CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR


Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían unos pequeños santos como símbolo de protección y bienvenida.

Los dos estaban completamente mojados, la tormenta continuaba con su insistente lucha, necesitaba atraparlos como fuese. Heracles golpeó la puerta tres veces, pero nadie contestó. Ambos miraban hacia el exterior del porche, los rayos caían con más intensidad en las escaleras. Heracles golpeó de nuevo y de nuevo sin contestación.

—¡Abran, por favor! —Gritó Harris impaciente.

—¡Shhh! —Le señaló el semidiós. —No debemos irrumpir en su tranquilidad.

—¡¿Tranquilidad?! ¡Acaso no se dan cuenta de la tormenta que hay aquí fuera! —Contestó el profesor algo molesto.

—Esto es un santuario, lo que significa que está en suelo sagrado. ¡Usted no lo entiende! Tras esta puerta, ellos viven una realidad totalmente distinta.

—¡¿Y qué vamos a hacer, quedarnos aquí plantados mientras el malhumorado de tu padre quiere matarnos?!

—Tenga paciencia, profesor. Ellos deben sentir nuestra presencia, si no nos calmamos, no nos abrirán. Debemos estar en la misma sintonía. —Dijo Heracles intentando tranquilizar a Harris. Se colocó frente a él, cogió sus manos y juntó sus palmas. —Respire, relájese. Olvídese de la tormenta, piense en este lugar como lo que es, un paraíso. La tormenta no es real, no en su mente. Cierre los ojos y respire profundamente.

Harris hizo caso a las indicaciones del semidiós, aunque le costaba olvidarse de aquellos estruendosos sonidos que estaban haciendo añicos las escaleras del porche. Cerró sus ojos y respiró hondo.

—Dígame, ¿qué es lo que oye? —Preguntó Heracles.

—Nada, no oigo nada. —Contestó él encogiendo los hombros.

—Exacto, nada.

El profesor no se dio cuenta, pero el escándalo de la tormenta había cesado.

—¿Eso qué significa? —Preguntó aún con los ojos cerrados.

—Siga escuchando. —Le indicó Heracles.

—¡Oigo pájaros! ¡¡Están cantando!! —Harris abrió sus ojos y lo que antes era un jardín oscurecido por la tempestad, con sus adornos y plantas destrozadas, se convirtió en un bello lugar, lleno de arbustos floridos con mariposas y abejas revoloteando. El sol volvía a brillar e iluminaba aquel pequeño paraíso de árboles frutales y aves multicolor.

No hacía calor, ya no se derretían bajo los treinta grados, ni estaban mojados. El profesor se tocó el cuerpo y el pelo asombrado. Todavía era escéptico ante aquello.

—¡Estoy seco! ¡Estamos secos! —Dijo sorprendido. —¡Ya no hay relámpagos ni lluvia! —Se asomó hacia el límite del porche para apreciar aquel prodigioso jardín. —¡Esto es…! —Se había quedado sin palabras. Con la boca totalmente abierta y maravillado, dio otro paso más hacia las escaleras.

—Profesor… —Heracles lo llamó para que no se alejara.

Harris no atendió a su llamada y avanzó. Justo cuando pisó con su pie el primer escalón, cuando parte de su cuerpo dejó de estar bajo el porche… La tormenta volvió con la misma furia que antes.

—¡¡Profesor, no!! —Gritó Heracles estirando su brazo para tirar de él.

¡Demasiado tarde Heracles! A Harris le atravesó un rayo fulminante desde el pecho hasta los pies. Fue tan rápido que el semidiós no pudo hacer nada. Harris cayó como si le hubieran puesto plomo en las rodillas.

—¡¡¡Profesor!!! —Heracles fue hacia él tan rápido como pudo y antes de que el cuerpo, arrodillado, de Harris se desplomara del todo, lo sujetó por debajo de los brazos y lo arrastró hacia el porche. —¡¡¿Profesor, me oye?!! —Golpeaba su cara inconsciente para despertarlo. —¡¡No puede morir ahora, profesor, por favor!! ¡¡¡Despierte!!! —Le gritó.

Entonces, las puertas del monasterio se abrieron despacio, con su sonido chirriante por la madera envejecida. Tras ellas, una brillante luz se abría camino, iluminándolos a los dos. Heracles, agachado frente al cuerpo sin vida del profesor, miró hacia el interior. La luz se hizo cegadora, se tapó la cara con el brazo para evitarla y en segundos todos se volvió blanco, tan blanco como un destello celestial. Heracles y Harris desaparecieron del porche y las puertas se cerraron de golpe.


Vestida con un mono de trabajo gris, Dedé caminaba en fila india por un pasillo frío, lleno de barrotes laterales, lleno de celdas que guardaban a las peores asesinas del estado. La penitenciaría Coleman, era una de las cárceles de máxima seguridad, allí había pandilleras, asesinas, narcotraficantes, lo mejorcito de cada casa.

Con una sábana y una manta en las manos, Dedé hacía cola para que le asignaran una habitación de cinco estrellas en ese pedazo de hotel. Las vigilantes era bastante brutas, no tenían ningún reparo en dar empujones y en hablar mal a las presas. Viendo aquella actitud, Dedé se dio cuenta de que la estancia no iba a ser nada tranquila.

—¡Dumont! —La vigilante la agarró por el brazo y con un impulso la metió dentro de la siguiente celda. —Esta es la tuya.

Dedé la miró desafiante, cosa que no debió hacer si quería ganarse el corazón de su carcelera. Además, era una mujer enorme, fuerte y con cara de pocos amigos, tenía un carácter agrio, por lo que encontrar su corazón no iba a ser nada fácil. Llevaba un moño repeinado y tenía el pelo amarillo, de ese amarillo pollo que se te queda cuando te tiñes en casa tú misma. Por su mal genio y su pelo se podía saber que no tenía tiempo ni de ir a la peluquería, seguramente por la cantidad de horas extras que echaba en aquel trabajo, lo que derivaba a su agresividad.

—¡¿Tienes algún problema, presa?! —Le dijo la mujer respondiendo al desafio.

—No. —Contestó Dedé seca.

—Bien, por que no querrás buscarte problemas el primer día.

—Ya tengo problemas. —Le dijo ella. La vigilante se echó a reír.

—¿Que ya tienes problemas? Querida, no sabes la que se te viene encima. Aquí vas a ser un caramelito. —Avisó burlona. —Estas son las normas: nada de aparatos electrónicos, nada de armas artesanales y por supuesto, nada de teléfonos móviles. —Dedé hizo un gesto encogiendo sus hombros y elevando las manos, dando a entender de que ella no podría conseguir nada de eso. —¡Te sorprenderá lo fácil que es conseguir,aquí, todas esas cosas! —Le dijo ella.

—¡Carly, despierta, tienes compañía! —La vigilante se acercó a la litera de arriba y dio unos golpes con la mano en la estructura de metal. La chica que ocupaba la cama superior, estaba de espaldas, arrinconada contra la pared. No se movió. —Es algo tímida. —Le explicó a Dedé.

Dedé vió la chapa identificadora que llevaba la vigilante.

—Wilson, ¿cuándo podré hacer una llamada? —Le preguntó.

—¡Oye, niña, para ti soy Sire! Aquí las presas nos llaman así, es una muestro de respeto y miedo. —Se acercó a Dedé con aires de superioridad. —Espero que te acostumbres rápido o acabarás más muerta que la cucarachas de la cocina. —La miró de arriba a abajo con desprecio y se marchó cerrando la “jaula”.

Dedé miró hacia la litera de arriba, pero aquella chica, llamada Carly, no se movió ni un poco. Dejó la sábana y la manta encima de la cama y se sentó. Observó aquel minúsculo cuarto de paredes enladrilladas y blancas, con algunas zonas donde la pintura estaba descascarillada. Solo un retrete, a la vista de todas, solo un escritorio enano y dos taquillas algo oxidadas. Cerró los ojos y respiró hondo, dos lágrimas descendieron por su cara en absoluto silencio.

—La primera noche siempre se llora. Pareces fuerte, te acostumbrarás. —De pronto, la chica de la cama superior, habló y con un impulso, saltó hacia abajo. —Soy Carly. —Le tendió la mano como saludo.

—Yo soy Danielle, pero todos me llaman Dedé. —Ella respondió al saludo.

—Te llamaré Dumont. —Dijo Carly. —¿Cuánto te ha caído?

—Quince años.

—¡Vaya! ¡¿Qué has hecho?! —Preguntó sorprendida. —¡¿Has matado a alguien o qué?! —Dijo riendo.

—Sí, exacto. —Contestó seca. Carly se quedó cortada.

—¡Oh, joder! —Dijo impresionada. —¿A tu novio o algo así?

—No. A mi mejor amiga.

—¡Uf! —Carly estaba algo preocupada por su vida.

—¡Tranquila, soy bastante pacífica! —Dedé no quería que su nueva compañera tuviera miedo de ella.

—Ya, bueno… Tener una mala reputación, aquí, es lo que te permite vivir, así que mientras a mí no me hagas daño, ¡qué más da que crean que eres agresiva! Es lo único que tienes ahora mismo a tu favor. ¡Créeme!

—¿Y tú por qué estás aquí? —Preguntó Dedé.

—Nada importante.

—¿No me lo vas a contar? Yo te lo he contado.

—Robo a mano armada. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—¿Y qué robaste? —Preguntó Dedé curiosa.

—Un bolso de Prada. —Dijo ella.

Dedé la miró y no pudo evitar reírse a carcajadas. Carly se animó un poco más y ya no sintió vergüenza. Ambas reían juntas.

—Vamos a llevarnos bien. —Dijo Dedé entre risas.

—Sí, eso creo. —Contestó Carly.



CAPITULO VEINTE

CULPABLE


La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en aire y tirarlo hacia el camino de nuevo. En el rostro del profesor se mascaba la derrota, el abandono, si el héroe no actuaba rápido, perdería a su compañero de viaje, al portador del maldito y endemoniado libro. De pronto se le ocurrió algo.

—¡Sujétese profesor, voy a intentar algo! —Heracles seguía arrastrado en el suelo, sin perderle de vista.

A Harris se le iluminó la cara de esperanza al ver que, al semidiós poco inteligente, le había llegado la inspiración. Heracles metió la mano en su bolsillo y de él sacó un lápiz de grafito viejo y roído. Al profesor se le apagó la luz de confianza al ver que su vida dependía de un minúsculo instrumento de escritura.

Elevó el lápiz hacia arriba y cerró los ojos.

—¡¡Viene brostamu!! —Gritó Heracles. Entonces el lápiz brilló con intensidad y comenzó a crecer, a extenderse hasta convertirse en un enorme garrote. Aquel gigantesco palo oscuro barnizado, contenía grabados de lenguajes y dibujos incomprensibles para un humano. Se rodeó de energía, la electricidad flotaba en torno a él como los rayos del sol. La cara del profesor reflejaba lo impresionado que estaba, ya había visto a una bella mujer convertirse en una Drinfa desquiciada, había visto la fuerza salvadora de Heracles, incluso aquella tormenta era sobrenatural, pero estaba claro que le quedaban muchas cosas divinas por descubrir. El semidiós extendió el palo hacia él.

—¡¡Agárrese, profesor!! —Le gritó entre lluvia y truenos.

Harris hizo un último esfuerzo y con una mano se sujetó. Cuando la palma de su mano estuvo agarrada a aquella increíble arma, Heracles no lo dudó y en milésimas de segundos, el profesor ya estaba volando por encima de su cabeza, hacia el camino. Como un muñeco de trapo, cayó sobre el rocoso sendero, se dio un buen golpe, pero ya estaba a salvo. Heracles se incorporó raudo y corrió hasta él.

—¡¡Profesor, profesor!! ¡¿Se encuentra bien?! —Lo miró, estaba tendido en el suelo.

Harris no puedo evitar reírse. Aún magullado y dolorido, aquella experiencia le había hecho gracia.

—¡¡Sí, estoy bien!! —Dijo tosiendo.

—¡¡Vamos, debemos irnos, rápido!! —Ambos se incorporaron y continuaron el camino perseguidos por los rayos y aquella estruendosa tormenta que no cesaba su enfado. Harris se apoyaba en Heracles, caminaba con dificultad.

—Después me explicarás todo esto. —Le dijo a Heracles.

—Primero lo pondré a salvo, profesor.

Continuaron montaña arriba, esquivando los rayos y el fuerte viento que les azotaba. La lluvia a penas les dejaba visibilidad, pero el primer monasterio estaba a pocos metros, con esfuerzo y apoyo, llegarían en pocos minutos.


Tras declararse culpable por el asesinato de Elisa, George vio cómo se llevaban a Dedé esposada. La trasladarían a una penitenciaría de máxima seguridad. Él estaba seguro de que su querida Dedé, no duraría mucho allí dentro, aunque viendo el estrago que había hecho con su amiga, se preguntaba si en verdad conocía a aquella chica, si aquel lado tan oscuro había estado ahí siempre. No podía creérselo, había algo extraño en todo aquello, confiaba en la inocencia de Dedé a pesar de su declaración de culpabilidad.

Dedé caminaba esposada hacia la salida de la comisaría. El policía que la detuvo en el bosque, la llevaba con gusto hasta el autobús que la esperaba en la puerta. Agarraba con fuerza su brazo, se notaban sus ganas por hacerla daño, en su cara se podía ver la satisfacción de encerrarla. Dedé miró por última vez a George antes de atravesar la salida hacia su condena. George, de pie, inmóvil, le devolvió la despedida con ojos tristes y al cruzar esa mirada, se reafirmó en su inocencia. ¿Estaría Danielle encubriendo a alguien? ¿Alguien la estaba chantajeando? Muchas preguntas pasaron por su mente en aquel instante. Sin duda iba a averiguarlo, no iba a detenerse hasta encontrar algún indicio que le esclareciera todo aquello.

Dedé subió al autobús policial a base de mamporros, empujada por el policía vengativo.

—Vigile a esta, es una buena pieza. —Avisó el policía al conductor.

Echó un vistazo rápido a los asientos para escoger dónde sentarse. No podía creérselo, si la mala suerte había entrado en su vida de manera estrepitosa, la mala suerte sin duda no había terminado su trabajo. Se fijó en las zapatillas que llevaba una de las presas y se dio cuenta en seguida de quién se trataba, su delicada compañera de celda de la noche del bosque. La que le había dejado la caracomo un mapamundi, estaba también allí.

—¡Vaya, pero si es la princesita! —Dijo con burla. —Nunca me hubiera imaginado verte por aquí. ¿Te gustan mis zapatillas? ¡A que son guapas!

Dedé no contestó, solo la miró con desprecio y se sentó en uno de los asientos más alejados que pudo. Miró por la ventana, ignorando los insultos de aquella escandalosa mujer.

—¿Ya no contestas con esa chulería tuya? —La presa se acercó hasta ella y se sentó a su lado. La miró y le acarició el pelo. —¡Lo vamos a pasar estupendamente juntas! —Esa frase provocó escalofríos en Dedé.

¿Había tomado la mejor decisión? Aquella mujer iba a complicar su existencia, estaba claro. Solo tenía ganas de gritar que era inocente y salir de allí escopeteada. Buscó en su mente un momento de su vida alegre, un momento de paz al que querría escapar, pero le costaba imaginarse ningún otro lugar. El aliento en su oído de aquella harapienta presa, le repugnaba. Decidió no dejar de mirar por la ventana, recorrería todo el camino hasta la cárcel así, sin mediar palabra, sin contestar, sin defenderse. Era lo mejor para seguir viva.

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CAPITULO DIECINUEVE

TORMENTA MORADA


El profesor Harris dormía plácidamente en aquella cama gemela de sábanas blancas, era algo estrecha y sus tobillos reposaban en la madera de los pies de la cama. Tanto susto y tanta revelación divina, le habían pasado factura. Las puertas de la pequeña terraza estaban abiertas y las cortinas hacían su baile con la brisa del amanecer. Se reventó su burbuja de sueño al sentir una pequeña ola de agua fría cayendo en su cara.

—¡Arriba profesor! —Exclamó Heracles.

—¡¡Pero qué…!! —Protestó Harris, incorporándose apurado y mojado. —¡¿Se puede saber qué te pasa?! —Exclamó enfadado, quitándose el agua de la cara.

—He visto que algunos humanos lo hacen. Me pareció divertido. —Se rió Heracles.

—¡Sí, los adolescentes, no los adultos! —Harris se levantó de la cama y se sacudió la camisa rayada de su pijama. Heracles continuaba riendo. —¡No tiene nada de gracioso!

—¡Vamos, profesor, tenemos mucho camino por delante! —Dijo emocionado.

Harris miró hacia la terraza. Todavía no asomaba la luz de la mañana, el cielo estaba entre azul grisáceo y rosa.

—¡¿Pero qué hora es?! —Preguntó extrañado.

—¡Hora de marchar! —Heracles hizo un gesto, animoso, con el brazo.

El profesor miró su reloj, marcaban las cinco y media de la mañana. Al ver cómo las agujas anunciaban aquella temprana hora, resopló con fastidio y se rascó los ojos para despejarse. Le impresionó la cantidad de energía que desprendía el héroe.

—¿Listo? —Preguntó Heracles.

—Tengo que cambiarme, ¡no voy a ir en pijama! Ya que tengo que ir descalzo, al menos quiero ir vestido. —Dijo gruñón.

—Entonces, dejaré que se acicale, profesor. Iré a por víveres para usted y le esperaré abajo. —Salió de la habitación meneando sus caderas a modo de baile, se le notaba contento. Harris sacudió la cabeza, desaprobando sus maneras de caminar.


Cuando Harris bajó para encontrarse con Heracles, cruzó el recibidor del Hotel. Aquella pequeña mujer griega, de la recepción, se encontraba regando algunas plantas que decoraban la estancia. Se detuvo frente a ella y sacó un libro de bolsillo que había comprado el día anterior en una tienda de souvenirs. Buscó entre sus páginas y entonces le dijo:

—¡Kaliméra! —Saludó.

La señora respondió sonriendo y afirmando con la cabeza. Harris no quería resignarse a no entenderla, no quería sentirse un inculto en aquellas tierras. Además, veía en aquella mujer algo extraño, como si supiera todo lo que estaba pasando. Ella se acercó a él, despacio, con la regadera en la mano y apoyó el pulgar en su frente. Harris retrocedió unos milímetros dudoso, pero su halo era bondadoso y se dejó hacer. Entonces pronunció en su frente:

¡Sofía! —Puso dos dedos en su pecho, encima de su corazón y dijo: —¡Thárros! —Seguidamente, posó la palma de su mano en su estómago y dijo: —¡Dýnami! —Y dibujando un círculo, frente a él, con su brazo extendido, pronunció una última frase. —-¡Eíthe na eíste evlogiménoi me to thárros ton theón!

Harris se quedó muy quieto, sin comprender ni una palabra de lo que decía, sin entender aquellos movimientos tan extravagantes. Ella lo miró, de nuevo sonrió y lo reverenció con la cabeza a modo de despido. El profesor salió por la puerta extrañado sin dejar de mirarla, mientras ella continuaba con sus labores de jardinería como si tal cosa. Vio a Heracles esperando en la entrada, con su pose, firme, con los puños apoyados en las caderas y las piernas ligeramente separadas. Cada vez que lo veía así, no podía evitar pensar en los muñecos de “Action man” o en las esculturas de piedra representativas. Le parecía algo cómico. Heracles se giró al notar la presencia del profesor y vio su cara de confusión.

—¿Qué ocurre, profesor? —Preguntó.

—Esa señora… —Señaló con su dedo hacia el hotel. —La recepcionista…

—Si, ¿qué le pasa?

—Me ha dicho unas cosas muy raras, con unos gestos… —Recreó con su mano los movimientos de la mujer para enseñárselo a Heracles.

—Es una bendición. ¡Lo han bendecido profesor! —Le felicitó él.

—¿Ella es…?

—¿Una diosa? —Heracles terminó su pregunta.

—¿Lo es?

—No… —Dijo el héroe empezando a caminar.

—¿Entonces…? ¿Qué es? —Preguntó Harris muy interesado.

—Es una Chálkino. —Le contestó Heracles, sin intención de seguir con esa conversación. Harris siguió sus pasos esperando una explicación más extensa.

—¿Una Chal qué? —Preguntó buscando su atención.

—Una Chálkino. —Contestó, subiendo las calles en cuesta, hacia las montañas.

—¿Qué es eso?

—Hay cosas que no se pueden explicar, profesor, es muy largo de contar. —Heracles evitaba el tema.

—Te aseguro que tengo un don de comprensión muy extenso. Puedo asimilar muchas cosas extravagantes e increíbles. ¡Mírame, estoy hablando con un semidiós! —Insistió.

—De acuerdo. —Heracles se detuvo en la cuesta y miró desganado al profesor. —Una Chálkino es una descendiente lejana de los dioses.

—¿Cómo de lejana? ¿Entonces es una semidiosa, como tú? ¿Qué poderes tiene? —Harris bombardeaba a preguntas.

—En primer lugar, ¡no es como yo, ni siquiera se acerca! En segundo lugar, no se llaman poderes, se llaman dones y ella no los tiene, al menos no desarrollados y en tercer y último lugar, deje de hacerme preguntas, profesor. Por eso no quiero hablar de estos temas, tiene demasiada curiosidad y siempre necesita saberlo todo. Prometeo me advirtió sobre usted. —Refunfuñaba Heracles.

—Soy profesor, ¿qué esperabas? —Dijo él. Heracles siguió caminando y Harris se esforzaba por seguir sus pasos. Su cara reflejaba el dolor que sentían sus pies descalzos pisando el asfalto. —Además, tenemos mucho tiempo. Podemos profundizar en este tema todo lo que quieras. —Intentaba sacarle más información.

Heracles suspiró, de nuevo, con pesadez.

—Ser un Chálkino no es nada del otro mundo, no es nada especial. Son prácticamente humanos, lo único que les diferencia es alguna especialidad que han desarrollado con los años. Para que lo entienda…, es como si a usted se le ocurre dedicarse a la medicina y ser un médico brillante, pero sus capacidades mentales no son suficientes para ejercer esta profesión o es posible que consiga ser un médico, que algún día lo logre porque realmente le gusta curar a los humanos y dedicar su vida a ello, pero sin esos dones nunca llegará a ser el mejor, el más brillante médico que haya existido. —Le explicó. —Los Chálkinos son capaces de conseguir ser brillantes en todo lo que hacen porque nacieron para ello, en la Tierra son lo más de lo más. ¿Lo entiende? —Preguntó, esperando que lo comprendiera para no seguir hablando de ese tema.

—Sí, creo que sí… —Harris dejó de hablar durante unos segundos y volvió a la carga. —Entonces esa mujer… ¿Qué don ha desarrollado?

—Supongo que el de la protección o la bendición. —Harris abrió sus ojos impresionado y sintió algo de alivio al saber que estaría protegido de las Drinfas de Apolo durante el trayecto. —¡No se emocione! No sirven de mucho frente a dones divinos con más poder. Pueden ayudar a otros humanos en el día a día, pero me temo profesor, que en nuestra misión, no servirán de mucho.

—Vaya… —Dijo decepcionado. —¿Hay muchos chálkinos en la Tierra?

—Demasiados… —Contestó Heracles con inquina.

—Parece que no les tienes aprecio.—Harris miraba a Heracles como quién quiere descorchar una botella con un mensaje dentro. Ansioso por saber más.

Heracles se detuvo justo al pie de la montaña, miró hacia abajo y observó el pueblo y sus calles desde arriba. Vio que el profesor estaba sudoroso y que se esforzaba por llegar hasta él. Pensó en lo dura que iba a ser la expedición, llevaban tan solo unas pocas cuestas y ya tenía a un humano medio escacharrado bajo su supervisión. Decidió terminar con esa conversación de una vez por todas, ambos necesitaban toda la atención centrada en la misión, sin distracciones.

—Profesor, le contaré algo y dejará de preguntar sobre esto, ¿de acuerdo? —Le dijo tajante. A Harris se le iluminó la cara como a un niño pequeño.

—De acuerdo. —El profesor llegó, al fin, hasta el héroe y resopló limpiándose la frente con un pañuelo. —¡Dispara!

—Desde siempre he odiado a los chálkinos, los consideraba basura divina, despojos de nuestra historia familiar. Quizás por que ellos siempre han disfrutado del anonimato y de la mortalidad, no sé… O por que algunos son intocables. Por eso no me gusta hablar de ellos. Viven sin responsabilidades y sin preocupaciones universales, solo tienen que destacar en una cosa en la Tierra para tener una vida tranquila.

—Bueno… a mi esa señora no me pareció que tuviera pocas preocupaciones, por su piel y su rostro, se nota que ha tenido que soportar muchas cargas a lo largo de su vida.

—Sí, es posible, pero su vida terminará y dejará de soportar o de sufrir. La mía es de servidumbre, tengo una carga eterna. Debo cumplir todo lo que se me pide porque es lo que se espera de mí… —Heracles miró a Harris. —Como ya le he dicho, profesor, yo no salgo de una película… ¡Existo! Si los chálkinos o los humanos tuvieran encima de sus hombros la mitad de mis dones y la mitad de mis años de inmortalidad, buscarían la manera de acabar con ella.

—¿Con la inmortalidad? ¡¿Acaso tú quieres morir?! —Preguntó Harris desconcertado.

—Quiero descansar… —Contestó Heracles con la mirada abatida.

Harris se apiadó de él por un momento, sintió lástima. No había reparado en qué tipo de vida tenía aquel, musculoso y poco inteligente, héroe. Lo había juzgado rápido.

—Has dicho que antes odiabas a los Chálkinos. ¿Ya no es así?

—No, ya no. —Contestó seco.

—¿Por qué? —Preguntó Harris. Heracles medio sonrió.

—Sabía que no se quedaría tranquilo con una sencilla explicación. —Harris se encogió de hombros haciéndose el inocente. —Existe una profecía en nuestro mundo, una muy potente y que llegará pronto. Al parecer, surgirá una Chálkino entre los humanos que logrará dominar todos los mundos.

—¡¿Y se supone que eso es algo bueno?! —A Harris le pareció una noticia terrible.

—Si ella puede lograr eso, ¡imagínese todo lo que podrá hacer! Lo único que tiene que pasar es que la Chálkino escoja el camino correcto, nada más.

—¡¿Solo eso?! —Respondió Harris con sarcasmo. Heracles rió de nuevo.

—Tranquilo, profesor, esa no será su lucha.

—¿Y por qué estás tan feliz con esa profecía?

—Yo tengo un destino y cuando mi destino culmine… descansaré.

—¡¿Morirás?! —Harris se entristeció.

—¡No me diga que me ha cogido cariño…! —Se echó a reír. —Para usted ochenta, noventa o incluso cien años de vida son pocos. Para mí miles de años son suficientes, se lo aseguro. Según cuenta la profecía, ella es mi destino, mi última hazaña como semidiós. Supongo que la Chálkino tendrá el poder de darme la mortalidad o simplemente de quitarme la vida, dependerá de como se vaya desarrollando todo, las profecías no son muy detalladas, ¿sabe? A veces ocurren y otras veces no. —Dejó al profesor reflexionando y continuó el camino rocoso en cuesta. —¡Vamos, profesor, debemos llegar al primer monasterio antes de que acabe el año! —Dijo bromista.

Los dos caminaban, descalzos, cosa que a Heracles no parecía molestarle en absoluto, sin embargo Harris no dejaba de quejarse cada vez que daba un paso. Ya había quedado atrás el amanecer y el sol quemaba la ladera de la montaña con fuerza. Los veinticinco grados del día anterior se convirtieron en treinta, una subida de temperatura poco amistosa para esos dos peregrinos. Hicieron varias paradas a la sombra para que Harris recobrara el aliento y pudiera limpiarse las heridas que se le fueron formando en los talones. Heracles cuidó de él, protegiendo sus grietas sangrantes con un ungüento curativo. El calor golpeaba aquellas rocas y se hacía insoportable sumado al esfuerzo de subir.

—¿Puede continuar? —Preguntó Heracles a Harris.

—Sí… creo que sí. —Contestó el profesor agotado. Estaba sentado en una de las piedras mientras Heracles curaba sus heridas agachado. —Gracias.

—No es nada, profesor. Usted cuida del libro, yo cuido de usted. Prefiero esto a tener que cargar con ese endemoniado artilugio.

—¿Qué sabes sobre él? —Preguntó Harris.

—¿Sobre el libro? —Harris asintió levemente, estaba asfixiado. —Lo único que sé es que atrapa almas, almas de todos los mundos, ya sean divinas o humanas, nadie puede escapar de su poder. Apolo lo construyó en clandestinidad, en verdad no sé dónde consiguió tanto poder, pero estoy seguro de que no lo hizo solo, él no podría. Dicen que entre esas páginas están tus peores pesadillas, tus miedos más profundos, si te quedas atrapado, los revives una y otra vez. Solo Hades posee ese don, un don que te lleva a la locura. —Harris se asustaba a medida que Heracles explicaba más cosas sobre el libro. Temía por Marion, ¡ella estaba allí, atrapada! —Por eso no entiendo cómo un libro ha podido absorber todo ese poder.

El profesor alzó la vista hacia el horizonte, desde allí se veía todo Kalambaka y más allá, era una vista espléndida a pesar del dolor de pies, el esfuerzo y el calor. Las montañas rocosas que rodeaban los valles se fundían con la luz y aquellos escasos árboles verdes relucían con más intensidad. El cielo llamó su atención. Con un día tan caluroso, el cielo debería estar despejado, pero no era así. Donde la tierra y las nubes se unían, allí hacia el final, divisó una enorme tormenta que comenzaba a acaparar todo el firmamento. Era una tormenta distinta a todas las que él había visto. Sus colores, su fuerza, los grises y negros se mimetizaban y se hundían en uno solo formando un tono violáceo endemoniado. Aquello no tenía buena pinta, no era una buena señal. Harris levantó el brazo y señaló con el dedo.

—¿Y eso? ¡¿Me lo explicas?! —Dijo a Heracles aterrado.

Heracles, que continuaba agachado frente a Harris y su espalda ignoraba todo lo que ocurría en la atmósfera, siguió la señal del dedo indicador del profesor y se giró despacio. Miró hacia arriba y observó cómo a lo lejos, los rayos morados caían llenos de cólera hacia la Tierra.

—Esto no es bueno, profesor. ¡Nada bueno! —Exclamó sujetando a Harris por el brazo para que se incorporara lo más rápido posible.

—¡Espera! ¡¿Qué ocurre?! —Harris parecía un monigote. Lo sujetaba por un brazo y lo llevaba en volandas, con medio cuerpo en el aire y el otro medio raspando el suelo.

—¡Vienen a por nosotros! ¡Vamos debemos llegar hasta el primer monasterio, allí nos refugiarán! —Heracles seguía hacia delante mientras Harris se comía cada rama que sobresalía de la colina.

—¡¡Espera, espera!! ¡Bájame! —Protestó el profesor. Heracles lo soltó y se detuvieron. —¡¿Quieres esperar un momento, por favor?! —Dijo colocándose la ropa con un tirón hacia abajo. —No soy un experto en esto, pero las tormentas, los truenos y demás… ¿No son cosa de tu querido padre, Zeus?

—Sí, ¿y qué? —Contestó el semidiós.

—Bueno… es tu padre ¿no? —Heracles no comprendía la pregunta. —Quiero decir… ¡Él no es quién nos persigue, quizás nos esté echando un cable!

—Efectivamente, es mi padre, pero yo nunca le he dicho que eso fuera algo bueno. ¡Mi padre no echa cables, profesor!

—¡¿Qué pasa, te llevas mal con todos los dioses?! —Heracles no contestó. —¡Estamos apañados!

—Si no tiene más preguntas, será mejor que movamos el culo ¡ya! —Gritó Heracles apurado.

La tormenta estaba casi encima de ellos y aquellos relámpagos caían como gotas de lluvia sobre la colina, destrozando aquellos verdes árboles y convirtiéndolos en mero polvo, partían las piedras como quien rompe un azucarillo en dos y deja caer las migajas.

—¡Vamos, profesor, que ya llegamos! —Le animó para avivar su ejercicio.

Harris estaba cada vez más lejos de él y más cerca de ser abrasado. Los troncos caían tras de sí como hojas de papel. El profesor subía y subía lo más rápido que podía, pero su cuerpo ya cansado le fallaba, el peso de aquel libro a sus espaldas ralentizaba sus esfuerzos. Ya no sudaba, al menos no como antes, el calor se había volatilizado en segundos, ahora lo que recorría por su cuerpo era agua enfriada por del miedo, por la adrenalina, por aquella estruendosa tormenta.

Heracles se detuvo unos segundos al ver la distancia entre ellos y descendió para ayudarle, pues uno de esos rayos atravesó la tierra cerca de sus pies dañados y descalzos. De pronto un viento bravío rodeó al profesor y lo desplazó unos metros hacia el borde del camino. Harris gritó mientras era suspendido en el aire. Logró sujetarse de las raíces de un árbol roto y se quedó colgando, agarrándose todo lo que podía a aquella raigambre débil y partida.

—¡¡Ayúdame Heracles, por favor! —Rogó al semidiós.

Heracles luchó contra el viento, haciendo apoyo en las piedras.

—¡¡Sujétese, profesor!!

Se arrastró por el camino hasta llegar al borde donde unos metros más abajo se encontraba el profesor colgado. Se estiró hacia el abismo y cuando estuvo a pocos centímetros le tendió la mano.

—¡¡Sujétese a mí, profesor!! —El viento soplaba tan fuerte y la lluvia era tan punzante que apenas podían abrir los ojos para verse. Harris extendió también su brazo libre, para alcanzar a Heracles, pero no llegaba, no del todo. —¡¡Vamos, solo un poco más!! ¡¡Puede hacerlo!! —Le animaba una y otra vez.

—¡¡No puedo, está muy lejos!! —Gritaba Harris entre la tormenta.

—¡¡Sí que puede, yo sé que puede, vamos!! —Ambos estiraron sus cuerpos todo lo posible, pero era inútil. —¡¡No dejaré que muera!! ¡¡No morirá aquí!!

—¡¡Me resbalo, me estoy resbalando!! —En la mirada del profesor había miedo, mucho miedo. Era cierto, su única mano que sujetaba aquella ráiz muerta, no podía ejercer más fuerza, la mano enrojecida se resbalaba. Estaba a punto de caer por el precipicio y ni si quiera Heracles podría evitarlo.


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CAPITULO DIECISIETE

Y EN… TRES,DOS…


Era una sala solitaria, tenue, con las paredes de un hormigón gris poco cuidado. La mesa en la que Dedé posaba sus manos esposadas, era fría, de acero, las esposas las habían encadenado a una especie de gancho grueso inquebrantable. Estaba sentada en una silla incómoda, con el respaldo demasiado recto. Esperaba sin quitarle ojo a la puerta, atenta por si alguien entraba para aclararle todo aquello. Su actuación desequilibrada en la biblioteca no le daría nada de credibilidad frente a la muerte de Elisa. ¡La muerte de Elisa! Dedé aún no podía creérselo, eso era imposible. Estaba segura de que era un error, quizás otra broma muy pesada o quizás este era otro sueño al que enfrentarse, pero era tan atrayente que no lograba salir.

Llevaba ahí metida, horas, sin comprender nada, aislada de todo el mundo, siendo vigilada a través de un espejo enorme que había en la pared. Dedé levantó la cabeza y miró hacía el reflejo. Lo había observado unas mil veces durante el tiempo que llevaba allí atrapada. Estaba cansada, muy cansada, apenas le quedaban fuerzas para apoyar su espalda contra esa incómoda silla.

—¡Sé que me estáis viendo! —Protestó mirando hacia el espejo. —¡Yo no he hecho nada malo! —Decía con voz afónica. Su falta de aliento demostraba lo mucho que se había resistido a ser encarcelada.

Tras el espejo, George y su compañero la observaban atentos. El teniente de la comisaría entró en aquella sala de vigilancia.

—Teniente. —Saludaron ambos con respeto.

—¿Ya ha sido interrogada?

—No señor, esperábamos sus órdenes. —Contestó el compañero de George.

—Bien. —El teniente miró a Dedé. —Está cansada, si la apretamos un poco hablará.

—Teniente, con todos mis respetos, creo que nos estamos equivocando de sospechosa. —Dijo George adelantándose con mirada suplicante.

—Agente Sanna, ya hemos hablado de esto. Tenemos muchas pruebas contra ella, además de testigos que afirman haberla visto llegar a la hora en la que la víctima fue asesinada. La describen como una persona inestable y cito: “Danielle recorrió todo el campus hasta el dormitorio como una zombie, con la cara desencajada y llena de moratones”. —Dijo leyendo un informe. —Tenemos sus huellas por toda la habitación.

—¡Pero es que ella vive ahí! Es normal que la habitación tenga sus huellas. —Contestó George en un intento desesperado por defender a Dedé.

—¡Tenemos a una chica brutalmente asesinada y a otra desaparecida! Ambas tuvieron relación con la sujeto en las últimas horas y testigos que afirman que la desaparecida fue vista por última vez con la sospechosa. ¿De verdad cree que no es la asesina? Si tiene a la otra joven retenida en algún lugar, debemos averiguarlo. ¡Agente, si permite que su relación con el sujeto influya en el caso, no tendré más remedio que apartarlo! —Le regañó el teniente.

—Sigo pensando que no es ella. ¡No entraré ahí para ajusticiar a una persona que probablemente sea inocente! —Dijo tajante. —Déjeme al menos hablar con ella, ella me conoce, a mi no me mentirá.

El teniente respiró hondo, pensándose la propuesta de George.

—Está bien, podrá interrogarla. —George asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. —Están cotejando las huellas del arma, si sale su nombre, no tendrá defensa posible. —El teniente estaba seguro de haber encontrado a la asesina. —Lo siento agente Sanna.

—No lo sienta todavía. —Dijo George abriendo la puerta para salir.

Entró en la sala de interrogación en la que estaba esposada Dedé. La vio muy decaída, con la cabeza entre los brazos, estaba realmente agotada. Dedé levantó la vista rápido al oír cerrarse la puerta.

—¡Oh, George, menos mal! —Exclamó con los ojos vidriosos y se revolvió en la silla con algo de esperanza. —Tienes que sacarme de aquí, todo esto es un error.

George se sentó, con solemnidad, en la silla frente a ella. Llevaba una carpeta en la mano, que dejó sobre la mesa. La miró con detenimiento y suspiró. No iba a ser tan fácil como él creía. Dedé vio en su mirada preocupación, lo que le dio a entender que estaba hasta el cuello, que la situación era grave.

—¡¿Qué ocurre?! —Preguntó ella.

—Tengo que interrogarte… —Hizo una pausa para ver la reacción de Dedé. Ella abrió sus ojos azules con incomprensión. —Puedes llamar a un abogado antes si quieres, estás en tu derecho, pero espero que no lo hagas, eso te hará parecer más culpable y bueno… no es que las pruebas estén a tu favor. Sabes que yo te aprecio, no estoy aquí para juzgarte, prometo escuchar toda tu versión y verlo desde un punto de vista neutral, sin hacer caso a las pruebas que encuentren. —Dijo él tranquilo y paciente.

Dedé se derrumbó, se vino abajo con tan solo escuchar la palabra culpable; y más derrumbada después de escuchar “yo te aprecio”, en aquellos momentos para ella era muy importante esa frase, no se había dado cuenta de cuánto la necesitaba hasta que George la pronunció. Ambos se miraron, ella llorosa y él compasivo.

—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres llamar a un abogado? ¿A tu familia? —Le preguntó.

—¡No, a mi familia no! —Se sobresaltó.

—Bien. ¿Y un abogado?

—Confío en tí. —Dijo ella con seguridad y lágrimas mojando sus mejillas. George asintió.

—Entonces empezamos. —Posó la palma de su mano totalmente abierta sobre la carpeta de la mesa. —Esto va a ser duro, va a dolerte, pero tendrás que ser fuerte y contestar a todo lo que yo te pregunte.

—¡Estoy lista! —Dedé solo quería salir de allí lo antes posible y demostrar su inocencia.

—Vale. —George carraspeó y continuó. —¿Tu nombre completo es Danielle Dumont Zabat?

—Sí. —A Dedé le temblaban las manos. George se dio cuenta y le dolía verla así, pero tenía que seguir.

—¿Eres de Nantes, Francia?

—Sí.

—¿Estudias en la universidad de Jacksonville?

—Sí. —Dedé apretó el entrecejo, no entendía esas preguntas, él ya lo sabía.

—¿Cómo llegaste a Florida?

—Llegué hace tres años, por medio de una beca, para estudiar bellas artes y artes gráficas. —George asintió con la cabeza.

—Bien, vamos al día de ayer. ¿Dónde estuviste?

—Ayer me desperté en el calabozo, ¿no lo recuerdas? —Dijo algo molesta.

—Danielle, responde a la pregunta. —Dijo serio. Dedé resopló.

—Me desperté en la cárcel, me encerraron por una “gamberrada”. Tú te ofreciste a llevarme en coche y me dejaste a medio camino de la universidad. —Respondió dolida. —Caminé durante un rato, descalza, con dolores por todo el cuerpo por la brutal paliza que me dieron mis amables compañeras de celda, paliza que ningún policía de la comisaría evitó. —Continuaba resentida. —Llegué hasta mi habitación del campus y me acosté en mi cama.

—¿Y tu compañera, Elisa?

—No lo sé. Ella no estaba allí cuando yo llegué.

—¿Estás segura de eso? —Insistió él.

—Sí, muy segura. —Contestó abriendo sus ojos de par en par.

—Algunos estudiantes afirman haber visto a Elisa entrar en su habitación, poco antes de que tú llegaras. Afirman que ella se retiró a su cuarto porque dijo textualmente: “Mañana tengo un examen, estudiaré toda el día hasta la noche”.

—¡Pues allí no había nadie, te lo aseguro! —Dedé se estaba enfadando, su contestación hizo que George pensara en que había otra intención en su respuesta.

—¿Os llevabais bien? — Preguntó curioso. Dedé se encogió de hombros. —Tienes que contestar Danielle.

—Últimamente no.

—Explícate.

—Llegué a mi habitación con la intención de decirle lo mala amiga que había sido, no te voy a engañar, estaba muy cabreada. Había pasado la noche en la cárcel por su culpa y de regalo… —Señaló sus moratones de la cara.

—¿Qué quieres decir con que había sido su culpa?

—El día anterior me llamó, a eso de las siete de la tarde, pidiendo ayuda. Estaba fuera de sí, asustada, decía que alguien la estaba persiguiendo en el bosque de River Road.

—¿Qué hacía ella allí?

—Le gusta pasear hasta el River House, es un pub de comida para llevar, está a pocos metros del bosque.

—¿Y qué hiciste? —Preguntó intrigado.

—Pues fui.

—¿No llamaste a la policía?

—¡No! ¿Para qué? Pensé que sería algún imbécil del campus queriendo asustarla.

—Pero después, sí llamaste.

—Sí, después sí. No la encontraba, estaba todo a oscuras y ella no contestaba al teléfono. Me asusté.

—¿Qué pasó entonces?

—Mientras esperaba a la policía, la volví a llamar y me contestó. Me dijo unas cosas muy raras. Me dijo que lo sentía y que todo era culpa suya.

—Entonces, te habían gastado una broma y te enfadaste.

—¡No, no fue así! —A Dedé no le gustó el tono de George. —Después… —Iba a contarle lo que había visto, el extraño ser con la apariencia de Mike que se había acercado hasta ella, pero se detuvo.

—¿Después qué, Danielle? —Ella no contestó. —Si te pasó algo en aquel bosque, tienes que contármelo. —Insistía.

—Nada, no pasó nada… Después llegó la policía y me encerraron. Eso fue todo. —Su mirada no podía ocultar que había algo más.

—¿Qué me estás ocultando. Danielle? Sé que hay algo que no me cuentas.

—No me creerías. —Dijo ella agachando la cabeza.

—¡Inténtalo! —La animó. Dedé miró hacia el suelo, esquivando su insistencia. —Está bien. —Se resignó. —Cuando fuiste a tu habitación, dices que Elisa no estaba allí, pero eso no es posible, varias personas la vieron entrar. ¿Cómo explicas eso?

—¡Y yo qué sé! —Se sobresaltó. —Iría a buscar algo de comer o saldría para hacer algo, ¡yo no soy su gps!

—¡Tienes que decirme algo que me ayude a sacarte de aquí! Danielle, yo creo que eres inocente, de verdad, pero me temo que hay mucha gente señalándote.

Dedé se acercó lo más que pudo a George, abriendo sus ojos de un forma casi diabólica y alocada, le miró fijamente.

—Todo esto no tiene importancia, George. —Dijo en voz baja. —Dentro de nada me despertaré y esto habrá sido un maldito y estúpido sueño de nuevo. —George no daba crédito a las palabras que salían por la boca de su querida Danielle. —Tú no lo entiendes porque tú eres parte del sueño, para ti esto es real, pero en cualquier momento me despertaré y seguiré con mi vida.

—No, Danielle, esto no es ningún sueño, esto es la vida real. Estás aquí, conmigo.

—¡No, hazme caso, Elisa no está muerta y yo no estoy aquí contigo! —Continuaba mirándolo de una manera perturbadora que inquietaba a George. Entre lo que había visto en el coche, cuando la llevó de camino a la universidad y sus incoherentes palabras, George no podía negar lo evidente. —Hazme caso, seguramente Elisa esté con algún “guaperas” en su dormitorio, haciendo lo que yo hace días no pruebo. ¡Que por cierto! Te llamaré en cuanto salga de esta maldita pesadilla. —Dedé le guiñó el ojo con picardía.

En otras circunstancias, a George le hubiera encantado esa sexual atención por parte de ella, pero en ese momento le enfadaba verla en ese estado, se sentía impotente porque, de verdad, quería salvarla de una vida de cárcel, pero con ese comportamiento y esa inestabilidad mental, no iba a ser posible. Con un arrebato de ira, él abrió la carpeta que custodiaba, tan bien, bajo la palma de su mano. La abrió con ímpetu.

—¡A ti te parece esto un sueño! —Las fotos del cuerpo muerto de Elisa se esparramaron por toda la mesa. Dedé las vio y el terror se apoderó de su rostro. George cogió una y se la colocó frente a su cara. Dedé se echó hacia atrás. —¡¿Esto te parece divertido?! ¡Mírala, es tu amiga! —Sacudía la foto hacia ella. —¡Abierta en canal con los órganos extirpados! —Gritaba. Puso la foto en la mesa y, con nerviosismo, empezó a colocar las otras. —¡Todos sus órganos colocados, minuciosamente, encima de su cama, todos por orden! —Dedé no podía creerse lo que estaba viendo, aquello era una brutalidad, una terrorífica imagen que jamás podría borrar de su mente.—¡¡Dime ahora que Elisa está viva, dime!! —Gritó George.

Dedé se echó las manos a la cabeza, le temblaba todo el cuerpo y las lágrimas se convirtieron en mar. Intentaba no mirar aquellas imágenes, pero su mano, casi sin quererlo, tocó una de ellas, una en la que se veía la cara de Elisa sin vida, su cuerpo perfectamente colocado, boca arriba en el suelo, con aquel cabello tan impoluto y su piel, que antes era tostada, había perdido su color. La sangre tintaba de rojo toda la habitación, se esparcía por la alfombra, por el viejo parqué, por las salpicadas cortinas. No lo pudo evitar y el estómago se le revolvió, echando la poca comida que tenía en su estómago al suelo.

George al verla en ese estado, se detuvo y se compadeció de nuevo de ella.

—Pediré que vengan a limpiarte. —Se levantó de la silla, después de recoger todas fotos de la mesa y volverlas a guardar en la carpeta. —Seguiremos más tarde. —Dijo desde la puerta. Dedé no pudo levantar la cabeza. Se quedó mirando los restos del suelo vomitado, con vergüenza.

George salió de la sala de interrogatorios con sus esperanzas destruidas, el teniente lo esperaba en el pasillo, con semblante serio, como pidiendo noticias.

—Teniente… —Saludó con respeto y sin ganas.

—Agente, cuénteme.

—¿Ha visto el interrogatorio? —Preguntó. El teniente cerró los ojos y afirmó con la cabeza. —Pues entonces ya lo sabe. Seguiré más tarde, tenemos que encontrar a Marion Green. —George, estaba destrozado, después de la sesión con Dedé no podía hacer otra cosa que darle la razón a su superior; y con enfado se dirigió a su mesa de trabajo.

—¡El alegar locura transitoria no la eximirá de sus actos! —Le gritó el teniente, mientras él se iba dándole la espalda. —¡Tendrá que pagar por lo que ha hecho!

Dedé, de nuevo sola en la sala de interrogatorios, miró hipnotizada aquella mesa, en la que antes habían estado desfilando las imágenes con el cuerpo de su amiga mutilado. Se quedó paralizada. No dejaba de darle vueltas a que aquello no era real, a que aquello no había pasado de verdad, en su mente se convencía una y otra vez. De pronto sintió un cosquilleo en la nuca y alguien le habló.

—¡Hola Danielle! —Susurró una voz masculina.

Dedé alzó la vista y allí estaba, frente a ella, no podía creérselo… ¡Era él! ¡Era el ser del bosque otra vez!

—¡Volvemos a vernos! —Dijo mientras soltaba una media sonrisa satisfactoria.

—¡Tú, eres tú! —A Dedé no le hizo gracia verlo de nuevo. —¡Tú has tramado todo esto! ¡Todo es culpa tuya!

—¿A qué te refieres? —Preguntó él haciéndose el interesante.

Dedé lo miraba con rabia, quería romper esas esposas, trepar por encima de la mesa y pisotear su cara, hasta hacerlo desaparecer.

—¡Sabes muy bien a qué me refiero! ¿Qué le has hecho a Elisa? ¡Tú la has matado! —A Dedé se le iban a salir las venas del cuello.

—Ah, eso… Sí, fui yo. —Contestó con sosiego. —Pero no he venido para hablar de ella.

—¡Ella era mi amiga, maldito monstruo psicópata! ¿Cómo has podido hacerle eso?

—Tengo que reconocer que Elisa fue muy útil y una parte clave en mi misión, pero ya no me servía, dejó de creer y se descarrió. Me vi envuelto en una encrucijada, ella fue la solución más rápida. —Él se explicaba mientras Dedé no entendía ni una sola palabra de lo que decía.

—¡¿Pero que cojones me estás contando, puto loco?!

—Elisa fue una herramienta para llegar a tí, al igual que lo fue Mike y Roxanne, incluso tu querido “lelo”.

—¿Qué quieres decir?

—¿De verdad creíste que la muerte de Mike fue pura casualidad? —El ser desapareció y volvió a aparecer con sus labios pegados al oído de Dedé. —Murió por tu culpa.

—¡Eso no es cierto! —Dedé se giró con brusquedad sin percatarse de que lo tendría justo delante de su cara.

Ahí fue cuando sus ojos se cruzaron con los de él. Realmente, no era Mike… Aquellos ojos… aquellos ojos no eran de este mundo. Eran morados, muy morados, como dos luceros de amatistas. Sus pupilas negras como la noche, apenas tenían brillo, transmitían una sensación extraña, de ultratumba, sombrías. El ser no se apartó de ella hasta que Dedé retiró la mirada. Con un solo movimiento y ya la tenía dominada. Él fue hacia el espejo y lo acarició con un cariño espeluznante.

—El otro día no pude presentarme, es normal que estés confusa, pero tranquila, todo te será revelado a su debido tiempo. —Caminaba tan elegante que casi flotaba. —¡Mi nombre es Apolo! —Se inclinó haciendo una solemne reverencia. —Hijo de Zeus y Leto, aunque eso sea irrelevante… —Hizo una mueca de desprecio hacia los nombres de sus padres. —Soy conocido como el Dios Oracular o Dios de Delfos, pero tú puedes llamarme Dios a secas.

—¡Me la suda quién creas que seas! ¡Eres un puto psicópata y acabaré contigo por lo que le hiciste a Elisa! —Dedé no atendía a razones, solo quería liberarse de esa mesa y saltar encima de él.

—Elisa… Elisa… Elisa… —Él seguía caminando tranquilo mientras pensaba en Elisa. —Tú todavía no lo comprendes, pero algún día te darás cuenta de que murió por una causa.

—¿Y tenías que sacar sus órganos y destriparla de esa manera? —Preguntó encolerizada.

—¡Oh, sí! Eso fue lo más importante del ritual… Tengo que alimentar a mis pequeñas. —Dedé lo miró sin comprender. —¡Cómo te he dicho, es difícil de entender! Sobre todo tú que tienes la mente hecha un colador. ¡Que si es un sueño, que si ahora no lo es…! ¡¡Madre mía, estás fatal chica!!

—¡¡Estás loco!! ¡¡Vete de aquí!! —Gritó ella.

—No te esfuerces, querida. —Se acercó a ella y le acarició el pelo. —No puedes hacer nada contra mí. Soy imparable y tú me perteneces. —Se dirigió a la silla y se sentó con los mismos modales de un rey. —Te voy a decir lo que va a pasar ahora.

Dedé, enfurecida, negaba con la cabeza.

—Ahora te culparán de asesinato y desaparición.

—¡¿Desaparición?! —Dijo sorprendida.

—¡Shhh…! —Hizo un gesto de silencio con su dedo. —Como iba diciendo, te culparán de todo eso y además verán que te falta un tornillo. —Siguió gesticulando haciendo círculos con el dedo en su sien. —Te encerrarán en un hospital psiquiátrico y entonces ahí serás toda mía. ¿Sabes porqué? Porque allí nadie escuchará tus gritos, ni tus locuras, ni que hablas con un muerto. —Se rio. —Al final acabarás por rendirte y sucumbirás a mi poder.

—Digamos que te sigo el juego y te creo, ¿Qué demonios quieres de mí?

—Eso es “Top Secret” querida, lo sabrás cuando estés preparada.

—Yo nunca seré nada tuyo, ¿me oyes? —Protestó y con un intento de hacerle algún tipo de daño, le escupió. —¡Me das asco!

—¿No me crees? Mira te lo demostraré. —Él alargó su brazo izquierdo y señalando la puerta, dijo. —Dentro de treinta y cinco segundos entrará tu querido George por la puerta, con un sándwich y un café calentito. —Encogió sus hombros y se frotó los brazos como cuando uno tiene frío y se rió.

—Estás mal de la cabeza. —Dedé no creía nada de lo que decía aquel enfermo mental.

—Treinta segundos… Te dirá que siente haberte presionado, que si podéis empezar de cero y bla, bla, bla… Veintitrés segundos… —Él seguía hablando y continuaba con la cuenta atrás. —¡Me encanta ese tal George! Deberías salir con él el tiempo que te queda en la Tierra de los humanos, al menos te llevarías un buen recuerdo. Catorce segundos…

Dedé lo miraba y miraba la puerta, estaba segura de que aquel ser mentía, pero ¿Y si no? Tenía miedo de que George entrara y viera a Mike y éste le hiciera lo mismo que a Elisa. No podía permitir que George se pusiera en peligro.

—¡¡Ni se te ocurra mirarlo si quiera, asesino!! —Exclamó ella.

—¡Uy, ya veo que hay sentimientos! Tranquila, si no se interpone en mi camino, no le haré nada. Seis, cinco… —Dedé se colocaba en su asiento, estaba nerviosa, no dejaba de mirar a ambos lados, a la puerta y a su nuevo psicópata personal. —Y en… tres, dos… —Él hizo un chasqueo con los dedos y la puerta se abrió.


¿QUERÉIS SABER MÁS SOBRE LAS AVENTURAS DE DEDÉ?

¡NO OS PERDÁIS EL CAPÍTULO 18 EL PRÓXIMO VIERNES!


CAPITULO QUINCE

“LELO”


Entró, como si dejara pasar todo un vendaval al interior de la habitación, tenía tanta rabia dentro que la puerta le sirvió de detonante para sacarla toda. Se esperaba encontrar a Elisa en su escritorio, quizás estudiando, quizás leyendo, se la esperaba con sus cascos, siempre con su música, una manía en la que Dedé nunca reparó, pero que ahora la reconocía como molesta. Se sentía herida, engañada, así que todo lo relacionado con su ex amiga le producía repulsión. Otra opción era que estuviera con alguien, quizás con el agente inmobiliario, quizás con otro chico nuevo, ese tal Luke del que no quería hablar, recordarlo enfadó más a Dedé, siempre se lo contaban todo, ¿y ahora le ocultaba cosas y la traicionaba? Sin duda no era la amiga que ella creía.

Entró, dejando que la puerta rebotase contra la estantería de la pared, haciendo un ruido tan estruendoso que ni sus cascos, con la música al máximo, podrían ignorar. Estaba preparada para escupir todo su enfado a la cara de su compañera, para enfrentarse a ella y romper toda relación. Sabía perfectamente cómo iba a hacerlo. El camino a casa, descalza y golpeada, sola, le había aclarado los pasos a dar, le había dado tiempo de sobra para maquinar una actuación de cine. Le diría lo cabrona que había sido, lo mal que lo había pasado por su culpa y lo dolida que estaba, para rematar, le soltaría todas esas pequeñas cosas que le habían molestado de ella durante estos últimos años y como guinda, para finalizar su gran escena de soberbia, recogería algunas pertenencias en una mochila, con mucho genio, mucho. Le diría la típica frase de “Volveré a por el resto de mis cosas cuando tú no estés”; y se iría dando el mismo portazo con el que entró, pero esperaba que este destrozara del todo la puerta, que se desencajara de sus bisagras.

Entró con todo eso tan bien organizado en su cabeza, pero allí no había nadie. Elisa no estaba, cosa que truncó el discurso tan elaborado que iba a dar. Eso también le molestaba, pues cuando volviera a ver a Elisa no sería lo mismo, el cabreo se disiparía, no del todo, pero ella quería ser un huracán, no un simple viento. Estaba demasiado cansada como para pensar en ello, en parte le alivió ver la habitación vacía y su cama a pocos metros, con las sábanas estiradas y esa almohada que la llamaba a gritos desde el cabecero. Se sentó a los pies de ese mullido colchón, lleno de historias reales, lleno de sueños extraños. Se pensó unos segundos si quitarse la ropa y darse primero una ducha, sí, era lo mejor…, pero su cuerpo era atraído hacia atrás como si la cama tuviese un potente imán, así que se dejó llevar.

Con los pies colgando y su cabeza apenas rozando la almohada, Dedé cerró sus ojos en el mismo instante en que su espalda se reposó en aquellas sábanas con olor a suavizante de océano. Fue tan placentero… cogió aire por la nariz, llenando sus pulmones de descanso, de sueño; y se durmió del todo. Dicen que cuando nuestro cuerpo está demasiado cansado, nuestro subconsciente se encarga de regenerarlo con bonitos sueños que por desgracia no recordamos al despertarnos, la mente humana es increíble y sabia.

Dedé empezó su sueño con un recuerdo, un recuerdo precioso de cuando ella era pequeña, la pequeña Danielle de cuatro años. Había olvidado ese momento y su subconsciente se lo devolvió. Mientras estaba allí tumbada, soñando, sonreía al verse en aquella época.

Caminaba por un campo, entre hierbas altas, secas y amarillentas, mezcladas con flores silvestres de color morado y rojo, que le llegaban por las rodillas. Con su vestido blanco de lazos, rozaba aquellas espigas de sol con delicadeza, sus manos acariciaban las flores y por su nariz entraban los olores de aquella encantadora pradera. Olores a flor, a pinos, a mañana. Alguien la llamaba en la lejanía, saludaba levantando el brazo, oscilando la mano de un lado a otro con suavidad. Era su abuelo. Allí de pie, esperaba a su pequeña Danielle.

La pequeña Danielle de los sueños, recibió la llamada de su abuelo, devolviendo el saludo, vio que llevaba una cesta en su otra mano, así que era época de recoger setas en el bosque. A Dedé le encantaba recoger setas con su querido abuelo. Corrió hacia él como si el árbol de navidad esperase al final del camino, repleto de regalos. Corrió dejando atrás aquella hermosa vista de espigas doradas y flores silvestres, corrió abriendo sus brazos para acariciarlos por última vez, era un saludo o un adiós, un hasta pronto naturaleza, gracias por esta soleada mañana. Y al fin llegó hasta su abuelo, de pie en el camino que llevaba al bosque. Él la recibió con un gran abrazo, de esos que cuando eres pequeña te levantan en volandas. Dedé se sintió en casa, de nuevo en su hogar. Recordó cómo olía su abuelo, a leña y carbón, a fuego encendido y a pinos, sobre todo a pinos, también le gustó. Su abuelo era una hombre corpulento, fuerte y alto, como los árboles a los que él tanto amaba. A Dedé siempre le había apenado no haber heredado rasgos suyos, ni siquiera el color de sus ojos, los suyos eran tan azules como el cielo, pero los de su abuelo eran especiales, eran verdes y eran amarillos, eran grises y eran azules, ella lo llamaba magia.

—¡Cuando sea mayor, tendré tus ojos “lelo”! —Aseguró la pequeña Danielle.

—¿Por qué, hija? ¡Los tuyos son muy bonitos! —Le respondió el abuelo con cariño.

—¡Por que tú eres un mago! —Dijo expresándose con las manos.

—¡¿Yo soy un mago?! —Se sorprendió él.

—¡Claro! Tú cambias el color de tus ojos a cada hora del día, ¡eso es magia “lelo”! —Contestó la pequeña emocionada.

—Yo no soy el mago Dani, el mago es el sol. Él es quien me los cambia a su antojo.

—Pues yo creo que no, creo que eres tú quién lo hace. —Dijo ella resuelta. Tiró de la manga de su camisa hacia abajo, haciendo que su abuelo se doblase para estar a su altura. Puso sus manos en sus mejillas llenas de barba esponjosa y con la cara muy seria le dijo: —No te preocupes “lelito”, no le diré a nadie que eres un mago. —Después besó su enorme nariz rosada llena de entrañables manchas de edad.

—¡Gracias princesa! —Le contestó él embobado.

Cuando Danielle era pequeña, se pasaba todos los veranos y gran parte de los fines de semana del resto del año, en casa de sus abuelos en el campo. Adoraba los animales, los bosques, la granja. Le encantaba corretear de un lado para otro sin preocupaciones, ni normas, ni siquiera horarios, levantarse con el cacareo del gallo y ayudar a su abuela con el ordeño de las vacas. Quedarse dormida a la luz de un fuego mientras su abuelo contaba las historias de batallas, piratas y príncipes, doncellas y dragones llenaban el lienzo de su mente. Después llegó la adolescencia, los nuevos amigos, las responsabilidades, las citas de cine el sábado y el pintauñas y el rimel con sus amigas el domingo. Ir al campo ya no era “chachi”, pasar tiempo con ellos ya no era guay, no era de una chica moderna. Así que se alejó de todo aquello, olvidándose de las setas, los pinos, las flores silvestres y las espigas doradas, las sensaciones de paz, los olores a verano y los abrazos en volandas. Ya no había cuentos, ya no había esponjosas barbas.

Su abuelo falleció una mañana de Enero. Danielle por aquel entonces tenía unos diecisiete años. En cuanto salió por la puerta del instituto y vio a su madre esperándola fuera del coche, lo supo. Supo que una parte muy imprescindible de su vida había desaparecido, que había perdido a alguien a quién amaba tanto, a alguien a quien había abandonado. Se sintió sola en el mundo cuando su madre le dijo que ya no estaba, se sintió arrepentida por no haber continuado sus visitas como cuando era pequeña. Le dolió, tanto que sintió cómo su adolescente corazón se partía en mil pedazos, no por un primer amor, no por un desengaño, todos los pedazos eran de su “Lelo”.

Pero ahora en sus sueños tenía de nuevo cuatro años y quería disfrutar de él como no lo había hecho antes. Se agarró fuerte a la mano áspera y endurecida de su amado abuelo y dando pequeños saltos de energía se adentraron entre los pinos.

—¡Lelo!

—Dime hija.

—¿Cuántas setas crees que recogeremos hoy? —Preguntó la pequeña Danielle.

—No lo sé, Dani. ¿Tú cuántas crees? —Respondió cariñoso.

—Pues yo creo que tantas que la abuela dará un brinco así de grande. —Danielle saltó tan alto como pudo, sin soltarse de la mano de su abuelo.

—Pero princesa, tu no has venido a recoger setas. —Dijo él.

—¡Sí! Tú llevas la cesta y vamos juntos, ¿no lo ves? —Contestó ella corrigiendole.

Su abuelo se paró en medio de un pequeño claro que había en el bosque, miró hacia arriba, donde los rayos de luz atravesaban las ramas, donde el cielo se abría y se veía perfectamente su intenso color. Cerró los ojos y respiró hondo.

—¿Lo hueles, Danielle? —Preguntó él. Danielle lo miraba sin contestar. —¿Hueles el destino?

—¿Qué haces “lelo”? —Preguntó la pequeña asombrada.

Su abuelo abrió los ojos de nuevo y la miró. Estaba serio, muy serio.

—¡Despierta hija! ¡Debes despertar!

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! Yo quiero quedarme aquí contigo. —La pequeña Danielle sollozaba.

—¡Mírame Danielle! ¡Ya no tienes cuatro años, yo no soy real! Danielle, tengo que irme, pero antes debes despertar y correr. ¡Corre como cuando corrías por estos campos, corre sin mirar atrás, hija! —Dijo él con preocupación.

Dedé estaba confusa. La niña que agarraba la mano de su abuelo, ya no era la Danielle de cuatro años, si no ella. No entendía qué quería decir su “lelo” con que corriera.

—¡Quiero quedarme aquí contigo! Solo un ratito más. —Suplicó.

—No puedes, te encontrará. Debes salir de tus sueños y salvarlos.

—¿Salvar a quién? ¿Quién me encontrará? —Preguntó acelerada.

—Debo irme princesa, no debo estar aquí. ¡Tú solo sálvalos, sálvalos de él y corre! —La sujetaba por los hombros con fuerza. Su esencia se evaporaba, desaparecía por momentos.

—¡Espera! ¡No, no, no te vallas “lelo”! —Ella se sujetaba a sus brazos para que no se fuera. Se sujetaba con fuerza. — ¡Dime a quién tengo que salvar!

Su abuelo miró aterrorizado hacia el final del bosque, como si allí hubiera alguien. —Solo tienes que escuchar Dani. —Posó su mano en el pecho de Dedé. —Escucha a tu corazón. —Miró por última vez a su querida nieta, la besó en la frente y desapareció.

Dedé se quedó helada, allí de pie, frente a lo que había sido su abuelo y se convirtió en simple aire que respirar. Miró hacia el final del bosque, buscando una respuesta, algo que la indicara a qué se refería él sobre ¡Sálvalos y corre!

—Escucha a tu corazón, escucha a tu corazón. —Se repitió cerrando los ojos. Y de pronto lo oyó.

—¡Ayúdame Danielle, ayúdame! —Esa voz ya la había oído antes, le resultaba muy familiar. —¡Sácame de aquí por favor!

Dedé se lo pensó unos segundos y entonces la reconoció. Sin duda era:

—¡¡Marion!! —Se sobresaltó. —¿¡Marion dónde estás!?

—¡Danielle, sácame de aquí por favor! ¡Tienes que sacarme de aquí! —La oía, pero no la veía.

Dedé daba vueltas y más vueltas entre esos grandes pinos, entre las luces de la mañana y las setas que pisaba. Rebuscaba con la mirada, una y otra vez, para encontrar el rostro de Marion. La voz seguía pidiendo auxilio, se repetía constantemente, se repetía, se repetía sin cesar. Era muy molesto, se metían en su mente las frases de socorro de Marion, le penetraban y retumbaban en sus oídos. Todo le daba vueltas y más vueltas. Dedé se sujetó la cabeza con fuerza y se agachó. El corazón le latía con potencia, se le iba a salir del pecho. Respiraba fuerte, intenso, quería que aquello parara, pero Marion seguía y seguía y cada vez con más brío gritaba.

—¡Ayúdame, ayúdame! ¡Sácame de aquí, ayúdame!

Dedé no pudo más y entonces gritó.

—¡¡¡Basta ya!!!

Y en la cama se despertó.

MAÑANA CAPÍTULO 16

¡HASTA MAÑANA MIS DÉLFICOS!

CAPITULO CATORCE

MEGALO METEORO


Mientras Dedé retorcía aquel pomo de la puerta, con ganas de pelea y se planteaba una seria discusión con Elisa, nuestros héroes y valientes, Harris y Heracles se adentraban en el pueblo de Kalambaka. La temperatura en aquella zona era de unos treinta grados, algo muy inusual, puesto que su clima siempre estaba bastante equilibrado, no solían superar los veinte grados en plena primavera. Heracles salió del tren cuando las puertas se abrieron, Harris seguía sus pasos sin perderle de vista, con el miedo por mochila, no estaba del todo mentalizado para enfrentarse a otro ser tan horrible como la Drinfa.

—¡Oh, oh! —Exclamó el semidios mirando hacia el cielo.

—Oh, oh, ¿qué? —Preguntó Harris temeroso.

—Hace demasiado calor aquí. —Contestó misterioso.

—¿Y? ¿Cuál es le problema? ¿Eso interfiere en tus poderes? ¿Estamos en peligro? ¡¿Se acerca el fin del mundo?! —Harris disparaba preguntas como balas. Estaba muy nervioso.

—¡Eh, eh, tranquilo profesor! —Le dijo apretando sus hombros. —Respire hondo. —Ambos respiraron al unísono. —Usted está conmigo, no le pasará nada, ¿de acuerdo? Yo no voy a permitirlo. —Le calmó y con una sonrisa final, perfecta y pícara, hizo que Harris relajara su cuerpo. —Así me gusta profesor. —Dio un “golpecito” a Harris en el hombro, que de nuevo lo descompuso y siguió andando mientras se explicaba. —La temperatura elevada solo significa una cosa. —Se detuvo con aires de grandeza y se giró para mirar al profesor que le seguía como si llevara un remolque. —Hay demasiada concentración de seres aquí, los que seguramente nos estén buscando para arrancarnos el libro de nuestras manos muertas. —Los ojos del profesor se abrieron como ventanas al infinito. —¡Estaremos preparados! —De nuevo colocó sus brazos en las caderas y sacó pecho, como si posara para la portada de una revista. —¡No podrán con nosotros!

Harris lo contempló anonadado, desde luego era un semidiós en toda regla, algo ególatra y dramático, no dudaba de su fuerza, eso era evidente, lo que más temía de él era su falta de inteligencia y sus ansias de aparentar heroísmo. Harris negó con la cabeza.

—Hable por usted, yo estoy acojonado. —Siguió caminando hacia la salida de la estación. Heracles le siguió apresurando sus pasos.

—Profesor, ¡no me diga que le tiene miedo a las hadas de la naturaleza! ¡Son insignificantes!

—¿Insignificantes? Te recuerdo que una casi me mata, y no era lo que digamos un hada de esas que salen en los cuentos infantiles.

—Eso es porque los humanos os creéis todo lo que os cuentan otros humanos, con algo de imaginación.

Salieron hacia el exterior. Frente a ellos había una carretera principal que atravesaba en horizontal y otra calle que subía hacia arriba en perpendicular, donde al final se podían divisar las montañas de Meteora. Ya desde allí la inmensa montaña, formada por grandes rocas, te hacía sentir que eras diminuto en el mundo. Era un pueblo pequeño, con poco movimiento de gente, quizás el calor había hecho que los habitantes se quedaran en sus casas. Predominaba el color níveo, las casas estaban hechas con un blanco impoluto y con unas tejas anaranjadas, aunque con el paso de los años algunas se habían ido tiñendo de marrón. Aparentemente todo estaba tranquilo, con poco tráfico y poca circulación peatonal, pero los grados seguían subiendo y como muy bien había dicho Heracles, la temperatura normal de Kalambaka era de veinte grados.

—Debemos encontrar una guarida donde establecerse para esta noche. —Dijo Heracles con voz de mandato.

—¡Si todavía son las tres de la tarde!

—Cierto. Demasiado tarde. —Heracles fruncía el ceño mientras vigilaba todo a su alrededor.

—Podemos coger un autobús. —Harris sacó una pequeña guía del bolsillo interior de su chaqueta. —Creo que por aquí pasa uno que nos lleva hasta el camino hacia el monasterio.

—¿Esas monstruosidades de cuatro ruedas que tienen forma de pepino? —Preguntó Heracles.

—Sí, creo que sí. —Harris estaba sorprendido por su falta de vocabulario.

—¿Esos extraños cacharros que siempre van repletos de humanos?

—¡Sí! —Exclamó Harris con pesadez. —Se llaman autobuses.

—Profesor… —Heracles se acercó a él. —¿Quiere usted que nada más llegar nos ataquen veinte Drinfas dentro de ese autobús? —Hizo una pausa sin dejar de mirar fijamente a Harris. —No, ya veo que no. —Se apartó y se adelantó unos pasos observándolo todo.

—Bueno, creo que también podemos alquilar un coche. —Harris volvió a revisar la guía. —En la guía pone que hay varias empresas por aquí cerca.

Heracles se acercó y le arrancó el libro de entre sus manos. Le echó un vistazo poco convencido y después miró a Harris algo enfadado.

—Profesor, debemos ser cautos. ¿Quiere ir a una de esas empresas que usted dice y que nos atienda otra Drinfa? ¿O que una legión entera nos esté esperando?

—No, claro que no. —Harris se echó hacia atrás y tragó saliva con dificultad, no quería otro empujón amistoso del semidiós. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo penetrantes que podían ser aquellos ojos tan azules, ni de lo persuasivo que podía ser, con solo lucir aquel prominente cuello tan cerca de él.

—Bien, entonces lo haremos a mi manera. —Se separó una vez más de Harris. —Además, los priores verán en nuestros pies descalzos la falta de respeto.

—¿Qué quieres decir con pies descalzos?

—Para que el gran Abad nos reciba en el último monasterio, debemos hacer una ofrenda de sacrificio. Lo que significa que debemos hacer la senda descalzos.

—¡¿Hasta allí arriba?! —Harris señaló con el dedo hacia dónde se encontraba la montaña.

—Exactamente. —Heracles miró aquella gigantesca roca con emoción. —Hay seis monasterios a los que debemos asistir y demostrar respeto. En cada uno de ellos viven grandes sabios. Deberemos presentarnos como humildes servidores y superar sus encomiendas.

—¡¿Nos harán pruebas?! —Al profesor empezaba a superarle todo aquello.

—¿Qué esperaba? ¿Llegar allí, saludar, sacar a su alumna y partir tan tranquilos?

—¡¿No te parece suficiente el hecho de que nos persigan seres que quieren matarme?! —Protestó él.

Heracles miró a Harris como a un pequeño cervatillo, como si delante de él tuviera a un precioso gatito haciendo monerías; y empezó a soltar carcajadas. —Es usted muy gracioso profesor.

Harris lo miró boquiabierto, sin comprender qué era lo que le había hecho tanta gracia.

—Sigamos, busquemos un lugar de cobijo para esta noche. La caminata debe hacerse al alba. —Caminó hacia adelante sin un rumbo fijo, dirigido solo por su instinto, como si el viento le fuera a indicar la dirección.

—Creo que en esa guía… —Harris señaló, con ironía, la mano de Heracles que aún portaba el libro que le había arrancado antes con determinación. —…podremos encontrar más rápido un “cobijo” como tú lo llamas. —Con orgullo, Heracles le lanzó la guía a Harris que la recibió con algo de dificultad.

Después de dar algunas vueltas por el precioso pueblo de Kalambaka, llegaron al Kiakis Hotel. En la recepción, una mujer, pequeña y mayor, esperaba sonriente para atenderles. Harris se acercó al extraño mostrador fabricado con madera y granito. Era alargado, grotesco y bastante alto, lo que le dejaba poca visibilidad a la bajita recepcionista, la cual asomaba la cabeza estirando su cuello al máximo.

—¡Buenas tardes, señora! —Saludó el profesor con educación. La mujer continuaba sonriendo e hizo un gesto de aprobación con la cabeza, lo que le indicó a Harris que posiblemente no entendiera su idioma. —Queríamos una habitación, si es usted tan amable. —De nuevo movía la cabeza de arriba a abajo, siempre sonriente. —¿Habla usted mi idioma? —Preguntó él vocalizando todo lo posible. —Y otra vez el gesto de aprobación y la sonrisa inquebrantable. Heracles se acercó al profesor.

—Creo que esta anciana no se está enterando de nada profesor. —Le dijo susurrándole al oído.

—Si, ya me he dado cuenta. —Contestó picajoso. —¡¡Señora, nosotros, americanos!! ¡¡Nosotros, queremos, habitación!! —Harris se esforzaba alzando la voz y haciendo señas con las manos.

—¡Profesor, no creo que sea sorda! —Se burló Heracles. Harris le miró de reojo.

—¡Ya lo sé, puedes intentarlo tú si quieres! —Harris se apartó haciéndole un gesto para que él probara.

Heracles se acercó al mostrador e inclinando su torso superior hasta la señora, le dijo algunas frases casi inaudibles. El profesor miraba con curiosidad. Acto seguido, la señora puso su mano en el rostro del semidiós con mucho cariño, sonrió más todavía y se giró para coger una llave en la pared de atrás. Se la entregó a Heracles entre las manos y se las apretó, siempre sonriente. Heracles se lo agradeció con una pequeña reverencia. Harris los miraba atónito.

—¿Qué le has hecho? ¿Has utilizado alguno de tus poderes con ella? —Preguntó cotilla.

—No, que va. Le pedí una habitación y ella me la dio. —Contestó él con pasotismo. Le enseñó las llaves a Harris y las meneó en el aire para indicarle que debían guarecerse pronto.

Ambos subieron a la habitación. Harris fue directo al balcón. Unas altas ventanas con contraventanas de madera blanca, dejaban entrar aquella luminosidad de una tarde de primavera, aunque al abrirlas, notó rápidamente los veintiocho grados en su rostro, pero no le importó. La sensación de calor y todo el miedo que sentía por lo que iba a pasar, se desvanecieron al ver aquella increíble vista de las montañas rocosas de Kalambaka. Meteora era inmensa, inmensa hasta tocar las escasas nubes que cubrían su cumbre, parecía que los divinos ancestros las habían colocado allí de manera estratégica. En lo alto, se divisaban los seis monasterios que visitarían al día siguiente, al recordar las diferentes pruebas que debían pasar, se puso nervioso. Él no era un hombre de acción, era un hombre de libros, pergaminos, excavaciones, todo muy tranquilo y relajado. ¿Qué podría ofrecer él a los Priores? ¡Él no tenía nada de especial! A parte de la nueva noticia de que uno de sus mejores amigos era Prometeo, de que casi le mata una Drinfa y de que lleva a Heracles como escolta, sin olvidar que porta un libro sumamente peligroso, que tiene como rehén el alma de su alumna. Le dio varias vueltas a todo aquello, mientras respiraba el aire puro que descendía de las inmensas montañas rocosas.

—Tendrá que ser suficiente… —Murmuró apenado para sí mismo.

Cogió la guía con calma y con la misma calma, apartó la silla de forja negra de la mesa de desayuno del balcón. Antes de sentarse, miró hacia el interior de la habitación. Heracles ya asomaba los primeros ronquidos de un largo descanso. Su primera acción había sido espatarrarse en aquella cama de dos metros. Harris pensó en lo cansado que debía de estar tras haber venido desde tan lejos. Lo miró unos segundos y después se sentó. Con guía en mano, decidió estudiar aquella misteriosa ciudad hasta la última página. Y empezaría por los seis monasterios. Así comenzó.

—Los seis monasterios de Meteora son: Agios Stefanos, Agia Trias, Agios Nikolaos, Roussanou, Varlaam y… —Se detuvo un instante. —…Megalo Meteoro. —Miró hacia la montaña. —Allí te sacaremos Marion. ¡Aguanta, vamos a por ti!


A TODOS MIS DÉLFICOS

He estado algo malita esta semana y no he podido escribir todo lo que yo quisiera, sigo estando algo pachucha, pero intentaré subir todos los capítulos que me sean posibles. ¡No voy a dejaros sin las aventuras de Dedé!

CAPITULO NUEVE

Imagen de Comfreak en Pixabay 

¿TE ARREPIENTES?


—¡Oiga, sáqueme de aquí! —Dedé, encarcelada en la oficina del Sheriff, golpeaba los barrotes para llamar la atención de varios policías que solo se dedicaban a charlar y tomar café. —¡Les estoy hablando! ¡¿Es que no me oyen?!

Los policías detuvieron su amistosa conversación para mirar con desprecio a Dedé.

—No te esfuerces chata, no van a hacerte caso, ¡son unos capullos! —Dijo una de las presas.

Varias mujeres, con vestimenta algo provocativa, despeinadas por el maltrato de la noche y el maquillaje emborronado, compartían celda con Dedé. El ambiente en aquella jaula era demasiado cargante, entre el olor a sudor y a perfume barato, mezclado con la resignación y la falta de sexo por dinero, Dedé estaba perdiendo la calma, más bien ya la había perdido hacía un buen rato.

—¡¡No pueden encerrarme aquí!! ¡¡Tengo mis derechos!! —Continuaba golpeando los barrotes sin descanso.

—¡Chica! Será mejor que lo dejes, pasarás aquí toda la noche, guarda energías. —Le aconsejó de nuevo la prisionera.

—¡Escucha, pesada de los huevos! Haré lo que me de la gana, gritaré toda la maldita noche, tendrás que aguantarte. No me hables como a una de tus colegas de esquina, yo no soy como vosotras. —Contestó alterada.

—¡¿Cómo dices niñata?! —La presa se levantó del suelo y junto a ella todas las demás. Se acercaron a Dedé con intenciones algo violentas.

Dedé se dio cuenta de lo poco acertada que estuvo con esas palabras y se alejó dos centímetros, apoyándose en los barrotes.

—¡Eh, no quiero problemas! ¿Vale? —Levantó sus brazos a la altura de sus hombros como si estuviera frente a un atraco inminente. Las mujeres se acercaban a ella con cara de muy pocas amigas. —¡¡Guardias!! —Gritó ella.

Uno de los guardias se acercó a la celda.

—Danielle Dumont. —-El guardia abrió la puerta, haciendo un ruido tintineante con el llavero, que chocaba contra los barrotes. —Puede hacer su llamada.

—¡Oh, gracias a dios! —Dijo aliviada. Salió de la celda, no sin antes mirar a las presas con miedo. Ellas, en cambio, clavaron su mirada de batalla en Dedé.

—Siéntese aquí. —El guardia la empujó levemente en una silla fría y dura, como las de las salas de espera de un hospital. —¡Tiene dos minutos! —Dijo tajante.

Dedé vio el teléfono fijo que estaba frente a ella. Las esposas le incomodaban, le hacían daño en sus delgadas y finas muñecas. Con las dos manos apresadas, descolgó el auricular y marcó uno a uno los números.

—¡Elisa, Elisa soy Dedé!

—“¡Eh! ¿Dónde estabas?” —Contestó con voz preocupada su amiga.

—¡Oye, tienes que venir a buscarme, me han detenido!

—“¿Detenido? ¿Por qué?”

—Han creído que lo de ir a buscarte al bosque fue una broma pesada y me han metido en el calabozo. —Explicó. —¡Tienes que venir y explicarles que no era mentira, que estabas allí porque alguien te perseguía y me llamaste para que te ayudara. —Hubo un silencio, el cual a Dedé le pareció eterno. —¡Elisa! ¿Me oyes? ¡Tienes que sacarme de aquí!

—“¡Tía…! ¿Qué te has metido?” —Elisa rió. —“¡Estás fatal! Mira, si te han pillado haciendo una gamberrada de las tuyas, lo siento, pero no voy a ayudarte. ¡De esta sales tú solita!”.

—¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡Elisa, no estoy para bromas! Fui hasta el maldito bosque, me calé entera por la tormenta y me metí entre el barro y los árboles, yo sola para ir a rescatarte. ¡Así que, no me jodas y ven a sacarme de aquí! —Dedé no se esperaba que su amiga le hiciera esa jugarreta.

—“¡Ey, tranquilízate! No sé en qué movidas te has metido, pero yo no te he llamado! ¡No sé de qué me estás hablando!” —Elisa también empezaba a enfadarse, estaba harta de las aventuras de su amiga. —“Si la poli te ha pillado, se siente. A ver si así aprendes algo, tienes toda la noche para reflexionar”.

—¡No me fastidies! ¡Esta bromita tuya, te va a salir muy cara! —Contestó Dedé.

—“Lo siento, te veré mañana”.

—¡¡Elisa, ni se te ocurra colgarme!! —Su amiga colgó.

Dedé se quedó perpleja ante su actitud, no se esperaba eso de su compañera. ¿Le había engañado para gastarle una broma? ¿Cómo era posible que se hiciera la despistada ante tal situación? ¿Y ahora qué…? Dedé miró hacia su nuevo dormitorio decorado con barrotes blancos y a sus nuevas compañeras de cuarto. La miraban con ganas de bulla, preparadas para ponerle la cara como un cuadro Kandinski.

—Van a matarme… —Dijo, mientras el policía la sujetaba por el brazo y la encaminaba hacia su agitado encierro.

El profesor Harris se dirigía a toda mecha hacia la biblioteca, recorriendo los caminos cementados con pasos rápidos y gigantes. Se le notaba por sus maneras y su velocidad, que no estaba muy contento esa mañana. Llevaba una sola hoja que sujetaba con fuerza en su mano derecha, mientras se impulsaba con la mano izquierda, como un coche deportivo, que utiliza su alerón para menor resistencia al aire. Esa hoja, que se estrujaba entre sus dedos con enfado y se ondulaba con el aire, contenía los datos de solicitud de ayudante de profesorado. Al parecer, a Harris ya le había llegado la petición de Dedé para ese puesto y sabía que Marion la había rellenado desde la biblioteca, no le había hecho mucha gracia. Había impreso el formulario para que su cabreada ponencia no pudiera ser desvalorizada por las mentiras de Danielle Dumont, en resumen, para el profesor Harris eran muy importantes las pruebas, ir siempre bien documentado era un reflejo de responsabilidad y orden. De ahí su insistencia por estar rodeado siempre de libros. Pruebas y más pruebas de lo sucedido en la historia.

Cuando estaba casi en la entrada, pudo ver a varios estudiantes impacientados en la recepción. Le sorprendió gratamente que tantos alumnos hubieran tomado la decisión de llenar la biblioteca, en vez de reventar la cafetería consumiendo cervezas, infestar los baños de humo alucinógeno u orquestar los pasillos de las habitaciones con gemidos lujuriosos. Aunque al mismo tiempo le pareció insólito.

Dentro, se acercó a los estudiantes que hacían cola frente a la mesa de Marion Green.

—¿Qué ocurre aquí? —Preguntó a una alumna.

—Marion no está. Estamos esperando a que alguien nos atienda. —Respondió malhumorada.

—¡Eso es imposible, la señorita Green jamás falta a su puesto de trabajo! Siempre avisa con antelación si necesita salir por algún tema personal. —La alumna se encogió de hombros. Harris miró hacia la mesa de la bibliotecaria. —Vale yo me ocuparé de vuestras peticiones. En seguida os atiendo.

Harris se sacó su chaqueta marrón de pana desgastada con remiendos beige de ante en los codos; y se sentó en la silla para ayudar a los estudiantes.

—Vale, vamos allá, ¿qué necesitas? —Le dijo al primero de la fila.

—Me llevo estos dos y devuelvo este. —Dijo él.

El profesor cogió los libros y se posicionó frente a la pantalla del ordenador. Al observar el escritorio con las cosas de Marion, vio el misterioso y absorbente libro. Se quedó ahí mirándolo durante unos segundos. El alumno que aguardaba en la fila, empezaba a impacientarse.

—Profesor Harris, ¿se encuentra bien?

Estaba quieto como una estatua, serio, muy serio. Sabía perfectamente lo que estaba viendo y también sabía el poder que aquellas páginas contenían. Se fijó en que las cosas de Marion todavía estaban en la mesa. Su teléfono, su bolsa, sus libros de estudios.

—¡Esto es malo, muy malo! —Pronunció medio ido.

—Profesor, necesito estos libros. ¿Oiga? —El alumno llamó su atención.

—¡¿Eh?! Si, perdona… Ahora mismo os atiendo, un segundito. —Cogió el teléfono fijo que había encima de la mesa y marcó acelerado. —¡Necesito tu ayuda, es importante! …Si, en una hora… De acuerdo. —Colgó.

Harris se levantó del asiento con prisas, fue hacia una papelera del pasillo y apurado, la vació en el suelo con agitación. Los alumnos lo observaban extrañados. El profesor tenía fama de excéntrico y raro por lo que, su comportamiento no era del todo anormal. Con la papelera en la mano, volvió al escritorio y ayudándose con un bolígrafo, empujó el libro para arrastrarlo hasta el interior. Una vez dentro, dejó el bolígrafo y sacó la bolsa de la papelera. Cogió el teléfono móvil de Marion y se lo metió en el bolsillo.

—Lo siento chicos, informaré de esta situación en jefatura. Os prometo que pronto vendrá alguien para atenderos. —Los alumnos empezaron a abuchear y a resoplar. —¡Lo siento, yo tengo que irme!

Harris salió disparado, mientras los alumnos seguían con sus quejas. Con mucho cuidado, sujetaba la bolsa casi en el aire, no quería tener ningún roce con aquel ejemplar. Estaba claro que él sabía muchas cosas a cerca del libro. Sacó el teléfono móvil de Marion del bolsillo y mientras caminaba a toda prisa, de nuevo recorriendo los caminos cementados del campus, revisó la última llamada que su alumna había realizado. Y allí estaba…

—¡¿Cómo no?! ¡Danielle Dumont! ¡No podía ser de otra manera! —Dijo ladeando la cabeza hacia los lados en señal de desaprobación. Se dirigió hacia el aparcamiento. Metió la bolsa, que contenía el libro, en el maletero. Se metió en el coche, pero antes de arrancar, le dio a rellamar en el móvil de Marion. Necesitaba hablar con Danielle. Nadie contestó. Se bajó del coche de nuevo con fastidio y se dirigió hacia las residencias.

—¡Maldita sea! —Juró mirando su reloj de pulsera. Tenía mucha prisa por llegar a aquella cita que había acordado por teléfono.

Atravesó recibidores y pasillos, preguntando a varios alumnos por la ubicación del cuarto de Dedé, hasta que llegó a la misma puerta. Llamó varias veces con ímpetu, golpeándola sin intención de parar hasta que le abriesen.

—¡Señorita Dumont, soy el profesor Harris! ¡Necesito hablar con usted! ¿Señorita Dumont? —Dijo varias veces.

Elisa entreabrió la puerta. Estaba despeinada, se ponía la parte de arriba de su pijama a toda prisa, ocultándose detrás de la puerta.

—¡Profesor Harris! ¿Va todo bien? —Preguntó.

—¡Señorita Martínez! —Harris desvió la mirada hacia otro lado avergonzado por la falta de decoro de su alumna. —Necesito hablar con la señorita Dumont, ¿está ella aquí?

—No, lo siento profesor. Danielle no ha pasado aquí la noche. —Contestó.

Había alguien más, a parte de Elisa, en aquella habitación. El agua de la ducha y unos cánticos pop, modernos y masculinos, se oían desde la puerta. Era evidente que no estaba sola. —¡Oh, lo siento, he interrumpido su ejercicio matinal! —Exclamó sarcástico.

—¡Disculpe, pero eso no es asunto suyo y tampoco es asunto mío saber en qué demonios anda metida mi compañera! ¡Al menos, ya no! —Protestó Elisa ofendida.

—Perdone señorita Martínez. —Se disculpó. —Por su voz puedo apreciar que hay un tema de discordia entre ustedes, ¿ha sucedido algo?

—No, no se preocupe, tonterías de universitarios.

—Ya, bueno, pues…, es que necesito hablar con ella, ¿entiende? Es muy relevante y de suma importancia que hable con ella. —Dijo nervioso. A Elisa le extrañó mucho verlo en ese estado.

—Ya le he dicho que no sé dónde está. últimamente hace cosas muy raras, ni siquiera yo puedo seguirla. Si la encuentra, dígale de mi parte que sigo esperando una disculpa. —Dijo algo apenada.

Harris asintió apretando los labios. Elisa cerró la puerta.

El profesor salió corriendo hacia su coche con mucha prisa. Debía llegar a tiempo a aquella cita, era de vital importancia. Miraba su reloj sin parar, mientras agilizaba sus pasos.

—¡Tengo que llegar! —Se repetía a sí mismo.

Elisa, tras cerrar la puerta, se echó encima de la cama dejando caer su cuerpo como las piedras que rebotan en un lago haciendo ondas. Cogió su teléfono y revisó sus notificaciones de las redes sociales. Varias fotos, de ellas juntas, llenaban la pantalla. Sonrientes en fiestas, unidas por alegres actividades. Elisa las miraba con nostalgia. Varias lágrimas se posaron en las cuencas de sus ojos a punto de estallar.

—¿Te arrepientes? —Luke, Mike o quién quiera que fuese, salió del cuarto de baño, con el pelo mojado y poniéndose una camiseta deportiva. Miraba a Elisa desde la puerta.

Recordando, para Elisa era Luke, su dios, su amante y ahora su carcelero. Para Dedé era Mike, el joven ahogado y mutilado en lago, aunque recientemente había descubierto que su apariencia no era exactamente todo lo que escondía dentro.

—No. —Contestó Elisa algo dudosa.

Elisa había sucumbido a las manipulaciones de su dios, aunque no podía evitar sentirse una escoria por hacerle eso a su amiga.

—Recuerda, necesitamos que crean que es una persona desequilibrada, necesitamos que ella misma lo crea. Es lo mejor para ella. —Dijo él mientras se acostaba al lado de Elisa para acariciarle su espalda.

—Si, lo sé. Sé que es bueno para ella. —Dijo mirando aún las fotos de su teléfono. —Lo entiendo. —Su dios la besó en la frente.

—Ese profesor…

—¿El profesor Harris?

—Si, ¿va a ser un problema para mí? —Preguntó él.

—¡No! —Contestó Elisa con miedo. —Es inofensivo, no te preocupes, seguro que solo la busca para suspenderla en su asignatura. Es un rarito. —Elisa no quería que su dios le hiciera ningún daño a nadie más.

—Bien. —Contestó él.

Elisa continuó mirando sus fotos, tendida en la cama. Él, miraba fijamente la puerta por la que había salido el profesor Harris. No estaba muy convencido, de que aquel tímido y mal vestido hombre, no le fuera a perjudicar más adelante. Sin duda, se adelantaría a aquella situación.

¿CON QUIÉN HABRÁ QUEDADO HARRIS?

¿POR QUÉ ELISA TRAICIONA A DEDÉ?

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  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

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CAPITULO CINCO

¡ERES UN MAL BICHO!


Dedé decidió que lo mejor era quedarse con ese libro, y echarle un vistazo a todas esas páginas que estaban marcadas como interesantes. Con la hoja en la mano, inmersa en la frase, “Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”, la leía una y otra vez intentando encontrarle una explicación sencilla a por qué su amiga había hecho tales absurdos garabatos . Miró la hora en su reloj, no tenía ganas, pero debía patearse todo el campus para encontrar un tablón de anuncios y escoger esa dichosa labor obligatoria antes de que el profesor terminara su jornada laboral. Hablaría con Elisa más tarde, para comentarle lo que había encontrado.

Se dirigió al mostrador de la biblioteca. Allí estaba Marion Green, una joven estudiante que cursaba el mismo año que Dedé. Siempre con cara de pocos amigos, seria, con un semblante impenetrable, ningún chiste o gracia, existente en el mundo, cambiaba su estado físico. Para Dedé, era una chica introvertida, tímida, no muy agradable a la vista y bastante antisocial. Ella la llamaba “La espanta rollos” o la “¡Puaj!”. Su manera de vestir estaba ligada a la palabra celibato, chaquetas de punto en colores pastel, con puntillas en los bordes, faldas lisas siempre oscuras hasta la rodilla, medias de compresión anti-estéticas tanto en verano como en invierno, “zapatones” negros, muy masculinos y como complemento final, perlas, siempre perlas, en orejas, cuello y muñeca. Llevaba un corte de pelo sencillo, por debajo del mentón, ondulado y con poca gracia, castaño y sin capas, el cual recogía hacia atrás con una cinta de pelo o diadema a juego con su chaqueta abotonada. Tenía gafas de alambre redondeadas, muy a lo Elton John, pero sin clase, y detrás unos ojos negros saltones, que podían penetrarte hasta el alma.

—¡Hola Marion! —Saludó Dedé animada, aunque con poca seguridad.

—Hola, Danielle. —Contestó sin mirarla siquiera. Tenía la cabeza metida en sus labores.

—¿Me preguntaba si podrías hacerme un favor? —Aunque Dedé se esperaba una negativa, no perdía nada por intentarlo utilizando su cara angelical y su don de persuasión.

—No. —Dijo ella tajante.

—¡Venga va, enróllate! —Insistió. Marion la miró fijamente.

—Espera que lo piense… ¡No! —Se intuía, por su tono de voz, que no era muy fan de la popularidad de Dedé.

—¡Oye ya sé que no nos llevamos muy bien! Sé que casi ni nos conocemos, pero somos del mismo año, ¡colegas de uni! —Exclamó con una mueca animosa. Marion la miró sin un ápice de emoción.

—¿Qué quieres Danielle? —Preguntó sin ganas.

—Necesito un favor, ¿podrías teclear en tu ordenador y buscarme alguna actividad extraescolar de esas? —Pidió señalando el teclado con los dedos.

—¡¿Cómo dices?! —Marion frunció el ceñó y esbozó una media y minúscula sonrisa, no estaba muy segura de lo que Dedé quería decir. —¿Una actividad extraescolar, tú?

—¡Sí! ¿Qué pasa? ¿No puedo apuntarme a una? —Contestó indignada.

—El único motivo por el cual Danielle Dumont querría participar en una actividad voluntaria o “extraescolar”, como tú la llamas, es porque la han obligado. —Dijo altiva.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? Dime algo bueno que hayas hecho tú por los demás. —Dijo Marion mosqueada. A penas le dejó contestar y volvió a la carga. —Y no cuenta como altruismo organizar juergas y bacanales, sin sentido, entre semana.

—Las “juergas”, como tú las llamas, son reuniones fundamentales para liberar el estrés estudiantil. —Contestó convencida. —El hecho de que tú no nos deleites con tu presencia en ellas, no significa que sean anodinas.

—¡Vaya, me impresionas con tu fluido vocabulario! —Dijo con sarcasmo. —Aunque me impresionarías más si supieras el significado de la mitad de las palabras que sueltas por la boca. ¡Por culpa de esas fiestas, los voluntarios tenemos que recoger toda vuestra mierda al día siguiente!

—¡Nadie te obliga a ser voluntaria! —Contestó Dedé con chulería.

—¡Ya, claro que no! —Dijo Marion, negando con la cabeza demostrando desaprobación.

—¡Oye! ¿Vas a ayudarme o no? —Preguntó rotunda.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres un mal bicho!

—¡¿Perdona, qué me has llamado?! ¡¿Se puede saber por qué siempre me tratas tan mal?!

—Ya veo que tu egocéntrico intelecto no te deja ver más allá de tu perfecta nariz. ¿Acaso se te ha olvidado lo que me hiciste el primer año?

Dedé la miró pensativa, no sabía de qué estaba hablando, intentó recordar alguna interacción que hubiera tenido con Marion en el pasado.

—¡Tranquila, no estrujes demasiado tu pequeño cerebro! ¿El primer año de universidad? ¿La fiesta de bienvenida en la casa Delta Sigma?

Dedé negaba con los ojos abiertos como platos, esperando que Marion se explicara mejor.

—Te ayudé a instalarte la primera semana, dijiste que me compensarías el sábado yendo juntas al cine, ¿lo recuerdas? Estuve esperándote, en la entrada, durante más de media hora, después me enviaste un mensaje diciéndome que te quedabas en la cama porque no te encontrabas bien, me preocupé por ti y fui a tu residencia. De camino me crucé con la fiesta que habían montado los Delta, y para mi sorpresa me encontré con una tía borracha en su jardín delantero. Viniste hacia mí, sin remordimiento alguno y lo único que salió de tu boca, como excusa, fue una asquerosa y gigantesca pota mal oliente que se quedó impregnada en mis zapatos y en mi vestido nuevo.

Había olvidado aquellos días, Dedé se llevó la mano a su boca abierta de par en par para tapar su reacción, no quería ofender más a Marion y necesitaba que le hiciera el trabajo sucio. Estaba entre horrorizada por su mal comportamiento y orgullosa por su divertida e inconsciente hazaña.

—Al día siguiente hiciste como si no me conocieras delante de tus amiguitos de la fiesta. Desde aquel día me llaman “La Puaj” ¡Llevo tres malditos años aguantando ese mote de mierda! ¡Y por si fuera poco también me llaman “La potas”, “Vomitona” y el más original “Boloñesa asquerosa”! ¡Gracias por haber comido pasta aquella noche! ¡Estuve quitándome espaguetis del pelo durante una semana! —Marion estaba realmente indignada, se notaba que llevaba guardando eso mucho tiempo.

—¡Vaya, lo siento! —Dijo Dedé enseñando todos sus dientes y apretando la mandíbula.

—Ya, bueno… el mote no me lo pusiste tú, así que… —Marion miró hacia otro lado, intentando no ablandarse con la cara de compasión de Dedé.

—En realidad…

—¡¿Fuiste tú?! ¡No me lo puedo creer! —Exclamó con enfado.

—Yo solo dije “Puaj” alguna que otra vez, el resto transcurrió por sí solo. No tengo la culpa de que los demás tengan tanta imaginación… —Dedé se encogió de hombros intentando librarse del delito.

—¿Sabes qué? ¡Corrijo, no eres un mal bicho! ¡Eres lo peor, el demonio encarnado! —Se levantó, de su silla de escritorio, muy enfadada.

—Entonces, ¿no me vas a ayudar? —Preguntó restándo importancia al cabreo de Marion.

—¡Fuera! —Dijo con firmeza.

—¡Vale, vale! ¡Está bien, no hace falta que te pongas así! ¡Oye, mira, siento lo que te ha pasado, pero no les hagas caso! Tú eres más inteligente que todo eso. —La miró con pena, en el fondo se sentía mal. —Ya me voy, te dejo tranquila y… ¡Lo siento!

Dedé comprendió su cabreo, así que se marchó, no quiso atosigarla más, Marion la miró mientras se iba. Resopló, esos ojos verdes melancólicos la habían ablandado.

—¡Espera…! —Llamó su atención para que volviera. Dedé se giró con estilo. —¡Está bien, ven, te ayudaré!

—¡Gracias, gracias! —Dijo emocionada. —No quería pasarme todo el día buscando por el campus un dichoso tablón de anuncios.

—Las listas de servicios voluntarios a la comunidad del campus están automatizados.

—¡¿Eh?!

—Que puedo acceder a ellos desde el ordenador. Aunque solo los profesores o los que pertenecen a diferentes instituciones, como yo, tienen acceso. —Le explicó. Dedé puso toda su atención. —Ven hacia este lado, te lo enseñaré, coge una silla.

—¡Gracias Marion!

—¡De gracias nada, me deberás una! —Las dos se miraron, Dedé le sonrió, Marion no. —Mira, normalmente te acercas a uno de los tablones, miras las listas de actividades disponibles y escoges una. Luego te presentas ante jefatura, solicitando dicho puesto, allí te valoran y si das el perfil te aceptan.

—¿Pero no eran voluntarias?

—Si y no. Los anuncios que publican en los tablones suelen ser de baja importancia. Recoger basura, limpiar pintadas, orientador para alumnos de primer año… Todas esas son voluntarias y en todas, a no ser que seas realmente un desastre, te suelen aceptar.

—¡¿Hay voluntarios para hacer eso?! —Dijo sorprendida, con desagrado.

—Si. —Contestó Marion entornando los ojos.

—¿Por qué?

—Por que si te interesas por estas actividades y las desempeñas bien, después podrás tener acceso a otras más influyentes, estas se reflejan en tu expediente y te suman puntos para las notas finales, además tienes más opciones a la hora de buscar empleo en una buena compañía en el futuro. Actividades como: redactora del periódico de la universidad, segundo entrenador del equipo, ayudante en jefatura…

—Bibliotecaria… —Dedé le guiñó el ojo.

—Sí, eso es.

—¡Eres una pillina! ¡Mírate, consiguiendo un puesto y saltándote las normas! ¿Cómo lo hiciste? —Preguntó con picardía.

—Recogiendo basura. —Simplificó Marion seca.

—¡Am… vale! —dijo abochornada.

—No todos somos como tú Danielle, algunos luchamos duro para conseguir lo que queremos. Empecé limpiando el campus, eso me llevó a la recogida de reciclaje, después me ofrecieron colocar libros en los estantes de la biblioteca. Cuando la anterior encargada de la biblioteca se licenció y se marchó, pensaron en mí para el puesto. Y aquí estoy.

Dedé bajó la cabeza, en aquel momento se sintió estúpida, muy por debajo de Marion. Creía saberlo todo sobre los “raritos” de la universidad, pero aquella chica le estaba sorprendiendo y con ello haciendo que se avergonzara de sí misma.

—Supongo que tú te saltarás todos esos pasos.

—Supones bien, recoger basura no es lo mío.

—Vale, entraremos en el servidor y veremos el listado de puestos disponibles. —Marion meneó sus veloces dedos en el teclado del ordenador. —Estos son los que están vacantes ahora.

Dedé se acercó a la pantalla y comenzó a leer.

—Este no, este no, ¿coordinadora de pasillos?

—Sí, te dan un silbato para controlar a los estudiantes, pero nadie solicita nunca este puesto.

—¡No me extraña! Es como ponerse una diana de pringado en la espalda. — ¿Y este?

—Ayudante de profesorado… —Leyó Marion en voz alta. —Este es algo así como ser la secretaria de un profesor.

—¿Y qué tienes que hacer? —Pregunto interesada.

—Pues me imagino que, llevar su agenda cuando da conferencias, ayudar en la corrección de trabajos y tesis, programar reuniones con el alumnado. Cuando un profesor tiene excesivo trabajo, solicita a un ayudante en jefatura.

—¡Parece un buen chollo! —Exclamó emocionada.

—No creo que este “chollo” sea para ti, conlleva mucha responsabilidad y mucho trabajo.

—Dale, quiero ver qué profesores necesitan ayudantes.

—La profesora Miller, el profesor Steven, la doctora Wilson, el profesor J. Harris…

—¡¿J. Harris? —Dedé detuvo a Marion. —¡Ese es mi profesor de método!

Una estratégica idea se le vino a la mente. El profesor Harris le había castigado, el profesor Harris buscaba un ayudante. Nadie en su sano juicio querría trabajar para un profesor tan maniático, por no hablar de la ausencia de liderazgo en su personalidad y la falta de influencia entre catedráticos y doctores. Dedé sabía que los “lameculos” de los alumnos que buscaban unas buenas calificaciones y recomendaciones, no se juntarían a Harris, no era que digamos un profesor con glamour. A ella no le importaba en absoluto conseguir un puesto en una gran empresa, lo que ella quería era echarle mano a ese antiguo ejemplar, el que encontró en su despacho cuando tiró la caótica torre de libros.

—Pues lleva unos cuatro meses buscando ayudante. Danielle, no creo que sea buena idea, nadie quiere trabajar con él. El año pasado diez estudiantes respondieron a su solicitud y duraron menos de una semana. Creo que ese tipo no es fácil de llevar.

—¿No decías que yo escogía la vía fácil? ¡Apúntame! —Contestó decidida.

—¡Estás zumbada! Cómo quieras, yo te he avisado.

—¿Ahora qué? —Preguntó impaciente.

—El profesor Harris recibirá tu solicitud y responderá con un rechazado o un aprobado. Te llamarán de jefatura con el resultado y si es un sí, tendrás que presentarte en el despacho del profesor ese mismo día.

—¡Perfecto! ¡Gracias, Marion! —Dedé, impulsiva, besó la frente de su nueva “amiga”. Marion se echó hacia atrás demostrando rechazo.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marion señalando el libro de Elisa.

—Mi amiga se dejó sus apuntes en la mesa y se los he recogido para llevárselos.

Marion entrecerró los ojos para fijarse un poco más en la cubierta antigua del libro. Se quedó mirándolo, raramente hechizada, durante unos instantes.

—¡¿Qué es lo que miras tan interesada?!

—Ese libro…

—¡Perdona, no sabía que Elisa tuviera que devolver el libro a la biblioteca! Si quieres te lo dejo aquí. —Se disculpó ella.

—¡No! ¿Qué? No es eso. Ese libro ni si quiera es de aquí. ¿Puedo verlo? —Estiró la mano para recibirlo.

—Si, claro. —Dedé lo cogió y se lo dio.

—¡Este libro no es de aquí! —Marion lo tocaba y acariciaba con adoración en sus pupilas y puro amor en las manos. Estaba totalmente embelesada, rozando cada esquina y grabado de aquellas tapas. A Dedé le resultó extraño su comportamiento.

—Ya…, eso ya lo has dicho… ¡¿por qué eres tan “rarita”?! —La miraba pasmada. La forma que tenía de palpar aquel viejo ejemplar parecía casi sexual.

—¡No, no lo entiendes…! ¡Te digo que no es de aquí! ¡No es de este mundo!

—¡¿Qué?!

¿DE DÓNDE VENDRÁ ESE LIBRO?

¿CONSEGUIRÁ DEDÉ EL PUESTO DE AYUDANTE?

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CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

CAPITULO DIECINUEVE

CAPITULO DIECINUEVE
Harris y Heracles comienzan su camino hacia los monasterios de Meteora. Durante su travesía Harris aprenderá mucho sobre los dioses, pero sufrirán un ataque inesperado y su vida penderá de un hilo.

CAPITULO DIECIOCHO

CAPITULO DIECIOCHO
Dedé tendrá que tomar una decisión que le acercará un poco más a George, pero también les alejará para siempre.

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CAPITULO CUATRO

¡Elisa…!


—¡Pase! —El profesor Harris invitó a entrar a quién había tocado en su puerta.

Dedé la abrió despacio y entró.

—¡Vaya, no la esperaba tan pronto señorita Dumont! —Se puso nervioso colocando su escritorio desarreglado.

Documentos y multitud de libros apilados formaban indefinidas columnas tambaleantes y desordenadas. Era un cuartucho minúsculo, con apenas sitio para moverse, todos aquellos papeles y manuscritos antiguos ocupaban las paredes y el suelo de la habitación. Dedé caminó hacia el escritorio, tropezando con una de esas filas de libros.

—¡Tenga cuidado por favor, eso es muy valioso! —Le advirtió el profesor.

—¡Lo tiene todo tirado, aquí no se puede pasar! —Exclamó ella.

—Tranquila, yo le indico, ponga un pie ahí y otro ahí. —Harris señalaba a su alumna cómo adentrarse entre aquella jungla editorial. —Bien, ahora avance y ponga otro pie ahí. ¡No, no se apoye en esa fila! —Dedé hacía malabares para mantener el equilibrio. —Vale, muy bien, ahora solo tiene que mover su pie izquierdo hacia aquí y ya está, ¿¡a que es divertido!?

—No. —Contestó ella sin gracia. —Debería limpiar esto un poco, lo tiene todo patas arriba.

—Bueno, señorita Dumont, es solo la visión de una estudiante, no todo tiene que ser rosa y de purpurina. —Dijo casi para sí mismo.

Dedé, malhumorada y haciendo caso omiso a ese comentario, se sentó delicadamente en la silla vieja que había frente al escritorio. Quería tener una conversación amistosa para ganarse su aprobado, empezar con una disputa no era lo mejor para conseguirlo. Harris continuaba inquieto, apartando trastos de la mesa para poder tener una visión clara de su alumna.

—¡Vale, ya podemos empezar! —Dijo él con energía.

Dedé miró a su alrededor, aquel lugar era sombrío, olía a una mezcla entre polvo y viejo. Su cara de asco daba a entender que no era un sitio agradable ni cómodo. Serían las doce del medio día, en la calle brillaba el sol y una disimulada brisa placentera se deslizaba por el aire, pero allí, en el despacho del profesor Harris, ni siquiera un rayo de luz se atrevía a traspasar aquellas cortinas venecianas medio rotas y sucias. Solo una pequeña lámpara encendida daba una tenue claridad a toda la habitación.

El profesor se dio cuenta de que Dedé miraba con desaprobación la falta de luz. Se levantó algo patoso con la intención de solucionarlo.

—Espere, yo lo arreglo. —Fue hacia la cuadrada ventana y tiró del hilo de la persiana con fuerza para subir sus láminas metálicas hacia arriba, pero su ímpetu hizo que ésta se partiera y cayera por completo hacia el suelo.

Toda la claridad entró de golpe. El profesor se tapó los ojos, posicionando su brazo ante su cara, cual vampiro, la intensa luminosidad cegó su rostro unos segundos. Se notaba que no le gustaba demasiado el exterior, era fanático de los lugares cerrados y oscuros, estaba acostumbrado a encontrar reliquias de libros en sótanos, túneles y excavaciones. Se sentía a salvo y a gusto en su pequeño mundo.

—¿Mejor? —Preguntó él resuelto, disimulando la torpeza. Aunque no consiguió que la cara de su alumna mejorara.

—¿Podemos empezar? —Preguntó ella con voz de mandato.

—Si, claro. —Harris se sentó de nuevo en su cubículo. —Vale, señorita Dumont, estamos hoy aquí porque usted ha faltado en numerosas ocasiones durante todo el curso, así que podemos hablar de ello y llegar al fondo del problema. —El profesor se dio cuenta de que su alumna estaba distraída y no prestaba demasiada atención a sus palabras.

Dedé miraba sin parar hacia su bolsa, ahí tenía el anillo guardado. Temerosa de que aquello se pusiera a moverse o a brillar otra vez, lo vigilaba intranquila. Estaba nerviosa, movía sus rodillas arriba y abajo, como un tic molesto, mordía sus uñas sin descanso apretando con fuerza sus dientes sobre las cutículas de sus finos dedos.

—Cuénteme entonces, ¿tiene algún motivo creíble e importante por el cual usted ha faltado a mis clases? —Harris buscaba la mirada de Dedé para que le prestara atención, pero ella tenía la vista fijada en su mochila. Al no recibir una respuesta, el profesor carraspeó con fuerza a propósito.

Dedé se dio cuenta de la intención del profesor y puso todo su interés en él.

—¿Y bien? —Preguntó él.

—¿Y bien qué? —No había escuchado nada de lo que le había dicho.

—¡Señorita Dumont, me temo que voy a tener que suspenderla si no veo ni un atisbo de afecto hacia mi asignatura!

—¡No, por favor no puede suspenderme! —Le rogó ella. —Tengo que aprobar este curso. ¡Usted no lo entiende, me juego mucho!

—Pues no, no lo entiendo. No entiendo que diga que se está jugando mucho y después se tome a broma su carrera y su futuro. ¿Cree de verdad que no sabemos todos los profesores qué tipo de vida lleva en el campus? —Harris estaba enfadado, pero al ver que Dedé agachaba la cabeza con tristeza se ablandó. —Haremos una cosa… hará trabajos forzados para el recinto, no me importan cuales sean, pero tendrá que ayudar a esta institución de manera voluntaria. Digamos que será como una compensación por la infinidad de celebraciones y festejos clandestinos, poco educativos, que se han llevado a cabo bajo su mandato. —Dedé resopló desconforme. —¡Lo siento, pero tiene que aportar a este lugar algo más que etanol bebible y substancias alucinógenas! Podrá apuntarse a la lista de colaboraciones en los tablones de anuncios.

Dedé se dejó caer con desgana en el respaldo del asiento que crujió como si se fuera a partir.

—Cuando haga su selección de tareas voluntarias, volveremos a vernos y yo decidiré si su elección es lo suficientemente buena como para compensar su castigo.

—Vale, está bien. —Dijo resoplando y poco convencida. —¿Algo más?

Harris se sorprendió al ver que ella no refutaba ni rechazaba su propuesta.

—Si, necesito ver que tiene interés por sus clases. No quiero enterarme de que se ausenta ni una vez más. —miraba a su alumna esperando una contradicción. —¡¿No va a intentar persuadirme?!

—No. —Contestó ella, solo quería salir corriendo de allí. —Usted tiene razón y yo no, fin de la discusión. ¿Puedo irme ya?

—Sí, claro… —El profesor Harris se quedó cortado, no se esperaba esa obediencia por parte de su alumna. Ella lo había manipulado en muchas ocasiones y se había salido con la suya siempre.

Dedé se levantó recogiendo su bandolera con delicadeza, procuraba que el anillo no se “despertara” otra vez, no sería el mejor momento para ello. Harris la miraba de arriba abajo, observando sus movimientos, intentando descifrar su nuevo y extraño comportamiento. Dedé quería salir lo más rápido posible, pero el laberinto de libros hasta la puerta, se lo impedía.

—Señorita Dumont. —Harris la llamó antes de que se fuera, ella se giró para mirarle y con el borde de su bandolera arrasó una de las torres de libros, ésta se cayó y se esparció por el suelo. —¡No! —El profesor se echó la mano a la cabeza.

—¡Uy, lo siento! —Exclamó encogiéndose de hombros. —Lo colocaré. —Se agachó tirando otra pila a su espalda.

—¡Déjelo, no importa! Ya lo hago yo. —Harris se puso nervioso.

—No, yo lo hago, no se preocupe. —El profesor miraba cómo su alumna trataba los libros y documentos con poco cariño, lo que le exasperaba aún más. —¡Déjelo, de verdad, ya lo hago yo!

Dedé recogía cada libro y papel apilándolos de nuevo y mezclándolos todos sin fijarse en cuál sería su orden. Entre todos ellos, encontró uno que le llamó especialmente la atención. “El poder astral”. Lo poco que ella sabía de la palabra astral era lo que había visto en películas o en series de televisión, pero enseguida lo relacionó con lo que le había sucedido hacía tan solo media hora. ¿Y si allí encontraba alguna respuesta? Necesitaba leer ese libro y encontrar algo que le indicara que no estaba loca. Lo cogió entre sus manos, hipnotizada por sus gruesas tapas y sus fantásticos grabados se decidió a meterlo en su mochila.

—¡¿Qué está haciendo?! —Le regañó Harris.

—¡Perdone! ¿Puedo llevarme este libro para leerlo? —Preguntó ella coqueta.

—Am… no, lo siento señorita Dumont, pero esta es mi colección privada, me temo que este tipo de ejemplares no están al alcance de todos. —Se explicó él cogiéndolo como un tesoro. —Son muy delicados y jamás deben salir de aquí. —Trataba el libro como si fuera un recién nacido entre sus brazos.

—Ya, entiendo… Bueno, gracias profesor Harris, volveré cuando tenga decidida la actividad “voluntaria!. —Dijo ella sarcástica.

Los dos se miraron y asintiendo con la cabeza se despidieron.

Elisa se había ido a la biblioteca a estudiar para el examen que tendría al día siguiente. A diferencia de Dedé, ella estaba muy agobiada con todas las asignaturas y a diferencia de su amiga, a ella le costaba horrores retener información en su memoria, para prepararse para una prueba necesitaba varios días y horas de intensa concentración. Era algo que le fastidiaba enormemente, su amiga Dedé podía estar de fiesta en fiesta, de lunes a lunes, y sin embargo aprobar todas las asignaturas, ella no, ella tenía que dedicarle noches, fines de semana y prepararse a conciencia. Así que allí estaba, entre enciclopedias y carpetas, hojas en blanco y hojas anotadas. A Elisa le gustaba estar a solas mientras hincaba los codos en la mesa, no podía distraerse, por lo que su sitio favorito era al final de la biblioteca, entre varios estantes olvidados, repletos de manuales sobre maquinaria, electrónica, recetas de cocina, aquella zona a penas era transitada por ningún alumno, los tomos olvidados, nunca consultados.

Estaba completamente sumergida en su estudio cuando alguien la llamó

— ¡Elisa…! — Era la voz de un joven que la susurraba entre los estantes de su izquierda. —Elisa…

—¡¿Qué…?! — Contestó ella molesta.

—¡Ven!

—¡Oye, ahora no puedo, tengo que seguir estudiando! —Respondió con firmeza.

—Ven, será un momento. —Insistió el chico que se ocultaba entre los libros.

Elisa se levantó de mala gana y fue hacia él. Hacia los estantes oscuros del final.

—¿Qué quieres? —Preguntó.

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Si… ¿Contento? —

—¡Mucho! — El joven acarició su rostro y apartó un mechón de su cara. —Cuéntame, ¿qué ha pasado?

—Creo que la “bromita” esa no le ha gustado nada, ha sido excesiva. ¡Se le está yendo literalmente la olla!

—No te preocupes, es solo una novatada, no tiene importancia. —Contestó él.

—Ya, pero te has pasado con lo del anillo. ¡El profesor Harris quiere suspender su asignatura! —Elisa estaba preocupada por su amiga.

—¡Shhh…! — El joven puso un dedo en su boca para que dejara de hablar. —¡Tranquila! ¿No dices que a ella le encanta jugársela a los demás? Le vendrá bien un pequeño escarmiento. —Dijo él, meloso, mientras besaba su cuello despacio.

—¡Para! —Elisa lo apartó juguetona. —¡Nos van a ver! —Se rió.

—¿Crees que podrás hacerme otro favor? —preguntó el joven.

—¡¿Qué quieres ahora?!

—Necesito que esté sola, es una chica muy popular y rara vez está a solas, ¿puedes encontrar la manera de solucionarlo? —Su voz era seductora, penetrante, suave y muy dulce.

Ella dudó unos instantes, no le parecía buena idea, algo le olía mal.

—Elisa… —dijo él mientras la acariciaba de nuevo el rostro, recorriendo el contorno de su suave cara con sus dedos. Ella estaba cegada por esa voz, por ese rostro de entre las sombras que la excitaba cada vez que la rozaba con sus manos, que la estimulaba cada vez que pronunciaba su nombre.— ¿Podrás hacerlo?

—Por ti haría lo que fuera, ya lo sabes, ¿pero qué vas hacer? —preguntó inquieta.

—Tranquila… no sufrirá ningún daño, te lo prometo, solo será un pequeño susto de nada. ¿Estás de acuerdo? —Esa voz podría llevarla al abismo y ella iría sonriendo.

—Cuando termine todo esto de asustar a Dedé, esta infantil broma, ¿me llevarás contigo a tu mundo? —preguntó ella inocente y coqueta.

—¡Claro! ¡Eres mi chica preciosa! ¿recuerdas? ¿Qué es un dios sin su diosa? —Dijo el cautivador.

—¡Está bien! —Elisa sonrió emocionada. —Pero tienes que darme unos días, te avisaré cuando esté todo previsto. ¡Vamos, ahora vete, tengo que estudiar! —Lo empujó traviesa.

El joven la sujetó entre sus brazos, agarrándola por la cintura con fuerza, la puso contra su pecho y la besó intenso. Se soltaron sus cuerpos y el chico seductor desapareció.

Ella volvió a su asiento aún encandilada por la suave piel que había rozado sus mejillas y por los varoniles labios que la habían besado de forma tan pasional. Dejó sus fantasías a un lado y continuó sumergida en sus libros.

De pronto, una mano se posó en su hombro.

—¡Que no puedo Luke, tengo que estudiar! —Dijo Elisa.

—¡¿Luke?! ¡¿Quien es Luke?! —Dedé se sorprendió al escuchar la reacción de su amiga.

—¡Dedé! ¡¿Qué haces aquí?! —Elisa estaba sonrojada.

—¿Vas a decirme quién es ese misterioso Luke? —preguntó con picardía.

—No es nadie, un “rollito” de esos, ya sabes… —Elisa intentaba restarle importancia.

—Ya, ya… —Dedé investigaba a su amiga con la mirada. — ¡Oye! ¿Qué haces luego?

—Estudiar, ¿por?

—Tengo que buscar una actividad “voluntaria” tipo trabajos forzados y no tengo ni idea de por dónde empezar.—Contó desganada.

—Pues vas a los tablones de anuncios que hay por toda la “uni” y escoges uno. —Contestó Elisa sin dejar de mirar sus apuntes.

—Ya, pero si mi amiga me acompaña no tengo que hacerlo sola… —Dedé la miró con pucheros.

—¡Dedé, no es tan difícil! ¡Vas, escoges uno y ya está! —El tono de Elisa era un poco agresivo.

—¡Ey, vale, vale! ¡Perdóneme usted la vida! —Dedé levantó los brazos a modo de atraco.

—¡Es que siempre es lo mismo, tienes un problema y hay que dejarlo todo para ayudarte a ti! ¿Me has preguntado que tal me va a mi? ¡Tengo un examen mañana, mejor dicho, tenemos un examen mañana! ¡¿A caso has estudiado?! ¡No, seguro que no, pero no importa por que llegarás lo harás y sacarás un cinco o un seis raspado! ¡Si embargo yo sacaré lo mismo que tú, pero habiéndole dedicado muchas más horas!

—¡¿Pero qué te pasa?! ¿Qué culpa tengo yo de que se me queden bien las cosas? —Contestó Dedé poco interesada en esa conversación.

—¡Por dios Dedé, no te das cuenta de nada! —Elisa arrastró la silla con fuerza hacia atrás y se levantó. —¡A veces me pones enferma! —Se marchó enfadada.

Dedé se quedó perpleja al ver la reacción de su amiga.

—¡¡¿Tienes la regla?!! —Preguntó ella dando un grito a su amiga que se marchaba por el pasillo.

—¡¡Vete a la mierda!! —Contestó Elisa gritando, levantando su dedo corazón a modo de insulto.

—Eso es un sí. —Dijo Dedé para sí misma. —¡Te dejas los apuntes! —Intentó avisar a su amiga aunque ya no estaba.

Empezó a recoger las cosas de Elisa y las fue metiendo en la bolsa de su amiga, mientras pensaba en qué podía haberle pasado y porqué se había puesto así con ella. Colocando las cosas en la mochila de Elisa, Dedé sacó un libro con el título de “Dioses”, lo abrió extrañada y pudo ver varias páginas marcadas como importantes en él. Entre ellas, un papel sobresalía por un lateral, lo sacó y vio una frase muy extraña y perturbadora escrita del puño y letra de Elisa.

“Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”

Estaba escrita una y otra vez por toda la hoja. Dedé se inquietó al verla.

—¿¡En qué mierdas estas metida Elisa?!

¿Descubrirá Dedé lo que le pasa a Elisa?

¿Quién es ese misterioso Luke?

NO OS PERDÁIS EL CAPITULO 5

¡HASTA EL VIERNES LECTORES!

  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

CAPITULO DOS

DEDÉ


Danielle se despertó de forma brusca, agitada y sudorosa, en la oscuridad de su dormitorio compartido. La pesadilla había sido tan real, casi como si hubiera estado allí. Todavía podía sentir en su propia piel los desgarros que había sufrido aquel chico en sus sueños. Se estremeció al recordarlo. Los olores de las flores y el sonido del curso del agua retumbaban en su cabeza.

Posó su mano en el corazón, el cual latía fuera de control. Sacó su móvil, palpando con la mano por debajo de la almohada y miró la hora, eran las cuatro de la mañana, resopló agobiada. Una escasa claridad entraba por la pequeña ventana de la habitación, todavía era de madrugada, pero las luces exteriores del campus, aclaraban una pizca su visión. Se miró las manos, temblaban como flanes encima de una centrifugadora.

—¡Joder, tengo que dejar las drogas! —Sujetó su cabeza con las manos entre las piernas, su pelo estaba húmedo.

Algo se movía entre las sombras, entre risas susurrantes y movimientos de sábanas, Danielle se fijó en que su compañera de cuarto se había saltado las normas y tenía una cita bastante divertida y jadeante. Cogió uno de sus cojines y lo lanzó con fuerza hacia los tortolitos.

—¡Auch! —Protestó su compañera. —¡Dedé! ¡¿Qué coño haces?

—¡Dejad de hacer ruido, guarros! —Contestó ella bromeando.

—¡Duérmete tía! —Le regañó su amiga.

Danielle sonrió pícara y se volvió a recostar. Apoyó de nuevo su cabeza en la almohada, miró involuntariamente hacia la mesilla, había algo brillante que ella no reconocía. Lo cogió para verlo más de cerca, era un anillo de oro con un sello, una cruz roja y dos iniciales, “KA”. Dudó por unos instantes intentando ubicar ese objeto en su memoria, pensó que seguramente sería del chico nocturno de su compañera, así que se levantó y de pies puntillas lo dejó en la mesilla de su amiga. Volvió a la cama, sigilosa y se durmió.

Danielle Dumont estudiaba en la Universidad de Jacksonville, cursaba su tercer año con calificaciones bastante altas. Sus especialidades eran la danza y las artes escénicas, motivo por el cual había escogido esa institución para sus estudios. Jacksonville, o “JU” como lo llamaban sus estudiantes, tenía un buen programa de Bellas artes y Danielle siempre había soñado con ser coreógrafa o una reconocida directora de teatro en el circuito de Broadway. Le encantaba el ballet, la ópera, los giros dramáticos y todo lo relacionado con los cuerpos en movimiento representando sentimientos. Compartía habitación con Elisa, se conocieron el primer año, congeniaron estupendamente y desde entonces fueron inseparables.

Danielle Dumont, era conocida como “Dedé”, apodo que le había otorgado Elisa y que se extendió como la pólvora, no sólo por su pintoresco mote, si no también por la popularidad que se había labrado estos tres años. Dedé tenía fama de fiestera sin límites, una rebelde empedernida, sin miedo a probar o experimentar situaciones y substancias de todo tipo. Intrépida y siempre optimista, era el alma de todas las fiestas. Tenía un carácter muy fuerte, no se dejaba pisotear por nadie, sin embargo, en muchas ocasiones había sido ella la apisonadora, manipulaba a su antojo a las personas de su alrededor con el fin de conseguir siempre lo que se propusiera. Profesores, estudiantes y sobre todo chicos, caían en sus redes, si alguien o algo se le resistía, ella recurría al chantaje, utilizando las debilidades de los demás a su favor. Se le daba muy bien humillar a los demás o usar su larga melena negra y sus ojos verdes como arma de destrucción para hombres. Ella sabía perfectamente la belleza que poseía, con los años había aprendido a sacarle partido. Dedé tenía un cuerpo escultural, sus exuberantes curvas llamaban la atención cada vez que se decidía por un vestido ajustado o unos vaqueros con una simple camiseta. Para ella todo en su vida era perfecto, buenos amigos, estudios deseados, chicos enamoradizos, fiestas a las que siempre era invitada… Todo marchaba como Dedé quería. Al menos en apariencia… si profundizábamos más en su interior, podríamos descubrir secretos que jamás confesaría en voz alta. En verdad estaba incompleta, se sentía realmente sola, sufría en silencio su pasado y ciertas cosas de su presente que mantenía ocultas, debía hacerlo, por su bien, por su popularidad y estatus, nadie debía saberlos.

Danielle Dumont era de Nantes, Francia, ciudad de Leonardo Da Vinci y Julio Verne,por lo que no era de extrañar que Dedé se interesara por lo artístico, a pesar de que le habían prohibido estrictamente amar todo lo relacionado con esos temas. Pertenecía a una familia inflexible y severa que seguía fielmente la doctrina ortodoxa, con normas tradicionales y cristianas, algo que ella jamás había aceptado.

Se despertó con la luz del sol entrando por la ventana, cegando sus preciosos ojos. Su amiga Elisa le había devuelto el golpe de la almohada para que se levantara de una vez.

—¡Venga dormilona! Levántate o no llegarás a clase de método. —Dijo Elisa después de su lanzamiento de cojín.

Dedé se estiró hasta que las yemas de sus dedos hicieron tope en la pared. Las sábanas de su cama se habían caído al suelo, signos de una noche algo movida.

—¿Qué hora es? —Preguntó ella aún somnolienta.

—¡Muy tarde! —Respondió Elisa mientras se vestía, torpemente y con prisas, por toda la habitación. —¡Vamos, no quiero tener que cubrirte otra vez!

—No tienes porqué… —dijo levantándose de un salto de la cama. Se dirigió hacia el espejo rectangular de cuerpo entero que estaba colgado a su derecha y mientras se recogía su larga melena en una coleta, se explicó presumida. —¡Tengo al profesor Harris comiendo de la palma de mi mano! Cuando acabe el semestre tendré matrícula de honor. —Dedé sonrió traviesa sin dejar de mirar su reflejo.

—¡Eres un zorrón! —Elisa le siguió la picardía dándole una palmada en el trasero a su amiga.

—¡No! ¡No es lo que crees! Es muy fácil menear mis pestañas y sacarle provecho a Harris, es un hombre solitario y con baja autoestima. Si vistiera mejor seguro que más de una estaría rellenando sus libros con su nombre. El pobre no sabe que los chalecos de lana se usaban en la prehistoria para avivar el fuego.

Elisa soltó una carcajada y ambas rieron.

—¡Oye! ¿Te has acostado con algún “Kappa” de otra “uni”? ¡No me lo habías dicho! —Dijo Elisa.

—¡¿Qué?! No, ¿por qué? —A Dedé le sorprendió su pregunta.

Elisa se acercó y le mostró el anillo.

—¿Esto no es de alguna de tus conquistas?

—No, lo encontré anoche en mi mesilla, creí que era de tu amante fogoso de ayer…

—¿Por qué iba a ser de él si estaba en tu mesilla? —Preguntó Elisa.

Dedé se encogió de hombros.

—Pues no es mío… —Cogió el anillo entre sus dedos y lo revisó por todos lados. Se fijó de nuevo en los grabados de la cruz y de las letras “KA”.

—Además, el chico de ayer, no es universitario. Se llama Ron, creo… ¿o era Ryan? —Elisa se quedó pensativa. —¡Qué más da, no creo que vuelva a verlo, es un poco plasta! Lo conocí ayer en el centro comercial, es agente inmobiliario. ¿Sabes que conoce a un montón de famosos? Al parecer una de las casas que intenta vender es de un director reconocido en Hollywood. Intenté sacarle el nombre con mis encantos, pero no soltó prenda. —Contaba Elisa mientras reorganizaba sus cosas por el cuarto. Dedé la escuchaba sin prestar mucha atención, seguía observando el anillo, intentando recordar porqué le resultaba tan familiar.

—¡Oye! ¿Por qué me has preguntado si me he acostado con un Kappa de otra universidad? —Preguntó Dedé.

—Pues porque ese anillo es de un “Kappa”. —Se acercó de nuevo a su amiga. —Mira, “KA”, Kappa. —Señaló. —Mi padre tenía uno igual pero con diferente insignia. Tiene que ser de otra “uni”.

—¡¿De cuál?! —Preguntó Dedé confusa.

—Vete a saber, últimamente hemos tenido bastantes fiestas… —Elisa miró el anillo una vez más. —Aunque me conozco todos los escudos de las universidades de por aquí y esta no me suena de nada. Seguramente sea de otro estado.

—¡¿Y qué hace aquí un anillo de otro estado?! —Exclamó Dedé.

—¡Y yo qué sé! Algún estudiante de aquí se habrá traído a algún colega de fuera. —Elisa encogió los hombros.

Dedé se quedó pensativa, todo aquello le parecía muy extraño.

—Bueno, yo me piro. ¿Te vienes? —Elisa cogió su chaqueta y con los libros en la mano abrió la puerta para salir.

—Si, ahora voy, tengo que arreglarme.

—Ok, después nos vemos. —Iba a salir hasta que Dedé la frenó.

—¡Eli! No deberías descartar tan pronto al agente inmobiliario, puede que al final sea beneficioso. —Aconsejó a su amiga dando a entender que en el fondo la había escuchado.

—¡Tú eres la experta! —Le guiñó el ojo y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Dedé dejó el anillo donde lo había encontrado, cogió una toalla de su armario y se metió en el baño. Le gustaba escuchar música mientras se duchaba, así que encendió la radio matutina, en aquel momento sonaba “Héroes” de David Bowie, una canción que a Dedé le levantaba el ánimo. Abrió el grifo y el agua empezó a salir con fuerza por la alcachofa, mientras ella se quitaba la ropa, el vaho acaparaba poco a poco el espejo del lavabo. Se recogió su larga coleta en un moño despeinado muy favorecedor y se metió dentro. Se frotaba su cuerpo con una esponja natural llena de jabón con olor a lavanda y cantaba los pedazos de estrofas que sí se sabía de la canción. Meneando las caderas al son, Dedé tenía poca prisa por hacer acto de presencia en su clase de método.

La canción se paró casi hacia el final, el locutor y presentador del programa quería dar las últimas noticias.

—“¡Buenos días Florida, estado del sol! ¿Cómo te has levantado hoy? Espero que mejor que Arizona. Al parecer, ayer, uno de los alumnos de Northern desapareció durante una excursión a las Islas Griegas. ¡Dicen que en misteriosas circunstancias! ¿Seguro…? ¿Han mirado en los bares? ¡Bueno, esperemos que aparezca pronto y pueda seguir haciendo de las suyas con su hermandad en “Kappa!” Y continuamos con nuevas noticias de nuestro queridísimo gobernador, que nos trae nuevas actividades durante las próximas vacaciones de…”

Dedé cogió la toalla que había colgado previamente en la mampara y salió de la ducha como un cohete al escuchar la noticia de la radio. Se quedó petrificada al oír que un chico de Arizona había desaparecido en las islas Griegas. ¡Había soñado esa misma noche con ese terrible suceso! Esa pesadilla que la despertó sudorosa y agitada a las cuatro de la madrugada, la que le aceleró el corazón de tal manera que casi se le había salido por la boca, un sueño tan horrible y tan real…

Pensó que quizás solo era una coincidencia, que quizás lo había oído o visto en alguna parte la tarde anterior. Seguía mirando la radio fijamente, paralizada, mientras el locutor continuaba con sus noticias del día, esperando que ese antiguo transistor le diera alguna respuesta más concreta. Un hormigueo le recorrió el cuerpo, su imaginación le hizo pensar que quizás tenía alguna habilidad psíquica oculta, se lo creyó durante unos segundos, meneó la cabeza negándoselo a sí misma y después reaccionó.

—¡No, es imposible! —Limpió el vaho del espejo con otra toalla más pequeña y se soltó el moño, con un cepillo se repasó el pelo hasta quedar satisfecha con su imagen. Se acercó para verse más de cerca. —Tengo que ir a hacerme un peeling. —dijo tocándose la barbilla.

Tras vestirse con unas mallas de deporte muy ajustadas, un top que sujetaba sus pechos de forma turgente y calzarse unas zapatillas de deporte, Dedé cogió una sudadera y su bolsa bandolera de piel negra, en ella metió sus apuntes y varios libros de estudio. Estaba preparada, por fin, para asistir a su siguiente clase. Se dispuso a salir por la puerta y cuando iba a marcharse, el anillo con el sello que había dejado en su mesilla, comenzó a brillar de forma muy intensa. Dedé se giró y vio cómo el objeto desprendía un halo de luz cegador y penetrante, lo miró perpleja y algo asustada, pensó que la mezcla de drogas, alcohol y relajantes musculares del día anterior, no habían sido muy buena idea.

Se acercó hacia la mesilla muy despacio, dando pasos lentos y premeditados, la luz era cada vez más fuerte y dorada, como el mismo sol. A cada paso que daba, Dedé se preguntaba si era buena idea estar allí ella sola, frente a esa situación, y además acercarse a lo que parecía bastante peligroso, pero algo imperceptible la empujaba, casi de manera involuntaria, como un enorme imán seductor atrayendo su cuerpo. Cuando estuvo a pocos centímetros de él, éste dejó de brillar y empezó a temblar y rebotar con fuerza por toda la mesilla. Nerviosa estiró su mano y con rapidez cogió el anillo, encerrándolo con fuerza dentro de su palma. Sin pensarlo y sin mirarlo, lo metió dentro de su bolsa como si tratara de encarcelar a un ser maligno. Tenía la cara descompuesta, el cuerpo tembloroso, no daba crédito a lo que había sucedido.

—¡Pero qué cojones…! —Dijo Dedé para sí misma.

Sin duda algo extraño y misterioso había llegado a su, aparentemente, vida perfecta.

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