CAPITULO DIECINUEVE

TORMENTA MORADA


El profesor Harris dormía plácidamente en aquella cama gemela de sábanas blancas, era algo estrecha y sus tobillos reposaban en la madera de los pies de la cama. Tanto susto y tanta revelación divina, le habían pasado factura. Las puertas de la pequeña terraza estaban abiertas y las cortinas hacían su baile con la brisa del amanecer. Se reventó su burbuja de sueño al sentir una pequeña ola de agua fría cayendo en su cara.

—¡Arriba profesor! —Exclamó Heracles.

—¡¡Pero qué…!! —Protestó Harris, incorporándose apurado y mojado. —¡¿Se puede saber qué te pasa?! —Exclamó enfadado, quitándose el agua de la cara.

—He visto que algunos humanos lo hacen. Me pareció divertido. —Se rió Heracles.

—¡Sí, los adolescentes, no los adultos! —Harris se levantó de la cama y se sacudió la camisa rayada de su pijama. Heracles continuaba riendo. —¡No tiene nada de gracioso!

—¡Vamos, profesor, tenemos mucho camino por delante! —Dijo emocionado.

Harris miró hacia la terraza. Todavía no asomaba la luz de la mañana, el cielo estaba entre azul grisáceo y rosa.

—¡¿Pero qué hora es?! —Preguntó extrañado.

—¡Hora de marchar! —Heracles hizo un gesto, animoso, con el brazo.

El profesor miró su reloj, marcaban las cinco y media de la mañana. Al ver cómo las agujas anunciaban aquella temprana hora, resopló con fastidio y se rascó los ojos para despejarse. Le impresionó la cantidad de energía que desprendía el héroe.

—¿Listo? —Preguntó Heracles.

—Tengo que cambiarme, ¡no voy a ir en pijama! Ya que tengo que ir descalzo, al menos quiero ir vestido. —Dijo gruñón.

—Entonces, dejaré que se acicale, profesor. Iré a por víveres para usted y le esperaré abajo. —Salió de la habitación meneando sus caderas a modo de baile, se le notaba contento. Harris sacudió la cabeza, desaprobando sus maneras de caminar.


Cuando Harris bajó para encontrarse con Heracles, cruzó el recibidor del Hotel. Aquella pequeña mujer griega, de la recepción, se encontraba regando algunas plantas que decoraban la estancia. Se detuvo frente a ella y sacó un libro de bolsillo que había comprado el día anterior en una tienda de souvenirs. Buscó entre sus páginas y entonces le dijo:

—¡Kaliméra! —Saludó.

La señora respondió sonriendo y afirmando con la cabeza. Harris no quería resignarse a no entenderla, no quería sentirse un inculto en aquellas tierras. Además, veía en aquella mujer algo extraño, como si supiera todo lo que estaba pasando. Ella se acercó a él, despacio, con la regadera en la mano y apoyó el pulgar en su frente. Harris retrocedió unos milímetros dudoso, pero su halo era bondadoso y se dejó hacer. Entonces pronunció en su frente:

¡Sofía! —Puso dos dedos en su pecho, encima de su corazón y dijo: —¡Thárros! —Seguidamente, posó la palma de su mano en su estómago y dijo: —¡Dýnami! —Y dibujando un círculo, frente a él, con su brazo extendido, pronunció una última frase. —-¡Eíthe na eíste evlogiménoi me to thárros ton theón!

Harris se quedó muy quieto, sin comprender ni una palabra de lo que decía, sin entender aquellos movimientos tan extravagantes. Ella lo miró, de nuevo sonrió y lo reverenció con la cabeza a modo de despido. El profesor salió por la puerta extrañado sin dejar de mirarla, mientras ella continuaba con sus labores de jardinería como si tal cosa. Vio a Heracles esperando en la entrada, con su pose, firme, con los puños apoyados en las caderas y las piernas ligeramente separadas. Cada vez que lo veía así, no podía evitar pensar en los muñecos de “Action man” o en las esculturas de piedra representativas. Le parecía algo cómico. Heracles se giró al notar la presencia del profesor y vio su cara de confusión.

—¿Qué ocurre, profesor? —Preguntó.

—Esa señora… —Señaló con su dedo hacia el hotel. —La recepcionista…

—Si, ¿qué le pasa?

—Me ha dicho unas cosas muy raras, con unos gestos… —Recreó con su mano los movimientos de la mujer para enseñárselo a Heracles.

—Es una bendición. ¡Lo han bendecido profesor! —Le felicitó él.

—¿Ella es…?

—¿Una diosa? —Heracles terminó su pregunta.

—¿Lo es?

—No… —Dijo el héroe empezando a caminar.

—¿Entonces…? ¿Qué es? —Preguntó Harris muy interesado.

—Es una Chálkino. —Le contestó Heracles, sin intención de seguir con esa conversación. Harris siguió sus pasos esperando una explicación más extensa.

—¿Una Chal qué? —Preguntó buscando su atención.

—Una Chálkino. —Contestó, subiendo las calles en cuesta, hacia las montañas.

—¿Qué es eso?

—Hay cosas que no se pueden explicar, profesor, es muy largo de contar. —Heracles evitaba el tema.

—Te aseguro que tengo un don de comprensión muy extenso. Puedo asimilar muchas cosas extravagantes e increíbles. ¡Mírame, estoy hablando con un semidiós! —Insistió.

—De acuerdo. —Heracles se detuvo en la cuesta y miró desganado al profesor. —Una Chálkino es una descendiente lejana de los dioses.

—¿Cómo de lejana? ¿Entonces es una semidiosa, como tú? ¿Qué poderes tiene? —Harris bombardeaba a preguntas.

—En primer lugar, ¡no es como yo, ni siquiera se acerca! En segundo lugar, no se llaman poderes, se llaman dones y ella no los tiene, al menos no desarrollados y en tercer y último lugar, deje de hacerme preguntas, profesor. Por eso no quiero hablar de estos temas, tiene demasiada curiosidad y siempre necesita saberlo todo. Prometeo me advirtió sobre usted. —Refunfuñaba Heracles.

—Soy profesor, ¿qué esperabas? —Dijo él. Heracles siguió caminando y Harris se esforzaba por seguir sus pasos. Su cara reflejaba el dolor que sentían sus pies descalzos pisando el asfalto. —Además, tenemos mucho tiempo. Podemos profundizar en este tema todo lo que quieras. —Intentaba sacarle más información.

Heracles suspiró, de nuevo, con pesadez.

—Ser un Chálkino no es nada del otro mundo, no es nada especial. Son prácticamente humanos, lo único que les diferencia es alguna especialidad que han desarrollado con los años. Para que lo entienda…, es como si a usted se le ocurre dedicarse a la medicina y ser un médico brillante, pero sus capacidades mentales no son suficientes para ejercer esta profesión o es posible que consiga ser un médico, que algún día lo logre porque realmente le gusta curar a los humanos y dedicar su vida a ello, pero sin esos dones nunca llegará a ser el mejor, el más brillante médico que haya existido. —Le explicó. —Los Chálkinos son capaces de conseguir ser brillantes en todo lo que hacen porque nacieron para ello, en la Tierra son lo más de lo más. ¿Lo entiende? —Preguntó, esperando que lo comprendiera para no seguir hablando de ese tema.

—Sí, creo que sí… —Harris dejó de hablar durante unos segundos y volvió a la carga. —Entonces esa mujer… ¿Qué don ha desarrollado?

—Supongo que el de la protección o la bendición. —Harris abrió sus ojos impresionado y sintió algo de alivio al saber que estaría protegido de las Drinfas de Apolo durante el trayecto. —¡No se emocione! No sirven de mucho frente a dones divinos con más poder. Pueden ayudar a otros humanos en el día a día, pero me temo profesor, que en nuestra misión, no servirán de mucho.

—Vaya… —Dijo decepcionado. —¿Hay muchos chálkinos en la Tierra?

—Demasiados… —Contestó Heracles con inquina.

—Parece que no les tienes aprecio.—Harris miraba a Heracles como quién quiere descorchar una botella con un mensaje dentro. Ansioso por saber más.

Heracles se detuvo justo al pie de la montaña, miró hacia abajo y observó el pueblo y sus calles desde arriba. Vio que el profesor estaba sudoroso y que se esforzaba por llegar hasta él. Pensó en lo dura que iba a ser la expedición, llevaban tan solo unas pocas cuestas y ya tenía a un humano medio escacharrado bajo su supervisión. Decidió terminar con esa conversación de una vez por todas, ambos necesitaban toda la atención centrada en la misión, sin distracciones.

—Profesor, le contaré algo y dejará de preguntar sobre esto, ¿de acuerdo? —Le dijo tajante. A Harris se le iluminó la cara como a un niño pequeño.

—De acuerdo. —El profesor llegó, al fin, hasta el héroe y resopló limpiándose la frente con un pañuelo. —¡Dispara!

—Desde siempre he odiado a los chálkinos, los consideraba basura divina, despojos de nuestra historia familiar. Quizás por que ellos siempre han disfrutado del anonimato y de la mortalidad, no sé… O por que algunos son intocables. Por eso no me gusta hablar de ellos. Viven sin responsabilidades y sin preocupaciones universales, solo tienen que destacar en una cosa en la Tierra para tener una vida tranquila.

—Bueno… a mi esa señora no me pareció que tuviera pocas preocupaciones, por su piel y su rostro, se nota que ha tenido que soportar muchas cargas a lo largo de su vida.

—Sí, es posible, pero su vida terminará y dejará de soportar o de sufrir. La mía es de servidumbre, tengo una carga eterna. Debo cumplir todo lo que se me pide porque es lo que se espera de mí… —Heracles miró a Harris. —Como ya le he dicho, profesor, yo no salgo de una película… ¡Existo! Si los chálkinos o los humanos tuvieran encima de sus hombros la mitad de mis dones y la mitad de mis años de inmortalidad, buscarían la manera de acabar con ella.

—¿Con la inmortalidad? ¡¿Acaso tú quieres morir?! —Preguntó Harris desconcertado.

—Quiero descansar… —Contestó Heracles con la mirada abatida.

Harris se apiadó de él por un momento, sintió lástima. No había reparado en qué tipo de vida tenía aquel, musculoso y poco inteligente, héroe. Lo había juzgado rápido.

—Has dicho que antes odiabas a los Chálkinos. ¿Ya no es así?

—No, ya no. —Contestó seco.

—¿Por qué? —Preguntó Harris. Heracles medio sonrió.

—Sabía que no se quedaría tranquilo con una sencilla explicación. —Harris se encogió de hombros haciéndose el inocente. —Existe una profecía en nuestro mundo, una muy potente y que llegará pronto. Al parecer, surgirá una Chálkino entre los humanos que logrará dominar todos los mundos.

—¡¿Y se supone que eso es algo bueno?! —A Harris le pareció una noticia terrible.

—Si ella puede lograr eso, ¡imagínese todo lo que podrá hacer! Lo único que tiene que pasar es que la Chálkino escoja el camino correcto, nada más.

—¡¿Solo eso?! —Respondió Harris con sarcasmo. Heracles rió de nuevo.

—Tranquilo, profesor, esa no será su lucha.

—¿Y por qué estás tan feliz con esa profecía?

—Yo tengo un destino y cuando mi destino culmine… descansaré.

—¡¿Morirás?! —Harris se entristeció.

—¡No me diga que me ha cogido cariño…! —Se echó a reír. —Para usted ochenta, noventa o incluso cien años de vida son pocos. Para mí miles de años son suficientes, se lo aseguro. Según cuenta la profecía, ella es mi destino, mi última hazaña como semidiós. Supongo que la Chálkino tendrá el poder de darme la mortalidad o simplemente de quitarme la vida, dependerá de como se vaya desarrollando todo, las profecías no son muy detalladas, ¿sabe? A veces ocurren y otras veces no. —Dejó al profesor reflexionando y continuó el camino rocoso en cuesta. —¡Vamos, profesor, debemos llegar al primer monasterio antes de que acabe el año! —Dijo bromista.

Los dos caminaban, descalzos, cosa que a Heracles no parecía molestarle en absoluto, sin embargo Harris no dejaba de quejarse cada vez que daba un paso. Ya había quedado atrás el amanecer y el sol quemaba la ladera de la montaña con fuerza. Los veinticinco grados del día anterior se convirtieron en treinta, una subida de temperatura poco amistosa para esos dos peregrinos. Hicieron varias paradas a la sombra para que Harris recobrara el aliento y pudiera limpiarse las heridas que se le fueron formando en los talones. Heracles cuidó de él, protegiendo sus grietas sangrantes con un ungüento curativo. El calor golpeaba aquellas rocas y se hacía insoportable sumado al esfuerzo de subir.

—¿Puede continuar? —Preguntó Heracles a Harris.

—Sí… creo que sí. —Contestó el profesor agotado. Estaba sentado en una de las piedras mientras Heracles curaba sus heridas agachado. —Gracias.

—No es nada, profesor. Usted cuida del libro, yo cuido de usted. Prefiero esto a tener que cargar con ese endemoniado artilugio.

—¿Qué sabes sobre él? —Preguntó Harris.

—¿Sobre el libro? —Harris asintió levemente, estaba asfixiado. —Lo único que sé es que atrapa almas, almas de todos los mundos, ya sean divinas o humanas, nadie puede escapar de su poder. Apolo lo construyó en clandestinidad, en verdad no sé dónde consiguió tanto poder, pero estoy seguro de que no lo hizo solo, él no podría. Dicen que entre esas páginas están tus peores pesadillas, tus miedos más profundos, si te quedas atrapado, los revives una y otra vez. Solo Hades posee ese don, un don que te lleva a la locura. —Harris se asustaba a medida que Heracles explicaba más cosas sobre el libro. Temía por Marion, ¡ella estaba allí, atrapada! —Por eso no entiendo cómo un libro ha podido absorber todo ese poder.

El profesor alzó la vista hacia el horizonte, desde allí se veía todo Kalambaka y más allá, era una vista espléndida a pesar del dolor de pies, el esfuerzo y el calor. Las montañas rocosas que rodeaban los valles se fundían con la luz y aquellos escasos árboles verdes relucían con más intensidad. El cielo llamó su atención. Con un día tan caluroso, el cielo debería estar despejado, pero no era así. Donde la tierra y las nubes se unían, allí hacia el final, divisó una enorme tormenta que comenzaba a acaparar todo el firmamento. Era una tormenta distinta a todas las que él había visto. Sus colores, su fuerza, los grises y negros se mimetizaban y se hundían en uno solo formando un tono violáceo endemoniado. Aquello no tenía buena pinta, no era una buena señal. Harris levantó el brazo y señaló con el dedo.

—¿Y eso? ¡¿Me lo explicas?! —Dijo a Heracles aterrado.

Heracles, que continuaba agachado frente a Harris y su espalda ignoraba todo lo que ocurría en la atmósfera, siguió la señal del dedo indicador del profesor y se giró despacio. Miró hacia arriba y observó cómo a lo lejos, los rayos morados caían llenos de cólera hacia la Tierra.

—Esto no es bueno, profesor. ¡Nada bueno! —Exclamó sujetando a Harris por el brazo para que se incorporara lo más rápido posible.

—¡Espera! ¡¿Qué ocurre?! —Harris parecía un monigote. Lo sujetaba por un brazo y lo llevaba en volandas, con medio cuerpo en el aire y el otro medio raspando el suelo.

—¡Vienen a por nosotros! ¡Vamos debemos llegar hasta el primer monasterio, allí nos refugiarán! —Heracles seguía hacia delante mientras Harris se comía cada rama que sobresalía de la colina.

—¡¡Espera, espera!! ¡Bájame! —Protestó el profesor. Heracles lo soltó y se detuvieron. —¡¿Quieres esperar un momento, por favor?! —Dijo colocándose la ropa con un tirón hacia abajo. —No soy un experto en esto, pero las tormentas, los truenos y demás… ¿No son cosa de tu querido padre, Zeus?

—Sí, ¿y qué? —Contestó el semidiós.

—Bueno… es tu padre ¿no? —Heracles no comprendía la pregunta. —Quiero decir… ¡Él no es quién nos persigue, quizás nos esté echando un cable!

—Efectivamente, es mi padre, pero yo nunca le he dicho que eso fuera algo bueno. ¡Mi padre no echa cables, profesor!

—¡¿Qué pasa, te llevas mal con todos los dioses?! —Heracles no contestó. —¡Estamos apañados!

—Si no tiene más preguntas, será mejor que movamos el culo ¡ya! —Gritó Heracles apurado.

La tormenta estaba casi encima de ellos y aquellos relámpagos caían como gotas de lluvia sobre la colina, destrozando aquellos verdes árboles y convirtiéndolos en mero polvo, partían las piedras como quien rompe un azucarillo en dos y deja caer las migajas.

—¡Vamos, profesor, que ya llegamos! —Le animó para avivar su ejercicio.

Harris estaba cada vez más lejos de él y más cerca de ser abrasado. Los troncos caían tras de sí como hojas de papel. El profesor subía y subía lo más rápido que podía, pero su cuerpo ya cansado le fallaba, el peso de aquel libro a sus espaldas ralentizaba sus esfuerzos. Ya no sudaba, al menos no como antes, el calor se había volatilizado en segundos, ahora lo que recorría por su cuerpo era agua enfriada por del miedo, por la adrenalina, por aquella estruendosa tormenta.

Heracles se detuvo unos segundos al ver la distancia entre ellos y descendió para ayudarle, pues uno de esos rayos atravesó la tierra cerca de sus pies dañados y descalzos. De pronto un viento bravío rodeó al profesor y lo desplazó unos metros hacia el borde del camino. Harris gritó mientras era suspendido en el aire. Logró sujetarse de las raíces de un árbol roto y se quedó colgando, agarrándose todo lo que podía a aquella raigambre débil y partida.

—¡¡Ayúdame Heracles, por favor! —Rogó al semidiós.

Heracles luchó contra el viento, haciendo apoyo en las piedras.

—¡¡Sujétese, profesor!!

Se arrastró por el camino hasta llegar al borde donde unos metros más abajo se encontraba el profesor colgado. Se estiró hacia el abismo y cuando estuvo a pocos centímetros le tendió la mano.

—¡¡Sujétese a mí, profesor!! —El viento soplaba tan fuerte y la lluvia era tan punzante que apenas podían abrir los ojos para verse. Harris extendió también su brazo libre, para alcanzar a Heracles, pero no llegaba, no del todo. —¡¡Vamos, solo un poco más!! ¡¡Puede hacerlo!! —Le animaba una y otra vez.

—¡¡No puedo, está muy lejos!! —Gritaba Harris entre la tormenta.

—¡¡Sí que puede, yo sé que puede, vamos!! —Ambos estiraron sus cuerpos todo lo posible, pero era inútil. —¡¡No dejaré que muera!! ¡¡No morirá aquí!!

—¡¡Me resbalo, me estoy resbalando!! —En la mirada del profesor había miedo, mucho miedo. Era cierto, su única mano que sujetaba aquella ráiz muerta, no podía ejercer más fuerza, la mano enrojecida se resbalaba. Estaba a punto de caer por el precipicio y ni si quiera Heracles podría evitarlo.


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CAPITULO UNO

¡NO TIENE GRACIA!


—¡Vamos chicos, no os quedéis atrás! — Animaba la instructora. — Queda mucho por ver y sólo tenemos dos horas… — Se apartó hacia el borde del camino, contando mentalmente la fila de alumnos universitarios, asegurándose de que no le faltaba nadie. — ¡James apaga ese cigarrillo! ¡Por dios Calvin, deja ya de comer, te va a dar un infarto!

—- Disculpe Miss Rose, pero discrepo… El intelecto del metabolismo humano es muy dispar entre diferentes sujetos. El desarrollo de mi ingestión y absorción de nutrientes es verdaderamente heteróclita. ¡No lo digo yo! En 1935, fue descubierto por Hans Adolf Krebs que los alimentos previamente ingeridos… — Calvin se expresaba petulante, demostrando la mayor y única de sus cualidades, el no tener vida social y haberle dedicado todo su tiempo libre a absorber libros.

La instructora Miss Rose, entornaba los ojos al mismo tiempo que soltaba un pesado resoplido.

— ¡Vale, vale, nadie quiere oír ahora tus estupendos conocimientos, Calvin! — Apoyó con desgana y levemente su mano en el hombro de Calvin, indicándole que continuara el camino. — ¡Malditos adolescentes sabelotodo! — Dijo ella para sí misma exasperada.

Los estudiantes caminaban en fila y por parejas sobre un sendero rocoso, entre la espesura de árboles comunes y pinares. La falta de disciplina y el bullicio adolescente, hacían que Miss Rose se estresara aún más. No era para menos, los exámenes finales habían terminado, el verano estaba a la vuelta de la esquina y habían conseguido engañar a dos profesores para una excursión cultural a Grecia, en concreto a la histórica y paradisíaca isla de Rodas. Para ellos el significado de “excursión cultural” era lo de menos, los subtítulos, sin duda, eran el desenfreno y la poca supervisión. 

— ¡¿Con quién te mandas tantos mensajitos?! — Preguntó Elmer burlón.

— Conseguí el teléfono de Amber. — Respondió Mike con chulería.

— ¡No jodas! ¡¿En serio?! — Reaccionó Elmer sorprendido. — ¡¿El de la monjita!?

— No es tan monjita… — Anotó Mike con pillería.

— ¡Esa tía está cañón!

— ¡¡Shhh!! — Mike, entre risitas, le hizo un gesto a su compañero para que bajara la voz. — ¡Calla, te va a oír!

Ambos miraron de reojo hacia el final de la fila. Una joven, de cabellos rubios y de ojos castaños, conversaba con su compañera también entre cómplices y tímidas risas. Amber, respondió con una introvertida sonrisa a Mike, al ver que la observaba.

— ¡¿Vas a tirártela?! — Preguntó Elmer impaciente.

— ¡Esa pregunta ofende! — Contestó muy seguro de sí mismo, dando a entender que la respuesta era más que evidente.

— ¡Vale, hemos llegado! — Varias voces de vitoreo masculina hicieron que la instructora se tapara los oídos. — ¡Si, si, ya lo sé, el camino ha sido muy largo y sois unos machotes! — Miss Rose alzó las manos para detener a todo el grupo. Se posicionó frente a ellos y comenzó la explicación. — ¡Estas son las reglas, no se puede tocar nada, tirar nada, no se pude fumar, ni beber, ni comer… — Dirigió su mirada fulminante hacia Calvin. — ¡Calvin… guarda esa chocolatina! Estas son ruinas muy importantes, así que, por favor, os pido que os comportéis de manera ordenada y no como animales salidos y hormonados.

La instructora Miss Rose, era profesora en la Universidad de Northern, en Arizona. Su apariencia era desanimada, estaba siempre enfadada o taciturna, tenía cierto aire masculino en su andar y en su forma de hablar, se expresaba con un vocabulario algo vulgar, no le importaba demasiado la opinión de los demás. Las horas lectivas ,se las pasaba la mitad mal-jurando y la otra mitad enseñando con muy poca gracia. Le gustaba mascar chicle, decía que le ayudaba a liberar estrés, cuando mascaba con fuerza, cual trituradora, era evidente que algún alumno le había sacado de sus casillas. Odiaba a los jóvenes, aunque tampoco se llevaba demasiado bien con los adultos, al menos no con sus compañeros de trabajo.

Ella había estudiado historia de la arquitectura, estaba fascinada por las construcciones antiguas, egipcias, romanas y sobretodo griegas. Con los años acabó instruyendo nuevas mentes y con ello, toda su ilusión y fascinación por la historia, se desvaneció. Como ella decía: “— ¡Los jóvenes me absorben toda mi puta energía vital!”— Le echaba la culpa a sus alumnos, pero seguramente fuera porque prefirió un sueldo fijo en una Universidad, que la oportunidad de hacer nuevos descubrimientos arqueológicos, pensar en su pasado y en sus malas decisiones, creaban una frustración continua en ella cada día. En Northern. pocos compañeros de trabajo la soportaban, pero el decano la quería en su plantilla, era la mejor en su campo, lo sabía todo en estos temas, no podía prescindir de alguien como Miss Rose.

— Como podéis ver, detrás de mí hay un túnel muy estrecho y oscuro. ¡Repito, estrecho y oscuro! — Aclaró. — Un dato para las “princesitas”, es un recorrido de entre 5 y 6 minutos, ¡no os vais a morir por atraversarlo! — Dijo sarcástica. — El túnel tiene cierta cantidad de agua, nos cubrirá hasta los tobillos, tendremos que sacarnos las botas y remangarnos las pantorrillas. Sólo podremos ir en fila de a uno, nos agarraremos a la mochila del de delante para no perdernos. Dentro hay varias curvas impredecibles y al estar oscuro, puede ser un poco angosto… ¡Cómo algún “graciosillo” la líe ahí dentro, me lo cargo y lo tiro al río! ¡¿Entendido?!— Sacó su linterna de uno de sus bolsillos laterales del pantalón. — ¡Bien, sacad vuestras linternas del kit de supervivencia y seguidme! — Con un gesto de líder, animó a los alumnos a adentrarse en el túnel. — Aquí comienza el sendero de Los siete manantiales. El túnel fue construido por los italianos en 1931, con la intención de reconducir las aguas de los manantiales al lago. Al otro lado nos espera el guía de esta zona, sed respetuosos con él y escuchad todo lo que os diga. ¡Puede que hoy aprendáis algo…! — Miss Rose iba explicando y sermoneando mientras se adentraba en el túnel seguida por sus alumnos.

— ¿Sigues escribiéndote con él? — Preguntó Sally a Amber con algo de resquemor.

— ¡Si! — dijo ella ruborizada. — ¡Es increíble que se haya fijado en mí! — Estaba emocionada.

— ¡Ya , claro…! — Sally en verdad discrepaba. Echó un vistazo rápido al cuerpo de su amiga Amber y con un poco de envidia y asco, miró hacia otro lado.

Amber era una chica de esas “monas” sin saber que son “monas”. Estaba en su primer año de Universidad, por lo que todavía no había tenido tiempo a aprender los estatus universitarios y sus enredos. Provenía de una zona católica y pacífica, donde lo más escandaloso era el mechón morado que se había puesto la vecina en la peluquería. En apariencia, era más que mona, con su pelo rubio natural, sus ojazos marrones y sus interminables piernas, el pack lo completaba la cantidad exagerada de inocencia que desprendía, era la perfecta diana para jóvenes inmaduros recién desvirgados.

— ¡Venga, deja ya el móvil que somos las últimas! ¡Nos quedaremos atrás Amber! — Sally apuraba a su compañera, no le gustaba la oscuridad de ese sitio, miró hacia atrás temerosa, vigilando su espalda.

Sólo se veía el camino empedrado por el que habían entrado y la escasa luz que entraba hasta ellas. De pronto, una rápida sombra cruzó el túnel, seguido de unas respiraciones siniestras y profundas. Sally se sobresaltó, agarrándose al brazo de Amber, la que seguía enganchada a su tórrida conversación con Mike.

— ¡¿Has oído eso?! – Preguntó ella, sin perder de vista la retaguardia.

— ¡¿El qué?! — Contestó Amber, sin despegar los ojos del teléfono.

Sally seguía sujetándose al brazo de la dulce Amber, la cual se había contagiado con el miedo de su amiga, se quedaron paralizadas, observando en la oscuridad con las linternas de sus teléfonos móviles. Sally se fijó en que sus compañeros habían doblado ya la primera curva y los habían perdido de vista.

— ¡¡Ey, esperad!! — Gritó sin obtener respuesta. — ¡¡No os vayáis!!

— Será mejor que continuemos caminando. — Propuso Amber temerosa. 

Continuaron  despacio, intentando no hacer mucho ruido con los pies sumergidos en el agua.  Sally iba delante de Amber, extendiendo su brazo hacia atrás para que su compañera la siguiese. La respiración siniestra y profunda, volvió a escandalizar a las dos jóvenes, ambas se detuvieron de nuevo.

— ¿¡Y ahora, lo has oído?! — Preguntó Sally buscando una confirmación.

— ¡Si…! — Contestó susurrante con los ojos como platos.

— ¡Mierda tía, no quiero morir en un húmedo y asqueroso túnel!

— Puede que sea el eco Sally, yo no veo a nadie. — Dijo Amber resuelta.

— ¡¿Qué se supone qué vas a ver, si está todo a oscuras?! — Contestó irritada.

— ¡Sally…! — Una voz masculina, perversa y algo seductora susurró entre las paredes de aquel oscuro corredor.

— ¡Ahhh! — Ambas gritaron a la vez y echaron a correr todo lo rápido que el agua les permitía.

— ¡Vamos Amber, no te quedes atrás! — Sally giró la cabeza, sin dejar de correr, para ver a su compañera, pero allí no había nadie, Amber había desaparecido. — ¡¿Amber?! ¡¿Amber dónde estás!? ¡Joder, Amber no pienso ir a buscarte! ¡¿Me oyes?! ¡Voy a salir por patas si no contestas ahora mismo! — Esperaba, inmóvil, una respuesta de su amiga en la oscuridad. De pronto, notó que alguien la sujetaba por los tobillos, estaba atrapada, no conseguía moverse. — ¡Pero que cojo…!

— ¡¡Buh!! — Mike apareció justo delante de ella con la linterna en su cara, a Sally se le paró el corazón del susto.

— ¡Serás imbécil! — Golpeó a Mike en el hombro algo cabreada. Amber estaba con él, los dos reían burlándose de ella. — ¡Estáis locos, casi me cago del susto!

— ¡Eres una miedosa! ¿Creías que era un monstruo? — Dijo Mike bromeando.

— ¡Ja, ja, muy graciosos! Y a ti ya te vale tía. — Le recriminó a Amber. — ¿Cuál de los dos ha tenido la genial idea de agarrarme por los tobillos?

— ¡No te hemos agarrado por los tobillos! ¡¿Qué pasa Sally, te has metido algo para una mayor experiencia cultural?! — Contestó Mike, Amber y él se rieron.

— ¡¿Qué?! ¡No! — Dijo Sally confusa.

— Oye, necesito un favor… ¿Puedes cubrir a Amber de la loca de Rose? — Le rogó Mike.

— ¿Cubrirla?

— Si, nos vamos a “explorar”, ya me entiendes. A mi me cubre Elmer, ¿puedes cubrir tú a Amber? — Preguntó él.

— ¡¿Qué?! ¡No! ¡No voy a meterme en líos porque estéis salidos!

— ¡Venga, porfa Sally! — Le suplico Amber. — No vamos a hacer nada malo. — Amber sujetó a su amiga por el brazo y la alejó unos metros de Mike para hablar en intimidad. — ¡Por favor, me gusta mucho! Además, con el rollo de las cabañas separadas no podremos estar juntos ni un rato. ¡Hazlo por mi! — En voz bajita, Amber rogó a su amiga juntando las manos a modo de rezo. — Te prometo que no va a pasar nada, te deberé un favor.

— ¡Un gran favor! — Señaló Sally apuntándola con el dedo. Miró los ojitos enamorados de su amiga y se ablandó. — ¡Vaaaale… está bien! ¡Pero sólo una hora!

— ¡¡Si!! ¡Gracias, gracias! Te prometo que en una hora estamos de vuelta.

— ¡Venga largaos! — Sally empujó a su amiga con cariño. — ¡Eh, tú…! — Señaló a Mike. — ¡Como te pases de la raya te cortaré esas dos canicas a las que tu llamas huevos! ¿Entendido?

Mike hizo un saludo militar muy firme, posó su brazo por encima del hombro de Amber y ambos se marcharon. Sally miró hacia el suelo, alumbrando el agua con su móvil, ella estaba segura de que algo la había atrapado ahí abajo. Continuó caminando hasta reunirse con el grupo. sin darle más importancia.

Mike y Amber salieron del túnel emocionados, con muchas ganas de desaparecer y estar a solas por fin. Subieron por unas escaleras de piedra que estaban a la derecha de aquel pasaje. 

— ¿A dónde vamos? — Preguntó Amber animada.

— Tú sígueme. — Mike se paró un instante, la miró y la besó despacio. — Créeme, te va a encantar. — Ambos continuaron caminando entre el espeso follaje de los árboles.

La cabeza de Amber daba mil vueltas, ese beso la había dejado alucinada, se sentía como si flotara entre las nubes. Mike, experto y sabio seductor, sabía perfectamente cómo hacer que una inocente y poco experimentada chica, cayera entre sus brazos. Con un poco de atención durante los mensajes, una pizca de pillería, con la broma en el túnel, mínima valentía arriesgándose a que le pillaran sólo por estar con ella, unas cucharadas bien gordas de romanticismo, utilizando ese beso y la forma de sujetarla de la muñeca con tanta dulzura, con todo eso…, estaba completamente seguro de que Amber acabaría ese día haciendo todo lo que él quisiese. 

Tras un rato caminando, Mike apartó algunas ramas y matojos para pasar entre ellos, ¡cómo no…! Ofreció su mano a Amber y la sujetó por la cintura para hacerla pasar al otro lado. Para culminar su cortejo, a Amber se le quedaron los ojos como bandejas, al ver el espectacular oasis al que la había llevado. Un precioso lago de agua verde cristalina, de la más pura agua, que caía en cascada por un acantilado rocoso, rodeado de multitud de ostentosas flores que maquillaban el paisaje con mil colores. 

— ¡Oh dios mío! — Exclamó Amber. — ¡Mike esto es precioso!

— ¿Te gusta?

— ¡¿Que si me gusta?! ¡¡Esto es un paraíso!! — Amber se adelantó para observar de nuevo todo lo que la rodeaba. — ¿Cómo has encontrado este sitio?

— Ayer, Elmer, los chicos y yo, nos escapamos por la noche para investigar por el bosque.

— ¿Investigar? — Preguntó Amber poco convencida.

— Bueno… nos fuimos a beber unas cervezas, la pesada de Rose no permite nada de alcohol durante la excursión, así que nos fuimos a escondidas, buscamos un buen sitio y encontramos esto. — Amber desaprobaba ese tipo de travesuras, Mike se dio cuenta y se acercó a ella despacio, posando sus manos en su cintura. — Quise traerte aquí en cuanto lo vi. — Amber sonrió de nuevo y agachó su mirada con timidez. Mike sujetando su barbilla, continuó con el discurso de cortejo. — Le dije a Elmer que este era el lugar perfecto para traer a mi chica.

— ¡¿Tu chica?! — Se sorprendió ella intentando ocultar su emoción.

— ¿Quieres ser mi chica, Amber? — Mike la besó tranquilo.

— Si… — Contestó ella.

Se besaron apasionadamente durante unos instantes, después, Mike se quitó la camiseta frente a ella.

— ¡Espera Mike! — Amber le puso el freno. — No puedo hacer esto, es demasiado rápido.

— ¿El qué? ¿Darte un baño? — Mike continuó desnudándose hasta quedarse en ropa interior. — ¡Vamos! ¡Seguro que está buenísima! ¿No quieres probarla? 

Amber sonrió, ladeó la cabeza mirando a Mike de arriba abajo, no podía creer que ese era su novio. Atlético, varonil, guapo a rabiar, sin duda Amber estaba ilusionada con todo lo que le estaba pasando. Un sueño para ella.

— ¡Estás loco! — Contestó riendo.

— ¡Venga, te vas a perder lo mejor de esta excursión! — Mike se adelantó y se metió en el agua, se sumergió, buceó unos metros y volvió a la superficie. — ¡Está buenísima!

Ella se decidió al final, no quería que la tachara de aburrida, además, era su chico, no iba a hacerle nada malo, se suponía que él la protegería… Se quitó la ropa con poca gracia y mucha vergüenza, Mike la miraba desde el agua, relamiéndose al ver su cuerpo casi desnudo. Amber metió sus pequeños pies descalzos en el lago templado de aquel edén, avanzó hacia él y se sumergió hasta estar juntos. Se abrazaron mojados, húmedos, excitados, él más que ella. 

— Eres preciosa. — Dijo el encandilador. Ella sólo pudo ruborizarse.

Volvieron a los besos y a las caricias bajo el agua. Amber comenzaba a sentirse algo incómoda, Mike la acariciaba por zonas bastante íntimas.

— ¡Mike, te he dicho que eso no va a pasar! — Le frenó de forma educada.

— Lo sé, sólo estamos divirtiéndonos, no pasa nada. — La besó de nuevo y sin hacer caso a sus peticiones, volvió a sobrepasarse.

— ¡Mike, he dicho que no! — Amber lo apartó cabreada.

— ¡¿En serio?! — Dijo él sorprendido y chulesco. — ¡¿Vas a desaprovechar este momento?! 

— ¡Podemos ir más despacio! — le reclamó ella.

— ¡¿Despacio?! ¿Cómo que despacio? ¡Me has estado calentando todo este tiempo con los putos mensajitos y ahora…! ¿Quieres ir despacio? — Mike estaba algo agresivo.

— ¡Eres un capullo! — Amber se alejó hacia la orilla.

— ¿A dónde vas? — Le gritó Mike.

— ¡Que te den Mike! — Amber salió del agua y cogió su ropa, tapándose rápidamente.

— ¡Vale, venga, vete! ¡Eres una niñata de mierda, ningún tío querrá estar contigo si te portas así! ¡Madura Amber!

Tras esas palabras tan insultantes de su nuevo “ex-chico”, Amber vio la ropa de Mike tirada entre las rocas, decidió vengarse y la cogió para dejar que, aquel baboso imbécil, hiciera el ridículo yendo desnudo por toda la isla.

— ¡¿Qué coño haces Amber?! ¡Deja mi ropa donde estaba! — Mike estaba muy cabreado.

— ¡Así verá todo el mundo lo capullo que eres!

— ¡Vamos nena, era una broma, no me hagas esto! ¡Venga, ven, lo solucionaremos! — Suplicó él.

Amber intentó ignorarle dándole la espalda, mientras se secaba y se vestía, 

Algo se movió bajo los pies flotantes de Mike, él lo sintió, miró hacia el fondo, pero no vio nada, el agua se había vuelto espesa y turbia a su alrededor. Pensó que quizás había sido algún tipo de pez de río. De nuevo, le volvió a rozar… Mike sintió un escalofrío por todo su cuerpo, aunque no tenía porque asustarse, pensó que los peces no eran carnívoros, estaba a salvo… Aunque el siguiente roce, no fue con la misma cortesía, algo pasó junto a él, otra vez, y le cortó en el tobillo. 

— ¡¡Ahhh!! — Mike gritó de dolor mientras intentaba alcanzar su pie bajo el agua, la sangre se expandió por el lago de forma rápida. — ¡Amber algo me ha mordido!

Ella continuó ignorándolo, no se creyó su lamento infantil.

Mike avanzó un poco hacia la orilla para salir  pero, otro latigazo bajo el agua le hizo un corte en una de las piernas, volvió a gritar y se retorció.

— ¡¡¡Ahhh!!! ¡Amber por favor estoy sangrando!

— ¡Pues sal del agua, yo no pienso meterme a por ti! — Amber cogió su teléfono móvil para ver si Sally la había escrito, le importaban muy poco los caprichos de Mike.

Mike, malherido, intentó avanzar de nuevo hacia la orilla pero, no pudo. Sus pies estaban incrustados en el fondo, como si la arena los absorbiera hacia abajo, sentía presión en las piernas, lo intentó con fuerza, no fue capaz.

— ¡¿Pero que coño…?! — Se asustó al ver que sus pies estaban atrapados, estaba herido y confuso. — ¡Amber, ayúdame, no puedo salir!

— ¡Deja de hacer el imbécil, esta vez no voy a picar!

— ¡No es una bro… ! — No pudo terminar la frase cuando algo o alguien tiró de su cuerpo hacia abajo, hundiéndolo por completo de una forma brusca. Mike estaba bajo el lago, las aguas se movían con fuerza debido a su lucha para poder salir a la superficie, pero no conseguía asomar la cabeza para respirar, se estaba quedando sin aire, le dolían las piernas por las heridas y la sangre se entremezclaba con la espuma del agua agitada.

— ¡Vale Mike, deja de hacer el ridículo! ¡Ya está bien! — Amber empezaba a ponerse nerviosa, creía que estaba jugando con ella, aunque dudaba de si era verdad o no.

De pronto, la lucha de Mike por salir, cesó, el lago volvió a su calma total y Mike desapareció por completo.

— ¡¿Mike?! — Amber lo llamó dudosa acercándose a la orilla. — ¡No tiene gracia! — Observó el lago con impaciencia, esperaba nerviosa a que él saliera de una vez por todas y asumiera la broma, pero no salía y el miedo comenzó a retumbar en su conciencia. — ¡¡¡Mike!!! ¡¡¡Mike!!! — Lo llamó una y otra vez sin respuesta, cuando, de repente, él volvió a resurgir a la superficie.

Salió del fondo con ímpetu, seguía luchando por su vida. Amber se quedó petrificada al ver parte del rostro de Mike desgarrado, la piel se le caía a tiras y la sangre brotaba sin cesar. El lado derecho de su cuerpo musculoso estaba despedazado, podían verse parte de sus costillas asomando hacia el exterior. Amber abrió sus ojos de par en par, el terror se apoderó de ella. Veía cómo Mike seguía esforzándose, retorciéndose y gritando de dolor, un dolor inimaginable. Era como si algo lo tuviera sujeto, pero ella no podía ver nada, no había nada en el agua a parte de él. Entonces decidió ayudarle, soltó las ropas y el móvil y se acercó más a la orilla para meterse dentro y socorrerlo.

Algo sucedió, cuando Amber puso sus pies en el agua tintada por la sangre. El ser, la bestia, el animal, que era imperceptible a su vista, cesó… Soltó a su presa por unos instantes. Ella creyó que eso era bueno, que podría salvarlo, pero no era del todo así. Mike, entre dolor, sollozos y llantos, la miró.

— ¡No Amber, no lo hagas! — Alargó su brazo arañado y medio roto, en señal de freno para que no siguiera adelante. — ¡Vete, por favor, no quiero que te haga daño!

— ¡¡Mike tengo que ayudarte!! — Las lágrimas recorrían el rostro de ambos.

— ¡¡No, Amber, no puedes!! — Advirtió casi sin voz.

— ¡Dime qué te está haciendo esto! ¡Mike, no puedo verlo! — dijo asustada. — Creo que se ha ido, entraré a por ti.

— ¡¡No!! ¡No dejaré que te coja! — Los ojos de Mike estaban casi sin vida, pero todavía la miraba con cariño. — ¡Tienes que irte Amber! —Imploró.

—¡Entraré a por ti y los dos saldremos de aquí juntos! —Exclamó Amber con cierto enfado y decisión.

—¡¿No lo ves?! ¡Yo ya estoy muerto Amber! —Dijo Mike con lágrimas en los ojos. —Perdóname… —y sin más, Mike se sumergió en el agua para desaparecer. El ser lo atrapó de nuevo para arrastrarlo hasta el fondo del lago, Mike dejó de sufrir.

—¡¡No!! —Gritó ella.

Amber corrió, corrió todo lo que pudo entre los árboles, sin rumbo, sin un claro destino, estaba perdida, sólo podía oír los gritos de Mike en su cabeza, la visión de su perfecto y joven cuerpo desmembrado en pedazos, las lágrimas que recorrieron su cara antes de morir, los besos dulces y tiernos que le había regalado. Todo aquello inundaba su razón y no conseguía aclararse, estaba desorientada y en shock. Se tapó los oídos con las manos, apretando fuerte, muy fuerte, para sacar todo aquello de su mente. Cayó de rodillas entre la arboleda y allí, con un gritó ensordecedor, se desplomó.

¡Nos vemos en el capítulo dos!

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