “Boloñesa asquerosa”! ¡Gracias por haber comido pasta aquella noche! ¡Estuve quitándome espaguetis del pelo durante una semana! —Marion estaba realmente indignada, se notaba que llevaba guardando eso mucho tiempo.

—¡Vaya, lo siento! —Dijo Dedé enseñando todos sus dientes y apretando la mandíbula.

—Ya, bueno… el mote no me lo pusiste tú, así que… —Marion miró hacia otro lado, intentando no ablandarse con la cara de compasión de Dedé.

—En realidad…

—¡¿Fuiste tú?! ¡No me lo puedo creer! —Exclamó con enfado.

—Yo solo dije “Puaj” alguna que otra vez, el resto transcurrió por sí solo. No tengo la culpa de que los demás tengan tanta imaginación… —Dedé se encogió de hombros intentando librarse del delito.

—¿Sabes qué? ¡Corrijo, no eres un mal bicho! ¡Eres lo peor, el demonio encarnado! —Se levantó, de su silla de escritorio, muy enfadada.

—Entonces, ¿no me vas a ayudar? —Preguntó restándo importancia al cabreo de Marion.

—¡Fuera! —Dijo con firmeza.

—¡Vale, vale! ¡Está bien, no hace falta que te pongas así! ¡Oye, mira, siento lo que te ha pasado, pero no les hagas caso! Tú eres más inteligente que todo eso. —La miró con pena, en el fondo se sentía mal. —Ya me voy, te dejo tranquila y… ¡Lo siento!

Dedé comprendió su cabreo, así que se marchó, no quiso atosigarla más, Marion la miró mientras se iba. Resopló, esos ojos verdes melancólicos la habían ablandado.

—¡Espera…! —Llamó su atención para que volviera. Dedé se giró con estilo. —¡Está bien, ven, te ayudaré!

—¡Gracias, gracias! —Dijo emocionada. —No quería pasarme todo el día buscando por el campus un dichoso tablón de anuncios.

—Las listas de servicios voluntarios a la comunidad del campus están automatizados.

—¡¿Eh?!

—Que puedo acceder a ellos desde el ordenador. Aunque solo los profesores o los que pertenecen a diferentes instituciones, como yo, tienen acceso. —Le explicó. Dedé puso toda su atención. —Ven hacia este lado, te lo enseñaré, coge una silla.

—¡Gracias Marion!

—¡De gracias nada, me deberás una! —Las dos se miraron, Dedé le sonrió, Marion no. —Mira, normalmente te acercas a uno de los tablones, miras las listas de actividades disponibles y escoges una. Luego te presentas ante jefatura, solicitando dicho puesto, allí te valoran y si das el perfil te aceptan.

—¿Pero no eran voluntarias?

—Si y no. Los anuncios que publican en los tablones suelen ser de baja importancia. Recoger basura, limpiar pintadas, orientador para alumnos de primer año… Todas esas son voluntarias y en todas, a no ser que seas realmente un desastre, te suelen aceptar.

—¡¿Hay voluntarios para hacer eso?! —Dijo sorprendida, con desagrado.

—Si. —Contestó Marion entornando los ojos.

—¿Por qué?

—Por que si te interesas por estas actividades y las desempeñas bien, después podrás tener acceso a otras más influyentes, estas se reflejan en tu expediente y te suman puntos para las notas finales, además tienes más opciones a la hora de buscar empleo en una buena compañía en el futuro. Actividades como: redactora del periódico de la universidad, segundo entrenador del equipo, ayudante en jefatura…

—Bibliotecaria… —Dedé le guiñó el ojo.

—Sí, eso es.

—¡Eres una pillina! ¡Mírate, consiguiendo un puesto y saltándote las normas! ¿Cómo lo hiciste? —Preguntó con picardía.

—Recogiendo basura. —Simplificó Marion seca.

—¡Am… vale! —dijo abochornada.

—No todos somos como tú Danielle, algunos luchamos duro para conseguir lo que queremos. Empecé limpiando el campus, eso me llevó a la recogida de reciclaje, después me ofrecieron colocar libros en los estantes de la biblioteca. Cuando la anterior encargada de la biblioteca se licenció y se marchó, pensaron en mí para el puesto. Y aquí estoy.

Dedé bajó la cabeza, en aquel momento se sintió estúpida, muy por debajo de Marion. Creía saberlo todo sobre los “raritos” de la universidad, pero aquella chica le estaba sorprendiendo y con ello haciendo que se avergonzara de sí misma.

—Supongo que tú te saltarás todos esos pasos.

—Supones bien, recoger basura no es lo mío.

—Vale, entraremos en el servidor y veremos el listado de puestos disponibles. —Marion meneó sus veloces dedos en el teclado del ordenador. —Estos son los que están vacantes ahora.

Dedé se acercó a la pantalla y comenzó a leer.

—Este no, este no, ¿coordinadora de pasillos?

—Sí, te dan un silbato para controlar a los estudiantes, pero nadie solicita nunca este puesto.

—¡No me extraña! Es como ponerse una diana de pringado en la espalda. — ¿Y este?

—Ayudante de profesorado… —Leyó Marion en voz alta. —Este es algo así como ser la secretaria de un profesor.

—¿Y qué tienes que hacer? —Pregunto interesada.

—Pues me imagino que, llevar su agenda cuando da conferencias, ayudar en la corrección de trabajos y tesis, programar reuniones con el alumnado. Cuando un profesor tiene excesivo trabajo, solicita a un ayudante en jefatura.

—¡Parece un buen chollo! —Exclamó emocionada.

—No creo que este “chollo” sea para ti, conlleva mucha responsabilidad y mucho trabajo.

—Dale, quiero ver qué profesores necesitan ayudantes.

—La profesora Miller, el profesor Steven, la doctora Wilson, el profesor J. Harris…

—¡¿J. Harris? —Dedé detuvo a Marion. —¡Ese es mi profesor de método!

Una estratégica idea se le vino a la mente. El profesor Harris le había castigado, el profesor Harris buscaba un ayudante. Nadie en su sano juicio querría trabajar para un profesor tan maniático, por no hablar de la ausencia de liderazgo en su personalidad y la falta de influencia entre catedráticos y doctores. Dedé sabía que los “lameculos” de los alumnos que buscaban unas buenas calificaciones y recomendaciones, no se juntarían a Harris, no era que digamos un profesor con glamour. A ella no le importaba en absoluto conseguir un puesto en una gran empresa, lo que ella quería era echarle mano a ese antiguo ejemplar, el que encontró en su despacho cuando tiró la caótica torre de libros.

—Pues lleva unos cuatro meses buscando ayudante. Danielle, no creo que sea buena idea, nadie quiere trabajar con él. El año pasado diez estudiantes respondieron a su solicitud y duraron menos de una semana. Creo que ese tipo no es fácil de llevar.

—¿No decías que yo escogía la vía fácil? ¡Apúntame! —Contestó decidida.

—¡Estás zumbada! Cómo quieras, yo te he avisado.

—¿Ahora qué? —Preguntó impaciente.

—El profesor Harris recibirá tu solicitud y responderá con un rechazado o un aprobado. Te llamarán de jefatura con el resultado y si es un sí, tendrás que presentarte en el despacho del profesor ese mismo día.

—¡Perfecto! ¡Gracias, Marion! —Dedé, impulsiva, besó la frente de su nueva “amiga”. Marion se echó hacia atrás demostrando rechazo.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marion señalando el libro de Elisa.

—Mi amiga se dejó sus apuntes en la mesa y se los he recogido para llevárselos.

Marion entrecerró los ojos para fijarse un poco más en la cubierta antigua del libro. Se quedó mirándolo, raramente hechizada, durante unos instantes.

—¡¿Qué es lo que miras tan interesada?!

—Ese libro…

—¡Perdona, no sabía que Elisa tuviera que devolver el libro a la biblioteca! Si quieres te lo dejo aquí. —Se disculpó ella.

—¡No! ¿Qué? No es eso. Ese libro ni si quiera es de aquí. ¿Puedo verlo? —Estiró la mano para recibirlo.

—Si, claro. —Dedé lo cogió y se lo dio.

—¡Este libro no es de aquí! —Marion lo tocaba y acariciaba con adoración en sus pupilas y puro amor en las manos. Estaba totalmente embelesada, rozando cada esquina y grabado de aquellas tapas. A Dedé le resultó extraño su comportamiento.

—Ya…, eso ya lo has dicho… ¡¿por qué eres tan “rarita”?! —La miraba pasmada. La forma que tenía de palpar aquel viejo ejemplar parecía casi sexual.

—¡No, no lo entiendes…! ¡Te digo que no es de aquí! ¡No es de este mundo!

—¡¿Qué?!

¿DE DÓNDE VENDRÁ ESE LIBRO?

¿CONSEGUIRÁ DEDÉ EL PUESTO DE AYUDANTE?

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CAPITULO TRECE

BISAGRAS OXIDADAS Volvió a sentir en su nariz aquel olor a cereal recién cortado, a hierba seca y a maíz, incluso en las papilas gustativas de su lengua pudo percibir que había regresado de aquel llameante viaje. A Dedé le costó coger aire de nuevo, su pecho estaba oprimido por el calor de aquellas llamas, … Sigue leyendo CAPITULO TRECE

RODAS

LA ISLA DE RODAS (Ρóδος) Es la isla más grande del archipiélago griego del mar Egeo. Famosa por sus playas, su historia antigua y sus ruinas. Una cordillera montañosa la atraviesa de norte a sur, dónde el pico más alto se llama Ataviros (1215 msnm). Se le otorgaron innumerables nombres que fueron cambiando a lo … Sigue leyendo RODAS

CAPITULO DOCE

MEDIO CORAZÓN Dedé, sentada en el asiento del copiloto, observaba por la ventanilla cómo George Sanna se dirigía a la tienda de la gasolinera. Había parado para repostar su destartalada y oxidada camioneta, esa que debía parar cada pocos kilómetros por que no aguantaba un viaje de más de veinte minutos. Tenía un olor extraño, … Sigue leyendo CAPITULO DOCE

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CAPITULO CUATRO

¡Elisa…!


—¡Pase! —El profesor Harris invitó a entrar a quién había tocado en su puerta.

Dedé la abrió despacio y entró.

—¡Vaya, no la esperaba tan pronto señorita Dumont! —Se puso nervioso colocando su escritorio desarreglado.

Documentos y multitud de libros apilados formaban indefinidas columnas tambaleantes y desordenadas. Era un cuartucho minúsculo, con apenas sitio para moverse, todos aquellos papeles y manuscritos antiguos ocupaban las paredes y el suelo de la habitación. Dedé caminó hacia el escritorio, tropezando con una de esas filas de libros.

—¡Tenga cuidado por favor, eso es muy valioso! —Le advirtió el profesor.

—¡Lo tiene todo tirado, aquí no se puede pasar! —Exclamó ella.

—Tranquila, yo le indico, ponga un pie ahí y otro ahí. —Harris señalaba a su alumna cómo adentrarse entre aquella jungla editorial. —Bien, ahora avance y ponga otro pie ahí. ¡No, no se apoye en esa fila! —Dedé hacía malabares para mantener el equilibrio. —Vale, muy bien, ahora solo tiene que mover su pie izquierdo hacia aquí y ya está, ¿¡a que es divertido!?

—No. —Contestó ella sin gracia. —Debería limpiar esto un poco, lo tiene todo patas arriba.

—Bueno, señorita Dumont, es solo la visión de una estudiante, no todo tiene que ser rosa y de purpurina. —Dijo casi para sí mismo.

Dedé, malhumorada y haciendo caso omiso a ese comentario, se sentó delicadamente en la silla vieja que había frente al escritorio. Quería tener una conversación amistosa para ganarse su aprobado, empezar con una disputa no era lo mejor para conseguirlo. Harris continuaba inquieto, apartando trastos de la mesa para poder tener una visión clara de su alumna.

—¡Vale, ya podemos empezar! —Dijo él con energía.

Dedé miró a su alrededor, aquel lugar era sombrío, olía a una mezcla entre polvo y viejo. Su cara de asco daba a entender que no era un sitio agradable ni cómodo. Serían las doce del medio día, en la calle brillaba el sol y una disimulada brisa placentera se deslizaba por el aire, pero allí, en el despacho del profesor Harris, ni siquiera un rayo de luz se atrevía a traspasar aquellas cortinas venecianas medio rotas y sucias. Solo una pequeña lámpara encendida daba una tenue claridad a toda la habitación.

El profesor se dio cuenta de que Dedé miraba con desaprobación la falta de luz. Se levantó algo patoso con la intención de solucionarlo.

—Espere, yo lo arreglo. —Fue hacia la cuadrada ventana y tiró del hilo de la persiana con fuerza para subir sus láminas metálicas hacia arriba, pero su ímpetu hizo que ésta se partiera y cayera por completo hacia el suelo.

Toda la claridad entró de golpe. El profesor se tapó los ojos, posicionando su brazo ante su cara, cual vampiro, la intensa luminosidad cegó su rostro unos segundos. Se notaba que no le gustaba demasiado el exterior, era fanático de los lugares cerrados y oscuros, estaba acostumbrado a encontrar reliquias de libros en sótanos, túneles y excavaciones. Se sentía a salvo y a gusto en su pequeño mundo.

—¿Mejor? —Preguntó él resuelto, disimulando la torpeza. Aunque no consiguió que la cara de su alumna mejorara.

—¿Podemos empezar? —Preguntó ella con voz de mandato.

—Si, claro. —Harris se sentó de nuevo en su cubículo. —Vale, señorita Dumont, estamos hoy aquí porque usted ha faltado en numerosas ocasiones durante todo el curso, así que podemos hablar de ello y llegar al fondo del problema. —El profesor se dio cuenta de que su alumna estaba distraída y no prestaba demasiada atención a sus palabras.

Dedé miraba sin parar hacia su bolsa, ahí tenía el anillo guardado. Temerosa de que aquello se pusiera a moverse o a brillar otra vez, lo vigilaba intranquila. Estaba nerviosa, movía sus rodillas arriba y abajo, como un tic molesto, mordía sus uñas sin descanso apretando con fuerza sus dientes sobre las cutículas de sus finos dedos.

—Cuénteme entonces, ¿tiene algún motivo creíble e importante por el cual usted ha faltado a mis clases? —Harris buscaba la mirada de Dedé para que le prestara atención, pero ella tenía la vista fijada en su mochila. Al no recibir una respuesta, el profesor carraspeó con fuerza a propósito.

Dedé se dio cuenta de la intención del profesor y puso todo su interés en él.

—¿Y bien? —Preguntó él.

—¿Y bien qué? —No había escuchado nada de lo que le había dicho.

—¡Señorita Dumont, me temo que voy a tener que suspenderla si no veo ni un atisbo de afecto hacia mi asignatura!

—¡No, por favor no puede suspenderme! —Le rogó ella. —Tengo que aprobar este curso. ¡Usted no lo entiende, me juego mucho!

—Pues no, no lo entiendo. No entiendo que diga que se está jugando mucho y después se tome a broma su carrera y su futuro. ¿Cree de verdad que no sabemos todos los profesores qué tipo de vida lleva en el campus? —Harris estaba enfadado, pero al ver que Dedé agachaba la cabeza con tristeza se ablandó. —Haremos una cosa… hará trabajos forzados para el recinto, no me importan cuales sean, pero tendrá que ayudar a esta institución de manera voluntaria. Digamos que será como una compensación por la infinidad de celebraciones y festejos clandestinos, poco educativos, que se han llevado a cabo bajo su mandato. —Dedé resopló desconforme. —¡Lo siento, pero tiene que aportar a este lugar algo más que etanol bebible y substancias alucinógenas! Podrá apuntarse a la lista de colaboraciones en los tablones de anuncios.

Dedé se dejó caer con desgana en el respaldo del asiento que crujió como si se fuera a partir.

—Cuando haga su selección de tareas voluntarias, volveremos a vernos y yo decidiré si su elección es lo suficientemente buena como para compensar su castigo.

—Vale, está bien. —Dijo resoplando y poco convencida. —¿Algo más?

Harris se sorprendió al ver que ella no refutaba ni rechazaba su propuesta.

—Si, necesito ver que tiene interés por sus clases. No quiero enterarme de que se ausenta ni una vez más. —miraba a su alumna esperando una contradicción. —¡¿No va a intentar persuadirme?!

—No. —Contestó ella, solo quería salir corriendo de allí. —Usted tiene razón y yo no, fin de la discusión. ¿Puedo irme ya?

—Sí, claro… —El profesor Harris se quedó cortado, no se esperaba esa obediencia por parte de su alumna. Ella lo había manipulado en muchas ocasiones y se había salido con la suya siempre.

Dedé se levantó recogiendo su bandolera con delicadeza, procuraba que el anillo no se “despertara” otra vez, no sería el mejor momento para ello. Harris la miraba de arriba abajo, observando sus movimientos, intentando descifrar su nuevo y extraño comportamiento. Dedé quería salir lo más rápido posible, pero el laberinto de libros hasta la puerta, se lo impedía.

—Señorita Dumont. —Harris la llamó antes de que se fuera, ella se giró para mirarle y con el borde de su bandolera arrasó una de las torres de libros, ésta se cayó y se esparció por el suelo. —¡No! —El profesor se echó la mano a la cabeza.

—¡Uy, lo siento! —Exclamó encogiéndose de hombros. —Lo colocaré. —Se agachó tirando otra pila a su espalda.

—¡Déjelo, no importa! Ya lo hago yo. —Harris se puso nervioso.

—No, yo lo hago, no se preocupe. —El profesor miraba cómo su alumna trataba los libros y documentos con poco cariño, lo que le exasperaba aún más. —¡Déjelo, de verdad, ya lo hago yo!

Dedé recogía cada libro y papel apilándolos de nuevo y mezclándolos todos sin fijarse en cuál sería su orden. Entre todos ellos, encontró uno que le llamó especialmente la atención. “El poder astral”. Lo poco que ella sabía de la palabra astral era lo que había visto en películas o en series de televisión, pero enseguida lo relacionó con lo que le había sucedido hacía tan solo media hora. ¿Y si allí encontraba alguna respuesta? Necesitaba leer ese libro y encontrar algo que le indicara que no estaba loca. Lo cogió entre sus manos, hipnotizada por sus gruesas tapas y sus fantásticos grabados se decidió a meterlo en su mochila.

—¡¿Qué está haciendo?! —Le regañó Harris.

—¡Perdone! ¿Puedo llevarme este libro para leerlo? —Preguntó ella coqueta.

—Am… no, lo siento señorita Dumont, pero esta es mi colección privada, me temo que este tipo de ejemplares no están al alcance de todos. —Se explicó él cogiéndolo como un tesoro. —Son muy delicados y jamás deben salir de aquí. —Trataba el libro como si fuera un recién nacido entre sus brazos.

—Ya, entiendo… Bueno, gracias profesor Harris, volveré cuando tenga decidida la actividad “voluntaria!. —Dijo ella sarcástica.

Los dos se miraron y asintiendo con la cabeza se despidieron.

Elisa se había ido a la biblioteca a estudiar para el examen que tendría al día siguiente. A diferencia de Dedé, ella estaba muy agobiada con todas las asignaturas y a diferencia de su amiga, a ella le costaba horrores retener información en su memoria, para prepararse para una prueba necesitaba varios días y horas de intensa concentración. Era algo que le fastidiaba enormemente, su amiga Dedé podía estar de fiesta en fiesta, de lunes a lunes, y sin embargo aprobar todas las asignaturas, ella no, ella tenía que dedicarle noches, fines de semana y prepararse a conciencia. Así que allí estaba, entre enciclopedias y carpetas, hojas en blanco y hojas anotadas. A Elisa le gustaba estar a solas mientras hincaba los codos en la mesa, no podía distraerse, por lo que su sitio favorito era al final de la biblioteca, entre varios estantes olvidados, repletos de manuales sobre maquinaria, electrónica, recetas de cocina, aquella zona a penas era transitada por ningún alumno, los tomos olvidados, nunca consultados.

Estaba completamente sumergida en su estudio cuando alguien la llamó

— ¡Elisa…! — Era la voz de un joven que la susurraba entre los estantes de su izquierda. —Elisa…

—¡¿Qué…?! — Contestó ella molesta.

—¡Ven!

—¡Oye, ahora no puedo, tengo que seguir estudiando! —Respondió con firmeza.

—Ven, será un momento. —Insistió el chico que se ocultaba entre los libros.

Elisa se levantó de mala gana y fue hacia él. Hacia los estantes oscuros del final.

—¿Qué quieres? —Preguntó.

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Si… ¿Contento? —

—¡Mucho! — El joven acarició su rostro y apartó un mechón de su cara. —Cuéntame, ¿qué ha pasado?

—Creo que la “bromita” esa no le ha gustado nada, ha sido excesiva. ¡Se le está yendo literalmente la olla!

—No te preocupes, es solo una novatada, no tiene importancia. —Contestó él.

—Ya, pero te has pasado con lo del anillo. ¡El profesor Harris quiere suspender su asignatura! —Elisa estaba preocupada por su amiga.

—¡Shhh…! — El joven puso un dedo en su boca para que dejara de hablar. —¡Tranquila! ¿No dices que a ella le encanta jugársela a los demás? Le vendrá bien un pequeño escarmiento. —Dijo él, meloso, mientras besaba su cuello despacio.

—¡Para! —Elisa lo apartó juguetona. —¡Nos van a ver! —Se rió.

—¿Crees que podrás hacerme otro favor? —preguntó el joven.

—¡¿Qué quieres ahora?!

—Necesito que esté sola, es una chica muy popular y rara vez está a solas, ¿puedes encontrar la manera de solucionarlo? —Su voz era seductora, penetrante, suave y muy dulce.

Ella dudó unos instantes, no le parecía buena idea, algo le olía mal.

—Elisa… —dijo él mientras la acariciaba de nuevo el rostro, recorriendo el contorno de su suave cara con sus dedos. Ella estaba cegada por esa voz, por ese rostro de entre las sombras que la excitaba cada vez que la rozaba con sus manos, que la estimulaba cada vez que pronunciaba su nombre.— ¿Podrás hacerlo?

—Por ti haría lo que fuera, ya lo sabes, ¿pero qué vas hacer? —preguntó inquieta.

—Tranquila… no sufrirá ningún daño, te lo prometo, solo será un pequeño susto de nada. ¿Estás de acuerdo? —Esa voz podría llevarla al abismo y ella iría sonriendo.

—Cuando termine todo esto de asustar a Dedé, esta infantil broma, ¿me llevarás contigo a tu mundo? —preguntó ella inocente y coqueta.

—¡Claro! ¡Eres mi chica preciosa! ¿recuerdas? ¿Qué es un dios sin su diosa? —Dijo el cautivador.

—¡Está bien! —Elisa sonrió emocionada. —Pero tienes que darme unos días, te avisaré cuando esté todo previsto. ¡Vamos, ahora vete, tengo que estudiar! —Lo empujó traviesa.

El joven la sujetó entre sus brazos, agarrándola por la cintura con fuerza, la puso contra su pecho y la besó intenso. Se soltaron sus cuerpos y el chico seductor desapareció.

Ella volvió a su asiento aún encandilada por la suave piel que había rozado sus mejillas y por los varoniles labios que la habían besado de forma tan pasional. Dejó sus fantasías a un lado y continuó sumergida en sus libros.

De pronto, una mano se posó en su hombro.

—¡Que no puedo Luke, tengo que estudiar! —Dijo Elisa.

—¡¿Luke?! ¡¿Quien es Luke?! —Dedé se sorprendió al escuchar la reacción de su amiga.

—¡Dedé! ¡¿Qué haces aquí?! —Elisa estaba sonrojada.

—¿Vas a decirme quién es ese misterioso Luke? —preguntó con picardía.

—No es nadie, un “rollito” de esos, ya sabes… —Elisa intentaba restarle importancia.

—Ya, ya… —Dedé investigaba a su amiga con la mirada. — ¡Oye! ¿Qué haces luego?

—Estudiar, ¿por?

—Tengo que buscar una actividad “voluntaria” tipo trabajos forzados y no tengo ni idea de por dónde empezar.—Contó desganada.

—Pues vas a los tablones de anuncios que hay por toda la “uni” y escoges uno. —Contestó Elisa sin dejar de mirar sus apuntes.

—Ya, pero si mi amiga me acompaña no tengo que hacerlo sola… —Dedé la miró con pucheros.

—¡Dedé, no es tan difícil! ¡Vas, escoges uno y ya está! —El tono de Elisa era un poco agresivo.

—¡Ey, vale, vale! ¡Perdóneme usted la vida! —Dedé levantó los brazos a modo de atraco.

—¡Es que siempre es lo mismo, tienes un problema y hay que dejarlo todo para ayudarte a ti! ¿Me has preguntado que tal me va a mi? ¡Tengo un examen mañana, mejor dicho, tenemos un examen mañana! ¡¿A caso has estudiado?! ¡No, seguro que no, pero no importa por que llegarás lo harás y sacarás un cinco o un seis raspado! ¡Si embargo yo sacaré lo mismo que tú, pero habiéndole dedicado muchas más horas!

—¡¿Pero qué te pasa?! ¿Qué culpa tengo yo de que se me queden bien las cosas? —Contestó Dedé poco interesada en esa conversación.

—¡Por dios Dedé, no te das cuenta de nada! —Elisa arrastró la silla con fuerza hacia atrás y se levantó. —¡A veces me pones enferma! —Se marchó enfadada.

Dedé se quedó perpleja al ver la reacción de su amiga.

—¡¡¿Tienes la regla?!! —Preguntó ella dando un grito a su amiga que se marchaba por el pasillo.

—¡¡Vete a la mierda!! —Contestó Elisa gritando, levantando su dedo corazón a modo de insulto.

—Eso es un sí. —Dijo Dedé para sí misma. —¡Te dejas los apuntes! —Intentó avisar a su amiga aunque ya no estaba.

Empezó a recoger las cosas de Elisa y las fue metiendo en la bolsa de su amiga, mientras pensaba en qué podía haberle pasado y porqué se había puesto así con ella. Colocando las cosas en la mochila de Elisa, Dedé sacó un libro con el título de “Dioses”, lo abrió extrañada y pudo ver varias páginas marcadas como importantes en él. Entre ellas, un papel sobresalía por un lateral, lo sacó y vio una frase muy extraña y perturbadora escrita del puño y letra de Elisa.

“Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”

Estaba escrita una y otra vez por toda la hoja. Dedé se inquietó al verla.

—¿¡En qué mierdas estas metida Elisa?!

¿Descubrirá Dedé lo que le pasa a Elisa?

¿Quién es ese misterioso Luke?

NO OS PERDÁIS EL CAPITULO 5

¡HASTA EL VIERNES LECTORES!

  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

CAPÍTULO TRES

¡¡¡SÁCAME DE AQUÍ!!!


Dedé salió de su habitación a toda prisa, sujetando su bandolera con fuerza, como si algo fuera a salir de ella. Atravesó los pasillos de la residencia, golpeándose con los demás estudiantes casi sin percatarse. Se dirigía hacia su siguiente clase. Miraba la hora en su móvil cada 5 segundos, la clase ya había comenzado sin ella. Normalmente no le importaba demasiado llegar tarde o ni si quiera aparecer, pero esa mañana necesitaba, desesperadamente, una distracción, olvidar lo que había ocurrido, lo que creía haber visto. Mientras se apresuraba, su cabeza no dejaba de buscarle un sentido razonable a todo aquello. 

«¡Puede que todavía estuviera soñando! ¿Quizás los efectos del desmadre de ayer?», se preguntó Dedé. «Sí, seguro que fue eso, ¡es imposible, no tiene sentido!», se autoconvencía una y otra vez.

Ensimismada en sus pensamientos lógicos, sin darse cuenta, tropezó de forma torpe con un hombre que le cortó el paso bruscamente. Un tipo alto, de complexión atlética, ojos saltones de color miel, con una de esas sonrisas largas y penetrantes que te cargaban las pilas, con bastantes canas en los laterales de su abundante y oscura cabellera, una característica física que mucha mujeres consideran atractiva, Dedé, así lo creía. Su indumentaria, sin embargo, no era para nada fascinante. Con zapatillas deportivas desgastadas, pantalón de pana marrón, un chaleco de lana con dibujos asimétricos en tonos tierra y la camisa azul con las mangas arrugadas y la cola mal colocada. Si a todo eso le añadías unas gafas de pasta gruesa, el resultado era evidente…

—¡Señor Harris! —Exclamó Dedé que lo reconoció sólo con ver ese chaleco.

—¡Señorita Dumont, no recuerdo haberla visto hoy a primera hora! —Se recolocó sus gafas intentando parecer severo. —¿Tiene usted alguna de sus muchas explicaciones convincentes?

—¡Am…! —Dedé buscaba una explicación. Normalmente era muy elocuente y enseguida se inventaba frases persuasivas para salir del paso, pero esa mañana su originalidad no estaba del todo desarrollada. —¡Ahora no es un buen momento profesor!— Contestó ella apurada.

—¡¿Que no es un buen momento?! —Se sorprendió él algo ofendido. —¡Señorita Dumont, se lo pido por favor, no falte a más clases, si no tendré que suspenderla este semestre! —dijo el profesor intentando ser amenazador. —¡Este mes ya tiene cuatro faltas!

—¡Si, lo sé! Disculpe profesor, pero de verdad que tengo que irme.

—¡La espero en mi despacho cuando terminen sus horas lectivas!

—¡¿Qué?! ¡No, no puedo!

—¡Sí, si que puede! Espero que sea inteligente y vaya a mi despacho esta tarde, por que si no lo hace, estará suspendida de forma inmediata. Estaré en mi oficina hasta las seis, si no está allí antes de esa hora, ya sabe lo que le espera. —Dijo él contundente.

A Dedé le impresionó gratamente su reacción, nunca nadie se había atrevido a hablarle de esa manera, le resultaba excitante incluso. El profesor se marchó con un paso firme algo fingido, se notaba que no tenía la costumbre de regañar a sus alumnos. Su personalidad era dulce y amable, no estaba preparado para lidiar con adolescentes espabilados. La mayoría de las veces se burlaban de él o le hacían alguna novatada, robarle las llaves del coche y cambiarlo de sitio, esconder el escritorio y la silla durante su hora de clase… Una vez, el profesor Harris entró en el aula y todos los alumnos estaban de pie dándole la espalda, tuvo que dar cincuenta minutos de lección mirando dorsos bromistas, ese día se marchó casi llorando. Era muy tímido y le temblaba la voz constantemente en situaciones difíciles, tartamudeaba cuando alguna alumna usaba sus encantos para conseguir altas calificaciones, Dedé lo sabía bien, ella lo había puesto en esa tesitura innumerables veces. A parte de todo eso, era un hombre de grandes conocimientos, tenía todas las respuestas sobre la historia del arte, fechas, lugares, sucesos, como una gran enciclopedia andante. En ocasiones, incluso había corregido reseñas de Internet. Durante su adolescencia viajó en solitario a un sinfín de museos y bibliotecas que contenían las obras más antiguas del mundo, no tuvo mucho tiempo para disfrutar de insustanciales fiestas o para adquirir una vida social excesivamente activa. De ahí su poca experiencia tratando con otras personas, pero era como pez en el agua entre palabras.

Dedé siguió su camino hasta el aula. La clase ya había comenzado, entró intentando no hacer mucho ruido y ocupó su asiento al lado de Elisa, los demás estudiantes tenían sus ojos clavados en la profesora, que explicaba sin parar la lección de esa mañana.

—¡¡Llegas tardísimo!! ¡¿Qué te ha pasado!? —Preguntó Elisa.

—¡Menuda mañana llevo! —Contestó Dedé resoplando.

—¡Vaya cara traes! ¿Estás bien? Pareces salida de un túnel de lavado.

—¡Danielle Dumont! Además de llegar sumamente tarde, ¿se va a permitir el lujo de entorpecer mi clase? —La profesora llamó su atención.

—¡No, disculpe señorita!

La profesora continuó sin darle más importancia a su alumna. Elisa y Dedé se miraron y rieron, agachando la cabeza en sus apuntes.

—¿Y bien? —Preguntó Elisa susurrante.

—¡Tía, no te vas a creer lo que me acaba de pasar! —Dijo ella con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué? —Preguntó ansiosa.

—¿Recuerdas el anillo de esta mañana? ¡Pues empezó a brillar como un puñetero faro!

—¡¿Qué dices?! 

—¡Te lo juro! —Susurró Dedé sin dejar de vigilar a la profesora. —Iba a salir por la puerta cuando el maldito anillo ese, empezó a brillar y brillar como si la Virgen María saliera de él.

—¡Estás fatal! —Elisa se rió de su amiga.

—¡No tiene gracia, tía! Me acerqué y empezó a rebotar por toda la mesilla.

—Vale, suponiendo que te crea… —Dijo Elisa incrédula. —¿Qué pasó después?

Dedé se quedó callada unos segundos y contestó.

—Nada.

Elisa negó con la cabeza sonriendo, no se creía ni una palabra de su amiga. 

—¡Elisa, te lo digo en serio! Cogí el anillo y dejó de hacer eso de brillar y menearse. —Dedé intentaba convencer a su amiga.

—¿Lo cogiste?

—Si, lo tengo en la mochila. 

—Mira, yo creo que se te fue la olla, llevas varios días que apenas duermes y sinceramente, amiga, comes fatal. No puedes alimentarte solo de ganchitos y refresco light, eso no es sano. Creo que necesitas un parón de tanta juerga, tanto tío cachas y centrarte. Seguro que solo flipaste en colores.

Dedé estiró su espalda en el asiento, colocándose recta, miró hacia la pizarra de la profesora y se detuvo a pensar y reflexionar lo que Elisa le había dicho. Era posible que su amiga tuviera razón. Llevaba una racha bastante desfasada y esas podían ser las consecuencias.

—Iré después a la biblioteca, ¿te vienes conmigo? Necesito estudiar para el examen de mañana. —Le propuso Elisa.

—No puedo, tengo una “reunión” con el profesor Harris. —Hizo una mueca de pesadez.

—¿Y eso?

—Me tropecé literalmente con él hace un rato, me echó una buena bronca y me dijo que tenía que estar en su despacho antes de las seis, si no me suspendería la asignatura.

—¡¿El profesor Harris?! ¿El mismo panoli al que le hicieron la novatada de las llamadas ocultas? —Reía Elisa acordándose de esa jugarreta.

—El mismo. —Dedé asintió con la cabeza sorprendida. —La verdad es que hoy casi ni tartamudeó, me gustó mucho ese intento de autoridad.

—¡Dedé! ¿Te gusta el profesor? —Preguntó Elisa pícara. Dedé se encogió de hombros y ambas se rieron.

—¡Señorita Dumont, salga de mi clase! —Le regañó la profesora. —Si para usted no es productiva esta hora, le agradecería que respetara a los demás alumnos.

Dedé entornó los ojos y recogió sus cosas.

—Te veo después. —Le dijo a Elisa.

Se levantó y salió por la puerta con la cabeza bien alta y aires de grandeza. Dio un portazo tras de sí. Se dirigía al despacho del profesor Harris, pensó que si se lo quitaba de encima, tendría toda la tarde libre y además tenía ganas de ver como terminaba esa conversación pendiente.

El campus estaba repleto de alumnos que se tumbaban en el verde césped para estudiar. Las animadoras vestidas con el chándal oficial de la “JU” practicaban sus frases victoriosas y sus volteretas olímpicas. La primavera ya estaba llegando a su fin, se notaba en el ambiente que pronto disfrutarían de las vacaciones, el sol y los festivales de música en la playa. Hacía calor, demasiado calor para el mes de junio. Dedé se paseaba tranquila por el camino hacia el pabellón de profesores. Los alumnos la saludaban al pasar, se notaba que era reconocida y admirada por muchos. 

La bandolera de piel que llevaba colgada al hombro, empezó a moverse de nuevo, de forma extraña. Se detuvo para sujetarla, pensó que era una alucinación que estaba sufriendo a causa de, como bien había dicho Elisa, poco dormir, mal comer y excesivo “ajetreo”, así que continuó caminando, pero no cesaba, el movimiento era cada vez más enérgico, Dedé miró por la rendija de su bolsa y de ella brotó de nuevo la luz cegadora, el anillo volvía a resplandecer. Inmersa en aquel destello, se quedó paralizada, hipnotizada. Alzó la mirada, pestañeó varias veces para salir de aquel desvarío, pero su mente la había llevado a un sitio distinto…

De pronto se encontraba en medio de un frondoso bosque, sola, sin nadie a su alrededor, con los únicos sonidos que desprendía la naturaleza. Se asustó, era tan real… alzó su brazo y extendió su mano para tocar uno de los enormes pinos, quería comprobar si era en verdad una ilusión, pero no, no lo era…

Podía tocarle, rozarle, sentir cada grieta de su gruesa corteza en sus yemas. Eso era algo más que un delirio. Los olores a hierba húmeda y a flores silvestres inundaban su sentido olfativo, los pájaros revoloteando entre nidos, cantando bajo los rayos del sol que atravesaban entre las ramas, se hacían eco en sus oídos. Dedé miró a su alrededor, tensa, se sentía perdida. 

—¡¿Hola, hay alguien aquí?! —Preguntó alzando la voz. Nadie respondió a su llamada. —¡Por favor necesito ayuda! ¡¿Hay alguien?!

El silencio era inquietante. Ni siquiera sabía en qué lugar estaba, en qué punto del mapa se encontraba. ¿Seguiría en Florida? No le sonaba de nada aquel paraje natural. ¿Seguiría acaso en América? Recordó que todavía llevaba su bandolera, la abrió para rebuscar entre sus cosas, sacó su teléfono.

—¡Sí, sí, sí! ¡Ya está, llamaré a emergencias! —Dijo resuelta y emocionada. El teléfono no tenía ni un ápice de cobertura, no podía llamar a nadie. —¡¡Maldita sea, vamos!! —Levantó el brazo hacia arriba con el móvil en la mano y caminó en círculos para encontrar algo de conexión. —¡Venga, venga!

Algo se oyó entre los arbustos, unas risas provenían de entre los matorrales a su derecha. Dedé se detuvo y fue hacia ellas.

—¡Por dios, menos mal! —Dijo soltando un suspiro de alivio. —¡Hola! ¿Podéis ayudarme? —Apartó varias hierbas y ramas y cruzó al otro lado.

Se encontró con un verdoso y precioso lago, con orilla rocosa y cascada blanca. Las flores de aquel lugar eran de un sinfín de colores jamás vistos, el ambiente era pacífico, tranquilo, te llenaba de sensaciones espirituales y relajantes. A Dedé le inundó una profunda paz y armonía, casi como si estuviera en su hogar, como cuando “Yayá” Marie hacía sus galletas en el horno y decoraba la mesa con tapetes de ganchillo para la merienda, como cuando el “Pappú” Jean Pierre tocaba su acordeón en el porche a los pies de la luna. Por un momento, Dedé sintió que no querría irse nunca de allí. Aunque, no estaba sola. Rápido, se percató de dónde provenían las risas y se escondió entre dos árboles antes de saludar. 

Una pareja juvenil estaba abrazada a orillas del lago, se besaban con pasión y ternura.

—¡Oh, vaya…! —Murmuró Dedé interesada.

Le resultó muy familiar aquel joven que se disponía a desnudarse para meterse en el lago. Dedé entrecerró los ojos para intentar distinguir mejor el rostro del chico. Algo la distrajo, un movimiento entre los juncos del agua, captó su atención. Cerca de las rocas que sostenía aquella montaña con cascada, había algo insólito que se metía en el agua. No logró verlo con claridad, pero Dedé pudo vislumbrar una especie de cola gigante y escamosa, como la de un pez, aunque mucho, mucho más grande y pringosa. Aquel ser, buceaba por el agua hacia el joven que animaba a su chica a meterse. Dedé continuó observando aquella situación, esperando ver de nuevo a aquel animal, atenta y en silencio, sintió un escalofrío, una mala sensación que la puso en alerta. 

La criatura sacó medio cuerpo a la superficie y fue entonces cuando pudo verla. Con cabellos mojados y sombríos que caían sobre su rostro pálido, con la comisura de sus labios ennegrecidas. Sólo había pupilas oscuras en sus ojos llenos de odio, que miraban al joven nadador con ansias. , sus ojeras hundidas le hacían parecer que no había vida en ella, como salida de entre los muertos. Aquella criatura desprendía terror. Su cuello y sus mejillas estaban repletos de lánguidas escamas, clavadas en su piel como diminutas agujas. 

Dedé se percató de que la criatura estaba justo detrás del joven, el cual no paraba de discutir con aquella enojada chica de la orilla. Dedé no lo dudó ni un instante, salió de entre las hiervas cual heroína para avisar a aquellos tortolitos de la presencia de aquel ser en el agua.

—¡¡Sal del agua, sal del agua!! —Gritó ella corriendo hacia ellos. —¡¡Hay algo detrás de ti, tienes que salir del agua!!

No la oían, ni la veían, ella estaba allí, a pocos metros del joven y a pocos centímetros de la chica. Ellos seguían como si nadie hubiera irrumpido.

—¡¡¡Oye!!! ¡Te estoy hablando! —Dedé estaba confusa. —¡¿No me oís?! —Se acercó a la joven e intentó que la escuchara sujetándola por el brazo, pero no pudo, lo traspasó. —¡Pero qué…! —Se miró la mano perpleja.

Dedé miró hacia el agua, la criatura ya no estaba, se había sumergido. El chico hizo un gesto de dolor.

—¡¡Ahhh!! —gritó mientras intentaba alcanzar su pie bajo el agua. —¡Amber algo me ha mordido!

—¡Joder, te estoy diciendo que salgas del agua! ¡Eo! —Dedé zarandeó sus brazos una y otra vez para llamar su atención. —¡Madre mía, no pueden verme!

Otra vez reapareció el horrible ser detrás de él, con sus cárdenos labios manchados de sangre. Miró a Dedé fijamente.

—¡Eh tú! ¡¿Puedes verme?! ¡¡Bicho repugnante, aléjate de ellos!! ¿Me oyes? —Le gritó al monstruo marino intentando espantarlo. Dedé cogió una de las piedras del suelo y se la lanzó con todas sus fuerzas. — ¡¡Largo de aquí!! —Volvió a desaparecer.

Respiró aliviada, pensando que había salvado la vida de aquel chico que al parecer, ignoraba por completo su presencia. Decidió marcharse, tenía que encontrar a alguien que sí pudiera verla y sacarla de allí o al menos explicarle dónde se encontraba. Al pasar por delante de la chica, se fijó en sus pertenencias que estaban en el suelo, un trozo de mapa de la zona, sobresalía de la mochila.

—¿¡Isla de Rodas?! ¡No puede ser! —Se sorprendió. —¡¿Estoy en Grecia?! —Preguntó a la chica mientras ésta se secaba con una toalla. —¡Claro, no puedes oírme! —Exclamó decepcionada. —¡Espera! —Se fijó en el escudo y el nombre bordados en la toalla de la chica. —¡¿Universidad de Northern?! ¡Sois los de la excursión que salió en la radio!

—¡Eh, tío, no, en serio, tienes que salir! —Dedé se acercó de nuevo hacia la orilla, apresurada.

—¡¡¡Ahhh!!! ¡Amber por favor estoy sangrando!

—¡¡Mierda!! ¡Sal del agua! ¡¡Ya!! —Dedé empezaba a desesperarse.

—¡Pues sal del agua, yo no pienso meterme a por ti! —La chica ignoraba las llamadas del joven en el agua.

—¡¡Ey, Amber, venga ayúdale!! ¡¡Deja el maldito móvil y ayúdale!! —Dedé le gritaba con todas sus fuerzas, pero era en vano, no podían escucharla. —¡¡Tía, se va a morir!!

Recordó el sueño tan agitado que había vivido esa misma noche y se estremeció, así que se adentró en el agua, haciendo un último intento por agarrarlo del brazo y sacarlo de allí, algo debía hacer, ella sabía que eso no acabaría nada bien. Entonces vio el anillo del chico, llevaba un anillo idéntico al que ella había encontrado en su mesilla, el maldito anillo que la había llevado hasta esa situación. Mike estaba atrapado bajo el fango, sus pies estaban incrustados en el fondo. Dedé estiró sus brazos para tirar de él.

—¡Vamos Mike, agárrate a mí! ¡Venga, por favor! —Intentaba con todas sus fuerzas aparecer de forma corpórea frente a él y así poder ayudarle. Estaba sudando. Ciertas lágrimas recorrían su rostro por la tensión de lo que iba a pasar. —¡Tengo que sacarte de aquí! Te aseguro que lo que viene ahora no es nada agradable. —Tenía el rostro totalmente humedecido y apenas lograba ver claramente.

—¡¿Pero que coño…?! —El chico se asustó al ver que sus pies estaban atrapados, estaba herido y confuso. —¡Amber, ayúdame, no puedo salir!

—¡Deja de hacer el imbécil, esta vez no voy a picar!

—¡No es una bro… ! —Y sin más, Mike desapareció.

—¡¡No, no, no!! —Dedé revolvió entre el agua para encontrarlo, pero allí no estaba. Se había esfumado.

De pronto las aguas empezaron a agitarse con fuerza, la sangre tintaba cada oleaje y cada espuma, Dedé miraba sin saber qué hacer, empapada en la orilla, había perdido toda esperanza de salvarlo.

Y vio a la criatura emerger, vio cómo se retorcía y se entremezclaba con el cuerpo de Mike, que luchaba por sobrevivir, pero ésta no lo soltaba. Cada vez que Mike hacía un esfuerzo por liberarse, ella lo desgarraba más fuerte. Enseñando sus dientes como espadas brillantes y afiladas, llenas de la sangre de un joven inocente. Dedé intentó no mirar, le repugnaba lo que estaba viendo. Se quedó arrodillada en la orilla, temblando ante tal aberración, ni siquiera era capaz de llorar, ni siquiera se atrevía a soltar un mínimo sollozo.

La bestia la miró mientras mordía y clavaba sus uñas en el torso del joven. Dedé, la miró también y entonces sintió algo que jamás creyó que existiría dentro de ella, sintió protección, adoración y belleza, belleza en sus escamas, en su forma en el agua, adoración por su fuerza, se sintió a salvo. Así que se levantó, dejando que aquel ser terminara su hazaña, dejando que Mike muriera a manos de aquella criatura del lago.

—¡¿Mike?! —Amber lo llamó dudosa acercándose a la orilla. —¡No tiene gracia! ¡¡¡Mike!!! ¡¡¡Mike!!! —Puso sus pies en el agua.

—Yo de ti no haría eso, él ya está muerto. —Le dijo Dedé aún sabiendo que no la escucharía.

Se alejó de aquel infierno, intentando salir de aquella terrible visión mientras escuchaba de fondo los últimos gemidos de Mike y los gritos desesperados de Amber. Corrió hacia el bosque, llorando, impotente y cabreada, no entendía por qué le ocurría esto a ella. Se detuvo y rebuscó de nuevo en su bolsa, sacó el anillo con la cruz y las iniciales “KA”.

—¡¿Qué es lo que quieres?! —le preguntó angustiada y cabreada —¡¡¡Sácame de aquí!!! —Gritó apretando los ojos con fuerza.

Cuando Dedé abrió los ojos de nuevo, había vuelto al campus de la universidad. Todo seguía como antes, las animadoras entrenaban, los estudiantes tirados en césped con sus libros y ella de pie, en medio de aquel camino hacia su reunión con Harris.

¡NOS VEMOS PRONTO LECTORES!

EL CUARTO CAPÍTULO ESTARÁ DISPONIBLE EL MIÉRCOLES. ¡NO OS LO PERDÁIS!

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