CAPITULO QUINCE

“LELO”


Entró, como si dejara pasar todo un vendaval al interior de la habitación, tenía tanta rabia dentro que la puerta le sirvió de detonante para sacarla toda. Se esperaba encontrar a Elisa en su escritorio, quizás estudiando, quizás leyendo, se la esperaba con sus cascos, siempre con su música, una manía en la que Dedé nunca reparó, pero que ahora la reconocía como molesta. Se sentía herida, engañada, así que todo lo relacionado con su ex amiga le producía repulsión. Otra opción era que estuviera con alguien, quizás con el agente inmobiliario, quizás con otro chico nuevo, ese tal Luke del que no quería hablar, recordarlo enfadó más a Dedé, siempre se lo contaban todo, ¿y ahora le ocultaba cosas y la traicionaba? Sin duda no era la amiga que ella creía.

Entró, dejando que la puerta rebotase contra la estantería de la pared, haciendo un ruido tan estruendoso que ni sus cascos, con la música al máximo, podrían ignorar. Estaba preparada para escupir todo su enfado a la cara de su compañera, para enfrentarse a ella y romper toda relación. Sabía perfectamente cómo iba a hacerlo. El camino a casa, descalza y golpeada, sola, le había aclarado los pasos a dar, le había dado tiempo de sobra para maquinar una actuación de cine. Le diría lo cabrona que había sido, lo mal que lo había pasado por su culpa y lo dolida que estaba, para rematar, le soltaría todas esas pequeñas cosas que le habían molestado de ella durante estos últimos años y como guinda, para finalizar su gran escena de soberbia, recogería algunas pertenencias en una mochila, con mucho genio, mucho. Le diría la típica frase de “Volveré a por el resto de mis cosas cuando tú no estés”; y se iría dando el mismo portazo con el que entró, pero esperaba que este destrozara del todo la puerta, que se desencajara de sus bisagras.

Entró con todo eso tan bien organizado en su cabeza, pero allí no había nadie. Elisa no estaba, cosa que truncó el discurso tan elaborado que iba a dar. Eso también le molestaba, pues cuando volviera a ver a Elisa no sería lo mismo, el cabreo se disiparía, no del todo, pero ella quería ser un huracán, no un simple viento. Estaba demasiado cansada como para pensar en ello, en parte le alivió ver la habitación vacía y su cama a pocos metros, con las sábanas estiradas y esa almohada que la llamaba a gritos desde el cabecero. Se sentó a los pies de ese mullido colchón, lleno de historias reales, lleno de sueños extraños. Se pensó unos segundos si quitarse la ropa y darse primero una ducha, sí, era lo mejor…, pero su cuerpo era atraído hacia atrás como si la cama tuviese un potente imán, así que se dejó llevar.

Con los pies colgando y su cabeza apenas rozando la almohada, Dedé cerró sus ojos en el mismo instante en que su espalda se reposó en aquellas sábanas con olor a suavizante de océano. Fue tan placentero… cogió aire por la nariz, llenando sus pulmones de descanso, de sueño; y se durmió del todo. Dicen que cuando nuestro cuerpo está demasiado cansado, nuestro subconsciente se encarga de regenerarlo con bonitos sueños que por desgracia no recordamos al despertarnos, la mente humana es increíble y sabia.

Dedé empezó su sueño con un recuerdo, un recuerdo precioso de cuando ella era pequeña, la pequeña Danielle de cuatro años. Había olvidado ese momento y su subconsciente se lo devolvió. Mientras estaba allí tumbada, soñando, sonreía al verse en aquella época.

Caminaba por un campo, entre hierbas altas, secas y amarillentas, mezcladas con flores silvestres de color morado y rojo, que le llegaban por las rodillas. Con su vestido blanco de lazos, rozaba aquellas espigas de sol con delicadeza, sus manos acariciaban las flores y por su nariz entraban los olores de aquella encantadora pradera. Olores a flor, a pinos, a mañana. Alguien la llamaba en la lejanía, saludaba levantando el brazo, oscilando la mano de un lado a otro con suavidad. Era su abuelo. Allí de pie, esperaba a su pequeña Danielle.

La pequeña Danielle de los sueños, recibió la llamada de su abuelo, devolviendo el saludo, vio que llevaba una cesta en su otra mano, así que era época de recoger setas en el bosque. A Dedé le encantaba recoger setas con su querido abuelo. Corrió hacia él como si el árbol de navidad esperase al final del camino, repleto de regalos. Corrió dejando atrás aquella hermosa vista de espigas doradas y flores silvestres, corrió abriendo sus brazos para acariciarlos por última vez, era un saludo o un adiós, un hasta pronto naturaleza, gracias por esta soleada mañana. Y al fin llegó hasta su abuelo, de pie en el camino que llevaba al bosque. Él la recibió con un gran abrazo, de esos que cuando eres pequeña te levantan en volandas. Dedé se sintió en casa, de nuevo en su hogar. Recordó cómo olía su abuelo, a leña y carbón, a fuego encendido y a pinos, sobre todo a pinos, también le gustó. Su abuelo era una hombre corpulento, fuerte y alto, como los árboles a los que él tanto amaba. A Dedé siempre le había apenado no haber heredado rasgos suyos, ni siquiera el color de sus ojos, los suyos eran tan azules como el cielo, pero los de su abuelo eran especiales, eran verdes y eran amarillos, eran grises y eran azules, ella lo llamaba magia.

—¡Cuando sea mayor, tendré tus ojos “lelo”! —Aseguró la pequeña Danielle.

—¿Por qué, hija? ¡Los tuyos son muy bonitos! —Le respondió el abuelo con cariño.

—¡Por que tú eres un mago! —Dijo expresándose con las manos.

—¡¿Yo soy un mago?! —Se sorprendió él.

—¡Claro! Tú cambias el color de tus ojos a cada hora del día, ¡eso es magia “lelo”! —Contestó la pequeña emocionada.

—Yo no soy el mago Dani, el mago es el sol. Él es quien me los cambia a su antojo.

—Pues yo creo que no, creo que eres tú quién lo hace. —Dijo ella resuelta. Tiró de la manga de su camisa hacia abajo, haciendo que su abuelo se doblase para estar a su altura. Puso sus manos en sus mejillas llenas de barba esponjosa y con la cara muy seria le dijo: —No te preocupes “lelito”, no le diré a nadie que eres un mago. —Después besó su enorme nariz rosada llena de entrañables manchas de edad.

—¡Gracias princesa! —Le contestó él embobado.

Cuando Danielle era pequeña, se pasaba todos los veranos y gran parte de los fines de semana del resto del año, en casa de sus abuelos en el campo. Adoraba los animales, los bosques, la granja. Le encantaba corretear de un lado para otro sin preocupaciones, ni normas, ni siquiera horarios, levantarse con el cacareo del gallo y ayudar a su abuela con el ordeño de las vacas. Quedarse dormida a la luz de un fuego mientras su abuelo contaba las historias de batallas, piratas y príncipes, doncellas y dragones llenaban el lienzo de su mente. Después llegó la adolescencia, los nuevos amigos, las responsabilidades, las citas de cine el sábado y el pintauñas y el rimel con sus amigas el domingo. Ir al campo ya no era “chachi”, pasar tiempo con ellos ya no era guay, no era de una chica moderna. Así que se alejó de todo aquello, olvidándose de las setas, los pinos, las flores silvestres y las espigas doradas, las sensaciones de paz, los olores a verano y los abrazos en volandas. Ya no había cuentos, ya no había esponjosas barbas.

Su abuelo falleció una mañana de Enero. Danielle por aquel entonces tenía unos diecisiete años. En cuanto salió por la puerta del instituto y vio a su madre esperándola fuera del coche, lo supo. Supo que una parte muy imprescindible de su vida había desaparecido, que había perdido a alguien a quién amaba tanto, a alguien a quien había abandonado. Se sintió sola en el mundo cuando su madre le dijo que ya no estaba, se sintió arrepentida por no haber continuado sus visitas como cuando era pequeña. Le dolió, tanto que sintió cómo su adolescente corazón se partía en mil pedazos, no por un primer amor, no por un desengaño, todos los pedazos eran de su “Lelo”.

Pero ahora en sus sueños tenía de nuevo cuatro años y quería disfrutar de él como no lo había hecho antes. Se agarró fuerte a la mano áspera y endurecida de su amado abuelo y dando pequeños saltos de energía se adentraron entre los pinos.

—¡Lelo!

—Dime hija.

—¿Cuántas setas crees que recogeremos hoy? —Preguntó la pequeña Danielle.

—No lo sé, Dani. ¿Tú cuántas crees? —Respondió cariñoso.

—Pues yo creo que tantas que la abuela dará un brinco así de grande. —Danielle saltó tan alto como pudo, sin soltarse de la mano de su abuelo.

—Pero princesa, tu no has venido a recoger setas. —Dijo él.

—¡Sí! Tú llevas la cesta y vamos juntos, ¿no lo ves? —Contestó ella corrigiendole.

Su abuelo se paró en medio de un pequeño claro que había en el bosque, miró hacia arriba, donde los rayos de luz atravesaban las ramas, donde el cielo se abría y se veía perfectamente su intenso color. Cerró los ojos y respiró hondo.

—¿Lo hueles, Danielle? —Preguntó él. Danielle lo miraba sin contestar. —¿Hueles el destino?

—¿Qué haces “lelo”? —Preguntó la pequeña asombrada.

Su abuelo abrió los ojos de nuevo y la miró. Estaba serio, muy serio.

—¡Despierta hija! ¡Debes despertar!

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! Yo quiero quedarme aquí contigo. —La pequeña Danielle sollozaba.

—¡Mírame Danielle! ¡Ya no tienes cuatro años, yo no soy real! Danielle, tengo que irme, pero antes debes despertar y correr. ¡Corre como cuando corrías por estos campos, corre sin mirar atrás, hija! —Dijo él con preocupación.

Dedé estaba confusa. La niña que agarraba la mano de su abuelo, ya no era la Danielle de cuatro años, si no ella. No entendía qué quería decir su “lelo” con que corriera.

—¡Quiero quedarme aquí contigo! Solo un ratito más. —Suplicó.

—No puedes, te encontrará. Debes salir de tus sueños y salvarlos.

—¿Salvar a quién? ¿Quién me encontrará? —Preguntó acelerada.

—Debo irme princesa, no debo estar aquí. ¡Tú solo sálvalos, sálvalos de él y corre! —La sujetaba por los hombros con fuerza. Su esencia se evaporaba, desaparecía por momentos.

—¡Espera! ¡No, no, no te vallas “lelo”! —Ella se sujetaba a sus brazos para que no se fuera. Se sujetaba con fuerza. — ¡Dime a quién tengo que salvar!

Su abuelo miró aterrorizado hacia el final del bosque, como si allí hubiera alguien. —Solo tienes que escuchar Dani. —Posó su mano en el pecho de Dedé. —Escucha a tu corazón. —Miró por última vez a su querida nieta, la besó en la frente y desapareció.

Dedé se quedó helada, allí de pie, frente a lo que había sido su abuelo y se convirtió en simple aire que respirar. Miró hacia el final del bosque, buscando una respuesta, algo que la indicara a qué se refería él sobre ¡Sálvalos y corre!

—Escucha a tu corazón, escucha a tu corazón. —Se repitió cerrando los ojos. Y de pronto lo oyó.

—¡Ayúdame Danielle, ayúdame! —Esa voz ya la había oído antes, le resultaba muy familiar. —¡Sácame de aquí por favor!

Dedé se lo pensó unos segundos y entonces la reconoció. Sin duda era:

—¡¡Marion!! —Se sobresaltó. —¿¡Marion dónde estás!?

—¡Danielle, sácame de aquí por favor! ¡Tienes que sacarme de aquí! —La oía, pero no la veía.

Dedé daba vueltas y más vueltas entre esos grandes pinos, entre las luces de la mañana y las setas que pisaba. Rebuscaba con la mirada, una y otra vez, para encontrar el rostro de Marion. La voz seguía pidiendo auxilio, se repetía constantemente, se repetía, se repetía sin cesar. Era muy molesto, se metían en su mente las frases de socorro de Marion, le penetraban y retumbaban en sus oídos. Todo le daba vueltas y más vueltas. Dedé se sujetó la cabeza con fuerza y se agachó. El corazón le latía con potencia, se le iba a salir del pecho. Respiraba fuerte, intenso, quería que aquello parara, pero Marion seguía y seguía y cada vez con más brío gritaba.

—¡Ayúdame, ayúdame! ¡Sácame de aquí, ayúdame!

Dedé no pudo más y entonces gritó.

—¡¡¡Basta ya!!!

Y en la cama se despertó.

MAÑANA CAPÍTULO 16

¡HASTA MAÑANA MIS DÉLFICOS!

CAPITULO OCHO

Imagen de Dante D’Oria en Pixabay 

PRUEBA OTRA VEZ


Dedé no daba crédito a lo que estaba viendo, se hizo mil preguntas en pocos segundos, ¿era un fantasma? ¿Su muerte había sido una alucinación? ¿Qué hacía, Mike, en River Road? ¿Por qué se había hecho de noche tan pronto? ¿Flipaba otra vez? Estaba confusa y aquel muerto viviente se acercaba cada vez más a ella.

Era cierto que la noche había llegado demasiado rápido, algo bastante extraño, puesto que la tormenta se había disipado y no eran todavía horas nocturnas. Entre las sombras y el aleteo de las ramas, que se movían por la fuerte brisa que había dejado el diluvio, Mike daba pequeños pasos, inaudibles, con serenidad. Parecía que flotaba entre un millar de hojas húmedas, atrapadas por el barro. Toda su postura demostraba su anhelo por conseguir estar cerca de Dedé, sentía deseos hacia ella, deseos de posesión, deseos oscuros. Pero en verdad no era ni por su físico, ni por su perfecta estructura carnal, había algo más que él quería por encima de todo.

Dedé desbloqueó su mente de preguntas sin respuestas y se dio cuenta de que él se acercaba demasiado, debía salir de allí. Elisa continuaba gritando por el teléfono, llamando a su amiga, alertándola para que corriese en otra dirección. Demasiado tarde Elisa. Cuando Mike estuvo a pocos centímetros, Dedé sintió un terrible escalofrío por toda su espalda, su cuello se erizó y apretó los puños involuntariamente. Respiró, dejando el aire a su alrededor casi sin oxígeno.

Mike sonrió, por fin estaba cerca de ella, había conseguido tenerla solo para él, ahora podría hacer lo que tenía previsto. Se miraron profundamente, Dedé con miedo y Mike con regocijo.

—No debes temerme Danielle. —Dijo él tranquilo, acariciando su rostro entumecido. —Vengo a salvarte.

Dedé, paralizada, no se movió ni un ápice. Temía lo que él era capaz de hacer. Tragó saliva lo más silenciosamente posible.

—¡No sabes el tiempo que llevo buscándote! Y al fin te he encontrado. —Mike se deleitaba con ese momento.

—¿Quién eres? —Preguntó Dedé casi en silencio.

—Tú sabes quién soy.

—¿Mike…? —Preguntó dudosa.

—No, prueba otra vez. —Dijo con sonrisa bribona.

En el fondo sabía que no era Mike, sabía que había una presencia muy distinta delante de ella. Había visto, de manera sobrenatural, la muerte de aquel chico en el lago y estaba casi segura de que no era el mismo.

—No, tú no eres Mike. —Contestó. —Tú eres algo muy distinto, no eres de aquí, de este mundo. —Mostró templanza en sus palabras, aunque por dentro estaba aterrada.

—Exacto. Veo que no me equivoqué contigo. —El ser la miraba penetrante. —Ahora, formula la pregunta otra vez.

—¿Qué eres? —Preguntó, tragando saliva de nuevo.

—Tu guía, tu dueño, tu protector…

—¿Mi protector de qué? —Estaba confusa, lo que intuía de aquel ser no era para nada protección, no era nada bueno. Con su mirada cautiva y su presencia tan sombría. Quería marcharse, correr hacia un lugar seguro, pero al mismo tiempo la curiosidad la detenía.

—-Danielle… Tú no perteneces a este mundo. —Se acercó a su oído. —-¡Danielle…! —Le susurró. —¡Tú eres mía! ¡Mi Pitia!

Las luces de emergencia del coche de policía y de la ambulancia, alumbraban con destellos naranjas y azules entre los árboles. Dedé giró su vista con brío hacia ellos, la llegada de la caballería era inesperada. Había olvidado la llamada de socorro que hizo cuando buscaba a Elisa. Volvió su vista hacia el ser susurrante. Ya no estaba, se había evaporizado, desaparecido como en un truco de magia televisivo.

Dedé se quedó en el mismo lugar, en la misma posición, durante unos minutos más. Repasando lo que había sucedido, creía estar volviéndose loca. De nuevo se preguntaba si aquello era real, debía encontrar respuestas que explicaran lo que le estaba pasando. Entonces recordó a Elisa, su testimonio de aquello le aclararía muchas dudas. Miró hacia el suelo, su teléfono móvil estaba tirado a sus pies, con gotas de lluvia en la pantalla y ciertos restos de lodo en los bordes. Se agachó para cogerlo. Elisa tendría que darle muchas explicaciones.

—¡Señorita! ¿Se encuentra bien? —Un policía se acercaba, cegándola con la linterna. Dedé se tapó la cara por la luz cegadora. —¿Necesita ayuda?

—¡Sí, estoy bien! —Contestó.

—Hemos recibido un aviso de desaparición. ¿Nos llamó usted? —El policía ya estaba a su lado.

—Sí, lo siento, mi amiga se había perdido, pero ya la he encontrado.

—¿Y dónde está su amiga? —Preguntó.

—¿Qué?

—Su amiga, ¿dónde está? —Preguntó él desconfiado.

—¡Ah! Pues se ha ido… —Dijo ella poco convincente.

—¿Y se ha quedado usted aquí sola?

—Sí…, yo…, había perdido mi móvil, me he quedado buscándolo. —Dedé le enseñó el teléfono.

—Ya, claro… ¿Es usted estudiante de Jacksonville?

—Sí, ¿por qué?

La voz de otro agente se oyó a través de la radio que el policía llevaba en la solapa del cuello de su camisa uniformada.

—¡Hopkins informa!… ¿Qué has encontrado?… Cambio

—Todo en orden, he encontrado a una estudiante. Parece que se trata de otra broma universitaria. Cambio. —Contestó molesto.

“—¡Putos niñatos! … Otra que pasará una bonita noche en el calabozo! Cambio”

—Vamos para allá… Cambio y fuera. —El policía sacó sus esposas y sujetó el brazo de Dedé.

—¡Oiga que no es una broma! ¿Qué hace? ¡No tiene ningún derecho! —Dedé se revolvió para soltarse.

—No lo haga más difícil, señorita. ¡Si se resiste la encerraré por desacato a la autoridad! —El policía giró a Dedé con fuerza y la puso de espaldas, le colocó las esposas mientras recitaba, como un robot, sus derechos. —Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra frente a un tribunal. Tiene derecho a un abogado, si no, se le asignará uno de oficio. Tiene derecho a realizar una llamada a un familiar o persona que usted elija, se le considerará inocente hasta que las pruebas determinen lo contrario… —Continuaba su discurso mientras Dedé se quejaba y declaraba su inocencia.

—¡No sabe lo que está haciendo! ¡Yo no he incumplido ninguna ley! ¡Oiga, no puede hacerme esto, usted no lo entiende, le digo la verdad!—Repetía una y otra vez.

La metieron en el coche, esposada y enfurecida, se dirigía a la comisaría. Pensó en Elisa de nuevo. Ella la sacaría de este lío, explicaría a la policía que no había sido una broma y todo se solucionaría. Solo quería llegar para hacer uso de su derecho de llamada.

Imagen de Yuri_B en Pixabay

Mientras tanto, en la biblioteca… Marion seguía sumergida en la red, buscando información sobre aquel misterioso libro. Llevaba horas inmersa en infinitas páginas de Internet, sin encontrar nada que ella no supiera, todo era irrelevante. Se había hecho de noche sin darse cuenta. La biblioteca estaba cerrada al público, los estudiantes, la mayoría, ya estaban descansando en sus habitaciones, pero Marion necesitaba saberlo todo sobre la existencia de aquel extraño ejemplar. Entonces, pulsó con su ratón encima de un enlace y éste le llevó a una red prohibida. Algo la inquietó. Según una página de aquella red oculta, se habían hallado manuscritos en un antiguo monasterio de Tesalía, al norte de Grecia, en los monasterios de Meteora, eso no era lo raro, lo raro era que databan del año 1.800 d.C. y Marion sabía, por sus estudios, que los últimos datos históricos relacionados con ese tema tenían fecha anterior, bastante anterior, exactamente del año 1.200 a.C. No se habían encontrado ni documentos ni pruebas que confirmaran la existencia de ciertos seres.

—¡Esto es imposible! —Exclamó ella sin dejar de mirar a la pantalla. —¡Esto significaría que existe actividad divina en la Tierra! ¡No puede ser, tengo que llamar a Danielle! —Marion se apresuró a coger su teléfono para llamar a Dedé. El teléfono dio tono, pero nadie contestó.

Saltó el contestador y Marion dejó un mensaje.

Marion continuó leyendo el artículo prohibido, en la pantalla de su ordenador. Al parecer, uno de los escribas del monasterio, aseguraba poseer un pergamino donde se explicaba detalladamente el descenso de un ser mitológico a la Tierra, decía que si había pasado tan solo hacía 220 años, ese ser debía de estar todavía entre nosotros. Anunciaba que venía el fin del mundo, que era el apocalipsis, que la raza humana estaba a punto de extinguirse… Marion pensó que solo eran habladurías de curas, creencias infundadas, aunque las pruebas estaban ahí, ante sus ojos. El escribano había subido fotos del pergamino a la red, y se leían perfectamente las palabras: Θεός,γη, καταστροφή

—¡Es griego! —Se sorprendió Marion. —Entonces, si es griego, las palabras son; Dios, Tierra, Destrucción… ¡Oh dios mío! —Marion se dejo caer contra el respaldo, arrepentida por haber encontrado aquello.

Si aquel escribano había encontrado aquello, entonces… ¿ella tenía delante otra prueba? ¿Un libro que pertenecía a algún tipo de ser mitológico? Si eso fuera cierto, no era nada bueno, no era una buena noticia. La última vez que los dioses bajaron a la Tierra, fue para destruir la raza humana y ya habían pasado infinidad de siglos desde entonces. Si aquella vez se tomaron tantas molestias y perdieron, eso significaba que esta vez estaban más que preparados y que sus intenciones serían exactamente las mismas. Marion llegó a la conclusión muy rápido y una corriente helada traspasó su cuerpo. Se levantó de un impulso y se dirigió hacia una de las estanterías. Cogió varios tomos sobre mitologías, leyendas, datos antiguos, fechas de guerras tocadas por la mano divina. Buscó y buscó entre líneas esperando relacionarlo con algo, esperando que alguna página mencionase a ese misterioso libro, pero no encontró nada. Los datos eran muy básicos, el rayo de Zeus, el tridente de Poseidón… Nada. Marion se estaba desesperando, quería y necesitaba verificar de alguna forma todo lo que aquel escribano, aparentemente loco, decía. Necesitaba relacionar aquel libro con algo real, algo que no fuera una leyenda.

Lo miró, miró sus dorados grabados y sus tapas duras cubiertas de un cuero indestructible. Esas letras, marcadas en el frente, parecía que hubieran sido creadas de manera celestial. Sin duda aquel tomo ocultaba una gran historia y un gran misterio. Su seducción la atrajo, su perfecta hechura y sus rasgos antiguos persuadían las manos de Marion para que lo cogiera. Eso, sumado a su ansia por desvelar y saber, hicieron que ella se lanzara a abrirlo.

Tan solo con tocar la tapa y atreverse a levantarla, el libro comenzó a brillar. Marion lo miró embelesada, con los ojos abiertos de par en par y con sonrisa satisfactoria, segura de que estaba a punto de descubrir algo muy importante que cambiaría la historia. Se acercó más a él y las tapas empezaron a rebotar. No dejaba de moverse y suspenderse por el aire, a unos diez centímetros de la mesa. La luz que desprendía aumentaba por momentos, era realmente esplendorosa, tan brillante como los nuevos faros de un todo-terreno. Cegaron la vista de Marion que se intentó tapar con el brazo. Parecía que el libro fuera a explotar en segundos. Sin embargo, cesó. Dejó de rebotar y de brillar y con un golpe seco cayó de nuevo encima de la mesa. Marion, algo tímida, se acercó, como si estuviera cerca de un volcán durmiente a punto de despertar. Y en verdad, así fue.

La tapa principal del libro se abrió por completo sin que nadie la tocase, dejando ver su contenido, llamándola a ella para que echase un vistazo, solo un pequeño vistazo. Atraída, así lo hizo y sin más Marion desapareció. El libro la absorbió entre sus páginas y la apresó, como las plantas carnívoras que esperan la presencia de un insecto. Marion la enamorada del conocimiento estaba atrapada.

¿A dónde habrá ido Marion?

¿Qué significará que Dedé es su Pitia?

¿Qué mensaje de voz le habrá dejado Marion a Dedé?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO EL LUNES A LAS 19:00H

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

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