CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR


Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían unos pequeños santos como símbolo de protección y bienvenida.

Los dos estaban completamente mojados, la tormenta continuaba con su insistente lucha, necesitaba atraparlos como fuese. Heracles golpeó la puerta tres veces, pero nadie contestó. Ambos miraban hacia el exterior del porche, los rayos caían con más intensidad en las escaleras. Heracles golpeó de nuevo y de nuevo sin contestación.

—¡Abran, por favor! —Gritó Harris impaciente.

—¡Shhh! —Le señaló el semidiós. —No debemos irrumpir en su tranquilidad.

—¡¿Tranquilidad?! ¡Acaso no se dan cuenta de la tormenta que hay aquí fuera! —Contestó el profesor algo molesto.

—Esto es un santuario, lo que significa que está en suelo sagrado. ¡Usted no lo entiende! Tras esta puerta, ellos viven una realidad totalmente distinta.

—¡¿Y qué vamos a hacer, quedarnos aquí plantados mientras el malhumorado de tu padre quiere matarnos?!

—Tenga paciencia, profesor. Ellos deben sentir nuestra presencia, si no nos calmamos, no nos abrirán. Debemos estar en la misma sintonía. —Dijo Heracles intentando tranquilizar a Harris. Se colocó frente a él, cogió sus manos y juntó sus palmas. —Respire, relájese. Olvídese de la tormenta, piense en este lugar como lo que es, un paraíso. La tormenta no es real, no en su mente. Cierre los ojos y respire profundamente.

Harris hizo caso a las indicaciones del semidiós, aunque le costaba olvidarse de aquellos estruendosos sonidos que estaban haciendo añicos las escaleras del porche. Cerró sus ojos y respiró hondo.

—Dígame, ¿qué es lo que oye? —Preguntó Heracles.

—Nada, no oigo nada. —Contestó él encogiendo los hombros.

—Exacto, nada.

El profesor no se dio cuenta, pero el escándalo de la tormenta había cesado.

—¿Eso qué significa? —Preguntó aún con los ojos cerrados.

—Siga escuchando. —Le indicó Heracles.

—¡Oigo pájaros! ¡¡Están cantando!! —Harris abrió sus ojos y lo que antes era un jardín oscurecido por la tempestad, con sus adornos y plantas destrozadas, se convirtió en un bello lugar, lleno de arbustos floridos con mariposas y abejas revoloteando. El sol volvía a brillar e iluminaba aquel pequeño paraíso de árboles frutales y aves multicolor.

No hacía calor, ya no se derretían bajo los treinta grados, ni estaban mojados. El profesor se tocó el cuerpo y el pelo asombrado. Todavía era escéptico ante aquello.

—¡Estoy seco! ¡Estamos secos! —Dijo sorprendido. —¡Ya no hay relámpagos ni lluvia! —Se asomó hacia el límite del porche para apreciar aquel prodigioso jardín. —¡Esto es…! —Se había quedado sin palabras. Con la boca totalmente abierta y maravillado, dio otro paso más hacia las escaleras.

—Profesor… —Heracles lo llamó para que no se alejara.

Harris no atendió a su llamada y avanzó. Justo cuando pisó con su pie el primer escalón, cuando parte de su cuerpo dejó de estar bajo el porche… La tormenta volvió con la misma furia que antes.

—¡¡Profesor, no!! —Gritó Heracles estirando su brazo para tirar de él.

¡Demasiado tarde Heracles! A Harris le atravesó un rayo fulminante desde el pecho hasta los pies. Fue tan rápido que el semidiós no pudo hacer nada. Harris cayó como si le hubieran puesto plomo en las rodillas.

—¡¡¡Profesor!!! —Heracles fue hacia él tan rápido como pudo y antes de que el cuerpo, arrodillado, de Harris se desplomara del todo, lo sujetó por debajo de los brazos y lo arrastró hacia el porche. —¡¡¿Profesor, me oye?!! —Golpeaba su cara inconsciente para despertarlo. —¡¡No puede morir ahora, profesor, por favor!! ¡¡¡Despierte!!! —Le gritó.

Entonces, las puertas del monasterio se abrieron despacio, con su sonido chirriante por la madera envejecida. Tras ellas, una brillante luz se abría camino, iluminándolos a los dos. Heracles, agachado frente al cuerpo sin vida del profesor, miró hacia el interior. La luz se hizo cegadora, se tapó la cara con el brazo para evitarla y en segundos todos se volvió blanco, tan blanco como un destello celestial. Heracles y Harris desaparecieron del porche y las puertas se cerraron de golpe.


Vestida con un mono de trabajo gris, Dedé caminaba en fila india por un pasillo frío, lleno de barrotes laterales, lleno de celdas que guardaban a las peores asesinas del estado. La penitenciaría Coleman, era una de las cárceles de máxima seguridad, allí había pandilleras, asesinas, narcotraficantes, lo mejorcito de cada casa.

Con una sábana y una manta en las manos, Dedé hacía cola para que le asignaran una habitación de cinco estrellas en ese pedazo de hotel. Las vigilantes era bastante brutas, no tenían ningún reparo en dar empujones y en hablar mal a las presas. Viendo aquella actitud, Dedé se dio cuenta de que la estancia no iba a ser nada tranquila.

—¡Dumont! —La vigilante la agarró por el brazo y con un impulso la metió dentro de la siguiente celda. —Esta es la tuya.

Dedé la miró desafiante, cosa que no debió hacer si quería ganarse el corazón de su carcelera. Además, era una mujer enorme, fuerte y con cara de pocos amigos, tenía un carácter agrio, por lo que encontrar su corazón no iba a ser nada fácil. Llevaba un moño repeinado y tenía el pelo amarillo, de ese amarillo pollo que se te queda cuando te tiñes en casa tú misma. Por su mal genio y su pelo se podía saber que no tenía tiempo ni de ir a la peluquería, seguramente por la cantidad de horas extras que echaba en aquel trabajo, lo que derivaba a su agresividad.

—¡¿Tienes algún problema, presa?! —Le dijo la mujer respondiendo al desafio.

—No. —Contestó Dedé seca.

—Bien, por que no querrás buscarte problemas el primer día.

—Ya tengo problemas. —Le dijo ella. La vigilante se echó a reír.

—¿Que ya tienes problemas? Querida, no sabes la que se te viene encima. Aquí vas a ser un caramelito. —Avisó burlona. —Estas son las normas: nada de aparatos electrónicos, nada de armas artesanales y por supuesto, nada de teléfonos móviles. —Dedé hizo un gesto encogiendo sus hombros y elevando las manos, dando a entender de que ella no podría conseguir nada de eso. —¡Te sorprenderá lo fácil que es conseguir,aquí, todas esas cosas! —Le dijo ella.

—¡Carly, despierta, tienes compañía! —La vigilante se acercó a la litera de arriba y dio unos golpes con la mano en la estructura de metal. La chica que ocupaba la cama superior, estaba de espaldas, arrinconada contra la pared. No se movió. —Es algo tímida. —Le explicó a Dedé.

Dedé vió la chapa identificadora que llevaba la vigilante.

—Wilson, ¿cuándo podré hacer una llamada? —Le preguntó.

—¡Oye, niña, para ti soy Sire! Aquí las presas nos llaman así, es una muestro de respeto y miedo. —Se acercó a Dedé con aires de superioridad. —Espero que te acostumbres rápido o acabarás más muerta que la cucarachas de la cocina. —La miró de arriba a abajo con desprecio y se marchó cerrando la “jaula”.

Dedé miró hacia la litera de arriba, pero aquella chica, llamada Carly, no se movió ni un poco. Dejó la sábana y la manta encima de la cama y se sentó. Observó aquel minúsculo cuarto de paredes enladrilladas y blancas, con algunas zonas donde la pintura estaba descascarillada. Solo un retrete, a la vista de todas, solo un escritorio enano y dos taquillas algo oxidadas. Cerró los ojos y respiró hondo, dos lágrimas descendieron por su cara en absoluto silencio.

—La primera noche siempre se llora. Pareces fuerte, te acostumbrarás. —De pronto, la chica de la cama superior, habló y con un impulso, saltó hacia abajo. —Soy Carly. —Le tendió la mano como saludo.

—Yo soy Danielle, pero todos me llaman Dedé. —Ella respondió al saludo.

—Te llamaré Dumont. —Dijo Carly. —¿Cuánto te ha caído?

—Quince años.

—¡Vaya! ¡¿Qué has hecho?! —Preguntó sorprendida. —¡¿Has matado a alguien o qué?! —Dijo riendo.

—Sí, exacto. —Contestó seca. Carly se quedó cortada.

—¡Oh, joder! —Dijo impresionada. —¿A tu novio o algo así?

—No. A mi mejor amiga.

—¡Uf! —Carly estaba algo preocupada por su vida.

—¡Tranquila, soy bastante pacífica! —Dedé no quería que su nueva compañera tuviera miedo de ella.

—Ya, bueno… Tener una mala reputación, aquí, es lo que te permite vivir, así que mientras a mí no me hagas daño, ¡qué más da que crean que eres agresiva! Es lo único que tienes ahora mismo a tu favor. ¡Créeme!

—¿Y tú por qué estás aquí? —Preguntó Dedé.

—Nada importante.

—¿No me lo vas a contar? Yo te lo he contado.

—Robo a mano armada. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—¿Y qué robaste? —Preguntó Dedé curiosa.

—Un bolso de Prada. —Dijo ella.

Dedé la miró y no pudo evitar reírse a carcajadas. Carly se animó un poco más y ya no sintió vergüenza. Ambas reían juntas.

—Vamos a llevarnos bien. —Dijo Dedé entre risas.

—Sí, eso creo. —Contestó Carly.



CAPITULO QUINCE

“LELO”


Entró, como si dejara pasar todo un vendaval al interior de la habitación, tenía tanta rabia dentro que la puerta le sirvió de detonante para sacarla toda. Se esperaba encontrar a Elisa en su escritorio, quizás estudiando, quizás leyendo, se la esperaba con sus cascos, siempre con su música, una manía en la que Dedé nunca reparó, pero que ahora la reconocía como molesta. Se sentía herida, engañada, así que todo lo relacionado con su ex amiga le producía repulsión. Otra opción era que estuviera con alguien, quizás con el agente inmobiliario, quizás con otro chico nuevo, ese tal Luke del que no quería hablar, recordarlo enfadó más a Dedé, siempre se lo contaban todo, ¿y ahora le ocultaba cosas y la traicionaba? Sin duda no era la amiga que ella creía.

Entró, dejando que la puerta rebotase contra la estantería de la pared, haciendo un ruido tan estruendoso que ni sus cascos, con la música al máximo, podrían ignorar. Estaba preparada para escupir todo su enfado a la cara de su compañera, para enfrentarse a ella y romper toda relación. Sabía perfectamente cómo iba a hacerlo. El camino a casa, descalza y golpeada, sola, le había aclarado los pasos a dar, le había dado tiempo de sobra para maquinar una actuación de cine. Le diría lo cabrona que había sido, lo mal que lo había pasado por su culpa y lo dolida que estaba, para rematar, le soltaría todas esas pequeñas cosas que le habían molestado de ella durante estos últimos años y como guinda, para finalizar su gran escena de soberbia, recogería algunas pertenencias en una mochila, con mucho genio, mucho. Le diría la típica frase de “Volveré a por el resto de mis cosas cuando tú no estés”; y se iría dando el mismo portazo con el que entró, pero esperaba que este destrozara del todo la puerta, que se desencajara de sus bisagras.

Entró con todo eso tan bien organizado en su cabeza, pero allí no había nadie. Elisa no estaba, cosa que truncó el discurso tan elaborado que iba a dar. Eso también le molestaba, pues cuando volviera a ver a Elisa no sería lo mismo, el cabreo se disiparía, no del todo, pero ella quería ser un huracán, no un simple viento. Estaba demasiado cansada como para pensar en ello, en parte le alivió ver la habitación vacía y su cama a pocos metros, con las sábanas estiradas y esa almohada que la llamaba a gritos desde el cabecero. Se sentó a los pies de ese mullido colchón, lleno de historias reales, lleno de sueños extraños. Se pensó unos segundos si quitarse la ropa y darse primero una ducha, sí, era lo mejor…, pero su cuerpo era atraído hacia atrás como si la cama tuviese un potente imán, así que se dejó llevar.

Con los pies colgando y su cabeza apenas rozando la almohada, Dedé cerró sus ojos en el mismo instante en que su espalda se reposó en aquellas sábanas con olor a suavizante de océano. Fue tan placentero… cogió aire por la nariz, llenando sus pulmones de descanso, de sueño; y se durmió del todo. Dicen que cuando nuestro cuerpo está demasiado cansado, nuestro subconsciente se encarga de regenerarlo con bonitos sueños que por desgracia no recordamos al despertarnos, la mente humana es increíble y sabia.

Dedé empezó su sueño con un recuerdo, un recuerdo precioso de cuando ella era pequeña, la pequeña Danielle de cuatro años. Había olvidado ese momento y su subconsciente se lo devolvió. Mientras estaba allí tumbada, soñando, sonreía al verse en aquella época.

Caminaba por un campo, entre hierbas altas, secas y amarillentas, mezcladas con flores silvestres de color morado y rojo, que le llegaban por las rodillas. Con su vestido blanco de lazos, rozaba aquellas espigas de sol con delicadeza, sus manos acariciaban las flores y por su nariz entraban los olores de aquella encantadora pradera. Olores a flor, a pinos, a mañana. Alguien la llamaba en la lejanía, saludaba levantando el brazo, oscilando la mano de un lado a otro con suavidad. Era su abuelo. Allí de pie, esperaba a su pequeña Danielle.

La pequeña Danielle de los sueños, recibió la llamada de su abuelo, devolviendo el saludo, vio que llevaba una cesta en su otra mano, así que era época de recoger setas en el bosque. A Dedé le encantaba recoger setas con su querido abuelo. Corrió hacia él como si el árbol de navidad esperase al final del camino, repleto de regalos. Corrió dejando atrás aquella hermosa vista de espigas doradas y flores silvestres, corrió abriendo sus brazos para acariciarlos por última vez, era un saludo o un adiós, un hasta pronto naturaleza, gracias por esta soleada mañana. Y al fin llegó hasta su abuelo, de pie en el camino que llevaba al bosque. Él la recibió con un gran abrazo, de esos que cuando eres pequeña te levantan en volandas. Dedé se sintió en casa, de nuevo en su hogar. Recordó cómo olía su abuelo, a leña y carbón, a fuego encendido y a pinos, sobre todo a pinos, también le gustó. Su abuelo era una hombre corpulento, fuerte y alto, como los árboles a los que él tanto amaba. A Dedé siempre le había apenado no haber heredado rasgos suyos, ni siquiera el color de sus ojos, los suyos eran tan azules como el cielo, pero los de su abuelo eran especiales, eran verdes y eran amarillos, eran grises y eran azules, ella lo llamaba magia.

—¡Cuando sea mayor, tendré tus ojos “lelo”! —Aseguró la pequeña Danielle.

—¿Por qué, hija? ¡Los tuyos son muy bonitos! —Le respondió el abuelo con cariño.

—¡Por que tú eres un mago! —Dijo expresándose con las manos.

—¡¿Yo soy un mago?! —Se sorprendió él.

—¡Claro! Tú cambias el color de tus ojos a cada hora del día, ¡eso es magia “lelo”! —Contestó la pequeña emocionada.

—Yo no soy el mago Dani, el mago es el sol. Él es quien me los cambia a su antojo.

—Pues yo creo que no, creo que eres tú quién lo hace. —Dijo ella resuelta. Tiró de la manga de su camisa hacia abajo, haciendo que su abuelo se doblase para estar a su altura. Puso sus manos en sus mejillas llenas de barba esponjosa y con la cara muy seria le dijo: —No te preocupes “lelito”, no le diré a nadie que eres un mago. —Después besó su enorme nariz rosada llena de entrañables manchas de edad.

—¡Gracias princesa! —Le contestó él embobado.

Cuando Danielle era pequeña, se pasaba todos los veranos y gran parte de los fines de semana del resto del año, en casa de sus abuelos en el campo. Adoraba los animales, los bosques, la granja. Le encantaba corretear de un lado para otro sin preocupaciones, ni normas, ni siquiera horarios, levantarse con el cacareo del gallo y ayudar a su abuela con el ordeño de las vacas. Quedarse dormida a la luz de un fuego mientras su abuelo contaba las historias de batallas, piratas y príncipes, doncellas y dragones llenaban el lienzo de su mente. Después llegó la adolescencia, los nuevos amigos, las responsabilidades, las citas de cine el sábado y el pintauñas y el rimel con sus amigas el domingo. Ir al campo ya no era “chachi”, pasar tiempo con ellos ya no era guay, no era de una chica moderna. Así que se alejó de todo aquello, olvidándose de las setas, los pinos, las flores silvestres y las espigas doradas, las sensaciones de paz, los olores a verano y los abrazos en volandas. Ya no había cuentos, ya no había esponjosas barbas.

Su abuelo falleció una mañana de Enero. Danielle por aquel entonces tenía unos diecisiete años. En cuanto salió por la puerta del instituto y vio a su madre esperándola fuera del coche, lo supo. Supo que una parte muy imprescindible de su vida había desaparecido, que había perdido a alguien a quién amaba tanto, a alguien a quien había abandonado. Se sintió sola en el mundo cuando su madre le dijo que ya no estaba, se sintió arrepentida por no haber continuado sus visitas como cuando era pequeña. Le dolió, tanto que sintió cómo su adolescente corazón se partía en mil pedazos, no por un primer amor, no por un desengaño, todos los pedazos eran de su “Lelo”.

Pero ahora en sus sueños tenía de nuevo cuatro años y quería disfrutar de él como no lo había hecho antes. Se agarró fuerte a la mano áspera y endurecida de su amado abuelo y dando pequeños saltos de energía se adentraron entre los pinos.

—¡Lelo!

—Dime hija.

—¿Cuántas setas crees que recogeremos hoy? —Preguntó la pequeña Danielle.

—No lo sé, Dani. ¿Tú cuántas crees? —Respondió cariñoso.

—Pues yo creo que tantas que la abuela dará un brinco así de grande. —Danielle saltó tan alto como pudo, sin soltarse de la mano de su abuelo.

—Pero princesa, tu no has venido a recoger setas. —Dijo él.

—¡Sí! Tú llevas la cesta y vamos juntos, ¿no lo ves? —Contestó ella corrigiendole.

Su abuelo se paró en medio de un pequeño claro que había en el bosque, miró hacia arriba, donde los rayos de luz atravesaban las ramas, donde el cielo se abría y se veía perfectamente su intenso color. Cerró los ojos y respiró hondo.

—¿Lo hueles, Danielle? —Preguntó él. Danielle lo miraba sin contestar. —¿Hueles el destino?

—¿Qué haces “lelo”? —Preguntó la pequeña asombrada.

Su abuelo abrió los ojos de nuevo y la miró. Estaba serio, muy serio.

—¡Despierta hija! ¡Debes despertar!

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! Yo quiero quedarme aquí contigo. —La pequeña Danielle sollozaba.

—¡Mírame Danielle! ¡Ya no tienes cuatro años, yo no soy real! Danielle, tengo que irme, pero antes debes despertar y correr. ¡Corre como cuando corrías por estos campos, corre sin mirar atrás, hija! —Dijo él con preocupación.

Dedé estaba confusa. La niña que agarraba la mano de su abuelo, ya no era la Danielle de cuatro años, si no ella. No entendía qué quería decir su “lelo” con que corriera.

—¡Quiero quedarme aquí contigo! Solo un ratito más. —Suplicó.

—No puedes, te encontrará. Debes salir de tus sueños y salvarlos.

—¿Salvar a quién? ¿Quién me encontrará? —Preguntó acelerada.

—Debo irme princesa, no debo estar aquí. ¡Tú solo sálvalos, sálvalos de él y corre! —La sujetaba por los hombros con fuerza. Su esencia se evaporaba, desaparecía por momentos.

—¡Espera! ¡No, no, no te vallas “lelo”! —Ella se sujetaba a sus brazos para que no se fuera. Se sujetaba con fuerza. — ¡Dime a quién tengo que salvar!

Su abuelo miró aterrorizado hacia el final del bosque, como si allí hubiera alguien. —Solo tienes que escuchar Dani. —Posó su mano en el pecho de Dedé. —Escucha a tu corazón. —Miró por última vez a su querida nieta, la besó en la frente y desapareció.

Dedé se quedó helada, allí de pie, frente a lo que había sido su abuelo y se convirtió en simple aire que respirar. Miró hacia el final del bosque, buscando una respuesta, algo que la indicara a qué se refería él sobre ¡Sálvalos y corre!

—Escucha a tu corazón, escucha a tu corazón. —Se repitió cerrando los ojos. Y de pronto lo oyó.

—¡Ayúdame Danielle, ayúdame! —Esa voz ya la había oído antes, le resultaba muy familiar. —¡Sácame de aquí por favor!

Dedé se lo pensó unos segundos y entonces la reconoció. Sin duda era:

—¡¡Marion!! —Se sobresaltó. —¿¡Marion dónde estás!?

—¡Danielle, sácame de aquí por favor! ¡Tienes que sacarme de aquí! —La oía, pero no la veía.

Dedé daba vueltas y más vueltas entre esos grandes pinos, entre las luces de la mañana y las setas que pisaba. Rebuscaba con la mirada, una y otra vez, para encontrar el rostro de Marion. La voz seguía pidiendo auxilio, se repetía constantemente, se repetía, se repetía sin cesar. Era muy molesto, se metían en su mente las frases de socorro de Marion, le penetraban y retumbaban en sus oídos. Todo le daba vueltas y más vueltas. Dedé se sujetó la cabeza con fuerza y se agachó. El corazón le latía con potencia, se le iba a salir del pecho. Respiraba fuerte, intenso, quería que aquello parara, pero Marion seguía y seguía y cada vez con más brío gritaba.

—¡Ayúdame, ayúdame! ¡Sácame de aquí, ayúdame!

Dedé no pudo más y entonces gritó.

—¡¡¡Basta ya!!!

Y en la cama se despertó.

MAÑANA CAPÍTULO 16

¡HASTA MAÑANA MIS DÉLFICOS!

CAPITULO CATORCE

MEGALO METEORO


Mientras Dedé retorcía aquel pomo de la puerta, con ganas de pelea y se planteaba una seria discusión con Elisa, nuestros héroes y valientes, Harris y Heracles se adentraban en el pueblo de Kalambaka. La temperatura en aquella zona era de unos treinta grados, algo muy inusual, puesto que su clima siempre estaba bastante equilibrado, no solían superar los veinte grados en plena primavera. Heracles salió del tren cuando las puertas se abrieron, Harris seguía sus pasos sin perderle de vista, con el miedo por mochila, no estaba del todo mentalizado para enfrentarse a otro ser tan horrible como la Drinfa.

—¡Oh, oh! —Exclamó el semidios mirando hacia el cielo.

—Oh, oh, ¿qué? —Preguntó Harris temeroso.

—Hace demasiado calor aquí. —Contestó misterioso.

—¿Y? ¿Cuál es le problema? ¿Eso interfiere en tus poderes? ¿Estamos en peligro? ¡¿Se acerca el fin del mundo?! —Harris disparaba preguntas como balas. Estaba muy nervioso.

—¡Eh, eh, tranquilo profesor! —Le dijo apretando sus hombros. —Respire hondo. —Ambos respiraron al unísono. —Usted está conmigo, no le pasará nada, ¿de acuerdo? Yo no voy a permitirlo. —Le calmó y con una sonrisa final, perfecta y pícara, hizo que Harris relajara su cuerpo. —Así me gusta profesor. —Dio un “golpecito” a Harris en el hombro, que de nuevo lo descompuso y siguió andando mientras se explicaba. —La temperatura elevada solo significa una cosa. —Se detuvo con aires de grandeza y se giró para mirar al profesor que le seguía como si llevara un remolque. —Hay demasiada concentración de seres aquí, los que seguramente nos estén buscando para arrancarnos el libro de nuestras manos muertas. —Los ojos del profesor se abrieron como ventanas al infinito. —¡Estaremos preparados! —De nuevo colocó sus brazos en las caderas y sacó pecho, como si posara para la portada de una revista. —¡No podrán con nosotros!

Harris lo contempló anonadado, desde luego era un semidiós en toda regla, algo ególatra y dramático, no dudaba de su fuerza, eso era evidente, lo que más temía de él era su falta de inteligencia y sus ansias de aparentar heroísmo. Harris negó con la cabeza.

—Hable por usted, yo estoy acojonado. —Siguió caminando hacia la salida de la estación. Heracles le siguió apresurando sus pasos.

—Profesor, ¡no me diga que le tiene miedo a las hadas de la naturaleza! ¡Son insignificantes!

—¿Insignificantes? Te recuerdo que una casi me mata, y no era lo que digamos un hada de esas que salen en los cuentos infantiles.

—Eso es porque los humanos os creéis todo lo que os cuentan otros humanos, con algo de imaginación.

Salieron hacia el exterior. Frente a ellos había una carretera principal que atravesaba en horizontal y otra calle que subía hacia arriba en perpendicular, donde al final se podían divisar las montañas de Meteora. Ya desde allí la inmensa montaña, formada por grandes rocas, te hacía sentir que eras diminuto en el mundo. Era un pueblo pequeño, con poco movimiento de gente, quizás el calor había hecho que los habitantes se quedaran en sus casas. Predominaba el color níveo, las casas estaban hechas con un blanco impoluto y con unas tejas anaranjadas, aunque con el paso de los años algunas se habían ido tiñendo de marrón. Aparentemente todo estaba tranquilo, con poco tráfico y poca circulación peatonal, pero los grados seguían subiendo y como muy bien había dicho Heracles, la temperatura normal de Kalambaka era de veinte grados.

—Debemos encontrar una guarida donde establecerse para esta noche. —Dijo Heracles con voz de mandato.

—¡Si todavía son las tres de la tarde!

—Cierto. Demasiado tarde. —Heracles fruncía el ceño mientras vigilaba todo a su alrededor.

—Podemos coger un autobús. —Harris sacó una pequeña guía del bolsillo interior de su chaqueta. —Creo que por aquí pasa uno que nos lleva hasta el camino hacia el monasterio.

—¿Esas monstruosidades de cuatro ruedas que tienen forma de pepino? —Preguntó Heracles.

—Sí, creo que sí. —Harris estaba sorprendido por su falta de vocabulario.

—¿Esos extraños cacharros que siempre van repletos de humanos?

—¡Sí! —Exclamó Harris con pesadez. —Se llaman autobuses.

—Profesor… —Heracles se acercó a él. —¿Quiere usted que nada más llegar nos ataquen veinte Drinfas dentro de ese autobús? —Hizo una pausa sin dejar de mirar fijamente a Harris. —No, ya veo que no. —Se apartó y se adelantó unos pasos observándolo todo.

—Bueno, creo que también podemos alquilar un coche. —Harris volvió a revisar la guía. —En la guía pone que hay varias empresas por aquí cerca.

Heracles se acercó y le arrancó el libro de entre sus manos. Le echó un vistazo poco convencido y después miró a Harris algo enfadado.

—Profesor, debemos ser cautos. ¿Quiere ir a una de esas empresas que usted dice y que nos atienda otra Drinfa? ¿O que una legión entera nos esté esperando?

—No, claro que no. —Harris se echó hacia atrás y tragó saliva con dificultad, no quería otro empujón amistoso del semidiós. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo penetrantes que podían ser aquellos ojos tan azules, ni de lo persuasivo que podía ser, con solo lucir aquel prominente cuello tan cerca de él.

—Bien, entonces lo haremos a mi manera. —Se separó una vez más de Harris. —Además, los priores verán en nuestros pies descalzos la falta de respeto.

—¿Qué quieres decir con pies descalzos?

—Para que el gran Abad nos reciba en el último monasterio, debemos hacer una ofrenda de sacrificio. Lo que significa que debemos hacer la senda descalzos.

—¡¿Hasta allí arriba?! —Harris señaló con el dedo hacia dónde se encontraba la montaña.

—Exactamente. —Heracles miró aquella gigantesca roca con emoción. —Hay seis monasterios a los que debemos asistir y demostrar respeto. En cada uno de ellos viven grandes sabios. Deberemos presentarnos como humildes servidores y superar sus encomiendas.

—¡¿Nos harán pruebas?! —Al profesor empezaba a superarle todo aquello.

—¿Qué esperaba? ¿Llegar allí, saludar, sacar a su alumna y partir tan tranquilos?

—¡¿No te parece suficiente el hecho de que nos persigan seres que quieren matarme?! —Protestó él.

Heracles miró a Harris como a un pequeño cervatillo, como si delante de él tuviera a un precioso gatito haciendo monerías; y empezó a soltar carcajadas. —Es usted muy gracioso profesor.

Harris lo miró boquiabierto, sin comprender qué era lo que le había hecho tanta gracia.

—Sigamos, busquemos un lugar de cobijo para esta noche. La caminata debe hacerse al alba. —Caminó hacia adelante sin un rumbo fijo, dirigido solo por su instinto, como si el viento le fuera a indicar la dirección.

—Creo que en esa guía… —Harris señaló, con ironía, la mano de Heracles que aún portaba el libro que le había arrancado antes con determinación. —…podremos encontrar más rápido un “cobijo” como tú lo llamas. —Con orgullo, Heracles le lanzó la guía a Harris que la recibió con algo de dificultad.

Después de dar algunas vueltas por el precioso pueblo de Kalambaka, llegaron al Kiakis Hotel. En la recepción, una mujer, pequeña y mayor, esperaba sonriente para atenderles. Harris se acercó al extraño mostrador fabricado con madera y granito. Era alargado, grotesco y bastante alto, lo que le dejaba poca visibilidad a la bajita recepcionista, la cual asomaba la cabeza estirando su cuello al máximo.

—¡Buenas tardes, señora! —Saludó el profesor con educación. La mujer continuaba sonriendo e hizo un gesto de aprobación con la cabeza, lo que le indicó a Harris que posiblemente no entendiera su idioma. —Queríamos una habitación, si es usted tan amable. —De nuevo movía la cabeza de arriba a abajo, siempre sonriente. —¿Habla usted mi idioma? —Preguntó él vocalizando todo lo posible. —Y otra vez el gesto de aprobación y la sonrisa inquebrantable. Heracles se acercó al profesor.

—Creo que esta anciana no se está enterando de nada profesor. —Le dijo susurrándole al oído.

—Si, ya me he dado cuenta. —Contestó picajoso. —¡¡Señora, nosotros, americanos!! ¡¡Nosotros, queremos, habitación!! —Harris se esforzaba alzando la voz y haciendo señas con las manos.

—¡Profesor, no creo que sea sorda! —Se burló Heracles. Harris le miró de reojo.

—¡Ya lo sé, puedes intentarlo tú si quieres! —Harris se apartó haciéndole un gesto para que él probara.

Heracles se acercó al mostrador e inclinando su torso superior hasta la señora, le dijo algunas frases casi inaudibles. El profesor miraba con curiosidad. Acto seguido, la señora puso su mano en el rostro del semidiós con mucho cariño, sonrió más todavía y se giró para coger una llave en la pared de atrás. Se la entregó a Heracles entre las manos y se las apretó, siempre sonriente. Heracles se lo agradeció con una pequeña reverencia. Harris los miraba atónito.

—¿Qué le has hecho? ¿Has utilizado alguno de tus poderes con ella? —Preguntó cotilla.

—No, que va. Le pedí una habitación y ella me la dio. —Contestó él con pasotismo. Le enseñó las llaves a Harris y las meneó en el aire para indicarle que debían guarecerse pronto.

Ambos subieron a la habitación. Harris fue directo al balcón. Unas altas ventanas con contraventanas de madera blanca, dejaban entrar aquella luminosidad de una tarde de primavera, aunque al abrirlas, notó rápidamente los veintiocho grados en su rostro, pero no le importó. La sensación de calor y todo el miedo que sentía por lo que iba a pasar, se desvanecieron al ver aquella increíble vista de las montañas rocosas de Kalambaka. Meteora era inmensa, inmensa hasta tocar las escasas nubes que cubrían su cumbre, parecía que los divinos ancestros las habían colocado allí de manera estratégica. En lo alto, se divisaban los seis monasterios que visitarían al día siguiente, al recordar las diferentes pruebas que debían pasar, se puso nervioso. Él no era un hombre de acción, era un hombre de libros, pergaminos, excavaciones, todo muy tranquilo y relajado. ¿Qué podría ofrecer él a los Priores? ¡Él no tenía nada de especial! A parte de la nueva noticia de que uno de sus mejores amigos era Prometeo, de que casi le mata una Drinfa y de que lleva a Heracles como escolta, sin olvidar que porta un libro sumamente peligroso, que tiene como rehén el alma de su alumna. Le dio varias vueltas a todo aquello, mientras respiraba el aire puro que descendía de las inmensas montañas rocosas.

—Tendrá que ser suficiente… —Murmuró apenado para sí mismo.

Cogió la guía con calma y con la misma calma, apartó la silla de forja negra de la mesa de desayuno del balcón. Antes de sentarse, miró hacia el interior de la habitación. Heracles ya asomaba los primeros ronquidos de un largo descanso. Su primera acción había sido espatarrarse en aquella cama de dos metros. Harris pensó en lo cansado que debía de estar tras haber venido desde tan lejos. Lo miró unos segundos y después se sentó. Con guía en mano, decidió estudiar aquella misteriosa ciudad hasta la última página. Y empezaría por los seis monasterios. Así comenzó.

—Los seis monasterios de Meteora son: Agios Stefanos, Agia Trias, Agios Nikolaos, Roussanou, Varlaam y… —Se detuvo un instante. —…Megalo Meteoro. —Miró hacia la montaña. —Allí te sacaremos Marion. ¡Aguanta, vamos a por ti!


A TODOS MIS DÉLFICOS

He estado algo malita esta semana y no he podido escribir todo lo que yo quisiera, sigo estando algo pachucha, pero intentaré subir todos los capítulos que me sean posibles. ¡No voy a dejaros sin las aventuras de Dedé!

CAPITULO TRECE

BISAGRAS OXIDADAS


Volvió a sentir en su nariz aquel olor a cereal recién cortado, a hierba seca y a maíz, incluso en las papilas gustativas de su lengua pudo percibir que había regresado de aquel llameante viaje. A Dedé le costó coger aire de nuevo, su pecho estaba oprimido por el calor de aquellas llamas, respiraba agitada, nerviosa, sus rodillas se meneaban sin control haciéndole perder toda la fuerza de sus piernas. Estaba de nuevo sentada en aquella destartalada camioneta. En sus manos todavía tenía aquella cadena, apretaba con fuerza aquel corazón partido, aún caliente. Intentó recomponerse al ver que George volvía hacia el coche. Sonriente y con aires de ganador, George estaba feliz por poder llevar a Dedé al hospital. Abrió la puerta con dificultad, las bisagras oxidadas hicieron un ruido molesto que asustó a Dedé más de lo que ya estaba. De un brinco, George se sentó en el asiento.

—Te he traído algo para comer, sé que en la comisaría no dan lo que se dice manjares. Estarás hambrienta. —Miró a Dedé y se dio cuenta de que algo pasaba. —¿Te encuentras bien? ¡Estás muy pálida! —Vio que sus piernas no dejaban de moverse, tiritaban como si una ola de frío la hubiera recorrido entera. La cadena de su madre sobresalía entre sus dedos. George miró su retrovisor buscándola, pero allí no estaba. De nuevo, miró las manos de Dedé sin comprender. —Hum… Ese es el colgante de… —

—De tu madre, Roxanne… —Le cortó ella.

—Sí… ¿Cómo…?

—¿Qué cómo lo sé? —Le cortó sin dejar que terminara la pregunta. Ella lo miró fijamente, con los ojos vidriosos a punto de estallar. Se encogió de hombros y miró sus manos que guardaban, bien apretadas, aquel recuerdo. Puso su desconsolada mirada azul en George de nuevo, con enormes lágrimas de terror. —¡No lo sé! ¡No sé qué me está pasando! —Se derrumbó.

—¡Eh, tranquila! —George se acercó despacio a ella, posando sus manos en sus hombros para intentar reconfortarla. —¿Qué sucede? Puedes contármelo.

—No, no puedo… — Dijo agachando la cabeza. —Últimamente me están pasando cosas extrañas y no consigo entender el por qué. Creo que me estoy volviendo loca.

—No digas eso, seguro que, lo que sea que te esté pasando, tiene alguna explicación. A mí puedes contármelo. —Acercó más su postura hacia ella, quería demostrarle confianza.

—No lo entenderías. —Dijo Dedé mirándolo suplicante.

—Prueba.

Dedé cogió aire, llenó sus pulmones de oxígeno y de valor para poder soltar las frases correctas, sin saber la reacción de aquel nuevo amigo, se aventuró. Si no le creía, no perdía realmente nada, si le creía, tendría un apoyo muy necesario. Así que comenzó por el principio, con el primer sueño, el primer viaje. La muerte de Mike se la detalló con pelos y señales, continuó con el anillo, con la magia que desprendía de él. Después le contó la existencia de un libro extraño, un libro al que le brillaban las letras grabadas de su portada. George abría sus ojos atónito, a medida que Dedé avanzaba en su historia, él solo podía alucinar más a cada segundo. Para terminar le contó lo que había pasado en el bosque cuando Elisa la había llamado pidiendo ayuda, lo de aquel hombre extraño con la cara de Mike, el Mike que había muerto en sus sueños.

—¡Espera! —George la detuvo. —¿Estás diciendo que el chaval que viste en tus sueños y que se supone que estaba muerto, se te apareció en el bosque? —Preguntó incrédulo.

—Sí. —Contestó Dedé con decisión. Continuó. —Me dijo algo así como que yo era su… pita o su pitia… no sé, no lo recuerdo muy bien.

—Ya… entiendo. —La cara sorprendida de George se convertía en decepción. Desde el primer momento en que vio a Dedé, supo que se enamoraría de ella. Ahora, aquella chica, había perdido totalmente la cabeza.

—¡Sé que no me crees! —Contestó Dedé. George arqueó sus cejas y ladeó la cabeza hacia un lado. —Sé que es difícil de creer, por eso te digo que me estoy volviendo loca.

—¡No digas eso! —Él posó su mano en las de ella, que se entrelazaban en su regazo con fuerza. —Estoy seguro de que hay una explicación para todo eso. Es posible que hayas pasado mucho estrés últimamente o que no hayas descansado bien. Creo que lo que necesitas es dormir un poco. ¡Ya verás cómo mañana todo lo ves de otra manera! —Exclamó positivo.

—Claro… —Contestó poco convencida, entornando sus ojos. Abrió sus manos y miró el corazón. Pensó, durante unos segundos, en si contarle o no a George lo que había vivido con su madre. Contarle lo del accidente.

—Si no quieres ir al hospital, puedo acercarte a tu residencia para que descanses, pero mañana deberías ir para que te miren esos golpes.—Dedé asintió con tristeza. George la miró con compasión una última vez y giró las llaves del contacto para arrancar aquella sonora y vieja camioneta. Salió de la gasolinera haciendo un giro y se incorporó a la carretera.

—George.

—Dime. —Contestó él sin perder de vista el camino.

Dedé colocó muy despacio el colgante donde estaba, lo dejó con mucho cariño por detrás del espejo retrovisor. Lo miró unos segundos con nostalgia y de nuevo se fijó en su nuevo amigo granjero.

—¿Cómo conseguiste el colgante? —Preguntó ella.

—Como tú bien has dicho, era de mi madre. —Dijo algo incómodo.

—Sí, lo sé, ¿pero cómo? ¿Quién te lo dio? —Dedé estaba haciendo preguntas extrañas para él.

—¿Qué quieres decir? —La miró por un segundo, nervioso. Se le notaba que no quería hablar del tema. Mirando de nuevo hacia la carretera contestó. —Mi madre murió en un accidente cuando yo era pequeño y alguien de la policía se lo entregó a mi padre. Para consolarme, él me lo dio a mí.

—Pero tu madre murió abrasada en una explosión, ¿cómo es posible que el collar sobreviviera a aquel incendio?

George frenó la camioneta en seco, lo que hizo que Dedé casi se estampara contra el salpicadero. Fue un frenazo violento, un frenazo enfadado. Los coches que circulaban detrás le pitaron, lo adelantaron gritándole por la ventanilla, sacando su puño hacia fuera. La camioneta continuaba parada en plena circulación y él seguía sujeto al volante respirando con rapidez, mirando hacia delante, quieto, muy quieto. Dedé lo miró tímida, nerviosa. George no dijo ni una palabra durante varios segundos, unos instantes que parecieron interminables para ella.

—¿George? —Dijo ella en un intento por que reaccionara.

—¿Cómo sabes tú eso? —Estaba tan dolido que ni siquiera podía mirarla a la cara.

—Yo…

—¡¿Es algún tipo de broma macabra?! —La miró lleno de ira. —¡¿No has tenido suficiente?!

—¡¿Qué?! ¿A qué te refieres?

—¿Con quién has hecho la apuesta? ¿Con tus colegas de la universidad? —Estaba muy alterado. Dedé lo miraba asustada. —¿Pensasteis que sería divertido reírse del policía novato?

—¡Pero qué estás diciendo! ¡George no es ninguna broma, te lo juro! —En su voz se notaba su desesperación por ser creída.

—Sabes, no es muy difícil saber mi pasado, solo tienes que entrar en el registro o en la hemeroteca para saber sobre la vida de alguien, ¡Felicidades Danielle Dumont, has cumplido tu apuesta! ¡Puedes decirles a tus amigos que conseguiste tu propósito!

—¡No, George, no es lo que crees! —Ella intentó acercarse a él.

—¡Bájate de mi coche! —Contestó cortante.

—¿Qué? ¡No, George, en serio! —Dedé posó su mano en el brazo de su amigo. Él la apartó haciendo un gesto brusco.

—¡He dicho que te bajes de mi coche! —Estaba realmente enfadado. Decepcionado.

Dedé se bajó despacio, con lágrimas en los ojos, cerró la puerta chirriante y George arrancó haciendo sonar aquella destartalada camioneta, como si se fuera a partir en mil pedazos, casi como se sentía Dedé en aquel momento, destrozada. Ella vio cómo él se iba y la dejaba allí de pie, en medio de la carretera, sin mirar atrás. Varios coches llamaron su atención con la bocina, para que se apartara, a Dedé le asustaron y con un respingo, caminó hacia el bordillo.

Entendía perfectamente el enfado de George, era evidente que, todo lo que le había contado, no se lo había creído, pero de alguna forma ella lo necesitaba a su lado, quizás por esa protección que él le había regalado o ese apoyo emocional en todo momento. Habían compartido un tiempo corto, pero Dedé se sentía sola sin él. Su opinión sobre ella se convirtió en importante. Caminó mientras las lágrimas seguían descendiendo por sus rosadas mejillas, sus piernas funcionaban de forma automática hacia la universidad. Eran las doce de la mañana y además de tener un disgusto terrible, su estómago estaba vacío, recordó el sándwich de dos dólares, empaquetado en plástico, que le había comprado George y que dejó en el salpicadero. Tenía que haberlo cogido cuando él arrancó el coche y habérselo comido calladita. Como dice el refrán, en boca cerrada no entran moscas, y en boca ocupada no salen gilipolleces, al menos si se hubiera dedicado a comer aquel bocadillo barato, lleno de buenas intenciones, no hubiera dicho aquella barbaridad y George no se habría enfadado, ni la habría odiado para siempre.

Caminó y caminó dándole mil vueltas a su gran fracaso. Pensó en lo cansada que estaba, ya no solo físicamente, si no mentalmente, sin contar la cantidad exagerada de magulladuras que tenía por todo el cuerpo, como consecuencia de una noche en la cárcel. Le daba reparo ir así por la acera, con la cara como un cuadro y la ropa sucia, sin zapatillas, desgastando sus calcetines contra el asfalto. Cuando llegó a la puerta del recinto, respiró aliviada, aunque ahora lo único que le faltaba es que todos la mirasen tan derrotada, parecía una pobre indigente, sin duda su popularidad se vería afectada. De nuevo su única prioridad volvía a ser su imagen. Llegó hasta la puerta de su dormitorio, no sin antes pasar por gente cotilleando sobre su indumentaria, gente murmurando por los pasillos y algunas risas señaladas con el dedo índice. Respiró otra vez aliviada con más profundidad y sujetó el pomo con la intención de entrar, pero se había olvidado de algo importante, se había olvidado de lo enfadada que estaba con Elisa y de pronto todas esas ganas de partirla la cara volvieron, así que aquel pomo pudo sentir en sus corvadas y plateadas formas toda su ira.

¡Elisa, prepárate, te devolverá por cien su cena en la cárcel!


¿CÓMO ARREGLARÁN LAS COSAS DEDÉ Y ELISA?

¿Y QUÉ PASARÁ CON MARION? ¿LLEGARÁN HARRIS Y HERACLES HASTA KALAMBAKA?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO

RODAS

LA ISLA DE RODAS (Ρóδος)

Es la isla más grande del archipiélago griego del mar Egeo. Famosa por sus playas, su historia antigua y sus ruinas. Una cordillera montañosa la atraviesa de norte a sur, dónde el pico más alto se llama Ataviros (1215 msnm). Se le otorgaron innumerables nombres que fueron cambiando a lo largo de los años:

Ofiusa (Οφιουσσα): Por la abundancia de serpientes que al parecer tenía la isla.

Olesa (Ολóεσσα): Que significa perniciosa o mortal, quizá por el mismo motivo de las serpientes.

Asteria (Αστερíα): Porque brillaba como un astro por su belleza y por el predominio del tiempo soleado la mayor parte del año.

Trinacria (Τρινακρíα): Porque posee tres promontorios como Sicilia.

Atabiria (Αταβυρíα): En referencia a su más alta montaña (el monte Atabiris o Atabirion, actualmente Attaviros, 1.215 metros), o al nombre de su más antiguo y legendario rey.

Macaria (Μακαρíα): Porque según la tradición es una isla afortunada como Chipre y Lesbos

Wikipedia

LEYENDAS

Ponto fue engendrado por Gea (Creadora de la Tierra) y Urano (hermano de Ponto), aunque hay quien dice que Gea lo engendró sola. Los hijos de Ponto fueron los nueve Telquines; y los primeros en poblar esta isla. Tenían cabeza de perro y aletas de pez, asemejándose a una foca. Fueron expulsados por Zeus, que les envió un diluvio por hacer conjuros prohibidos con el agua de Estigia (río límite que separa la tierra del mundo de los muertos). Criaron y educaron a Poseidón, también lo armaron con un tridente y una hoz. Después la isla fue ocupada por Helios, Titán del sol, que contrajo nupcias con Rodo o Rhoda (ninfa marina, hija de Poseidón) la cual le dio posteriormente el nombre a la isla. Con ellos convivían también los Gigantes, pero en otra zona de la isla. Los Gigantes deseaban la dominación del cosmos y la destrucción de los Titanes.

Otra leyenda, es que Zeus regaló la isla a Helios y Rhoda como ofrenda de boda. Desde entonces se consideraba a los habitantes de la isla como los hijos del sol. De ahí la gigantesca estatua llamada El coloso de Rodas, construida por los habitantes en honor a su dios Helios.

El coloso

Restos del Coloso

Antigua representación


Rodas es considerada Patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Es la ciudad mejor fortificada y conservada de Europa, con torres y bastiones y una muralla de 4 km de longitud, con calles totalmente peatonales.

¿Qué visitar en Rodas?

El museo arqueológico de Rodas contiene objetos del medievo, encontrados en las islas que forman el Dodecaneso. La calle de los Caballeros donde encontrarás diferentes posadas procedentes de diferentes países, la posada de la lengua de Inglaterra, la de Francia… El museo de arte bizantino con su arquitectura característica de esa época, muy bien conservado. La Torre del Reloj Roloi, un mirador donde podrás apreciar la ciudad desde arriba. Las iglesias de Agia Triada y Agia Aikaterini. El Palacio del Gran Maestre de los Caballeros de Rodas, castillo que conserva todavía los suelos de mosaico y los aposentos del Gran Maestre. Fue edificado por los caballeros, dentro guardan un museo con toda la historia de Rodas. Por desgracia varios enseres se destruyeron tras una explosión accidental por culpa de ciertas municiones en 1856. Lindos, un pueblo alejado de las murallas, a una hora del centro, un lugar lleno de historia arqueológica y preciosas vistas compuestas por las maravillosas casas blancas, en la ladera de su colina, desde su cima podrás apreciar las vistas del pueblo y el mar. Un pueblo con encanto, lleno de vida juvenil, tiendas de souvenirs y baja contaminación ambiental, puesto que no se permite circular con el coche. La montaña de Lindo está formada esencialmente de roca de unos 116 msnm, rodeada de murallas construidas por los caballeros en la Edad Media. Entre los restos se encuentran un antiguo teatro y rastros del Templo de Atenea. El Valle de las Mariposas, está al norte de la isla y en él se convergen cientos de mariposas que cubren los follajes de los árboles durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre. Tiempo de apareamiento para estos animales voladores tan preciosos. ¡Una experiencia única que merece la pena ver! En el mismo valle encontrarás un Museo de Historia Natural. Para poder visitar este increíble Valle de las Mariposas, es obligatorio hablar en voz muy bajita, no hacer ruidos excesivos y caminar por los senderos marcados o coger el Tren de las Mariposas hasta llegar al acrópolis. Los Manantiales de Kallithea están a 8 km del centro de Rodas, está junto a la playa de Kallithea y se dice que tiene un poder curativo especial. Fue construido en 1927 con preciosas composiciones y grandes espacios, con hermosos mosaicos en piedra. Sus terrazas dan hacia la bahía desde donde puedes apreciar las mejores playas de la isla. En la antigüedad, muchos viajaban hasta estos manantiales con la esperanza de curar sus heridas y sanar sus enfermedades. Otra de las cosas más importantes de Rodas es el recorrido de Los siete Manantiales.

Los 7 Manantiales

El mejor lugar para desconectar, relajarte o incluso inspirarte. Los siete manantiales se encuentran ubicados a 4 km de Kolymbia, provienen de la montaña y juntos se unifican en un gran río. Para llegar a ellos existe una ruta a pie señalizada. Es una de las zonas más visitadas, por su relajación y su belleza paisajista. Te envuelven sus colores y sus sonidos de la fauna. Un lugar totalmente paradisíaco. Los siete Manantiales son conocidos como Epta Piges, nombre proveniente del griego.

Su parte más conocida y más frecuentada es un túnel subterráneo y estrecho, con capacidad para solo una persona. Sin luz y con varias curvas en su interior, mide unos 180 metros y el río te cubrirá hasta los tobillos, dependiendo de su caudal. Tras cruzarlo, llegarás a un pequeño y precioso lago. No es apto para esas personas que no soportan la oscuridad o el estar encerrado, si es tu caso, podrás llegar igualmente al lago subiendo unas escaleras por encima del túnel y atravesando el bosque siguiendo un sendero.

Podría enumerar infinitos sitios de la Isla de Rodas, tiene duende, tiene magia y mucha historia, real y mitológica. Un lugar perfecto para tus vacaciones. Contiene una gran cantidad de Playas, restos arqueológicos y castillos construidos por los caballeros en la Edad Media.

AQUÍ OS DEJO VARIAS IMÁGENES DE LA ISLA Y SUS RINCONES

CAPITULO DIEZ

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay 

¡BELLA DURMIENTE!


Las circunstancias en la vida de Dedé habían cambiado mucho. Ella en la cárcel, acusada por una broma universitaria muy pesada. Marion abducida por un misterioso y mágico libro. Elisa hipnotizada por los encantos de un ser con el rostro de Mike, que se había agenciado uno totalmente distinto, Luke; y haciéndose llamar Dios ante Elisa. El profesor Harris en camino hacia una cita desconocida y muy importante, portando en su maletero la prueba evidente de la desaparición de Marion, o más bien su propia prisión. ¡Todo estaba patas arriba!

Dedé descansaba, encima de un suelo frío y sucio de hormigón, dentro de su celda. El policía se acercó a las rejas y las golpeó fuerte, con su garrote, haciendo un ruido metálico ensordecedor. Eso interrumpió el sueño incómodo de Dedé.

—¡Bella durmiente! —Llamó su atención con burla. —¡Eh, despierta! Es hora de irse.

Dedé despegó la cabeza del suelo con dificultad, ayudándose con el impulso de los brazos. Miró al guardia entreabriendo los ojos.

—¡Ja, ja, ja…! —Rió el guardia cuando vio su rostro. —¡Madre mía, te han dejado hecha una pena! ¡Así aprenderás! —Dijo mientras con sus llaves daba vueltas a la cerradura.

Sus compañeras de cuarto de esa noche habían hecho su trabajo y desde luego, se habían despachado a gusto. Tenía la nariz magullada, las ojeras ennegrecidas por los morados, señal de unos bueno puñetazos; y una parte del labio partido. Estaba hecha un escombro. También le habían robado sus zapatillas y le habían quitado la chaqueta a patadas. El guardia abrió la puerta y Dedé se levantó a marchas forzadas, cojeando y sujetándose las costillas con una mano, se dirigió hacia la puerta de la celda.

—¡Vuelve cuando quieras, princesa! —Dijo la presa que llevaba su chaqueta y sus zapatillas puestas. Dedé las miró, odiosa, por última vez con sus ojos morados y su escasa percepción. La presa juntó sus labios haciendo morritos y le lanzó varios besos.

Se dirigió, dolorida, hasta la recepción para recoger sus pertenencias. Allí, un joven cadete la atendió. Esparció sus cosas por el mostrador y las fue enumerando.

—Este es tu móvil, tus llaves y tu documentación. Creo que no falta nada, revísalo todo. —Dijo el joven, que la miraba con compasión.

Dedé, despeinada, magullada y con poca energía, cogió su teléfono con la pantalla escarchada, intentó encenderlo pero fue imposible.

—¡Está roto! —Miró hacia las mesas de la oficina, dónde estaban los otros policías. —¡¿Me habéis roto el móvil?! —Exclamó indignada. La ignoraron, soltando pequeñas risas contenidas entre ellos. —¡Esto es el colmo!

El cadete se inclinó hacia ella por encima del mostrador para hablarle en voz baja.

—Lo siento, no llevan muy bien lo de las bromas, es su forma de vengarse. —Dedé lo miró con la boca abierta y señalando su cara con su dedo índice le dio a entender, si aquella paliza no había sido suficiente. —Ya, lo sé y lo siento de veras, pero deberíais parar con las bromas.

—¡Seguiré repitiendo que no ha sido una broma, hasta que se me caigan los dientes de vieja! Supongo que hay cabezas huecas en todos lados, incluido en el departamento de policía. Da igual… últimamente pasan demasiadas cosas inexplicables en mi vida, una paliza y pasar una noche en el calabozo no es del todo surrealista para mí. —Dedé miró la chapa identificativa que el joven llevaba en su pecho, sujetada por un alfiler, encima de la solapa de su bolsillo. —Agente G. Sanna… ¿de qué me suena a mí tu apellido? —Preguntó inclinándose hacia él.

El cadete recolocó su broche con orgullo.

—Estudiamos juntos en segundo curso. —Dijo él, esperando que le reconociese. Dedé lo miró sin saber de qué hablaba. —Me sentaba una fila por delante tuya… —Dedé seguía sin darse cuenta, esto desilusionó un poco al chico. —¡Me pagabas diez dólares por pasarte a limpio los apuntes! —exclamó ofendido.

—¡Lo siento, no lo recuerdo! —Contestó ella molesta.

—Te invité al concierto de los Audioslave.

—¡Oh, sí, ya me acuerdo! —Se echó las manos a la cabeza. —¡Madre mía, ese concierto fue la leche! Pero, no me acuerdo de ti… —Dijo pensativa. —A ese concierto… fui con Elisa…

—Si, lo sé. Te dí las entradas y fuiste con tu compañera de cuarto. —Dijo apenado.

—¡Oh, mierda, lo siento! —Se disculpó arrepentida.

—No te preocupes, no fue culpa tuya, seguramente yo formulé mal la pregunta. —La disculpó bajando la cabeza.

Dedé lo miró con una leve sonrisa de compasión, lo inspeccionó de arriba a abajo, pensando que no estaba nada mal.

—¿Y qué haces aquí? —Le preguntó ella interesada.

—Dejé la universidad y me apunté a las pruebas, las aprobé y… ¡aquí estoy! —Dijo él abriendo los brazos de par en par.

—¿Te diste cuenta de que querías ser policía?

—No exactamente, digamos que fuerzas personales me llevaron a esto. —Dedé asintió sin entender muy bien a qué se refería. —Me llamo George, por cierto. —Él tendió su mano para hacer un saludo formal. Dedé sonrió y le correspondió.

—Encantada, George. Prometo no olvidarme esta vez.

—Tienes que firmar estos documentos antes de irte, ya sabes, meras formalidades.—George puso los papeles, delante de Dedé, por orden. —Este de aquí es tu alta de salida. Este en el que se detallan todas tus pertenencias y afirmas que te han sido entregadas y este es en el que declaras que no has sufrido ningún tipo de mal trato físico por parte del departamento de policía. —Carraspeó al final de la frase, estaba incómodo con ese papel.

—Ya, tu y yo sabemos que no ha sido exactamente así, ¿verdad George? —Dedé firmó ambos papeles.

—Y por último, este es el de recogida de tu vehículo, tienes que firmarlo y llevarte una copia.

—¿Recogida de mi vehículo? ¿¡Por qué se llevaron mi coche!?

—Supuestamente para pruebas. —Dijo nervioso.

—¿Qué pruebas? —George se encogió de hombros y le entregó las llaves.

—Es el procedimiento. Podrás recogerlo dentro de una semana.

—¡¡Una semana!! ¡¡Estáis de coña!! ¡¡Necesito mi coche para moverme!! —Explotó muy cabreada.

—Si, también siento eso. Suelen expresar sus frustraciones así. —Encogió sus hombros de nuevo.

—¡Así que pruebas! ¿eh? —Dedé negó con la cabeza. —No debería haber firmado ese papel del maltrato físico. —Volvió a mirar a los policías con ira.

—Lo siento mucho, Danielle…

—No importa. —Suspiró. —Me voy a casa, dormiré hasta que pueda recoger mi coche.

—Deberías ir al hospital, no tienes buen aspecto. —Le aconsejó él preocupado.

—Ya… ¿Y cómo se supone que voy hacerlo? ¡Me quitaron el coche! ¿Recuerdas? —Contestó meneando las llaves de su coche en la mano. —¡Este día no puede ir peor. —Murmuró.

—Yo puedo llevarte. Acabo el turno en quince minutos y el hospital está cerca de mi casa. Puedo acercarte si quieres. —Se le notaba entusiasmado.

—No… gracias, puedo apañármelas sola

—De verdad que no me importa. —Insistió.

Dedé estaba ya en la puerta, con la mano apoyada en el cristal, dispuesta a empujarla para salir. Miró la cara inocente de George y pensó que era un buen chico, de los que ya no quedaban, también pensó que era demasiado bueno, demasiado blandito, se derretiría como la mantequilla a su lado. Pensó que se cansaría rápido de él. Pero era su mejor opción en aquel momento. Sin teléfono, sin coche y sin mejor amiga. Así que asintió con la cabeza y le esperó fuera.

Imagen de Comfreak en Pixabay

El profesor sujetaba, entre sus brazos, aquel libro envuelto en la bolsa. Como el mayor tesoro jamás encontrado o quizás el arma más poderosa capaz de destruir la humanidad, aún no se sabía, pero por su postura y por la fuerza con la que se agarraba a él, había descubierto más de lo que ya sabía y esto le había llevado a cumplir una importante labor. Al parecer la cita mantenida, la tarde anterior, le había resuelto bastantes dudas, y al parecer, también había reducido su miedo a estar cerca del ejemplar. Sentado en un asiento de vagón de tren, miraba nervioso a su alrededor, como si alguien le acechase, como si fuesen a robarle aquel misterioso y poderoso tesoro, envuelto en una bolsa poco glamurosa. Había escogido el asiento de la ventanilla, así su espalda y su costado izquierdo estarían protegidos, además desde allí podría vigilar a toda persona que entrara en el vagón.

—Debo llegar antes que ellos, debo llegar antes que ellos. —Se repetía una y otra vez.

El revisor empezó a pedir los billetes a los pasajeros, el tren ya estaba en marcha. Harris miraba, todo el tiempo, hacia el pasillo, nervioso y sudoroso. El revisor se le acercó.

—Señor, su billete por favor.

—¡Sí, claro, por supuesto! —Dijo con la voz entrecortada. Con una mano siguió sujetando el libro y con la otra, temblorosa, sacó el billete del bolsillo de su chaqueta de pana marrón con remiendos en los codos de color beige, la misma que la del día anterior, lo que significaba que el profesor no había pasado por casa ni para cambiarse.

El revisor se dio cuenta de su estado inquieto y su sudoración excesiva.

—¿Se encuentra usted bien? —Preguntó preocupado.

—Sí, gracias, estoy bien. —Le entregó el billete y éste se lo devolvió sellado.

—Muy bien, todo en orden. —El revisor lo miró intranquilo. —¡Que tenga un buen viaje, señor! —Se dispuso a marcharse.

—Sí, vale… gracias. ¡Oiga, disculpe! —Harris llamó de nuevo al joven revisor.

—¿Si, dígame?

—¿Cuándo llegaremos a Kalambaka? —El revisor miró su reloj.

—Dentro de unas tres horas y media, señor. ¿Necesita, usted, algo más?

—Sí, un vaso de agua si es usted tan amable. —Le pidió secándose el sudor de la frente, con un pañuelo de su bolsillo.

—¡Claro, enseguida!

—Muchas gracias. —Contestó Harris con media sonrisa. Con la tensión que contenía en su cuerpo no era capaz ni de sonreír enteramente.

Harris en seguida se fijó en que un hombre, sentado en un asiento en diagonal al suyo y en contra de la dirección del tren, lo observaba atentamente. Al profesor no le gustó en absoluto que aquel pasajero le mirase. Aquel hombre, trajeado, bien peinado y con aparentemente grandes modales, estaba sentado bien erguido, observando cada uno de sus movimientos. Tenía unos ojos penetrantes, rasgados, de color azul. Tenía la raya de los ojos muy marcada, como si se la hubieran pintado con un pincel. Su tez era clara, con ciertas pecas pícaras por encima de la nariz. Mandíbula pronunciada en los laterales de su rostro, su pelo era castaño claro, con un corte muy moderno y mechas blancas en las puntas de su pequeña cresta. Aquel cuerpo tan masculino, rellenaba perfectamente el traje tan impecable que portaba, era un hombre de ejercicio físico. La nuez de su garganta sobresalía y marcaba el cuello de su camisa, abotonada y cerrada, con una corbata granate.

Harris se revolvía en el asiento, intentaba no hacerle caso, mirar para otro lado, pasar desapercibido, pero le resultaba casi imposible, el ángulo de observación de aquel trajeado hombre, era perfecto para vigilarlo. El revisor se acercó de nuevo al profesor, con su vaso de agua.

—Aquí tiene, señor. —Le acercó el vaso.

—¿Podría hacerme otro favor? —Le preguntó con la voz temblorosa y casi inaudible.

—¡Claro, señor! ¿Qué necesita? —Se ofreció servicial.

—¿Puede ubicarme en otro asiento?

—¡Oh, lo siento, señor, vamos completos!

—Entonces, ¿puede decirme dónde están los servicios?

—En el vagón trasero, ahí los encontrará.

—¡Gracias! —Le agradeció Harris. El revisor asintió con la cabeza y se marchó.

El profesor se levantó de su asiento, tras beberse el agua como si fuese un chupito de tequila. Sin dejar de sujetar su valiosa pertenencia, se dirigió hacia el vagón de atrás, no sin antes cruzar, por última vez, la mirada con aquel extraño pasajero que no dejaba de observarlo. Aquella mirada era algo más que penetrante, era como si quisiera decirle algo, como si quisiera decirle que estaba en peligro y que el peligro era él.

Harris caminó por el pasillo hasta llegar al final, allí estaba el baño. Tiró de la manilla, pero la puerta no se abrió.

—¡Vamos, venga! —Volvió a tirar.

—¡Ocupado! ¿¡No ve el pomo!? ¡Está en rojo! —Dijo un señor desde dentro.

Harry se quedó allí de pie, mirando continuamente hacia la entrada del otro vagón, vigilando de que no viniera a por él, aquel hombre tan elegante. Estaba sudando a chorros, como si hubiera corrido una maratón, como si aún estuviera en ella. Una mujer se acercó, también esperaba para entrar al baño.

—¿Está ocupado? —Preguntó sonriente.

—Sí. —Contestó Harris.

La miró estupefacto, era la mujer más bella que había visto jamás. Sus cabellos eran largos y ondulados como las olas, naranjas como el amanecer de un día caluroso. Era preciosa. Sus pómulos tenían un color rosado natural perfecto. De tez pálida y dos hoyuelos que destacaban cuando ella sonreía, que iluminaban aquella estancia, algo no muy difícil, puesto que se le notaba que era de espíritu juvenil y risueño. Sus ojos grandes y marrones como el café soportaban unas largas pestañas a juego con su pelo. Harris se quedó embelesado por tal belleza, tanto que olvidó por completo toda preocupación, todo el estrés.

La mujer se meneaba de un lado para otro, sus ganas de ir al baño eran evidentes a la par que inminentes. Se acercó a la puerta y tocó tres veces.

—¡Oiga! ¿Va a tardar usted mucho? —Preguntó con su dulce voz.

Harris pensó en su voz, en lo aterciopelada y confortable que era. Podía imaginarse esa voz cada día al despertar, cada noche al dormirse, a su lado, en la almohada que ahora estaba vacía. Podría acostumbrarse a un “Te quiero” de sus labios para siempre.

—¡Vayan a otro servicio! —Desde dentro se escuchaban los esfuerzos del pasajero por vomitar.

La mujer y el profesor se echaron para atrás.

—¡Uf! —Dijo ella. —Parece que algunos no soportan el traqueteo de las vías.

—Sí, eso parece. —Contestó él tímido.

—¿Y usted? ¿Le gusta viajar en tren? —Preguntó ella dicharachera.

Harris se quedó bloqueado. No podía creerse que le hablara a él, que se interesara por tener una conversación con él.

—¡¿Quién yo?! —Dijo señalándose con él dedo.

—No, en realidad hablo con el que está detrás. —Dijo bromista. Instintivamente el profesor miró para atrás dónde solo había pared. Ambos rieron. —Le pregunto porque le veo bastante sudoroso e inquieto.

—¡Oh, no! ¡Me encanta viajar en tren! Es mi transporte favorito. —Contestó sonriente.

—¡Genial! —Exclamó ella dando un pequeño brinco. En verdad tenía un espíritu contagioso y enérgico. —Pero si va a vomitar, avíseme antes ¿vale?

—¡Claro, por supuesto! —Ella le sonrió graciosa. Él le devolvió la mirada.

—¡Me llamo Eugine! —La preciosa mujer le tendió la mano con firmeza. Harris se la devolvió.

—Harris, James Harris. —Dijo él aún sujetando con fuerza el libro con la mano que le quedaba.

—¡Encantada James! Y dígame, si no le molesta el viaje, ¿qué es lo que le inquieta? —Preguntó ella muy amable y dulce. —¿Está escapando de la justicia? ¿Le persigue la mafia? —Dijo bromeando con gracia.

—¡No! —Rió Harris. —Yo solo soy un profesor.

—¿Quizás un profesor espía que huye de algún poderoso terrorista? —Ambos rieron de nuevo. —¡Vamos, sígame el rollo! La imaginación es lo mejor para olvidarse uno de que se está haciendo pis encima.

—¡Bien, está bien! Pues… en ese caso… En verdad soy un profesor con una gran misión. Tras encontrar un libro mágico, de otro mundo sobrenatural, que atrapa a personas y manipula las mentes humanas, debo encargarme de llevarlo a un sitio seguro, a las montañas de Tesalia, cerca de Kalambaka, allí me espera un enlace que me llevará hasta los antiguos monjes de los monasterios de Meteora. Una vez entregado, tendré que asegurarme de que sus secretos no sean desvelados y convencer a los antiguos de que lo abran una vez más para liberar a una alumna que se ha quedado atrapada. —Y así lo resumió Harris, convencido de que la realidad traspasaría la ficción y que aquella bella mujer alabaría su imaginación.

—¡Vaya! ¡Me deja usted impresionada señor Harris! —Eugine estaba boquiabierta.

—¡Gracias! Los profesores tenemos mucha imaginación. —Contestó hinchando su pecho con orgullo.

Eugine seguía meneándose de un lado para otro, las ganas de ir al baño eran cada vez mayores.

—¡Ay, no aguanto más! ¡Deberíamos buscar otro baño! ¿No le parece?

—Si, estoy de acuerdo.

—Estoy en un vagón con compartimento, si quiere puede acompañarme. Podemos pedir una taza de café y seguir inventando historias. El viaje es muy largo y al viajar sola me aburro como una ostra. —Le invitó parlanchina.

—¡Sería todo un placer! —Harris aceptó la invitación. Estaría loco si no lo hiciera.

—¡Bien! —Se puso muy contenta. Se notaba que había una chispa entre los dos. Se notaba que a ella también le gustaba el profesor. —¡Entonces, sígame profesor! ¡Nos vamos de aventuras! —Dio dos brincos y comenzó a andar por delante de él con salero.

Tras encontrar unos baños libres en el vagón de Eugine, se dirigieron hacia su compartimento.

—Teniendo baño aquí, ¿por qué fue hasta el otro vagón? —Preguntó él.

—¡Ah, pues porque este también estaba ocupado! —Contestó ella que se detuvo frente a una puerta. —¡Es aquí! —La abrió. —Usted primero. —Hizo una reverencia encantadora que hizo que Harris sonriera como un bobo.

Harris se adentró en el cuarto del tren. Tenía dos largos asientos, uno frente al otro, de color rojo, con respaldo acolchado, parecían muy cómodos. Vio que el ventanal era más grande que el de los otros vagones de clase turista. Miró todo el espacio. Eugine, estaba detrás de él, cerró la puerta.

—¿A dónde viaja usted, señorita Eugine? —Preguntó.

Eugine no le contestó, algo que al profesor le extrañó. Se giró para verla, pero allí no había nadie.

—¡¿Señorita Eugine?! —La llamó inquietante.

Un rugido ahogado y chirriante llamó su atención. Provenía del techo de la habitación. Él, dudoso y atemorizado, no quería mirar hacia arriba, pero la curiosidad humana fue lo que le llevó a hacerlo. Y allí estaba. Un ser espeluznante que enseñaba sus afilados dientes amarillentos. Con la piel azulada y cuarteada, abría la boca soltando saliva y ruidos extraños. El pelo largo y sin vida, aún de color naranja, pero más como las tejas desgastadas de una casa en ruinas, colgaba hacia abajo. Aquella cosa, se agarraba al techo con sus uñas largas y negras, clavadas en la madera con fuerza. Todo su cuerpo era casi esquelético, se podían ver sus huesudas costillas a través. Lo que había sido una preciosa mujer divertida y alegre, con rasgos angelicales, se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en una monstruosidad que le acechaba, dispuesta y preparada para lanzarse encima de él.

—¡¿Señorita Eugine?! —Preguntó el profesor con la voz trepidante. ¿Cómo iba a imaginarse que aquella perfecta diosa, se convertiría en aquel semejante ser, saco de huesos?

Soltó un último alarido ensordecedor que hizo que Harris se tapara los oídos con fuerza. Era molesto y doloroso. Un arma que usaba para inmovilizar a su presa. Los oídos del profesor empezaron a sangrar a borbotones, eso no era buena señal. Con las manos apretando sus orejas, se quejaba de dolor y se dejaba caer de rodillas al suelo. Una vez allí, el monstruo desplegó sus negras alas desgastadas y descendió al suelo. Harris, arrodillado y dolorido, era la presa perfecta. Eugine, o lo que quedaba de ella, se acercó a él, alzando sus garras hacia arriba en posición de ataque, dispuesta a clavarlas en su espalda para terminar con su existencia; y así llevarse el libro. El profesor se giró asustado, abrió sus ojos, la miró aterrorizado ante la presencia de aquel ser y se preparó para recibir su final.

De pronto, un garrote largo y de bronce, atravesó el cuerpo huesudo de la criatura. Un haz de luz azul intensa, salió de su estómago. Ésta gritó, ensordeciendo de nuevo a Harris, que de nuevo se tapó sus oídos. La luz era tan potente que tuvo que apartar la mirada. La criatura gritó por última vez, un grito de desgarro; y desapareció tras ese brillo. Harris, cegado y sin visibilidad, pestañeó varias veces. Una vez recuperada la vista, vio a su salvador. Aquel hombre estaba de pie, frente a él. Le tendió la mano, para que se levantara del suelo. Aquel hombre de pómulos marcados, ojos rasgados y corbata granate, le salvó.

—¡Venga, levántese! —Le dijo con voz de mando. Con una voz muy masculina y varonil.

—¡¿Usted?! —Preguntó sorprendido. Harris se levantó del suelo, posicionándose frente a ese valiente pasajero.

—¡Sí, yo! —Contestó cortante. Abrió la puerta y sacó un poco la cabeza. Echando un vistazo al pasillo. Quería asegurarse de que nadie se había acercado a ver el barullo. Cerró la puerta y se enfrentó al profesor. —¡¿Está usted loco?! —Le regañó. —¿Qué hacía con esa mujer?

—¡Escapar de usted!

—¡¿De mí?! ¡Yo soy su enlace profesor! —Exclamó furioso.

—¿Mi enlace? ¿Y por qué me miraba de esa manera? ¡Estaba vigilándome con esa cara de pocos amigos todo el tiempo! ¿Qué esperaba que creyera?

—¡No le miraba a usted! Miraba a esta cosa, ella estaba en el asiento de atrás. —Dijo señalando al suelo dónde aún se encontraba algunos restos de aquella criatura.

—¡Oh, vaya! —Dijo él avergonzado.

—¡¿Así que me tiene miedo a mí, pero se va con una desconocida?!

—¡Era simpática y muy guapa! Fue agradable conmigo, quizás si usted se hubiera presentado y hubiera sido agradable… —Le reprochó Harris.

—¿En serio? —Le miró incrédulo. —¿Esperaba que le hiciera ojitos? Yo estaba observando sus espaldas, vigilando que nadie se le acercase, era una ventaja por si le pasaba algo.

—¿Y que era eso? —Preguntó el profesor aún traumatizado.

—Una Drinfa.

—¿Una qué?

—Una Drinfa. Son las hadas de la tierra. —Le explicó.

—¡Pero las hadas son buenas! —Exclamó él, incrédulo.

—Supongo que vuestro ojo humano está demasiado acostumbrado al cacharro ese donde echan imágenes extrañas, que os lavan el cerebro.

—¡¿Se refiere a la televisión?!

—Si, eso… La televisión. —Repitió como un loro.

—Pero, ¡¿quién es usted?! —Al profesor le sorprendió que aquel hombre no supiera lo que era una televisón.

—¡Soy Heracles! Hijo de Zeus, semidios, ¡encantado! —El semidios le tendió la mano como si tal cosa. Harris se quedó perplejo y le respondió al saludo casi por inercia.

—¡¿Hera… Hera…Heracles!? —Titubeó como un tonto.

—¡Sí, el mismo!

—Osea, ¿Hércules? —Preguntó de nuevo, aún no podía creérselo.

Heracles movió la cabeza hacia los lados, negando aquel nombre.

—¡No, Heracles! Mi nombre es Heracles, no Hércules. Otra asignación de vosotros los humanos.

Harris se dejó caer hacia atrás, como una tabla de madera rígida, se desmayó y golpeó el suelo con fuerza. Retumbó todo el parqué de aquella estancia.

—¡Vaya, otro humano blandito! —Exclamó el Héroe.

Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY

Nos vemos en el próximo

NO LO OLVIDÉIS EL VIERNES EL CAPÍTULO 11

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

CAPITULO CINCO

¡ERES UN MAL BICHO!


Dedé decidió que lo mejor era quedarse con ese libro, y echarle un vistazo a todas esas páginas que estaban marcadas como interesantes. Con la hoja en la mano, inmersa en la frase, “Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”, la leía una y otra vez intentando encontrarle una explicación sencilla a por qué su amiga había hecho tales absurdos garabatos . Miró la hora en su reloj, no tenía ganas, pero debía patearse todo el campus para encontrar un tablón de anuncios y escoger esa dichosa labor obligatoria antes de que el profesor terminara su jornada laboral. Hablaría con Elisa más tarde, para comentarle lo que había encontrado.

Se dirigió al mostrador de la biblioteca. Allí estaba Marion Green, una joven estudiante que cursaba el mismo año que Dedé. Siempre con cara de pocos amigos, seria, con un semblante impenetrable, ningún chiste o gracia, existente en el mundo, cambiaba su estado físico. Para Dedé, era una chica introvertida, tímida, no muy agradable a la vista y bastante antisocial. Ella la llamaba “La espanta rollos” o la “¡Puaj!”. Su manera de vestir estaba ligada a la palabra celibato, chaquetas de punto en colores pastel, con puntillas en los bordes, faldas lisas siempre oscuras hasta la rodilla, medias de compresión anti-estéticas tanto en verano como en invierno, “zapatones” negros, muy masculinos y como complemento final, perlas, siempre perlas, en orejas, cuello y muñeca. Llevaba un corte de pelo sencillo, por debajo del mentón, ondulado y con poca gracia, castaño y sin capas, el cual recogía hacia atrás con una cinta de pelo o diadema a juego con su chaqueta abotonada. Tenía gafas de alambre redondeadas, muy a lo Elton John, pero sin clase, y detrás unos ojos negros saltones, que podían penetrarte hasta el alma.

—¡Hola Marion! —Saludó Dedé animada, aunque con poca seguridad.

—Hola, Danielle. —Contestó sin mirarla siquiera. Tenía la cabeza metida en sus labores.

—¿Me preguntaba si podrías hacerme un favor? —Aunque Dedé se esperaba una negativa, no perdía nada por intentarlo utilizando su cara angelical y su don de persuasión.

—No. —Dijo ella tajante.

—¡Venga va, enróllate! —Insistió. Marion la miró fijamente.

—Espera que lo piense… ¡No! —Se intuía, por su tono de voz, que no era muy fan de la popularidad de Dedé.

—¡Oye ya sé que no nos llevamos muy bien! Sé que casi ni nos conocemos, pero somos del mismo año, ¡colegas de uni! —Exclamó con una mueca animosa. Marion la miró sin un ápice de emoción.

—¿Qué quieres Danielle? —Preguntó sin ganas.

—Necesito un favor, ¿podrías teclear en tu ordenador y buscarme alguna actividad extraescolar de esas? —Pidió señalando el teclado con los dedos.

—¡¿Cómo dices?! —Marion frunció el ceñó y esbozó una media y minúscula sonrisa, no estaba muy segura de lo que Dedé quería decir. —¿Una actividad extraescolar, tú?

—¡Sí! ¿Qué pasa? ¿No puedo apuntarme a una? —Contestó indignada.

—El único motivo por el cual Danielle Dumont querría participar en una actividad voluntaria o “extraescolar”, como tú la llamas, es porque la han obligado. —Dijo altiva.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? Dime algo bueno que hayas hecho tú por los demás. —Dijo Marion mosqueada. A penas le dejó contestar y volvió a la carga. —Y no cuenta como altruismo organizar juergas y bacanales, sin sentido, entre semana.

—Las “juergas”, como tú las llamas, son reuniones fundamentales para liberar el estrés estudiantil. —Contestó convencida. —El hecho de que tú no nos deleites con tu presencia en ellas, no significa que sean anodinas.

—¡Vaya, me impresionas con tu fluido vocabulario! —Dijo con sarcasmo. —Aunque me impresionarías más si supieras el significado de la mitad de las palabras que sueltas por la boca. ¡Por culpa de esas fiestas, los voluntarios tenemos que recoger toda vuestra mierda al día siguiente!

—¡Nadie te obliga a ser voluntaria! —Contestó Dedé con chulería.

—¡Ya, claro que no! —Dijo Marion, negando con la cabeza demostrando desaprobación.

—¡Oye! ¿Vas a ayudarme o no? —Preguntó rotunda.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres un mal bicho!

—¡¿Perdona, qué me has llamado?! ¡¿Se puede saber por qué siempre me tratas tan mal?!

—Ya veo que tu egocéntrico intelecto no te deja ver más allá de tu perfecta nariz. ¿Acaso se te ha olvidado lo que me hiciste el primer año?

Dedé la miró pensativa, no sabía de qué estaba hablando, intentó recordar alguna interacción que hubiera tenido con Marion en el pasado.

—¡Tranquila, no estrujes demasiado tu pequeño cerebro! ¿El primer año de universidad? ¿La fiesta de bienvenida en la casa Delta Sigma?

Dedé negaba con los ojos abiertos como platos, esperando que Marion se explicara mejor.

—Te ayudé a instalarte la primera semana, dijiste que me compensarías el sábado yendo juntas al cine, ¿lo recuerdas? Estuve esperándote, en la entrada, durante más de media hora, después me enviaste un mensaje diciéndome que te quedabas en la cama porque no te encontrabas bien, me preocupé por ti y fui a tu residencia. De camino me crucé con la fiesta que habían montado los Delta, y para mi sorpresa me encontré con una tía borracha en su jardín delantero. Viniste hacia mí, sin remordimiento alguno y lo único que salió de tu boca, como excusa, fue una asquerosa y gigantesca pota mal oliente que se quedó impregnada en mis zapatos y en mi vestido nuevo.

Había olvidado aquellos días, Dedé se llevó la mano a su boca abierta de par en par para tapar su reacción, no quería ofender más a Marion y necesitaba que le hiciera el trabajo sucio. Estaba entre horrorizada por su mal comportamiento y orgullosa por su divertida e inconsciente hazaña.

—Al día siguiente hiciste como si no me conocieras delante de tus amiguitos de la fiesta. Desde aquel día me llaman “La Puaj” ¡Llevo tres malditos años aguantando ese mote de mierda! ¡Y por si fuera poco también me llaman “La potas”, “Vomitona” y el más original “Boloñesa asquerosa”! ¡Gracias por haber comido pasta aquella noche! ¡Estuve quitándome espaguetis del pelo durante una semana! —Marion estaba realmente indignada, se notaba que llevaba guardando eso mucho tiempo.

—¡Vaya, lo siento! —Dijo Dedé enseñando todos sus dientes y apretando la mandíbula.

—Ya, bueno… el mote no me lo pusiste tú, así que… —Marion miró hacia otro lado, intentando no ablandarse con la cara de compasión de Dedé.

—En realidad…

—¡¿Fuiste tú?! ¡No me lo puedo creer! —Exclamó con enfado.

—Yo solo dije “Puaj” alguna que otra vez, el resto transcurrió por sí solo. No tengo la culpa de que los demás tengan tanta imaginación… —Dedé se encogió de hombros intentando librarse del delito.

—¿Sabes qué? ¡Corrijo, no eres un mal bicho! ¡Eres lo peor, el demonio encarnado! —Se levantó, de su silla de escritorio, muy enfadada.

—Entonces, ¿no me vas a ayudar? —Preguntó restándo importancia al cabreo de Marion.

—¡Fuera! —Dijo con firmeza.

—¡Vale, vale! ¡Está bien, no hace falta que te pongas así! ¡Oye, mira, siento lo que te ha pasado, pero no les hagas caso! Tú eres más inteligente que todo eso. —La miró con pena, en el fondo se sentía mal. —Ya me voy, te dejo tranquila y… ¡Lo siento!

Dedé comprendió su cabreo, así que se marchó, no quiso atosigarla más, Marion la miró mientras se iba. Resopló, esos ojos verdes melancólicos la habían ablandado.

—¡Espera…! —Llamó su atención para que volviera. Dedé se giró con estilo. —¡Está bien, ven, te ayudaré!

—¡Gracias, gracias! —Dijo emocionada. —No quería pasarme todo el día buscando por el campus un dichoso tablón de anuncios.

—Las listas de servicios voluntarios a la comunidad del campus están automatizados.

—¡¿Eh?!

—Que puedo acceder a ellos desde el ordenador. Aunque solo los profesores o los que pertenecen a diferentes instituciones, como yo, tienen acceso. —Le explicó. Dedé puso toda su atención. —Ven hacia este lado, te lo enseñaré, coge una silla.

—¡Gracias Marion!

—¡De gracias nada, me deberás una! —Las dos se miraron, Dedé le sonrió, Marion no. —Mira, normalmente te acercas a uno de los tablones, miras las listas de actividades disponibles y escoges una. Luego te presentas ante jefatura, solicitando dicho puesto, allí te valoran y si das el perfil te aceptan.

—¿Pero no eran voluntarias?

—Si y no. Los anuncios que publican en los tablones suelen ser de baja importancia. Recoger basura, limpiar pintadas, orientador para alumnos de primer año… Todas esas son voluntarias y en todas, a no ser que seas realmente un desastre, te suelen aceptar.

—¡¿Hay voluntarios para hacer eso?! —Dijo sorprendida, con desagrado.

—Si. —Contestó Marion entornando los ojos.

—¿Por qué?

—Por que si te interesas por estas actividades y las desempeñas bien, después podrás tener acceso a otras más influyentes, estas se reflejan en tu expediente y te suman puntos para las notas finales, además tienes más opciones a la hora de buscar empleo en una buena compañía en el futuro. Actividades como: redactora del periódico de la universidad, segundo entrenador del equipo, ayudante en jefatura…

—Bibliotecaria… —Dedé le guiñó el ojo.

—Sí, eso es.

—¡Eres una pillina! ¡Mírate, consiguiendo un puesto y saltándote las normas! ¿Cómo lo hiciste? —Preguntó con picardía.

—Recogiendo basura. —Simplificó Marion seca.

—¡Am… vale! —dijo abochornada.

—No todos somos como tú Danielle, algunos luchamos duro para conseguir lo que queremos. Empecé limpiando el campus, eso me llevó a la recogida de reciclaje, después me ofrecieron colocar libros en los estantes de la biblioteca. Cuando la anterior encargada de la biblioteca se licenció y se marchó, pensaron en mí para el puesto. Y aquí estoy.

Dedé bajó la cabeza, en aquel momento se sintió estúpida, muy por debajo de Marion. Creía saberlo todo sobre los “raritos” de la universidad, pero aquella chica le estaba sorprendiendo y con ello haciendo que se avergonzara de sí misma.

—Supongo que tú te saltarás todos esos pasos.

—Supones bien, recoger basura no es lo mío.

—Vale, entraremos en el servidor y veremos el listado de puestos disponibles. —Marion meneó sus veloces dedos en el teclado del ordenador. —Estos son los que están vacantes ahora.

Dedé se acercó a la pantalla y comenzó a leer.

—Este no, este no, ¿coordinadora de pasillos?

—Sí, te dan un silbato para controlar a los estudiantes, pero nadie solicita nunca este puesto.

—¡No me extraña! Es como ponerse una diana de pringado en la espalda. — ¿Y este?

—Ayudante de profesorado… —Leyó Marion en voz alta. —Este es algo así como ser la secretaria de un profesor.

—¿Y qué tienes que hacer? —Pregunto interesada.

—Pues me imagino que, llevar su agenda cuando da conferencias, ayudar en la corrección de trabajos y tesis, programar reuniones con el alumnado. Cuando un profesor tiene excesivo trabajo, solicita a un ayudante en jefatura.

—¡Parece un buen chollo! —Exclamó emocionada.

—No creo que este “chollo” sea para ti, conlleva mucha responsabilidad y mucho trabajo.

—Dale, quiero ver qué profesores necesitan ayudantes.

—La profesora Miller, el profesor Steven, la doctora Wilson, el profesor J. Harris…

—¡¿J. Harris? —Dedé detuvo a Marion. —¡Ese es mi profesor de método!

Una estratégica idea se le vino a la mente. El profesor Harris le había castigado, el profesor Harris buscaba un ayudante. Nadie en su sano juicio querría trabajar para un profesor tan maniático, por no hablar de la ausencia de liderazgo en su personalidad y la falta de influencia entre catedráticos y doctores. Dedé sabía que los “lameculos” de los alumnos que buscaban unas buenas calificaciones y recomendaciones, no se juntarían a Harris, no era que digamos un profesor con glamour. A ella no le importaba en absoluto conseguir un puesto en una gran empresa, lo que ella quería era echarle mano a ese antiguo ejemplar, el que encontró en su despacho cuando tiró la caótica torre de libros.

—Pues lleva unos cuatro meses buscando ayudante. Danielle, no creo que sea buena idea, nadie quiere trabajar con él. El año pasado diez estudiantes respondieron a su solicitud y duraron menos de una semana. Creo que ese tipo no es fácil de llevar.

—¿No decías que yo escogía la vía fácil? ¡Apúntame! —Contestó decidida.

—¡Estás zumbada! Cómo quieras, yo te he avisado.

—¿Ahora qué? —Preguntó impaciente.

—El profesor Harris recibirá tu solicitud y responderá con un rechazado o un aprobado. Te llamarán de jefatura con el resultado y si es un sí, tendrás que presentarte en el despacho del profesor ese mismo día.

—¡Perfecto! ¡Gracias, Marion! —Dedé, impulsiva, besó la frente de su nueva “amiga”. Marion se echó hacia atrás demostrando rechazo.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marion señalando el libro de Elisa.

—Mi amiga se dejó sus apuntes en la mesa y se los he recogido para llevárselos.

Marion entrecerró los ojos para fijarse un poco más en la cubierta antigua del libro. Se quedó mirándolo, raramente hechizada, durante unos instantes.

—¡¿Qué es lo que miras tan interesada?!

—Ese libro…

—¡Perdona, no sabía que Elisa tuviera que devolver el libro a la biblioteca! Si quieres te lo dejo aquí. —Se disculpó ella.

—¡No! ¿Qué? No es eso. Ese libro ni si quiera es de aquí. ¿Puedo verlo? —Estiró la mano para recibirlo.

—Si, claro. —Dedé lo cogió y se lo dio.

—¡Este libro no es de aquí! —Marion lo tocaba y acariciaba con adoración en sus pupilas y puro amor en las manos. Estaba totalmente embelesada, rozando cada esquina y grabado de aquellas tapas. A Dedé le resultó extraño su comportamiento.

—Ya…, eso ya lo has dicho… ¡¿por qué eres tan “rarita”?! —La miraba pasmada. La forma que tenía de palpar aquel viejo ejemplar parecía casi sexual.

—¡No, no lo entiendes…! ¡Te digo que no es de aquí! ¡No es de este mundo!

—¡¿Qué?!

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CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

CAPITULO DIECINUEVE

CAPITULO DIECINUEVE
Harris y Heracles comienzan su camino hacia los monasterios de Meteora. Durante su travesía Harris aprenderá mucho sobre los dioses, pero sufrirán un ataque inesperado y su vida penderá de un hilo.

CAPITULO DIECIOCHO

CAPITULO DIECIOCHO
Dedé tendrá que tomar una decisión que le acercará un poco más a George, pero también les alejará para siempre.

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