CAPITULO VEINTE

CULPABLE


La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en aire y tirarlo hacia el camino de nuevo. En el rostro del profesor se mascaba la derrota, el abandono, si el héroe no actuaba rápido, perdería a su compañero de viaje, al portador del maldito y endemoniado libro. De pronto se le ocurrió algo.

—¡Sujétese profesor, voy a intentar algo! —Heracles seguía arrastrado en el suelo, sin perderle de vista.

A Harris se le iluminó la cara de esperanza al ver que, al semidiós poco inteligente, le había llegado la inspiración. Heracles metió la mano en su bolsillo y de él sacó un lápiz de grafito viejo y roído. Al profesor se le apagó la luz de confianza al ver que su vida dependía de un minúsculo instrumento de escritura.

Elevó el lápiz hacia arriba y cerró los ojos.

—¡¡Viene brostamu!! —Gritó Heracles. Entonces el lápiz brilló con intensidad y comenzó a crecer, a extenderse hasta convertirse en un enorme garrote. Aquel gigantesco palo oscuro barnizado, contenía grabados de lenguajes y dibujos incomprensibles para un humano. Se rodeó de energía, la electricidad flotaba en torno a él como los rayos del sol. La cara del profesor reflejaba lo impresionado que estaba, ya había visto a una bella mujer convertirse en una Drinfa desquiciada, había visto la fuerza salvadora de Heracles, incluso aquella tormenta era sobrenatural, pero estaba claro que le quedaban muchas cosas divinas por descubrir. El semidiós extendió el palo hacia él.

—¡¡Agárrese, profesor!! —Le gritó entre lluvia y truenos.

Harris hizo un último esfuerzo y con una mano se sujetó. Cuando la palma de su mano estuvo agarrada a aquella increíble arma, Heracles no lo dudó y en milésimas de segundos, el profesor ya estaba volando por encima de su cabeza, hacia el camino. Como un muñeco de trapo, cayó sobre el rocoso sendero, se dio un buen golpe, pero ya estaba a salvo. Heracles se incorporó raudo y corrió hasta él.

—¡¡Profesor, profesor!! ¡¿Se encuentra bien?! —Lo miró, estaba tendido en el suelo.

Harris no puedo evitar reírse. Aún magullado y dolorido, aquella experiencia le había hecho gracia.

—¡¡Sí, estoy bien!! —Dijo tosiendo.

—¡¡Vamos, debemos irnos, rápido!! —Ambos se incorporaron y continuaron el camino perseguidos por los rayos y aquella estruendosa tormenta que no cesaba su enfado. Harris se apoyaba en Heracles, caminaba con dificultad.

—Después me explicarás todo esto. —Le dijo a Heracles.

—Primero lo pondré a salvo, profesor.

Continuaron montaña arriba, esquivando los rayos y el fuerte viento que les azotaba. La lluvia a penas les dejaba visibilidad, pero el primer monasterio estaba a pocos metros, con esfuerzo y apoyo, llegarían en pocos minutos.


Tras declararse culpable por el asesinato de Elisa, George vio cómo se llevaban a Dedé esposada. La trasladarían a una penitenciaría de máxima seguridad. Él estaba seguro de que su querida Dedé, no duraría mucho allí dentro, aunque viendo el estrago que había hecho con su amiga, se preguntaba si en verdad conocía a aquella chica, si aquel lado tan oscuro había estado ahí siempre. No podía creérselo, había algo extraño en todo aquello, confiaba en la inocencia de Dedé a pesar de su declaración de culpabilidad.

Dedé caminaba esposada hacia la salida de la comisaría. El policía que la detuvo en el bosque, la llevaba con gusto hasta el autobús que la esperaba en la puerta. Agarraba con fuerza su brazo, se notaban sus ganas por hacerla daño, en su cara se podía ver la satisfacción de encerrarla. Dedé miró por última vez a George antes de atravesar la salida hacia su condena. George, de pie, inmóvil, le devolvió la despedida con ojos tristes y al cruzar esa mirada, se reafirmó en su inocencia. ¿Estaría Danielle encubriendo a alguien? ¿Alguien la estaba chantajeando? Muchas preguntas pasaron por su mente en aquel instante. Sin duda iba a averiguarlo, no iba a detenerse hasta encontrar algún indicio que le esclareciera todo aquello.

Dedé subió al autobús policial a base de mamporros, empujada por el policía vengativo.

—Vigile a esta, es una buena pieza. —Avisó el policía al conductor.

Echó un vistazo rápido a los asientos para escoger dónde sentarse. No podía creérselo, si la mala suerte había entrado en su vida de manera estrepitosa, la mala suerte sin duda no había terminado su trabajo. Se fijó en las zapatillas que llevaba una de las presas y se dio cuenta en seguida de quién se trataba, su delicada compañera de celda de la noche del bosque. La que le había dejado la caracomo un mapamundi, estaba también allí.

—¡Vaya, pero si es la princesita! —Dijo con burla. —Nunca me hubiera imaginado verte por aquí. ¿Te gustan mis zapatillas? ¡A que son guapas!

Dedé no contestó, solo la miró con desprecio y se sentó en uno de los asientos más alejados que pudo. Miró por la ventana, ignorando los insultos de aquella escandalosa mujer.

—¿Ya no contestas con esa chulería tuya? —La presa se acercó hasta ella y se sentó a su lado. La miró y le acarició el pelo. —¡Lo vamos a pasar estupendamente juntas! —Esa frase provocó escalofríos en Dedé.

¿Había tomado la mejor decisión? Aquella mujer iba a complicar su existencia, estaba claro. Solo tenía ganas de gritar que era inocente y salir de allí escopeteada. Buscó en su mente un momento de su vida alegre, un momento de paz al que querría escapar, pero le costaba imaginarse ningún otro lugar. El aliento en su oído de aquella harapienta presa, le repugnaba. Decidió no dejar de mirar por la ventana, recorrería todo el camino hasta la cárcel así, sin mediar palabra, sin contestar, sin defenderse. Era lo mejor para seguir viva.

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CAPITULO DIECIOCHO

DESEOS DE MAIZAL


Dedé vio cómo la puerta se abría a cámara lenta, con la impotencia de estar esposada, no podría ayudar a George si a ese asesino se le venía en gana hacerle daño. Mientras, Apolo la miraba con maldad y gozo, recreándose en su incertidumbre. Sonreía vilmente.

George entró con dos vasos de cartón en la mano, uno para ella y otro para él, estaba claro que Apolo tenía razón y que su intención era la de compartir un reconfortante café caliente para limar asperezas y seguir con un interrogatorio más amistoso. George miró a Dedé con cariño y esperanza. Dedé le devolvió la mirada asustada, su cabeza parecía un partido de tenis, pelota para Apolo, pelota para George.

—He pensado que podíamos tomarnos un café, tranquilos. —Se acercó a ella y le puso el vaso en la mesa. Aún no había visto a Apolo, allí, sentado en su silla, tan tranquilo y con sonrisa diabólica. —Siento mi reacción de antes y siento haberte hecho sentirte tan mal. ¿Podemos volver a empezar?

Dedé lo miraba desde abajo con ojos suplicantes, quería gritarle que se fuera de allí, que escapara, que estaba en peligro, pero no pudo y no supo el porqué. Temía el momento en que George se girara para volver a su asiento y viera a aquel maldito asesino. Él entendió su mirada como una aceptación de la disculpa así que se giró y se dirigió a su asiento. Dedé apretaba con fuerza aquella argolla de hierro que la tenía atrapada, esperando la reacción de su, ahora, querido policía. Pero no pasó nada, para George, allí no había nadie más que ellos dos. Ella miró a Apolo sin comprender y Apolo seguía sonriendo, sin apartar la vista de ella. George se sentó, atravesando el cuerpo de aquel Dios asesino, como si fuera un espejismo. El Dios desapareció y Dedé sintió confusión y cierto alivio. Miró, obsesiva, toda la habitación, buscándolo, como si una mosca molesta revoloteara sobre su cabeza.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó George al ver que ella vigilaba toda la habitación inquieta. —¿Qué ocurre?

—Nada, yo… —No sabía qué responder, para ella su locura iba en aumento, había muchas cosas que no podía explicarle a George sin parecer una persona demente.

—Hablemos de otra cosa, no hace falta hablar de este tema si no quieres, puedo esperar. Hasta que te sientas mejor. —Dijo comprensivo. A él le mataba verla en ese estado.

—Claro, sí. ¿De qué quieres hablar? —Seguía nerviosa, continuaba mirándolo todo y George movía su cabeza buscando su atención.

Apolo apareció de nuevo justo a su lado, se agachó para llegar a su oído.

—Sigo aquí, mi Pitia. —Le susurró.

Dedé dio un brinco en el asiento. Abrió sus ojos asustados que miraron a George de nuevo con miedo.

—¡¿No puede verte?! ¿Por qué no puede verte? —Preguntó desconcertada. Apolo negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—¿Qué pasa Danielle?

Dedé respiró entrecortado, con el cuerpo erguido por tanta tensión.

—Díselo Danielle, dile que estoy aquí. —Le incitó Apolo.

—¡No! —Contestó ella.

—¿No qué? —Preguntó George confuso.

—Que… no pasa nada. —Dedé intentó arreglar la situación.

El vaso de café seguía frente a ella, desprendía un humo tranquilizador, lo que significaba que estaba recién hecho y perfecto para recuperar la compostura con un trago. Intentó alcanzarlo con la mano, pero Apolo se adelantó y lo cogió. Dedé se dio cuenta de que para George ese café estaría flotando en el aire sin que nadie lo tocase, así que se apuró en detener a Apolo, pero la torpe rapidez hizo que, sin querer, lo derramara por toda la mesa.

—¡Tranquila, no te preocupes! —George se levantó y fue hacia ella. —¿Te has quemado?

—No, estoy bien. Perdona, soy una torpe. —Respondió ella.

—Espera, iré a por algo para limpiar esto. —Salió de la sala cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto George estuvo fuera de la habitación, Dedé se giró hacia Apolo muy enfadada.

—¿Qué es lo que intentas? —Le preguntó frunciendo el ceño.

—Ya lo sabes, quiero que vengas conmigo.

—¡Jamás! —Le gritó. —Yo no seré tu juguete personal.

—No lo entiendes, no sabes de qué estás hablando. —Le contestó él apartando su pelo de la cara con suavidad.

—¡Pues explícamelo!

—No puedo. —Apolo se incorporó y caminó de nuevo por el cuarto. —Tienes que verlo por ti misma y aceptar tu destino.

—¡¿Pero de qué destino me hablas?! —Preguntó alterada.

Apolo se acercó a ella con brío, apoyó, con fuerza, sus manos en la mesa. Dedé se impresionó de nuevo al ver esos grandes ojos morados que brillaban con más intensidad.

—¡¡Tu poder!! —Le dijo.

—¡¿Qué poder?! ¡Yo no tengo ningún poder! —Contestó cansada de sus misterios.

—Tú eres la perfecta herramienta y la clave para conseguir un futuro mejor. ¡Tú y yo, lograremos que el mundo, que todos los mundos sean nuestros! —Dijo emocionado y ansioso.

—¡Estás loco! ¿Quieres dominar el mundo? ¿En serio me ha tocado el típico villano? —Contestó ella con sarcasmo. La indiferencia de Dedé molestó a Apolo.

—¡Tú solo díselo! —Se enfureció. —Dile que estoy aquí contigo.

—No, no lo haré. Creerá que estoy loca y me encerrarán como tú dijiste.

—¡Díselo, o haré que te arrepientas! Lo destriparé como hice con tu amiga; y lo haré delante de ti. A mí él no me importa y lo mejor de todo es que ni sabrá por donde le vienen las cuchilladas.

George entró de nuevo en la sala con un trapo en la mano.

—¡Ya está! —Con la bayeta húmeda limpió los restos de café de la mesa frente a Dedé. —Espero que no te hayas quemado.

Dedé miraba cómo George limpiaba con tanto cariño, lo miraba detenidamente. El uniforme le sentaba tan bien… y aún podía apreciar en su presencia el olor a pradera y a trigo. ¡Cuánto deseaba estar, en ese momento, allí con él! Pensó en lo absurda que había sido por haberlo descartado de su vida tan rápido. En ese momento solo deseaba pasear con él entre maizales, juntos de la mano, bajo el sol de la tarde como dos enamorados. Tenía deseos de él, tenía deseos de maizal.

Se dio cuenta de que era un chico muy atractivo, pero quizás por su bondad y su posición social, no había destacado para el resto de las chicas del campus, ni para ella. Su pelo negro, con algunas sensuales canas tempranas, tenía un corte que terminaba en una pequeña cresta ladeada, llevaba patillas bien perfiladas, finas, pocos chicos de su edad podían llevar ese look tan bien como él. Tampoco se había percatado de sus ojos, las pestañas más densas que había visto jamás y lo más increíble… Él también era mago, como su abuelo. Sus ojos grises y azules, verdes y amarillos, le hicieron darse cuenta de que su corazón palpitaba fuerte cerca de él. Repasó toda su postura, desde el lunar de su cuello tostado hasta esas manos de dedos cortos, pero manos firmes y fuertes. Sus pulgares tenían un movimiento especial, estaban más separados de lo normal, eran hiperlaxos, lo que le pareció encantador. George era de estatura media, un poco más alto que ella. Pensó que su metro sesenta y nueve era perfecto para dar largos paseos y abrazos interminables. Lo miró como quien mira la foto de un ser querido al que ya no verá más.

—¡Díselo! —Le gritó Apolo al oído, despertándola de su perfecta visión de George.

—No puedo… —Sollozó ella. Sabía que si le contaba eso a George lo perdería para siempre. Él la vería con otros ojos y la daría por perdida del todo.

—¿Que has dicho? —Preguntó George.

Apolo se posicionó justo detrás de él y mirando a Dedé, sacó una daga con puñal de oro. Se la enseñó, quería demostrarle que iba en serio. Dedé respiró tan hondo y fuerte que sus lágrimas salieron a borbotones.

—¡Danielle! ¿Qué te pasa? ¡Por favor, dime qué te pasa! —Suplicó él. —¡Sé que hay algo de lo que tienes miedo, lo intuyo! Puedo ver en tus ojos que algo te está bloqueando, pero puedes confiar en mí. —George se acercó a ella y la miró con ternura.

Dedé se inclinó hacia él todo lo que pudo y besó sus labios una vez, despacio y con suavidad. Quería disfrutar de ese momento hasta que se lo arrebataran. Y con sus caras a milímetros de distancia, Dedé apoyó su frente contra la suya y cerró los ojos, pensando en cómo soltarle aquella tortura.

—Van a suspenderme por esto. —Dijo George sin separar su frente de la de ella. Sonrió. —Pero no me importa, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Dedé dejaba que las lágrimas siguieran corriendo por sus mejillas. Aquella declaración de sentimientos le complicaba aún más salvarle la vida y separarse de él del todo.

—George… —Susurró ella en sus labios.

—Dime, Danielle. —Respondió él con otro susurro.

—Fui yo.

—¡¿Qué?! —Se apartó unos centímetros de ella y la miró dudoso.

—Yo maté a Elisa.

¡Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY!

NOS VEMOS EL LUNES CON EL NÚMERO 19

BUEN FIN DE SEMANA MIS QUERIDOS DÉLFICOS



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CAPITULO DIECISIETE

Y EN… TRES,DOS…


Era una sala solitaria, tenue, con las paredes de un hormigón gris poco cuidado. La mesa en la que Dedé posaba sus manos esposadas, era fría, de acero, las esposas las habían encadenado a una especie de gancho grueso inquebrantable. Estaba sentada en una silla incómoda, con el respaldo demasiado recto. Esperaba sin quitarle ojo a la puerta, atenta por si alguien entraba para aclararle todo aquello. Su actuación desequilibrada en la biblioteca no le daría nada de credibilidad frente a la muerte de Elisa. ¡La muerte de Elisa! Dedé aún no podía creérselo, eso era imposible. Estaba segura de que era un error, quizás otra broma muy pesada o quizás este era otro sueño al que enfrentarse, pero era tan atrayente que no lograba salir.

Llevaba ahí metida, horas, sin comprender nada, aislada de todo el mundo, siendo vigilada a través de un espejo enorme que había en la pared. Dedé levantó la cabeza y miró hacía el reflejo. Lo había observado unas mil veces durante el tiempo que llevaba allí atrapada. Estaba cansada, muy cansada, apenas le quedaban fuerzas para apoyar su espalda contra esa incómoda silla.

—¡Sé que me estáis viendo! —Protestó mirando hacia el espejo. —¡Yo no he hecho nada malo! —Decía con voz afónica. Su falta de aliento demostraba lo mucho que se había resistido a ser encarcelada.

Tras el espejo, George y su compañero la observaban atentos. El teniente de la comisaría entró en aquella sala de vigilancia.

—Teniente. —Saludaron ambos con respeto.

—¿Ya ha sido interrogada?

—No señor, esperábamos sus órdenes. —Contestó el compañero de George.

—Bien. —El teniente miró a Dedé. —Está cansada, si la apretamos un poco hablará.

—Teniente, con todos mis respetos, creo que nos estamos equivocando de sospechosa. —Dijo George adelantándose con mirada suplicante.

—Agente Sanna, ya hemos hablado de esto. Tenemos muchas pruebas contra ella, además de testigos que afirman haberla visto llegar a la hora en la que la víctima fue asesinada. La describen como una persona inestable y cito: “Danielle recorrió todo el campus hasta el dormitorio como una zombie, con la cara desencajada y llena de moratones”. —Dijo leyendo un informe. —Tenemos sus huellas por toda la habitación.

—¡Pero es que ella vive ahí! Es normal que la habitación tenga sus huellas. —Contestó George en un intento desesperado por defender a Dedé.

—¡Tenemos a una chica brutalmente asesinada y a otra desaparecida! Ambas tuvieron relación con la sujeto en las últimas horas y testigos que afirman que la desaparecida fue vista por última vez con la sospechosa. ¿De verdad cree que no es la asesina? Si tiene a la otra joven retenida en algún lugar, debemos averiguarlo. ¡Agente, si permite que su relación con el sujeto influya en el caso, no tendré más remedio que apartarlo! —Le regañó el teniente.

—Sigo pensando que no es ella. ¡No entraré ahí para ajusticiar a una persona que probablemente sea inocente! —Dijo tajante. —Déjeme al menos hablar con ella, ella me conoce, a mi no me mentirá.

El teniente respiró hondo, pensándose la propuesta de George.

—Está bien, podrá interrogarla. —George asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. —Están cotejando las huellas del arma, si sale su nombre, no tendrá defensa posible. —El teniente estaba seguro de haber encontrado a la asesina. —Lo siento agente Sanna.

—No lo sienta todavía. —Dijo George abriendo la puerta para salir.

Entró en la sala de interrogación en la que estaba esposada Dedé. La vio muy decaída, con la cabeza entre los brazos, estaba realmente agotada. Dedé levantó la vista rápido al oír cerrarse la puerta.

—¡Oh, George, menos mal! —Exclamó con los ojos vidriosos y se revolvió en la silla con algo de esperanza. —Tienes que sacarme de aquí, todo esto es un error.

George se sentó, con solemnidad, en la silla frente a ella. Llevaba una carpeta en la mano, que dejó sobre la mesa. La miró con detenimiento y suspiró. No iba a ser tan fácil como él creía. Dedé vio en su mirada preocupación, lo que le dio a entender que estaba hasta el cuello, que la situación era grave.

—¡¿Qué ocurre?! —Preguntó ella.

—Tengo que interrogarte… —Hizo una pausa para ver la reacción de Dedé. Ella abrió sus ojos azules con incomprensión. —Puedes llamar a un abogado antes si quieres, estás en tu derecho, pero espero que no lo hagas, eso te hará parecer más culpable y bueno… no es que las pruebas estén a tu favor. Sabes que yo te aprecio, no estoy aquí para juzgarte, prometo escuchar toda tu versión y verlo desde un punto de vista neutral, sin hacer caso a las pruebas que encuentren. —Dijo él tranquilo y paciente.

Dedé se derrumbó, se vino abajo con tan solo escuchar la palabra culpable; y más derrumbada después de escuchar “yo te aprecio”, en aquellos momentos para ella era muy importante esa frase, no se había dado cuenta de cuánto la necesitaba hasta que George la pronunció. Ambos se miraron, ella llorosa y él compasivo.

—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres llamar a un abogado? ¿A tu familia? —Le preguntó.

—¡No, a mi familia no! —Se sobresaltó.

—Bien. ¿Y un abogado?

—Confío en tí. —Dijo ella con seguridad y lágrimas mojando sus mejillas. George asintió.

—Entonces empezamos. —Posó la palma de su mano totalmente abierta sobre la carpeta de la mesa. —Esto va a ser duro, va a dolerte, pero tendrás que ser fuerte y contestar a todo lo que yo te pregunte.

—¡Estoy lista! —Dedé solo quería salir de allí lo antes posible y demostrar su inocencia.

—Vale. —George carraspeó y continuó. —¿Tu nombre completo es Danielle Dumont Zabat?

—Sí. —A Dedé le temblaban las manos. George se dio cuenta y le dolía verla así, pero tenía que seguir.

—¿Eres de Nantes, Francia?

—Sí.

—¿Estudias en la universidad de Jacksonville?

—Sí. —Dedé apretó el entrecejo, no entendía esas preguntas, él ya lo sabía.

—¿Cómo llegaste a Florida?

—Llegué hace tres años, por medio de una beca, para estudiar bellas artes y artes gráficas. —George asintió con la cabeza.

—Bien, vamos al día de ayer. ¿Dónde estuviste?

—Ayer me desperté en el calabozo, ¿no lo recuerdas? —Dijo algo molesta.

—Danielle, responde a la pregunta. —Dijo serio. Dedé resopló.

—Me desperté en la cárcel, me encerraron por una “gamberrada”. Tú te ofreciste a llevarme en coche y me dejaste a medio camino de la universidad. —Respondió dolida. —Caminé durante un rato, descalza, con dolores por todo el cuerpo por la brutal paliza que me dieron mis amables compañeras de celda, paliza que ningún policía de la comisaría evitó. —Continuaba resentida. —Llegué hasta mi habitación del campus y me acosté en mi cama.

—¿Y tu compañera, Elisa?

—No lo sé. Ella no estaba allí cuando yo llegué.

—¿Estás segura de eso? —Insistió él.

—Sí, muy segura. —Contestó abriendo sus ojos de par en par.

—Algunos estudiantes afirman haber visto a Elisa entrar en su habitación, poco antes de que tú llegaras. Afirman que ella se retiró a su cuarto porque dijo textualmente: “Mañana tengo un examen, estudiaré toda el día hasta la noche”.

—¡Pues allí no había nadie, te lo aseguro! —Dedé se estaba enfadando, su contestación hizo que George pensara en que había otra intención en su respuesta.

—¿Os llevabais bien? — Preguntó curioso. Dedé se encogió de hombros. —Tienes que contestar Danielle.

—Últimamente no.

—Explícate.

—Llegué a mi habitación con la intención de decirle lo mala amiga que había sido, no te voy a engañar, estaba muy cabreada. Había pasado la noche en la cárcel por su culpa y de regalo… —Señaló sus moratones de la cara.

—¿Qué quieres decir con que había sido su culpa?

—El día anterior me llamó, a eso de las siete de la tarde, pidiendo ayuda. Estaba fuera de sí, asustada, decía que alguien la estaba persiguiendo en el bosque de River Road.

—¿Qué hacía ella allí?

—Le gusta pasear hasta el River House, es un pub de comida para llevar, está a pocos metros del bosque.

—¿Y qué hiciste? —Preguntó intrigado.

—Pues fui.

—¿No llamaste a la policía?

—¡No! ¿Para qué? Pensé que sería algún imbécil del campus queriendo asustarla.

—Pero después, sí llamaste.

—Sí, después sí. No la encontraba, estaba todo a oscuras y ella no contestaba al teléfono. Me asusté.

—¿Qué pasó entonces?

—Mientras esperaba a la policía, la volví a llamar y me contestó. Me dijo unas cosas muy raras. Me dijo que lo sentía y que todo era culpa suya.

—Entonces, te habían gastado una broma y te enfadaste.

—¡No, no fue así! —A Dedé no le gustó el tono de George. —Después… —Iba a contarle lo que había visto, el extraño ser con la apariencia de Mike que se había acercado hasta ella, pero se detuvo.

—¿Después qué, Danielle? —Ella no contestó. —Si te pasó algo en aquel bosque, tienes que contármelo. —Insistía.

—Nada, no pasó nada… Después llegó la policía y me encerraron. Eso fue todo. —Su mirada no podía ocultar que había algo más.

—¿Qué me estás ocultando. Danielle? Sé que hay algo que no me cuentas.

—No me creerías. —Dijo ella agachando la cabeza.

—¡Inténtalo! —La animó. Dedé miró hacia el suelo, esquivando su insistencia. —Está bien. —Se resignó. —Cuando fuiste a tu habitación, dices que Elisa no estaba allí, pero eso no es posible, varias personas la vieron entrar. ¿Cómo explicas eso?

—¡Y yo qué sé! —Se sobresaltó. —Iría a buscar algo de comer o saldría para hacer algo, ¡yo no soy su gps!

—¡Tienes que decirme algo que me ayude a sacarte de aquí! Danielle, yo creo que eres inocente, de verdad, pero me temo que hay mucha gente señalándote.

Dedé se acercó lo más que pudo a George, abriendo sus ojos de un forma casi diabólica y alocada, le miró fijamente.

—Todo esto no tiene importancia, George. —Dijo en voz baja. —Dentro de nada me despertaré y esto habrá sido un maldito y estúpido sueño de nuevo. —George no daba crédito a las palabras que salían por la boca de su querida Danielle. —Tú no lo entiendes porque tú eres parte del sueño, para ti esto es real, pero en cualquier momento me despertaré y seguiré con mi vida.

—No, Danielle, esto no es ningún sueño, esto es la vida real. Estás aquí, conmigo.

—¡No, hazme caso, Elisa no está muerta y yo no estoy aquí contigo! —Continuaba mirándolo de una manera perturbadora que inquietaba a George. Entre lo que había visto en el coche, cuando la llevó de camino a la universidad y sus incoherentes palabras, George no podía negar lo evidente. —Hazme caso, seguramente Elisa esté con algún “guaperas” en su dormitorio, haciendo lo que yo hace días no pruebo. ¡Que por cierto! Te llamaré en cuanto salga de esta maldita pesadilla. —Dedé le guiñó el ojo con picardía.

En otras circunstancias, a George le hubiera encantado esa sexual atención por parte de ella, pero en ese momento le enfadaba verla en ese estado, se sentía impotente porque, de verdad, quería salvarla de una vida de cárcel, pero con ese comportamiento y esa inestabilidad mental, no iba a ser posible. Con un arrebato de ira, él abrió la carpeta que custodiaba, tan bien, bajo la palma de su mano. La abrió con ímpetu.

—¡A ti te parece esto un sueño! —Las fotos del cuerpo muerto de Elisa se esparramaron por toda la mesa. Dedé las vio y el terror se apoderó de su rostro. George cogió una y se la colocó frente a su cara. Dedé se echó hacia atrás. —¡¿Esto te parece divertido?! ¡Mírala, es tu amiga! —Sacudía la foto hacia ella. —¡Abierta en canal con los órganos extirpados! —Gritaba. Puso la foto en la mesa y, con nerviosismo, empezó a colocar las otras. —¡Todos sus órganos colocados, minuciosamente, encima de su cama, todos por orden! —Dedé no podía creerse lo que estaba viendo, aquello era una brutalidad, una terrorífica imagen que jamás podría borrar de su mente.—¡¡Dime ahora que Elisa está viva, dime!! —Gritó George.

Dedé se echó las manos a la cabeza, le temblaba todo el cuerpo y las lágrimas se convirtieron en mar. Intentaba no mirar aquellas imágenes, pero su mano, casi sin quererlo, tocó una de ellas, una en la que se veía la cara de Elisa sin vida, su cuerpo perfectamente colocado, boca arriba en el suelo, con aquel cabello tan impoluto y su piel, que antes era tostada, había perdido su color. La sangre tintaba de rojo toda la habitación, se esparcía por la alfombra, por el viejo parqué, por las salpicadas cortinas. No lo pudo evitar y el estómago se le revolvió, echando la poca comida que tenía en su estómago al suelo.

George al verla en ese estado, se detuvo y se compadeció de nuevo de ella.

—Pediré que vengan a limpiarte. —Se levantó de la silla, después de recoger todas fotos de la mesa y volverlas a guardar en la carpeta. —Seguiremos más tarde. —Dijo desde la puerta. Dedé no pudo levantar la cabeza. Se quedó mirando los restos del suelo vomitado, con vergüenza.

George salió de la sala de interrogatorios con sus esperanzas destruidas, el teniente lo esperaba en el pasillo, con semblante serio, como pidiendo noticias.

—Teniente… —Saludó con respeto y sin ganas.

—Agente, cuénteme.

—¿Ha visto el interrogatorio? —Preguntó. El teniente cerró los ojos y afirmó con la cabeza. —Pues entonces ya lo sabe. Seguiré más tarde, tenemos que encontrar a Marion Green. —George, estaba destrozado, después de la sesión con Dedé no podía hacer otra cosa que darle la razón a su superior; y con enfado se dirigió a su mesa de trabajo.

—¡El alegar locura transitoria no la eximirá de sus actos! —Le gritó el teniente, mientras él se iba dándole la espalda. —¡Tendrá que pagar por lo que ha hecho!

Dedé, de nuevo sola en la sala de interrogatorios, miró hipnotizada aquella mesa, en la que antes habían estado desfilando las imágenes con el cuerpo de su amiga mutilado. Se quedó paralizada. No dejaba de darle vueltas a que aquello no era real, a que aquello no había pasado de verdad, en su mente se convencía una y otra vez. De pronto sintió un cosquilleo en la nuca y alguien le habló.

—¡Hola Danielle! —Susurró una voz masculina.

Dedé alzó la vista y allí estaba, frente a ella, no podía creérselo… ¡Era él! ¡Era el ser del bosque otra vez!

—¡Volvemos a vernos! —Dijo mientras soltaba una media sonrisa satisfactoria.

—¡Tú, eres tú! —A Dedé no le hizo gracia verlo de nuevo. —¡Tú has tramado todo esto! ¡Todo es culpa tuya!

—¿A qué te refieres? —Preguntó él haciéndose el interesante.

Dedé lo miraba con rabia, quería romper esas esposas, trepar por encima de la mesa y pisotear su cara, hasta hacerlo desaparecer.

—¡Sabes muy bien a qué me refiero! ¿Qué le has hecho a Elisa? ¡Tú la has matado! —A Dedé se le iban a salir las venas del cuello.

—Ah, eso… Sí, fui yo. —Contestó con sosiego. —Pero no he venido para hablar de ella.

—¡Ella era mi amiga, maldito monstruo psicópata! ¿Cómo has podido hacerle eso?

—Tengo que reconocer que Elisa fue muy útil y una parte clave en mi misión, pero ya no me servía, dejó de creer y se descarrió. Me vi envuelto en una encrucijada, ella fue la solución más rápida. —Él se explicaba mientras Dedé no entendía ni una sola palabra de lo que decía.

—¡¿Pero que cojones me estás contando, puto loco?!

—Elisa fue una herramienta para llegar a tí, al igual que lo fue Mike y Roxanne, incluso tu querido “lelo”.

—¿Qué quieres decir?

—¿De verdad creíste que la muerte de Mike fue pura casualidad? —El ser desapareció y volvió a aparecer con sus labios pegados al oído de Dedé. —Murió por tu culpa.

—¡Eso no es cierto! —Dedé se giró con brusquedad sin percatarse de que lo tendría justo delante de su cara.

Ahí fue cuando sus ojos se cruzaron con los de él. Realmente, no era Mike… Aquellos ojos… aquellos ojos no eran de este mundo. Eran morados, muy morados, como dos luceros de amatistas. Sus pupilas negras como la noche, apenas tenían brillo, transmitían una sensación extraña, de ultratumba, sombrías. El ser no se apartó de ella hasta que Dedé retiró la mirada. Con un solo movimiento y ya la tenía dominada. Él fue hacia el espejo y lo acarició con un cariño espeluznante.

—El otro día no pude presentarme, es normal que estés confusa, pero tranquila, todo te será revelado a su debido tiempo. —Caminaba tan elegante que casi flotaba. —¡Mi nombre es Apolo! —Se inclinó haciendo una solemne reverencia. —Hijo de Zeus y Leto, aunque eso sea irrelevante… —Hizo una mueca de desprecio hacia los nombres de sus padres. —Soy conocido como el Dios Oracular o Dios de Delfos, pero tú puedes llamarme Dios a secas.

—¡Me la suda quién creas que seas! ¡Eres un puto psicópata y acabaré contigo por lo que le hiciste a Elisa! —Dedé no atendía a razones, solo quería liberarse de esa mesa y saltar encima de él.

—Elisa… Elisa… Elisa… —Él seguía caminando tranquilo mientras pensaba en Elisa. —Tú todavía no lo comprendes, pero algún día te darás cuenta de que murió por una causa.

—¿Y tenías que sacar sus órganos y destriparla de esa manera? —Preguntó encolerizada.

—¡Oh, sí! Eso fue lo más importante del ritual… Tengo que alimentar a mis pequeñas. —Dedé lo miró sin comprender. —¡Cómo te he dicho, es difícil de entender! Sobre todo tú que tienes la mente hecha un colador. ¡Que si es un sueño, que si ahora no lo es…! ¡¡Madre mía, estás fatal chica!!

—¡¡Estás loco!! ¡¡Vete de aquí!! —Gritó ella.

—No te esfuerces, querida. —Se acercó a ella y le acarició el pelo. —No puedes hacer nada contra mí. Soy imparable y tú me perteneces. —Se dirigió a la silla y se sentó con los mismos modales de un rey. —Te voy a decir lo que va a pasar ahora.

Dedé, enfurecida, negaba con la cabeza.

—Ahora te culparán de asesinato y desaparición.

—¡¿Desaparición?! —Dijo sorprendida.

—¡Shhh…! —Hizo un gesto de silencio con su dedo. —Como iba diciendo, te culparán de todo eso y además verán que te falta un tornillo. —Siguió gesticulando haciendo círculos con el dedo en su sien. —Te encerrarán en un hospital psiquiátrico y entonces ahí serás toda mía. ¿Sabes porqué? Porque allí nadie escuchará tus gritos, ni tus locuras, ni que hablas con un muerto. —Se rio. —Al final acabarás por rendirte y sucumbirás a mi poder.

—Digamos que te sigo el juego y te creo, ¿Qué demonios quieres de mí?

—Eso es “Top Secret” querida, lo sabrás cuando estés preparada.

—Yo nunca seré nada tuyo, ¿me oyes? —Protestó y con un intento de hacerle algún tipo de daño, le escupió. —¡Me das asco!

—¿No me crees? Mira te lo demostraré. —Él alargó su brazo izquierdo y señalando la puerta, dijo. —Dentro de treinta y cinco segundos entrará tu querido George por la puerta, con un sándwich y un café calentito. —Encogió sus hombros y se frotó los brazos como cuando uno tiene frío y se rió.

—Estás mal de la cabeza. —Dedé no creía nada de lo que decía aquel enfermo mental.

—Treinta segundos… Te dirá que siente haberte presionado, que si podéis empezar de cero y bla, bla, bla… Veintitrés segundos… —Él seguía hablando y continuaba con la cuenta atrás. —¡Me encanta ese tal George! Deberías salir con él el tiempo que te queda en la Tierra de los humanos, al menos te llevarías un buen recuerdo. Catorce segundos…

Dedé lo miraba y miraba la puerta, estaba segura de que aquel ser mentía, pero ¿Y si no? Tenía miedo de que George entrara y viera a Mike y éste le hiciera lo mismo que a Elisa. No podía permitir que George se pusiera en peligro.

—¡¡Ni se te ocurra mirarlo si quiera, asesino!! —Exclamó ella.

—¡Uy, ya veo que hay sentimientos! Tranquila, si no se interpone en mi camino, no le haré nada. Seis, cinco… —Dedé se colocaba en su asiento, estaba nerviosa, no dejaba de mirar a ambos lados, a la puerta y a su nuevo psicópata personal. —Y en… tres, dos… —Él hizo un chasqueo con los dedos y la puerta se abrió.


¿QUERÉIS SABER MÁS SOBRE LAS AVENTURAS DE DEDÉ?

¡NO OS PERDÁIS EL CAPÍTULO 18 EL PRÓXIMO VIERNES!


CAPITULO DIECISÉIS

YO NO LO HICE


Se despertó abriendo sus grandes ojos azules. Esta vez ella también había hecho magia, pues sus pupilas se dilataron tanto que su azul se oscureció. Se quedó inmóvil, en la misma postura que cuando se acostó, pies colgando y el resto del cuerpo como una tabla. Su pelo negro como la noche estaba húmedo, gotas de sudor brillaban en su frente, había sido un sueño tan real, tan intenso, que le costó asimilarlo. Miraba hacia el techo de su habitación pensando en sí debía hacer caso a aquellas voces, si la visita de su abuelo significaba algo. Se levantó despacio y se quedó sentada en el borde de la cama. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era aquello real o en verdad estaba perdiendo del todo la cabeza? Solo había una forma de averiguarlo.

De nuevo, sin ducharse ni cambiarse, se dirigió hacia la salida. Tenía una pinta horrible, como si hubiera estado de fiesta durante una semana entera, cara llena de moratones, la ropa sucia, todavía descalza, el pelo sudado y unas ojeras que se hundían como cuevas bajo sus ojos. Si no estaba ida, desde luego lo parecía. Caminaba acelerada por los pasillos de la residencia, con el corazón a mil por hora, esperaba llegar a la biblioteca y ver a la borde de Marion en la recepción, a salvo, sin gritos de auxilio y sin llantos. Respiraba todo el oxígeno que encontraba con intensidad, como una completa adicta sin su droga. Los demás estudiantes la miraban alucinados y se apartaban de su lado, parecía la nueva peste mundial. Cruzó el campus todo lo rápido que sus pies, con calcetines destrozados; y sus piernas temblorosas le permitían. Vio la puerta de la biblioteca al final del camino, pero se le estaba haciendo eterno el trayecto, un sendero que se alargaba más y más, en su mente, a medida que avanzaba. El sol de la mañana le molestaba en la cara, sentía que debajo de sus fulminantes rayos se iba a derretir o a convertir en polvo, cual vampiro. Al fin llegó y a duras penas pudo sujetarse a la barra de la puerta de cristal. La abrió después de coger aire dos o tres veces, quería con tanta fuerza que Marion estuviera allí. Si Marion estaba en su lugar de trabajo, eso significaba que solo estaba cansada, estresada, como bien había dicho George y para eso había un remedio, dormir durante todo un mes y jamás, jamás volver a beber, ni tocar las drogas. Se envalentonó a abrir la puerta, confiada y diciéndose a sí misma en su mente que Marion estaría allí y la volvería a llamar Danielle, la volvería a insultar con algún tipo de frase elocuente e inteligente, seguramente repararía en su aspecto llamándola irresponsable o algo parecido, no le importaba ni lo más mínimo los insultos de Marion, solo quería verla, en persona, en carne y hueso.

Entró y vio que la mesa de recepción estaba vacía, eso la estresó mucho más, con más estrés, más locura parecía desprender, la cara la tenía pálida, los ojos seguían en un pozo oscuro y su semblante totalmente desencajado. Miró hacia los otros estudiantes que hacían cola en el lugar de trabajo de Marion. Se acercó a ellos, pero se apartaban asustados por ver aquella versión tan surrealista y peligrosa de Dedé. Se abalanzó contra el primero que pilló.

—¡¿Dónde está?! —Preguntó desquiciada. El chico intentaba apartarse de ella pero Dedé se agarró fuerte a su brazo.

—¡Déjame zumbada! —Le contestó.

—¡Dime dónde está! —Preguntó de nuevo más enfurecida.

—¡Eh, oye, te ha dicho que le dejes! —La chica que estaba delante intentó socorrer al chico acorralado por Dedé. Dedé se dirigió entonces a ella.

—¡Por favor, solo quiero saber dónde está la recepcionista! —En su voz se notaba la desesperación.

—¡Está allí! —Señaló la chica confusa y algo harta de su comportamiento.

Miró hacia la dirección del dedo. Y allí estaba Marion, de pie, colocando unos libros en la estantería, tan tranquila como siempre. Dedé respiró aliviada y encorvada, casi sin fuerzas, se dirigió hacia ella.

—¡Menuda loca! ¡Está como una cabra! —Murmuraban los estudiantes de la recepción.

Arrastrando los pies y con una sonrisa llorosa, fue hacia su querida y odiada Marion. Sabía que ella la reprendería por estar en ese estado, que la echaría de allí de inmediato, pero tampoco le importaba. Necesitaba verle la cara, frente a frente, ver que estaba bien y que nadie la tenía atrapada en ningún bosque, en ningún lugar extraño. Miró su espalda, observó su vestimenta y sonrió más todavía, al ver que seguía siendo la misma Marion de siempre, con sus formas tan anticuadas y desfasadas de vestir, incluso le gustó su estilo aquella mañana. Alargó su brazo para tocar su hombro.

—¡Marion! —La llamó con alegría. —¡Menos mal que estás aquí!

Marion se giró para ver quien la reclamaba, pero no era ella, no era Marion, era otra chica del campus, otra muy diferente.

—¡Tú no eres Marion! ¡Tú no eres Marion! —Dijo Dedé sorprendida y aterrorizada. La tez de su piel se volvió tan blanca que podría llegar a ser transparente. Sus ojos se hundieron mucho más en aquel pozo negro de sus ojeras.

—No, lo siento, Marion no está. ¿Puedo ayudarte en algo? —Dijo la chica que intentaba no asustarse y ser amable. Dedé se quedó mirándola, la observó de arriba abajo con detenimiento, parecía que la fuera a devorar. —¡Oye! ¿Te encuentras bien? —Preguntó echándose hacia atrás.

—¡¡Tú no eres Marion!! —Dedé la agarró por los hombros y la estampó contra la librería con fuerza. —¡¡No eres Marion!! —Gritaba. —¡¿Dónde está?! ¡¡Dime dónde está Marion!!

La nueva recepcionista estaba realmente aterrorizada, estaba siendo atacada por una especie de joven loca, con aspecto de adicta, en plena crisis de abstinencia.

—¡¡Dime qué está pasando!! ¡¿Dónde está?! ¡¡Contéstame!! —Dedé no controlaba su fuerza, estaba fuera de sí, la apretaba y la empujaba una y otra vez.

—¡¡No lo sé!! ¡¡No sé dónde está!! —Le contestó. —¡Ayuda por favor, que alguien me ayude!

Al escuchar sus súplicas de ayuda, Dedé cesó, recordó la voz de Marion pidiendo ayuda en sus sueños. La soltó y ésta escapó corriendo. Miró sus manos, dándose cuenta de que lo que estaba haciendo no estaba bien, se le estaba yendo la cabeza, aquel tema se estaba desmadrando demasiado. Dejó que finalmente sus piernas perdieran fuerza y las rodillas se doblaron como el papel, sintiendo el frío de aquellas viejas baldosas en su piel.

—¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué está pasando?! —Arrodillada, indefensa, mirando sus manos temblorosas y sin comprender, se repetía una y otra vez la misma pregunta, mientras su cuerpo se balanceaba levemente hacia delante y hacia atrás. —¡Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza! —Se sujetó la frente con las dos manos, no aguantaba más aquellos sueños, aquellas voces, ni las extrañas apariciones.

—Danielle… —Una voz amistosa estaba a su lado. Era George, que vestido con su uniforme, llegó hasta ella y en cuclillas se acercó. —Danielle, soy George. —Dedé levantó la vista llena de lágrimas, llena de miedo. En su cara podía verse la locura.

—¿George? —Dijo algo aliviada al verlo.

—Sí, Danielle, soy George.

—¡George! ¡¿Qué me está pasando?! —Sus manos trémulas se agarraron a él.

—¡No lo sé, Danielle, pero lo averiguaremos! Yo te ayudaré, pero para eso tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo? —Dedé asintió afligida. —Te ayudo a levantarte. —Ambos se pusieron de pie despacio, a Dedé le costaba moverse.

Caminaron hasta la recepción lentamente, Dedé se sujetaba del brazo de George y reposaba su cabeza en su sólido hombro. Los demás estudiantes se apartaron hacia los lados, hicieron un pasillo esperando algo que a Dedé no le iba a gustar. Cuando ella alzó la vista hacia la entrada, vio a varios agentes de policía haciendo guardia, mirándola muy atentos. Eso no le hizo ninguna gracia. Miró a George con súplica, con miedo, con decepción, de nuevo se sentía traicionada. George se dio cuenta.

—No pasa nada, Danielle, yo estoy contigo. —Ella se apartó de él, soltando el brazo que antes había sido su consuelo, pero que ahora era su enemigo. —¡No lo hagas más difícil! Tienes que entregarte, Danielle.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —Dijo ella asustada y confusa.

—¡Danielle, Elisa ha muerto! —Dijo George estirando las palmas de sus manos a modo de calma.

—¡¡¿Qué?!! —A Dedé se le cayó un mar helado encima. Eso no podía ser real, estaba segura de que era un error.

—Tienes que venir con nosotros.

Varios policías se adelantaron al ver que Dedé iba a resistirse, sacando sus esposas del cinturón de su pantalón. Ella retrocedió varios pasos, impresionada y sin comprender lo que estaba pasando una vez más.

—¡Esto es otro sueño, esto no es real! —Negaba con la cabeza al mismo tiempo que gritaba. —¡George no dejes que me lleven! ¡No dejes que lo hagan!

—¡Danielle, por favor! —Él estaba realmente conmocionado, no sabía qué hacer, sus compañeros se la iban a llevar a la fuerza y no podría impedirlo. —Estaré contigo, te lo prometo, en todo momento, pero tienes que ir con ellos.

Dedé negaba y negaba con la cabeza y los policías sujetaron sus manos para detenerla.

—¡Esto es un sueño! ¡Esto no es real! —Repetía mientras intentaba soltarse desesperadamente de sus captores. —¡Yo no lo hice George, yo no hice nada de lo que creen! ¡¡Diles que me suelten, tengo que salvarlos!! ¡¡Debo salvarlos a todos!! —Gritaba como una furia y los policías se la llevaron por la puerta en volandas. Dedé pataleaba y voceaba todo lo que su cuerpo agotado y magullado le permitía. Parecía, literalmente, una loca desequilibrada.

George, angustiado y triste, se echaba las manos a cabeza, se sentía impotente viendo cómo se la llevaban y cómo ella le suplicaba clemencia, en el fondo sabía que su querida Danielle era incapaz de hacerle daño a nadie, pero había visto y oído cosas que no podría pasar por alto, realmente su querida Danielle había perdido el norte, ¿se habría convertido entonces en una asesina? Ya no sabía en qué creer. Lo que sí sabía, es que jamás la dejaría sola.


CAPITULO QUINCE

“LELO”


Entró, como si dejara pasar todo un vendaval al interior de la habitación, tenía tanta rabia dentro que la puerta le sirvió de detonante para sacarla toda. Se esperaba encontrar a Elisa en su escritorio, quizás estudiando, quizás leyendo, se la esperaba con sus cascos, siempre con su música, una manía en la que Dedé nunca reparó, pero que ahora la reconocía como molesta. Se sentía herida, engañada, así que todo lo relacionado con su ex amiga le producía repulsión. Otra opción era que estuviera con alguien, quizás con el agente inmobiliario, quizás con otro chico nuevo, ese tal Luke del que no quería hablar, recordarlo enfadó más a Dedé, siempre se lo contaban todo, ¿y ahora le ocultaba cosas y la traicionaba? Sin duda no era la amiga que ella creía.

Entró, dejando que la puerta rebotase contra la estantería de la pared, haciendo un ruido tan estruendoso que ni sus cascos, con la música al máximo, podrían ignorar. Estaba preparada para escupir todo su enfado a la cara de su compañera, para enfrentarse a ella y romper toda relación. Sabía perfectamente cómo iba a hacerlo. El camino a casa, descalza y golpeada, sola, le había aclarado los pasos a dar, le había dado tiempo de sobra para maquinar una actuación de cine. Le diría lo cabrona que había sido, lo mal que lo había pasado por su culpa y lo dolida que estaba, para rematar, le soltaría todas esas pequeñas cosas que le habían molestado de ella durante estos últimos años y como guinda, para finalizar su gran escena de soberbia, recogería algunas pertenencias en una mochila, con mucho genio, mucho. Le diría la típica frase de “Volveré a por el resto de mis cosas cuando tú no estés”; y se iría dando el mismo portazo con el que entró, pero esperaba que este destrozara del todo la puerta, que se desencajara de sus bisagras.

Entró con todo eso tan bien organizado en su cabeza, pero allí no había nadie. Elisa no estaba, cosa que truncó el discurso tan elaborado que iba a dar. Eso también le molestaba, pues cuando volviera a ver a Elisa no sería lo mismo, el cabreo se disiparía, no del todo, pero ella quería ser un huracán, no un simple viento. Estaba demasiado cansada como para pensar en ello, en parte le alivió ver la habitación vacía y su cama a pocos metros, con las sábanas estiradas y esa almohada que la llamaba a gritos desde el cabecero. Se sentó a los pies de ese mullido colchón, lleno de historias reales, lleno de sueños extraños. Se pensó unos segundos si quitarse la ropa y darse primero una ducha, sí, era lo mejor…, pero su cuerpo era atraído hacia atrás como si la cama tuviese un potente imán, así que se dejó llevar.

Con los pies colgando y su cabeza apenas rozando la almohada, Dedé cerró sus ojos en el mismo instante en que su espalda se reposó en aquellas sábanas con olor a suavizante de océano. Fue tan placentero… cogió aire por la nariz, llenando sus pulmones de descanso, de sueño; y se durmió del todo. Dicen que cuando nuestro cuerpo está demasiado cansado, nuestro subconsciente se encarga de regenerarlo con bonitos sueños que por desgracia no recordamos al despertarnos, la mente humana es increíble y sabia.

Dedé empezó su sueño con un recuerdo, un recuerdo precioso de cuando ella era pequeña, la pequeña Danielle de cuatro años. Había olvidado ese momento y su subconsciente se lo devolvió. Mientras estaba allí tumbada, soñando, sonreía al verse en aquella época.

Caminaba por un campo, entre hierbas altas, secas y amarillentas, mezcladas con flores silvestres de color morado y rojo, que le llegaban por las rodillas. Con su vestido blanco de lazos, rozaba aquellas espigas de sol con delicadeza, sus manos acariciaban las flores y por su nariz entraban los olores de aquella encantadora pradera. Olores a flor, a pinos, a mañana. Alguien la llamaba en la lejanía, saludaba levantando el brazo, oscilando la mano de un lado a otro con suavidad. Era su abuelo. Allí de pie, esperaba a su pequeña Danielle.

La pequeña Danielle de los sueños, recibió la llamada de su abuelo, devolviendo el saludo, vio que llevaba una cesta en su otra mano, así que era época de recoger setas en el bosque. A Dedé le encantaba recoger setas con su querido abuelo. Corrió hacia él como si el árbol de navidad esperase al final del camino, repleto de regalos. Corrió dejando atrás aquella hermosa vista de espigas doradas y flores silvestres, corrió abriendo sus brazos para acariciarlos por última vez, era un saludo o un adiós, un hasta pronto naturaleza, gracias por esta soleada mañana. Y al fin llegó hasta su abuelo, de pie en el camino que llevaba al bosque. Él la recibió con un gran abrazo, de esos que cuando eres pequeña te levantan en volandas. Dedé se sintió en casa, de nuevo en su hogar. Recordó cómo olía su abuelo, a leña y carbón, a fuego encendido y a pinos, sobre todo a pinos, también le gustó. Su abuelo era una hombre corpulento, fuerte y alto, como los árboles a los que él tanto amaba. A Dedé siempre le había apenado no haber heredado rasgos suyos, ni siquiera el color de sus ojos, los suyos eran tan azules como el cielo, pero los de su abuelo eran especiales, eran verdes y eran amarillos, eran grises y eran azules, ella lo llamaba magia.

—¡Cuando sea mayor, tendré tus ojos “lelo”! —Aseguró la pequeña Danielle.

—¿Por qué, hija? ¡Los tuyos son muy bonitos! —Le respondió el abuelo con cariño.

—¡Por que tú eres un mago! —Dijo expresándose con las manos.

—¡¿Yo soy un mago?! —Se sorprendió él.

—¡Claro! Tú cambias el color de tus ojos a cada hora del día, ¡eso es magia “lelo”! —Contestó la pequeña emocionada.

—Yo no soy el mago Dani, el mago es el sol. Él es quien me los cambia a su antojo.

—Pues yo creo que no, creo que eres tú quién lo hace. —Dijo ella resuelta. Tiró de la manga de su camisa hacia abajo, haciendo que su abuelo se doblase para estar a su altura. Puso sus manos en sus mejillas llenas de barba esponjosa y con la cara muy seria le dijo: —No te preocupes “lelito”, no le diré a nadie que eres un mago. —Después besó su enorme nariz rosada llena de entrañables manchas de edad.

—¡Gracias princesa! —Le contestó él embobado.

Cuando Danielle era pequeña, se pasaba todos los veranos y gran parte de los fines de semana del resto del año, en casa de sus abuelos en el campo. Adoraba los animales, los bosques, la granja. Le encantaba corretear de un lado para otro sin preocupaciones, ni normas, ni siquiera horarios, levantarse con el cacareo del gallo y ayudar a su abuela con el ordeño de las vacas. Quedarse dormida a la luz de un fuego mientras su abuelo contaba las historias de batallas, piratas y príncipes, doncellas y dragones llenaban el lienzo de su mente. Después llegó la adolescencia, los nuevos amigos, las responsabilidades, las citas de cine el sábado y el pintauñas y el rimel con sus amigas el domingo. Ir al campo ya no era “chachi”, pasar tiempo con ellos ya no era guay, no era de una chica moderna. Así que se alejó de todo aquello, olvidándose de las setas, los pinos, las flores silvestres y las espigas doradas, las sensaciones de paz, los olores a verano y los abrazos en volandas. Ya no había cuentos, ya no había esponjosas barbas.

Su abuelo falleció una mañana de Enero. Danielle por aquel entonces tenía unos diecisiete años. En cuanto salió por la puerta del instituto y vio a su madre esperándola fuera del coche, lo supo. Supo que una parte muy imprescindible de su vida había desaparecido, que había perdido a alguien a quién amaba tanto, a alguien a quien había abandonado. Se sintió sola en el mundo cuando su madre le dijo que ya no estaba, se sintió arrepentida por no haber continuado sus visitas como cuando era pequeña. Le dolió, tanto que sintió cómo su adolescente corazón se partía en mil pedazos, no por un primer amor, no por un desengaño, todos los pedazos eran de su “Lelo”.

Pero ahora en sus sueños tenía de nuevo cuatro años y quería disfrutar de él como no lo había hecho antes. Se agarró fuerte a la mano áspera y endurecida de su amado abuelo y dando pequeños saltos de energía se adentraron entre los pinos.

—¡Lelo!

—Dime hija.

—¿Cuántas setas crees que recogeremos hoy? —Preguntó la pequeña Danielle.

—No lo sé, Dani. ¿Tú cuántas crees? —Respondió cariñoso.

—Pues yo creo que tantas que la abuela dará un brinco así de grande. —Danielle saltó tan alto como pudo, sin soltarse de la mano de su abuelo.

—Pero princesa, tu no has venido a recoger setas. —Dijo él.

—¡Sí! Tú llevas la cesta y vamos juntos, ¿no lo ves? —Contestó ella corrigiendole.

Su abuelo se paró en medio de un pequeño claro que había en el bosque, miró hacia arriba, donde los rayos de luz atravesaban las ramas, donde el cielo se abría y se veía perfectamente su intenso color. Cerró los ojos y respiró hondo.

—¿Lo hueles, Danielle? —Preguntó él. Danielle lo miraba sin contestar. —¿Hueles el destino?

—¿Qué haces “lelo”? —Preguntó la pequeña asombrada.

Su abuelo abrió los ojos de nuevo y la miró. Estaba serio, muy serio.

—¡Despierta hija! ¡Debes despertar!

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! Yo quiero quedarme aquí contigo. —La pequeña Danielle sollozaba.

—¡Mírame Danielle! ¡Ya no tienes cuatro años, yo no soy real! Danielle, tengo que irme, pero antes debes despertar y correr. ¡Corre como cuando corrías por estos campos, corre sin mirar atrás, hija! —Dijo él con preocupación.

Dedé estaba confusa. La niña que agarraba la mano de su abuelo, ya no era la Danielle de cuatro años, si no ella. No entendía qué quería decir su “lelo” con que corriera.

—¡Quiero quedarme aquí contigo! Solo un ratito más. —Suplicó.

—No puedes, te encontrará. Debes salir de tus sueños y salvarlos.

—¿Salvar a quién? ¿Quién me encontrará? —Preguntó acelerada.

—Debo irme princesa, no debo estar aquí. ¡Tú solo sálvalos, sálvalos de él y corre! —La sujetaba por los hombros con fuerza. Su esencia se evaporaba, desaparecía por momentos.

—¡Espera! ¡No, no, no te vallas “lelo”! —Ella se sujetaba a sus brazos para que no se fuera. Se sujetaba con fuerza. — ¡Dime a quién tengo que salvar!

Su abuelo miró aterrorizado hacia el final del bosque, como si allí hubiera alguien. —Solo tienes que escuchar Dani. —Posó su mano en el pecho de Dedé. —Escucha a tu corazón. —Miró por última vez a su querida nieta, la besó en la frente y desapareció.

Dedé se quedó helada, allí de pie, frente a lo que había sido su abuelo y se convirtió en simple aire que respirar. Miró hacia el final del bosque, buscando una respuesta, algo que la indicara a qué se refería él sobre ¡Sálvalos y corre!

—Escucha a tu corazón, escucha a tu corazón. —Se repitió cerrando los ojos. Y de pronto lo oyó.

—¡Ayúdame Danielle, ayúdame! —Esa voz ya la había oído antes, le resultaba muy familiar. —¡Sácame de aquí por favor!

Dedé se lo pensó unos segundos y entonces la reconoció. Sin duda era:

—¡¡Marion!! —Se sobresaltó. —¿¡Marion dónde estás!?

—¡Danielle, sácame de aquí por favor! ¡Tienes que sacarme de aquí! —La oía, pero no la veía.

Dedé daba vueltas y más vueltas entre esos grandes pinos, entre las luces de la mañana y las setas que pisaba. Rebuscaba con la mirada, una y otra vez, para encontrar el rostro de Marion. La voz seguía pidiendo auxilio, se repetía constantemente, se repetía, se repetía sin cesar. Era muy molesto, se metían en su mente las frases de socorro de Marion, le penetraban y retumbaban en sus oídos. Todo le daba vueltas y más vueltas. Dedé se sujetó la cabeza con fuerza y se agachó. El corazón le latía con potencia, se le iba a salir del pecho. Respiraba fuerte, intenso, quería que aquello parara, pero Marion seguía y seguía y cada vez con más brío gritaba.

—¡Ayúdame, ayúdame! ¡Sácame de aquí, ayúdame!

Dedé no pudo más y entonces gritó.

—¡¡¡Basta ya!!!

Y en la cama se despertó.

MAÑANA CAPÍTULO 16

¡HASTA MAÑANA MIS DÉLFICOS!

CAPITULO CATORCE

MEGALO METEORO


Mientras Dedé retorcía aquel pomo de la puerta, con ganas de pelea y se planteaba una seria discusión con Elisa, nuestros héroes y valientes, Harris y Heracles se adentraban en el pueblo de Kalambaka. La temperatura en aquella zona era de unos treinta grados, algo muy inusual, puesto que su clima siempre estaba bastante equilibrado, no solían superar los veinte grados en plena primavera. Heracles salió del tren cuando las puertas se abrieron, Harris seguía sus pasos sin perderle de vista, con el miedo por mochila, no estaba del todo mentalizado para enfrentarse a otro ser tan horrible como la Drinfa.

—¡Oh, oh! —Exclamó el semidios mirando hacia el cielo.

—Oh, oh, ¿qué? —Preguntó Harris temeroso.

—Hace demasiado calor aquí. —Contestó misterioso.

—¿Y? ¿Cuál es le problema? ¿Eso interfiere en tus poderes? ¿Estamos en peligro? ¡¿Se acerca el fin del mundo?! —Harris disparaba preguntas como balas. Estaba muy nervioso.

—¡Eh, eh, tranquilo profesor! —Le dijo apretando sus hombros. —Respire hondo. —Ambos respiraron al unísono. —Usted está conmigo, no le pasará nada, ¿de acuerdo? Yo no voy a permitirlo. —Le calmó y con una sonrisa final, perfecta y pícara, hizo que Harris relajara su cuerpo. —Así me gusta profesor. —Dio un “golpecito” a Harris en el hombro, que de nuevo lo descompuso y siguió andando mientras se explicaba. —La temperatura elevada solo significa una cosa. —Se detuvo con aires de grandeza y se giró para mirar al profesor que le seguía como si llevara un remolque. —Hay demasiada concentración de seres aquí, los que seguramente nos estén buscando para arrancarnos el libro de nuestras manos muertas. —Los ojos del profesor se abrieron como ventanas al infinito. —¡Estaremos preparados! —De nuevo colocó sus brazos en las caderas y sacó pecho, como si posara para la portada de una revista. —¡No podrán con nosotros!

Harris lo contempló anonadado, desde luego era un semidiós en toda regla, algo ególatra y dramático, no dudaba de su fuerza, eso era evidente, lo que más temía de él era su falta de inteligencia y sus ansias de aparentar heroísmo. Harris negó con la cabeza.

—Hable por usted, yo estoy acojonado. —Siguió caminando hacia la salida de la estación. Heracles le siguió apresurando sus pasos.

—Profesor, ¡no me diga que le tiene miedo a las hadas de la naturaleza! ¡Son insignificantes!

—¿Insignificantes? Te recuerdo que una casi me mata, y no era lo que digamos un hada de esas que salen en los cuentos infantiles.

—Eso es porque los humanos os creéis todo lo que os cuentan otros humanos, con algo de imaginación.

Salieron hacia el exterior. Frente a ellos había una carretera principal que atravesaba en horizontal y otra calle que subía hacia arriba en perpendicular, donde al final se podían divisar las montañas de Meteora. Ya desde allí la inmensa montaña, formada por grandes rocas, te hacía sentir que eras diminuto en el mundo. Era un pueblo pequeño, con poco movimiento de gente, quizás el calor había hecho que los habitantes se quedaran en sus casas. Predominaba el color níveo, las casas estaban hechas con un blanco impoluto y con unas tejas anaranjadas, aunque con el paso de los años algunas se habían ido tiñendo de marrón. Aparentemente todo estaba tranquilo, con poco tráfico y poca circulación peatonal, pero los grados seguían subiendo y como muy bien había dicho Heracles, la temperatura normal de Kalambaka era de veinte grados.

—Debemos encontrar una guarida donde establecerse para esta noche. —Dijo Heracles con voz de mandato.

—¡Si todavía son las tres de la tarde!

—Cierto. Demasiado tarde. —Heracles fruncía el ceño mientras vigilaba todo a su alrededor.

—Podemos coger un autobús. —Harris sacó una pequeña guía del bolsillo interior de su chaqueta. —Creo que por aquí pasa uno que nos lleva hasta el camino hacia el monasterio.

—¿Esas monstruosidades de cuatro ruedas que tienen forma de pepino? —Preguntó Heracles.

—Sí, creo que sí. —Harris estaba sorprendido por su falta de vocabulario.

—¿Esos extraños cacharros que siempre van repletos de humanos?

—¡Sí! —Exclamó Harris con pesadez. —Se llaman autobuses.

—Profesor… —Heracles se acercó a él. —¿Quiere usted que nada más llegar nos ataquen veinte Drinfas dentro de ese autobús? —Hizo una pausa sin dejar de mirar fijamente a Harris. —No, ya veo que no. —Se apartó y se adelantó unos pasos observándolo todo.

—Bueno, creo que también podemos alquilar un coche. —Harris volvió a revisar la guía. —En la guía pone que hay varias empresas por aquí cerca.

Heracles se acercó y le arrancó el libro de entre sus manos. Le echó un vistazo poco convencido y después miró a Harris algo enfadado.

—Profesor, debemos ser cautos. ¿Quiere ir a una de esas empresas que usted dice y que nos atienda otra Drinfa? ¿O que una legión entera nos esté esperando?

—No, claro que no. —Harris se echó hacia atrás y tragó saliva con dificultad, no quería otro empujón amistoso del semidiós. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo penetrantes que podían ser aquellos ojos tan azules, ni de lo persuasivo que podía ser, con solo lucir aquel prominente cuello tan cerca de él.

—Bien, entonces lo haremos a mi manera. —Se separó una vez más de Harris. —Además, los priores verán en nuestros pies descalzos la falta de respeto.

—¿Qué quieres decir con pies descalzos?

—Para que el gran Abad nos reciba en el último monasterio, debemos hacer una ofrenda de sacrificio. Lo que significa que debemos hacer la senda descalzos.

—¡¿Hasta allí arriba?! —Harris señaló con el dedo hacia dónde se encontraba la montaña.

—Exactamente. —Heracles miró aquella gigantesca roca con emoción. —Hay seis monasterios a los que debemos asistir y demostrar respeto. En cada uno de ellos viven grandes sabios. Deberemos presentarnos como humildes servidores y superar sus encomiendas.

—¡¿Nos harán pruebas?! —Al profesor empezaba a superarle todo aquello.

—¿Qué esperaba? ¿Llegar allí, saludar, sacar a su alumna y partir tan tranquilos?

—¡¿No te parece suficiente el hecho de que nos persigan seres que quieren matarme?! —Protestó él.

Heracles miró a Harris como a un pequeño cervatillo, como si delante de él tuviera a un precioso gatito haciendo monerías; y empezó a soltar carcajadas. —Es usted muy gracioso profesor.

Harris lo miró boquiabierto, sin comprender qué era lo que le había hecho tanta gracia.

—Sigamos, busquemos un lugar de cobijo para esta noche. La caminata debe hacerse al alba. —Caminó hacia adelante sin un rumbo fijo, dirigido solo por su instinto, como si el viento le fuera a indicar la dirección.

—Creo que en esa guía… —Harris señaló, con ironía, la mano de Heracles que aún portaba el libro que le había arrancado antes con determinación. —…podremos encontrar más rápido un “cobijo” como tú lo llamas. —Con orgullo, Heracles le lanzó la guía a Harris que la recibió con algo de dificultad.

Después de dar algunas vueltas por el precioso pueblo de Kalambaka, llegaron al Kiakis Hotel. En la recepción, una mujer, pequeña y mayor, esperaba sonriente para atenderles. Harris se acercó al extraño mostrador fabricado con madera y granito. Era alargado, grotesco y bastante alto, lo que le dejaba poca visibilidad a la bajita recepcionista, la cual asomaba la cabeza estirando su cuello al máximo.

—¡Buenas tardes, señora! —Saludó el profesor con educación. La mujer continuaba sonriendo e hizo un gesto de aprobación con la cabeza, lo que le indicó a Harris que posiblemente no entendiera su idioma. —Queríamos una habitación, si es usted tan amable. —De nuevo movía la cabeza de arriba a abajo, siempre sonriente. —¿Habla usted mi idioma? —Preguntó él vocalizando todo lo posible. —Y otra vez el gesto de aprobación y la sonrisa inquebrantable. Heracles se acercó al profesor.

—Creo que esta anciana no se está enterando de nada profesor. —Le dijo susurrándole al oído.

—Si, ya me he dado cuenta. —Contestó picajoso. —¡¡Señora, nosotros, americanos!! ¡¡Nosotros, queremos, habitación!! —Harris se esforzaba alzando la voz y haciendo señas con las manos.

—¡Profesor, no creo que sea sorda! —Se burló Heracles. Harris le miró de reojo.

—¡Ya lo sé, puedes intentarlo tú si quieres! —Harris se apartó haciéndole un gesto para que él probara.

Heracles se acercó al mostrador e inclinando su torso superior hasta la señora, le dijo algunas frases casi inaudibles. El profesor miraba con curiosidad. Acto seguido, la señora puso su mano en el rostro del semidiós con mucho cariño, sonrió más todavía y se giró para coger una llave en la pared de atrás. Se la entregó a Heracles entre las manos y se las apretó, siempre sonriente. Heracles se lo agradeció con una pequeña reverencia. Harris los miraba atónito.

—¿Qué le has hecho? ¿Has utilizado alguno de tus poderes con ella? —Preguntó cotilla.

—No, que va. Le pedí una habitación y ella me la dio. —Contestó él con pasotismo. Le enseñó las llaves a Harris y las meneó en el aire para indicarle que debían guarecerse pronto.

Ambos subieron a la habitación. Harris fue directo al balcón. Unas altas ventanas con contraventanas de madera blanca, dejaban entrar aquella luminosidad de una tarde de primavera, aunque al abrirlas, notó rápidamente los veintiocho grados en su rostro, pero no le importó. La sensación de calor y todo el miedo que sentía por lo que iba a pasar, se desvanecieron al ver aquella increíble vista de las montañas rocosas de Kalambaka. Meteora era inmensa, inmensa hasta tocar las escasas nubes que cubrían su cumbre, parecía que los divinos ancestros las habían colocado allí de manera estratégica. En lo alto, se divisaban los seis monasterios que visitarían al día siguiente, al recordar las diferentes pruebas que debían pasar, se puso nervioso. Él no era un hombre de acción, era un hombre de libros, pergaminos, excavaciones, todo muy tranquilo y relajado. ¿Qué podría ofrecer él a los Priores? ¡Él no tenía nada de especial! A parte de la nueva noticia de que uno de sus mejores amigos era Prometeo, de que casi le mata una Drinfa y de que lleva a Heracles como escolta, sin olvidar que porta un libro sumamente peligroso, que tiene como rehén el alma de su alumna. Le dio varias vueltas a todo aquello, mientras respiraba el aire puro que descendía de las inmensas montañas rocosas.

—Tendrá que ser suficiente… —Murmuró apenado para sí mismo.

Cogió la guía con calma y con la misma calma, apartó la silla de forja negra de la mesa de desayuno del balcón. Antes de sentarse, miró hacia el interior de la habitación. Heracles ya asomaba los primeros ronquidos de un largo descanso. Su primera acción había sido espatarrarse en aquella cama de dos metros. Harris pensó en lo cansado que debía de estar tras haber venido desde tan lejos. Lo miró unos segundos y después se sentó. Con guía en mano, decidió estudiar aquella misteriosa ciudad hasta la última página. Y empezaría por los seis monasterios. Así comenzó.

—Los seis monasterios de Meteora son: Agios Stefanos, Agia Trias, Agios Nikolaos, Roussanou, Varlaam y… —Se detuvo un instante. —…Megalo Meteoro. —Miró hacia la montaña. —Allí te sacaremos Marion. ¡Aguanta, vamos a por ti!


A TODOS MIS DÉLFICOS

He estado algo malita esta semana y no he podido escribir todo lo que yo quisiera, sigo estando algo pachucha, pero intentaré subir todos los capítulos que me sean posibles. ¡No voy a dejaros sin las aventuras de Dedé!

CAPITULO TRECE

BISAGRAS OXIDADAS


Volvió a sentir en su nariz aquel olor a cereal recién cortado, a hierba seca y a maíz, incluso en las papilas gustativas de su lengua pudo percibir que había regresado de aquel llameante viaje. A Dedé le costó coger aire de nuevo, su pecho estaba oprimido por el calor de aquellas llamas, respiraba agitada, nerviosa, sus rodillas se meneaban sin control haciéndole perder toda la fuerza de sus piernas. Estaba de nuevo sentada en aquella destartalada camioneta. En sus manos todavía tenía aquella cadena, apretaba con fuerza aquel corazón partido, aún caliente. Intentó recomponerse al ver que George volvía hacia el coche. Sonriente y con aires de ganador, George estaba feliz por poder llevar a Dedé al hospital. Abrió la puerta con dificultad, las bisagras oxidadas hicieron un ruido molesto que asustó a Dedé más de lo que ya estaba. De un brinco, George se sentó en el asiento.

—Te he traído algo para comer, sé que en la comisaría no dan lo que se dice manjares. Estarás hambrienta. —Miró a Dedé y se dio cuenta de que algo pasaba. —¿Te encuentras bien? ¡Estás muy pálida! —Vio que sus piernas no dejaban de moverse, tiritaban como si una ola de frío la hubiera recorrido entera. La cadena de su madre sobresalía entre sus dedos. George miró su retrovisor buscándola, pero allí no estaba. De nuevo, miró las manos de Dedé sin comprender. —Hum… Ese es el colgante de… —

—De tu madre, Roxanne… —Le cortó ella.

—Sí… ¿Cómo…?

—¿Qué cómo lo sé? —Le cortó sin dejar que terminara la pregunta. Ella lo miró fijamente, con los ojos vidriosos a punto de estallar. Se encogió de hombros y miró sus manos que guardaban, bien apretadas, aquel recuerdo. Puso su desconsolada mirada azul en George de nuevo, con enormes lágrimas de terror. —¡No lo sé! ¡No sé qué me está pasando! —Se derrumbó.

—¡Eh, tranquila! —George se acercó despacio a ella, posando sus manos en sus hombros para intentar reconfortarla. —¿Qué sucede? Puedes contármelo.

—No, no puedo… — Dijo agachando la cabeza. —Últimamente me están pasando cosas extrañas y no consigo entender el por qué. Creo que me estoy volviendo loca.

—No digas eso, seguro que, lo que sea que te esté pasando, tiene alguna explicación. A mí puedes contármelo. —Acercó más su postura hacia ella, quería demostrarle confianza.

—No lo entenderías. —Dijo Dedé mirándolo suplicante.

—Prueba.

Dedé cogió aire, llenó sus pulmones de oxígeno y de valor para poder soltar las frases correctas, sin saber la reacción de aquel nuevo amigo, se aventuró. Si no le creía, no perdía realmente nada, si le creía, tendría un apoyo muy necesario. Así que comenzó por el principio, con el primer sueño, el primer viaje. La muerte de Mike se la detalló con pelos y señales, continuó con el anillo, con la magia que desprendía de él. Después le contó la existencia de un libro extraño, un libro al que le brillaban las letras grabadas de su portada. George abría sus ojos atónito, a medida que Dedé avanzaba en su historia, él solo podía alucinar más a cada segundo. Para terminar le contó lo que había pasado en el bosque cuando Elisa la había llamado pidiendo ayuda, lo de aquel hombre extraño con la cara de Mike, el Mike que había muerto en sus sueños.

—¡Espera! —George la detuvo. —¿Estás diciendo que el chaval que viste en tus sueños y que se supone que estaba muerto, se te apareció en el bosque? —Preguntó incrédulo.

—Sí. —Contestó Dedé con decisión. Continuó. —Me dijo algo así como que yo era su… pita o su pitia… no sé, no lo recuerdo muy bien.

—Ya… entiendo. —La cara sorprendida de George se convertía en decepción. Desde el primer momento en que vio a Dedé, supo que se enamoraría de ella. Ahora, aquella chica, había perdido totalmente la cabeza.

—¡Sé que no me crees! —Contestó Dedé. George arqueó sus cejas y ladeó la cabeza hacia un lado. —Sé que es difícil de creer, por eso te digo que me estoy volviendo loca.

—¡No digas eso! —Él posó su mano en las de ella, que se entrelazaban en su regazo con fuerza. —Estoy seguro de que hay una explicación para todo eso. Es posible que hayas pasado mucho estrés últimamente o que no hayas descansado bien. Creo que lo que necesitas es dormir un poco. ¡Ya verás cómo mañana todo lo ves de otra manera! —Exclamó positivo.

—Claro… —Contestó poco convencida, entornando sus ojos. Abrió sus manos y miró el corazón. Pensó, durante unos segundos, en si contarle o no a George lo que había vivido con su madre. Contarle lo del accidente.

—Si no quieres ir al hospital, puedo acercarte a tu residencia para que descanses, pero mañana deberías ir para que te miren esos golpes.—Dedé asintió con tristeza. George la miró con compasión una última vez y giró las llaves del contacto para arrancar aquella sonora y vieja camioneta. Salió de la gasolinera haciendo un giro y se incorporó a la carretera.

—George.

—Dime. —Contestó él sin perder de vista el camino.

Dedé colocó muy despacio el colgante donde estaba, lo dejó con mucho cariño por detrás del espejo retrovisor. Lo miró unos segundos con nostalgia y de nuevo se fijó en su nuevo amigo granjero.

—¿Cómo conseguiste el colgante? —Preguntó ella.

—Como tú bien has dicho, era de mi madre. —Dijo algo incómodo.

—Sí, lo sé, ¿pero cómo? ¿Quién te lo dio? —Dedé estaba haciendo preguntas extrañas para él.

—¿Qué quieres decir? —La miró por un segundo, nervioso. Se le notaba que no quería hablar del tema. Mirando de nuevo hacia la carretera contestó. —Mi madre murió en un accidente cuando yo era pequeño y alguien de la policía se lo entregó a mi padre. Para consolarme, él me lo dio a mí.

—Pero tu madre murió abrasada en una explosión, ¿cómo es posible que el collar sobreviviera a aquel incendio?

George frenó la camioneta en seco, lo que hizo que Dedé casi se estampara contra el salpicadero. Fue un frenazo violento, un frenazo enfadado. Los coches que circulaban detrás le pitaron, lo adelantaron gritándole por la ventanilla, sacando su puño hacia fuera. La camioneta continuaba parada en plena circulación y él seguía sujeto al volante respirando con rapidez, mirando hacia delante, quieto, muy quieto. Dedé lo miró tímida, nerviosa. George no dijo ni una palabra durante varios segundos, unos instantes que parecieron interminables para ella.

—¿George? —Dijo ella en un intento por que reaccionara.

—¿Cómo sabes tú eso? —Estaba tan dolido que ni siquiera podía mirarla a la cara.

—Yo…

—¡¿Es algún tipo de broma macabra?! —La miró lleno de ira. —¡¿No has tenido suficiente?!

—¡¿Qué?! ¿A qué te refieres?

—¿Con quién has hecho la apuesta? ¿Con tus colegas de la universidad? —Estaba muy alterado. Dedé lo miraba asustada. —¿Pensasteis que sería divertido reírse del policía novato?

—¡Pero qué estás diciendo! ¡George no es ninguna broma, te lo juro! —En su voz se notaba su desesperación por ser creída.

—Sabes, no es muy difícil saber mi pasado, solo tienes que entrar en el registro o en la hemeroteca para saber sobre la vida de alguien, ¡Felicidades Danielle Dumont, has cumplido tu apuesta! ¡Puedes decirles a tus amigos que conseguiste tu propósito!

—¡No, George, no es lo que crees! —Ella intentó acercarse a él.

—¡Bájate de mi coche! —Contestó cortante.

—¿Qué? ¡No, George, en serio! —Dedé posó su mano en el brazo de su amigo. Él la apartó haciendo un gesto brusco.

—¡He dicho que te bajes de mi coche! —Estaba realmente enfadado. Decepcionado.

Dedé se bajó despacio, con lágrimas en los ojos, cerró la puerta chirriante y George arrancó haciendo sonar aquella destartalada camioneta, como si se fuera a partir en mil pedazos, casi como se sentía Dedé en aquel momento, destrozada. Ella vio cómo él se iba y la dejaba allí de pie, en medio de la carretera, sin mirar atrás. Varios coches llamaron su atención con la bocina, para que se apartara, a Dedé le asustaron y con un respingo, caminó hacia el bordillo.

Entendía perfectamente el enfado de George, era evidente que, todo lo que le había contado, no se lo había creído, pero de alguna forma ella lo necesitaba a su lado, quizás por esa protección que él le había regalado o ese apoyo emocional en todo momento. Habían compartido un tiempo corto, pero Dedé se sentía sola sin él. Su opinión sobre ella se convirtió en importante. Caminó mientras las lágrimas seguían descendiendo por sus rosadas mejillas, sus piernas funcionaban de forma automática hacia la universidad. Eran las doce de la mañana y además de tener un disgusto terrible, su estómago estaba vacío, recordó el sándwich de dos dólares, empaquetado en plástico, que le había comprado George y que dejó en el salpicadero. Tenía que haberlo cogido cuando él arrancó el coche y habérselo comido calladita. Como dice el refrán, en boca cerrada no entran moscas, y en boca ocupada no salen gilipolleces, al menos si se hubiera dedicado a comer aquel bocadillo barato, lleno de buenas intenciones, no hubiera dicho aquella barbaridad y George no se habría enfadado, ni la habría odiado para siempre.

Caminó y caminó dándole mil vueltas a su gran fracaso. Pensó en lo cansada que estaba, ya no solo físicamente, si no mentalmente, sin contar la cantidad exagerada de magulladuras que tenía por todo el cuerpo, como consecuencia de una noche en la cárcel. Le daba reparo ir así por la acera, con la cara como un cuadro y la ropa sucia, sin zapatillas, desgastando sus calcetines contra el asfalto. Cuando llegó a la puerta del recinto, respiró aliviada, aunque ahora lo único que le faltaba es que todos la mirasen tan derrotada, parecía una pobre indigente, sin duda su popularidad se vería afectada. De nuevo su única prioridad volvía a ser su imagen. Llegó hasta la puerta de su dormitorio, no sin antes pasar por gente cotilleando sobre su indumentaria, gente murmurando por los pasillos y algunas risas señaladas con el dedo índice. Respiró otra vez aliviada con más profundidad y sujetó el pomo con la intención de entrar, pero se había olvidado de algo importante, se había olvidado de lo enfadada que estaba con Elisa y de pronto todas esas ganas de partirla la cara volvieron, así que aquel pomo pudo sentir en sus corvadas y plateadas formas toda su ira.

¡Elisa, prepárate, te devolverá por cien su cena en la cárcel!


¿CÓMO ARREGLARÁN LAS COSAS DEDÉ Y ELISA?

¿Y QUÉ PASARÁ CON MARION? ¿LLEGARÁN HARRIS Y HERACLES HASTA KALAMBAKA?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO

RODAS

LA ISLA DE RODAS (Ρóδος)

Es la isla más grande del archipiélago griego del mar Egeo. Famosa por sus playas, su historia antigua y sus ruinas. Una cordillera montañosa la atraviesa de norte a sur, dónde el pico más alto se llama Ataviros (1215 msnm). Se le otorgaron innumerables nombres que fueron cambiando a lo largo de los años:

Ofiusa (Οφιουσσα): Por la abundancia de serpientes que al parecer tenía la isla.

Olesa (Ολóεσσα): Que significa perniciosa o mortal, quizá por el mismo motivo de las serpientes.

Asteria (Αστερíα): Porque brillaba como un astro por su belleza y por el predominio del tiempo soleado la mayor parte del año.

Trinacria (Τρινακρíα): Porque posee tres promontorios como Sicilia.

Atabiria (Αταβυρíα): En referencia a su más alta montaña (el monte Atabiris o Atabirion, actualmente Attaviros, 1.215 metros), o al nombre de su más antiguo y legendario rey.

Macaria (Μακαρíα): Porque según la tradición es una isla afortunada como Chipre y Lesbos

Wikipedia

LEYENDAS

Ponto fue engendrado por Gea (Creadora de la Tierra) y Urano (hermano de Ponto), aunque hay quien dice que Gea lo engendró sola. Los hijos de Ponto fueron los nueve Telquines; y los primeros en poblar esta isla. Tenían cabeza de perro y aletas de pez, asemejándose a una foca. Fueron expulsados por Zeus, que les envió un diluvio por hacer conjuros prohibidos con el agua de Estigia (río límite que separa la tierra del mundo de los muertos). Criaron y educaron a Poseidón, también lo armaron con un tridente y una hoz. Después la isla fue ocupada por Helios, Titán del sol, que contrajo nupcias con Rodo o Rhoda (ninfa marina, hija de Poseidón) la cual le dio posteriormente el nombre a la isla. Con ellos convivían también los Gigantes, pero en otra zona de la isla. Los Gigantes deseaban la dominación del cosmos y la destrucción de los Titanes.

Otra leyenda, es que Zeus regaló la isla a Helios y Rhoda como ofrenda de boda. Desde entonces se consideraba a los habitantes de la isla como los hijos del sol. De ahí la gigantesca estatua llamada El coloso de Rodas, construida por los habitantes en honor a su dios Helios.

El coloso

Restos del Coloso

Antigua representación


Rodas es considerada Patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Es la ciudad mejor fortificada y conservada de Europa, con torres y bastiones y una muralla de 4 km de longitud, con calles totalmente peatonales.

¿Qué visitar en Rodas?

El museo arqueológico de Rodas contiene objetos del medievo, encontrados en las islas que forman el Dodecaneso. La calle de los Caballeros donde encontrarás diferentes posadas procedentes de diferentes países, la posada de la lengua de Inglaterra, la de Francia… El museo de arte bizantino con su arquitectura característica de esa época, muy bien conservado. La Torre del Reloj Roloi, un mirador donde podrás apreciar la ciudad desde arriba. Las iglesias de Agia Triada y Agia Aikaterini. El Palacio del Gran Maestre de los Caballeros de Rodas, castillo que conserva todavía los suelos de mosaico y los aposentos del Gran Maestre. Fue edificado por los caballeros, dentro guardan un museo con toda la historia de Rodas. Por desgracia varios enseres se destruyeron tras una explosión accidental por culpa de ciertas municiones en 1856. Lindos, un pueblo alejado de las murallas, a una hora del centro, un lugar lleno de historia arqueológica y preciosas vistas compuestas por las maravillosas casas blancas, en la ladera de su colina, desde su cima podrás apreciar las vistas del pueblo y el mar. Un pueblo con encanto, lleno de vida juvenil, tiendas de souvenirs y baja contaminación ambiental, puesto que no se permite circular con el coche. La montaña de Lindo está formada esencialmente de roca de unos 116 msnm, rodeada de murallas construidas por los caballeros en la Edad Media. Entre los restos se encuentran un antiguo teatro y rastros del Templo de Atenea. El Valle de las Mariposas, está al norte de la isla y en él se convergen cientos de mariposas que cubren los follajes de los árboles durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre. Tiempo de apareamiento para estos animales voladores tan preciosos. ¡Una experiencia única que merece la pena ver! En el mismo valle encontrarás un Museo de Historia Natural. Para poder visitar este increíble Valle de las Mariposas, es obligatorio hablar en voz muy bajita, no hacer ruidos excesivos y caminar por los senderos marcados o coger el Tren de las Mariposas hasta llegar al acrópolis. Los Manantiales de Kallithea están a 8 km del centro de Rodas, está junto a la playa de Kallithea y se dice que tiene un poder curativo especial. Fue construido en 1927 con preciosas composiciones y grandes espacios, con hermosos mosaicos en piedra. Sus terrazas dan hacia la bahía desde donde puedes apreciar las mejores playas de la isla. En la antigüedad, muchos viajaban hasta estos manantiales con la esperanza de curar sus heridas y sanar sus enfermedades. Otra de las cosas más importantes de Rodas es el recorrido de Los siete Manantiales.

Los 7 Manantiales

El mejor lugar para desconectar, relajarte o incluso inspirarte. Los siete manantiales se encuentran ubicados a 4 km de Kolymbia, provienen de la montaña y juntos se unifican en un gran río. Para llegar a ellos existe una ruta a pie señalizada. Es una de las zonas más visitadas, por su relajación y su belleza paisajista. Te envuelven sus colores y sus sonidos de la fauna. Un lugar totalmente paradisíaco. Los siete Manantiales son conocidos como Epta Piges, nombre proveniente del griego.

Su parte más conocida y más frecuentada es un túnel subterráneo y estrecho, con capacidad para solo una persona. Sin luz y con varias curvas en su interior, mide unos 180 metros y el río te cubrirá hasta los tobillos, dependiendo de su caudal. Tras cruzarlo, llegarás a un pequeño y precioso lago. No es apto para esas personas que no soportan la oscuridad o el estar encerrado, si es tu caso, podrás llegar igualmente al lago subiendo unas escaleras por encima del túnel y atravesando el bosque siguiendo un sendero.

Podría enumerar infinitos sitios de la Isla de Rodas, tiene duende, tiene magia y mucha historia, real y mitológica. Un lugar perfecto para tus vacaciones. Contiene una gran cantidad de Playas, restos arqueológicos y castillos construidos por los caballeros en la Edad Media.

AQUÍ OS DEJO VARIAS IMÁGENES DE LA ISLA Y SUS RINCONES

CAPITULO ONCE

KALAMBAKA


El semidios estaba sentado en uno de los cómodos sofás granates del compartimento. Con los codos apoyados en sus rodillas, miraba al profesor, atento, esperando a que se despertara del traumático desmayo. El profesor seguía en estado catatónico, tumbado boca arriba en el sofá de enfrente, con la boca abierta y con un brazo colgando hacia el suelo. El tren hizo sonar su bocina con fuerza, se detenía en la siguiente parada, lo que provocó que Harris se desvelara alterado, levantó su cuerpo como un resorte.

—¡¡No me comas!! —Exclamó asustado aún entre sueños. Harris puso su mano en el pecho al darse cuenta de que solo había sido una horrible pesadilla. Miró hacia su derecha y vio a Heracles, que le observaba inmóvil. —¡Ah! —Soltó un alarido de susto. —¡Mierda, creía que todo había sido una horrible pesadilla!

—No, ha sido real. —Dijo Heracles sin inmutarse.

—Si, ya lo veo. —Suspiró decepcionado. Giró sus piernas y se colocó sentado. —Si no, no estarías aquí.

—Bueno profesor… nos bajaremos dentro de poco, ha dormido usted casi todo el viaje, espero que la siesta haya sido reconfortante porque nos queda un largo camino lleno de peligros. —Heracles se levantó con energía.

—Genial… —Dijo él con poca convicción.

—¡No se preocupe, yo estaré con usted todo el tiempo! —Exclamó animoso dándole una palmadita en el omoplato. Lo golpeó con tanta fuerza, que hizo que el profesor cayera de rodillas hacia el suelo. —¡Oh, profesor! —Heracles se agachó para ayudarle a levantarse. —A veces, con la emoción, no controlo mi fuerza.

—¡Sí, eso también lo veo! —Protestó sarcástico mientras se incorporaba. —Y dígame, Heracles… —Dijo recalcando su nombre. —¿Puede iluminarme un poco todo esto?

—¿Iluminar? —Heracles miró al rededor de la habitación. —No entiendo, ya hay bastante luz en esta habitación, ¿no cree? —Contestó.

—Es una forma de hablar… Me refiero a que me explique todo esto, la situación en general.

—¡Ah! Sí, claro. Nunca he entendido los entresijos del habla humana, ¿por qué hablan con códigos? ¿Les divierte? ¿Por qué no hablan de forman clara y sincera? ¿Es algún tipo de juego para ustedes? —Preguntaba sin parar.

—¡Al lío, Heracles! —Contestó Harris impaciente.

—¡Oh, sí, disculpe! —Hizo una pequeña pausa para encontrar las palabras más eficaces y encontrar un inicio comprensible para la mente humana del profesor. —Empezaré por algo sencillo. El libro que usted encontró, no debería estar aquí.

—¡Sí, eso ya lo sé…! —Harris dudaba si el semidios era lo suficientemente inteligente como para ser un competente guardaespaldas. Supuso que para ejercer la fuerza bruta, no se necesitaría de una inteligencia desbordante.

—Sí, es verdad, usted eso ya lo sabe. —Se rascó la barbilla pensativo. —Bueno, a ver, eso… —Señaló al suelo, recordando a la Drinfa. —Es uno de los pocos peligros que nos esperan. Me han enviado aquí para evitar que el libro que usted tiene, siga circulando en manos equivocadas.

—¿¡Pero quién lo ha traído!?

—Ahora voy con eso. Uno de nuestros dioses del Olimpo se ha “aburrido” y quiere… ¿Cómo lo diría? ¿Divertirse?

—¡Es broma! ¿No?

—No, ¿por qué iba a ser una broma? —Heracles continuaba sin entender las formas de hablar humanas. —A ver, ese dios recibió un “mensaje”, que le decía que algo grande llegaría si él daba ciertos pasos. No sabemos muy bien cuáles son los pasos que tiene que seguir para ello, pero lo que sí sabemos es que el “algo grande” que va a pasar no es bueno para los humanos y en consecuencia, para nosotros, los dioses, tampoco.

—¿A qué te refieres? ¡¿Qué es lo que va a pasar?! —Preguntó preocupado.

—¡Tranquilo profesor! He librado miles de batallas, en comparación, esta es un juego de niños. —Dijo hinchando su pecho de orgullo. —Un ser del bosque no podrá con estos músculos. —Se dio un golpecito en el pecho con su puño, demostrando su resistencia.

—¡Madre mía… que dios nos asista! —Harris se echó la mano a la cabeza. —¡Espera! —El profesor dio un brinco. —¡¿Has dicho dios del bosque?!

—Sí, uno muy escurridizo. Descendió a la tierra hace un par de siglos, escondiéndose entre sus súbditos, maquinando una gran batalla. Ahora se acerca su cometido y gracias a eso hemos podido averiguar lo que se propone. ¡Gracias a usted profesor! —Iba a darle otra palmada pero el profesor se echó hacia atrás para esquivarla, Heracles retiró su mano.

—¡¿Gracias a mí?!

—Sí, si usted no hubiera encontrado el libro y no hubiera ido a esa cita, andaríamos a ciegas. Cuando descendió del Olimpo, creímos que era una simple escapadita. Todos lo hacemos de vez en cuando. ¡La Tierra tiene placeres muy variados! ¡Ya me entiende! —Le dio un codazo de complicidad y le guiñó el ojo de forma traviesa. Al profesor no le hizo gracia. —Supusimos que habría engendrado hijos y que se había quedado en la Tierra para educarlos a su imagen y semejanza, pero después de quinientos años, empezamos a preocuparnos. Sabíamos que tramaba algo.

—¡Quinientos años! ¡¿Y no se les ocurrió preocuparse antes?!

—¡Profesor, usted y yo no medimos igual el tiempo!

—¡Ya, pues ahora estamos todos en peligro! —Exclamó enfadado.

—Escuche, lo cogeremos, es solo cuestión de tiempo, no podrá hacer lo que se propone. —Dijo él muy convencido.

—Necesito saber qué es lo que va a pasar y quién es ese dios insatisfecho, que nos quiere amargar la existencia a todos.

—Digamos que él se encarga del orden en la naturaleza. Lo que vosotros llamáis desastre natural o fenómeno natural e incluso milagros de la naturaleza… Pues no, no es así. Él se encarga de todas esas cosas que vosotros admiráis y respetáis.

—Leí algunas leyendas y mitos sobre eso. —Harris miró hacia el infinito intentando recordar. —Era algo sobre un dios que reclutaba súbditos y que su poder se hacía cada vez más fuerte gracias a la oración de sus seguidores.

—¡Sí, ese mismo! ¡Muy bien profesor, es usted todo un estudioso! —Dijo Heracles gratamente sorprendido.

—Pero si es él… ¡¡estamos perdidos!! —Exclamó asustado. —Según cuenta la leyenda, trajo pestes, terremotos y plagas a este mundo hace miles de años.

—No llegaremos a tanto. —Dijo convencido.

—¿Por qué estás tan seguro?

—No es la primera vez que lo intenta, por eso sé que no lo conseguirá.

—¿Ya lo habéis detenido otras veces?

—Sí y lo paramos todas las veces. ¿Ves profesor? ¡No tienes de qué preocuparte! —Dijo posando con delicadeza su mano en su hombro. Harris miró de reojo el movimiento de Heracles con miedo a que le partiera en dos. —Solo tenemos que guardar ese libro en un lugar seguro y así él no podrá continuar.

—¿Por qué el libro, para qué sirve?

—El libro es un portal, un recopilador, es parte de él. Con él consigue viajar a donde quiere, moverse entre mundos. En la última batalla que liberamos, Prometeo le quitó el poder de descender a la tierra para protegeros, pero él se las ingenió para conseguir un puente. Con una concentración de energía tan potente que lograría llevarle a donde quisiera sin vigilancia. Supimos de su descenso, pero ya le digo que no nos preocupó, hasta ahora. Eran simples travesuras. Es un dios muy activo sexualmente hablando, sus desarrollados instintos de procreación son más elevados que los de ningún dios. ¡Después de mi padre, claro está!

—Su padre…

—Sí, el gran Zeus. —Dijo con orgullo.

—Ya… ¿Y creyeron que era un simple arrebato por esparcir su semilla?

—Apolo está ligado a la Tierra más que ningún otro dios. Necesita el contacto femenino de mujeres jóvenes humanas.

—¡Eso era, Apolo! Había olvidado que leí su nombre. —Recordó Harris. —Vale, entonces llevamos el libro hasta los monasterios de Meteora y listo, ¿no?

—Bueno, no es tan sencillo… —Dijo Heracles enseñando los dientes con una sonrisa falsa.

—¡Acabas de decir que era un juego de niños!

—El problema está en que hay una humana dentro a la que debemos liberar, por no mencionar que por el camino estoy seguro de que nos encontraremos con todo tipo de obstáculos.

—¡¿Obstáculos como la Drinfa?! —Harris no sabía si quería realmente saber la respuesta.

—Si y peores. Al ser usted un humano, Apolo envió a una Drinfa, una de sus súbditas menos letales. Lo que no logro entender es, ¿por qué sabe Apolo de su existencia? Quizás se cruzó con él en algún momento, o hizo usted algo que le cabreó.

—No lo creo, no me he cruzado con ningún dios últimamente. —Contestó sarcástico.

—¡Discrepo! Ayer tuvo una cita muy divina.

—¡Ayer estuve con mi amigo y compañero de conocimientos, Alexander Jones! Es un ilustre licenciado en historia, compartimos descubrimientos y es un experto en artes oscuras, tiene un gran conocimiento de las interacciones sociales humanas. ¡Es admirable! —Explicó Harris con arrogancia.

—Acaba usted de describir a Prometeo.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevamos años de amistad! —Se sorprendió.

—Lo siento profesor, pero su amigo del alma es Prometeo. —Harris se sentó, dejándose caer a plomo en el sofá, con la cara descompuesta y con un pequeño gesto de desilusión y traición. —Si le sirve de consuelo, sé de buena tinta que es usted uno de sus humanos favoritos, él también le admira y le tiene en alta estima. —Heracles se compadeció de él. Continuó con el problema de la situación. —Por lo que sea, usted cabreó de alguna forma a Apolo y por eso le envió a una Drinfa. Seguramente, ahora Apolo esté muy cabreado, él siente el dolor de cada una de sus criaturas, sabrá que la hemos destruido, por lo que enviará a más y más fuertes. Tendremos que enfrentarnos a todas ellas y llegar hasta las montañas de Kalambaka.

—Genial… sabía que moriría joven, pero no de esta manera. —Dijo depresivo.

—¡Venga, no se venga abajo! ¡Le necesito positivo y con energía para llevar a cabo esta hazaña! —Heracles puso sus puños en sus caderas y abrió levemente las piernas, una posición muy heroica.

—¿Qué pasará cuando lleguemos allí?

—En el monasterio nos ayudarán a liberar a su alumna humana.

—Se llama Marion Green, mi alumna es Marion Green. —Dijo con tono preocupado. Heracles lo miró comprendiendo su preocupación.

—Una vez que liberemos a Marion, tendremos que ser muy rápidos. Al sacar a un atrapada de su libro, él sabrá nuestra ubicación exacta y vendrá a por nosotros con toda su ira. Que nos envíe súbditas horrendas y peligrosas es una cosa, pero que venga él en persona… Me temo que mi fuerza no será suficiente.

—¡¿Hay alguna buena noticia?! —Preguntó con ironía e irritación.

—¡Claro! ¡Profesor, yo estoy con usted! ¡Eso ya debería ser una muy buena noticia! —Contestó muy positivo.

—Supongo. —Harris no lo tenía muy claro.

Desde luego no estaba preparado para este tipo de batallas, en verdad a lo máximo a lo que él se había enfrentado habían sido excavaciones arqueológicas y libros cifrados. El tren hizo sonar su bocina de nuevo y comenzó a frenar para detenerse en la siguiente parada.

—¡Venga profesor, nos vamos! —Heracles abrió la puerta del compartimento para salir. Harris cogió aire profundamente y lo expulsó rápido y con fuerza.

—¡Allá que vamos!


¡ÁNIMO HARRIS, QUE TÚ PUEDES!

¿VEREMOS LAS HAZAÑAS DE LOS DOS EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

¿PODRÁN LLEGAR HASTA KALAMBAKA? ¿QUÉ PELIGROS LES ESPERA?


POR MOTIVOS PERSONALES AYER NO PUDE PUBLICAR EL CAPÍTULO 11. EN COMPENSACIÓN HOY PUBLICARÉ TAMBIÉN EL 12.

¡ESTA TARDE ESTARÁ DISPONIBLE!



CAPITULO CINCO

¡ERES UN MAL BICHO!


Dedé decidió que lo mejor era quedarse con ese libro, y echarle un vistazo a todas esas páginas que estaban marcadas como interesantes. Con la hoja en la mano, inmersa en la frase, “Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”, la leía una y otra vez intentando encontrarle una explicación sencilla a por qué su amiga había hecho tales absurdos garabatos . Miró la hora en su reloj, no tenía ganas, pero debía patearse todo el campus para encontrar un tablón de anuncios y escoger esa dichosa labor obligatoria antes de que el profesor terminara su jornada laboral. Hablaría con Elisa más tarde, para comentarle lo que había encontrado.

Se dirigió al mostrador de la biblioteca. Allí estaba Marion Green, una joven estudiante que cursaba el mismo año que Dedé. Siempre con cara de pocos amigos, seria, con un semblante impenetrable, ningún chiste o gracia, existente en el mundo, cambiaba su estado físico. Para Dedé, era una chica introvertida, tímida, no muy agradable a la vista y bastante antisocial. Ella la llamaba “La espanta rollos” o la “¡Puaj!”. Su manera de vestir estaba ligada a la palabra celibato, chaquetas de punto en colores pastel, con puntillas en los bordes, faldas lisas siempre oscuras hasta la rodilla, medias de compresión anti-estéticas tanto en verano como en invierno, “zapatones” negros, muy masculinos y como complemento final, perlas, siempre perlas, en orejas, cuello y muñeca. Llevaba un corte de pelo sencillo, por debajo del mentón, ondulado y con poca gracia, castaño y sin capas, el cual recogía hacia atrás con una cinta de pelo o diadema a juego con su chaqueta abotonada. Tenía gafas de alambre redondeadas, muy a lo Elton John, pero sin clase, y detrás unos ojos negros saltones, que podían penetrarte hasta el alma.

—¡Hola Marion! —Saludó Dedé animada, aunque con poca seguridad.

—Hola, Danielle. —Contestó sin mirarla siquiera. Tenía la cabeza metida en sus labores.

—¿Me preguntaba si podrías hacerme un favor? —Aunque Dedé se esperaba una negativa, no perdía nada por intentarlo utilizando su cara angelical y su don de persuasión.

—No. —Dijo ella tajante.

—¡Venga va, enróllate! —Insistió. Marion la miró fijamente.

—Espera que lo piense… ¡No! —Se intuía, por su tono de voz, que no era muy fan de la popularidad de Dedé.

—¡Oye ya sé que no nos llevamos muy bien! Sé que casi ni nos conocemos, pero somos del mismo año, ¡colegas de uni! —Exclamó con una mueca animosa. Marion la miró sin un ápice de emoción.

—¿Qué quieres Danielle? —Preguntó sin ganas.

—Necesito un favor, ¿podrías teclear en tu ordenador y buscarme alguna actividad extraescolar de esas? —Pidió señalando el teclado con los dedos.

—¡¿Cómo dices?! —Marion frunció el ceñó y esbozó una media y minúscula sonrisa, no estaba muy segura de lo que Dedé quería decir. —¿Una actividad extraescolar, tú?

—¡Sí! ¿Qué pasa? ¿No puedo apuntarme a una? —Contestó indignada.

—El único motivo por el cual Danielle Dumont querría participar en una actividad voluntaria o “extraescolar”, como tú la llamas, es porque la han obligado. —Dijo altiva.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? Dime algo bueno que hayas hecho tú por los demás. —Dijo Marion mosqueada. A penas le dejó contestar y volvió a la carga. —Y no cuenta como altruismo organizar juergas y bacanales, sin sentido, entre semana.

—Las “juergas”, como tú las llamas, son reuniones fundamentales para liberar el estrés estudiantil. —Contestó convencida. —El hecho de que tú no nos deleites con tu presencia en ellas, no significa que sean anodinas.

—¡Vaya, me impresionas con tu fluido vocabulario! —Dijo con sarcasmo. —Aunque me impresionarías más si supieras el significado de la mitad de las palabras que sueltas por la boca. ¡Por culpa de esas fiestas, los voluntarios tenemos que recoger toda vuestra mierda al día siguiente!

—¡Nadie te obliga a ser voluntaria! —Contestó Dedé con chulería.

—¡Ya, claro que no! —Dijo Marion, negando con la cabeza demostrando desaprobación.

—¡Oye! ¿Vas a ayudarme o no? —Preguntó rotunda.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres un mal bicho!

—¡¿Perdona, qué me has llamado?! ¡¿Se puede saber por qué siempre me tratas tan mal?!

—Ya veo que tu egocéntrico intelecto no te deja ver más allá de tu perfecta nariz. ¿Acaso se te ha olvidado lo que me hiciste el primer año?

Dedé la miró pensativa, no sabía de qué estaba hablando, intentó recordar alguna interacción que hubiera tenido con Marion en el pasado.

—¡Tranquila, no estrujes demasiado tu pequeño cerebro! ¿El primer año de universidad? ¿La fiesta de bienvenida en la casa Delta Sigma?

Dedé negaba con los ojos abiertos como platos, esperando que Marion se explicara mejor.

—Te ayudé a instalarte la primera semana, dijiste que me compensarías el sábado yendo juntas al cine, ¿lo recuerdas? Estuve esperándote, en la entrada, durante más de media hora, después me enviaste un mensaje diciéndome que te quedabas en la cama porque no te encontrabas bien, me preocupé por ti y fui a tu residencia. De camino me crucé con la fiesta que habían montado los Delta, y para mi sorpresa me encontré con una tía borracha en su jardín delantero. Viniste hacia mí, sin remordimiento alguno y lo único que salió de tu boca, como excusa, fue una asquerosa y gigantesca pota mal oliente que se quedó impregnada en mis zapatos y en mi vestido nuevo.

Había olvidado aquellos días, Dedé se llevó la mano a su boca abierta de par en par para tapar su reacción, no quería ofender más a Marion y necesitaba que le hiciera el trabajo sucio. Estaba entre horrorizada por su mal comportamiento y orgullosa por su divertida e inconsciente hazaña.

—Al día siguiente hiciste como si no me conocieras delante de tus amiguitos de la fiesta. Desde aquel día me llaman “La Puaj” ¡Llevo tres malditos años aguantando ese mote de mierda! ¡Y por si fuera poco también me llaman “La potas”, “Vomitona” y el más original “Boloñesa asquerosa”! ¡Gracias por haber comido pasta aquella noche! ¡Estuve quitándome espaguetis del pelo durante una semana! —Marion estaba realmente indignada, se notaba que llevaba guardando eso mucho tiempo.

—¡Vaya, lo siento! —Dijo Dedé enseñando todos sus dientes y apretando la mandíbula.

—Ya, bueno… el mote no me lo pusiste tú, así que… —Marion miró hacia otro lado, intentando no ablandarse con la cara de compasión de Dedé.

—En realidad…

—¡¿Fuiste tú?! ¡No me lo puedo creer! —Exclamó con enfado.

—Yo solo dije “Puaj” alguna que otra vez, el resto transcurrió por sí solo. No tengo la culpa de que los demás tengan tanta imaginación… —Dedé se encogió de hombros intentando librarse del delito.

—¿Sabes qué? ¡Corrijo, no eres un mal bicho! ¡Eres lo peor, el demonio encarnado! —Se levantó, de su silla de escritorio, muy enfadada.

—Entonces, ¿no me vas a ayudar? —Preguntó restándo importancia al cabreo de Marion.

—¡Fuera! —Dijo con firmeza.

—¡Vale, vale! ¡Está bien, no hace falta que te pongas así! ¡Oye, mira, siento lo que te ha pasado, pero no les hagas caso! Tú eres más inteligente que todo eso. —La miró con pena, en el fondo se sentía mal. —Ya me voy, te dejo tranquila y… ¡Lo siento!

Dedé comprendió su cabreo, así que se marchó, no quiso atosigarla más, Marion la miró mientras se iba. Resopló, esos ojos verdes melancólicos la habían ablandado.

—¡Espera…! —Llamó su atención para que volviera. Dedé se giró con estilo. —¡Está bien, ven, te ayudaré!

—¡Gracias, gracias! —Dijo emocionada. —No quería pasarme todo el día buscando por el campus un dichoso tablón de anuncios.

—Las listas de servicios voluntarios a la comunidad del campus están automatizados.

—¡¿Eh?!

—Que puedo acceder a ellos desde el ordenador. Aunque solo los profesores o los que pertenecen a diferentes instituciones, como yo, tienen acceso. —Le explicó. Dedé puso toda su atención. —Ven hacia este lado, te lo enseñaré, coge una silla.

—¡Gracias Marion!

—¡De gracias nada, me deberás una! —Las dos se miraron, Dedé le sonrió, Marion no. —Mira, normalmente te acercas a uno de los tablones, miras las listas de actividades disponibles y escoges una. Luego te presentas ante jefatura, solicitando dicho puesto, allí te valoran y si das el perfil te aceptan.

—¿Pero no eran voluntarias?

—Si y no. Los anuncios que publican en los tablones suelen ser de baja importancia. Recoger basura, limpiar pintadas, orientador para alumnos de primer año… Todas esas son voluntarias y en todas, a no ser que seas realmente un desastre, te suelen aceptar.

—¡¿Hay voluntarios para hacer eso?! —Dijo sorprendida, con desagrado.

—Si. —Contestó Marion entornando los ojos.

—¿Por qué?

—Por que si te interesas por estas actividades y las desempeñas bien, después podrás tener acceso a otras más influyentes, estas se reflejan en tu expediente y te suman puntos para las notas finales, además tienes más opciones a la hora de buscar empleo en una buena compañía en el futuro. Actividades como: redactora del periódico de la universidad, segundo entrenador del equipo, ayudante en jefatura…

—Bibliotecaria… —Dedé le guiñó el ojo.

—Sí, eso es.

—¡Eres una pillina! ¡Mírate, consiguiendo un puesto y saltándote las normas! ¿Cómo lo hiciste? —Preguntó con picardía.

—Recogiendo basura. —Simplificó Marion seca.

—¡Am… vale! —dijo abochornada.

—No todos somos como tú Danielle, algunos luchamos duro para conseguir lo que queremos. Empecé limpiando el campus, eso me llevó a la recogida de reciclaje, después me ofrecieron colocar libros en los estantes de la biblioteca. Cuando la anterior encargada de la biblioteca se licenció y se marchó, pensaron en mí para el puesto. Y aquí estoy.

Dedé bajó la cabeza, en aquel momento se sintió estúpida, muy por debajo de Marion. Creía saberlo todo sobre los “raritos” de la universidad, pero aquella chica le estaba sorprendiendo y con ello haciendo que se avergonzara de sí misma.

—Supongo que tú te saltarás todos esos pasos.

—Supones bien, recoger basura no es lo mío.

—Vale, entraremos en el servidor y veremos el listado de puestos disponibles. —Marion meneó sus veloces dedos en el teclado del ordenador. —Estos son los que están vacantes ahora.

Dedé se acercó a la pantalla y comenzó a leer.

—Este no, este no, ¿coordinadora de pasillos?

—Sí, te dan un silbato para controlar a los estudiantes, pero nadie solicita nunca este puesto.

—¡No me extraña! Es como ponerse una diana de pringado en la espalda. — ¿Y este?

—Ayudante de profesorado… —Leyó Marion en voz alta. —Este es algo así como ser la secretaria de un profesor.

—¿Y qué tienes que hacer? —Pregunto interesada.

—Pues me imagino que, llevar su agenda cuando da conferencias, ayudar en la corrección de trabajos y tesis, programar reuniones con el alumnado. Cuando un profesor tiene excesivo trabajo, solicita a un ayudante en jefatura.

—¡Parece un buen chollo! —Exclamó emocionada.

—No creo que este “chollo” sea para ti, conlleva mucha responsabilidad y mucho trabajo.

—Dale, quiero ver qué profesores necesitan ayudantes.

—La profesora Miller, el profesor Steven, la doctora Wilson, el profesor J. Harris…

—¡¿J. Harris? —Dedé detuvo a Marion. —¡Ese es mi profesor de método!

Una estratégica idea se le vino a la mente. El profesor Harris le había castigado, el profesor Harris buscaba un ayudante. Nadie en su sano juicio querría trabajar para un profesor tan maniático, por no hablar de la ausencia de liderazgo en su personalidad y la falta de influencia entre catedráticos y doctores. Dedé sabía que los “lameculos” de los alumnos que buscaban unas buenas calificaciones y recomendaciones, no se juntarían a Harris, no era que digamos un profesor con glamour. A ella no le importaba en absoluto conseguir un puesto en una gran empresa, lo que ella quería era echarle mano a ese antiguo ejemplar, el que encontró en su despacho cuando tiró la caótica torre de libros.

—Pues lleva unos cuatro meses buscando ayudante. Danielle, no creo que sea buena idea, nadie quiere trabajar con él. El año pasado diez estudiantes respondieron a su solicitud y duraron menos de una semana. Creo que ese tipo no es fácil de llevar.

—¿No decías que yo escogía la vía fácil? ¡Apúntame! —Contestó decidida.

—¡Estás zumbada! Cómo quieras, yo te he avisado.

—¿Ahora qué? —Preguntó impaciente.

—El profesor Harris recibirá tu solicitud y responderá con un rechazado o un aprobado. Te llamarán de jefatura con el resultado y si es un sí, tendrás que presentarte en el despacho del profesor ese mismo día.

—¡Perfecto! ¡Gracias, Marion! —Dedé, impulsiva, besó la frente de su nueva “amiga”. Marion se echó hacia atrás demostrando rechazo.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marion señalando el libro de Elisa.

—Mi amiga se dejó sus apuntes en la mesa y se los he recogido para llevárselos.

Marion entrecerró los ojos para fijarse un poco más en la cubierta antigua del libro. Se quedó mirándolo, raramente hechizada, durante unos instantes.

—¡¿Qué es lo que miras tan interesada?!

—Ese libro…

—¡Perdona, no sabía que Elisa tuviera que devolver el libro a la biblioteca! Si quieres te lo dejo aquí. —Se disculpó ella.

—¡No! ¿Qué? No es eso. Ese libro ni si quiera es de aquí. ¿Puedo verlo? —Estiró la mano para recibirlo.

—Si, claro. —Dedé lo cogió y se lo dio.

—¡Este libro no es de aquí! —Marion lo tocaba y acariciaba con adoración en sus pupilas y puro amor en las manos. Estaba totalmente embelesada, rozando cada esquina y grabado de aquellas tapas. A Dedé le resultó extraño su comportamiento.

—Ya…, eso ya lo has dicho… ¡¿por qué eres tan “rarita”?! —La miraba pasmada. La forma que tenía de palpar aquel viejo ejemplar parecía casi sexual.

—¡No, no lo entiendes…! ¡Te digo que no es de aquí! ¡No es de este mundo!

—¡¿Qué?!

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CAPITULO VEINTIDÓS

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