CAPITULO ONCE

KALAMBAKA


El semidios estaba sentado en uno de los cómodos sofás granates del compartimento. Con los codos apoyados en sus rodillas, miraba al profesor, atento, esperando a que se despertara del traumático desmayo. El profesor seguía en estado catatónico, tumbado boca arriba en el sofá de enfrente, con la boca abierta y con un brazo colgando hacia el suelo. El tren hizo sonar su bocina con fuerza, se detenía en la siguiente parada, lo que provocó que Harris se desvelara alterado, levantó su cuerpo como un resorte.

—¡¡No me comas!! —Exclamó asustado aún entre sueños. Harris puso su mano en el pecho al darse cuenta de que solo había sido una horrible pesadilla. Miró hacia su derecha y vio a Heracles, que le observaba inmóvil. —¡Ah! —Soltó un alarido de susto. —¡Mierda, creía que todo había sido una horrible pesadilla!

—No, ha sido real. —Dijo Heracles sin inmutarse.

—Si, ya lo veo. —Suspiró decepcionado. Giró sus piernas y se colocó sentado. —Si no, no estarías aquí.

—Bueno profesor… nos bajaremos dentro de poco, ha dormido usted casi todo el viaje, espero que la siesta haya sido reconfortante porque nos queda un largo camino lleno de peligros. —Heracles se levantó con energía.

—Genial… —Dijo él con poca convicción.

—¡No se preocupe, yo estaré con usted todo el tiempo! —Exclamó animoso dándole una palmadita en el omoplato. Lo golpeó con tanta fuerza, que hizo que el profesor cayera de rodillas hacia el suelo. —¡Oh, profesor! —Heracles se agachó para ayudarle a levantarse. —A veces, con la emoción, no controlo mi fuerza.

—¡Sí, eso también lo veo! —Protestó sarcástico mientras se incorporaba. —Y dígame, Heracles… —Dijo recalcando su nombre. —¿Puede iluminarme un poco todo esto?

—¿Iluminar? —Heracles miró al rededor de la habitación. —No entiendo, ya hay bastante luz en esta habitación, ¿no cree? —Contestó.

—Es una forma de hablar… Me refiero a que me explique todo esto, la situación en general.

—¡Ah! Sí, claro. Nunca he entendido los entresijos del habla humana, ¿por qué hablan con códigos? ¿Les divierte? ¿Por qué no hablan de forman clara y sincera? ¿Es algún tipo de juego para ustedes? —Preguntaba sin parar.

—¡Al lío, Heracles! —Contestó Harris impaciente.

—¡Oh, sí, disculpe! —Hizo una pequeña pausa para encontrar las palabras más eficaces y encontrar un inicio comprensible para la mente humana del profesor. —Empezaré por algo sencillo. El libro que usted encontró, no debería estar aquí.

—¡Sí, eso ya lo sé…! —Harris dudaba si el semidios era lo suficientemente inteligente como para ser un competente guardaespaldas. Supuso que para ejercer la fuerza bruta, no se necesitaría de una inteligencia desbordante.

—Sí, es verdad, usted eso ya lo sabe. —Se rascó la barbilla pensativo. —Bueno, a ver, eso… —Señaló al suelo, recordando a la Drinfa. —Es uno de los pocos peligros que nos esperan. Me han enviado aquí para evitar que el libro que usted tiene, siga circulando en manos equivocadas.

—¿¡Pero quién lo ha traído!?

—Ahora voy con eso. Uno de nuestros dioses del Olimpo se ha “aburrido” y quiere… ¿Cómo lo diría? ¿Divertirse?

—¡Es broma! ¿No?

—No, ¿por qué iba a ser una broma? —Heracles continuaba sin entender las formas de hablar humanas. —A ver, ese dios recibió un “mensaje”, que le decía que algo grande llegaría si él daba ciertos pasos. No sabemos muy bien cuáles son los pasos que tiene que seguir para ello, pero lo que sí sabemos es que el “algo grande” que va a pasar no es bueno para los humanos y en consecuencia, para nosotros, los dioses, tampoco.

—¿A qué te refieres? ¡¿Qué es lo que va a pasar?! —Preguntó preocupado.

—¡Tranquilo profesor! He librado miles de batallas, en comparación, esta es un juego de niños. —Dijo hinchando su pecho de orgullo. —Un ser del bosque no podrá con estos músculos. —Se dio un golpecito en el pecho con su puño, demostrando su resistencia.

—¡Madre mía… que dios nos asista! —Harris se echó la mano a la cabeza. —¡Espera! —El profesor dio un brinco. —¡¿Has dicho dios del bosque?!

—Sí, uno muy escurridizo. Descendió a la tierra hace un par de siglos, escondiéndose entre sus súbditos, maquinando una gran batalla. Ahora se acerca su cometido y gracias a eso hemos podido averiguar lo que se propone. ¡Gracias a usted profesor! —Iba a darle otra palmada pero el profesor se echó hacia atrás para esquivarla, Heracles retiró su mano.

—¡¿Gracias a mí?!

—Sí, si usted no hubiera encontrado el libro y no hubiera ido a esa cita, andaríamos a ciegas. Cuando descendió del Olimpo, creímos que era una simple escapadita. Todos lo hacemos de vez en cuando. ¡La Tierra tiene placeres muy variados! ¡Ya me entiende! —Le dio un codazo de complicidad y le guiñó el ojo de forma traviesa. Al profesor no le hizo gracia. —Supusimos que habría engendrado hijos y que se había quedado en la Tierra para educarlos a su imagen y semejanza, pero después de quinientos años, empezamos a preocuparnos. Sabíamos que tramaba algo.

—¡Quinientos años! ¡¿Y no se les ocurrió preocuparse antes?!

—¡Profesor, usted y yo no medimos igual el tiempo!

—¡Ya, pues ahora estamos todos en peligro! —Exclamó enfadado.

—Escuche, lo cogeremos, es solo cuestión de tiempo, no podrá hacer lo que se propone. —Dijo él muy convencido.

—Necesito saber qué es lo que va a pasar y quién es ese dios insatisfecho, que nos quiere amargar la existencia a todos.

—Digamos que él se encarga del orden en la naturaleza. Lo que vosotros llamáis desastre natural o fenómeno natural e incluso milagros de la naturaleza… Pues no, no es así. Él se encarga de todas esas cosas que vosotros admiráis y respetáis.

—Leí algunas leyendas y mitos sobre eso. —Harris miró hacia el infinito intentando recordar. —Era algo sobre un dios que reclutaba súbditos y que su poder se hacía cada vez más fuerte gracias a la oración de sus seguidores.

—¡Sí, ese mismo! ¡Muy bien profesor, es usted todo un estudioso! —Dijo Heracles gratamente sorprendido.

—Pero si es él… ¡¡estamos perdidos!! —Exclamó asustado. —Según cuenta la leyenda, trajo pestes, terremotos y plagas a este mundo hace miles de años.

—No llegaremos a tanto. —Dijo convencido.

—¿Por qué estás tan seguro?

—No es la primera vez que lo intenta, por eso sé que no lo conseguirá.

—¿Ya lo habéis detenido otras veces?

—Sí y lo paramos todas las veces. ¿Ves profesor? ¡No tienes de qué preocuparte! —Dijo posando con delicadeza su mano en su hombro. Harris miró de reojo el movimiento de Heracles con miedo a que le partiera en dos. —Solo tenemos que guardar ese libro en un lugar seguro y así él no podrá continuar.

—¿Por qué el libro, para qué sirve?

—El libro es un portal, un recopilador, es parte de él. Con él consigue viajar a donde quiere, moverse entre mundos. En la última batalla que liberamos, Prometeo le quitó el poder de descender a la tierra para protegeros, pero él se las ingenió para conseguir un puente. Con una concentración de energía tan potente que lograría llevarle a donde quisiera sin vigilancia. Supimos de su descenso, pero ya le digo que no nos preocupó, hasta ahora. Eran simples travesuras. Es un dios muy activo sexualmente hablando, sus desarrollados instintos de procreación son más elevados que los de ningún dios. ¡Después de mi padre, claro está!

—Su padre…

—Sí, el gran Zeus. —Dijo con orgullo.

—Ya… ¿Y creyeron que era un simple arrebato por esparcir su semilla?

—Apolo está ligado a la Tierra más que ningún otro dios. Necesita el contacto femenino de mujeres jóvenes humanas.

—¡Eso era, Apolo! Había olvidado que leí su nombre. —Recordó Harris. —Vale, entonces llevamos el libro hasta los monasterios de Meteora y listo, ¿no?

—Bueno, no es tan sencillo… —Dijo Heracles enseñando los dientes con una sonrisa falsa.

—¡Acabas de decir que era un juego de niños!

—El problema está en que hay una humana dentro a la que debemos liberar, por no mencionar que por el camino estoy seguro de que nos encontraremos con todo tipo de obstáculos.

—¡¿Obstáculos como la Drinfa?! —Harris no sabía si quería realmente saber la respuesta.

—Si y peores. Al ser usted un humano, Apolo envió a una Drinfa, una de sus súbditas menos letales. Lo que no logro entender es, ¿por qué sabe Apolo de su existencia? Quizás se cruzó con él en algún momento, o hizo usted algo que le cabreó.

—No lo creo, no me he cruzado con ningún dios últimamente. —Contestó sarcástico.

—¡Discrepo! Ayer tuvo una cita muy divina.

—¡Ayer estuve con mi amigo y compañero de conocimientos, Alexander Jones! Es un ilustre licenciado en historia, compartimos descubrimientos y es un experto en artes oscuras, tiene un gran conocimiento de las interacciones sociales humanas. ¡Es admirable! —Explicó Harris con arrogancia.

—Acaba usted de describir a Prometeo.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevamos años de amistad! —Se sorprendió.

—Lo siento profesor, pero su amigo del alma es Prometeo. —Harris se sentó, dejándose caer a plomo en el sofá, con la cara descompuesta y con un pequeño gesto de desilusión y traición. —Si le sirve de consuelo, sé de buena tinta que es usted uno de sus humanos favoritos, él también le admira y le tiene en alta estima. —Heracles se compadeció de él. Continuó con el problema de la situación. —Por lo que sea, usted cabreó de alguna forma a Apolo y por eso le envió a una Drinfa. Seguramente, ahora Apolo esté muy cabreado, él siente el dolor de cada una de sus criaturas, sabrá que la hemos destruido, por lo que enviará a más y más fuertes. Tendremos que enfrentarnos a todas ellas y llegar hasta las montañas de Kalambaka.

—Genial… sabía que moriría joven, pero no de esta manera. —Dijo depresivo.

—¡Venga, no se venga abajo! ¡Le necesito positivo y con energía para llevar a cabo esta hazaña! —Heracles puso sus puños en sus caderas y abrió levemente las piernas, una posición muy heroica.

—¿Qué pasará cuando lleguemos allí?

—En el monasterio nos ayudarán a liberar a su alumna humana.

—Se llama Marion Green, mi alumna es Marion Green. —Dijo con tono preocupado. Heracles lo miró comprendiendo su preocupación.

—Una vez que liberemos a Marion, tendremos que ser muy rápidos. Al sacar a un atrapada de su libro, él sabrá nuestra ubicación exacta y vendrá a por nosotros con toda su ira. Que nos envíe súbditas horrendas y peligrosas es una cosa, pero que venga él en persona… Me temo que mi fuerza no será suficiente.

—¡¿Hay alguna buena noticia?! —Preguntó con ironía e irritación.

—¡Claro! ¡Profesor, yo estoy con usted! ¡Eso ya debería ser una muy buena noticia! —Contestó muy positivo.

—Supongo. —Harris no lo tenía muy claro.

Desde luego no estaba preparado para este tipo de batallas, en verdad a lo máximo a lo que él se había enfrentado habían sido excavaciones arqueológicas y libros cifrados. El tren hizo sonar su bocina de nuevo y comenzó a frenar para detenerse en la siguiente parada.

—¡Venga profesor, nos vamos! —Heracles abrió la puerta del compartimento para salir. Harris cogió aire profundamente y lo expulsó rápido y con fuerza.

—¡Allá que vamos!


¡ÁNIMO HARRIS, QUE TÚ PUEDES!

¿VEREMOS LAS HAZAÑAS DE LOS DOS EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

¿PODRÁN LLEGAR HASTA KALAMBAKA? ¿QUÉ PELIGROS LES ESPERA?


POR MOTIVOS PERSONALES AYER NO PUDE PUBLICAR EL CAPÍTULO 11. EN COMPENSACIÓN HOY PUBLICARÉ TAMBIÉN EL 12.

¡ESTA TARDE ESTARÁ DISPONIBLE!



CAPITULO DIEZ

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay 

¡BELLA DURMIENTE!


Las circunstancias en la vida de Dedé habían cambiado mucho. Ella en la cárcel, acusada por una broma universitaria muy pesada. Marion abducida por un misterioso y mágico libro. Elisa hipnotizada por los encantos de un ser con el rostro de Mike, que se había agenciado uno totalmente distinto, Luke; y haciéndose llamar Dios ante Elisa. El profesor Harris en camino hacia una cita desconocida y muy importante, portando en su maletero la prueba evidente de la desaparición de Marion, o más bien su propia prisión. ¡Todo estaba patas arriba!

Dedé descansaba, encima de un suelo frío y sucio de hormigón, dentro de su celda. El policía se acercó a las rejas y las golpeó fuerte, con su garrote, haciendo un ruido metálico ensordecedor. Eso interrumpió el sueño incómodo de Dedé.

—¡Bella durmiente! —Llamó su atención con burla. —¡Eh, despierta! Es hora de irse.

Dedé despegó la cabeza del suelo con dificultad, ayudándose con el impulso de los brazos. Miró al guardia entreabriendo los ojos.

—¡Ja, ja, ja…! —Rió el guardia cuando vio su rostro. —¡Madre mía, te han dejado hecha una pena! ¡Así aprenderás! —Dijo mientras con sus llaves daba vueltas a la cerradura.

Sus compañeras de cuarto de esa noche habían hecho su trabajo y desde luego, se habían despachado a gusto. Tenía la nariz magullada, las ojeras ennegrecidas por los morados, señal de unos bueno puñetazos; y una parte del labio partido. Estaba hecha un escombro. También le habían robado sus zapatillas y le habían quitado la chaqueta a patadas. El guardia abrió la puerta y Dedé se levantó a marchas forzadas, cojeando y sujetándose las costillas con una mano, se dirigió hacia la puerta de la celda.

—¡Vuelve cuando quieras, princesa! —Dijo la presa que llevaba su chaqueta y sus zapatillas puestas. Dedé las miró, odiosa, por última vez con sus ojos morados y su escasa percepción. La presa juntó sus labios haciendo morritos y le lanzó varios besos.

Se dirigió, dolorida, hasta la recepción para recoger sus pertenencias. Allí, un joven cadete la atendió. Esparció sus cosas por el mostrador y las fue enumerando.

—Este es tu móvil, tus llaves y tu documentación. Creo que no falta nada, revísalo todo. —Dijo el joven, que la miraba con compasión.

Dedé, despeinada, magullada y con poca energía, cogió su teléfono con la pantalla escarchada, intentó encenderlo pero fue imposible.

—¡Está roto! —Miró hacia las mesas de la oficina, dónde estaban los otros policías. —¡¿Me habéis roto el móvil?! —Exclamó indignada. La ignoraron, soltando pequeñas risas contenidas entre ellos. —¡Esto es el colmo!

El cadete se inclinó hacia ella por encima del mostrador para hablarle en voz baja.

—Lo siento, no llevan muy bien lo de las bromas, es su forma de vengarse. —Dedé lo miró con la boca abierta y señalando su cara con su dedo índice le dio a entender, si aquella paliza no había sido suficiente. —Ya, lo sé y lo siento de veras, pero deberíais parar con las bromas.

—¡Seguiré repitiendo que no ha sido una broma, hasta que se me caigan los dientes de vieja! Supongo que hay cabezas huecas en todos lados, incluido en el departamento de policía. Da igual… últimamente pasan demasiadas cosas inexplicables en mi vida, una paliza y pasar una noche en el calabozo no es del todo surrealista para mí. —Dedé miró la chapa identificativa que el joven llevaba en su pecho, sujetada por un alfiler, encima de la solapa de su bolsillo. —Agente G. Sanna… ¿de qué me suena a mí tu apellido? —Preguntó inclinándose hacia él.

El cadete recolocó su broche con orgullo.

—Estudiamos juntos en segundo curso. —Dijo él, esperando que le reconociese. Dedé lo miró sin saber de qué hablaba. —Me sentaba una fila por delante tuya… —Dedé seguía sin darse cuenta, esto desilusionó un poco al chico. —¡Me pagabas diez dólares por pasarte a limpio los apuntes! —exclamó ofendido.

—¡Lo siento, no lo recuerdo! —Contestó ella molesta.

—Te invité al concierto de los Audioslave.

—¡Oh, sí, ya me acuerdo! —Se echó las manos a la cabeza. —¡Madre mía, ese concierto fue la leche! Pero, no me acuerdo de ti… —Dijo pensativa. —A ese concierto… fui con Elisa…

—Si, lo sé. Te dí las entradas y fuiste con tu compañera de cuarto. —Dijo apenado.

—¡Oh, mierda, lo siento! —Se disculpó arrepentida.

—No te preocupes, no fue culpa tuya, seguramente yo formulé mal la pregunta. —La disculpó bajando la cabeza.

Dedé lo miró con una leve sonrisa de compasión, lo inspeccionó de arriba a abajo, pensando que no estaba nada mal.

—¿Y qué haces aquí? —Le preguntó ella interesada.

—Dejé la universidad y me apunté a las pruebas, las aprobé y… ¡aquí estoy! —Dijo él abriendo los brazos de par en par.

—¿Te diste cuenta de que querías ser policía?

—No exactamente, digamos que fuerzas personales me llevaron a esto. —Dedé asintió sin entender muy bien a qué se refería. —Me llamo George, por cierto. —Él tendió su mano para hacer un saludo formal. Dedé sonrió y le correspondió.

—Encantada, George. Prometo no olvidarme esta vez.

—Tienes que firmar estos documentos antes de irte, ya sabes, meras formalidades.—George puso los papeles, delante de Dedé, por orden. —Este de aquí es tu alta de salida. Este en el que se detallan todas tus pertenencias y afirmas que te han sido entregadas y este es en el que declaras que no has sufrido ningún tipo de mal trato físico por parte del departamento de policía. —Carraspeó al final de la frase, estaba incómodo con ese papel.

—Ya, tu y yo sabemos que no ha sido exactamente así, ¿verdad George? —Dedé firmó ambos papeles.

—Y por último, este es el de recogida de tu vehículo, tienes que firmarlo y llevarte una copia.

—¿Recogida de mi vehículo? ¿¡Por qué se llevaron mi coche!?

—Supuestamente para pruebas. —Dijo nervioso.

—¿Qué pruebas? —George se encogió de hombros y le entregó las llaves.

—Es el procedimiento. Podrás recogerlo dentro de una semana.

—¡¡Una semana!! ¡¡Estáis de coña!! ¡¡Necesito mi coche para moverme!! —Explotó muy cabreada.

—Si, también siento eso. Suelen expresar sus frustraciones así. —Encogió sus hombros de nuevo.

—¡Así que pruebas! ¿eh? —Dedé negó con la cabeza. —No debería haber firmado ese papel del maltrato físico. —Volvió a mirar a los policías con ira.

—Lo siento mucho, Danielle…

—No importa. —Suspiró. —Me voy a casa, dormiré hasta que pueda recoger mi coche.

—Deberías ir al hospital, no tienes buen aspecto. —Le aconsejó él preocupado.

—Ya… ¿Y cómo se supone que voy hacerlo? ¡Me quitaron el coche! ¿Recuerdas? —Contestó meneando las llaves de su coche en la mano. —¡Este día no puede ir peor. —Murmuró.

—Yo puedo llevarte. Acabo el turno en quince minutos y el hospital está cerca de mi casa. Puedo acercarte si quieres. —Se le notaba entusiasmado.

—No… gracias, puedo apañármelas sola

—De verdad que no me importa. —Insistió.

Dedé estaba ya en la puerta, con la mano apoyada en el cristal, dispuesta a empujarla para salir. Miró la cara inocente de George y pensó que era un buen chico, de los que ya no quedaban, también pensó que era demasiado bueno, demasiado blandito, se derretiría como la mantequilla a su lado. Pensó que se cansaría rápido de él. Pero era su mejor opción en aquel momento. Sin teléfono, sin coche y sin mejor amiga. Así que asintió con la cabeza y le esperó fuera.

Imagen de Comfreak en Pixabay

El profesor sujetaba, entre sus brazos, aquel libro envuelto en la bolsa. Como el mayor tesoro jamás encontrado o quizás el arma más poderosa capaz de destruir la humanidad, aún no se sabía, pero por su postura y por la fuerza con la que se agarraba a él, había descubierto más de lo que ya sabía y esto le había llevado a cumplir una importante labor. Al parecer la cita mantenida, la tarde anterior, le había resuelto bastantes dudas, y al parecer, también había reducido su miedo a estar cerca del ejemplar. Sentado en un asiento de vagón de tren, miraba nervioso a su alrededor, como si alguien le acechase, como si fuesen a robarle aquel misterioso y poderoso tesoro, envuelto en una bolsa poco glamurosa. Había escogido el asiento de la ventanilla, así su espalda y su costado izquierdo estarían protegidos, además desde allí podría vigilar a toda persona que entrara en el vagón.

—Debo llegar antes que ellos, debo llegar antes que ellos. —Se repetía una y otra vez.

El revisor empezó a pedir los billetes a los pasajeros, el tren ya estaba en marcha. Harris miraba, todo el tiempo, hacia el pasillo, nervioso y sudoroso. El revisor se le acercó.

—Señor, su billete por favor.

—¡Sí, claro, por supuesto! —Dijo con la voz entrecortada. Con una mano siguió sujetando el libro y con la otra, temblorosa, sacó el billete del bolsillo de su chaqueta de pana marrón con remiendos en los codos de color beige, la misma que la del día anterior, lo que significaba que el profesor no había pasado por casa ni para cambiarse.

El revisor se dio cuenta de su estado inquieto y su sudoración excesiva.

—¿Se encuentra usted bien? —Preguntó preocupado.

—Sí, gracias, estoy bien. —Le entregó el billete y éste se lo devolvió sellado.

—Muy bien, todo en orden. —El revisor lo miró intranquilo. —¡Que tenga un buen viaje, señor! —Se dispuso a marcharse.

—Sí, vale… gracias. ¡Oiga, disculpe! —Harris llamó de nuevo al joven revisor.

—¿Si, dígame?

—¿Cuándo llegaremos a Kalambaka? —El revisor miró su reloj.

—Dentro de unas tres horas y media, señor. ¿Necesita, usted, algo más?

—Sí, un vaso de agua si es usted tan amable. —Le pidió secándose el sudor de la frente, con un pañuelo de su bolsillo.

—¡Claro, enseguida!

—Muchas gracias. —Contestó Harris con media sonrisa. Con la tensión que contenía en su cuerpo no era capaz ni de sonreír enteramente.

Harris en seguida se fijó en que un hombre, sentado en un asiento en diagonal al suyo y en contra de la dirección del tren, lo observaba atentamente. Al profesor no le gustó en absoluto que aquel pasajero le mirase. Aquel hombre, trajeado, bien peinado y con aparentemente grandes modales, estaba sentado bien erguido, observando cada uno de sus movimientos. Tenía unos ojos penetrantes, rasgados, de color azul. Tenía la raya de los ojos muy marcada, como si se la hubieran pintado con un pincel. Su tez era clara, con ciertas pecas pícaras por encima de la nariz. Mandíbula pronunciada en los laterales de su rostro, su pelo era castaño claro, con un corte muy moderno y mechas blancas en las puntas de su pequeña cresta. Aquel cuerpo tan masculino, rellenaba perfectamente el traje tan impecable que portaba, era un hombre de ejercicio físico. La nuez de su garganta sobresalía y marcaba el cuello de su camisa, abotonada y cerrada, con una corbata granate.

Harris se revolvía en el asiento, intentaba no hacerle caso, mirar para otro lado, pasar desapercibido, pero le resultaba casi imposible, el ángulo de observación de aquel trajeado hombre, era perfecto para vigilarlo. El revisor se acercó de nuevo al profesor, con su vaso de agua.

—Aquí tiene, señor. —Le acercó el vaso.

—¿Podría hacerme otro favor? —Le preguntó con la voz temblorosa y casi inaudible.

—¡Claro, señor! ¿Qué necesita? —Se ofreció servicial.

—¿Puede ubicarme en otro asiento?

—¡Oh, lo siento, señor, vamos completos!

—Entonces, ¿puede decirme dónde están los servicios?

—En el vagón trasero, ahí los encontrará.

—¡Gracias! —Le agradeció Harris. El revisor asintió con la cabeza y se marchó.

El profesor se levantó de su asiento, tras beberse el agua como si fuese un chupito de tequila. Sin dejar de sujetar su valiosa pertenencia, se dirigió hacia el vagón de atrás, no sin antes cruzar, por última vez, la mirada con aquel extraño pasajero que no dejaba de observarlo. Aquella mirada era algo más que penetrante, era como si quisiera decirle algo, como si quisiera decirle que estaba en peligro y que el peligro era él.

Harris caminó por el pasillo hasta llegar al final, allí estaba el baño. Tiró de la manilla, pero la puerta no se abrió.

—¡Vamos, venga! —Volvió a tirar.

—¡Ocupado! ¿¡No ve el pomo!? ¡Está en rojo! —Dijo un señor desde dentro.

Harry se quedó allí de pie, mirando continuamente hacia la entrada del otro vagón, vigilando de que no viniera a por él, aquel hombre tan elegante. Estaba sudando a chorros, como si hubiera corrido una maratón, como si aún estuviera en ella. Una mujer se acercó, también esperaba para entrar al baño.

—¿Está ocupado? —Preguntó sonriente.

—Sí. —Contestó Harris.

La miró estupefacto, era la mujer más bella que había visto jamás. Sus cabellos eran largos y ondulados como las olas, naranjas como el amanecer de un día caluroso. Era preciosa. Sus pómulos tenían un color rosado natural perfecto. De tez pálida y dos hoyuelos que destacaban cuando ella sonreía, que iluminaban aquella estancia, algo no muy difícil, puesto que se le notaba que era de espíritu juvenil y risueño. Sus ojos grandes y marrones como el café soportaban unas largas pestañas a juego con su pelo. Harris se quedó embelesado por tal belleza, tanto que olvidó por completo toda preocupación, todo el estrés.

La mujer se meneaba de un lado para otro, sus ganas de ir al baño eran evidentes a la par que inminentes. Se acercó a la puerta y tocó tres veces.

—¡Oiga! ¿Va a tardar usted mucho? —Preguntó con su dulce voz.

Harris pensó en su voz, en lo aterciopelada y confortable que era. Podía imaginarse esa voz cada día al despertar, cada noche al dormirse, a su lado, en la almohada que ahora estaba vacía. Podría acostumbrarse a un “Te quiero” de sus labios para siempre.

—¡Vayan a otro servicio! —Desde dentro se escuchaban los esfuerzos del pasajero por vomitar.

La mujer y el profesor se echaron para atrás.

—¡Uf! —Dijo ella. —Parece que algunos no soportan el traqueteo de las vías.

—Sí, eso parece. —Contestó él tímido.

—¿Y usted? ¿Le gusta viajar en tren? —Preguntó ella dicharachera.

Harris se quedó bloqueado. No podía creerse que le hablara a él, que se interesara por tener una conversación con él.

—¡¿Quién yo?! —Dijo señalándose con él dedo.

—No, en realidad hablo con el que está detrás. —Dijo bromista. Instintivamente el profesor miró para atrás dónde solo había pared. Ambos rieron. —Le pregunto porque le veo bastante sudoroso e inquieto.

—¡Oh, no! ¡Me encanta viajar en tren! Es mi transporte favorito. —Contestó sonriente.

—¡Genial! —Exclamó ella dando un pequeño brinco. En verdad tenía un espíritu contagioso y enérgico. —Pero si va a vomitar, avíseme antes ¿vale?

—¡Claro, por supuesto! —Ella le sonrió graciosa. Él le devolvió la mirada.

—¡Me llamo Eugine! —La preciosa mujer le tendió la mano con firmeza. Harris se la devolvió.

—Harris, James Harris. —Dijo él aún sujetando con fuerza el libro con la mano que le quedaba.

—¡Encantada James! Y dígame, si no le molesta el viaje, ¿qué es lo que le inquieta? —Preguntó ella muy amable y dulce. —¿Está escapando de la justicia? ¿Le persigue la mafia? —Dijo bromeando con gracia.

—¡No! —Rió Harris. —Yo solo soy un profesor.

—¿Quizás un profesor espía que huye de algún poderoso terrorista? —Ambos rieron de nuevo. —¡Vamos, sígame el rollo! La imaginación es lo mejor para olvidarse uno de que se está haciendo pis encima.

—¡Bien, está bien! Pues… en ese caso… En verdad soy un profesor con una gran misión. Tras encontrar un libro mágico, de otro mundo sobrenatural, que atrapa a personas y manipula las mentes humanas, debo encargarme de llevarlo a un sitio seguro, a las montañas de Tesalia, cerca de Kalambaka, allí me espera un enlace que me llevará hasta los antiguos monjes de los monasterios de Meteora. Una vez entregado, tendré que asegurarme de que sus secretos no sean desvelados y convencer a los antiguos de que lo abran una vez más para liberar a una alumna que se ha quedado atrapada. —Y así lo resumió Harris, convencido de que la realidad traspasaría la ficción y que aquella bella mujer alabaría su imaginación.

—¡Vaya! ¡Me deja usted impresionada señor Harris! —Eugine estaba boquiabierta.

—¡Gracias! Los profesores tenemos mucha imaginación. —Contestó hinchando su pecho con orgullo.

Eugine seguía meneándose de un lado para otro, las ganas de ir al baño eran cada vez mayores.

—¡Ay, no aguanto más! ¡Deberíamos buscar otro baño! ¿No le parece?

—Si, estoy de acuerdo.

—Estoy en un vagón con compartimento, si quiere puede acompañarme. Podemos pedir una taza de café y seguir inventando historias. El viaje es muy largo y al viajar sola me aburro como una ostra. —Le invitó parlanchina.

—¡Sería todo un placer! —Harris aceptó la invitación. Estaría loco si no lo hiciera.

—¡Bien! —Se puso muy contenta. Se notaba que había una chispa entre los dos. Se notaba que a ella también le gustaba el profesor. —¡Entonces, sígame profesor! ¡Nos vamos de aventuras! —Dio dos brincos y comenzó a andar por delante de él con salero.

Tras encontrar unos baños libres en el vagón de Eugine, se dirigieron hacia su compartimento.

—Teniendo baño aquí, ¿por qué fue hasta el otro vagón? —Preguntó él.

—¡Ah, pues porque este también estaba ocupado! —Contestó ella que se detuvo frente a una puerta. —¡Es aquí! —La abrió. —Usted primero. —Hizo una reverencia encantadora que hizo que Harris sonriera como un bobo.

Harris se adentró en el cuarto del tren. Tenía dos largos asientos, uno frente al otro, de color rojo, con respaldo acolchado, parecían muy cómodos. Vio que el ventanal era más grande que el de los otros vagones de clase turista. Miró todo el espacio. Eugine, estaba detrás de él, cerró la puerta.

—¿A dónde viaja usted, señorita Eugine? —Preguntó.

Eugine no le contestó, algo que al profesor le extrañó. Se giró para verla, pero allí no había nadie.

—¡¿Señorita Eugine?! —La llamó inquietante.

Un rugido ahogado y chirriante llamó su atención. Provenía del techo de la habitación. Él, dudoso y atemorizado, no quería mirar hacia arriba, pero la curiosidad humana fue lo que le llevó a hacerlo. Y allí estaba. Un ser espeluznante que enseñaba sus afilados dientes amarillentos. Con la piel azulada y cuarteada, abría la boca soltando saliva y ruidos extraños. El pelo largo y sin vida, aún de color naranja, pero más como las tejas desgastadas de una casa en ruinas, colgaba hacia abajo. Aquella cosa, se agarraba al techo con sus uñas largas y negras, clavadas en la madera con fuerza. Todo su cuerpo era casi esquelético, se podían ver sus huesudas costillas a través. Lo que había sido una preciosa mujer divertida y alegre, con rasgos angelicales, se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en una monstruosidad que le acechaba, dispuesta y preparada para lanzarse encima de él.

—¡¿Señorita Eugine?! —Preguntó el profesor con la voz trepidante. ¿Cómo iba a imaginarse que aquella perfecta diosa, se convertiría en aquel semejante ser, saco de huesos?

Soltó un último alarido ensordecedor que hizo que Harris se tapara los oídos con fuerza. Era molesto y doloroso. Un arma que usaba para inmovilizar a su presa. Los oídos del profesor empezaron a sangrar a borbotones, eso no era buena señal. Con las manos apretando sus orejas, se quejaba de dolor y se dejaba caer de rodillas al suelo. Una vez allí, el monstruo desplegó sus negras alas desgastadas y descendió al suelo. Harris, arrodillado y dolorido, era la presa perfecta. Eugine, o lo que quedaba de ella, se acercó a él, alzando sus garras hacia arriba en posición de ataque, dispuesta a clavarlas en su espalda para terminar con su existencia; y así llevarse el libro. El profesor se giró asustado, abrió sus ojos, la miró aterrorizado ante la presencia de aquel ser y se preparó para recibir su final.

De pronto, un garrote largo y de bronce, atravesó el cuerpo huesudo de la criatura. Un haz de luz azul intensa, salió de su estómago. Ésta gritó, ensordeciendo de nuevo a Harris, que de nuevo se tapó sus oídos. La luz era tan potente que tuvo que apartar la mirada. La criatura gritó por última vez, un grito de desgarro; y desapareció tras ese brillo. Harris, cegado y sin visibilidad, pestañeó varias veces. Una vez recuperada la vista, vio a su salvador. Aquel hombre estaba de pie, frente a él. Le tendió la mano, para que se levantara del suelo. Aquel hombre de pómulos marcados, ojos rasgados y corbata granate, le salvó.

—¡Venga, levántese! —Le dijo con voz de mando. Con una voz muy masculina y varonil.

—¡¿Usted?! —Preguntó sorprendido. Harris se levantó del suelo, posicionándose frente a ese valiente pasajero.

—¡Sí, yo! —Contestó cortante. Abrió la puerta y sacó un poco la cabeza. Echando un vistazo al pasillo. Quería asegurarse de que nadie se había acercado a ver el barullo. Cerró la puerta y se enfrentó al profesor. —¡¿Está usted loco?! —Le regañó. —¿Qué hacía con esa mujer?

—¡Escapar de usted!

—¡¿De mí?! ¡Yo soy su enlace profesor! —Exclamó furioso.

—¿Mi enlace? ¿Y por qué me miraba de esa manera? ¡Estaba vigilándome con esa cara de pocos amigos todo el tiempo! ¿Qué esperaba que creyera?

—¡No le miraba a usted! Miraba a esta cosa, ella estaba en el asiento de atrás. —Dijo señalando al suelo dónde aún se encontraba algunos restos de aquella criatura.

—¡Oh, vaya! —Dijo él avergonzado.

—¡¿Así que me tiene miedo a mí, pero se va con una desconocida?!

—¡Era simpática y muy guapa! Fue agradable conmigo, quizás si usted se hubiera presentado y hubiera sido agradable… —Le reprochó Harris.

—¿En serio? —Le miró incrédulo. —¿Esperaba que le hiciera ojitos? Yo estaba observando sus espaldas, vigilando que nadie se le acercase, era una ventaja por si le pasaba algo.

—¿Y que era eso? —Preguntó el profesor aún traumatizado.

—Una Drinfa.

—¿Una qué?

—Una Drinfa. Son las hadas de la tierra. —Le explicó.

—¡Pero las hadas son buenas! —Exclamó él, incrédulo.

—Supongo que vuestro ojo humano está demasiado acostumbrado al cacharro ese donde echan imágenes extrañas, que os lavan el cerebro.

—¡¿Se refiere a la televisión?!

—Si, eso… La televisión. —Repitió como un loro.

—Pero, ¡¿quién es usted?! —Al profesor le sorprendió que aquel hombre no supiera lo que era una televisón.

—¡Soy Heracles! Hijo de Zeus, semidios, ¡encantado! —El semidios le tendió la mano como si tal cosa. Harris se quedó perplejo y le respondió al saludo casi por inercia.

—¡¿Hera… Hera…Heracles!? —Titubeó como un tonto.

—¡Sí, el mismo!

—Osea, ¿Hércules? —Preguntó de nuevo, aún no podía creérselo.

Heracles movió la cabeza hacia los lados, negando aquel nombre.

—¡No, Heracles! Mi nombre es Heracles, no Hércules. Otra asignación de vosotros los humanos.

Harris se dejó caer hacia atrás, como una tabla de madera rígida, se desmayó y golpeó el suelo con fuerza. Retumbó todo el parqué de aquella estancia.

—¡Vaya, otro humano blandito! —Exclamó el Héroe.

Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY

Nos vemos en el próximo

NO LO OLVIDÉIS EL VIERNES EL CAPÍTULO 11

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

CAPITULO OCHO

Imagen de Dante D’Oria en Pixabay 

PRUEBA OTRA VEZ


Dedé no daba crédito a lo que estaba viendo, se hizo mil preguntas en pocos segundos, ¿era un fantasma? ¿Su muerte había sido una alucinación? ¿Qué hacía, Mike, en River Road? ¿Por qué se había hecho de noche tan pronto? ¿Flipaba otra vez? Estaba confusa y aquel muerto viviente se acercaba cada vez más a ella.

Era cierto que la noche había llegado demasiado rápido, algo bastante extraño, puesto que la tormenta se había disipado y no eran todavía horas nocturnas. Entre las sombras y el aleteo de las ramas, que se movían por la fuerte brisa que había dejado el diluvio, Mike daba pequeños pasos, inaudibles, con serenidad. Parecía que flotaba entre un millar de hojas húmedas, atrapadas por el barro. Toda su postura demostraba su anhelo por conseguir estar cerca de Dedé, sentía deseos hacia ella, deseos de posesión, deseos oscuros. Pero en verdad no era ni por su físico, ni por su perfecta estructura carnal, había algo más que él quería por encima de todo.

Dedé desbloqueó su mente de preguntas sin respuestas y se dio cuenta de que él se acercaba demasiado, debía salir de allí. Elisa continuaba gritando por el teléfono, llamando a su amiga, alertándola para que corriese en otra dirección. Demasiado tarde Elisa. Cuando Mike estuvo a pocos centímetros, Dedé sintió un terrible escalofrío por toda su espalda, su cuello se erizó y apretó los puños involuntariamente. Respiró, dejando el aire a su alrededor casi sin oxígeno.

Mike sonrió, por fin estaba cerca de ella, había conseguido tenerla solo para él, ahora podría hacer lo que tenía previsto. Se miraron profundamente, Dedé con miedo y Mike con regocijo.

—No debes temerme Danielle. —Dijo él tranquilo, acariciando su rostro entumecido. —Vengo a salvarte.

Dedé, paralizada, no se movió ni un ápice. Temía lo que él era capaz de hacer. Tragó saliva lo más silenciosamente posible.

—¡No sabes el tiempo que llevo buscándote! Y al fin te he encontrado. —Mike se deleitaba con ese momento.

—¿Quién eres? —Preguntó Dedé casi en silencio.

—Tú sabes quién soy.

—¿Mike…? —Preguntó dudosa.

—No, prueba otra vez. —Dijo con sonrisa bribona.

En el fondo sabía que no era Mike, sabía que había una presencia muy distinta delante de ella. Había visto, de manera sobrenatural, la muerte de aquel chico en el lago y estaba casi segura de que no era el mismo.

—No, tú no eres Mike. —Contestó. —Tú eres algo muy distinto, no eres de aquí, de este mundo. —Mostró templanza en sus palabras, aunque por dentro estaba aterrada.

—Exacto. Veo que no me equivoqué contigo. —El ser la miraba penetrante. —Ahora, formula la pregunta otra vez.

—¿Qué eres? —Preguntó, tragando saliva de nuevo.

—Tu guía, tu dueño, tu protector…

—¿Mi protector de qué? —Estaba confusa, lo que intuía de aquel ser no era para nada protección, no era nada bueno. Con su mirada cautiva y su presencia tan sombría. Quería marcharse, correr hacia un lugar seguro, pero al mismo tiempo la curiosidad la detenía.

—-Danielle… Tú no perteneces a este mundo. —Se acercó a su oído. —-¡Danielle…! —Le susurró. —¡Tú eres mía! ¡Mi Pitia!

Las luces de emergencia del coche de policía y de la ambulancia, alumbraban con destellos naranjas y azules entre los árboles. Dedé giró su vista con brío hacia ellos, la llegada de la caballería era inesperada. Había olvidado la llamada de socorro que hizo cuando buscaba a Elisa. Volvió su vista hacia el ser susurrante. Ya no estaba, se había evaporizado, desaparecido como en un truco de magia televisivo.

Dedé se quedó en el mismo lugar, en la misma posición, durante unos minutos más. Repasando lo que había sucedido, creía estar volviéndose loca. De nuevo se preguntaba si aquello era real, debía encontrar respuestas que explicaran lo que le estaba pasando. Entonces recordó a Elisa, su testimonio de aquello le aclararía muchas dudas. Miró hacia el suelo, su teléfono móvil estaba tirado a sus pies, con gotas de lluvia en la pantalla y ciertos restos de lodo en los bordes. Se agachó para cogerlo. Elisa tendría que darle muchas explicaciones.

—¡Señorita! ¿Se encuentra bien? —Un policía se acercaba, cegándola con la linterna. Dedé se tapó la cara por la luz cegadora. —¿Necesita ayuda?

—¡Sí, estoy bien! —Contestó.

—Hemos recibido un aviso de desaparición. ¿Nos llamó usted? —El policía ya estaba a su lado.

—Sí, lo siento, mi amiga se había perdido, pero ya la he encontrado.

—¿Y dónde está su amiga? —Preguntó.

—¿Qué?

—Su amiga, ¿dónde está? —Preguntó él desconfiado.

—¡Ah! Pues se ha ido… —Dijo ella poco convincente.

—¿Y se ha quedado usted aquí sola?

—Sí…, yo…, había perdido mi móvil, me he quedado buscándolo. —Dedé le enseñó el teléfono.

—Ya, claro… ¿Es usted estudiante de Jacksonville?

—Sí, ¿por qué?

La voz de otro agente se oyó a través de la radio que el policía llevaba en la solapa del cuello de su camisa uniformada.

—¡Hopkins informa!… ¿Qué has encontrado?… Cambio

—Todo en orden, he encontrado a una estudiante. Parece que se trata de otra broma universitaria. Cambio. —Contestó molesto.

“—¡Putos niñatos! … Otra que pasará una bonita noche en el calabozo! Cambio”

—Vamos para allá… Cambio y fuera. —El policía sacó sus esposas y sujetó el brazo de Dedé.

—¡Oiga que no es una broma! ¿Qué hace? ¡No tiene ningún derecho! —Dedé se revolvió para soltarse.

—No lo haga más difícil, señorita. ¡Si se resiste la encerraré por desacato a la autoridad! —El policía giró a Dedé con fuerza y la puso de espaldas, le colocó las esposas mientras recitaba, como un robot, sus derechos. —Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra frente a un tribunal. Tiene derecho a un abogado, si no, se le asignará uno de oficio. Tiene derecho a realizar una llamada a un familiar o persona que usted elija, se le considerará inocente hasta que las pruebas determinen lo contrario… —Continuaba su discurso mientras Dedé se quejaba y declaraba su inocencia.

—¡No sabe lo que está haciendo! ¡Yo no he incumplido ninguna ley! ¡Oiga, no puede hacerme esto, usted no lo entiende, le digo la verdad!—Repetía una y otra vez.

La metieron en el coche, esposada y enfurecida, se dirigía a la comisaría. Pensó en Elisa de nuevo. Ella la sacaría de este lío, explicaría a la policía que no había sido una broma y todo se solucionaría. Solo quería llegar para hacer uso de su derecho de llamada.

Imagen de Yuri_B en Pixabay

Mientras tanto, en la biblioteca… Marion seguía sumergida en la red, buscando información sobre aquel misterioso libro. Llevaba horas inmersa en infinitas páginas de Internet, sin encontrar nada que ella no supiera, todo era irrelevante. Se había hecho de noche sin darse cuenta. La biblioteca estaba cerrada al público, los estudiantes, la mayoría, ya estaban descansando en sus habitaciones, pero Marion necesitaba saberlo todo sobre la existencia de aquel extraño ejemplar. Entonces, pulsó con su ratón encima de un enlace y éste le llevó a una red prohibida. Algo la inquietó. Según una página de aquella red oculta, se habían hallado manuscritos en un antiguo monasterio de Tesalía, al norte de Grecia, en los monasterios de Meteora, eso no era lo raro, lo raro era que databan del año 1.800 d.C. y Marion sabía, por sus estudios, que los últimos datos históricos relacionados con ese tema tenían fecha anterior, bastante anterior, exactamente del año 1.200 a.C. No se habían encontrado ni documentos ni pruebas que confirmaran la existencia de ciertos seres.

—¡Esto es imposible! —Exclamó ella sin dejar de mirar a la pantalla. —¡Esto significaría que existe actividad divina en la Tierra! ¡No puede ser, tengo que llamar a Danielle! —Marion se apresuró a coger su teléfono para llamar a Dedé. El teléfono dio tono, pero nadie contestó.

Saltó el contestador y Marion dejó un mensaje.

Marion continuó leyendo el artículo prohibido, en la pantalla de su ordenador. Al parecer, uno de los escribas del monasterio, aseguraba poseer un pergamino donde se explicaba detalladamente el descenso de un ser mitológico a la Tierra, decía que si había pasado tan solo hacía 220 años, ese ser debía de estar todavía entre nosotros. Anunciaba que venía el fin del mundo, que era el apocalipsis, que la raza humana estaba a punto de extinguirse… Marion pensó que solo eran habladurías de curas, creencias infundadas, aunque las pruebas estaban ahí, ante sus ojos. El escribano había subido fotos del pergamino a la red, y se leían perfectamente las palabras: Θεός,γη, καταστροφή

—¡Es griego! —Se sorprendió Marion. —Entonces, si es griego, las palabras son; Dios, Tierra, Destrucción… ¡Oh dios mío! —Marion se dejo caer contra el respaldo, arrepentida por haber encontrado aquello.

Si aquel escribano había encontrado aquello, entonces… ¿ella tenía delante otra prueba? ¿Un libro que pertenecía a algún tipo de ser mitológico? Si eso fuera cierto, no era nada bueno, no era una buena noticia. La última vez que los dioses bajaron a la Tierra, fue para destruir la raza humana y ya habían pasado infinidad de siglos desde entonces. Si aquella vez se tomaron tantas molestias y perdieron, eso significaba que esta vez estaban más que preparados y que sus intenciones serían exactamente las mismas. Marion llegó a la conclusión muy rápido y una corriente helada traspasó su cuerpo. Se levantó de un impulso y se dirigió hacia una de las estanterías. Cogió varios tomos sobre mitologías, leyendas, datos antiguos, fechas de guerras tocadas por la mano divina. Buscó y buscó entre líneas esperando relacionarlo con algo, esperando que alguna página mencionase a ese misterioso libro, pero no encontró nada. Los datos eran muy básicos, el rayo de Zeus, el tridente de Poseidón… Nada. Marion se estaba desesperando, quería y necesitaba verificar de alguna forma todo lo que aquel escribano, aparentemente loco, decía. Necesitaba relacionar aquel libro con algo real, algo que no fuera una leyenda.

Lo miró, miró sus dorados grabados y sus tapas duras cubiertas de un cuero indestructible. Esas letras, marcadas en el frente, parecía que hubieran sido creadas de manera celestial. Sin duda aquel tomo ocultaba una gran historia y un gran misterio. Su seducción la atrajo, su perfecta hechura y sus rasgos antiguos persuadían las manos de Marion para que lo cogiera. Eso, sumado a su ansia por desvelar y saber, hicieron que ella se lanzara a abrirlo.

Tan solo con tocar la tapa y atreverse a levantarla, el libro comenzó a brillar. Marion lo miró embelesada, con los ojos abiertos de par en par y con sonrisa satisfactoria, segura de que estaba a punto de descubrir algo muy importante que cambiaría la historia. Se acercó más a él y las tapas empezaron a rebotar. No dejaba de moverse y suspenderse por el aire, a unos diez centímetros de la mesa. La luz que desprendía aumentaba por momentos, era realmente esplendorosa, tan brillante como los nuevos faros de un todo-terreno. Cegaron la vista de Marion que se intentó tapar con el brazo. Parecía que el libro fuera a explotar en segundos. Sin embargo, cesó. Dejó de rebotar y de brillar y con un golpe seco cayó de nuevo encima de la mesa. Marion, algo tímida, se acercó, como si estuviera cerca de un volcán durmiente a punto de despertar. Y en verdad, así fue.

La tapa principal del libro se abrió por completo sin que nadie la tocase, dejando ver su contenido, llamándola a ella para que echase un vistazo, solo un pequeño vistazo. Atraída, así lo hizo y sin más Marion desapareció. El libro la absorbió entre sus páginas y la apresó, como las plantas carnívoras que esperan la presencia de un insecto. Marion la enamorada del conocimiento estaba atrapada.

¿A dónde habrá ido Marion?

¿Qué significará que Dedé es su Pitia?

¿Qué mensaje de voz le habrá dejado Marion a Dedé?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO EL LUNES A LAS 19:00H

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CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

CAPITULO DIECINUEVE

CAPITULO DIECINUEVE
Harris y Heracles comienzan su camino hacia los monasterios de Meteora. Durante su travesía Harris aprenderá mucho sobre los dioses, pero sufrirán un ataque inesperado y su vida penderá de un hilo.