CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA


Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes de aquel lugar. Aparentemente, desde fuera era una construcción humilde, pequeña, pero una vez dentro todo cambiaba. Las paredes, llenas de mosaicos representativos y altos ventanales, medían hasta cinco metros. El techo era abovedado con un sinfín de imágenes pintadas, los colores eran vivos, llamativos, aunque se podía apreciar el paso del tiempo en algunos, en otros parecía que el mismísimo Rafael los repasase cada día. La claridad era abrumadora para los ojos aún adormilados de Heracles. Los enormes ventanales atraían la luz hacia el interior. Era una sala sin muebles ostentosos, ni reliquias de ningún tipo, solo había un altar hacia el fondo con tres escalones bajos y en cada uno de ellos, una persona. Eran como estatuas, observaban a Heracles sin inmutarse, con las manos entrelazadas y reposadas en el regazo. Portaban una túnica azul celeste, muy clara, tan clara como el cielo más despejado. En sus espaldas, colgaba una gran caperuza y de ella una roseta griega plateada de cuatro pétalos. Heracles la reconoció al momento, los cuatro pétalos significaban los cuatro elementos de la naturaleza (viento, tierra, agua y fuego). El altar estaba rodeado por flores silvestres de todas las clases, pequeños arbustos de todos los colores y en el centro un gran manzano, fuerte, robusto y lleno de frutos. Los animales voladores lo sobrevolaban llenando la sala de armonía y paz. Heracles se levantó al ver que una mujer bajaba las escaleras del altar y se acercaba a él. Ella era diferente, más adulta, más bella y con una esencia distinta.

—Bienvenido, hijo de Zeus. —Ella extendió sus brazos para recibirlo.

—¿Quién eres? ¿Cómo sabes quién soy? —Preguntó desconfiado.

—Soy Mitéra. —Contestó, juntando las palmas de sus manos frente a sus labios, haciendo una pequeña y lenta reverencia cerrando los ojos. —Sabemos quién eres porque nosotros conocemos a todo ser que camina por la tierra. A ti no es difícil reconocerte, Heracles, hijo de Zeus.

—Ya, bueno… ¿Y dónde está mi amigo? —Preguntó apresurado.

—¿Te refieres al profesor? —Mitéra caminaba, solemne, alrededor de Heracles, los observaba como quien está en un museo.

—Sí. —A él le ponía nervioso ser objeto de una extraña mujer.

—No te preocupes por él, su cuerpo está descansando.

—¡¿Cómo que descansando?!

—Que su alma lo ha abandonado, pero nosotros cuidamos de su carne. —Dijo ella con calma. Hablaba muy despacio y cada paso que daba era premeditado, eso a Heracles no le gustaba.

Era una mujer joven y muy bella, de unos treinta y cinco años, su túnica no era azul como la de los demás, sino marrón, un marrón terrenal, una mezcla de color arena y tierra mojada. No llevaba el mismo símbolo, ni siquiera llevaba uno, pero sí tenía la caperuza puesta, por el flequillo salían algunos cabellos hacia fuera dejando ver su color, su pelo era como el chocolate, como los granos del cacao, al menos eso fue lo que pensó Heracles al verla. Sus ojos eran como su pelo, como su túnica y como su piel, tostados. Aunque eran pequeños, tenía una mirada penetrante, de esas que con solo mirarte, son capaces de descubrir todo tu interior. Iba descalza como los demás de aquella sala, pero ellos tenían heridas recientes, señal de desgaste y devoción. Ella no, ella no tenía ni un rasguño.

—¡¿Está muerto?! —Dijo él asustado.

—Eso es muy general, ¿no te parece? Decir que alguien está vivo o muerto es una forma de hablar demasiado rotunda. Hay muchas maneras de existir en este mundo y en otros. —A Heracles le molestaban sus enigmas y su manera de expresarse, tan calmada.

—¡No tengo tiempo para misterios, Mitéra! ¡Dime de una vez si está vivo o muerto! —Preguntó estresado.

—¡Eres un ser muy impaciente, Heracles y algo insubordinado! Teniendo en cuenta que estás frente a mí, la protectora de los cuatro elementos y soy la única que puede traerlo de vuelta a este plano terrenal.

—Si puedes traerlo de vuelta, ¿a qué estás esperando? — Le importó poco quién era, solo pensaba en salvar a Harris.

—No tan rápido, hijo de Zeus, antes deberás darme algo a cambio. —Contestó ella.

—¿Qué es lo que quieres? —Preguntó tajante, quería terminar con todo aquello lo antes posible.

Mitéra se giró hacia el altar, subió el primer escalón y de nuevo se giró hacia Heracles, con sus manos señaló a los que parecían estatuas mudas con túnicas azules, silenciosas, inamovibles y con los pies doloridos.

—Estos son los Yios, hijos de la Tierra, hijos míos. Jóvenes mujeres y hombres, destinados a preservar todos los elementos. Se entrenan durante siglos para ser dignos de ocupar un lugar en el Megalo Meteoro.

—Muy bien, ¿y qué? —Pregunto sin darle importancia. Mitéra era muy paciente, pero detestaba la falta de respeto.

—Los Yios que he criado, moldeado y entrenado hasta ahora, no han sido aceptados, ninguno de ellos a logrado entrar en el Megalo Meteoro. Antes todo era distinto, ¡mis Yios eran los ganadores, siempre, sin excepción! Se enfrentaban al resto de aspirantes de los otros monasterios y jamás eran vencidos. ¡Jamás! —Se estaba enfureciendo. Tomó aire por unos segundos y continuó levantando el mentón. —Ahora todo ha cambiado, la tierra ha cambiado, su vitalidad, su poder… Los humanos han infestado todo cuanto han pisado y por ellos, mis Yios ya no son puros.

—¿Y qué se supone que puedo hacer yo? Yo no puedo entrenarlos, necesitaría miles de años y no tengo tiempo. Llevo a cabo una importante hazaña, no voy a detenerme en una competición de egos.

—¡¡Tú no lo entiendes!! —Mitéra se dirigió a él furiosa. —¡Aquí equilibramos el mundo, equilibramos la existencia de todo lo que te rodea!

—Yo no pertenezco a este mundo, Mitéra, no soy de la Tierra. —Dijo con desprecio. —Soy olímpico, no me atañen vuestros problemas. Encontrarás a otro que lo haga. —Heracles infló su pecho con orgullo. —Si no vas a ayudarme, dime dónde está el profesor y yo mismo me lo llevaré de aquí, vivo o muerto.

—¡¿Quién te crees que eres?! ¡Estás ante una diosa, insignificante desliz humano! Tú solo existes porque tu padre tuvo una aventura con una terrestre! ¡Harás lo que yo te pida o te enfrentarás a mí! —Mitéra estaba muy enfadada ante la desobediencia de Heracles.

—¿Enfrentarme a ti? ¿Y qué vas a hacerme, rodearme de plantas y pajaritos? —Contestó él burlón.

Eso desequilibró del todo a Mitéra. Entonces su capa se convirtió en fuego. Rodeada de llamas de un vivo color rojo, miró a Heracles desafiante. Su rostro se cuarteó como la tierra seca y sus ojos dejaron de ser cacao, se volvieron brasas. Estiró los brazos hacia abajo, de sus manos brotaron dos varas incendiadas. Lanzó una, Heracles la esquivó haciendo un ligero movimiento hacia la izquierda, pero lanzó la segunda con tanta rapidez que Heracles no la pudo sortear y esta le atravesó el hombro.

Heracles era inmortal, pero su inmortalidad no le libraba del dolor. Soltó un quejido hacia dentro, un quejido muy varonil, su orgullo iba por delante. Miró a Mitéras y contestando al desafío, se arrancó aquella vara de fuego del hombro de un tirón.

—¡No puedes matarme, Diosa! —Dijo él medio sollozando.

—No, es cierto, pero puedo hacerte sentir dolor hasta que me ruegues y supliques. —Contestó ella apagando su fuego. Ahora solo quedaba una humareda a su alrededor que se esparcía por el aire como el humo de un cigarro. —Puedo salvar a tu amigo, a ese que porta el libro. —Heracles la miró impresionado. —¿Qué? ¿Creías que no sabría lo del libro? Dentro de este limbo vivimos bajo la armonía, la reflexión y la serenidad, pero no somos ajenos a lo que ocurre fuera, al menos no de lo importante. Sé muy bien qué es ese libro y de quién es. No voy a ser tan tonta como para meterme con Apolo, él es el dios de las musas de la tierra, de las Drinfas, las Náyades, de las Ninfas… así que no necesito saber más de lo que ya sé y no puedo ayudarte si no me das nada a cambio. Si Apolo viniera a pedirme explicaciones, él entendería mi intercambio. —Explicó mientras subía las escaleras y se posicionaba bajo el manzano. Acariciaba sus hojas con cariño. —Te lo preguntaré solo una vez más, ¿quieres que tu amigo viva?

—Primero quiero saber qué quieres de mí exactamente. —Contestó él intrigado.

—Un heredero. —Dijo ella. Heracles abrió sus ojos como platos.

—¿Un hijo mío?

—No. Que te quede claro desde ya, el hijo será solo mío, no quiero lazos sentimentales, ni paternales, ni de ningún tipo. ¿Queda claro? Solo quiero tu semilla y podrás irte por esa puerta con tu amigo, con el libro y con el símbolo de la roseta. Con ella demostrareis en Agias Trias que fuisteis dignos en el santuario de los cuatro elementos, que fuisteis bendecidos por mí; y os dejarán entrar.

Heracles se quedó pensativo durante unos segundos. Se sujetaba el hombro aún dolorido, parte de su camisa se había manchado con su sangre. Mitéra se fijó en su dolor, en su herida cicatrizándose sola y en el rastro de sangre en su prenda.

—Los Asimis siempre me habéis fascinado, con vuestra sangre tan plateada, tan brillante, ¡es fría, es densa..! —Dijo con un tono de voz casi placentero. A Heracles le causó atracción su lado perverso.

—Si vas a tratarme con esta brusquedad en el lecho, creo que tendré que pensármelo. —Contestó él, pícaro. Sonrió.

—Prometo ser más suave que tus puños. —Dijo ella, siguiéndole el juego. Le devolvió media sonrisa.

Entonces tendió su mano para ofrecerle subir al altar y él caminó con chulería hasta ella. Una vez juntos, uno frente al otro, un destello de luz los evaporó.


  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

CAPITULO DIECINUEVE

TORMENTA MORADA


El profesor Harris dormía plácidamente en aquella cama gemela de sábanas blancas, era algo estrecha y sus tobillos reposaban en la madera de los pies de la cama. Tanto susto y tanta revelación divina, le habían pasado factura. Las puertas de la pequeña terraza estaban abiertas y las cortinas hacían su baile con la brisa del amanecer. Se reventó su burbuja de sueño al sentir una pequeña ola de agua fría cayendo en su cara.

—¡Arriba profesor! —Exclamó Heracles.

—¡¡Pero qué…!! —Protestó Harris, incorporándose apurado y mojado. —¡¿Se puede saber qué te pasa?! —Exclamó enfadado, quitándose el agua de la cara.

—He visto que algunos humanos lo hacen. Me pareció divertido. —Se rió Heracles.

—¡Sí, los adolescentes, no los adultos! —Harris se levantó de la cama y se sacudió la camisa rayada de su pijama. Heracles continuaba riendo. —¡No tiene nada de gracioso!

—¡Vamos, profesor, tenemos mucho camino por delante! —Dijo emocionado.

Harris miró hacia la terraza. Todavía no asomaba la luz de la mañana, el cielo estaba entre azul grisáceo y rosa.

—¡¿Pero qué hora es?! —Preguntó extrañado.

—¡Hora de marchar! —Heracles hizo un gesto, animoso, con el brazo.

El profesor miró su reloj, marcaban las cinco y media de la mañana. Al ver cómo las agujas anunciaban aquella temprana hora, resopló con fastidio y se rascó los ojos para despejarse. Le impresionó la cantidad de energía que desprendía el héroe.

—¿Listo? —Preguntó Heracles.

—Tengo que cambiarme, ¡no voy a ir en pijama! Ya que tengo que ir descalzo, al menos quiero ir vestido. —Dijo gruñón.

—Entonces, dejaré que se acicale, profesor. Iré a por víveres para usted y le esperaré abajo. —Salió de la habitación meneando sus caderas a modo de baile, se le notaba contento. Harris sacudió la cabeza, desaprobando sus maneras de caminar.


Cuando Harris bajó para encontrarse con Heracles, cruzó el recibidor del Hotel. Aquella pequeña mujer griega, de la recepción, se encontraba regando algunas plantas que decoraban la estancia. Se detuvo frente a ella y sacó un libro de bolsillo que había comprado el día anterior en una tienda de souvenirs. Buscó entre sus páginas y entonces le dijo:

—¡Kaliméra! —Saludó.

La señora respondió sonriendo y afirmando con la cabeza. Harris no quería resignarse a no entenderla, no quería sentirse un inculto en aquellas tierras. Además, veía en aquella mujer algo extraño, como si supiera todo lo que estaba pasando. Ella se acercó a él, despacio, con la regadera en la mano y apoyó el pulgar en su frente. Harris retrocedió unos milímetros dudoso, pero su halo era bondadoso y se dejó hacer. Entonces pronunció en su frente:

¡Sofía! —Puso dos dedos en su pecho, encima de su corazón y dijo: —¡Thárros! —Seguidamente, posó la palma de su mano en su estómago y dijo: —¡Dýnami! —Y dibujando un círculo, frente a él, con su brazo extendido, pronunció una última frase. —-¡Eíthe na eíste evlogiménoi me to thárros ton theón!

Harris se quedó muy quieto, sin comprender ni una palabra de lo que decía, sin entender aquellos movimientos tan extravagantes. Ella lo miró, de nuevo sonrió y lo reverenció con la cabeza a modo de despido. El profesor salió por la puerta extrañado sin dejar de mirarla, mientras ella continuaba con sus labores de jardinería como si tal cosa. Vio a Heracles esperando en la entrada, con su pose, firme, con los puños apoyados en las caderas y las piernas ligeramente separadas. Cada vez que lo veía así, no podía evitar pensar en los muñecos de “Action man” o en las esculturas de piedra representativas. Le parecía algo cómico. Heracles se giró al notar la presencia del profesor y vio su cara de confusión.

—¿Qué ocurre, profesor? —Preguntó.

—Esa señora… —Señaló con su dedo hacia el hotel. —La recepcionista…

—Si, ¿qué le pasa?

—Me ha dicho unas cosas muy raras, con unos gestos… —Recreó con su mano los movimientos de la mujer para enseñárselo a Heracles.

—Es una bendición. ¡Lo han bendecido profesor! —Le felicitó él.

—¿Ella es…?

—¿Una diosa? —Heracles terminó su pregunta.

—¿Lo es?

—No… —Dijo el héroe empezando a caminar.

—¿Entonces…? ¿Qué es? —Preguntó Harris muy interesado.

—Es una Chálkino. —Le contestó Heracles, sin intención de seguir con esa conversación. Harris siguió sus pasos esperando una explicación más extensa.

—¿Una Chal qué? —Preguntó buscando su atención.

—Una Chálkino. —Contestó, subiendo las calles en cuesta, hacia las montañas.

—¿Qué es eso?

—Hay cosas que no se pueden explicar, profesor, es muy largo de contar. —Heracles evitaba el tema.

—Te aseguro que tengo un don de comprensión muy extenso. Puedo asimilar muchas cosas extravagantes e increíbles. ¡Mírame, estoy hablando con un semidiós! —Insistió.

—De acuerdo. —Heracles se detuvo en la cuesta y miró desganado al profesor. —Una Chálkino es una descendiente lejana de los dioses.

—¿Cómo de lejana? ¿Entonces es una semidiosa, como tú? ¿Qué poderes tiene? —Harris bombardeaba a preguntas.

—En primer lugar, ¡no es como yo, ni siquiera se acerca! En segundo lugar, no se llaman poderes, se llaman dones y ella no los tiene, al menos no desarrollados y en tercer y último lugar, deje de hacerme preguntas, profesor. Por eso no quiero hablar de estos temas, tiene demasiada curiosidad y siempre necesita saberlo todo. Prometeo me advirtió sobre usted. —Refunfuñaba Heracles.

—Soy profesor, ¿qué esperabas? —Dijo él. Heracles siguió caminando y Harris se esforzaba por seguir sus pasos. Su cara reflejaba el dolor que sentían sus pies descalzos pisando el asfalto. —Además, tenemos mucho tiempo. Podemos profundizar en este tema todo lo que quieras. —Intentaba sacarle más información.

Heracles suspiró, de nuevo, con pesadez.

—Ser un Chálkino no es nada del otro mundo, no es nada especial. Son prácticamente humanos, lo único que les diferencia es alguna especialidad que han desarrollado con los años. Para que lo entienda…, es como si a usted se le ocurre dedicarse a la medicina y ser un médico brillante, pero sus capacidades mentales no son suficientes para ejercer esta profesión o es posible que consiga ser un médico, que algún día lo logre porque realmente le gusta curar a los humanos y dedicar su vida a ello, pero sin esos dones nunca llegará a ser el mejor, el más brillante médico que haya existido. —Le explicó. —Los Chálkinos son capaces de conseguir ser brillantes en todo lo que hacen porque nacieron para ello, en la Tierra son lo más de lo más. ¿Lo entiende? —Preguntó, esperando que lo comprendiera para no seguir hablando de ese tema.

—Sí, creo que sí… —Harris dejó de hablar durante unos segundos y volvió a la carga. —Entonces esa mujer… ¿Qué don ha desarrollado?

—Supongo que el de la protección o la bendición. —Harris abrió sus ojos impresionado y sintió algo de alivio al saber que estaría protegido de las Drinfas de Apolo durante el trayecto. —¡No se emocione! No sirven de mucho frente a dones divinos con más poder. Pueden ayudar a otros humanos en el día a día, pero me temo profesor, que en nuestra misión, no servirán de mucho.

—Vaya… —Dijo decepcionado. —¿Hay muchos chálkinos en la Tierra?

—Demasiados… —Contestó Heracles con inquina.

—Parece que no les tienes aprecio.—Harris miraba a Heracles como quién quiere descorchar una botella con un mensaje dentro. Ansioso por saber más.

Heracles se detuvo justo al pie de la montaña, miró hacia abajo y observó el pueblo y sus calles desde arriba. Vio que el profesor estaba sudoroso y que se esforzaba por llegar hasta él. Pensó en lo dura que iba a ser la expedición, llevaban tan solo unas pocas cuestas y ya tenía a un humano medio escacharrado bajo su supervisión. Decidió terminar con esa conversación de una vez por todas, ambos necesitaban toda la atención centrada en la misión, sin distracciones.

—Profesor, le contaré algo y dejará de preguntar sobre esto, ¿de acuerdo? —Le dijo tajante. A Harris se le iluminó la cara como a un niño pequeño.

—De acuerdo. —El profesor llegó, al fin, hasta el héroe y resopló limpiándose la frente con un pañuelo. —¡Dispara!

—Desde siempre he odiado a los chálkinos, los consideraba basura divina, despojos de nuestra historia familiar. Quizás por que ellos siempre han disfrutado del anonimato y de la mortalidad, no sé… O por que algunos son intocables. Por eso no me gusta hablar de ellos. Viven sin responsabilidades y sin preocupaciones universales, solo tienen que destacar en una cosa en la Tierra para tener una vida tranquila.

—Bueno… a mi esa señora no me pareció que tuviera pocas preocupaciones, por su piel y su rostro, se nota que ha tenido que soportar muchas cargas a lo largo de su vida.

—Sí, es posible, pero su vida terminará y dejará de soportar o de sufrir. La mía es de servidumbre, tengo una carga eterna. Debo cumplir todo lo que se me pide porque es lo que se espera de mí… —Heracles miró a Harris. —Como ya le he dicho, profesor, yo no salgo de una película… ¡Existo! Si los chálkinos o los humanos tuvieran encima de sus hombros la mitad de mis dones y la mitad de mis años de inmortalidad, buscarían la manera de acabar con ella.

—¿Con la inmortalidad? ¡¿Acaso tú quieres morir?! —Preguntó Harris desconcertado.

—Quiero descansar… —Contestó Heracles con la mirada abatida.

Harris se apiadó de él por un momento, sintió lástima. No había reparado en qué tipo de vida tenía aquel, musculoso y poco inteligente, héroe. Lo había juzgado rápido.

—Has dicho que antes odiabas a los Chálkinos. ¿Ya no es así?

—No, ya no. —Contestó seco.

—¿Por qué? —Preguntó Harris. Heracles medio sonrió.

—Sabía que no se quedaría tranquilo con una sencilla explicación. —Harris se encogió de hombros haciéndose el inocente. —Existe una profecía en nuestro mundo, una muy potente y que llegará pronto. Al parecer, surgirá una Chálkino entre los humanos que logrará dominar todos los mundos.

—¡¿Y se supone que eso es algo bueno?! —A Harris le pareció una noticia terrible.

—Si ella puede lograr eso, ¡imagínese todo lo que podrá hacer! Lo único que tiene que pasar es que la Chálkino escoja el camino correcto, nada más.

—¡¿Solo eso?! —Respondió Harris con sarcasmo. Heracles rió de nuevo.

—Tranquilo, profesor, esa no será su lucha.

—¿Y por qué estás tan feliz con esa profecía?

—Yo tengo un destino y cuando mi destino culmine… descansaré.

—¡¿Morirás?! —Harris se entristeció.

—¡No me diga que me ha cogido cariño…! —Se echó a reír. —Para usted ochenta, noventa o incluso cien años de vida son pocos. Para mí miles de años son suficientes, se lo aseguro. Según cuenta la profecía, ella es mi destino, mi última hazaña como semidiós. Supongo que la Chálkino tendrá el poder de darme la mortalidad o simplemente de quitarme la vida, dependerá de como se vaya desarrollando todo, las profecías no son muy detalladas, ¿sabe? A veces ocurren y otras veces no. —Dejó al profesor reflexionando y continuó el camino rocoso en cuesta. —¡Vamos, profesor, debemos llegar al primer monasterio antes de que acabe el año! —Dijo bromista.

Los dos caminaban, descalzos, cosa que a Heracles no parecía molestarle en absoluto, sin embargo Harris no dejaba de quejarse cada vez que daba un paso. Ya había quedado atrás el amanecer y el sol quemaba la ladera de la montaña con fuerza. Los veinticinco grados del día anterior se convirtieron en treinta, una subida de temperatura poco amistosa para esos dos peregrinos. Hicieron varias paradas a la sombra para que Harris recobrara el aliento y pudiera limpiarse las heridas que se le fueron formando en los talones. Heracles cuidó de él, protegiendo sus grietas sangrantes con un ungüento curativo. El calor golpeaba aquellas rocas y se hacía insoportable sumado al esfuerzo de subir.

—¿Puede continuar? —Preguntó Heracles a Harris.

—Sí… creo que sí. —Contestó el profesor agotado. Estaba sentado en una de las piedras mientras Heracles curaba sus heridas agachado. —Gracias.

—No es nada, profesor. Usted cuida del libro, yo cuido de usted. Prefiero esto a tener que cargar con ese endemoniado artilugio.

—¿Qué sabes sobre él? —Preguntó Harris.

—¿Sobre el libro? —Harris asintió levemente, estaba asfixiado. —Lo único que sé es que atrapa almas, almas de todos los mundos, ya sean divinas o humanas, nadie puede escapar de su poder. Apolo lo construyó en clandestinidad, en verdad no sé dónde consiguió tanto poder, pero estoy seguro de que no lo hizo solo, él no podría. Dicen que entre esas páginas están tus peores pesadillas, tus miedos más profundos, si te quedas atrapado, los revives una y otra vez. Solo Hades posee ese don, un don que te lleva a la locura. —Harris se asustaba a medida que Heracles explicaba más cosas sobre el libro. Temía por Marion, ¡ella estaba allí, atrapada! —Por eso no entiendo cómo un libro ha podido absorber todo ese poder.

El profesor alzó la vista hacia el horizonte, desde allí se veía todo Kalambaka y más allá, era una vista espléndida a pesar del dolor de pies, el esfuerzo y el calor. Las montañas rocosas que rodeaban los valles se fundían con la luz y aquellos escasos árboles verdes relucían con más intensidad. El cielo llamó su atención. Con un día tan caluroso, el cielo debería estar despejado, pero no era así. Donde la tierra y las nubes se unían, allí hacia el final, divisó una enorme tormenta que comenzaba a acaparar todo el firmamento. Era una tormenta distinta a todas las que él había visto. Sus colores, su fuerza, los grises y negros se mimetizaban y se hundían en uno solo formando un tono violáceo endemoniado. Aquello no tenía buena pinta, no era una buena señal. Harris levantó el brazo y señaló con el dedo.

—¿Y eso? ¡¿Me lo explicas?! —Dijo a Heracles aterrado.

Heracles, que continuaba agachado frente a Harris y su espalda ignoraba todo lo que ocurría en la atmósfera, siguió la señal del dedo indicador del profesor y se giró despacio. Miró hacia arriba y observó cómo a lo lejos, los rayos morados caían llenos de cólera hacia la Tierra.

—Esto no es bueno, profesor. ¡Nada bueno! —Exclamó sujetando a Harris por el brazo para que se incorporara lo más rápido posible.

—¡Espera! ¡¿Qué ocurre?! —Harris parecía un monigote. Lo sujetaba por un brazo y lo llevaba en volandas, con medio cuerpo en el aire y el otro medio raspando el suelo.

—¡Vienen a por nosotros! ¡Vamos debemos llegar hasta el primer monasterio, allí nos refugiarán! —Heracles seguía hacia delante mientras Harris se comía cada rama que sobresalía de la colina.

—¡¡Espera, espera!! ¡Bájame! —Protestó el profesor. Heracles lo soltó y se detuvieron. —¡¿Quieres esperar un momento, por favor?! —Dijo colocándose la ropa con un tirón hacia abajo. —No soy un experto en esto, pero las tormentas, los truenos y demás… ¿No son cosa de tu querido padre, Zeus?

—Sí, ¿y qué? —Contestó el semidiós.

—Bueno… es tu padre ¿no? —Heracles no comprendía la pregunta. —Quiero decir… ¡Él no es quién nos persigue, quizás nos esté echando un cable!

—Efectivamente, es mi padre, pero yo nunca le he dicho que eso fuera algo bueno. ¡Mi padre no echa cables, profesor!

—¡¿Qué pasa, te llevas mal con todos los dioses?! —Heracles no contestó. —¡Estamos apañados!

—Si no tiene más preguntas, será mejor que movamos el culo ¡ya! —Gritó Heracles apurado.

La tormenta estaba casi encima de ellos y aquellos relámpagos caían como gotas de lluvia sobre la colina, destrozando aquellos verdes árboles y convirtiéndolos en mero polvo, partían las piedras como quien rompe un azucarillo en dos y deja caer las migajas.

—¡Vamos, profesor, que ya llegamos! —Le animó para avivar su ejercicio.

Harris estaba cada vez más lejos de él y más cerca de ser abrasado. Los troncos caían tras de sí como hojas de papel. El profesor subía y subía lo más rápido que podía, pero su cuerpo ya cansado le fallaba, el peso de aquel libro a sus espaldas ralentizaba sus esfuerzos. Ya no sudaba, al menos no como antes, el calor se había volatilizado en segundos, ahora lo que recorría por su cuerpo era agua enfriada por del miedo, por la adrenalina, por aquella estruendosa tormenta.

Heracles se detuvo unos segundos al ver la distancia entre ellos y descendió para ayudarle, pues uno de esos rayos atravesó la tierra cerca de sus pies dañados y descalzos. De pronto un viento bravío rodeó al profesor y lo desplazó unos metros hacia el borde del camino. Harris gritó mientras era suspendido en el aire. Logró sujetarse de las raíces de un árbol roto y se quedó colgando, agarrándose todo lo que podía a aquella raigambre débil y partida.

—¡¡Ayúdame Heracles, por favor! —Rogó al semidiós.

Heracles luchó contra el viento, haciendo apoyo en las piedras.

—¡¡Sujétese, profesor!!

Se arrastró por el camino hasta llegar al borde donde unos metros más abajo se encontraba el profesor colgado. Se estiró hacia el abismo y cuando estuvo a pocos centímetros le tendió la mano.

—¡¡Sujétese a mí, profesor!! —El viento soplaba tan fuerte y la lluvia era tan punzante que apenas podían abrir los ojos para verse. Harris extendió también su brazo libre, para alcanzar a Heracles, pero no llegaba, no del todo. —¡¡Vamos, solo un poco más!! ¡¡Puede hacerlo!! —Le animaba una y otra vez.

—¡¡No puedo, está muy lejos!! —Gritaba Harris entre la tormenta.

—¡¡Sí que puede, yo sé que puede, vamos!! —Ambos estiraron sus cuerpos todo lo posible, pero era inútil. —¡¡No dejaré que muera!! ¡¡No morirá aquí!!

—¡¡Me resbalo, me estoy resbalando!! —En la mirada del profesor había miedo, mucho miedo. Era cierto, su única mano que sujetaba aquella ráiz muerta, no podía ejercer más fuerza, la mano enrojecida se resbalaba. Estaba a punto de caer por el precipicio y ni si quiera Heracles podría evitarlo.


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CAPITULO DIECIOCHO

DESEOS DE MAIZAL


Dedé vio cómo la puerta se abría a cámara lenta, con la impotencia de estar esposada, no podría ayudar a George si a ese asesino se le venía en gana hacerle daño. Mientras, Apolo la miraba con maldad y gozo, recreándose en su incertidumbre. Sonreía vilmente.

George entró con dos vasos de cartón en la mano, uno para ella y otro para él, estaba claro que Apolo tenía razón y que su intención era la de compartir un reconfortante café caliente para limar asperezas y seguir con un interrogatorio más amistoso. George miró a Dedé con cariño y esperanza. Dedé le devolvió la mirada asustada, su cabeza parecía un partido de tenis, pelota para Apolo, pelota para George.

—He pensado que podíamos tomarnos un café, tranquilos. —Se acercó a ella y le puso el vaso en la mesa. Aún no había visto a Apolo, allí, sentado en su silla, tan tranquilo y con sonrisa diabólica. —Siento mi reacción de antes y siento haberte hecho sentirte tan mal. ¿Podemos volver a empezar?

Dedé lo miraba desde abajo con ojos suplicantes, quería gritarle que se fuera de allí, que escapara, que estaba en peligro, pero no pudo y no supo el porqué. Temía el momento en que George se girara para volver a su asiento y viera a aquel maldito asesino. Él entendió su mirada como una aceptación de la disculpa así que se giró y se dirigió a su asiento. Dedé apretaba con fuerza aquella argolla de hierro que la tenía atrapada, esperando la reacción de su, ahora, querido policía. Pero no pasó nada, para George, allí no había nadie más que ellos dos. Ella miró a Apolo sin comprender y Apolo seguía sonriendo, sin apartar la vista de ella. George se sentó, atravesando el cuerpo de aquel Dios asesino, como si fuera un espejismo. El Dios desapareció y Dedé sintió confusión y cierto alivio. Miró, obsesiva, toda la habitación, buscándolo, como si una mosca molesta revoloteara sobre su cabeza.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó George al ver que ella vigilaba toda la habitación inquieta. —¿Qué ocurre?

—Nada, yo… —No sabía qué responder, para ella su locura iba en aumento, había muchas cosas que no podía explicarle a George sin parecer una persona demente.

—Hablemos de otra cosa, no hace falta hablar de este tema si no quieres, puedo esperar. Hasta que te sientas mejor. —Dijo comprensivo. A él le mataba verla en ese estado.

—Claro, sí. ¿De qué quieres hablar? —Seguía nerviosa, continuaba mirándolo todo y George movía su cabeza buscando su atención.

Apolo apareció de nuevo justo a su lado, se agachó para llegar a su oído.

—Sigo aquí, mi Pitia. —Le susurró.

Dedé dio un brinco en el asiento. Abrió sus ojos asustados que miraron a George de nuevo con miedo.

—¡¿No puede verte?! ¿Por qué no puede verte? —Preguntó desconcertada. Apolo negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—¿Qué pasa Danielle?

Dedé respiró entrecortado, con el cuerpo erguido por tanta tensión.

—Díselo Danielle, dile que estoy aquí. —Le incitó Apolo.

—¡No! —Contestó ella.

—¿No qué? —Preguntó George confuso.

—Que… no pasa nada. —Dedé intentó arreglar la situación.

El vaso de café seguía frente a ella, desprendía un humo tranquilizador, lo que significaba que estaba recién hecho y perfecto para recuperar la compostura con un trago. Intentó alcanzarlo con la mano, pero Apolo se adelantó y lo cogió. Dedé se dio cuenta de que para George ese café estaría flotando en el aire sin que nadie lo tocase, así que se apuró en detener a Apolo, pero la torpe rapidez hizo que, sin querer, lo derramara por toda la mesa.

—¡Tranquila, no te preocupes! —George se levantó y fue hacia ella. —¿Te has quemado?

—No, estoy bien. Perdona, soy una torpe. —Respondió ella.

—Espera, iré a por algo para limpiar esto. —Salió de la sala cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto George estuvo fuera de la habitación, Dedé se giró hacia Apolo muy enfadada.

—¿Qué es lo que intentas? —Le preguntó frunciendo el ceño.

—Ya lo sabes, quiero que vengas conmigo.

—¡Jamás! —Le gritó. —Yo no seré tu juguete personal.

—No lo entiendes, no sabes de qué estás hablando. —Le contestó él apartando su pelo de la cara con suavidad.

—¡Pues explícamelo!

—No puedo. —Apolo se incorporó y caminó de nuevo por el cuarto. —Tienes que verlo por ti misma y aceptar tu destino.

—¡¿Pero de qué destino me hablas?! —Preguntó alterada.

Apolo se acercó a ella con brío, apoyó, con fuerza, sus manos en la mesa. Dedé se impresionó de nuevo al ver esos grandes ojos morados que brillaban con más intensidad.

—¡¡Tu poder!! —Le dijo.

—¡¿Qué poder?! ¡Yo no tengo ningún poder! —Contestó cansada de sus misterios.

—Tú eres la perfecta herramienta y la clave para conseguir un futuro mejor. ¡Tú y yo, lograremos que el mundo, que todos los mundos sean nuestros! —Dijo emocionado y ansioso.

—¡Estás loco! ¿Quieres dominar el mundo? ¿En serio me ha tocado el típico villano? —Contestó ella con sarcasmo. La indiferencia de Dedé molestó a Apolo.

—¡Tú solo díselo! —Se enfureció. —Dile que estoy aquí contigo.

—No, no lo haré. Creerá que estoy loca y me encerrarán como tú dijiste.

—¡Díselo, o haré que te arrepientas! Lo destriparé como hice con tu amiga; y lo haré delante de ti. A mí él no me importa y lo mejor de todo es que ni sabrá por donde le vienen las cuchilladas.

George entró de nuevo en la sala con un trapo en la mano.

—¡Ya está! —Con la bayeta húmeda limpió los restos de café de la mesa frente a Dedé. —Espero que no te hayas quemado.

Dedé miraba cómo George limpiaba con tanto cariño, lo miraba detenidamente. El uniforme le sentaba tan bien… y aún podía apreciar en su presencia el olor a pradera y a trigo. ¡Cuánto deseaba estar, en ese momento, allí con él! Pensó en lo absurda que había sido por haberlo descartado de su vida tan rápido. En ese momento solo deseaba pasear con él entre maizales, juntos de la mano, bajo el sol de la tarde como dos enamorados. Tenía deseos de él, tenía deseos de maizal.

Se dio cuenta de que era un chico muy atractivo, pero quizás por su bondad y su posición social, no había destacado para el resto de las chicas del campus, ni para ella. Su pelo negro, con algunas sensuales canas tempranas, tenía un corte que terminaba en una pequeña cresta ladeada, llevaba patillas bien perfiladas, finas, pocos chicos de su edad podían llevar ese look tan bien como él. Tampoco se había percatado de sus ojos, las pestañas más densas que había visto jamás y lo más increíble… Él también era mago, como su abuelo. Sus ojos grises y azules, verdes y amarillos, le hicieron darse cuenta de que su corazón palpitaba fuerte cerca de él. Repasó toda su postura, desde el lunar de su cuello tostado hasta esas manos de dedos cortos, pero manos firmes y fuertes. Sus pulgares tenían un movimiento especial, estaban más separados de lo normal, eran hiperlaxos, lo que le pareció encantador. George era de estatura media, un poco más alto que ella. Pensó que su metro sesenta y nueve era perfecto para dar largos paseos y abrazos interminables. Lo miró como quien mira la foto de un ser querido al que ya no verá más.

—¡Díselo! —Le gritó Apolo al oído, despertándola de su perfecta visión de George.

—No puedo… —Sollozó ella. Sabía que si le contaba eso a George lo perdería para siempre. Él la vería con otros ojos y la daría por perdida del todo.

—¿Que has dicho? —Preguntó George.

Apolo se posicionó justo detrás de él y mirando a Dedé, sacó una daga con puñal de oro. Se la enseñó, quería demostrarle que iba en serio. Dedé respiró tan hondo y fuerte que sus lágrimas salieron a borbotones.

—¡Danielle! ¿Qué te pasa? ¡Por favor, dime qué te pasa! —Suplicó él. —¡Sé que hay algo de lo que tienes miedo, lo intuyo! Puedo ver en tus ojos que algo te está bloqueando, pero puedes confiar en mí. —George se acercó a ella y la miró con ternura.

Dedé se inclinó hacia él todo lo que pudo y besó sus labios una vez, despacio y con suavidad. Quería disfrutar de ese momento hasta que se lo arrebataran. Y con sus caras a milímetros de distancia, Dedé apoyó su frente contra la suya y cerró los ojos, pensando en cómo soltarle aquella tortura.

—Van a suspenderme por esto. —Dijo George sin separar su frente de la de ella. Sonrió. —Pero no me importa, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Dedé dejaba que las lágrimas siguieran corriendo por sus mejillas. Aquella declaración de sentimientos le complicaba aún más salvarle la vida y separarse de él del todo.

—George… —Susurró ella en sus labios.

—Dime, Danielle. —Respondió él con otro susurro.

—Fui yo.

—¡¿Qué?! —Se apartó unos centímetros de ella y la miró dudoso.

—Yo maté a Elisa.

¡Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY!

NOS VEMOS EL LUNES CON EL NÚMERO 19

BUEN FIN DE SEMANA MIS QUERIDOS DÉLFICOS



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CAPITULO DIEZ

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay 

¡BELLA DURMIENTE!


Las circunstancias en la vida de Dedé habían cambiado mucho. Ella en la cárcel, acusada por una broma universitaria muy pesada. Marion abducida por un misterioso y mágico libro. Elisa hipnotizada por los encantos de un ser con el rostro de Mike, que se había agenciado uno totalmente distinto, Luke; y haciéndose llamar Dios ante Elisa. El profesor Harris en camino hacia una cita desconocida y muy importante, portando en su maletero la prueba evidente de la desaparición de Marion, o más bien su propia prisión. ¡Todo estaba patas arriba!

Dedé descansaba, encima de un suelo frío y sucio de hormigón, dentro de su celda. El policía se acercó a las rejas y las golpeó fuerte, con su garrote, haciendo un ruido metálico ensordecedor. Eso interrumpió el sueño incómodo de Dedé.

—¡Bella durmiente! —Llamó su atención con burla. —¡Eh, despierta! Es hora de irse.

Dedé despegó la cabeza del suelo con dificultad, ayudándose con el impulso de los brazos. Miró al guardia entreabriendo los ojos.

—¡Ja, ja, ja…! —Rió el guardia cuando vio su rostro. —¡Madre mía, te han dejado hecha una pena! ¡Así aprenderás! —Dijo mientras con sus llaves daba vueltas a la cerradura.

Sus compañeras de cuarto de esa noche habían hecho su trabajo y desde luego, se habían despachado a gusto. Tenía la nariz magullada, las ojeras ennegrecidas por los morados, señal de unos bueno puñetazos; y una parte del labio partido. Estaba hecha un escombro. También le habían robado sus zapatillas y le habían quitado la chaqueta a patadas. El guardia abrió la puerta y Dedé se levantó a marchas forzadas, cojeando y sujetándose las costillas con una mano, se dirigió hacia la puerta de la celda.

—¡Vuelve cuando quieras, princesa! —Dijo la presa que llevaba su chaqueta y sus zapatillas puestas. Dedé las miró, odiosa, por última vez con sus ojos morados y su escasa percepción. La presa juntó sus labios haciendo morritos y le lanzó varios besos.

Se dirigió, dolorida, hasta la recepción para recoger sus pertenencias. Allí, un joven cadete la atendió. Esparció sus cosas por el mostrador y las fue enumerando.

—Este es tu móvil, tus llaves y tu documentación. Creo que no falta nada, revísalo todo. —Dijo el joven, que la miraba con compasión.

Dedé, despeinada, magullada y con poca energía, cogió su teléfono con la pantalla escarchada, intentó encenderlo pero fue imposible.

—¡Está roto! —Miró hacia las mesas de la oficina, dónde estaban los otros policías. —¡¿Me habéis roto el móvil?! —Exclamó indignada. La ignoraron, soltando pequeñas risas contenidas entre ellos. —¡Esto es el colmo!

El cadete se inclinó hacia ella por encima del mostrador para hablarle en voz baja.

—Lo siento, no llevan muy bien lo de las bromas, es su forma de vengarse. —Dedé lo miró con la boca abierta y señalando su cara con su dedo índice le dio a entender, si aquella paliza no había sido suficiente. —Ya, lo sé y lo siento de veras, pero deberíais parar con las bromas.

—¡Seguiré repitiendo que no ha sido una broma, hasta que se me caigan los dientes de vieja! Supongo que hay cabezas huecas en todos lados, incluido en el departamento de policía. Da igual… últimamente pasan demasiadas cosas inexplicables en mi vida, una paliza y pasar una noche en el calabozo no es del todo surrealista para mí. —Dedé miró la chapa identificativa que el joven llevaba en su pecho, sujetada por un alfiler, encima de la solapa de su bolsillo. —Agente G. Sanna… ¿de qué me suena a mí tu apellido? —Preguntó inclinándose hacia él.

El cadete recolocó su broche con orgullo.

—Estudiamos juntos en segundo curso. —Dijo él, esperando que le reconociese. Dedé lo miró sin saber de qué hablaba. —Me sentaba una fila por delante tuya… —Dedé seguía sin darse cuenta, esto desilusionó un poco al chico. —¡Me pagabas diez dólares por pasarte a limpio los apuntes! —exclamó ofendido.

—¡Lo siento, no lo recuerdo! —Contestó ella molesta.

—Te invité al concierto de los Audioslave.

—¡Oh, sí, ya me acuerdo! —Se echó las manos a la cabeza. —¡Madre mía, ese concierto fue la leche! Pero, no me acuerdo de ti… —Dijo pensativa. —A ese concierto… fui con Elisa…

—Si, lo sé. Te dí las entradas y fuiste con tu compañera de cuarto. —Dijo apenado.

—¡Oh, mierda, lo siento! —Se disculpó arrepentida.

—No te preocupes, no fue culpa tuya, seguramente yo formulé mal la pregunta. —La disculpó bajando la cabeza.

Dedé lo miró con una leve sonrisa de compasión, lo inspeccionó de arriba a abajo, pensando que no estaba nada mal.

—¿Y qué haces aquí? —Le preguntó ella interesada.

—Dejé la universidad y me apunté a las pruebas, las aprobé y… ¡aquí estoy! —Dijo él abriendo los brazos de par en par.

—¿Te diste cuenta de que querías ser policía?

—No exactamente, digamos que fuerzas personales me llevaron a esto. —Dedé asintió sin entender muy bien a qué se refería. —Me llamo George, por cierto. —Él tendió su mano para hacer un saludo formal. Dedé sonrió y le correspondió.

—Encantada, George. Prometo no olvidarme esta vez.

—Tienes que firmar estos documentos antes de irte, ya sabes, meras formalidades.—George puso los papeles, delante de Dedé, por orden. —Este de aquí es tu alta de salida. Este en el que se detallan todas tus pertenencias y afirmas que te han sido entregadas y este es en el que declaras que no has sufrido ningún tipo de mal trato físico por parte del departamento de policía. —Carraspeó al final de la frase, estaba incómodo con ese papel.

—Ya, tu y yo sabemos que no ha sido exactamente así, ¿verdad George? —Dedé firmó ambos papeles.

—Y por último, este es el de recogida de tu vehículo, tienes que firmarlo y llevarte una copia.

—¿Recogida de mi vehículo? ¿¡Por qué se llevaron mi coche!?

—Supuestamente para pruebas. —Dijo nervioso.

—¿Qué pruebas? —George se encogió de hombros y le entregó las llaves.

—Es el procedimiento. Podrás recogerlo dentro de una semana.

—¡¡Una semana!! ¡¡Estáis de coña!! ¡¡Necesito mi coche para moverme!! —Explotó muy cabreada.

—Si, también siento eso. Suelen expresar sus frustraciones así. —Encogió sus hombros de nuevo.

—¡Así que pruebas! ¿eh? —Dedé negó con la cabeza. —No debería haber firmado ese papel del maltrato físico. —Volvió a mirar a los policías con ira.

—Lo siento mucho, Danielle…

—No importa. —Suspiró. —Me voy a casa, dormiré hasta que pueda recoger mi coche.

—Deberías ir al hospital, no tienes buen aspecto. —Le aconsejó él preocupado.

—Ya… ¿Y cómo se supone que voy hacerlo? ¡Me quitaron el coche! ¿Recuerdas? —Contestó meneando las llaves de su coche en la mano. —¡Este día no puede ir peor. —Murmuró.

—Yo puedo llevarte. Acabo el turno en quince minutos y el hospital está cerca de mi casa. Puedo acercarte si quieres. —Se le notaba entusiasmado.

—No… gracias, puedo apañármelas sola

—De verdad que no me importa. —Insistió.

Dedé estaba ya en la puerta, con la mano apoyada en el cristal, dispuesta a empujarla para salir. Miró la cara inocente de George y pensó que era un buen chico, de los que ya no quedaban, también pensó que era demasiado bueno, demasiado blandito, se derretiría como la mantequilla a su lado. Pensó que se cansaría rápido de él. Pero era su mejor opción en aquel momento. Sin teléfono, sin coche y sin mejor amiga. Así que asintió con la cabeza y le esperó fuera.

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El profesor sujetaba, entre sus brazos, aquel libro envuelto en la bolsa. Como el mayor tesoro jamás encontrado o quizás el arma más poderosa capaz de destruir la humanidad, aún no se sabía, pero por su postura y por la fuerza con la que se agarraba a él, había descubierto más de lo que ya sabía y esto le había llevado a cumplir una importante labor. Al parecer la cita mantenida, la tarde anterior, le había resuelto bastantes dudas, y al parecer, también había reducido su miedo a estar cerca del ejemplar. Sentado en un asiento de vagón de tren, miraba nervioso a su alrededor, como si alguien le acechase, como si fuesen a robarle aquel misterioso y poderoso tesoro, envuelto en una bolsa poco glamurosa. Había escogido el asiento de la ventanilla, así su espalda y su costado izquierdo estarían protegidos, además desde allí podría vigilar a toda persona que entrara en el vagón.

—Debo llegar antes que ellos, debo llegar antes que ellos. —Se repetía una y otra vez.

El revisor empezó a pedir los billetes a los pasajeros, el tren ya estaba en marcha. Harris miraba, todo el tiempo, hacia el pasillo, nervioso y sudoroso. El revisor se le acercó.

—Señor, su billete por favor.

—¡Sí, claro, por supuesto! —Dijo con la voz entrecortada. Con una mano siguió sujetando el libro y con la otra, temblorosa, sacó el billete del bolsillo de su chaqueta de pana marrón con remiendos en los codos de color beige, la misma que la del día anterior, lo que significaba que el profesor no había pasado por casa ni para cambiarse.

El revisor se dio cuenta de su estado inquieto y su sudoración excesiva.

—¿Se encuentra usted bien? —Preguntó preocupado.

—Sí, gracias, estoy bien. —Le entregó el billete y éste se lo devolvió sellado.

—Muy bien, todo en orden. —El revisor lo miró intranquilo. —¡Que tenga un buen viaje, señor! —Se dispuso a marcharse.

—Sí, vale… gracias. ¡Oiga, disculpe! —Harris llamó de nuevo al joven revisor.

—¿Si, dígame?

—¿Cuándo llegaremos a Kalambaka? —El revisor miró su reloj.

—Dentro de unas tres horas y media, señor. ¿Necesita, usted, algo más?

—Sí, un vaso de agua si es usted tan amable. —Le pidió secándose el sudor de la frente, con un pañuelo de su bolsillo.

—¡Claro, enseguida!

—Muchas gracias. —Contestó Harris con media sonrisa. Con la tensión que contenía en su cuerpo no era capaz ni de sonreír enteramente.

Harris en seguida se fijó en que un hombre, sentado en un asiento en diagonal al suyo y en contra de la dirección del tren, lo observaba atentamente. Al profesor no le gustó en absoluto que aquel pasajero le mirase. Aquel hombre, trajeado, bien peinado y con aparentemente grandes modales, estaba sentado bien erguido, observando cada uno de sus movimientos. Tenía unos ojos penetrantes, rasgados, de color azul. Tenía la raya de los ojos muy marcada, como si se la hubieran pintado con un pincel. Su tez era clara, con ciertas pecas pícaras por encima de la nariz. Mandíbula pronunciada en los laterales de su rostro, su pelo era castaño claro, con un corte muy moderno y mechas blancas en las puntas de su pequeña cresta. Aquel cuerpo tan masculino, rellenaba perfectamente el traje tan impecable que portaba, era un hombre de ejercicio físico. La nuez de su garganta sobresalía y marcaba el cuello de su camisa, abotonada y cerrada, con una corbata granate.

Harris se revolvía en el asiento, intentaba no hacerle caso, mirar para otro lado, pasar desapercibido, pero le resultaba casi imposible, el ángulo de observación de aquel trajeado hombre, era perfecto para vigilarlo. El revisor se acercó de nuevo al profesor, con su vaso de agua.

—Aquí tiene, señor. —Le acercó el vaso.

—¿Podría hacerme otro favor? —Le preguntó con la voz temblorosa y casi inaudible.

—¡Claro, señor! ¿Qué necesita? —Se ofreció servicial.

—¿Puede ubicarme en otro asiento?

—¡Oh, lo siento, señor, vamos completos!

—Entonces, ¿puede decirme dónde están los servicios?

—En el vagón trasero, ahí los encontrará.

—¡Gracias! —Le agradeció Harris. El revisor asintió con la cabeza y se marchó.

El profesor se levantó de su asiento, tras beberse el agua como si fuese un chupito de tequila. Sin dejar de sujetar su valiosa pertenencia, se dirigió hacia el vagón de atrás, no sin antes cruzar, por última vez, la mirada con aquel extraño pasajero que no dejaba de observarlo. Aquella mirada era algo más que penetrante, era como si quisiera decirle algo, como si quisiera decirle que estaba en peligro y que el peligro era él.

Harris caminó por el pasillo hasta llegar al final, allí estaba el baño. Tiró de la manilla, pero la puerta no se abrió.

—¡Vamos, venga! —Volvió a tirar.

—¡Ocupado! ¿¡No ve el pomo!? ¡Está en rojo! —Dijo un señor desde dentro.

Harry se quedó allí de pie, mirando continuamente hacia la entrada del otro vagón, vigilando de que no viniera a por él, aquel hombre tan elegante. Estaba sudando a chorros, como si hubiera corrido una maratón, como si aún estuviera en ella. Una mujer se acercó, también esperaba para entrar al baño.

—¿Está ocupado? —Preguntó sonriente.

—Sí. —Contestó Harris.

La miró estupefacto, era la mujer más bella que había visto jamás. Sus cabellos eran largos y ondulados como las olas, naranjas como el amanecer de un día caluroso. Era preciosa. Sus pómulos tenían un color rosado natural perfecto. De tez pálida y dos hoyuelos que destacaban cuando ella sonreía, que iluminaban aquella estancia, algo no muy difícil, puesto que se le notaba que era de espíritu juvenil y risueño. Sus ojos grandes y marrones como el café soportaban unas largas pestañas a juego con su pelo. Harris se quedó embelesado por tal belleza, tanto que olvidó por completo toda preocupación, todo el estrés.

La mujer se meneaba de un lado para otro, sus ganas de ir al baño eran evidentes a la par que inminentes. Se acercó a la puerta y tocó tres veces.

—¡Oiga! ¿Va a tardar usted mucho? —Preguntó con su dulce voz.

Harris pensó en su voz, en lo aterciopelada y confortable que era. Podía imaginarse esa voz cada día al despertar, cada noche al dormirse, a su lado, en la almohada que ahora estaba vacía. Podría acostumbrarse a un “Te quiero” de sus labios para siempre.

—¡Vayan a otro servicio! —Desde dentro se escuchaban los esfuerzos del pasajero por vomitar.

La mujer y el profesor se echaron para atrás.

—¡Uf! —Dijo ella. —Parece que algunos no soportan el traqueteo de las vías.

—Sí, eso parece. —Contestó él tímido.

—¿Y usted? ¿Le gusta viajar en tren? —Preguntó ella dicharachera.

Harris se quedó bloqueado. No podía creerse que le hablara a él, que se interesara por tener una conversación con él.

—¡¿Quién yo?! —Dijo señalándose con él dedo.

—No, en realidad hablo con el que está detrás. —Dijo bromista. Instintivamente el profesor miró para atrás dónde solo había pared. Ambos rieron. —Le pregunto porque le veo bastante sudoroso e inquieto.

—¡Oh, no! ¡Me encanta viajar en tren! Es mi transporte favorito. —Contestó sonriente.

—¡Genial! —Exclamó ella dando un pequeño brinco. En verdad tenía un espíritu contagioso y enérgico. —Pero si va a vomitar, avíseme antes ¿vale?

—¡Claro, por supuesto! —Ella le sonrió graciosa. Él le devolvió la mirada.

—¡Me llamo Eugine! —La preciosa mujer le tendió la mano con firmeza. Harris se la devolvió.

—Harris, James Harris. —Dijo él aún sujetando con fuerza el libro con la mano que le quedaba.

—¡Encantada James! Y dígame, si no le molesta el viaje, ¿qué es lo que le inquieta? —Preguntó ella muy amable y dulce. —¿Está escapando de la justicia? ¿Le persigue la mafia? —Dijo bromeando con gracia.

—¡No! —Rió Harris. —Yo solo soy un profesor.

—¿Quizás un profesor espía que huye de algún poderoso terrorista? —Ambos rieron de nuevo. —¡Vamos, sígame el rollo! La imaginación es lo mejor para olvidarse uno de que se está haciendo pis encima.

—¡Bien, está bien! Pues… en ese caso… En verdad soy un profesor con una gran misión. Tras encontrar un libro mágico, de otro mundo sobrenatural, que atrapa a personas y manipula las mentes humanas, debo encargarme de llevarlo a un sitio seguro, a las montañas de Tesalia, cerca de Kalambaka, allí me espera un enlace que me llevará hasta los antiguos monjes de los monasterios de Meteora. Una vez entregado, tendré que asegurarme de que sus secretos no sean desvelados y convencer a los antiguos de que lo abran una vez más para liberar a una alumna que se ha quedado atrapada. —Y así lo resumió Harris, convencido de que la realidad traspasaría la ficción y que aquella bella mujer alabaría su imaginación.

—¡Vaya! ¡Me deja usted impresionada señor Harris! —Eugine estaba boquiabierta.

—¡Gracias! Los profesores tenemos mucha imaginación. —Contestó hinchando su pecho con orgullo.

Eugine seguía meneándose de un lado para otro, las ganas de ir al baño eran cada vez mayores.

—¡Ay, no aguanto más! ¡Deberíamos buscar otro baño! ¿No le parece?

—Si, estoy de acuerdo.

—Estoy en un vagón con compartimento, si quiere puede acompañarme. Podemos pedir una taza de café y seguir inventando historias. El viaje es muy largo y al viajar sola me aburro como una ostra. —Le invitó parlanchina.

—¡Sería todo un placer! —Harris aceptó la invitación. Estaría loco si no lo hiciera.

—¡Bien! —Se puso muy contenta. Se notaba que había una chispa entre los dos. Se notaba que a ella también le gustaba el profesor. —¡Entonces, sígame profesor! ¡Nos vamos de aventuras! —Dio dos brincos y comenzó a andar por delante de él con salero.

Tras encontrar unos baños libres en el vagón de Eugine, se dirigieron hacia su compartimento.

—Teniendo baño aquí, ¿por qué fue hasta el otro vagón? —Preguntó él.

—¡Ah, pues porque este también estaba ocupado! —Contestó ella que se detuvo frente a una puerta. —¡Es aquí! —La abrió. —Usted primero. —Hizo una reverencia encantadora que hizo que Harris sonriera como un bobo.

Harris se adentró en el cuarto del tren. Tenía dos largos asientos, uno frente al otro, de color rojo, con respaldo acolchado, parecían muy cómodos. Vio que el ventanal era más grande que el de los otros vagones de clase turista. Miró todo el espacio. Eugine, estaba detrás de él, cerró la puerta.

—¿A dónde viaja usted, señorita Eugine? —Preguntó.

Eugine no le contestó, algo que al profesor le extrañó. Se giró para verla, pero allí no había nadie.

—¡¿Señorita Eugine?! —La llamó inquietante.

Un rugido ahogado y chirriante llamó su atención. Provenía del techo de la habitación. Él, dudoso y atemorizado, no quería mirar hacia arriba, pero la curiosidad humana fue lo que le llevó a hacerlo. Y allí estaba. Un ser espeluznante que enseñaba sus afilados dientes amarillentos. Con la piel azulada y cuarteada, abría la boca soltando saliva y ruidos extraños. El pelo largo y sin vida, aún de color naranja, pero más como las tejas desgastadas de una casa en ruinas, colgaba hacia abajo. Aquella cosa, se agarraba al techo con sus uñas largas y negras, clavadas en la madera con fuerza. Todo su cuerpo era casi esquelético, se podían ver sus huesudas costillas a través. Lo que había sido una preciosa mujer divertida y alegre, con rasgos angelicales, se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en una monstruosidad que le acechaba, dispuesta y preparada para lanzarse encima de él.

—¡¿Señorita Eugine?! —Preguntó el profesor con la voz trepidante. ¿Cómo iba a imaginarse que aquella perfecta diosa, se convertiría en aquel semejante ser, saco de huesos?

Soltó un último alarido ensordecedor que hizo que Harris se tapara los oídos con fuerza. Era molesto y doloroso. Un arma que usaba para inmovilizar a su presa. Los oídos del profesor empezaron a sangrar a borbotones, eso no era buena señal. Con las manos apretando sus orejas, se quejaba de dolor y se dejaba caer de rodillas al suelo. Una vez allí, el monstruo desplegó sus negras alas desgastadas y descendió al suelo. Harris, arrodillado y dolorido, era la presa perfecta. Eugine, o lo que quedaba de ella, se acercó a él, alzando sus garras hacia arriba en posición de ataque, dispuesta a clavarlas en su espalda para terminar con su existencia; y así llevarse el libro. El profesor se giró asustado, abrió sus ojos, la miró aterrorizado ante la presencia de aquel ser y se preparó para recibir su final.

De pronto, un garrote largo y de bronce, atravesó el cuerpo huesudo de la criatura. Un haz de luz azul intensa, salió de su estómago. Ésta gritó, ensordeciendo de nuevo a Harris, que de nuevo se tapó sus oídos. La luz era tan potente que tuvo que apartar la mirada. La criatura gritó por última vez, un grito de desgarro; y desapareció tras ese brillo. Harris, cegado y sin visibilidad, pestañeó varias veces. Una vez recuperada la vista, vio a su salvador. Aquel hombre estaba de pie, frente a él. Le tendió la mano, para que se levantara del suelo. Aquel hombre de pómulos marcados, ojos rasgados y corbata granate, le salvó.

—¡Venga, levántese! —Le dijo con voz de mando. Con una voz muy masculina y varonil.

—¡¿Usted?! —Preguntó sorprendido. Harris se levantó del suelo, posicionándose frente a ese valiente pasajero.

—¡Sí, yo! —Contestó cortante. Abrió la puerta y sacó un poco la cabeza. Echando un vistazo al pasillo. Quería asegurarse de que nadie se había acercado a ver el barullo. Cerró la puerta y se enfrentó al profesor. —¡¿Está usted loco?! —Le regañó. —¿Qué hacía con esa mujer?

—¡Escapar de usted!

—¡¿De mí?! ¡Yo soy su enlace profesor! —Exclamó furioso.

—¿Mi enlace? ¿Y por qué me miraba de esa manera? ¡Estaba vigilándome con esa cara de pocos amigos todo el tiempo! ¿Qué esperaba que creyera?

—¡No le miraba a usted! Miraba a esta cosa, ella estaba en el asiento de atrás. —Dijo señalando al suelo dónde aún se encontraba algunos restos de aquella criatura.

—¡Oh, vaya! —Dijo él avergonzado.

—¡¿Así que me tiene miedo a mí, pero se va con una desconocida?!

—¡Era simpática y muy guapa! Fue agradable conmigo, quizás si usted se hubiera presentado y hubiera sido agradable… —Le reprochó Harris.

—¿En serio? —Le miró incrédulo. —¿Esperaba que le hiciera ojitos? Yo estaba observando sus espaldas, vigilando que nadie se le acercase, era una ventaja por si le pasaba algo.

—¿Y que era eso? —Preguntó el profesor aún traumatizado.

—Una Drinfa.

—¿Una qué?

—Una Drinfa. Son las hadas de la tierra. —Le explicó.

—¡Pero las hadas son buenas! —Exclamó él, incrédulo.

—Supongo que vuestro ojo humano está demasiado acostumbrado al cacharro ese donde echan imágenes extrañas, que os lavan el cerebro.

—¡¿Se refiere a la televisión?!

—Si, eso… La televisión. —Repitió como un loro.

—Pero, ¡¿quién es usted?! —Al profesor le sorprendió que aquel hombre no supiera lo que era una televisón.

—¡Soy Heracles! Hijo de Zeus, semidios, ¡encantado! —El semidios le tendió la mano como si tal cosa. Harris se quedó perplejo y le respondió al saludo casi por inercia.

—¡¿Hera… Hera…Heracles!? —Titubeó como un tonto.

—¡Sí, el mismo!

—Osea, ¿Hércules? —Preguntó de nuevo, aún no podía creérselo.

Heracles movió la cabeza hacia los lados, negando aquel nombre.

—¡No, Heracles! Mi nombre es Heracles, no Hércules. Otra asignación de vosotros los humanos.

Harris se dejó caer hacia atrás, como una tabla de madera rígida, se desmayó y golpeó el suelo con fuerza. Retumbó todo el parqué de aquella estancia.

—¡Vaya, otro humano blandito! —Exclamó el Héroe.

Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY

Nos vemos en el próximo

NO LO OLVIDÉIS EL VIERNES EL CAPÍTULO 11

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

CAPITULO NUEVE

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¿TE ARREPIENTES?


—¡Oiga, sáqueme de aquí! —Dedé, encarcelada en la oficina del Sheriff, golpeaba los barrotes para llamar la atención de varios policías que solo se dedicaban a charlar y tomar café. —¡Les estoy hablando! ¡¿Es que no me oyen?!

Los policías detuvieron su amistosa conversación para mirar con desprecio a Dedé.

—No te esfuerces chata, no van a hacerte caso, ¡son unos capullos! —Dijo una de las presas.

Varias mujeres, con vestimenta algo provocativa, despeinadas por el maltrato de la noche y el maquillaje emborronado, compartían celda con Dedé. El ambiente en aquella jaula era demasiado cargante, entre el olor a sudor y a perfume barato, mezclado con la resignación y la falta de sexo por dinero, Dedé estaba perdiendo la calma, más bien ya la había perdido hacía un buen rato.

—¡¡No pueden encerrarme aquí!! ¡¡Tengo mis derechos!! —Continuaba golpeando los barrotes sin descanso.

—¡Chica! Será mejor que lo dejes, pasarás aquí toda la noche, guarda energías. —Le aconsejó de nuevo la prisionera.

—¡Escucha, pesada de los huevos! Haré lo que me de la gana, gritaré toda la maldita noche, tendrás que aguantarte. No me hables como a una de tus colegas de esquina, yo no soy como vosotras. —Contestó alterada.

—¡¿Cómo dices niñata?! —La presa se levantó del suelo y junto a ella todas las demás. Se acercaron a Dedé con intenciones algo violentas.

Dedé se dio cuenta de lo poco acertada que estuvo con esas palabras y se alejó dos centímetros, apoyándose en los barrotes.

—¡Eh, no quiero problemas! ¿Vale? —Levantó sus brazos a la altura de sus hombros como si estuviera frente a un atraco inminente. Las mujeres se acercaban a ella con cara de muy pocas amigas. —¡¡Guardias!! —Gritó ella.

Uno de los guardias se acercó a la celda.

—Danielle Dumont. —-El guardia abrió la puerta, haciendo un ruido tintineante con el llavero, que chocaba contra los barrotes. —Puede hacer su llamada.

—¡Oh, gracias a dios! —Dijo aliviada. Salió de la celda, no sin antes mirar a las presas con miedo. Ellas, en cambio, clavaron su mirada de batalla en Dedé.

—Siéntese aquí. —El guardia la empujó levemente en una silla fría y dura, como las de las salas de espera de un hospital. —¡Tiene dos minutos! —Dijo tajante.

Dedé vio el teléfono fijo que estaba frente a ella. Las esposas le incomodaban, le hacían daño en sus delgadas y finas muñecas. Con las dos manos apresadas, descolgó el auricular y marcó uno a uno los números.

—¡Elisa, Elisa soy Dedé!

—“¡Eh! ¿Dónde estabas?” —Contestó con voz preocupada su amiga.

—¡Oye, tienes que venir a buscarme, me han detenido!

—“¿Detenido? ¿Por qué?”

—Han creído que lo de ir a buscarte al bosque fue una broma pesada y me han metido en el calabozo. —Explicó. —¡Tienes que venir y explicarles que no era mentira, que estabas allí porque alguien te perseguía y me llamaste para que te ayudara. —Hubo un silencio, el cual a Dedé le pareció eterno. —¡Elisa! ¿Me oyes? ¡Tienes que sacarme de aquí!

—“¡Tía…! ¿Qué te has metido?” —Elisa rió. —“¡Estás fatal! Mira, si te han pillado haciendo una gamberrada de las tuyas, lo siento, pero no voy a ayudarte. ¡De esta sales tú solita!”.

—¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡Elisa, no estoy para bromas! Fui hasta el maldito bosque, me calé entera por la tormenta y me metí entre el barro y los árboles, yo sola para ir a rescatarte. ¡Así que, no me jodas y ven a sacarme de aquí! —Dedé no se esperaba que su amiga le hiciera esa jugarreta.

—“¡Ey, tranquilízate! No sé en qué movidas te has metido, pero yo no te he llamado! ¡No sé de qué me estás hablando!” —Elisa también empezaba a enfadarse, estaba harta de las aventuras de su amiga. —“Si la poli te ha pillado, se siente. A ver si así aprendes algo, tienes toda la noche para reflexionar”.

—¡No me fastidies! ¡Esta bromita tuya, te va a salir muy cara! —Contestó Dedé.

—“Lo siento, te veré mañana”.

—¡¡Elisa, ni se te ocurra colgarme!! —Su amiga colgó.

Dedé se quedó perpleja ante su actitud, no se esperaba eso de su compañera. ¿Le había engañado para gastarle una broma? ¿Cómo era posible que se hiciera la despistada ante tal situación? ¿Y ahora qué…? Dedé miró hacia su nuevo dormitorio decorado con barrotes blancos y a sus nuevas compañeras de cuarto. La miraban con ganas de bulla, preparadas para ponerle la cara como un cuadro Kandinski.

—Van a matarme… —Dijo, mientras el policía la sujetaba por el brazo y la encaminaba hacia su agitado encierro.

El profesor Harris se dirigía a toda mecha hacia la biblioteca, recorriendo los caminos cementados con pasos rápidos y gigantes. Se le notaba por sus maneras y su velocidad, que no estaba muy contento esa mañana. Llevaba una sola hoja que sujetaba con fuerza en su mano derecha, mientras se impulsaba con la mano izquierda, como un coche deportivo, que utiliza su alerón para menor resistencia al aire. Esa hoja, que se estrujaba entre sus dedos con enfado y se ondulaba con el aire, contenía los datos de solicitud de ayudante de profesorado. Al parecer, a Harris ya le había llegado la petición de Dedé para ese puesto y sabía que Marion la había rellenado desde la biblioteca, no le había hecho mucha gracia. Había impreso el formulario para que su cabreada ponencia no pudiera ser desvalorizada por las mentiras de Danielle Dumont, en resumen, para el profesor Harris eran muy importantes las pruebas, ir siempre bien documentado era un reflejo de responsabilidad y orden. De ahí su insistencia por estar rodeado siempre de libros. Pruebas y más pruebas de lo sucedido en la historia.

Cuando estaba casi en la entrada, pudo ver a varios estudiantes impacientados en la recepción. Le sorprendió gratamente que tantos alumnos hubieran tomado la decisión de llenar la biblioteca, en vez de reventar la cafetería consumiendo cervezas, infestar los baños de humo alucinógeno u orquestar los pasillos de las habitaciones con gemidos lujuriosos. Aunque al mismo tiempo le pareció insólito.

Dentro, se acercó a los estudiantes que hacían cola frente a la mesa de Marion Green.

—¿Qué ocurre aquí? —Preguntó a una alumna.

—Marion no está. Estamos esperando a que alguien nos atienda. —Respondió malhumorada.

—¡Eso es imposible, la señorita Green jamás falta a su puesto de trabajo! Siempre avisa con antelación si necesita salir por algún tema personal. —La alumna se encogió de hombros. Harris miró hacia la mesa de la bibliotecaria. —Vale yo me ocuparé de vuestras peticiones. En seguida os atiendo.

Harris se sacó su chaqueta marrón de pana desgastada con remiendos beige de ante en los codos; y se sentó en la silla para ayudar a los estudiantes.

—Vale, vamos allá, ¿qué necesitas? —Le dijo al primero de la fila.

—Me llevo estos dos y devuelvo este. —Dijo él.

El profesor cogió los libros y se posicionó frente a la pantalla del ordenador. Al observar el escritorio con las cosas de Marion, vio el misterioso y absorbente libro. Se quedó ahí mirándolo durante unos segundos. El alumno que aguardaba en la fila, empezaba a impacientarse.

—Profesor Harris, ¿se encuentra bien?

Estaba quieto como una estatua, serio, muy serio. Sabía perfectamente lo que estaba viendo y también sabía el poder que aquellas páginas contenían. Se fijó en que las cosas de Marion todavía estaban en la mesa. Su teléfono, su bolsa, sus libros de estudios.

—¡Esto es malo, muy malo! —Pronunció medio ido.

—Profesor, necesito estos libros. ¿Oiga? —El alumno llamó su atención.

—¡¿Eh?! Si, perdona… Ahora mismo os atiendo, un segundito. —Cogió el teléfono fijo que había encima de la mesa y marcó acelerado. —¡Necesito tu ayuda, es importante! …Si, en una hora… De acuerdo. —Colgó.

Harris se levantó del asiento con prisas, fue hacia una papelera del pasillo y apurado, la vació en el suelo con agitación. Los alumnos lo observaban extrañados. El profesor tenía fama de excéntrico y raro por lo que, su comportamiento no era del todo anormal. Con la papelera en la mano, volvió al escritorio y ayudándose con un bolígrafo, empujó el libro para arrastrarlo hasta el interior. Una vez dentro, dejó el bolígrafo y sacó la bolsa de la papelera. Cogió el teléfono móvil de Marion y se lo metió en el bolsillo.

—Lo siento chicos, informaré de esta situación en jefatura. Os prometo que pronto vendrá alguien para atenderos. —Los alumnos empezaron a abuchear y a resoplar. —¡Lo siento, yo tengo que irme!

Harris salió disparado, mientras los alumnos seguían con sus quejas. Con mucho cuidado, sujetaba la bolsa casi en el aire, no quería tener ningún roce con aquel ejemplar. Estaba claro que él sabía muchas cosas a cerca del libro. Sacó el teléfono móvil de Marion del bolsillo y mientras caminaba a toda prisa, de nuevo recorriendo los caminos cementados del campus, revisó la última llamada que su alumna había realizado. Y allí estaba…

—¡¿Cómo no?! ¡Danielle Dumont! ¡No podía ser de otra manera! —Dijo ladeando la cabeza hacia los lados en señal de desaprobación. Se dirigió hacia el aparcamiento. Metió la bolsa, que contenía el libro, en el maletero. Se metió en el coche, pero antes de arrancar, le dio a rellamar en el móvil de Marion. Necesitaba hablar con Danielle. Nadie contestó. Se bajó del coche de nuevo con fastidio y se dirigió hacia las residencias.

—¡Maldita sea! —Juró mirando su reloj de pulsera. Tenía mucha prisa por llegar a aquella cita que había acordado por teléfono.

Atravesó recibidores y pasillos, preguntando a varios alumnos por la ubicación del cuarto de Dedé, hasta que llegó a la misma puerta. Llamó varias veces con ímpetu, golpeándola sin intención de parar hasta que le abriesen.

—¡Señorita Dumont, soy el profesor Harris! ¡Necesito hablar con usted! ¿Señorita Dumont? —Dijo varias veces.

Elisa entreabrió la puerta. Estaba despeinada, se ponía la parte de arriba de su pijama a toda prisa, ocultándose detrás de la puerta.

—¡Profesor Harris! ¿Va todo bien? —Preguntó.

—¡Señorita Martínez! —Harris desvió la mirada hacia otro lado avergonzado por la falta de decoro de su alumna. —Necesito hablar con la señorita Dumont, ¿está ella aquí?

—No, lo siento profesor. Danielle no ha pasado aquí la noche. —Contestó.

Había alguien más, a parte de Elisa, en aquella habitación. El agua de la ducha y unos cánticos pop, modernos y masculinos, se oían desde la puerta. Era evidente que no estaba sola. —¡Oh, lo siento, he interrumpido su ejercicio matinal! —Exclamó sarcástico.

—¡Disculpe, pero eso no es asunto suyo y tampoco es asunto mío saber en qué demonios anda metida mi compañera! ¡Al menos, ya no! —Protestó Elisa ofendida.

—Perdone señorita Martínez. —Se disculpó. —Por su voz puedo apreciar que hay un tema de discordia entre ustedes, ¿ha sucedido algo?

—No, no se preocupe, tonterías de universitarios.

—Ya, bueno, pues…, es que necesito hablar con ella, ¿entiende? Es muy relevante y de suma importancia que hable con ella. —Dijo nervioso. A Elisa le extrañó mucho verlo en ese estado.

—Ya le he dicho que no sé dónde está. últimamente hace cosas muy raras, ni siquiera yo puedo seguirla. Si la encuentra, dígale de mi parte que sigo esperando una disculpa. —Dijo algo apenada.

Harris asintió apretando los labios. Elisa cerró la puerta.

El profesor salió corriendo hacia su coche con mucha prisa. Debía llegar a tiempo a aquella cita, era de vital importancia. Miraba su reloj sin parar, mientras agilizaba sus pasos.

—¡Tengo que llegar! —Se repetía a sí mismo.

Elisa, tras cerrar la puerta, se echó encima de la cama dejando caer su cuerpo como las piedras que rebotan en un lago haciendo ondas. Cogió su teléfono y revisó sus notificaciones de las redes sociales. Varias fotos, de ellas juntas, llenaban la pantalla. Sonrientes en fiestas, unidas por alegres actividades. Elisa las miraba con nostalgia. Varias lágrimas se posaron en las cuencas de sus ojos a punto de estallar.

—¿Te arrepientes? —Luke, Mike o quién quiera que fuese, salió del cuarto de baño, con el pelo mojado y poniéndose una camiseta deportiva. Miraba a Elisa desde la puerta.

Recordando, para Elisa era Luke, su dios, su amante y ahora su carcelero. Para Dedé era Mike, el joven ahogado y mutilado en lago, aunque recientemente había descubierto que su apariencia no era exactamente todo lo que escondía dentro.

—No. —Contestó Elisa algo dudosa.

Elisa había sucumbido a las manipulaciones de su dios, aunque no podía evitar sentirse una escoria por hacerle eso a su amiga.

—Recuerda, necesitamos que crean que es una persona desequilibrada, necesitamos que ella misma lo crea. Es lo mejor para ella. —Dijo él mientras se acostaba al lado de Elisa para acariciarle su espalda.

—Si, lo sé. Sé que es bueno para ella. —Dijo mirando aún las fotos de su teléfono. —Lo entiendo. —Su dios la besó en la frente.

—Ese profesor…

—¿El profesor Harris?

—Si, ¿va a ser un problema para mí? —Preguntó él.

—¡No! —Contestó Elisa con miedo. —Es inofensivo, no te preocupes, seguro que solo la busca para suspenderla en su asignatura. Es un rarito. —Elisa no quería que su dios le hiciera ningún daño a nadie más.

—Bien. —Contestó él.

Elisa continuó mirando sus fotos, tendida en la cama. Él, miraba fijamente la puerta por la que había salido el profesor Harris. No estaba muy convencido, de que aquel tímido y mal vestido hombre, no le fuera a perjudicar más adelante. Sin duda, se adelantaría a aquella situación.

¿CON QUIÉN HABRÁ QUEDADO HARRIS?

¿POR QUÉ ELISA TRAICIONA A DEDÉ?

¡DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO!

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  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

CAPITULO DIECINUEVE

CAPITULO DIECINUEVE
Harris y Heracles comienzan su camino hacia los monasterios de Meteora. Durante su travesía Harris aprenderá mucho sobre los dioses, pero sufrirán un ataque inesperado y su vida penderá de un hilo.

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CAPITULO CUATRO

¡Elisa…!


—¡Pase! —El profesor Harris invitó a entrar a quién había tocado en su puerta.

Dedé la abrió despacio y entró.

—¡Vaya, no la esperaba tan pronto señorita Dumont! —Se puso nervioso colocando su escritorio desarreglado.

Documentos y multitud de libros apilados formaban indefinidas columnas tambaleantes y desordenadas. Era un cuartucho minúsculo, con apenas sitio para moverse, todos aquellos papeles y manuscritos antiguos ocupaban las paredes y el suelo de la habitación. Dedé caminó hacia el escritorio, tropezando con una de esas filas de libros.

—¡Tenga cuidado por favor, eso es muy valioso! —Le advirtió el profesor.

—¡Lo tiene todo tirado, aquí no se puede pasar! —Exclamó ella.

—Tranquila, yo le indico, ponga un pie ahí y otro ahí. —Harris señalaba a su alumna cómo adentrarse entre aquella jungla editorial. —Bien, ahora avance y ponga otro pie ahí. ¡No, no se apoye en esa fila! —Dedé hacía malabares para mantener el equilibrio. —Vale, muy bien, ahora solo tiene que mover su pie izquierdo hacia aquí y ya está, ¿¡a que es divertido!?

—No. —Contestó ella sin gracia. —Debería limpiar esto un poco, lo tiene todo patas arriba.

—Bueno, señorita Dumont, es solo la visión de una estudiante, no todo tiene que ser rosa y de purpurina. —Dijo casi para sí mismo.

Dedé, malhumorada y haciendo caso omiso a ese comentario, se sentó delicadamente en la silla vieja que había frente al escritorio. Quería tener una conversación amistosa para ganarse su aprobado, empezar con una disputa no era lo mejor para conseguirlo. Harris continuaba inquieto, apartando trastos de la mesa para poder tener una visión clara de su alumna.

—¡Vale, ya podemos empezar! —Dijo él con energía.

Dedé miró a su alrededor, aquel lugar era sombrío, olía a una mezcla entre polvo y viejo. Su cara de asco daba a entender que no era un sitio agradable ni cómodo. Serían las doce del medio día, en la calle brillaba el sol y una disimulada brisa placentera se deslizaba por el aire, pero allí, en el despacho del profesor Harris, ni siquiera un rayo de luz se atrevía a traspasar aquellas cortinas venecianas medio rotas y sucias. Solo una pequeña lámpara encendida daba una tenue claridad a toda la habitación.

El profesor se dio cuenta de que Dedé miraba con desaprobación la falta de luz. Se levantó algo patoso con la intención de solucionarlo.

—Espere, yo lo arreglo. —Fue hacia la cuadrada ventana y tiró del hilo de la persiana con fuerza para subir sus láminas metálicas hacia arriba, pero su ímpetu hizo que ésta se partiera y cayera por completo hacia el suelo.

Toda la claridad entró de golpe. El profesor se tapó los ojos, posicionando su brazo ante su cara, cual vampiro, la intensa luminosidad cegó su rostro unos segundos. Se notaba que no le gustaba demasiado el exterior, era fanático de los lugares cerrados y oscuros, estaba acostumbrado a encontrar reliquias de libros en sótanos, túneles y excavaciones. Se sentía a salvo y a gusto en su pequeño mundo.

—¿Mejor? —Preguntó él resuelto, disimulando la torpeza. Aunque no consiguió que la cara de su alumna mejorara.

—¿Podemos empezar? —Preguntó ella con voz de mandato.

—Si, claro. —Harris se sentó de nuevo en su cubículo. —Vale, señorita Dumont, estamos hoy aquí porque usted ha faltado en numerosas ocasiones durante todo el curso, así que podemos hablar de ello y llegar al fondo del problema. —El profesor se dio cuenta de que su alumna estaba distraída y no prestaba demasiada atención a sus palabras.

Dedé miraba sin parar hacia su bolsa, ahí tenía el anillo guardado. Temerosa de que aquello se pusiera a moverse o a brillar otra vez, lo vigilaba intranquila. Estaba nerviosa, movía sus rodillas arriba y abajo, como un tic molesto, mordía sus uñas sin descanso apretando con fuerza sus dientes sobre las cutículas de sus finos dedos.

—Cuénteme entonces, ¿tiene algún motivo creíble e importante por el cual usted ha faltado a mis clases? —Harris buscaba la mirada de Dedé para que le prestara atención, pero ella tenía la vista fijada en su mochila. Al no recibir una respuesta, el profesor carraspeó con fuerza a propósito.

Dedé se dio cuenta de la intención del profesor y puso todo su interés en él.

—¿Y bien? —Preguntó él.

—¿Y bien qué? —No había escuchado nada de lo que le había dicho.

—¡Señorita Dumont, me temo que voy a tener que suspenderla si no veo ni un atisbo de afecto hacia mi asignatura!

—¡No, por favor no puede suspenderme! —Le rogó ella. —Tengo que aprobar este curso. ¡Usted no lo entiende, me juego mucho!

—Pues no, no lo entiendo. No entiendo que diga que se está jugando mucho y después se tome a broma su carrera y su futuro. ¿Cree de verdad que no sabemos todos los profesores qué tipo de vida lleva en el campus? —Harris estaba enfadado, pero al ver que Dedé agachaba la cabeza con tristeza se ablandó. —Haremos una cosa… hará trabajos forzados para el recinto, no me importan cuales sean, pero tendrá que ayudar a esta institución de manera voluntaria. Digamos que será como una compensación por la infinidad de celebraciones y festejos clandestinos, poco educativos, que se han llevado a cabo bajo su mandato. —Dedé resopló desconforme. —¡Lo siento, pero tiene que aportar a este lugar algo más que etanol bebible y substancias alucinógenas! Podrá apuntarse a la lista de colaboraciones en los tablones de anuncios.

Dedé se dejó caer con desgana en el respaldo del asiento que crujió como si se fuera a partir.

—Cuando haga su selección de tareas voluntarias, volveremos a vernos y yo decidiré si su elección es lo suficientemente buena como para compensar su castigo.

—Vale, está bien. —Dijo resoplando y poco convencida. —¿Algo más?

Harris se sorprendió al ver que ella no refutaba ni rechazaba su propuesta.

—Si, necesito ver que tiene interés por sus clases. No quiero enterarme de que se ausenta ni una vez más. —miraba a su alumna esperando una contradicción. —¡¿No va a intentar persuadirme?!

—No. —Contestó ella, solo quería salir corriendo de allí. —Usted tiene razón y yo no, fin de la discusión. ¿Puedo irme ya?

—Sí, claro… —El profesor Harris se quedó cortado, no se esperaba esa obediencia por parte de su alumna. Ella lo había manipulado en muchas ocasiones y se había salido con la suya siempre.

Dedé se levantó recogiendo su bandolera con delicadeza, procuraba que el anillo no se “despertara” otra vez, no sería el mejor momento para ello. Harris la miraba de arriba abajo, observando sus movimientos, intentando descifrar su nuevo y extraño comportamiento. Dedé quería salir lo más rápido posible, pero el laberinto de libros hasta la puerta, se lo impedía.

—Señorita Dumont. —Harris la llamó antes de que se fuera, ella se giró para mirarle y con el borde de su bandolera arrasó una de las torres de libros, ésta se cayó y se esparció por el suelo. —¡No! —El profesor se echó la mano a la cabeza.

—¡Uy, lo siento! —Exclamó encogiéndose de hombros. —Lo colocaré. —Se agachó tirando otra pila a su espalda.

—¡Déjelo, no importa! Ya lo hago yo. —Harris se puso nervioso.

—No, yo lo hago, no se preocupe. —El profesor miraba cómo su alumna trataba los libros y documentos con poco cariño, lo que le exasperaba aún más. —¡Déjelo, de verdad, ya lo hago yo!

Dedé recogía cada libro y papel apilándolos de nuevo y mezclándolos todos sin fijarse en cuál sería su orden. Entre todos ellos, encontró uno que le llamó especialmente la atención. “El poder astral”. Lo poco que ella sabía de la palabra astral era lo que había visto en películas o en series de televisión, pero enseguida lo relacionó con lo que le había sucedido hacía tan solo media hora. ¿Y si allí encontraba alguna respuesta? Necesitaba leer ese libro y encontrar algo que le indicara que no estaba loca. Lo cogió entre sus manos, hipnotizada por sus gruesas tapas y sus fantásticos grabados se decidió a meterlo en su mochila.

—¡¿Qué está haciendo?! —Le regañó Harris.

—¡Perdone! ¿Puedo llevarme este libro para leerlo? —Preguntó ella coqueta.

—Am… no, lo siento señorita Dumont, pero esta es mi colección privada, me temo que este tipo de ejemplares no están al alcance de todos. —Se explicó él cogiéndolo como un tesoro. —Son muy delicados y jamás deben salir de aquí. —Trataba el libro como si fuera un recién nacido entre sus brazos.

—Ya, entiendo… Bueno, gracias profesor Harris, volveré cuando tenga decidida la actividad “voluntaria!. —Dijo ella sarcástica.

Los dos se miraron y asintiendo con la cabeza se despidieron.

Elisa se había ido a la biblioteca a estudiar para el examen que tendría al día siguiente. A diferencia de Dedé, ella estaba muy agobiada con todas las asignaturas y a diferencia de su amiga, a ella le costaba horrores retener información en su memoria, para prepararse para una prueba necesitaba varios días y horas de intensa concentración. Era algo que le fastidiaba enormemente, su amiga Dedé podía estar de fiesta en fiesta, de lunes a lunes, y sin embargo aprobar todas las asignaturas, ella no, ella tenía que dedicarle noches, fines de semana y prepararse a conciencia. Así que allí estaba, entre enciclopedias y carpetas, hojas en blanco y hojas anotadas. A Elisa le gustaba estar a solas mientras hincaba los codos en la mesa, no podía distraerse, por lo que su sitio favorito era al final de la biblioteca, entre varios estantes olvidados, repletos de manuales sobre maquinaria, electrónica, recetas de cocina, aquella zona a penas era transitada por ningún alumno, los tomos olvidados, nunca consultados.

Estaba completamente sumergida en su estudio cuando alguien la llamó

— ¡Elisa…! — Era la voz de un joven que la susurraba entre los estantes de su izquierda. —Elisa…

—¡¿Qué…?! — Contestó ella molesta.

—¡Ven!

—¡Oye, ahora no puedo, tengo que seguir estudiando! —Respondió con firmeza.

—Ven, será un momento. —Insistió el chico que se ocultaba entre los libros.

Elisa se levantó de mala gana y fue hacia él. Hacia los estantes oscuros del final.

—¿Qué quieres? —Preguntó.

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Si… ¿Contento? —

—¡Mucho! — El joven acarició su rostro y apartó un mechón de su cara. —Cuéntame, ¿qué ha pasado?

—Creo que la “bromita” esa no le ha gustado nada, ha sido excesiva. ¡Se le está yendo literalmente la olla!

—No te preocupes, es solo una novatada, no tiene importancia. —Contestó él.

—Ya, pero te has pasado con lo del anillo. ¡El profesor Harris quiere suspender su asignatura! —Elisa estaba preocupada por su amiga.

—¡Shhh…! — El joven puso un dedo en su boca para que dejara de hablar. —¡Tranquila! ¿No dices que a ella le encanta jugársela a los demás? Le vendrá bien un pequeño escarmiento. —Dijo él, meloso, mientras besaba su cuello despacio.

—¡Para! —Elisa lo apartó juguetona. —¡Nos van a ver! —Se rió.

—¿Crees que podrás hacerme otro favor? —preguntó el joven.

—¡¿Qué quieres ahora?!

—Necesito que esté sola, es una chica muy popular y rara vez está a solas, ¿puedes encontrar la manera de solucionarlo? —Su voz era seductora, penetrante, suave y muy dulce.

Ella dudó unos instantes, no le parecía buena idea, algo le olía mal.

—Elisa… —dijo él mientras la acariciaba de nuevo el rostro, recorriendo el contorno de su suave cara con sus dedos. Ella estaba cegada por esa voz, por ese rostro de entre las sombras que la excitaba cada vez que la rozaba con sus manos, que la estimulaba cada vez que pronunciaba su nombre.— ¿Podrás hacerlo?

—Por ti haría lo que fuera, ya lo sabes, ¿pero qué vas hacer? —preguntó inquieta.

—Tranquila… no sufrirá ningún daño, te lo prometo, solo será un pequeño susto de nada. ¿Estás de acuerdo? —Esa voz podría llevarla al abismo y ella iría sonriendo.

—Cuando termine todo esto de asustar a Dedé, esta infantil broma, ¿me llevarás contigo a tu mundo? —preguntó ella inocente y coqueta.

—¡Claro! ¡Eres mi chica preciosa! ¿recuerdas? ¿Qué es un dios sin su diosa? —Dijo el cautivador.

—¡Está bien! —Elisa sonrió emocionada. —Pero tienes que darme unos días, te avisaré cuando esté todo previsto. ¡Vamos, ahora vete, tengo que estudiar! —Lo empujó traviesa.

El joven la sujetó entre sus brazos, agarrándola por la cintura con fuerza, la puso contra su pecho y la besó intenso. Se soltaron sus cuerpos y el chico seductor desapareció.

Ella volvió a su asiento aún encandilada por la suave piel que había rozado sus mejillas y por los varoniles labios que la habían besado de forma tan pasional. Dejó sus fantasías a un lado y continuó sumergida en sus libros.

De pronto, una mano se posó en su hombro.

—¡Que no puedo Luke, tengo que estudiar! —Dijo Elisa.

—¡¿Luke?! ¡¿Quien es Luke?! —Dedé se sorprendió al escuchar la reacción de su amiga.

—¡Dedé! ¡¿Qué haces aquí?! —Elisa estaba sonrojada.

—¿Vas a decirme quién es ese misterioso Luke? —preguntó con picardía.

—No es nadie, un “rollito” de esos, ya sabes… —Elisa intentaba restarle importancia.

—Ya, ya… —Dedé investigaba a su amiga con la mirada. — ¡Oye! ¿Qué haces luego?

—Estudiar, ¿por?

—Tengo que buscar una actividad “voluntaria” tipo trabajos forzados y no tengo ni idea de por dónde empezar.—Contó desganada.

—Pues vas a los tablones de anuncios que hay por toda la “uni” y escoges uno. —Contestó Elisa sin dejar de mirar sus apuntes.

—Ya, pero si mi amiga me acompaña no tengo que hacerlo sola… —Dedé la miró con pucheros.

—¡Dedé, no es tan difícil! ¡Vas, escoges uno y ya está! —El tono de Elisa era un poco agresivo.

—¡Ey, vale, vale! ¡Perdóneme usted la vida! —Dedé levantó los brazos a modo de atraco.

—¡Es que siempre es lo mismo, tienes un problema y hay que dejarlo todo para ayudarte a ti! ¿Me has preguntado que tal me va a mi? ¡Tengo un examen mañana, mejor dicho, tenemos un examen mañana! ¡¿A caso has estudiado?! ¡No, seguro que no, pero no importa por que llegarás lo harás y sacarás un cinco o un seis raspado! ¡Si embargo yo sacaré lo mismo que tú, pero habiéndole dedicado muchas más horas!

—¡¿Pero qué te pasa?! ¿Qué culpa tengo yo de que se me queden bien las cosas? —Contestó Dedé poco interesada en esa conversación.

—¡Por dios Dedé, no te das cuenta de nada! —Elisa arrastró la silla con fuerza hacia atrás y se levantó. —¡A veces me pones enferma! —Se marchó enfadada.

Dedé se quedó perpleja al ver la reacción de su amiga.

—¡¡¿Tienes la regla?!! —Preguntó ella dando un grito a su amiga que se marchaba por el pasillo.

—¡¡Vete a la mierda!! —Contestó Elisa gritando, levantando su dedo corazón a modo de insulto.

—Eso es un sí. —Dijo Dedé para sí misma. —¡Te dejas los apuntes! —Intentó avisar a su amiga aunque ya no estaba.

Empezó a recoger las cosas de Elisa y las fue metiendo en la bolsa de su amiga, mientras pensaba en qué podía haberle pasado y porqué se había puesto así con ella. Colocando las cosas en la mochila de Elisa, Dedé sacó un libro con el título de “Dioses”, lo abrió extrañada y pudo ver varias páginas marcadas como importantes en él. Entre ellas, un papel sobresalía por un lateral, lo sacó y vio una frase muy extraña y perturbadora escrita del puño y letra de Elisa.

“Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”

Estaba escrita una y otra vez por toda la hoja. Dedé se inquietó al verla.

—¿¡En qué mierdas estas metida Elisa?!

¿Descubrirá Dedé lo que le pasa a Elisa?

¿Quién es ese misterioso Luke?

NO OS PERDÁIS EL CAPITULO 5

¡HASTA EL VIERNES LECTORES!

  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…