CAPITULO DIECISÉIS

YO NO LO HICE


Se despertó abriendo sus grandes ojos azules. Esta vez ella también había hecho magia, pues sus pupilas se dilataron tanto que su azul se oscureció. Se quedó inmóvil, en la misma postura que cuando se acostó, pies colgando y el resto del cuerpo como una tabla. Su pelo negro como la noche estaba húmedo, gotas de sudor brillaban en su frente, había sido un sueño tan real, tan intenso, que le costó asimilarlo. Miraba hacia el techo de su habitación pensando en sí debía hacer caso a aquellas voces, si la visita de su abuelo significaba algo. Se levantó despacio y se quedó sentada en el borde de la cama. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era aquello real o en verdad estaba perdiendo del todo la cabeza? Solo había una forma de averiguarlo.

De nuevo, sin ducharse ni cambiarse, se dirigió hacia la salida. Tenía una pinta horrible, como si hubiera estado de fiesta durante una semana entera, cara llena de moratones, la ropa sucia, todavía descalza, el pelo sudado y unas ojeras que se hundían como cuevas bajo sus ojos. Si no estaba ida, desde luego lo parecía. Caminaba acelerada por los pasillos de la residencia, con el corazón a mil por hora, esperaba llegar a la biblioteca y ver a la borde de Marion en la recepción, a salvo, sin gritos de auxilio y sin llantos. Respiraba todo el oxígeno que encontraba con intensidad, como una completa adicta sin su droga. Los demás estudiantes la miraban alucinados y se apartaban de su lado, parecía la nueva peste mundial. Cruzó el campus todo lo rápido que sus pies, con calcetines destrozados; y sus piernas temblorosas le permitían. Vio la puerta de la biblioteca al final del camino, pero se le estaba haciendo eterno el trayecto, un sendero que se alargaba más y más, en su mente, a medida que avanzaba. El sol de la mañana le molestaba en la cara, sentía que debajo de sus fulminantes rayos se iba a derretir o a convertir en polvo, cual vampiro. Al fin llegó y a duras penas pudo sujetarse a la barra de la puerta de cristal. La abrió después de coger aire dos o tres veces, quería con tanta fuerza que Marion estuviera allí. Si Marion estaba en su lugar de trabajo, eso significaba que solo estaba cansada, estresada, como bien había dicho George y para eso había un remedio, dormir durante todo un mes y jamás, jamás volver a beber, ni tocar las drogas. Se envalentonó a abrir la puerta, confiada y diciéndose a sí misma en su mente que Marion estaría allí y la volvería a llamar Danielle, la volvería a insultar con algún tipo de frase elocuente e inteligente, seguramente repararía en su aspecto llamándola irresponsable o algo parecido, no le importaba ni lo más mínimo los insultos de Marion, solo quería verla, en persona, en carne y hueso.

Entró y vio que la mesa de recepción estaba vacía, eso la estresó mucho más, con más estrés, más locura parecía desprender, la cara la tenía pálida, los ojos seguían en un pozo oscuro y su semblante totalmente desencajado. Miró hacia los otros estudiantes que hacían cola en el lugar de trabajo de Marion. Se acercó a ellos, pero se apartaban asustados por ver aquella versión tan surrealista y peligrosa de Dedé. Se abalanzó contra el primero que pilló.

—¡¿Dónde está?! —Preguntó desquiciada. El chico intentaba apartarse de ella pero Dedé se agarró fuerte a su brazo.

—¡Déjame zumbada! —Le contestó.

—¡Dime dónde está! —Preguntó de nuevo más enfurecida.

—¡Eh, oye, te ha dicho que le dejes! —La chica que estaba delante intentó socorrer al chico acorralado por Dedé. Dedé se dirigió entonces a ella.

—¡Por favor, solo quiero saber dónde está la recepcionista! —En su voz se notaba la desesperación.

—¡Está allí! —Señaló la chica confusa y algo harta de su comportamiento.

Miró hacia la dirección del dedo. Y allí estaba Marion, de pie, colocando unos libros en la estantería, tan tranquila como siempre. Dedé respiró aliviada y encorvada, casi sin fuerzas, se dirigió hacia ella.

—¡Menuda loca! ¡Está como una cabra! —Murmuraban los estudiantes de la recepción.

Arrastrando los pies y con una sonrisa llorosa, fue hacia su querida y odiada Marion. Sabía que ella la reprendería por estar en ese estado, que la echaría de allí de inmediato, pero tampoco le importaba. Necesitaba verle la cara, frente a frente, ver que estaba bien y que nadie la tenía atrapada en ningún bosque, en ningún lugar extraño. Miró su espalda, observó su vestimenta y sonrió más todavía, al ver que seguía siendo la misma Marion de siempre, con sus formas tan anticuadas y desfasadas de vestir, incluso le gustó su estilo aquella mañana. Alargó su brazo para tocar su hombro.

—¡Marion! —La llamó con alegría. —¡Menos mal que estás aquí!

Marion se giró para ver quien la reclamaba, pero no era ella, no era Marion, era otra chica del campus, otra muy diferente.

—¡Tú no eres Marion! ¡Tú no eres Marion! —Dijo Dedé sorprendida y aterrorizada. La tez de su piel se volvió tan blanca que podría llegar a ser transparente. Sus ojos se hundieron mucho más en aquel pozo negro de sus ojeras.

—No, lo siento, Marion no está. ¿Puedo ayudarte en algo? —Dijo la chica que intentaba no asustarse y ser amable. Dedé se quedó mirándola, la observó de arriba abajo con detenimiento, parecía que la fuera a devorar. —¡Oye! ¿Te encuentras bien? —Preguntó echándose hacia atrás.

—¡¡Tú no eres Marion!! —Dedé la agarró por los hombros y la estampó contra la librería con fuerza. —¡¡No eres Marion!! —Gritaba. —¡¿Dónde está?! ¡¡Dime dónde está Marion!!

La nueva recepcionista estaba realmente aterrorizada, estaba siendo atacada por una especie de joven loca, con aspecto de adicta, en plena crisis de abstinencia.

—¡¡Dime qué está pasando!! ¡¿Dónde está?! ¡¡Contéstame!! —Dedé no controlaba su fuerza, estaba fuera de sí, la apretaba y la empujaba una y otra vez.

—¡¡No lo sé!! ¡¡No sé dónde está!! —Le contestó. —¡Ayuda por favor, que alguien me ayude!

Al escuchar sus súplicas de ayuda, Dedé cesó, recordó la voz de Marion pidiendo ayuda en sus sueños. La soltó y ésta escapó corriendo. Miró sus manos, dándose cuenta de que lo que estaba haciendo no estaba bien, se le estaba yendo la cabeza, aquel tema se estaba desmadrando demasiado. Dejó que finalmente sus piernas perdieran fuerza y las rodillas se doblaron como el papel, sintiendo el frío de aquellas viejas baldosas en su piel.

—¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué está pasando?! —Arrodillada, indefensa, mirando sus manos temblorosas y sin comprender, se repetía una y otra vez la misma pregunta, mientras su cuerpo se balanceaba levemente hacia delante y hacia atrás. —¡Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza! —Se sujetó la frente con las dos manos, no aguantaba más aquellos sueños, aquellas voces, ni las extrañas apariciones.

—Danielle… —Una voz amistosa estaba a su lado. Era George, que vestido con su uniforme, llegó hasta ella y en cuclillas se acercó. —Danielle, soy George. —Dedé levantó la vista llena de lágrimas, llena de miedo. En su cara podía verse la locura.

—¿George? —Dijo algo aliviada al verlo.

—Sí, Danielle, soy George.

—¡George! ¡¿Qué me está pasando?! —Sus manos trémulas se agarraron a él.

—¡No lo sé, Danielle, pero lo averiguaremos! Yo te ayudaré, pero para eso tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo? —Dedé asintió afligida. —Te ayudo a levantarte. —Ambos se pusieron de pie despacio, a Dedé le costaba moverse.

Caminaron hasta la recepción lentamente, Dedé se sujetaba del brazo de George y reposaba su cabeza en su sólido hombro. Los demás estudiantes se apartaron hacia los lados, hicieron un pasillo esperando algo que a Dedé no le iba a gustar. Cuando ella alzó la vista hacia la entrada, vio a varios agentes de policía haciendo guardia, mirándola muy atentos. Eso no le hizo ninguna gracia. Miró a George con súplica, con miedo, con decepción, de nuevo se sentía traicionada. George se dio cuenta.

—No pasa nada, Danielle, yo estoy contigo. —Ella se apartó de él, soltando el brazo que antes había sido su consuelo, pero que ahora era su enemigo. —¡No lo hagas más difícil! Tienes que entregarte, Danielle.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —Dijo ella asustada y confusa.

—¡Danielle, Elisa ha muerto! —Dijo George estirando las palmas de sus manos a modo de calma.

—¡¡¿Qué?!! —A Dedé se le cayó un mar helado encima. Eso no podía ser real, estaba segura de que era un error.

—Tienes que venir con nosotros.

Varios policías se adelantaron al ver que Dedé iba a resistirse, sacando sus esposas del cinturón de su pantalón. Ella retrocedió varios pasos, impresionada y sin comprender lo que estaba pasando una vez más.

—¡Esto es otro sueño, esto no es real! —Negaba con la cabeza al mismo tiempo que gritaba. —¡George no dejes que me lleven! ¡No dejes que lo hagan!

—¡Danielle, por favor! —Él estaba realmente conmocionado, no sabía qué hacer, sus compañeros se la iban a llevar a la fuerza y no podría impedirlo. —Estaré contigo, te lo prometo, en todo momento, pero tienes que ir con ellos.

Dedé negaba y negaba con la cabeza y los policías sujetaron sus manos para detenerla.

—¡Esto es un sueño! ¡Esto no es real! —Repetía mientras intentaba soltarse desesperadamente de sus captores. —¡Yo no lo hice George, yo no hice nada de lo que creen! ¡¡Diles que me suelten, tengo que salvarlos!! ¡¡Debo salvarlos a todos!! —Gritaba como una furia y los policías se la llevaron por la puerta en volandas. Dedé pataleaba y voceaba todo lo que su cuerpo agotado y magullado le permitía. Parecía, literalmente, una loca desequilibrada.

George, angustiado y triste, se echaba las manos a cabeza, se sentía impotente viendo cómo se la llevaban y cómo ella le suplicaba clemencia, en el fondo sabía que su querida Danielle era incapaz de hacerle daño a nadie, pero había visto y oído cosas que no podría pasar por alto, realmente su querida Danielle había perdido el norte, ¿se habría convertido entonces en una asesina? Ya no sabía en qué creer. Lo que sí sabía, es que jamás la dejaría sola.


CAPITULO SIETE

VA A POR TI


—¡Marion! ¡¿Qué coño estás diciendo?! —Preguntó Dedé inquieta.

Pensó que quizás ella había tenido razón poniéndole a Marion diferentes tipos de motes insultantes. Viendo su reacción frente a un simple libro, le pareció algo loca y absurda. Una friki en toda regla. Las mofas estaban justificadas.

Marion seguía mirando aquella cubierta, con las letras grabadas bien grandes, absorta en sus cantos y pieles curtidas. Asombrada por tener delante suya una reliquia tan importante y utópica.

—¡Danielle, no tienes ni idea de lo que esto supone! —Exclamó con la voz entrecortada.

—¡¿El qué?! ¡No te entiendo!

—Este libro no debería estar aquí, está claro que alguien o algo lo trajo a este mundo y me temo que no es para nada bueno. —Explicó misteriosa en voz muy baja.

—¡Quieres dejar de desvariar, friki-empollona y decirme de que cojones me estás hablando! —Dedé empezaba a impacientarse.

—Mira, ¿ves esto? —Marion señaló las letras grabadas.

—Sí y ¿qué? ¡Son letras…! —Dijo sin interés.

—No, no son sólo letras, mira más de cerca. Toma. —Marion le prestó una lupa de su escritorio.

Dedé, a regañadientes y resoplando por la nariz con fuerza, arrancó la lupa de las manos de Marion con rudeza. Antes de parecer una estúpida mirando a través de una lupa, unas ridículas letras, Dedé se aseguró de que ningún estudiante del campus las observara. Colocó la lente a pocos centímetros del grabado y se acercó. Lo que vio después la dejó atónita, se separó rápidamente del libro y miro a Marion con los ojos como platos.

—¡¿Pero qué demonios es esto?! —Preguntó sorprendida. —¡Las putas letras están brillando! ¡Se mueven!

—¿Lo ves? Te digo que este libro no es de aquí.

—¡Esto es imposible! ¡Tiene que haber una explicación! —Dedé cogió el libro entre sus manos con la intención de abrirlo, pero Marion la detuvo.

—¡¡¡No!!! ¡¿Qué haces?! —Voceó asustada.

—¡¿Qué!?

—¡¿Estás loca?! ¡No puedes abrirlo! —Marion hizo una pequeña pausa y se explicó. —Si es lo que creo que es, no podemos abrirlo. Según las mitologías, este libro está maldito, lo que significa que está protegido para que ningún mortal terrestre lo abra.

—¿Y qué va a hacerme un libro? ¿Convertirme en rana? —Contestó Dedé bromista.

—Basándome en los manuscritos y leyendas que he leído, ¡este libro podría hacer que desaparecieras! ¡Puf! —Representó sus palabras moviendo sus manos como un mago. —Tus moléculas se esparcirían por el aire y dejarías de existir.

—¡Ja, ja, ja! —Soltó una risotada. — ¡No digas chorradas, anda! —Dedé se dispuso a abrir el libro.

—¡¡Te digo que es peligroso!! —Marion sujetó su muñeca como último intento por detenerla.

—¡Oye, me estás poniendo de los nervios! ¡Tranquilízate! Ya lo he abierto antes y sigo aquí, ¿no?

—¿¡Ya lo abriste antes!?

Dedé asintió con la cabeza con desaire. Acto seguido, abrió su portada con cuidado, a pesar de que no se creía las tonterías que la friki bibliotecaria soltaba por la boca, tenía sus dudas. Marion se echó hacia atrás, creía que algún tipo de onda expansiva iba a destruirla a ella también. La tapa se abrió del todo, la cara de Marion era de expectación, pero no sucedió nada. Una simple guarda antigua y amarillenta, con un símbolo estampado repetido, formando un mosaico por toda la hoja. Ambas se miraron. Dedé pasó la página para ver qué se ocultaba detrás, en el fondo esperaba que ocurriese algo increíble e inexplicable, pero solo había una portadilla con unas grandes letras escritas en otro idioma.

Θεοί

—¿Qué significa? —Preguntó Dedé.

—¡Hum… no sé, creo que es algún tipo de lenguaje fenicio o algo así!

—¿O algo así? ¡Tú eres la experta de esta cosa! —Contestó Dedé.

—Si y tú lo has abierto sin ningún problema, ¡además eres tú quién lo ha traído! —Replicó Marion.

—Te repito que a este puñetero libro no le pasa nada y yo no lo he traído, es de mi compañera de cuarto. —Dijo con superioridad, a Dedé no le gustaba que nadie le contestara. Justo en ese momento su teléfono móvil empezó a sonar. En la pantalla estaba el nombre de Elisa. Descolgó. —¡Ey! ¿Qué pasa? ¿Ya se te ha pasado el cabreo?… ¡Elisa, habla más despacio, no te entiendo! … —Dedé se levantó de la silla. Elisa la llamaba pidiendo ayuda, algo le había sucedido. —¡Vale, tranquilízate! ¿Dónde estás? … ¡Voy para allá!

Dedé estaba preocupada, colgó el teléfono y empezó a recoger sus cosas.

—¿Qué ha pasado? —Pregunto Marion. —¿Estás bien?

—¡No, no estoy bien! Me ha llamado mi amiga, algo de que la han seguido hacia el bosque y está aterrada. ¡Algún capullo universitario que quiere hacerse el gracioso! ¡Como lo pille le voy a dejar la cara como un mapa!

—¿Y qué hacía ella en el bosque? —Preguntó Marion desconfiada.

—Suele ir al RiverHouse, a coger comida para llevar, cuando está agobiada. Se habrá adentrado en el bosque cuando sintió que la seguían. ¡Voy a buscarla! ¿Te importa si dejo aquí mis cosas? Luego pasaré a recogerlas.

—Sí, claro, sin problema. —Marion miró el libro con miedo. —Buscaré algo sobre estos símbolos en la red, si encuentro algo te llamaré.

—¡Perfecto, gracias Marion! Te debo una. —Voceó Dedé ya desde la puerta.

—En verdad me debes unas cuantas… —Contestó para sí misma.

Dedé corrió hacia el aparcamiento, allí estaba su coche, pensó que el bosque no estaba lejos, pero que así llegaría más rápido. Esa zona tenía una extensión muy grande y poca afluencia de gente. La zona verde, como la llamaban allí, era un terreno algo fangoso; y por desgracia, esa tarde había tormenta. Dedé aparcó frente al pub de comida, apagó el motor y sacó su móvil para llamar a Elisa.

—¡Vamos, Elisa cógelo! —Daba tono pero nadie contestó. —¡Mierda!

Estaba lloviendo a cántaros y las nubes interrumpían la claridad del sol, eran ya casi las siete de la tarde, dentro de pocas horas el día se haría noche. Dedé decidió salir del coche sin más abrigo que una pequeña linterna de la guantera. Se dirigió hacia los árboles cubriéndose la cabeza con el cuello de su chaqueta.

—¡Elisa! ¡Elisa! ¿Dónde estás? —Llamaba a su amiga mientras caminaba apurada entre el barro, la lluvia y las monstruosas ramas de aquellos castaños. —¡Elisa, soy Dedé! ¡Sal, aquí no hay nadie! —No obtuvo respuesta.

Se detuvo un momento, si se adentraba más correría el riesgo de no ver nada y perderse. Pero su amiga estaba en peligro y debía hacer algo. Cogió su teléfono de nuevo y marcó el número de emergencias.

—¿Hola? Si, mi amiga me ha llamado asustada, creo que se ha perdido en el bosque de River Road. He venido a buscarla pero no la encuentro, ¿pueden ayudarme? … Sí, de acuerdo, esperaré. —Dedé colgó el teléfono y volvió a marcar el número de Elisa, quizás si oía su móvil a distancia podría encontrarla.

—Dedé… —Elisa contestó.

—¡¿Tía, dónde estás?! ¡He venido a buscarte! ¿Estás bien? —Dijo sorprendida de que le contestara.

—¡Dedé, lo siento…! —Su voz era casi inaudible.

—¡¿Qué dices boba?! ¿Para qué están las amigas? ¡Venga, dime dónde estás que voy hacia ti! —Dedé comenzó a andar de nuevo por inercia, sin un destino concreto.

—¡Yo no quería, él me obligó! —Dijo ella sollozando. —¡Lo siento Dedé, lo siento…!

—¿Quién te obligó? ¡¿Quién ha sido el cabrón que te ha puesto la mano encima?! ¡Te juro que lo voy a matar! ¿Me oyes? —Dijo enfurecida.

—¡No, tú no lo entiendes! ¡No es a mí a quién quiere!

—¿Qué? —Dedé estaba confusa.

—Es a ti. Va a por ti.

—¿De qué estás hablando? —Se detuvo de nuevo y la lluvia cesó, pero la noche ya estaba encima de aquellos inmensos árboles.

—¡Hola Danielle! —Un joven apareció, a unos metros, detrás de ella. —¡Por fin nos conocemos!

—¡¡Sal de ahí, Dedé, vete!!— Gritó Elisa, a través del telefono, previniendo a su amiga. —¡Corre Dedé, corre!

Dedé se dio la vuelta y lo vio. Un joven apuesto y fuerte que salía de entre los árboles se acercaba hacia ella. No pudo distinguir sus facciones, las sombras y la noche impedían que lo viera con claridad. Ella estaba atónita, ¿qué tipo de broma o trampa le había preparado su amiga? No podía reaccionar, seguía allí de pie, intentando descifrar aquella cara y aquella voz que le resultaba tan familiar. El chico se acercó despacio un poco más.

—Tenia muchas ganas de estar a solas contigo. —Tenue, calmada. Sin duda Dedé había escuchado ya esa voz.

Unos pasos más, a pocos metros de ella y una pequeña claridad dejó ver su rostro, entre los rayos inmortales del anochecer y el brillo de la tímida luna que tardaba en aparecer. Entonces lo vio, lo reconoció.

—¡Dedé, por favor, tienes que irte de ahí! —Elisa voceaba a través de la llamada sin descanso. —¡Dedé! ¡¿Me oyes?!

Danielle Dumont, inerte, quieta, penetrada en el suelo como las gigantescas raíces de aquellos árboles, no era capaz ni de pestañear. El teléfono que sostenía en su mano, apretado contra su oído, se le resbaló y mientras caía al suelo con lentitud, su mente se llenaba de mil millones de preguntas imposibles. Y fue entonces cuando pronunció su nombre.

—¡¿Mike?!

¿ESTÁ MIKE VIVO?

¿ENCONTRARÁ MARION ALGUNA RESPUESTA SOBRE EL LIBRO?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO

CADA LUNES, MIÉRCOLES Y JUEVES EN PITIA DE DELFOS

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CAPITULO SEIS

¡CUANDO YO TE LO DIGA! Elisa salió de la biblioteca como un rayo enfurecido, sin reparar en que había dejado todas sus pertenencias de estudio encima de la mesa, a veces su carácter era así, tan impredecible y brusco como un tsunami arrasador. Dedé ya estaba acostumbrada a sus reacciones ardientes, era una característica latina … Sigue leyendo CAPITULO SEIS