CAPITULO QUINCE

“LELO”


Entró, como si dejara pasar todo un vendaval al interior de la habitación, tenía tanta rabia dentro que la puerta le sirvió de detonante para sacarla toda. Se esperaba encontrar a Elisa en su escritorio, quizás estudiando, quizás leyendo, se la esperaba con sus cascos, siempre con su música, una manía en la que Dedé nunca reparó, pero que ahora la reconocía como molesta. Se sentía herida, engañada, así que todo lo relacionado con su ex amiga le producía repulsión. Otra opción era que estuviera con alguien, quizás con el agente inmobiliario, quizás con otro chico nuevo, ese tal Luke del que no quería hablar, recordarlo enfadó más a Dedé, siempre se lo contaban todo, ¿y ahora le ocultaba cosas y la traicionaba? Sin duda no era la amiga que ella creía.

Entró, dejando que la puerta rebotase contra la estantería de la pared, haciendo un ruido tan estruendoso que ni sus cascos, con la música al máximo, podrían ignorar. Estaba preparada para escupir todo su enfado a la cara de su compañera, para enfrentarse a ella y romper toda relación. Sabía perfectamente cómo iba a hacerlo. El camino a casa, descalza y golpeada, sola, le había aclarado los pasos a dar, le había dado tiempo de sobra para maquinar una actuación de cine. Le diría lo cabrona que había sido, lo mal que lo había pasado por su culpa y lo dolida que estaba, para rematar, le soltaría todas esas pequeñas cosas que le habían molestado de ella durante estos últimos años y como guinda, para finalizar su gran escena de soberbia, recogería algunas pertenencias en una mochila, con mucho genio, mucho. Le diría la típica frase de “Volveré a por el resto de mis cosas cuando tú no estés”; y se iría dando el mismo portazo con el que entró, pero esperaba que este destrozara del todo la puerta, que se desencajara de sus bisagras.

Entró con todo eso tan bien organizado en su cabeza, pero allí no había nadie. Elisa no estaba, cosa que truncó el discurso tan elaborado que iba a dar. Eso también le molestaba, pues cuando volviera a ver a Elisa no sería lo mismo, el cabreo se disiparía, no del todo, pero ella quería ser un huracán, no un simple viento. Estaba demasiado cansada como para pensar en ello, en parte le alivió ver la habitación vacía y su cama a pocos metros, con las sábanas estiradas y esa almohada que la llamaba a gritos desde el cabecero. Se sentó a los pies de ese mullido colchón, lleno de historias reales, lleno de sueños extraños. Se pensó unos segundos si quitarse la ropa y darse primero una ducha, sí, era lo mejor…, pero su cuerpo era atraído hacia atrás como si la cama tuviese un potente imán, así que se dejó llevar.

Con los pies colgando y su cabeza apenas rozando la almohada, Dedé cerró sus ojos en el mismo instante en que su espalda se reposó en aquellas sábanas con olor a suavizante de océano. Fue tan placentero… cogió aire por la nariz, llenando sus pulmones de descanso, de sueño; y se durmió del todo. Dicen que cuando nuestro cuerpo está demasiado cansado, nuestro subconsciente se encarga de regenerarlo con bonitos sueños que por desgracia no recordamos al despertarnos, la mente humana es increíble y sabia.

Dedé empezó su sueño con un recuerdo, un recuerdo precioso de cuando ella era pequeña, la pequeña Danielle de cuatro años. Había olvidado ese momento y su subconsciente se lo devolvió. Mientras estaba allí tumbada, soñando, sonreía al verse en aquella época.

Caminaba por un campo, entre hierbas altas, secas y amarillentas, mezcladas con flores silvestres de color morado y rojo, que le llegaban por las rodillas. Con su vestido blanco de lazos, rozaba aquellas espigas de sol con delicadeza, sus manos acariciaban las flores y por su nariz entraban los olores de aquella encantadora pradera. Olores a flor, a pinos, a mañana. Alguien la llamaba en la lejanía, saludaba levantando el brazo, oscilando la mano de un lado a otro con suavidad. Era su abuelo. Allí de pie, esperaba a su pequeña Danielle.

La pequeña Danielle de los sueños, recibió la llamada de su abuelo, devolviendo el saludo, vio que llevaba una cesta en su otra mano, así que era época de recoger setas en el bosque. A Dedé le encantaba recoger setas con su querido abuelo. Corrió hacia él como si el árbol de navidad esperase al final del camino, repleto de regalos. Corrió dejando atrás aquella hermosa vista de espigas doradas y flores silvestres, corrió abriendo sus brazos para acariciarlos por última vez, era un saludo o un adiós, un hasta pronto naturaleza, gracias por esta soleada mañana. Y al fin llegó hasta su abuelo, de pie en el camino que llevaba al bosque. Él la recibió con un gran abrazo, de esos que cuando eres pequeña te levantan en volandas. Dedé se sintió en casa, de nuevo en su hogar. Recordó cómo olía su abuelo, a leña y carbón, a fuego encendido y a pinos, sobre todo a pinos, también le gustó. Su abuelo era una hombre corpulento, fuerte y alto, como los árboles a los que él tanto amaba. A Dedé siempre le había apenado no haber heredado rasgos suyos, ni siquiera el color de sus ojos, los suyos eran tan azules como el cielo, pero los de su abuelo eran especiales, eran verdes y eran amarillos, eran grises y eran azules, ella lo llamaba magia.

—¡Cuando sea mayor, tendré tus ojos “lelo”! —Aseguró la pequeña Danielle.

—¿Por qué, hija? ¡Los tuyos son muy bonitos! —Le respondió el abuelo con cariño.

—¡Por que tú eres un mago! —Dijo expresándose con las manos.

—¡¿Yo soy un mago?! —Se sorprendió él.

—¡Claro! Tú cambias el color de tus ojos a cada hora del día, ¡eso es magia “lelo”! —Contestó la pequeña emocionada.

—Yo no soy el mago Dani, el mago es el sol. Él es quien me los cambia a su antojo.

—Pues yo creo que no, creo que eres tú quién lo hace. —Dijo ella resuelta. Tiró de la manga de su camisa hacia abajo, haciendo que su abuelo se doblase para estar a su altura. Puso sus manos en sus mejillas llenas de barba esponjosa y con la cara muy seria le dijo: —No te preocupes “lelito”, no le diré a nadie que eres un mago. —Después besó su enorme nariz rosada llena de entrañables manchas de edad.

—¡Gracias princesa! —Le contestó él embobado.

Cuando Danielle era pequeña, se pasaba todos los veranos y gran parte de los fines de semana del resto del año, en casa de sus abuelos en el campo. Adoraba los animales, los bosques, la granja. Le encantaba corretear de un lado para otro sin preocupaciones, ni normas, ni siquiera horarios, levantarse con el cacareo del gallo y ayudar a su abuela con el ordeño de las vacas. Quedarse dormida a la luz de un fuego mientras su abuelo contaba las historias de batallas, piratas y príncipes, doncellas y dragones llenaban el lienzo de su mente. Después llegó la adolescencia, los nuevos amigos, las responsabilidades, las citas de cine el sábado y el pintauñas y el rimel con sus amigas el domingo. Ir al campo ya no era “chachi”, pasar tiempo con ellos ya no era guay, no era de una chica moderna. Así que se alejó de todo aquello, olvidándose de las setas, los pinos, las flores silvestres y las espigas doradas, las sensaciones de paz, los olores a verano y los abrazos en volandas. Ya no había cuentos, ya no había esponjosas barbas.

Su abuelo falleció una mañana de Enero. Danielle por aquel entonces tenía unos diecisiete años. En cuanto salió por la puerta del instituto y vio a su madre esperándola fuera del coche, lo supo. Supo que una parte muy imprescindible de su vida había desaparecido, que había perdido a alguien a quién amaba tanto, a alguien a quien había abandonado. Se sintió sola en el mundo cuando su madre le dijo que ya no estaba, se sintió arrepentida por no haber continuado sus visitas como cuando era pequeña. Le dolió, tanto que sintió cómo su adolescente corazón se partía en mil pedazos, no por un primer amor, no por un desengaño, todos los pedazos eran de su “Lelo”.

Pero ahora en sus sueños tenía de nuevo cuatro años y quería disfrutar de él como no lo había hecho antes. Se agarró fuerte a la mano áspera y endurecida de su amado abuelo y dando pequeños saltos de energía se adentraron entre los pinos.

—¡Lelo!

—Dime hija.

—¿Cuántas setas crees que recogeremos hoy? —Preguntó la pequeña Danielle.

—No lo sé, Dani. ¿Tú cuántas crees? —Respondió cariñoso.

—Pues yo creo que tantas que la abuela dará un brinco así de grande. —Danielle saltó tan alto como pudo, sin soltarse de la mano de su abuelo.

—Pero princesa, tu no has venido a recoger setas. —Dijo él.

—¡Sí! Tú llevas la cesta y vamos juntos, ¿no lo ves? —Contestó ella corrigiendole.

Su abuelo se paró en medio de un pequeño claro que había en el bosque, miró hacia arriba, donde los rayos de luz atravesaban las ramas, donde el cielo se abría y se veía perfectamente su intenso color. Cerró los ojos y respiró hondo.

—¿Lo hueles, Danielle? —Preguntó él. Danielle lo miraba sin contestar. —¿Hueles el destino?

—¿Qué haces “lelo”? —Preguntó la pequeña asombrada.

Su abuelo abrió los ojos de nuevo y la miró. Estaba serio, muy serio.

—¡Despierta hija! ¡Debes despertar!

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! Yo quiero quedarme aquí contigo. —La pequeña Danielle sollozaba.

—¡Mírame Danielle! ¡Ya no tienes cuatro años, yo no soy real! Danielle, tengo que irme, pero antes debes despertar y correr. ¡Corre como cuando corrías por estos campos, corre sin mirar atrás, hija! —Dijo él con preocupación.

Dedé estaba confusa. La niña que agarraba la mano de su abuelo, ya no era la Danielle de cuatro años, si no ella. No entendía qué quería decir su “lelo” con que corriera.

—¡Quiero quedarme aquí contigo! Solo un ratito más. —Suplicó.

—No puedes, te encontrará. Debes salir de tus sueños y salvarlos.

—¿Salvar a quién? ¿Quién me encontrará? —Preguntó acelerada.

—Debo irme princesa, no debo estar aquí. ¡Tú solo sálvalos, sálvalos de él y corre! —La sujetaba por los hombros con fuerza. Su esencia se evaporaba, desaparecía por momentos.

—¡Espera! ¡No, no, no te vallas “lelo”! —Ella se sujetaba a sus brazos para que no se fuera. Se sujetaba con fuerza. — ¡Dime a quién tengo que salvar!

Su abuelo miró aterrorizado hacia el final del bosque, como si allí hubiera alguien. —Solo tienes que escuchar Dani. —Posó su mano en el pecho de Dedé. —Escucha a tu corazón. —Miró por última vez a su querida nieta, la besó en la frente y desapareció.

Dedé se quedó helada, allí de pie, frente a lo que había sido su abuelo y se convirtió en simple aire que respirar. Miró hacia el final del bosque, buscando una respuesta, algo que la indicara a qué se refería él sobre ¡Sálvalos y corre!

—Escucha a tu corazón, escucha a tu corazón. —Se repitió cerrando los ojos. Y de pronto lo oyó.

—¡Ayúdame Danielle, ayúdame! —Esa voz ya la había oído antes, le resultaba muy familiar. —¡Sácame de aquí por favor!

Dedé se lo pensó unos segundos y entonces la reconoció. Sin duda era:

—¡¡Marion!! —Se sobresaltó. —¿¡Marion dónde estás!?

—¡Danielle, sácame de aquí por favor! ¡Tienes que sacarme de aquí! —La oía, pero no la veía.

Dedé daba vueltas y más vueltas entre esos grandes pinos, entre las luces de la mañana y las setas que pisaba. Rebuscaba con la mirada, una y otra vez, para encontrar el rostro de Marion. La voz seguía pidiendo auxilio, se repetía constantemente, se repetía, se repetía sin cesar. Era muy molesto, se metían en su mente las frases de socorro de Marion, le penetraban y retumbaban en sus oídos. Todo le daba vueltas y más vueltas. Dedé se sujetó la cabeza con fuerza y se agachó. El corazón le latía con potencia, se le iba a salir del pecho. Respiraba fuerte, intenso, quería que aquello parara, pero Marion seguía y seguía y cada vez con más brío gritaba.

—¡Ayúdame, ayúdame! ¡Sácame de aquí, ayúdame!

Dedé no pudo más y entonces gritó.

—¡¡¡Basta ya!!!

Y en la cama se despertó.

MAÑANA CAPÍTULO 16

¡HASTA MAÑANA MIS DÉLFICOS!

CAPITULO TRECE

BISAGRAS OXIDADAS


Volvió a sentir en su nariz aquel olor a cereal recién cortado, a hierba seca y a maíz, incluso en las papilas gustativas de su lengua pudo percibir que había regresado de aquel llameante viaje. A Dedé le costó coger aire de nuevo, su pecho estaba oprimido por el calor de aquellas llamas, respiraba agitada, nerviosa, sus rodillas se meneaban sin control haciéndole perder toda la fuerza de sus piernas. Estaba de nuevo sentada en aquella destartalada camioneta. En sus manos todavía tenía aquella cadena, apretaba con fuerza aquel corazón partido, aún caliente. Intentó recomponerse al ver que George volvía hacia el coche. Sonriente y con aires de ganador, George estaba feliz por poder llevar a Dedé al hospital. Abrió la puerta con dificultad, las bisagras oxidadas hicieron un ruido molesto que asustó a Dedé más de lo que ya estaba. De un brinco, George se sentó en el asiento.

—Te he traído algo para comer, sé que en la comisaría no dan lo que se dice manjares. Estarás hambrienta. —Miró a Dedé y se dio cuenta de que algo pasaba. —¿Te encuentras bien? ¡Estás muy pálida! —Vio que sus piernas no dejaban de moverse, tiritaban como si una ola de frío la hubiera recorrido entera. La cadena de su madre sobresalía entre sus dedos. George miró su retrovisor buscándola, pero allí no estaba. De nuevo, miró las manos de Dedé sin comprender. —Hum… Ese es el colgante de… —

—De tu madre, Roxanne… —Le cortó ella.

—Sí… ¿Cómo…?

—¿Qué cómo lo sé? —Le cortó sin dejar que terminara la pregunta. Ella lo miró fijamente, con los ojos vidriosos a punto de estallar. Se encogió de hombros y miró sus manos que guardaban, bien apretadas, aquel recuerdo. Puso su desconsolada mirada azul en George de nuevo, con enormes lágrimas de terror. —¡No lo sé! ¡No sé qué me está pasando! —Se derrumbó.

—¡Eh, tranquila! —George se acercó despacio a ella, posando sus manos en sus hombros para intentar reconfortarla. —¿Qué sucede? Puedes contármelo.

—No, no puedo… — Dijo agachando la cabeza. —Últimamente me están pasando cosas extrañas y no consigo entender el por qué. Creo que me estoy volviendo loca.

—No digas eso, seguro que, lo que sea que te esté pasando, tiene alguna explicación. A mí puedes contármelo. —Acercó más su postura hacia ella, quería demostrarle confianza.

—No lo entenderías. —Dijo Dedé mirándolo suplicante.

—Prueba.

Dedé cogió aire, llenó sus pulmones de oxígeno y de valor para poder soltar las frases correctas, sin saber la reacción de aquel nuevo amigo, se aventuró. Si no le creía, no perdía realmente nada, si le creía, tendría un apoyo muy necesario. Así que comenzó por el principio, con el primer sueño, el primer viaje. La muerte de Mike se la detalló con pelos y señales, continuó con el anillo, con la magia que desprendía de él. Después le contó la existencia de un libro extraño, un libro al que le brillaban las letras grabadas de su portada. George abría sus ojos atónito, a medida que Dedé avanzaba en su historia, él solo podía alucinar más a cada segundo. Para terminar le contó lo que había pasado en el bosque cuando Elisa la había llamado pidiendo ayuda, lo de aquel hombre extraño con la cara de Mike, el Mike que había muerto en sus sueños.

—¡Espera! —George la detuvo. —¿Estás diciendo que el chaval que viste en tus sueños y que se supone que estaba muerto, se te apareció en el bosque? —Preguntó incrédulo.

—Sí. —Contestó Dedé con decisión. Continuó. —Me dijo algo así como que yo era su… pita o su pitia… no sé, no lo recuerdo muy bien.

—Ya… entiendo. —La cara sorprendida de George se convertía en decepción. Desde el primer momento en que vio a Dedé, supo que se enamoraría de ella. Ahora, aquella chica, había perdido totalmente la cabeza.

—¡Sé que no me crees! —Contestó Dedé. George arqueó sus cejas y ladeó la cabeza hacia un lado. —Sé que es difícil de creer, por eso te digo que me estoy volviendo loca.

—¡No digas eso! —Él posó su mano en las de ella, que se entrelazaban en su regazo con fuerza. —Estoy seguro de que hay una explicación para todo eso. Es posible que hayas pasado mucho estrés últimamente o que no hayas descansado bien. Creo que lo que necesitas es dormir un poco. ¡Ya verás cómo mañana todo lo ves de otra manera! —Exclamó positivo.

—Claro… —Contestó poco convencida, entornando sus ojos. Abrió sus manos y miró el corazón. Pensó, durante unos segundos, en si contarle o no a George lo que había vivido con su madre. Contarle lo del accidente.

—Si no quieres ir al hospital, puedo acercarte a tu residencia para que descanses, pero mañana deberías ir para que te miren esos golpes.—Dedé asintió con tristeza. George la miró con compasión una última vez y giró las llaves del contacto para arrancar aquella sonora y vieja camioneta. Salió de la gasolinera haciendo un giro y se incorporó a la carretera.

—George.

—Dime. —Contestó él sin perder de vista el camino.

Dedé colocó muy despacio el colgante donde estaba, lo dejó con mucho cariño por detrás del espejo retrovisor. Lo miró unos segundos con nostalgia y de nuevo se fijó en su nuevo amigo granjero.

—¿Cómo conseguiste el colgante? —Preguntó ella.

—Como tú bien has dicho, era de mi madre. —Dijo algo incómodo.

—Sí, lo sé, ¿pero cómo? ¿Quién te lo dio? —Dedé estaba haciendo preguntas extrañas para él.

—¿Qué quieres decir? —La miró por un segundo, nervioso. Se le notaba que no quería hablar del tema. Mirando de nuevo hacia la carretera contestó. —Mi madre murió en un accidente cuando yo era pequeño y alguien de la policía se lo entregó a mi padre. Para consolarme, él me lo dio a mí.

—Pero tu madre murió abrasada en una explosión, ¿cómo es posible que el collar sobreviviera a aquel incendio?

George frenó la camioneta en seco, lo que hizo que Dedé casi se estampara contra el salpicadero. Fue un frenazo violento, un frenazo enfadado. Los coches que circulaban detrás le pitaron, lo adelantaron gritándole por la ventanilla, sacando su puño hacia fuera. La camioneta continuaba parada en plena circulación y él seguía sujeto al volante respirando con rapidez, mirando hacia delante, quieto, muy quieto. Dedé lo miró tímida, nerviosa. George no dijo ni una palabra durante varios segundos, unos instantes que parecieron interminables para ella.

—¿George? —Dijo ella en un intento por que reaccionara.

—¿Cómo sabes tú eso? —Estaba tan dolido que ni siquiera podía mirarla a la cara.

—Yo…

—¡¿Es algún tipo de broma macabra?! —La miró lleno de ira. —¡¿No has tenido suficiente?!

—¡¿Qué?! ¿A qué te refieres?

—¿Con quién has hecho la apuesta? ¿Con tus colegas de la universidad? —Estaba muy alterado. Dedé lo miraba asustada. —¿Pensasteis que sería divertido reírse del policía novato?

—¡Pero qué estás diciendo! ¡George no es ninguna broma, te lo juro! —En su voz se notaba su desesperación por ser creída.

—Sabes, no es muy difícil saber mi pasado, solo tienes que entrar en el registro o en la hemeroteca para saber sobre la vida de alguien, ¡Felicidades Danielle Dumont, has cumplido tu apuesta! ¡Puedes decirles a tus amigos que conseguiste tu propósito!

—¡No, George, no es lo que crees! —Ella intentó acercarse a él.

—¡Bájate de mi coche! —Contestó cortante.

—¿Qué? ¡No, George, en serio! —Dedé posó su mano en el brazo de su amigo. Él la apartó haciendo un gesto brusco.

—¡He dicho que te bajes de mi coche! —Estaba realmente enfadado. Decepcionado.

Dedé se bajó despacio, con lágrimas en los ojos, cerró la puerta chirriante y George arrancó haciendo sonar aquella destartalada camioneta, como si se fuera a partir en mil pedazos, casi como se sentía Dedé en aquel momento, destrozada. Ella vio cómo él se iba y la dejaba allí de pie, en medio de la carretera, sin mirar atrás. Varios coches llamaron su atención con la bocina, para que se apartara, a Dedé le asustaron y con un respingo, caminó hacia el bordillo.

Entendía perfectamente el enfado de George, era evidente que, todo lo que le había contado, no se lo había creído, pero de alguna forma ella lo necesitaba a su lado, quizás por esa protección que él le había regalado o ese apoyo emocional en todo momento. Habían compartido un tiempo corto, pero Dedé se sentía sola sin él. Su opinión sobre ella se convirtió en importante. Caminó mientras las lágrimas seguían descendiendo por sus rosadas mejillas, sus piernas funcionaban de forma automática hacia la universidad. Eran las doce de la mañana y además de tener un disgusto terrible, su estómago estaba vacío, recordó el sándwich de dos dólares, empaquetado en plástico, que le había comprado George y que dejó en el salpicadero. Tenía que haberlo cogido cuando él arrancó el coche y habérselo comido calladita. Como dice el refrán, en boca cerrada no entran moscas, y en boca ocupada no salen gilipolleces, al menos si se hubiera dedicado a comer aquel bocadillo barato, lleno de buenas intenciones, no hubiera dicho aquella barbaridad y George no se habría enfadado, ni la habría odiado para siempre.

Caminó y caminó dándole mil vueltas a su gran fracaso. Pensó en lo cansada que estaba, ya no solo físicamente, si no mentalmente, sin contar la cantidad exagerada de magulladuras que tenía por todo el cuerpo, como consecuencia de una noche en la cárcel. Le daba reparo ir así por la acera, con la cara como un cuadro y la ropa sucia, sin zapatillas, desgastando sus calcetines contra el asfalto. Cuando llegó a la puerta del recinto, respiró aliviada, aunque ahora lo único que le faltaba es que todos la mirasen tan derrotada, parecía una pobre indigente, sin duda su popularidad se vería afectada. De nuevo su única prioridad volvía a ser su imagen. Llegó hasta la puerta de su dormitorio, no sin antes pasar por gente cotilleando sobre su indumentaria, gente murmurando por los pasillos y algunas risas señaladas con el dedo índice. Respiró otra vez aliviada con más profundidad y sujetó el pomo con la intención de entrar, pero se había olvidado de algo importante, se había olvidado de lo enfadada que estaba con Elisa y de pronto todas esas ganas de partirla la cara volvieron, así que aquel pomo pudo sentir en sus corvadas y plateadas formas toda su ira.

¡Elisa, prepárate, te devolverá por cien su cena en la cárcel!


¿CÓMO ARREGLARÁN LAS COSAS DEDÉ Y ELISA?

¿Y QUÉ PASARÁ CON MARION? ¿LLEGARÁN HARRIS Y HERACLES HASTA KALAMBAKA?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO