CAPITULO DIECIOCHO

DESEOS DE MAIZAL


Dedé vio cómo la puerta se abría a cámara lenta, con la impotencia de estar esposada, no podría ayudar a George si a ese asesino se le venía en gana hacerle daño. Mientras, Apolo la miraba con maldad y gozo, recreándose en su incertidumbre. Sonreía vilmente.

George entró con dos vasos de cartón en la mano, uno para ella y otro para él, estaba claro que Apolo tenía razón y que su intención era la de compartir un reconfortante café caliente para limar asperezas y seguir con un interrogatorio más amistoso. George miró a Dedé con cariño y esperanza. Dedé le devolvió la mirada asustada, su cabeza parecía un partido de tenis, pelota para Apolo, pelota para George.

—He pensado que podíamos tomarnos un café, tranquilos. —Se acercó a ella y le puso el vaso en la mesa. Aún no había visto a Apolo, allí, sentado en su silla, tan tranquilo y con sonrisa diabólica. —Siento mi reacción de antes y siento haberte hecho sentirte tan mal. ¿Podemos volver a empezar?

Dedé lo miraba desde abajo con ojos suplicantes, quería gritarle que se fuera de allí, que escapara, que estaba en peligro, pero no pudo y no supo el porqué. Temía el momento en que George se girara para volver a su asiento y viera a aquel maldito asesino. Él entendió su mirada como una aceptación de la disculpa así que se giró y se dirigió a su asiento. Dedé apretaba con fuerza aquella argolla de hierro que la tenía atrapada, esperando la reacción de su, ahora, querido policía. Pero no pasó nada, para George, allí no había nadie más que ellos dos. Ella miró a Apolo sin comprender y Apolo seguía sonriendo, sin apartar la vista de ella. George se sentó, atravesando el cuerpo de aquel Dios asesino, como si fuera un espejismo. El Dios desapareció y Dedé sintió confusión y cierto alivio. Miró, obsesiva, toda la habitación, buscándolo, como si una mosca molesta revoloteara sobre su cabeza.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó George al ver que ella vigilaba toda la habitación inquieta. —¿Qué ocurre?

—Nada, yo… —No sabía qué responder, para ella su locura iba en aumento, había muchas cosas que no podía explicarle a George sin parecer una persona demente.

—Hablemos de otra cosa, no hace falta hablar de este tema si no quieres, puedo esperar. Hasta que te sientas mejor. —Dijo comprensivo. A él le mataba verla en ese estado.

—Claro, sí. ¿De qué quieres hablar? —Seguía nerviosa, continuaba mirándolo todo y George movía su cabeza buscando su atención.

Apolo apareció de nuevo justo a su lado, se agachó para llegar a su oído.

—Sigo aquí, mi Pitia. —Le susurró.

Dedé dio un brinco en el asiento. Abrió sus ojos asustados que miraron a George de nuevo con miedo.

—¡¿No puede verte?! ¿Por qué no puede verte? —Preguntó desconcertada. Apolo negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—¿Qué pasa Danielle?

Dedé respiró entrecortado, con el cuerpo erguido por tanta tensión.

—Díselo Danielle, dile que estoy aquí. —Le incitó Apolo.

—¡No! —Contestó ella.

—¿No qué? —Preguntó George confuso.

—Que… no pasa nada. —Dedé intentó arreglar la situación.

El vaso de café seguía frente a ella, desprendía un humo tranquilizador, lo que significaba que estaba recién hecho y perfecto para recuperar la compostura con un trago. Intentó alcanzarlo con la mano, pero Apolo se adelantó y lo cogió. Dedé se dio cuenta de que para George ese café estaría flotando en el aire sin que nadie lo tocase, así que se apuró en detener a Apolo, pero la torpe rapidez hizo que, sin querer, lo derramara por toda la mesa.

—¡Tranquila, no te preocupes! —George se levantó y fue hacia ella. —¿Te has quemado?

—No, estoy bien. Perdona, soy una torpe. —Respondió ella.

—Espera, iré a por algo para limpiar esto. —Salió de la sala cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto George estuvo fuera de la habitación, Dedé se giró hacia Apolo muy enfadada.

—¿Qué es lo que intentas? —Le preguntó frunciendo el ceño.

—Ya lo sabes, quiero que vengas conmigo.

—¡Jamás! —Le gritó. —Yo no seré tu juguete personal.

—No lo entiendes, no sabes de qué estás hablando. —Le contestó él apartando su pelo de la cara con suavidad.

—¡Pues explícamelo!

—No puedo. —Apolo se incorporó y caminó de nuevo por el cuarto. —Tienes que verlo por ti misma y aceptar tu destino.

—¡¿Pero de qué destino me hablas?! —Preguntó alterada.

Apolo se acercó a ella con brío, apoyó, con fuerza, sus manos en la mesa. Dedé se impresionó de nuevo al ver esos grandes ojos morados que brillaban con más intensidad.

—¡¡Tu poder!! —Le dijo.

—¡¿Qué poder?! ¡Yo no tengo ningún poder! —Contestó cansada de sus misterios.

—Tú eres la perfecta herramienta y la clave para conseguir un futuro mejor. ¡Tú y yo, lograremos que el mundo, que todos los mundos sean nuestros! —Dijo emocionado y ansioso.

—¡Estás loco! ¿Quieres dominar el mundo? ¿En serio me ha tocado el típico villano? —Contestó ella con sarcasmo. La indiferencia de Dedé molestó a Apolo.

—¡Tú solo díselo! —Se enfureció. —Dile que estoy aquí contigo.

—No, no lo haré. Creerá que estoy loca y me encerrarán como tú dijiste.

—¡Díselo, o haré que te arrepientas! Lo destriparé como hice con tu amiga; y lo haré delante de ti. A mí él no me importa y lo mejor de todo es que ni sabrá por donde le vienen las cuchilladas.

George entró de nuevo en la sala con un trapo en la mano.

—¡Ya está! —Con la bayeta húmeda limpió los restos de café de la mesa frente a Dedé. —Espero que no te hayas quemado.

Dedé miraba cómo George limpiaba con tanto cariño, lo miraba detenidamente. El uniforme le sentaba tan bien… y aún podía apreciar en su presencia el olor a pradera y a trigo. ¡Cuánto deseaba estar, en ese momento, allí con él! Pensó en lo absurda que había sido por haberlo descartado de su vida tan rápido. En ese momento solo deseaba pasear con él entre maizales, juntos de la mano, bajo el sol de la tarde como dos enamorados. Tenía deseos de él, tenía deseos de maizal.

Se dio cuenta de que era un chico muy atractivo, pero quizás por su bondad y su posición social, no había destacado para el resto de las chicas del campus, ni para ella. Su pelo negro, con algunas sensuales canas tempranas, tenía un corte que terminaba en una pequeña cresta ladeada, llevaba patillas bien perfiladas, finas, pocos chicos de su edad podían llevar ese look tan bien como él. Tampoco se había percatado de sus ojos, las pestañas más densas que había visto jamás y lo más increíble… Él también era mago, como su abuelo. Sus ojos grises y azules, verdes y amarillos, le hicieron darse cuenta de que su corazón palpitaba fuerte cerca de él. Repasó toda su postura, desde el lunar de su cuello tostado hasta esas manos de dedos cortos, pero manos firmes y fuertes. Sus pulgares tenían un movimiento especial, estaban más separados de lo normal, eran hiperlaxos, lo que le pareció encantador. George era de estatura media, un poco más alto que ella. Pensó que su metro sesenta y nueve era perfecto para dar largos paseos y abrazos interminables. Lo miró como quien mira la foto de un ser querido al que ya no verá más.

—¡Díselo! —Le gritó Apolo al oído, despertándola de su perfecta visión de George.

—No puedo… —Sollozó ella. Sabía que si le contaba eso a George lo perdería para siempre. Él la vería con otros ojos y la daría por perdida del todo.

—¿Que has dicho? —Preguntó George.

Apolo se posicionó justo detrás de él y mirando a Dedé, sacó una daga con puñal de oro. Se la enseñó, quería demostrarle que iba en serio. Dedé respiró tan hondo y fuerte que sus lágrimas salieron a borbotones.

—¡Danielle! ¿Qué te pasa? ¡Por favor, dime qué te pasa! —Suplicó él. —¡Sé que hay algo de lo que tienes miedo, lo intuyo! Puedo ver en tus ojos que algo te está bloqueando, pero puedes confiar en mí. —George se acercó a ella y la miró con ternura.

Dedé se inclinó hacia él todo lo que pudo y besó sus labios una vez, despacio y con suavidad. Quería disfrutar de ese momento hasta que se lo arrebataran. Y con sus caras a milímetros de distancia, Dedé apoyó su frente contra la suya y cerró los ojos, pensando en cómo soltarle aquella tortura.

—Van a suspenderme por esto. —Dijo George sin separar su frente de la de ella. Sonrió. —Pero no me importa, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Dedé dejaba que las lágrimas siguieran corriendo por sus mejillas. Aquella declaración de sentimientos le complicaba aún más salvarle la vida y separarse de él del todo.

—George… —Susurró ella en sus labios.

—Dime, Danielle. —Respondió él con otro susurro.

—Fui yo.

—¡¿Qué?! —Se apartó unos centímetros de ella y la miró dudoso.

—Yo maté a Elisa.

¡Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY!

NOS VEMOS EL LUNES CON EL NÚMERO 19

BUEN FIN DE SEMANA MIS QUERIDOS DÉLFICOS



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CAPITULO UNO

¡NO TIENE GRACIA!


—¡Vamos chicos, no os quedéis atrás! — Animaba la instructora. — Queda mucho por ver y sólo tenemos dos horas… — Se apartó hacia el borde del camino, contando mentalmente la fila de alumnos universitarios, asegurándose de que no le faltaba nadie. — ¡James apaga ese cigarrillo! ¡Por dios Calvin, deja ya de comer, te va a dar un infarto!

—- Disculpe Miss Rose, pero discrepo… El intelecto del metabolismo humano es muy dispar entre diferentes sujetos. El desarrollo de mi ingestión y absorción de nutrientes es verdaderamente heteróclita. ¡No lo digo yo! En 1935, fue descubierto por Hans Adolf Krebs que los alimentos previamente ingeridos… — Calvin se expresaba petulante, demostrando la mayor y única de sus cualidades, el no tener vida social y haberle dedicado todo su tiempo libre a absorber libros.

La instructora Miss Rose, entornaba los ojos al mismo tiempo que soltaba un pesado resoplido.

— ¡Vale, vale, nadie quiere oír ahora tus estupendos conocimientos, Calvin! — Apoyó con desgana y levemente su mano en el hombro de Calvin, indicándole que continuara el camino. — ¡Malditos adolescentes sabelotodo! — Dijo ella para sí misma exasperada.

Los estudiantes caminaban en fila y por parejas sobre un sendero rocoso, entre la espesura de árboles comunes y pinares. La falta de disciplina y el bullicio adolescente, hacían que Miss Rose se estresara aún más. No era para menos, los exámenes finales habían terminado, el verano estaba a la vuelta de la esquina y habían conseguido engañar a dos profesores para una excursión cultural a Grecia, en concreto a la histórica y paradisíaca isla de Rodas. Para ellos el significado de “excursión cultural” era lo de menos, los subtítulos, sin duda, eran el desenfreno y la poca supervisión. 

— ¡¿Con quién te mandas tantos mensajitos?! — Preguntó Elmer burlón.

— Conseguí el teléfono de Amber. — Respondió Mike con chulería.

— ¡No jodas! ¡¿En serio?! — Reaccionó Elmer sorprendido. — ¡¿El de la monjita!?

— No es tan monjita… — Anotó Mike con pillería.

— ¡Esa tía está cañón!

— ¡¡Shhh!! — Mike, entre risitas, le hizo un gesto a su compañero para que bajara la voz. — ¡Calla, te va a oír!

Ambos miraron de reojo hacia el final de la fila. Una joven, de cabellos rubios y de ojos castaños, conversaba con su compañera también entre cómplices y tímidas risas. Amber, respondió con una introvertida sonrisa a Mike, al ver que la observaba.

— ¡¿Vas a tirártela?! — Preguntó Elmer impaciente.

— ¡Esa pregunta ofende! — Contestó muy seguro de sí mismo, dando a entender que la respuesta era más que evidente.

— ¡Vale, hemos llegado! — Varias voces de vitoreo masculina hicieron que la instructora se tapara los oídos. — ¡Si, si, ya lo sé, el camino ha sido muy largo y sois unos machotes! — Miss Rose alzó las manos para detener a todo el grupo. Se posicionó frente a ellos y comenzó la explicación. — ¡Estas son las reglas, no se puede tocar nada, tirar nada, no se pude fumar, ni beber, ni comer… — Dirigió su mirada fulminante hacia Calvin. — ¡Calvin… guarda esa chocolatina! Estas son ruinas muy importantes, así que, por favor, os pido que os comportéis de manera ordenada y no como animales salidos y hormonados.

La instructora Miss Rose, era profesora en la Universidad de Northern, en Arizona. Su apariencia era desanimada, estaba siempre enfadada o taciturna, tenía cierto aire masculino en su andar y en su forma de hablar, se expresaba con un vocabulario algo vulgar, no le importaba demasiado la opinión de los demás. Las horas lectivas ,se las pasaba la mitad mal-jurando y la otra mitad enseñando con muy poca gracia. Le gustaba mascar chicle, decía que le ayudaba a liberar estrés, cuando mascaba con fuerza, cual trituradora, era evidente que algún alumno le había sacado de sus casillas. Odiaba a los jóvenes, aunque tampoco se llevaba demasiado bien con los adultos, al menos no con sus compañeros de trabajo.

Ella había estudiado historia de la arquitectura, estaba fascinada por las construcciones antiguas, egipcias, romanas y sobretodo griegas. Con los años acabó instruyendo nuevas mentes y con ello, toda su ilusión y fascinación por la historia, se desvaneció. Como ella decía: “— ¡Los jóvenes me absorben toda mi puta energía vital!”— Le echaba la culpa a sus alumnos, pero seguramente fuera porque prefirió un sueldo fijo en una Universidad, que la oportunidad de hacer nuevos descubrimientos arqueológicos, pensar en su pasado y en sus malas decisiones, creaban una frustración continua en ella cada día. En Northern. pocos compañeros de trabajo la soportaban, pero el decano la quería en su plantilla, era la mejor en su campo, lo sabía todo en estos temas, no podía prescindir de alguien como Miss Rose.

— Como podéis ver, detrás de mí hay un túnel muy estrecho y oscuro. ¡Repito, estrecho y oscuro! — Aclaró. — Un dato para las “princesitas”, es un recorrido de entre 5 y 6 minutos, ¡no os vais a morir por atraversarlo! — Dijo sarcástica. — El túnel tiene cierta cantidad de agua, nos cubrirá hasta los tobillos, tendremos que sacarnos las botas y remangarnos las pantorrillas. Sólo podremos ir en fila de a uno, nos agarraremos a la mochila del de delante para no perdernos. Dentro hay varias curvas impredecibles y al estar oscuro, puede ser un poco angosto… ¡Cómo algún “graciosillo” la líe ahí dentro, me lo cargo y lo tiro al río! ¡¿Entendido?!— Sacó su linterna de uno de sus bolsillos laterales del pantalón. — ¡Bien, sacad vuestras linternas del kit de supervivencia y seguidme! — Con un gesto de líder, animó a los alumnos a adentrarse en el túnel. — Aquí comienza el sendero de Los siete manantiales. El túnel fue construido por los italianos en 1931, con la intención de reconducir las aguas de los manantiales al lago. Al otro lado nos espera el guía de esta zona, sed respetuosos con él y escuchad todo lo que os diga. ¡Puede que hoy aprendáis algo…! — Miss Rose iba explicando y sermoneando mientras se adentraba en el túnel seguida por sus alumnos.

— ¿Sigues escribiéndote con él? — Preguntó Sally a Amber con algo de resquemor.

— ¡Si! — dijo ella ruborizada. — ¡Es increíble que se haya fijado en mí! — Estaba emocionada.

— ¡Ya , claro…! — Sally en verdad discrepaba. Echó un vistazo rápido al cuerpo de su amiga Amber y con un poco de envidia y asco, miró hacia otro lado.

Amber era una chica de esas “monas” sin saber que son “monas”. Estaba en su primer año de Universidad, por lo que todavía no había tenido tiempo a aprender los estatus universitarios y sus enredos. Provenía de una zona católica y pacífica, donde lo más escandaloso era el mechón morado que se había puesto la vecina en la peluquería. En apariencia, era más que mona, con su pelo rubio natural, sus ojazos marrones y sus interminables piernas, el pack lo completaba la cantidad exagerada de inocencia que desprendía, era la perfecta diana para jóvenes inmaduros recién desvirgados.

— ¡Venga, deja ya el móvil que somos las últimas! ¡Nos quedaremos atrás Amber! — Sally apuraba a su compañera, no le gustaba la oscuridad de ese sitio, miró hacia atrás temerosa, vigilando su espalda.

Sólo se veía el camino empedrado por el que habían entrado y la escasa luz que entraba hasta ellas. De pronto, una rápida sombra cruzó el túnel, seguido de unas respiraciones siniestras y profundas. Sally se sobresaltó, agarrándose al brazo de Amber, la que seguía enganchada a su tórrida conversación con Mike.

— ¡¿Has oído eso?! – Preguntó ella, sin perder de vista la retaguardia.

— ¡¿El qué?! — Contestó Amber, sin despegar los ojos del teléfono.

Sally seguía sujetándose al brazo de la dulce Amber, la cual se había contagiado con el miedo de su amiga, se quedaron paralizadas, observando en la oscuridad con las linternas de sus teléfonos móviles. Sally se fijó en que sus compañeros habían doblado ya la primera curva y los habían perdido de vista.

— ¡¡Ey, esperad!! — Gritó sin obtener respuesta. — ¡¡No os vayáis!!

— Será mejor que continuemos caminando. — Propuso Amber temerosa. 

Continuaron  despacio, intentando no hacer mucho ruido con los pies sumergidos en el agua.  Sally iba delante de Amber, extendiendo su brazo hacia atrás para que su compañera la siguiese. La respiración siniestra y profunda, volvió a escandalizar a las dos jóvenes, ambas se detuvieron de nuevo.

— ¿¡Y ahora, lo has oído?! — Preguntó Sally buscando una confirmación.

— ¡Si…! — Contestó susurrante con los ojos como platos.

— ¡Mierda tía, no quiero morir en un húmedo y asqueroso túnel!

— Puede que sea el eco Sally, yo no veo a nadie. — Dijo Amber resuelta.

— ¡¿Qué se supone qué vas a ver, si está todo a oscuras?! — Contestó irritada.

— ¡Sally…! — Una voz masculina, perversa y algo seductora susurró entre las paredes de aquel oscuro corredor.

— ¡Ahhh! — Ambas gritaron a la vez y echaron a correr todo lo rápido que el agua les permitía.

— ¡Vamos Amber, no te quedes atrás! — Sally giró la cabeza, sin dejar de correr, para ver a su compañera, pero allí no había nadie, Amber había desaparecido. — ¡¿Amber?! ¡¿Amber dónde estás!? ¡Joder, Amber no pienso ir a buscarte! ¡¿Me oyes?! ¡Voy a salir por patas si no contestas ahora mismo! — Esperaba, inmóvil, una respuesta de su amiga en la oscuridad. De pronto, notó que alguien la sujetaba por los tobillos, estaba atrapada, no conseguía moverse. — ¡Pero que cojo…!

— ¡¡Buh!! — Mike apareció justo delante de ella con la linterna en su cara, a Sally se le paró el corazón del susto.

— ¡Serás imbécil! — Golpeó a Mike en el hombro algo cabreada. Amber estaba con él, los dos reían burlándose de ella. — ¡Estáis locos, casi me cago del susto!

— ¡Eres una miedosa! ¿Creías que era un monstruo? — Dijo Mike bromeando.

— ¡Ja, ja, muy graciosos! Y a ti ya te vale tía. — Le recriminó a Amber. — ¿Cuál de los dos ha tenido la genial idea de agarrarme por los tobillos?

— ¡No te hemos agarrado por los tobillos! ¡¿Qué pasa Sally, te has metido algo para una mayor experiencia cultural?! — Contestó Mike, Amber y él se rieron.

— ¡¿Qué?! ¡No! — Dijo Sally confusa.

— Oye, necesito un favor… ¿Puedes cubrir a Amber de la loca de Rose? — Le rogó Mike.

— ¿Cubrirla?

— Si, nos vamos a “explorar”, ya me entiendes. A mi me cubre Elmer, ¿puedes cubrir tú a Amber? — Preguntó él.

— ¡¿Qué?! ¡No! ¡No voy a meterme en líos porque estéis salidos!

— ¡Venga, porfa Sally! — Le suplico Amber. — No vamos a hacer nada malo. — Amber sujetó a su amiga por el brazo y la alejó unos metros de Mike para hablar en intimidad. — ¡Por favor, me gusta mucho! Además, con el rollo de las cabañas separadas no podremos estar juntos ni un rato. ¡Hazlo por mi! — En voz bajita, Amber rogó a su amiga juntando las manos a modo de rezo. — Te prometo que no va a pasar nada, te deberé un favor.

— ¡Un gran favor! — Señaló Sally apuntándola con el dedo. Miró los ojitos enamorados de su amiga y se ablandó. — ¡Vaaaale… está bien! ¡Pero sólo una hora!

— ¡¡Si!! ¡Gracias, gracias! Te prometo que en una hora estamos de vuelta.

— ¡Venga largaos! — Sally empujó a su amiga con cariño. — ¡Eh, tú…! — Señaló a Mike. — ¡Como te pases de la raya te cortaré esas dos canicas a las que tu llamas huevos! ¿Entendido?

Mike hizo un saludo militar muy firme, posó su brazo por encima del hombro de Amber y ambos se marcharon. Sally miró hacia el suelo, alumbrando el agua con su móvil, ella estaba segura de que algo la había atrapado ahí abajo. Continuó caminando hasta reunirse con el grupo. sin darle más importancia.

Mike y Amber salieron del túnel emocionados, con muchas ganas de desaparecer y estar a solas por fin. Subieron por unas escaleras de piedra que estaban a la derecha de aquel pasaje. 

— ¿A dónde vamos? — Preguntó Amber animada.

— Tú sígueme. — Mike se paró un instante, la miró y la besó despacio. — Créeme, te va a encantar. — Ambos continuaron caminando entre el espeso follaje de los árboles.

La cabeza de Amber daba mil vueltas, ese beso la había dejado alucinada, se sentía como si flotara entre las nubes. Mike, experto y sabio seductor, sabía perfectamente cómo hacer que una inocente y poco experimentada chica, cayera entre sus brazos. Con un poco de atención durante los mensajes, una pizca de pillería, con la broma en el túnel, mínima valentía arriesgándose a que le pillaran sólo por estar con ella, unas cucharadas bien gordas de romanticismo, utilizando ese beso y la forma de sujetarla de la muñeca con tanta dulzura, con todo eso…, estaba completamente seguro de que Amber acabaría ese día haciendo todo lo que él quisiese. 

Tras un rato caminando, Mike apartó algunas ramas y matojos para pasar entre ellos, ¡cómo no…! Ofreció su mano a Amber y la sujetó por la cintura para hacerla pasar al otro lado. Para culminar su cortejo, a Amber se le quedaron los ojos como bandejas, al ver el espectacular oasis al que la había llevado. Un precioso lago de agua verde cristalina, de la más pura agua, que caía en cascada por un acantilado rocoso, rodeado de multitud de ostentosas flores que maquillaban el paisaje con mil colores. 

— ¡Oh dios mío! — Exclamó Amber. — ¡Mike esto es precioso!

— ¿Te gusta?

— ¡¿Que si me gusta?! ¡¡Esto es un paraíso!! — Amber se adelantó para observar de nuevo todo lo que la rodeaba. — ¿Cómo has encontrado este sitio?

— Ayer, Elmer, los chicos y yo, nos escapamos por la noche para investigar por el bosque.

— ¿Investigar? — Preguntó Amber poco convencida.

— Bueno… nos fuimos a beber unas cervezas, la pesada de Rose no permite nada de alcohol durante la excursión, así que nos fuimos a escondidas, buscamos un buen sitio y encontramos esto. — Amber desaprobaba ese tipo de travesuras, Mike se dio cuenta y se acercó a ella despacio, posando sus manos en su cintura. — Quise traerte aquí en cuanto lo vi. — Amber sonrió de nuevo y agachó su mirada con timidez. Mike sujetando su barbilla, continuó con el discurso de cortejo. — Le dije a Elmer que este era el lugar perfecto para traer a mi chica.

— ¡¿Tu chica?! — Se sorprendió ella intentando ocultar su emoción.

— ¿Quieres ser mi chica, Amber? — Mike la besó tranquilo.

— Si… — Contestó ella.

Se besaron apasionadamente durante unos instantes, después, Mike se quitó la camiseta frente a ella.

— ¡Espera Mike! — Amber le puso el freno. — No puedo hacer esto, es demasiado rápido.

— ¿El qué? ¿Darte un baño? — Mike continuó desnudándose hasta quedarse en ropa interior. — ¡Vamos! ¡Seguro que está buenísima! ¿No quieres probarla? 

Amber sonrió, ladeó la cabeza mirando a Mike de arriba abajo, no podía creer que ese era su novio. Atlético, varonil, guapo a rabiar, sin duda Amber estaba ilusionada con todo lo que le estaba pasando. Un sueño para ella.

— ¡Estás loco! — Contestó riendo.

— ¡Venga, te vas a perder lo mejor de esta excursión! — Mike se adelantó y se metió en el agua, se sumergió, buceó unos metros y volvió a la superficie. — ¡Está buenísima!

Ella se decidió al final, no quería que la tachara de aburrida, además, era su chico, no iba a hacerle nada malo, se suponía que él la protegería… Se quitó la ropa con poca gracia y mucha vergüenza, Mike la miraba desde el agua, relamiéndose al ver su cuerpo casi desnudo. Amber metió sus pequeños pies descalzos en el lago templado de aquel edén, avanzó hacia él y se sumergió hasta estar juntos. Se abrazaron mojados, húmedos, excitados, él más que ella. 

— Eres preciosa. — Dijo el encandilador. Ella sólo pudo ruborizarse.

Volvieron a los besos y a las caricias bajo el agua. Amber comenzaba a sentirse algo incómoda, Mike la acariciaba por zonas bastante íntimas.

— ¡Mike, te he dicho que eso no va a pasar! — Le frenó de forma educada.

— Lo sé, sólo estamos divirtiéndonos, no pasa nada. — La besó de nuevo y sin hacer caso a sus peticiones, volvió a sobrepasarse.

— ¡Mike, he dicho que no! — Amber lo apartó cabreada.

— ¡¿En serio?! — Dijo él sorprendido y chulesco. — ¡¿Vas a desaprovechar este momento?! 

— ¡Podemos ir más despacio! — le reclamó ella.

— ¡¿Despacio?! ¿Cómo que despacio? ¡Me has estado calentando todo este tiempo con los putos mensajitos y ahora…! ¿Quieres ir despacio? — Mike estaba algo agresivo.

— ¡Eres un capullo! — Amber se alejó hacia la orilla.

— ¿A dónde vas? — Le gritó Mike.

— ¡Que te den Mike! — Amber salió del agua y cogió su ropa, tapándose rápidamente.

— ¡Vale, venga, vete! ¡Eres una niñata de mierda, ningún tío querrá estar contigo si te portas así! ¡Madura Amber!

Tras esas palabras tan insultantes de su nuevo “ex-chico”, Amber vio la ropa de Mike tirada entre las rocas, decidió vengarse y la cogió para dejar que, aquel baboso imbécil, hiciera el ridículo yendo desnudo por toda la isla.

— ¡¿Qué coño haces Amber?! ¡Deja mi ropa donde estaba! — Mike estaba muy cabreado.

— ¡Así verá todo el mundo lo capullo que eres!

— ¡Vamos nena, era una broma, no me hagas esto! ¡Venga, ven, lo solucionaremos! — Suplicó él.

Amber intentó ignorarle dándole la espalda, mientras se secaba y se vestía, 

Algo se movió bajo los pies flotantes de Mike, él lo sintió, miró hacia el fondo, pero no vio nada, el agua se había vuelto espesa y turbia a su alrededor. Pensó que quizás había sido algún tipo de pez de río. De nuevo, le volvió a rozar… Mike sintió un escalofrío por todo su cuerpo, aunque no tenía porque asustarse, pensó que los peces no eran carnívoros, estaba a salvo… Aunque el siguiente roce, no fue con la misma cortesía, algo pasó junto a él, otra vez, y le cortó en el tobillo. 

— ¡¡Ahhh!! — Mike gritó de dolor mientras intentaba alcanzar su pie bajo el agua, la sangre se expandió por el lago de forma rápida. — ¡Amber algo me ha mordido!

Ella continuó ignorándolo, no se creyó su lamento infantil.

Mike avanzó un poco hacia la orilla para salir  pero, otro latigazo bajo el agua le hizo un corte en una de las piernas, volvió a gritar y se retorció.

— ¡¡¡Ahhh!!! ¡Amber por favor estoy sangrando!

— ¡Pues sal del agua, yo no pienso meterme a por ti! — Amber cogió su teléfono móvil para ver si Sally la había escrito, le importaban muy poco los caprichos de Mike.

Mike, malherido, intentó avanzar de nuevo hacia la orilla pero, no pudo. Sus pies estaban incrustados en el fondo, como si la arena los absorbiera hacia abajo, sentía presión en las piernas, lo intentó con fuerza, no fue capaz.

— ¡¿Pero que coño…?! — Se asustó al ver que sus pies estaban atrapados, estaba herido y confuso. — ¡Amber, ayúdame, no puedo salir!

— ¡Deja de hacer el imbécil, esta vez no voy a picar!

— ¡No es una bro… ! — No pudo terminar la frase cuando algo o alguien tiró de su cuerpo hacia abajo, hundiéndolo por completo de una forma brusca. Mike estaba bajo el lago, las aguas se movían con fuerza debido a su lucha para poder salir a la superficie, pero no conseguía asomar la cabeza para respirar, se estaba quedando sin aire, le dolían las piernas por las heridas y la sangre se entremezclaba con la espuma del agua agitada.

— ¡Vale Mike, deja de hacer el ridículo! ¡Ya está bien! — Amber empezaba a ponerse nerviosa, creía que estaba jugando con ella, aunque dudaba de si era verdad o no.

De pronto, la lucha de Mike por salir, cesó, el lago volvió a su calma total y Mike desapareció por completo.

— ¡¿Mike?! — Amber lo llamó dudosa acercándose a la orilla. — ¡No tiene gracia! — Observó el lago con impaciencia, esperaba nerviosa a que él saliera de una vez por todas y asumiera la broma, pero no salía y el miedo comenzó a retumbar en su conciencia. — ¡¡¡Mike!!! ¡¡¡Mike!!! — Lo llamó una y otra vez sin respuesta, cuando, de repente, él volvió a resurgir a la superficie.

Salió del fondo con ímpetu, seguía luchando por su vida. Amber se quedó petrificada al ver parte del rostro de Mike desgarrado, la piel se le caía a tiras y la sangre brotaba sin cesar. El lado derecho de su cuerpo musculoso estaba despedazado, podían verse parte de sus costillas asomando hacia el exterior. Amber abrió sus ojos de par en par, el terror se apoderó de ella. Veía cómo Mike seguía esforzándose, retorciéndose y gritando de dolor, un dolor inimaginable. Era como si algo lo tuviera sujeto, pero ella no podía ver nada, no había nada en el agua a parte de él. Entonces decidió ayudarle, soltó las ropas y el móvil y se acercó más a la orilla para meterse dentro y socorrerlo.

Algo sucedió, cuando Amber puso sus pies en el agua tintada por la sangre. El ser, la bestia, el animal, que era imperceptible a su vista, cesó… Soltó a su presa por unos instantes. Ella creyó que eso era bueno, que podría salvarlo, pero no era del todo así. Mike, entre dolor, sollozos y llantos, la miró.

— ¡No Amber, no lo hagas! — Alargó su brazo arañado y medio roto, en señal de freno para que no siguiera adelante. — ¡Vete, por favor, no quiero que te haga daño!

— ¡¡Mike tengo que ayudarte!! — Las lágrimas recorrían el rostro de ambos.

— ¡¡No, Amber, no puedes!! — Advirtió casi sin voz.

— ¡Dime qué te está haciendo esto! ¡Mike, no puedo verlo! — dijo asustada. — Creo que se ha ido, entraré a por ti.

— ¡¡No!! ¡No dejaré que te coja! — Los ojos de Mike estaban casi sin vida, pero todavía la miraba con cariño. — ¡Tienes que irte Amber! —Imploró.

—¡Entraré a por ti y los dos saldremos de aquí juntos! —Exclamó Amber con cierto enfado y decisión.

—¡¿No lo ves?! ¡Yo ya estoy muerto Amber! —Dijo Mike con lágrimas en los ojos. —Perdóname… —y sin más, Mike se sumergió en el agua para desaparecer. El ser lo atrapó de nuevo para arrastrarlo hasta el fondo del lago, Mike dejó de sufrir.

—¡¡No!! —Gritó ella.

Amber corrió, corrió todo lo que pudo entre los árboles, sin rumbo, sin un claro destino, estaba perdida, sólo podía oír los gritos de Mike en su cabeza, la visión de su perfecto y joven cuerpo desmembrado en pedazos, las lágrimas que recorrieron su cara antes de morir, los besos dulces y tiernos que le había regalado. Todo aquello inundaba su razón y no conseguía aclararse, estaba desorientada y en shock. Se tapó los oídos con las manos, apretando fuerte, muy fuerte, para sacar todo aquello de su mente. Cayó de rodillas entre la arboleda y allí, con un gritó ensordecedor, se desplomó.

¡Nos vemos en el capítulo dos!

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