CAPITULO DIECISIETE

Y EN… TRES,DOS…


Era una sala solitaria, tenue, con las paredes de un hormigón gris poco cuidado. La mesa en la que Dedé posaba sus manos esposadas, era fría, de acero, las esposas las habían encadenado a una especie de gancho grueso inquebrantable. Estaba sentada en una silla incómoda, con el respaldo demasiado recto. Esperaba sin quitarle ojo a la puerta, atenta por si alguien entraba para aclararle todo aquello. Su actuación desequilibrada en la biblioteca no le daría nada de credibilidad frente a la muerte de Elisa. ¡La muerte de Elisa! Dedé aún no podía creérselo, eso era imposible. Estaba segura de que era un error, quizás otra broma muy pesada o quizás este era otro sueño al que enfrentarse, pero era tan atrayente que no lograba salir.

Llevaba ahí metida, horas, sin comprender nada, aislada de todo el mundo, siendo vigilada a través de un espejo enorme que había en la pared. Dedé levantó la cabeza y miró hacía el reflejo. Lo había observado unas mil veces durante el tiempo que llevaba allí atrapada. Estaba cansada, muy cansada, apenas le quedaban fuerzas para apoyar su espalda contra esa incómoda silla.

—¡Sé que me estáis viendo! —Protestó mirando hacia el espejo. —¡Yo no he hecho nada malo! —Decía con voz afónica. Su falta de aliento demostraba lo mucho que se había resistido a ser encarcelada.

Tras el espejo, George y su compañero la observaban atentos. El teniente de la comisaría entró en aquella sala de vigilancia.

—Teniente. —Saludaron ambos con respeto.

—¿Ya ha sido interrogada?

—No señor, esperábamos sus órdenes. —Contestó el compañero de George.

—Bien. —El teniente miró a Dedé. —Está cansada, si la apretamos un poco hablará.

—Teniente, con todos mis respetos, creo que nos estamos equivocando de sospechosa. —Dijo George adelantándose con mirada suplicante.

—Agente Sanna, ya hemos hablado de esto. Tenemos muchas pruebas contra ella, además de testigos que afirman haberla visto llegar a la hora en la que la víctima fue asesinada. La describen como una persona inestable y cito: “Danielle recorrió todo el campus hasta el dormitorio como una zombie, con la cara desencajada y llena de moratones”. —Dijo leyendo un informe. —Tenemos sus huellas por toda la habitación.

—¡Pero es que ella vive ahí! Es normal que la habitación tenga sus huellas. —Contestó George en un intento desesperado por defender a Dedé.

—¡Tenemos a una chica brutalmente asesinada y a otra desaparecida! Ambas tuvieron relación con la sujeto en las últimas horas y testigos que afirman que la desaparecida fue vista por última vez con la sospechosa. ¿De verdad cree que no es la asesina? Si tiene a la otra joven retenida en algún lugar, debemos averiguarlo. ¡Agente, si permite que su relación con el sujeto influya en el caso, no tendré más remedio que apartarlo! —Le regañó el teniente.

—Sigo pensando que no es ella. ¡No entraré ahí para ajusticiar a una persona que probablemente sea inocente! —Dijo tajante. —Déjeme al menos hablar con ella, ella me conoce, a mi no me mentirá.

El teniente respiró hondo, pensándose la propuesta de George.

—Está bien, podrá interrogarla. —George asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. —Están cotejando las huellas del arma, si sale su nombre, no tendrá defensa posible. —El teniente estaba seguro de haber encontrado a la asesina. —Lo siento agente Sanna.

—No lo sienta todavía. —Dijo George abriendo la puerta para salir.

Entró en la sala de interrogación en la que estaba esposada Dedé. La vio muy decaída, con la cabeza entre los brazos, estaba realmente agotada. Dedé levantó la vista rápido al oír cerrarse la puerta.

—¡Oh, George, menos mal! —Exclamó con los ojos vidriosos y se revolvió en la silla con algo de esperanza. —Tienes que sacarme de aquí, todo esto es un error.

George se sentó, con solemnidad, en la silla frente a ella. Llevaba una carpeta en la mano, que dejó sobre la mesa. La miró con detenimiento y suspiró. No iba a ser tan fácil como él creía. Dedé vio en su mirada preocupación, lo que le dio a entender que estaba hasta el cuello, que la situación era grave.

—¡¿Qué ocurre?! —Preguntó ella.

—Tengo que interrogarte… —Hizo una pausa para ver la reacción de Dedé. Ella abrió sus ojos azules con incomprensión. —Puedes llamar a un abogado antes si quieres, estás en tu derecho, pero espero que no lo hagas, eso te hará parecer más culpable y bueno… no es que las pruebas estén a tu favor. Sabes que yo te aprecio, no estoy aquí para juzgarte, prometo escuchar toda tu versión y verlo desde un punto de vista neutral, sin hacer caso a las pruebas que encuentren. —Dijo él tranquilo y paciente.

Dedé se derrumbó, se vino abajo con tan solo escuchar la palabra culpable; y más derrumbada después de escuchar “yo te aprecio”, en aquellos momentos para ella era muy importante esa frase, no se había dado cuenta de cuánto la necesitaba hasta que George la pronunció. Ambos se miraron, ella llorosa y él compasivo.

—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres llamar a un abogado? ¿A tu familia? —Le preguntó.

—¡No, a mi familia no! —Se sobresaltó.

—Bien. ¿Y un abogado?

—Confío en tí. —Dijo ella con seguridad y lágrimas mojando sus mejillas. George asintió.

—Entonces empezamos. —Posó la palma de su mano totalmente abierta sobre la carpeta de la mesa. —Esto va a ser duro, va a dolerte, pero tendrás que ser fuerte y contestar a todo lo que yo te pregunte.

—¡Estoy lista! —Dedé solo quería salir de allí lo antes posible y demostrar su inocencia.

—Vale. —George carraspeó y continuó. —¿Tu nombre completo es Danielle Dumont Zabat?

—Sí. —A Dedé le temblaban las manos. George se dio cuenta y le dolía verla así, pero tenía que seguir.

—¿Eres de Nantes, Francia?

—Sí.

—¿Estudias en la universidad de Jacksonville?

—Sí. —Dedé apretó el entrecejo, no entendía esas preguntas, él ya lo sabía.

—¿Cómo llegaste a Florida?

—Llegué hace tres años, por medio de una beca, para estudiar bellas artes y artes gráficas. —George asintió con la cabeza.

—Bien, vamos al día de ayer. ¿Dónde estuviste?

—Ayer me desperté en el calabozo, ¿no lo recuerdas? —Dijo algo molesta.

—Danielle, responde a la pregunta. —Dijo serio. Dedé resopló.

—Me desperté en la cárcel, me encerraron por una “gamberrada”. Tú te ofreciste a llevarme en coche y me dejaste a medio camino de la universidad. —Respondió dolida. —Caminé durante un rato, descalza, con dolores por todo el cuerpo por la brutal paliza que me dieron mis amables compañeras de celda, paliza que ningún policía de la comisaría evitó. —Continuaba resentida. —Llegué hasta mi habitación del campus y me acosté en mi cama.

—¿Y tu compañera, Elisa?

—No lo sé. Ella no estaba allí cuando yo llegué.

—¿Estás segura de eso? —Insistió él.

—Sí, muy segura. —Contestó abriendo sus ojos de par en par.

—Algunos estudiantes afirman haber visto a Elisa entrar en su habitación, poco antes de que tú llegaras. Afirman que ella se retiró a su cuarto porque dijo textualmente: “Mañana tengo un examen, estudiaré toda el día hasta la noche”.

—¡Pues allí no había nadie, te lo aseguro! —Dedé se estaba enfadando, su contestación hizo que George pensara en que había otra intención en su respuesta.

—¿Os llevabais bien? — Preguntó curioso. Dedé se encogió de hombros. —Tienes que contestar Danielle.

—Últimamente no.

—Explícate.

—Llegué a mi habitación con la intención de decirle lo mala amiga que había sido, no te voy a engañar, estaba muy cabreada. Había pasado la noche en la cárcel por su culpa y de regalo… —Señaló sus moratones de la cara.

—¿Qué quieres decir con que había sido su culpa?

—El día anterior me llamó, a eso de las siete de la tarde, pidiendo ayuda. Estaba fuera de sí, asustada, decía que alguien la estaba persiguiendo en el bosque de River Road.

—¿Qué hacía ella allí?

—Le gusta pasear hasta el River House, es un pub de comida para llevar, está a pocos metros del bosque.

—¿Y qué hiciste? —Preguntó intrigado.

—Pues fui.

—¿No llamaste a la policía?

—¡No! ¿Para qué? Pensé que sería algún imbécil del campus queriendo asustarla.

—Pero después, sí llamaste.

—Sí, después sí. No la encontraba, estaba todo a oscuras y ella no contestaba al teléfono. Me asusté.

—¿Qué pasó entonces?

—Mientras esperaba a la policía, la volví a llamar y me contestó. Me dijo unas cosas muy raras. Me dijo que lo sentía y que todo era culpa suya.

—Entonces, te habían gastado una broma y te enfadaste.

—¡No, no fue así! —A Dedé no le gustó el tono de George. —Después… —Iba a contarle lo que había visto, el extraño ser con la apariencia de Mike que se había acercado hasta ella, pero se detuvo.

—¿Después qué, Danielle? —Ella no contestó. —Si te pasó algo en aquel bosque, tienes que contármelo. —Insistía.

—Nada, no pasó nada… Después llegó la policía y me encerraron. Eso fue todo. —Su mirada no podía ocultar que había algo más.

—¿Qué me estás ocultando. Danielle? Sé que hay algo que no me cuentas.

—No me creerías. —Dijo ella agachando la cabeza.

—¡Inténtalo! —La animó. Dedé miró hacia el suelo, esquivando su insistencia. —Está bien. —Se resignó. —Cuando fuiste a tu habitación, dices que Elisa no estaba allí, pero eso no es posible, varias personas la vieron entrar. ¿Cómo explicas eso?

—¡Y yo qué sé! —Se sobresaltó. —Iría a buscar algo de comer o saldría para hacer algo, ¡yo no soy su gps!

—¡Tienes que decirme algo que me ayude a sacarte de aquí! Danielle, yo creo que eres inocente, de verdad, pero me temo que hay mucha gente señalándote.

Dedé se acercó lo más que pudo a George, abriendo sus ojos de un forma casi diabólica y alocada, le miró fijamente.

—Todo esto no tiene importancia, George. —Dijo en voz baja. —Dentro de nada me despertaré y esto habrá sido un maldito y estúpido sueño de nuevo. —George no daba crédito a las palabras que salían por la boca de su querida Danielle. —Tú no lo entiendes porque tú eres parte del sueño, para ti esto es real, pero en cualquier momento me despertaré y seguiré con mi vida.

—No, Danielle, esto no es ningún sueño, esto es la vida real. Estás aquí, conmigo.

—¡No, hazme caso, Elisa no está muerta y yo no estoy aquí contigo! —Continuaba mirándolo de una manera perturbadora que inquietaba a George. Entre lo que había visto en el coche, cuando la llevó de camino a la universidad y sus incoherentes palabras, George no podía negar lo evidente. —Hazme caso, seguramente Elisa esté con algún “guaperas” en su dormitorio, haciendo lo que yo hace días no pruebo. ¡Que por cierto! Te llamaré en cuanto salga de esta maldita pesadilla. —Dedé le guiñó el ojo con picardía.

En otras circunstancias, a George le hubiera encantado esa sexual atención por parte de ella, pero en ese momento le enfadaba verla en ese estado, se sentía impotente porque, de verdad, quería salvarla de una vida de cárcel, pero con ese comportamiento y esa inestabilidad mental, no iba a ser posible. Con un arrebato de ira, él abrió la carpeta que custodiaba, tan bien, bajo la palma de su mano. La abrió con ímpetu.

—¡A ti te parece esto un sueño! —Las fotos del cuerpo muerto de Elisa se esparramaron por toda la mesa. Dedé las vio y el terror se apoderó de su rostro. George cogió una y se la colocó frente a su cara. Dedé se echó hacia atrás. —¡¿Esto te parece divertido?! ¡Mírala, es tu amiga! —Sacudía la foto hacia ella. —¡Abierta en canal con los órganos extirpados! —Gritaba. Puso la foto en la mesa y, con nerviosismo, empezó a colocar las otras. —¡Todos sus órganos colocados, minuciosamente, encima de su cama, todos por orden! —Dedé no podía creerse lo que estaba viendo, aquello era una brutalidad, una terrorífica imagen que jamás podría borrar de su mente.—¡¡Dime ahora que Elisa está viva, dime!! —Gritó George.

Dedé se echó las manos a la cabeza, le temblaba todo el cuerpo y las lágrimas se convirtieron en mar. Intentaba no mirar aquellas imágenes, pero su mano, casi sin quererlo, tocó una de ellas, una en la que se veía la cara de Elisa sin vida, su cuerpo perfectamente colocado, boca arriba en el suelo, con aquel cabello tan impoluto y su piel, que antes era tostada, había perdido su color. La sangre tintaba de rojo toda la habitación, se esparcía por la alfombra, por el viejo parqué, por las salpicadas cortinas. No lo pudo evitar y el estómago se le revolvió, echando la poca comida que tenía en su estómago al suelo.

George al verla en ese estado, se detuvo y se compadeció de nuevo de ella.

—Pediré que vengan a limpiarte. —Se levantó de la silla, después de recoger todas fotos de la mesa y volverlas a guardar en la carpeta. —Seguiremos más tarde. —Dijo desde la puerta. Dedé no pudo levantar la cabeza. Se quedó mirando los restos del suelo vomitado, con vergüenza.

George salió de la sala de interrogatorios con sus esperanzas destruidas, el teniente lo esperaba en el pasillo, con semblante serio, como pidiendo noticias.

—Teniente… —Saludó con respeto y sin ganas.

—Agente, cuénteme.

—¿Ha visto el interrogatorio? —Preguntó. El teniente cerró los ojos y afirmó con la cabeza. —Pues entonces ya lo sabe. Seguiré más tarde, tenemos que encontrar a Marion Green. —George, estaba destrozado, después de la sesión con Dedé no podía hacer otra cosa que darle la razón a su superior; y con enfado se dirigió a su mesa de trabajo.

—¡El alegar locura transitoria no la eximirá de sus actos! —Le gritó el teniente, mientras él se iba dándole la espalda. —¡Tendrá que pagar por lo que ha hecho!

Dedé, de nuevo sola en la sala de interrogatorios, miró hipnotizada aquella mesa, en la que antes habían estado desfilando las imágenes con el cuerpo de su amiga mutilado. Se quedó paralizada. No dejaba de darle vueltas a que aquello no era real, a que aquello no había pasado de verdad, en su mente se convencía una y otra vez. De pronto sintió un cosquilleo en la nuca y alguien le habló.

—¡Hola Danielle! —Susurró una voz masculina.

Dedé alzó la vista y allí estaba, frente a ella, no podía creérselo… ¡Era él! ¡Era el ser del bosque otra vez!

—¡Volvemos a vernos! —Dijo mientras soltaba una media sonrisa satisfactoria.

—¡Tú, eres tú! —A Dedé no le hizo gracia verlo de nuevo. —¡Tú has tramado todo esto! ¡Todo es culpa tuya!

—¿A qué te refieres? —Preguntó él haciéndose el interesante.

Dedé lo miraba con rabia, quería romper esas esposas, trepar por encima de la mesa y pisotear su cara, hasta hacerlo desaparecer.

—¡Sabes muy bien a qué me refiero! ¿Qué le has hecho a Elisa? ¡Tú la has matado! —A Dedé se le iban a salir las venas del cuello.

—Ah, eso… Sí, fui yo. —Contestó con sosiego. —Pero no he venido para hablar de ella.

—¡Ella era mi amiga, maldito monstruo psicópata! ¿Cómo has podido hacerle eso?

—Tengo que reconocer que Elisa fue muy útil y una parte clave en mi misión, pero ya no me servía, dejó de creer y se descarrió. Me vi envuelto en una encrucijada, ella fue la solución más rápida. —Él se explicaba mientras Dedé no entendía ni una sola palabra de lo que decía.

—¡¿Pero que cojones me estás contando, puto loco?!

—Elisa fue una herramienta para llegar a tí, al igual que lo fue Mike y Roxanne, incluso tu querido “lelo”.

—¿Qué quieres decir?

—¿De verdad creíste que la muerte de Mike fue pura casualidad? —El ser desapareció y volvió a aparecer con sus labios pegados al oído de Dedé. —Murió por tu culpa.

—¡Eso no es cierto! —Dedé se giró con brusquedad sin percatarse de que lo tendría justo delante de su cara.

Ahí fue cuando sus ojos se cruzaron con los de él. Realmente, no era Mike… Aquellos ojos… aquellos ojos no eran de este mundo. Eran morados, muy morados, como dos luceros de amatistas. Sus pupilas negras como la noche, apenas tenían brillo, transmitían una sensación extraña, de ultratumba, sombrías. El ser no se apartó de ella hasta que Dedé retiró la mirada. Con un solo movimiento y ya la tenía dominada. Él fue hacia el espejo y lo acarició con un cariño espeluznante.

—El otro día no pude presentarme, es normal que estés confusa, pero tranquila, todo te será revelado a su debido tiempo. —Caminaba tan elegante que casi flotaba. —¡Mi nombre es Apolo! —Se inclinó haciendo una solemne reverencia. —Hijo de Zeus y Leto, aunque eso sea irrelevante… —Hizo una mueca de desprecio hacia los nombres de sus padres. —Soy conocido como el Dios Oracular o Dios de Delfos, pero tú puedes llamarme Dios a secas.

—¡Me la suda quién creas que seas! ¡Eres un puto psicópata y acabaré contigo por lo que le hiciste a Elisa! —Dedé no atendía a razones, solo quería liberarse de esa mesa y saltar encima de él.

—Elisa… Elisa… Elisa… —Él seguía caminando tranquilo mientras pensaba en Elisa. —Tú todavía no lo comprendes, pero algún día te darás cuenta de que murió por una causa.

—¿Y tenías que sacar sus órganos y destriparla de esa manera? —Preguntó encolerizada.

—¡Oh, sí! Eso fue lo más importante del ritual… Tengo que alimentar a mis pequeñas. —Dedé lo miró sin comprender. —¡Cómo te he dicho, es difícil de entender! Sobre todo tú que tienes la mente hecha un colador. ¡Que si es un sueño, que si ahora no lo es…! ¡¡Madre mía, estás fatal chica!!

—¡¡Estás loco!! ¡¡Vete de aquí!! —Gritó ella.

—No te esfuerces, querida. —Se acercó a ella y le acarició el pelo. —No puedes hacer nada contra mí. Soy imparable y tú me perteneces. —Se dirigió a la silla y se sentó con los mismos modales de un rey. —Te voy a decir lo que va a pasar ahora.

Dedé, enfurecida, negaba con la cabeza.

—Ahora te culparán de asesinato y desaparición.

—¡¿Desaparición?! —Dijo sorprendida.

—¡Shhh…! —Hizo un gesto de silencio con su dedo. —Como iba diciendo, te culparán de todo eso y además verán que te falta un tornillo. —Siguió gesticulando haciendo círculos con el dedo en su sien. —Te encerrarán en un hospital psiquiátrico y entonces ahí serás toda mía. ¿Sabes porqué? Porque allí nadie escuchará tus gritos, ni tus locuras, ni que hablas con un muerto. —Se rio. —Al final acabarás por rendirte y sucumbirás a mi poder.

—Digamos que te sigo el juego y te creo, ¿Qué demonios quieres de mí?

—Eso es “Top Secret” querida, lo sabrás cuando estés preparada.

—Yo nunca seré nada tuyo, ¿me oyes? —Protestó y con un intento de hacerle algún tipo de daño, le escupió. —¡Me das asco!

—¿No me crees? Mira te lo demostraré. —Él alargó su brazo izquierdo y señalando la puerta, dijo. —Dentro de treinta y cinco segundos entrará tu querido George por la puerta, con un sándwich y un café calentito. —Encogió sus hombros y se frotó los brazos como cuando uno tiene frío y se rió.

—Estás mal de la cabeza. —Dedé no creía nada de lo que decía aquel enfermo mental.

—Treinta segundos… Te dirá que siente haberte presionado, que si podéis empezar de cero y bla, bla, bla… Veintitrés segundos… —Él seguía hablando y continuaba con la cuenta atrás. —¡Me encanta ese tal George! Deberías salir con él el tiempo que te queda en la Tierra de los humanos, al menos te llevarías un buen recuerdo. Catorce segundos…

Dedé lo miraba y miraba la puerta, estaba segura de que aquel ser mentía, pero ¿Y si no? Tenía miedo de que George entrara y viera a Mike y éste le hiciera lo mismo que a Elisa. No podía permitir que George se pusiera en peligro.

—¡¡Ni se te ocurra mirarlo si quiera, asesino!! —Exclamó ella.

—¡Uy, ya veo que hay sentimientos! Tranquila, si no se interpone en mi camino, no le haré nada. Seis, cinco… —Dedé se colocaba en su asiento, estaba nerviosa, no dejaba de mirar a ambos lados, a la puerta y a su nuevo psicópata personal. —Y en… tres, dos… —Él hizo un chasqueo con los dedos y la puerta se abrió.


¿QUERÉIS SABER MÁS SOBRE LAS AVENTURAS DE DEDÉ?

¡NO OS PERDÁIS EL CAPÍTULO 18 EL PRÓXIMO VIERNES!


CAPITULO DOS

DEDÉ


Danielle se despertó de forma brusca, agitada y sudorosa, en la oscuridad de su dormitorio compartido. La pesadilla había sido tan real, casi como si hubiera estado allí. Todavía podía sentir en su propia piel los desgarros que había sufrido aquel chico en sus sueños. Se estremeció al recordarlo. Los olores de las flores y el sonido del curso del agua retumbaban en su cabeza.

Posó su mano en el corazón, el cual latía fuera de control. Sacó su móvil, palpando con la mano por debajo de la almohada y miró la hora, eran las cuatro de la mañana, resopló agobiada. Una escasa claridad entraba por la pequeña ventana de la habitación, todavía era de madrugada, pero las luces exteriores del campus, aclaraban una pizca su visión. Se miró las manos, temblaban como flanes encima de una centrifugadora.

—¡Joder, tengo que dejar las drogas! —Sujetó su cabeza con las manos entre las piernas, su pelo estaba húmedo.

Algo se movía entre las sombras, entre risas susurrantes y movimientos de sábanas, Danielle se fijó en que su compañera de cuarto se había saltado las normas y tenía una cita bastante divertida y jadeante. Cogió uno de sus cojines y lo lanzó con fuerza hacia los tortolitos.

—¡Auch! —Protestó su compañera. —¡Dedé! ¡¿Qué coño haces?

—¡Dejad de hacer ruido, guarros! —Contestó ella bromeando.

—¡Duérmete tía! —Le regañó su amiga.

Danielle sonrió pícara y se volvió a recostar. Apoyó de nuevo su cabeza en la almohada, miró involuntariamente hacia la mesilla, había algo brillante que ella no reconocía. Lo cogió para verlo más de cerca, era un anillo de oro con un sello, una cruz roja y dos iniciales, “KA”. Dudó por unos instantes intentando ubicar ese objeto en su memoria, pensó que seguramente sería del chico nocturno de su compañera, así que se levantó y de pies puntillas lo dejó en la mesilla de su amiga. Volvió a la cama, sigilosa y se durmió.

Danielle Dumont estudiaba en la Universidad de Jacksonville, cursaba su tercer año con calificaciones bastante altas. Sus especialidades eran la danza y las artes escénicas, motivo por el cual había escogido esa institución para sus estudios. Jacksonville, o “JU” como lo llamaban sus estudiantes, tenía un buen programa de Bellas artes y Danielle siempre había soñado con ser coreógrafa o una reconocida directora de teatro en el circuito de Broadway. Le encantaba el ballet, la ópera, los giros dramáticos y todo lo relacionado con los cuerpos en movimiento representando sentimientos. Compartía habitación con Elisa, se conocieron el primer año, congeniaron estupendamente y desde entonces fueron inseparables.

Danielle Dumont, era conocida como “Dedé”, apodo que le había otorgado Elisa y que se extendió como la pólvora, no sólo por su pintoresco mote, si no también por la popularidad que se había labrado estos tres años. Dedé tenía fama de fiestera sin límites, una rebelde empedernida, sin miedo a probar o experimentar situaciones y substancias de todo tipo. Intrépida y siempre optimista, era el alma de todas las fiestas. Tenía un carácter muy fuerte, no se dejaba pisotear por nadie, sin embargo, en muchas ocasiones había sido ella la apisonadora, manipulaba a su antojo a las personas de su alrededor con el fin de conseguir siempre lo que se propusiera. Profesores, estudiantes y sobre todo chicos, caían en sus redes, si alguien o algo se le resistía, ella recurría al chantaje, utilizando las debilidades de los demás a su favor. Se le daba muy bien humillar a los demás o usar su larga melena negra y sus ojos verdes como arma de destrucción para hombres. Ella sabía perfectamente la belleza que poseía, con los años había aprendido a sacarle partido. Dedé tenía un cuerpo escultural, sus exuberantes curvas llamaban la atención cada vez que se decidía por un vestido ajustado o unos vaqueros con una simple camiseta. Para ella todo en su vida era perfecto, buenos amigos, estudios deseados, chicos enamoradizos, fiestas a las que siempre era invitada… Todo marchaba como Dedé quería. Al menos en apariencia… si profundizábamos más en su interior, podríamos descubrir secretos que jamás confesaría en voz alta. En verdad estaba incompleta, se sentía realmente sola, sufría en silencio su pasado y ciertas cosas de su presente que mantenía ocultas, debía hacerlo, por su bien, por su popularidad y estatus, nadie debía saberlos.

Danielle Dumont era de Nantes, Francia, ciudad de Leonardo Da Vinci y Julio Verne,por lo que no era de extrañar que Dedé se interesara por lo artístico, a pesar de que le habían prohibido estrictamente amar todo lo relacionado con esos temas. Pertenecía a una familia inflexible y severa que seguía fielmente la doctrina ortodoxa, con normas tradicionales y cristianas, algo que ella jamás había aceptado.

Se despertó con la luz del sol entrando por la ventana, cegando sus preciosos ojos. Su amiga Elisa le había devuelto el golpe de la almohada para que se levantara de una vez.

—¡Venga dormilona! Levántate o no llegarás a clase de método. —Dijo Elisa después de su lanzamiento de cojín.

Dedé se estiró hasta que las yemas de sus dedos hicieron tope en la pared. Las sábanas de su cama se habían caído al suelo, signos de una noche algo movida.

—¿Qué hora es? —Preguntó ella aún somnolienta.

—¡Muy tarde! —Respondió Elisa mientras se vestía, torpemente y con prisas, por toda la habitación. —¡Vamos, no quiero tener que cubrirte otra vez!

—No tienes porqué… —dijo levantándose de un salto de la cama. Se dirigió hacia el espejo rectangular de cuerpo entero que estaba colgado a su derecha y mientras se recogía su larga melena en una coleta, se explicó presumida. —¡Tengo al profesor Harris comiendo de la palma de mi mano! Cuando acabe el semestre tendré matrícula de honor. —Dedé sonrió traviesa sin dejar de mirar su reflejo.

—¡Eres un zorrón! —Elisa le siguió la picardía dándole una palmada en el trasero a su amiga.

—¡No! ¡No es lo que crees! Es muy fácil menear mis pestañas y sacarle provecho a Harris, es un hombre solitario y con baja autoestima. Si vistiera mejor seguro que más de una estaría rellenando sus libros con su nombre. El pobre no sabe que los chalecos de lana se usaban en la prehistoria para avivar el fuego.

Elisa soltó una carcajada y ambas rieron.

—¡Oye! ¿Te has acostado con algún “Kappa” de otra “uni”? ¡No me lo habías dicho! —Dijo Elisa.

—¡¿Qué?! No, ¿por qué? —A Dedé le sorprendió su pregunta.

Elisa se acercó y le mostró el anillo.

—¿Esto no es de alguna de tus conquistas?

—No, lo encontré anoche en mi mesilla, creí que era de tu amante fogoso de ayer…

—¿Por qué iba a ser de él si estaba en tu mesilla? —Preguntó Elisa.

Dedé se encogió de hombros.

—Pues no es mío… —Cogió el anillo entre sus dedos y lo revisó por todos lados. Se fijó de nuevo en los grabados de la cruz y de las letras “KA”.

—Además, el chico de ayer, no es universitario. Se llama Ron, creo… ¿o era Ryan? —Elisa se quedó pensativa. —¡Qué más da, no creo que vuelva a verlo, es un poco plasta! Lo conocí ayer en el centro comercial, es agente inmobiliario. ¿Sabes que conoce a un montón de famosos? Al parecer una de las casas que intenta vender es de un director reconocido en Hollywood. Intenté sacarle el nombre con mis encantos, pero no soltó prenda. —Contaba Elisa mientras reorganizaba sus cosas por el cuarto. Dedé la escuchaba sin prestar mucha atención, seguía observando el anillo, intentando recordar porqué le resultaba tan familiar.

—¡Oye! ¿Por qué me has preguntado si me he acostado con un Kappa de otra universidad? —Preguntó Dedé.

—Pues porque ese anillo es de un “Kappa”. —Se acercó de nuevo a su amiga. —Mira, “KA”, Kappa. —Señaló. —Mi padre tenía uno igual pero con diferente insignia. Tiene que ser de otra “uni”.

—¡¿De cuál?! —Preguntó Dedé confusa.

—Vete a saber, últimamente hemos tenido bastantes fiestas… —Elisa miró el anillo una vez más. —Aunque me conozco todos los escudos de las universidades de por aquí y esta no me suena de nada. Seguramente sea de otro estado.

—¡¿Y qué hace aquí un anillo de otro estado?! —Exclamó Dedé.

—¡Y yo qué sé! Algún estudiante de aquí se habrá traído a algún colega de fuera. —Elisa encogió los hombros.

Dedé se quedó pensativa, todo aquello le parecía muy extraño.

—Bueno, yo me piro. ¿Te vienes? —Elisa cogió su chaqueta y con los libros en la mano abrió la puerta para salir.

—Si, ahora voy, tengo que arreglarme.

—Ok, después nos vemos. —Iba a salir hasta que Dedé la frenó.

—¡Eli! No deberías descartar tan pronto al agente inmobiliario, puede que al final sea beneficioso. —Aconsejó a su amiga dando a entender que en el fondo la había escuchado.

—¡Tú eres la experta! —Le guiñó el ojo y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Dedé dejó el anillo donde lo había encontrado, cogió una toalla de su armario y se metió en el baño. Le gustaba escuchar música mientras se duchaba, así que encendió la radio matutina, en aquel momento sonaba “Héroes” de David Bowie, una canción que a Dedé le levantaba el ánimo. Abrió el grifo y el agua empezó a salir con fuerza por la alcachofa, mientras ella se quitaba la ropa, el vaho acaparaba poco a poco el espejo del lavabo. Se recogió su larga coleta en un moño despeinado muy favorecedor y se metió dentro. Se frotaba su cuerpo con una esponja natural llena de jabón con olor a lavanda y cantaba los pedazos de estrofas que sí se sabía de la canción. Meneando las caderas al son, Dedé tenía poca prisa por hacer acto de presencia en su clase de método.

La canción se paró casi hacia el final, el locutor y presentador del programa quería dar las últimas noticias.

—“¡Buenos días Florida, estado del sol! ¿Cómo te has levantado hoy? Espero que mejor que Arizona. Al parecer, ayer, uno de los alumnos de Northern desapareció durante una excursión a las Islas Griegas. ¡Dicen que en misteriosas circunstancias! ¿Seguro…? ¿Han mirado en los bares? ¡Bueno, esperemos que aparezca pronto y pueda seguir haciendo de las suyas con su hermandad en “Kappa!” Y continuamos con nuevas noticias de nuestro queridísimo gobernador, que nos trae nuevas actividades durante las próximas vacaciones de…”

Dedé cogió la toalla que había colgado previamente en la mampara y salió de la ducha como un cohete al escuchar la noticia de la radio. Se quedó petrificada al oír que un chico de Arizona había desaparecido en las islas Griegas. ¡Había soñado esa misma noche con ese terrible suceso! Esa pesadilla que la despertó sudorosa y agitada a las cuatro de la madrugada, la que le aceleró el corazón de tal manera que casi se le había salido por la boca, un sueño tan horrible y tan real…

Pensó que quizás solo era una coincidencia, que quizás lo había oído o visto en alguna parte la tarde anterior. Seguía mirando la radio fijamente, paralizada, mientras el locutor continuaba con sus noticias del día, esperando que ese antiguo transistor le diera alguna respuesta más concreta. Un hormigueo le recorrió el cuerpo, su imaginación le hizo pensar que quizás tenía alguna habilidad psíquica oculta, se lo creyó durante unos segundos, meneó la cabeza negándoselo a sí misma y después reaccionó.

—¡No, es imposible! —Limpió el vaho del espejo con otra toalla más pequeña y se soltó el moño, con un cepillo se repasó el pelo hasta quedar satisfecha con su imagen. Se acercó para verse más de cerca. —Tengo que ir a hacerme un peeling. —dijo tocándose la barbilla.

Tras vestirse con unas mallas de deporte muy ajustadas, un top que sujetaba sus pechos de forma turgente y calzarse unas zapatillas de deporte, Dedé cogió una sudadera y su bolsa bandolera de piel negra, en ella metió sus apuntes y varios libros de estudio. Estaba preparada, por fin, para asistir a su siguiente clase. Se dispuso a salir por la puerta y cuando iba a marcharse, el anillo con el sello que había dejado en su mesilla, comenzó a brillar de forma muy intensa. Dedé se giró y vio cómo el objeto desprendía un halo de luz cegador y penetrante, lo miró perpleja y algo asustada, pensó que la mezcla de drogas, alcohol y relajantes musculares del día anterior, no habían sido muy buena idea.

Se acercó hacia la mesilla muy despacio, dando pasos lentos y premeditados, la luz era cada vez más fuerte y dorada, como el mismo sol. A cada paso que daba, Dedé se preguntaba si era buena idea estar allí ella sola, frente a esa situación, y además acercarse a lo que parecía bastante peligroso, pero algo imperceptible la empujaba, casi de manera involuntaria, como un enorme imán seductor atrayendo su cuerpo. Cuando estuvo a pocos centímetros de él, éste dejó de brillar y empezó a temblar y rebotar con fuerza por toda la mesilla. Nerviosa estiró su mano y con rapidez cogió el anillo, encerrándolo con fuerza dentro de su palma. Sin pensarlo y sin mirarlo, lo metió dentro de su bolsa como si tratara de encarcelar a un ser maligno. Tenía la cara descompuesta, el cuerpo tembloroso, no daba crédito a lo que había sucedido.

—¡Pero qué cojones…! —Dijo Dedé para sí misma.

Sin duda algo extraño y misterioso había llegado a su, aparentemente, vida perfecta.

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