CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR


Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían unos pequeños santos como símbolo de protección y bienvenida.

Los dos estaban completamente mojados, la tormenta continuaba con su insistente lucha, necesitaba atraparlos como fuese. Heracles golpeó la puerta tres veces, pero nadie contestó. Ambos miraban hacia el exterior del porche, los rayos caían con más intensidad en las escaleras. Heracles golpeó de nuevo y de nuevo sin contestación.

—¡Abran, por favor! —Gritó Harris impaciente.

—¡Shhh! —Le señaló el semidiós. —No debemos irrumpir en su tranquilidad.

—¡¿Tranquilidad?! ¡Acaso no se dan cuenta de la tormenta que hay aquí fuera! —Contestó el profesor algo molesto.

—Esto es un santuario, lo que significa que está en suelo sagrado. ¡Usted no lo entiende! Tras esta puerta, ellos viven una realidad totalmente distinta.

—¡¿Y qué vamos a hacer, quedarnos aquí plantados mientras el malhumorado de tu padre quiere matarnos?!

—Tenga paciencia, profesor. Ellos deben sentir nuestra presencia, si no nos calmamos, no nos abrirán. Debemos estar en la misma sintonía. —Dijo Heracles intentando tranquilizar a Harris. Se colocó frente a él, cogió sus manos y juntó sus palmas. —Respire, relájese. Olvídese de la tormenta, piense en este lugar como lo que es, un paraíso. La tormenta no es real, no en su mente. Cierre los ojos y respire profundamente.

Harris hizo caso a las indicaciones del semidiós, aunque le costaba olvidarse de aquellos estruendosos sonidos que estaban haciendo añicos las escaleras del porche. Cerró sus ojos y respiró hondo.

—Dígame, ¿qué es lo que oye? —Preguntó Heracles.

—Nada, no oigo nada. —Contestó él encogiendo los hombros.

—Exacto, nada.

El profesor no se dio cuenta, pero el escándalo de la tormenta había cesado.

—¿Eso qué significa? —Preguntó aún con los ojos cerrados.

—Siga escuchando. —Le indicó Heracles.

—¡Oigo pájaros! ¡¡Están cantando!! —Harris abrió sus ojos y lo que antes era un jardín oscurecido por la tempestad, con sus adornos y plantas destrozadas, se convirtió en un bello lugar, lleno de arbustos floridos con mariposas y abejas revoloteando. El sol volvía a brillar e iluminaba aquel pequeño paraíso de árboles frutales y aves multicolor.

No hacía calor, ya no se derretían bajo los treinta grados, ni estaban mojados. El profesor se tocó el cuerpo y el pelo asombrado. Todavía era escéptico ante aquello.

—¡Estoy seco! ¡Estamos secos! —Dijo sorprendido. —¡Ya no hay relámpagos ni lluvia! —Se asomó hacia el límite del porche para apreciar aquel prodigioso jardín. —¡Esto es…! —Se había quedado sin palabras. Con la boca totalmente abierta y maravillado, dio otro paso más hacia las escaleras.

—Profesor… —Heracles lo llamó para que no se alejara.

Harris no atendió a su llamada y avanzó. Justo cuando pisó con su pie el primer escalón, cuando parte de su cuerpo dejó de estar bajo el porche… La tormenta volvió con la misma furia que antes.

—¡¡Profesor, no!! —Gritó Heracles estirando su brazo para tirar de él.

¡Demasiado tarde Heracles! A Harris le atravesó un rayo fulminante desde el pecho hasta los pies. Fue tan rápido que el semidiós no pudo hacer nada. Harris cayó como si le hubieran puesto plomo en las rodillas.

—¡¡¡Profesor!!! —Heracles fue hacia él tan rápido como pudo y antes de que el cuerpo, arrodillado, de Harris se desplomara del todo, lo sujetó por debajo de los brazos y lo arrastró hacia el porche. —¡¡¿Profesor, me oye?!! —Golpeaba su cara inconsciente para despertarlo. —¡¡No puede morir ahora, profesor, por favor!! ¡¡¡Despierte!!! —Le gritó.

Entonces, las puertas del monasterio se abrieron despacio, con su sonido chirriante por la madera envejecida. Tras ellas, una brillante luz se abría camino, iluminándolos a los dos. Heracles, agachado frente al cuerpo sin vida del profesor, miró hacia el interior. La luz se hizo cegadora, se tapó la cara con el brazo para evitarla y en segundos todos se volvió blanco, tan blanco como un destello celestial. Heracles y Harris desaparecieron del porche y las puertas se cerraron de golpe.


Vestida con un mono de trabajo gris, Dedé caminaba en fila india por un pasillo frío, lleno de barrotes laterales, lleno de celdas que guardaban a las peores asesinas del estado. La penitenciaría Coleman, era una de las cárceles de máxima seguridad, allí había pandilleras, asesinas, narcotraficantes, lo mejorcito de cada casa.

Con una sábana y una manta en las manos, Dedé hacía cola para que le asignaran una habitación de cinco estrellas en ese pedazo de hotel. Las vigilantes era bastante brutas, no tenían ningún reparo en dar empujones y en hablar mal a las presas. Viendo aquella actitud, Dedé se dio cuenta de que la estancia no iba a ser nada tranquila.

—¡Dumont! —La vigilante la agarró por el brazo y con un impulso la metió dentro de la siguiente celda. —Esta es la tuya.

Dedé la miró desafiante, cosa que no debió hacer si quería ganarse el corazón de su carcelera. Además, era una mujer enorme, fuerte y con cara de pocos amigos, tenía un carácter agrio, por lo que encontrar su corazón no iba a ser nada fácil. Llevaba un moño repeinado y tenía el pelo amarillo, de ese amarillo pollo que se te queda cuando te tiñes en casa tú misma. Por su mal genio y su pelo se podía saber que no tenía tiempo ni de ir a la peluquería, seguramente por la cantidad de horas extras que echaba en aquel trabajo, lo que derivaba a su agresividad.

—¡¿Tienes algún problema, presa?! —Le dijo la mujer respondiendo al desafio.

—No. —Contestó Dedé seca.

—Bien, por que no querrás buscarte problemas el primer día.

—Ya tengo problemas. —Le dijo ella. La vigilante se echó a reír.

—¿Que ya tienes problemas? Querida, no sabes la que se te viene encima. Aquí vas a ser un caramelito. —Avisó burlona. —Estas son las normas: nada de aparatos electrónicos, nada de armas artesanales y por supuesto, nada de teléfonos móviles. —Dedé hizo un gesto encogiendo sus hombros y elevando las manos, dando a entender de que ella no podría conseguir nada de eso. —¡Te sorprenderá lo fácil que es conseguir,aquí, todas esas cosas! —Le dijo ella.

—¡Carly, despierta, tienes compañía! —La vigilante se acercó a la litera de arriba y dio unos golpes con la mano en la estructura de metal. La chica que ocupaba la cama superior, estaba de espaldas, arrinconada contra la pared. No se movió. —Es algo tímida. —Le explicó a Dedé.

Dedé vió la chapa identificadora que llevaba la vigilante.

—Wilson, ¿cuándo podré hacer una llamada? —Le preguntó.

—¡Oye, niña, para ti soy Sire! Aquí las presas nos llaman así, es una muestro de respeto y miedo. —Se acercó a Dedé con aires de superioridad. —Espero que te acostumbres rápido o acabarás más muerta que la cucarachas de la cocina. —La miró de arriba a abajo con desprecio y se marchó cerrando la “jaula”.

Dedé miró hacia la litera de arriba, pero aquella chica, llamada Carly, no se movió ni un poco. Dejó la sábana y la manta encima de la cama y se sentó. Observó aquel minúsculo cuarto de paredes enladrilladas y blancas, con algunas zonas donde la pintura estaba descascarillada. Solo un retrete, a la vista de todas, solo un escritorio enano y dos taquillas algo oxidadas. Cerró los ojos y respiró hondo, dos lágrimas descendieron por su cara en absoluto silencio.

—La primera noche siempre se llora. Pareces fuerte, te acostumbrarás. —De pronto, la chica de la cama superior, habló y con un impulso, saltó hacia abajo. —Soy Carly. —Le tendió la mano como saludo.

—Yo soy Danielle, pero todos me llaman Dedé. —Ella respondió al saludo.

—Te llamaré Dumont. —Dijo Carly. —¿Cuánto te ha caído?

—Quince años.

—¡Vaya! ¡¿Qué has hecho?! —Preguntó sorprendida. —¡¿Has matado a alguien o qué?! —Dijo riendo.

—Sí, exacto. —Contestó seca. Carly se quedó cortada.

—¡Oh, joder! —Dijo impresionada. —¿A tu novio o algo así?

—No. A mi mejor amiga.

—¡Uf! —Carly estaba algo preocupada por su vida.

—¡Tranquila, soy bastante pacífica! —Dedé no quería que su nueva compañera tuviera miedo de ella.

—Ya, bueno… Tener una mala reputación, aquí, es lo que te permite vivir, así que mientras a mí no me hagas daño, ¡qué más da que crean que eres agresiva! Es lo único que tienes ahora mismo a tu favor. ¡Créeme!

—¿Y tú por qué estás aquí? —Preguntó Dedé.

—Nada importante.

—¿No me lo vas a contar? Yo te lo he contado.

—Robo a mano armada. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—¿Y qué robaste? —Preguntó Dedé curiosa.

—Un bolso de Prada. —Dijo ella.

Dedé la miró y no pudo evitar reírse a carcajadas. Carly se animó un poco más y ya no sintió vergüenza. Ambas reían juntas.

—Vamos a llevarnos bien. —Dijo Dedé entre risas.

—Sí, eso creo. —Contestó Carly.



CAPITULO DIECIOCHO

DESEOS DE MAIZAL


Dedé vio cómo la puerta se abría a cámara lenta, con la impotencia de estar esposada, no podría ayudar a George si a ese asesino se le venía en gana hacerle daño. Mientras, Apolo la miraba con maldad y gozo, recreándose en su incertidumbre. Sonreía vilmente.

George entró con dos vasos de cartón en la mano, uno para ella y otro para él, estaba claro que Apolo tenía razón y que su intención era la de compartir un reconfortante café caliente para limar asperezas y seguir con un interrogatorio más amistoso. George miró a Dedé con cariño y esperanza. Dedé le devolvió la mirada asustada, su cabeza parecía un partido de tenis, pelota para Apolo, pelota para George.

—He pensado que podíamos tomarnos un café, tranquilos. —Se acercó a ella y le puso el vaso en la mesa. Aún no había visto a Apolo, allí, sentado en su silla, tan tranquilo y con sonrisa diabólica. —Siento mi reacción de antes y siento haberte hecho sentirte tan mal. ¿Podemos volver a empezar?

Dedé lo miraba desde abajo con ojos suplicantes, quería gritarle que se fuera de allí, que escapara, que estaba en peligro, pero no pudo y no supo el porqué. Temía el momento en que George se girara para volver a su asiento y viera a aquel maldito asesino. Él entendió su mirada como una aceptación de la disculpa así que se giró y se dirigió a su asiento. Dedé apretaba con fuerza aquella argolla de hierro que la tenía atrapada, esperando la reacción de su, ahora, querido policía. Pero no pasó nada, para George, allí no había nadie más que ellos dos. Ella miró a Apolo sin comprender y Apolo seguía sonriendo, sin apartar la vista de ella. George se sentó, atravesando el cuerpo de aquel Dios asesino, como si fuera un espejismo. El Dios desapareció y Dedé sintió confusión y cierto alivio. Miró, obsesiva, toda la habitación, buscándolo, como si una mosca molesta revoloteara sobre su cabeza.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó George al ver que ella vigilaba toda la habitación inquieta. —¿Qué ocurre?

—Nada, yo… —No sabía qué responder, para ella su locura iba en aumento, había muchas cosas que no podía explicarle a George sin parecer una persona demente.

—Hablemos de otra cosa, no hace falta hablar de este tema si no quieres, puedo esperar. Hasta que te sientas mejor. —Dijo comprensivo. A él le mataba verla en ese estado.

—Claro, sí. ¿De qué quieres hablar? —Seguía nerviosa, continuaba mirándolo todo y George movía su cabeza buscando su atención.

Apolo apareció de nuevo justo a su lado, se agachó para llegar a su oído.

—Sigo aquí, mi Pitia. —Le susurró.

Dedé dio un brinco en el asiento. Abrió sus ojos asustados que miraron a George de nuevo con miedo.

—¡¿No puede verte?! ¿Por qué no puede verte? —Preguntó desconcertada. Apolo negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—¿Qué pasa Danielle?

Dedé respiró entrecortado, con el cuerpo erguido por tanta tensión.

—Díselo Danielle, dile que estoy aquí. —Le incitó Apolo.

—¡No! —Contestó ella.

—¿No qué? —Preguntó George confuso.

—Que… no pasa nada. —Dedé intentó arreglar la situación.

El vaso de café seguía frente a ella, desprendía un humo tranquilizador, lo que significaba que estaba recién hecho y perfecto para recuperar la compostura con un trago. Intentó alcanzarlo con la mano, pero Apolo se adelantó y lo cogió. Dedé se dio cuenta de que para George ese café estaría flotando en el aire sin que nadie lo tocase, así que se apuró en detener a Apolo, pero la torpe rapidez hizo que, sin querer, lo derramara por toda la mesa.

—¡Tranquila, no te preocupes! —George se levantó y fue hacia ella. —¿Te has quemado?

—No, estoy bien. Perdona, soy una torpe. —Respondió ella.

—Espera, iré a por algo para limpiar esto. —Salió de la sala cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto George estuvo fuera de la habitación, Dedé se giró hacia Apolo muy enfadada.

—¿Qué es lo que intentas? —Le preguntó frunciendo el ceño.

—Ya lo sabes, quiero que vengas conmigo.

—¡Jamás! —Le gritó. —Yo no seré tu juguete personal.

—No lo entiendes, no sabes de qué estás hablando. —Le contestó él apartando su pelo de la cara con suavidad.

—¡Pues explícamelo!

—No puedo. —Apolo se incorporó y caminó de nuevo por el cuarto. —Tienes que verlo por ti misma y aceptar tu destino.

—¡¿Pero de qué destino me hablas?! —Preguntó alterada.

Apolo se acercó a ella con brío, apoyó, con fuerza, sus manos en la mesa. Dedé se impresionó de nuevo al ver esos grandes ojos morados que brillaban con más intensidad.

—¡¡Tu poder!! —Le dijo.

—¡¿Qué poder?! ¡Yo no tengo ningún poder! —Contestó cansada de sus misterios.

—Tú eres la perfecta herramienta y la clave para conseguir un futuro mejor. ¡Tú y yo, lograremos que el mundo, que todos los mundos sean nuestros! —Dijo emocionado y ansioso.

—¡Estás loco! ¿Quieres dominar el mundo? ¿En serio me ha tocado el típico villano? —Contestó ella con sarcasmo. La indiferencia de Dedé molestó a Apolo.

—¡Tú solo díselo! —Se enfureció. —Dile que estoy aquí contigo.

—No, no lo haré. Creerá que estoy loca y me encerrarán como tú dijiste.

—¡Díselo, o haré que te arrepientas! Lo destriparé como hice con tu amiga; y lo haré delante de ti. A mí él no me importa y lo mejor de todo es que ni sabrá por donde le vienen las cuchilladas.

George entró de nuevo en la sala con un trapo en la mano.

—¡Ya está! —Con la bayeta húmeda limpió los restos de café de la mesa frente a Dedé. —Espero que no te hayas quemado.

Dedé miraba cómo George limpiaba con tanto cariño, lo miraba detenidamente. El uniforme le sentaba tan bien… y aún podía apreciar en su presencia el olor a pradera y a trigo. ¡Cuánto deseaba estar, en ese momento, allí con él! Pensó en lo absurda que había sido por haberlo descartado de su vida tan rápido. En ese momento solo deseaba pasear con él entre maizales, juntos de la mano, bajo el sol de la tarde como dos enamorados. Tenía deseos de él, tenía deseos de maizal.

Se dio cuenta de que era un chico muy atractivo, pero quizás por su bondad y su posición social, no había destacado para el resto de las chicas del campus, ni para ella. Su pelo negro, con algunas sensuales canas tempranas, tenía un corte que terminaba en una pequeña cresta ladeada, llevaba patillas bien perfiladas, finas, pocos chicos de su edad podían llevar ese look tan bien como él. Tampoco se había percatado de sus ojos, las pestañas más densas que había visto jamás y lo más increíble… Él también era mago, como su abuelo. Sus ojos grises y azules, verdes y amarillos, le hicieron darse cuenta de que su corazón palpitaba fuerte cerca de él. Repasó toda su postura, desde el lunar de su cuello tostado hasta esas manos de dedos cortos, pero manos firmes y fuertes. Sus pulgares tenían un movimiento especial, estaban más separados de lo normal, eran hiperlaxos, lo que le pareció encantador. George era de estatura media, un poco más alto que ella. Pensó que su metro sesenta y nueve era perfecto para dar largos paseos y abrazos interminables. Lo miró como quien mira la foto de un ser querido al que ya no verá más.

—¡Díselo! —Le gritó Apolo al oído, despertándola de su perfecta visión de George.

—No puedo… —Sollozó ella. Sabía que si le contaba eso a George lo perdería para siempre. Él la vería con otros ojos y la daría por perdida del todo.

—¿Que has dicho? —Preguntó George.

Apolo se posicionó justo detrás de él y mirando a Dedé, sacó una daga con puñal de oro. Se la enseñó, quería demostrarle que iba en serio. Dedé respiró tan hondo y fuerte que sus lágrimas salieron a borbotones.

—¡Danielle! ¿Qué te pasa? ¡Por favor, dime qué te pasa! —Suplicó él. —¡Sé que hay algo de lo que tienes miedo, lo intuyo! Puedo ver en tus ojos que algo te está bloqueando, pero puedes confiar en mí. —George se acercó a ella y la miró con ternura.

Dedé se inclinó hacia él todo lo que pudo y besó sus labios una vez, despacio y con suavidad. Quería disfrutar de ese momento hasta que se lo arrebataran. Y con sus caras a milímetros de distancia, Dedé apoyó su frente contra la suya y cerró los ojos, pensando en cómo soltarle aquella tortura.

—Van a suspenderme por esto. —Dijo George sin separar su frente de la de ella. Sonrió. —Pero no me importa, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Dedé dejaba que las lágrimas siguieran corriendo por sus mejillas. Aquella declaración de sentimientos le complicaba aún más salvarle la vida y separarse de él del todo.

—George… —Susurró ella en sus labios.

—Dime, Danielle. —Respondió él con otro susurro.

—Fui yo.

—¡¿Qué?! —Se apartó unos centímetros de ella y la miró dudoso.

—Yo maté a Elisa.

¡Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY!

NOS VEMOS EL LUNES CON EL NÚMERO 19

BUEN FIN DE SEMANA MIS QUERIDOS DÉLFICOS



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CAPITULO CATORCE

MEGALO METEORO


Mientras Dedé retorcía aquel pomo de la puerta, con ganas de pelea y se planteaba una seria discusión con Elisa, nuestros héroes y valientes, Harris y Heracles se adentraban en el pueblo de Kalambaka. La temperatura en aquella zona era de unos treinta grados, algo muy inusual, puesto que su clima siempre estaba bastante equilibrado, no solían superar los veinte grados en plena primavera. Heracles salió del tren cuando las puertas se abrieron, Harris seguía sus pasos sin perderle de vista, con el miedo por mochila, no estaba del todo mentalizado para enfrentarse a otro ser tan horrible como la Drinfa.

—¡Oh, oh! —Exclamó el semidios mirando hacia el cielo.

—Oh, oh, ¿qué? —Preguntó Harris temeroso.

—Hace demasiado calor aquí. —Contestó misterioso.

—¿Y? ¿Cuál es le problema? ¿Eso interfiere en tus poderes? ¿Estamos en peligro? ¡¿Se acerca el fin del mundo?! —Harris disparaba preguntas como balas. Estaba muy nervioso.

—¡Eh, eh, tranquilo profesor! —Le dijo apretando sus hombros. —Respire hondo. —Ambos respiraron al unísono. —Usted está conmigo, no le pasará nada, ¿de acuerdo? Yo no voy a permitirlo. —Le calmó y con una sonrisa final, perfecta y pícara, hizo que Harris relajara su cuerpo. —Así me gusta profesor. —Dio un “golpecito” a Harris en el hombro, que de nuevo lo descompuso y siguió andando mientras se explicaba. —La temperatura elevada solo significa una cosa. —Se detuvo con aires de grandeza y se giró para mirar al profesor que le seguía como si llevara un remolque. —Hay demasiada concentración de seres aquí, los que seguramente nos estén buscando para arrancarnos el libro de nuestras manos muertas. —Los ojos del profesor se abrieron como ventanas al infinito. —¡Estaremos preparados! —De nuevo colocó sus brazos en las caderas y sacó pecho, como si posara para la portada de una revista. —¡No podrán con nosotros!

Harris lo contempló anonadado, desde luego era un semidiós en toda regla, algo ególatra y dramático, no dudaba de su fuerza, eso era evidente, lo que más temía de él era su falta de inteligencia y sus ansias de aparentar heroísmo. Harris negó con la cabeza.

—Hable por usted, yo estoy acojonado. —Siguió caminando hacia la salida de la estación. Heracles le siguió apresurando sus pasos.

—Profesor, ¡no me diga que le tiene miedo a las hadas de la naturaleza! ¡Son insignificantes!

—¿Insignificantes? Te recuerdo que una casi me mata, y no era lo que digamos un hada de esas que salen en los cuentos infantiles.

—Eso es porque los humanos os creéis todo lo que os cuentan otros humanos, con algo de imaginación.

Salieron hacia el exterior. Frente a ellos había una carretera principal que atravesaba en horizontal y otra calle que subía hacia arriba en perpendicular, donde al final se podían divisar las montañas de Meteora. Ya desde allí la inmensa montaña, formada por grandes rocas, te hacía sentir que eras diminuto en el mundo. Era un pueblo pequeño, con poco movimiento de gente, quizás el calor había hecho que los habitantes se quedaran en sus casas. Predominaba el color níveo, las casas estaban hechas con un blanco impoluto y con unas tejas anaranjadas, aunque con el paso de los años algunas se habían ido tiñendo de marrón. Aparentemente todo estaba tranquilo, con poco tráfico y poca circulación peatonal, pero los grados seguían subiendo y como muy bien había dicho Heracles, la temperatura normal de Kalambaka era de veinte grados.

—Debemos encontrar una guarida donde establecerse para esta noche. —Dijo Heracles con voz de mandato.

—¡Si todavía son las tres de la tarde!

—Cierto. Demasiado tarde. —Heracles fruncía el ceño mientras vigilaba todo a su alrededor.

—Podemos coger un autobús. —Harris sacó una pequeña guía del bolsillo interior de su chaqueta. —Creo que por aquí pasa uno que nos lleva hasta el camino hacia el monasterio.

—¿Esas monstruosidades de cuatro ruedas que tienen forma de pepino? —Preguntó Heracles.

—Sí, creo que sí. —Harris estaba sorprendido por su falta de vocabulario.

—¿Esos extraños cacharros que siempre van repletos de humanos?

—¡Sí! —Exclamó Harris con pesadez. —Se llaman autobuses.

—Profesor… —Heracles se acercó a él. —¿Quiere usted que nada más llegar nos ataquen veinte Drinfas dentro de ese autobús? —Hizo una pausa sin dejar de mirar fijamente a Harris. —No, ya veo que no. —Se apartó y se adelantó unos pasos observándolo todo.

—Bueno, creo que también podemos alquilar un coche. —Harris volvió a revisar la guía. —En la guía pone que hay varias empresas por aquí cerca.

Heracles se acercó y le arrancó el libro de entre sus manos. Le echó un vistazo poco convencido y después miró a Harris algo enfadado.

—Profesor, debemos ser cautos. ¿Quiere ir a una de esas empresas que usted dice y que nos atienda otra Drinfa? ¿O que una legión entera nos esté esperando?

—No, claro que no. —Harris se echó hacia atrás y tragó saliva con dificultad, no quería otro empujón amistoso del semidiós. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo penetrantes que podían ser aquellos ojos tan azules, ni de lo persuasivo que podía ser, con solo lucir aquel prominente cuello tan cerca de él.

—Bien, entonces lo haremos a mi manera. —Se separó una vez más de Harris. —Además, los priores verán en nuestros pies descalzos la falta de respeto.

—¿Qué quieres decir con pies descalzos?

—Para que el gran Abad nos reciba en el último monasterio, debemos hacer una ofrenda de sacrificio. Lo que significa que debemos hacer la senda descalzos.

—¡¿Hasta allí arriba?! —Harris señaló con el dedo hacia dónde se encontraba la montaña.

—Exactamente. —Heracles miró aquella gigantesca roca con emoción. —Hay seis monasterios a los que debemos asistir y demostrar respeto. En cada uno de ellos viven grandes sabios. Deberemos presentarnos como humildes servidores y superar sus encomiendas.

—¡¿Nos harán pruebas?! —Al profesor empezaba a superarle todo aquello.

—¿Qué esperaba? ¿Llegar allí, saludar, sacar a su alumna y partir tan tranquilos?

—¡¿No te parece suficiente el hecho de que nos persigan seres que quieren matarme?! —Protestó él.

Heracles miró a Harris como a un pequeño cervatillo, como si delante de él tuviera a un precioso gatito haciendo monerías; y empezó a soltar carcajadas. —Es usted muy gracioso profesor.

Harris lo miró boquiabierto, sin comprender qué era lo que le había hecho tanta gracia.

—Sigamos, busquemos un lugar de cobijo para esta noche. La caminata debe hacerse al alba. —Caminó hacia adelante sin un rumbo fijo, dirigido solo por su instinto, como si el viento le fuera a indicar la dirección.

—Creo que en esa guía… —Harris señaló, con ironía, la mano de Heracles que aún portaba el libro que le había arrancado antes con determinación. —…podremos encontrar más rápido un “cobijo” como tú lo llamas. —Con orgullo, Heracles le lanzó la guía a Harris que la recibió con algo de dificultad.

Después de dar algunas vueltas por el precioso pueblo de Kalambaka, llegaron al Kiakis Hotel. En la recepción, una mujer, pequeña y mayor, esperaba sonriente para atenderles. Harris se acercó al extraño mostrador fabricado con madera y granito. Era alargado, grotesco y bastante alto, lo que le dejaba poca visibilidad a la bajita recepcionista, la cual asomaba la cabeza estirando su cuello al máximo.

—¡Buenas tardes, señora! —Saludó el profesor con educación. La mujer continuaba sonriendo e hizo un gesto de aprobación con la cabeza, lo que le indicó a Harris que posiblemente no entendiera su idioma. —Queríamos una habitación, si es usted tan amable. —De nuevo movía la cabeza de arriba a abajo, siempre sonriente. —¿Habla usted mi idioma? —Preguntó él vocalizando todo lo posible. —Y otra vez el gesto de aprobación y la sonrisa inquebrantable. Heracles se acercó al profesor.

—Creo que esta anciana no se está enterando de nada profesor. —Le dijo susurrándole al oído.

—Si, ya me he dado cuenta. —Contestó picajoso. —¡¡Señora, nosotros, americanos!! ¡¡Nosotros, queremos, habitación!! —Harris se esforzaba alzando la voz y haciendo señas con las manos.

—¡Profesor, no creo que sea sorda! —Se burló Heracles. Harris le miró de reojo.

—¡Ya lo sé, puedes intentarlo tú si quieres! —Harris se apartó haciéndole un gesto para que él probara.

Heracles se acercó al mostrador e inclinando su torso superior hasta la señora, le dijo algunas frases casi inaudibles. El profesor miraba con curiosidad. Acto seguido, la señora puso su mano en el rostro del semidiós con mucho cariño, sonrió más todavía y se giró para coger una llave en la pared de atrás. Se la entregó a Heracles entre las manos y se las apretó, siempre sonriente. Heracles se lo agradeció con una pequeña reverencia. Harris los miraba atónito.

—¿Qué le has hecho? ¿Has utilizado alguno de tus poderes con ella? —Preguntó cotilla.

—No, que va. Le pedí una habitación y ella me la dio. —Contestó él con pasotismo. Le enseñó las llaves a Harris y las meneó en el aire para indicarle que debían guarecerse pronto.

Ambos subieron a la habitación. Harris fue directo al balcón. Unas altas ventanas con contraventanas de madera blanca, dejaban entrar aquella luminosidad de una tarde de primavera, aunque al abrirlas, notó rápidamente los veintiocho grados en su rostro, pero no le importó. La sensación de calor y todo el miedo que sentía por lo que iba a pasar, se desvanecieron al ver aquella increíble vista de las montañas rocosas de Kalambaka. Meteora era inmensa, inmensa hasta tocar las escasas nubes que cubrían su cumbre, parecía que los divinos ancestros las habían colocado allí de manera estratégica. En lo alto, se divisaban los seis monasterios que visitarían al día siguiente, al recordar las diferentes pruebas que debían pasar, se puso nervioso. Él no era un hombre de acción, era un hombre de libros, pergaminos, excavaciones, todo muy tranquilo y relajado. ¿Qué podría ofrecer él a los Priores? ¡Él no tenía nada de especial! A parte de la nueva noticia de que uno de sus mejores amigos era Prometeo, de que casi le mata una Drinfa y de que lleva a Heracles como escolta, sin olvidar que porta un libro sumamente peligroso, que tiene como rehén el alma de su alumna. Le dio varias vueltas a todo aquello, mientras respiraba el aire puro que descendía de las inmensas montañas rocosas.

—Tendrá que ser suficiente… —Murmuró apenado para sí mismo.

Cogió la guía con calma y con la misma calma, apartó la silla de forja negra de la mesa de desayuno del balcón. Antes de sentarse, miró hacia el interior de la habitación. Heracles ya asomaba los primeros ronquidos de un largo descanso. Su primera acción había sido espatarrarse en aquella cama de dos metros. Harris pensó en lo cansado que debía de estar tras haber venido desde tan lejos. Lo miró unos segundos y después se sentó. Con guía en mano, decidió estudiar aquella misteriosa ciudad hasta la última página. Y empezaría por los seis monasterios. Así comenzó.

—Los seis monasterios de Meteora son: Agios Stefanos, Agia Trias, Agios Nikolaos, Roussanou, Varlaam y… —Se detuvo un instante. —…Megalo Meteoro. —Miró hacia la montaña. —Allí te sacaremos Marion. ¡Aguanta, vamos a por ti!


A TODOS MIS DÉLFICOS

He estado algo malita esta semana y no he podido escribir todo lo que yo quisiera, sigo estando algo pachucha, pero intentaré subir todos los capítulos que me sean posibles. ¡No voy a dejaros sin las aventuras de Dedé!

CAPITULO TRECE

BISAGRAS OXIDADAS


Volvió a sentir en su nariz aquel olor a cereal recién cortado, a hierba seca y a maíz, incluso en las papilas gustativas de su lengua pudo percibir que había regresado de aquel llameante viaje. A Dedé le costó coger aire de nuevo, su pecho estaba oprimido por el calor de aquellas llamas, respiraba agitada, nerviosa, sus rodillas se meneaban sin control haciéndole perder toda la fuerza de sus piernas. Estaba de nuevo sentada en aquella destartalada camioneta. En sus manos todavía tenía aquella cadena, apretaba con fuerza aquel corazón partido, aún caliente. Intentó recomponerse al ver que George volvía hacia el coche. Sonriente y con aires de ganador, George estaba feliz por poder llevar a Dedé al hospital. Abrió la puerta con dificultad, las bisagras oxidadas hicieron un ruido molesto que asustó a Dedé más de lo que ya estaba. De un brinco, George se sentó en el asiento.

—Te he traído algo para comer, sé que en la comisaría no dan lo que se dice manjares. Estarás hambrienta. —Miró a Dedé y se dio cuenta de que algo pasaba. —¿Te encuentras bien? ¡Estás muy pálida! —Vio que sus piernas no dejaban de moverse, tiritaban como si una ola de frío la hubiera recorrido entera. La cadena de su madre sobresalía entre sus dedos. George miró su retrovisor buscándola, pero allí no estaba. De nuevo, miró las manos de Dedé sin comprender. —Hum… Ese es el colgante de… —

—De tu madre, Roxanne… —Le cortó ella.

—Sí… ¿Cómo…?

—¿Qué cómo lo sé? —Le cortó sin dejar que terminara la pregunta. Ella lo miró fijamente, con los ojos vidriosos a punto de estallar. Se encogió de hombros y miró sus manos que guardaban, bien apretadas, aquel recuerdo. Puso su desconsolada mirada azul en George de nuevo, con enormes lágrimas de terror. —¡No lo sé! ¡No sé qué me está pasando! —Se derrumbó.

—¡Eh, tranquila! —George se acercó despacio a ella, posando sus manos en sus hombros para intentar reconfortarla. —¿Qué sucede? Puedes contármelo.

—No, no puedo… — Dijo agachando la cabeza. —Últimamente me están pasando cosas extrañas y no consigo entender el por qué. Creo que me estoy volviendo loca.

—No digas eso, seguro que, lo que sea que te esté pasando, tiene alguna explicación. A mí puedes contármelo. —Acercó más su postura hacia ella, quería demostrarle confianza.

—No lo entenderías. —Dijo Dedé mirándolo suplicante.

—Prueba.

Dedé cogió aire, llenó sus pulmones de oxígeno y de valor para poder soltar las frases correctas, sin saber la reacción de aquel nuevo amigo, se aventuró. Si no le creía, no perdía realmente nada, si le creía, tendría un apoyo muy necesario. Así que comenzó por el principio, con el primer sueño, el primer viaje. La muerte de Mike se la detalló con pelos y señales, continuó con el anillo, con la magia que desprendía de él. Después le contó la existencia de un libro extraño, un libro al que le brillaban las letras grabadas de su portada. George abría sus ojos atónito, a medida que Dedé avanzaba en su historia, él solo podía alucinar más a cada segundo. Para terminar le contó lo que había pasado en el bosque cuando Elisa la había llamado pidiendo ayuda, lo de aquel hombre extraño con la cara de Mike, el Mike que había muerto en sus sueños.

—¡Espera! —George la detuvo. —¿Estás diciendo que el chaval que viste en tus sueños y que se supone que estaba muerto, se te apareció en el bosque? —Preguntó incrédulo.

—Sí. —Contestó Dedé con decisión. Continuó. —Me dijo algo así como que yo era su… pita o su pitia… no sé, no lo recuerdo muy bien.

—Ya… entiendo. —La cara sorprendida de George se convertía en decepción. Desde el primer momento en que vio a Dedé, supo que se enamoraría de ella. Ahora, aquella chica, había perdido totalmente la cabeza.

—¡Sé que no me crees! —Contestó Dedé. George arqueó sus cejas y ladeó la cabeza hacia un lado. —Sé que es difícil de creer, por eso te digo que me estoy volviendo loca.

—¡No digas eso! —Él posó su mano en las de ella, que se entrelazaban en su regazo con fuerza. —Estoy seguro de que hay una explicación para todo eso. Es posible que hayas pasado mucho estrés últimamente o que no hayas descansado bien. Creo que lo que necesitas es dormir un poco. ¡Ya verás cómo mañana todo lo ves de otra manera! —Exclamó positivo.

—Claro… —Contestó poco convencida, entornando sus ojos. Abrió sus manos y miró el corazón. Pensó, durante unos segundos, en si contarle o no a George lo que había vivido con su madre. Contarle lo del accidente.

—Si no quieres ir al hospital, puedo acercarte a tu residencia para que descanses, pero mañana deberías ir para que te miren esos golpes.—Dedé asintió con tristeza. George la miró con compasión una última vez y giró las llaves del contacto para arrancar aquella sonora y vieja camioneta. Salió de la gasolinera haciendo un giro y se incorporó a la carretera.

—George.

—Dime. —Contestó él sin perder de vista el camino.

Dedé colocó muy despacio el colgante donde estaba, lo dejó con mucho cariño por detrás del espejo retrovisor. Lo miró unos segundos con nostalgia y de nuevo se fijó en su nuevo amigo granjero.

—¿Cómo conseguiste el colgante? —Preguntó ella.

—Como tú bien has dicho, era de mi madre. —Dijo algo incómodo.

—Sí, lo sé, ¿pero cómo? ¿Quién te lo dio? —Dedé estaba haciendo preguntas extrañas para él.

—¿Qué quieres decir? —La miró por un segundo, nervioso. Se le notaba que no quería hablar del tema. Mirando de nuevo hacia la carretera contestó. —Mi madre murió en un accidente cuando yo era pequeño y alguien de la policía se lo entregó a mi padre. Para consolarme, él me lo dio a mí.

—Pero tu madre murió abrasada en una explosión, ¿cómo es posible que el collar sobreviviera a aquel incendio?

George frenó la camioneta en seco, lo que hizo que Dedé casi se estampara contra el salpicadero. Fue un frenazo violento, un frenazo enfadado. Los coches que circulaban detrás le pitaron, lo adelantaron gritándole por la ventanilla, sacando su puño hacia fuera. La camioneta continuaba parada en plena circulación y él seguía sujeto al volante respirando con rapidez, mirando hacia delante, quieto, muy quieto. Dedé lo miró tímida, nerviosa. George no dijo ni una palabra durante varios segundos, unos instantes que parecieron interminables para ella.

—¿George? —Dijo ella en un intento por que reaccionara.

—¿Cómo sabes tú eso? —Estaba tan dolido que ni siquiera podía mirarla a la cara.

—Yo…

—¡¿Es algún tipo de broma macabra?! —La miró lleno de ira. —¡¿No has tenido suficiente?!

—¡¿Qué?! ¿A qué te refieres?

—¿Con quién has hecho la apuesta? ¿Con tus colegas de la universidad? —Estaba muy alterado. Dedé lo miraba asustada. —¿Pensasteis que sería divertido reírse del policía novato?

—¡Pero qué estás diciendo! ¡George no es ninguna broma, te lo juro! —En su voz se notaba su desesperación por ser creída.

—Sabes, no es muy difícil saber mi pasado, solo tienes que entrar en el registro o en la hemeroteca para saber sobre la vida de alguien, ¡Felicidades Danielle Dumont, has cumplido tu apuesta! ¡Puedes decirles a tus amigos que conseguiste tu propósito!

—¡No, George, no es lo que crees! —Ella intentó acercarse a él.

—¡Bájate de mi coche! —Contestó cortante.

—¿Qué? ¡No, George, en serio! —Dedé posó su mano en el brazo de su amigo. Él la apartó haciendo un gesto brusco.

—¡He dicho que te bajes de mi coche! —Estaba realmente enfadado. Decepcionado.

Dedé se bajó despacio, con lágrimas en los ojos, cerró la puerta chirriante y George arrancó haciendo sonar aquella destartalada camioneta, como si se fuera a partir en mil pedazos, casi como se sentía Dedé en aquel momento, destrozada. Ella vio cómo él se iba y la dejaba allí de pie, en medio de la carretera, sin mirar atrás. Varios coches llamaron su atención con la bocina, para que se apartara, a Dedé le asustaron y con un respingo, caminó hacia el bordillo.

Entendía perfectamente el enfado de George, era evidente que, todo lo que le había contado, no se lo había creído, pero de alguna forma ella lo necesitaba a su lado, quizás por esa protección que él le había regalado o ese apoyo emocional en todo momento. Habían compartido un tiempo corto, pero Dedé se sentía sola sin él. Su opinión sobre ella se convirtió en importante. Caminó mientras las lágrimas seguían descendiendo por sus rosadas mejillas, sus piernas funcionaban de forma automática hacia la universidad. Eran las doce de la mañana y además de tener un disgusto terrible, su estómago estaba vacío, recordó el sándwich de dos dólares, empaquetado en plástico, que le había comprado George y que dejó en el salpicadero. Tenía que haberlo cogido cuando él arrancó el coche y habérselo comido calladita. Como dice el refrán, en boca cerrada no entran moscas, y en boca ocupada no salen gilipolleces, al menos si se hubiera dedicado a comer aquel bocadillo barato, lleno de buenas intenciones, no hubiera dicho aquella barbaridad y George no se habría enfadado, ni la habría odiado para siempre.

Caminó y caminó dándole mil vueltas a su gran fracaso. Pensó en lo cansada que estaba, ya no solo físicamente, si no mentalmente, sin contar la cantidad exagerada de magulladuras que tenía por todo el cuerpo, como consecuencia de una noche en la cárcel. Le daba reparo ir así por la acera, con la cara como un cuadro y la ropa sucia, sin zapatillas, desgastando sus calcetines contra el asfalto. Cuando llegó a la puerta del recinto, respiró aliviada, aunque ahora lo único que le faltaba es que todos la mirasen tan derrotada, parecía una pobre indigente, sin duda su popularidad se vería afectada. De nuevo su única prioridad volvía a ser su imagen. Llegó hasta la puerta de su dormitorio, no sin antes pasar por gente cotilleando sobre su indumentaria, gente murmurando por los pasillos y algunas risas señaladas con el dedo índice. Respiró otra vez aliviada con más profundidad y sujetó el pomo con la intención de entrar, pero se había olvidado de algo importante, se había olvidado de lo enfadada que estaba con Elisa y de pronto todas esas ganas de partirla la cara volvieron, así que aquel pomo pudo sentir en sus corvadas y plateadas formas toda su ira.

¡Elisa, prepárate, te devolverá por cien su cena en la cárcel!


¿CÓMO ARREGLARÁN LAS COSAS DEDÉ Y ELISA?

¿Y QUÉ PASARÁ CON MARION? ¿LLEGARÁN HARRIS Y HERACLES HASTA KALAMBAKA?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO

RODAS

LA ISLA DE RODAS (Ρóδος)

Es la isla más grande del archipiélago griego del mar Egeo. Famosa por sus playas, su historia antigua y sus ruinas. Una cordillera montañosa la atraviesa de norte a sur, dónde el pico más alto se llama Ataviros (1215 msnm). Se le otorgaron innumerables nombres que fueron cambiando a lo largo de los años:

Ofiusa (Οφιουσσα): Por la abundancia de serpientes que al parecer tenía la isla.

Olesa (Ολóεσσα): Que significa perniciosa o mortal, quizá por el mismo motivo de las serpientes.

Asteria (Αστερíα): Porque brillaba como un astro por su belleza y por el predominio del tiempo soleado la mayor parte del año.

Trinacria (Τρινακρíα): Porque posee tres promontorios como Sicilia.

Atabiria (Αταβυρíα): En referencia a su más alta montaña (el monte Atabiris o Atabirion, actualmente Attaviros, 1.215 metros), o al nombre de su más antiguo y legendario rey.

Macaria (Μακαρíα): Porque según la tradición es una isla afortunada como Chipre y Lesbos

Wikipedia

LEYENDAS

Ponto fue engendrado por Gea (Creadora de la Tierra) y Urano (hermano de Ponto), aunque hay quien dice que Gea lo engendró sola. Los hijos de Ponto fueron los nueve Telquines; y los primeros en poblar esta isla. Tenían cabeza de perro y aletas de pez, asemejándose a una foca. Fueron expulsados por Zeus, que les envió un diluvio por hacer conjuros prohibidos con el agua de Estigia (río límite que separa la tierra del mundo de los muertos). Criaron y educaron a Poseidón, también lo armaron con un tridente y una hoz. Después la isla fue ocupada por Helios, Titán del sol, que contrajo nupcias con Rodo o Rhoda (ninfa marina, hija de Poseidón) la cual le dio posteriormente el nombre a la isla. Con ellos convivían también los Gigantes, pero en otra zona de la isla. Los Gigantes deseaban la dominación del cosmos y la destrucción de los Titanes.

Otra leyenda, es que Zeus regaló la isla a Helios y Rhoda como ofrenda de boda. Desde entonces se consideraba a los habitantes de la isla como los hijos del sol. De ahí la gigantesca estatua llamada El coloso de Rodas, construida por los habitantes en honor a su dios Helios.

El coloso

Restos del Coloso

Antigua representación


Rodas es considerada Patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Es la ciudad mejor fortificada y conservada de Europa, con torres y bastiones y una muralla de 4 km de longitud, con calles totalmente peatonales.

¿Qué visitar en Rodas?

El museo arqueológico de Rodas contiene objetos del medievo, encontrados en las islas que forman el Dodecaneso. La calle de los Caballeros donde encontrarás diferentes posadas procedentes de diferentes países, la posada de la lengua de Inglaterra, la de Francia… El museo de arte bizantino con su arquitectura característica de esa época, muy bien conservado. La Torre del Reloj Roloi, un mirador donde podrás apreciar la ciudad desde arriba. Las iglesias de Agia Triada y Agia Aikaterini. El Palacio del Gran Maestre de los Caballeros de Rodas, castillo que conserva todavía los suelos de mosaico y los aposentos del Gran Maestre. Fue edificado por los caballeros, dentro guardan un museo con toda la historia de Rodas. Por desgracia varios enseres se destruyeron tras una explosión accidental por culpa de ciertas municiones en 1856. Lindos, un pueblo alejado de las murallas, a una hora del centro, un lugar lleno de historia arqueológica y preciosas vistas compuestas por las maravillosas casas blancas, en la ladera de su colina, desde su cima podrás apreciar las vistas del pueblo y el mar. Un pueblo con encanto, lleno de vida juvenil, tiendas de souvenirs y baja contaminación ambiental, puesto que no se permite circular con el coche. La montaña de Lindo está formada esencialmente de roca de unos 116 msnm, rodeada de murallas construidas por los caballeros en la Edad Media. Entre los restos se encuentran un antiguo teatro y rastros del Templo de Atenea. El Valle de las Mariposas, está al norte de la isla y en él se convergen cientos de mariposas que cubren los follajes de los árboles durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre. Tiempo de apareamiento para estos animales voladores tan preciosos. ¡Una experiencia única que merece la pena ver! En el mismo valle encontrarás un Museo de Historia Natural. Para poder visitar este increíble Valle de las Mariposas, es obligatorio hablar en voz muy bajita, no hacer ruidos excesivos y caminar por los senderos marcados o coger el Tren de las Mariposas hasta llegar al acrópolis. Los Manantiales de Kallithea están a 8 km del centro de Rodas, está junto a la playa de Kallithea y se dice que tiene un poder curativo especial. Fue construido en 1927 con preciosas composiciones y grandes espacios, con hermosos mosaicos en piedra. Sus terrazas dan hacia la bahía desde donde puedes apreciar las mejores playas de la isla. En la antigüedad, muchos viajaban hasta estos manantiales con la esperanza de curar sus heridas y sanar sus enfermedades. Otra de las cosas más importantes de Rodas es el recorrido de Los siete Manantiales.

Los 7 Manantiales

El mejor lugar para desconectar, relajarte o incluso inspirarte. Los siete manantiales se encuentran ubicados a 4 km de Kolymbia, provienen de la montaña y juntos se unifican en un gran río. Para llegar a ellos existe una ruta a pie señalizada. Es una de las zonas más visitadas, por su relajación y su belleza paisajista. Te envuelven sus colores y sus sonidos de la fauna. Un lugar totalmente paradisíaco. Los siete Manantiales son conocidos como Epta Piges, nombre proveniente del griego.

Su parte más conocida y más frecuentada es un túnel subterráneo y estrecho, con capacidad para solo una persona. Sin luz y con varias curvas en su interior, mide unos 180 metros y el río te cubrirá hasta los tobillos, dependiendo de su caudal. Tras cruzarlo, llegarás a un pequeño y precioso lago. No es apto para esas personas que no soportan la oscuridad o el estar encerrado, si es tu caso, podrás llegar igualmente al lago subiendo unas escaleras por encima del túnel y atravesando el bosque siguiendo un sendero.

Podría enumerar infinitos sitios de la Isla de Rodas, tiene duende, tiene magia y mucha historia, real y mitológica. Un lugar perfecto para tus vacaciones. Contiene una gran cantidad de Playas, restos arqueológicos y castillos construidos por los caballeros en la Edad Media.

AQUÍ OS DEJO VARIAS IMÁGENES DE LA ISLA Y SUS RINCONES

CAPITULO OCHO

Imagen de Dante D’Oria en Pixabay 

PRUEBA OTRA VEZ


Dedé no daba crédito a lo que estaba viendo, se hizo mil preguntas en pocos segundos, ¿era un fantasma? ¿Su muerte había sido una alucinación? ¿Qué hacía, Mike, en River Road? ¿Por qué se había hecho de noche tan pronto? ¿Flipaba otra vez? Estaba confusa y aquel muerto viviente se acercaba cada vez más a ella.

Era cierto que la noche había llegado demasiado rápido, algo bastante extraño, puesto que la tormenta se había disipado y no eran todavía horas nocturnas. Entre las sombras y el aleteo de las ramas, que se movían por la fuerte brisa que había dejado el diluvio, Mike daba pequeños pasos, inaudibles, con serenidad. Parecía que flotaba entre un millar de hojas húmedas, atrapadas por el barro. Toda su postura demostraba su anhelo por conseguir estar cerca de Dedé, sentía deseos hacia ella, deseos de posesión, deseos oscuros. Pero en verdad no era ni por su físico, ni por su perfecta estructura carnal, había algo más que él quería por encima de todo.

Dedé desbloqueó su mente de preguntas sin respuestas y se dio cuenta de que él se acercaba demasiado, debía salir de allí. Elisa continuaba gritando por el teléfono, llamando a su amiga, alertándola para que corriese en otra dirección. Demasiado tarde Elisa. Cuando Mike estuvo a pocos centímetros, Dedé sintió un terrible escalofrío por toda su espalda, su cuello se erizó y apretó los puños involuntariamente. Respiró, dejando el aire a su alrededor casi sin oxígeno.

Mike sonrió, por fin estaba cerca de ella, había conseguido tenerla solo para él, ahora podría hacer lo que tenía previsto. Se miraron profundamente, Dedé con miedo y Mike con regocijo.

—No debes temerme Danielle. —Dijo él tranquilo, acariciando su rostro entumecido. —Vengo a salvarte.

Dedé, paralizada, no se movió ni un ápice. Temía lo que él era capaz de hacer. Tragó saliva lo más silenciosamente posible.

—¡No sabes el tiempo que llevo buscándote! Y al fin te he encontrado. —Mike se deleitaba con ese momento.

—¿Quién eres? —Preguntó Dedé casi en silencio.

—Tú sabes quién soy.

—¿Mike…? —Preguntó dudosa.

—No, prueba otra vez. —Dijo con sonrisa bribona.

En el fondo sabía que no era Mike, sabía que había una presencia muy distinta delante de ella. Había visto, de manera sobrenatural, la muerte de aquel chico en el lago y estaba casi segura de que no era el mismo.

—No, tú no eres Mike. —Contestó. —Tú eres algo muy distinto, no eres de aquí, de este mundo. —Mostró templanza en sus palabras, aunque por dentro estaba aterrada.

—Exacto. Veo que no me equivoqué contigo. —El ser la miraba penetrante. —Ahora, formula la pregunta otra vez.

—¿Qué eres? —Preguntó, tragando saliva de nuevo.

—Tu guía, tu dueño, tu protector…

—¿Mi protector de qué? —Estaba confusa, lo que intuía de aquel ser no era para nada protección, no era nada bueno. Con su mirada cautiva y su presencia tan sombría. Quería marcharse, correr hacia un lugar seguro, pero al mismo tiempo la curiosidad la detenía.

—-Danielle… Tú no perteneces a este mundo. —Se acercó a su oído. —-¡Danielle…! —Le susurró. —¡Tú eres mía! ¡Mi Pitia!

Las luces de emergencia del coche de policía y de la ambulancia, alumbraban con destellos naranjas y azules entre los árboles. Dedé giró su vista con brío hacia ellos, la llegada de la caballería era inesperada. Había olvidado la llamada de socorro que hizo cuando buscaba a Elisa. Volvió su vista hacia el ser susurrante. Ya no estaba, se había evaporizado, desaparecido como en un truco de magia televisivo.

Dedé se quedó en el mismo lugar, en la misma posición, durante unos minutos más. Repasando lo que había sucedido, creía estar volviéndose loca. De nuevo se preguntaba si aquello era real, debía encontrar respuestas que explicaran lo que le estaba pasando. Entonces recordó a Elisa, su testimonio de aquello le aclararía muchas dudas. Miró hacia el suelo, su teléfono móvil estaba tirado a sus pies, con gotas de lluvia en la pantalla y ciertos restos de lodo en los bordes. Se agachó para cogerlo. Elisa tendría que darle muchas explicaciones.

—¡Señorita! ¿Se encuentra bien? —Un policía se acercaba, cegándola con la linterna. Dedé se tapó la cara por la luz cegadora. —¿Necesita ayuda?

—¡Sí, estoy bien! —Contestó.

—Hemos recibido un aviso de desaparición. ¿Nos llamó usted? —El policía ya estaba a su lado.

—Sí, lo siento, mi amiga se había perdido, pero ya la he encontrado.

—¿Y dónde está su amiga? —Preguntó.

—¿Qué?

—Su amiga, ¿dónde está? —Preguntó él desconfiado.

—¡Ah! Pues se ha ido… —Dijo ella poco convincente.

—¿Y se ha quedado usted aquí sola?

—Sí…, yo…, había perdido mi móvil, me he quedado buscándolo. —Dedé le enseñó el teléfono.

—Ya, claro… ¿Es usted estudiante de Jacksonville?

—Sí, ¿por qué?

La voz de otro agente se oyó a través de la radio que el policía llevaba en la solapa del cuello de su camisa uniformada.

—¡Hopkins informa!… ¿Qué has encontrado?… Cambio

—Todo en orden, he encontrado a una estudiante. Parece que se trata de otra broma universitaria. Cambio. —Contestó molesto.

“—¡Putos niñatos! … Otra que pasará una bonita noche en el calabozo! Cambio”

—Vamos para allá… Cambio y fuera. —El policía sacó sus esposas y sujetó el brazo de Dedé.

—¡Oiga que no es una broma! ¿Qué hace? ¡No tiene ningún derecho! —Dedé se revolvió para soltarse.

—No lo haga más difícil, señorita. ¡Si se resiste la encerraré por desacato a la autoridad! —El policía giró a Dedé con fuerza y la puso de espaldas, le colocó las esposas mientras recitaba, como un robot, sus derechos. —Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra frente a un tribunal. Tiene derecho a un abogado, si no, se le asignará uno de oficio. Tiene derecho a realizar una llamada a un familiar o persona que usted elija, se le considerará inocente hasta que las pruebas determinen lo contrario… —Continuaba su discurso mientras Dedé se quejaba y declaraba su inocencia.

—¡No sabe lo que está haciendo! ¡Yo no he incumplido ninguna ley! ¡Oiga, no puede hacerme esto, usted no lo entiende, le digo la verdad!—Repetía una y otra vez.

La metieron en el coche, esposada y enfurecida, se dirigía a la comisaría. Pensó en Elisa de nuevo. Ella la sacaría de este lío, explicaría a la policía que no había sido una broma y todo se solucionaría. Solo quería llegar para hacer uso de su derecho de llamada.

Imagen de Yuri_B en Pixabay

Mientras tanto, en la biblioteca… Marion seguía sumergida en la red, buscando información sobre aquel misterioso libro. Llevaba horas inmersa en infinitas páginas de Internet, sin encontrar nada que ella no supiera, todo era irrelevante. Se había hecho de noche sin darse cuenta. La biblioteca estaba cerrada al público, los estudiantes, la mayoría, ya estaban descansando en sus habitaciones, pero Marion necesitaba saberlo todo sobre la existencia de aquel extraño ejemplar. Entonces, pulsó con su ratón encima de un enlace y éste le llevó a una red prohibida. Algo la inquietó. Según una página de aquella red oculta, se habían hallado manuscritos en un antiguo monasterio de Tesalía, al norte de Grecia, en los monasterios de Meteora, eso no era lo raro, lo raro era que databan del año 1.800 d.C. y Marion sabía, por sus estudios, que los últimos datos históricos relacionados con ese tema tenían fecha anterior, bastante anterior, exactamente del año 1.200 a.C. No se habían encontrado ni documentos ni pruebas que confirmaran la existencia de ciertos seres.

—¡Esto es imposible! —Exclamó ella sin dejar de mirar a la pantalla. —¡Esto significaría que existe actividad divina en la Tierra! ¡No puede ser, tengo que llamar a Danielle! —Marion se apresuró a coger su teléfono para llamar a Dedé. El teléfono dio tono, pero nadie contestó.

Saltó el contestador y Marion dejó un mensaje.

Marion continuó leyendo el artículo prohibido, en la pantalla de su ordenador. Al parecer, uno de los escribas del monasterio, aseguraba poseer un pergamino donde se explicaba detalladamente el descenso de un ser mitológico a la Tierra, decía que si había pasado tan solo hacía 220 años, ese ser debía de estar todavía entre nosotros. Anunciaba que venía el fin del mundo, que era el apocalipsis, que la raza humana estaba a punto de extinguirse… Marion pensó que solo eran habladurías de curas, creencias infundadas, aunque las pruebas estaban ahí, ante sus ojos. El escribano había subido fotos del pergamino a la red, y se leían perfectamente las palabras: Θεός,γη, καταστροφή

—¡Es griego! —Se sorprendió Marion. —Entonces, si es griego, las palabras son; Dios, Tierra, Destrucción… ¡Oh dios mío! —Marion se dejo caer contra el respaldo, arrepentida por haber encontrado aquello.

Si aquel escribano había encontrado aquello, entonces… ¿ella tenía delante otra prueba? ¿Un libro que pertenecía a algún tipo de ser mitológico? Si eso fuera cierto, no era nada bueno, no era una buena noticia. La última vez que los dioses bajaron a la Tierra, fue para destruir la raza humana y ya habían pasado infinidad de siglos desde entonces. Si aquella vez se tomaron tantas molestias y perdieron, eso significaba que esta vez estaban más que preparados y que sus intenciones serían exactamente las mismas. Marion llegó a la conclusión muy rápido y una corriente helada traspasó su cuerpo. Se levantó de un impulso y se dirigió hacia una de las estanterías. Cogió varios tomos sobre mitologías, leyendas, datos antiguos, fechas de guerras tocadas por la mano divina. Buscó y buscó entre líneas esperando relacionarlo con algo, esperando que alguna página mencionase a ese misterioso libro, pero no encontró nada. Los datos eran muy básicos, el rayo de Zeus, el tridente de Poseidón… Nada. Marion se estaba desesperando, quería y necesitaba verificar de alguna forma todo lo que aquel escribano, aparentemente loco, decía. Necesitaba relacionar aquel libro con algo real, algo que no fuera una leyenda.

Lo miró, miró sus dorados grabados y sus tapas duras cubiertas de un cuero indestructible. Esas letras, marcadas en el frente, parecía que hubieran sido creadas de manera celestial. Sin duda aquel tomo ocultaba una gran historia y un gran misterio. Su seducción la atrajo, su perfecta hechura y sus rasgos antiguos persuadían las manos de Marion para que lo cogiera. Eso, sumado a su ansia por desvelar y saber, hicieron que ella se lanzara a abrirlo.

Tan solo con tocar la tapa y atreverse a levantarla, el libro comenzó a brillar. Marion lo miró embelesada, con los ojos abiertos de par en par y con sonrisa satisfactoria, segura de que estaba a punto de descubrir algo muy importante que cambiaría la historia. Se acercó más a él y las tapas empezaron a rebotar. No dejaba de moverse y suspenderse por el aire, a unos diez centímetros de la mesa. La luz que desprendía aumentaba por momentos, era realmente esplendorosa, tan brillante como los nuevos faros de un todo-terreno. Cegaron la vista de Marion que se intentó tapar con el brazo. Parecía que el libro fuera a explotar en segundos. Sin embargo, cesó. Dejó de rebotar y de brillar y con un golpe seco cayó de nuevo encima de la mesa. Marion, algo tímida, se acercó, como si estuviera cerca de un volcán durmiente a punto de despertar. Y en verdad, así fue.

La tapa principal del libro se abrió por completo sin que nadie la tocase, dejando ver su contenido, llamándola a ella para que echase un vistazo, solo un pequeño vistazo. Atraída, así lo hizo y sin más Marion desapareció. El libro la absorbió entre sus páginas y la apresó, como las plantas carnívoras que esperan la presencia de un insecto. Marion la enamorada del conocimiento estaba atrapada.

¿A dónde habrá ido Marion?

¿Qué significará que Dedé es su Pitia?

¿Qué mensaje de voz le habrá dejado Marion a Dedé?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO EL LUNES A LAS 19:00H

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO