CAPITULO VEINTE

CULPABLE


La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en aire y tirarlo hacia el camino de nuevo. En el rostro del profesor se mascaba la derrota, el abandono, si el héroe no actuaba rápido, perdería a su compañero de viaje, al portador del maldito y endemoniado libro. De pronto se le ocurrió algo.

—¡Sujétese profesor, voy a intentar algo! —Heracles seguía arrastrado en el suelo, sin perderle de vista.

A Harris se le iluminó la cara de esperanza al ver que, al semidiós poco inteligente, le había llegado la inspiración. Heracles metió la mano en su bolsillo y de él sacó un lápiz de grafito viejo y roído. Al profesor se le apagó la luz de confianza al ver que su vida dependía de un minúsculo instrumento de escritura.

Elevó el lápiz hacia arriba y cerró los ojos.

—¡¡Viene brostamu!! —Gritó Heracles. Entonces el lápiz brilló con intensidad y comenzó a crecer, a extenderse hasta convertirse en un enorme garrote. Aquel gigantesco palo oscuro barnizado, contenía grabados de lenguajes y dibujos incomprensibles para un humano. Se rodeó de energía, la electricidad flotaba en torno a él como los rayos del sol. La cara del profesor reflejaba lo impresionado que estaba, ya había visto a una bella mujer convertirse en una Drinfa desquiciada, había visto la fuerza salvadora de Heracles, incluso aquella tormenta era sobrenatural, pero estaba claro que le quedaban muchas cosas divinas por descubrir. El semidiós extendió el palo hacia él.

—¡¡Agárrese, profesor!! —Le gritó entre lluvia y truenos.

Harris hizo un último esfuerzo y con una mano se sujetó. Cuando la palma de su mano estuvo agarrada a aquella increíble arma, Heracles no lo dudó y en milésimas de segundos, el profesor ya estaba volando por encima de su cabeza, hacia el camino. Como un muñeco de trapo, cayó sobre el rocoso sendero, se dio un buen golpe, pero ya estaba a salvo. Heracles se incorporó raudo y corrió hasta él.

—¡¡Profesor, profesor!! ¡¿Se encuentra bien?! —Lo miró, estaba tendido en el suelo.

Harris no puedo evitar reírse. Aún magullado y dolorido, aquella experiencia le había hecho gracia.

—¡¡Sí, estoy bien!! —Dijo tosiendo.

—¡¡Vamos, debemos irnos, rápido!! —Ambos se incorporaron y continuaron el camino perseguidos por los rayos y aquella estruendosa tormenta que no cesaba su enfado. Harris se apoyaba en Heracles, caminaba con dificultad.

—Después me explicarás todo esto. —Le dijo a Heracles.

—Primero lo pondré a salvo, profesor.

Continuaron montaña arriba, esquivando los rayos y el fuerte viento que les azotaba. La lluvia a penas les dejaba visibilidad, pero el primer monasterio estaba a pocos metros, con esfuerzo y apoyo, llegarían en pocos minutos.


Tras declararse culpable por el asesinato de Elisa, George vio cómo se llevaban a Dedé esposada. La trasladarían a una penitenciaría de máxima seguridad. Él estaba seguro de que su querida Dedé, no duraría mucho allí dentro, aunque viendo el estrago que había hecho con su amiga, se preguntaba si en verdad conocía a aquella chica, si aquel lado tan oscuro había estado ahí siempre. No podía creérselo, había algo extraño en todo aquello, confiaba en la inocencia de Dedé a pesar de su declaración de culpabilidad.

Dedé caminaba esposada hacia la salida de la comisaría. El policía que la detuvo en el bosque, la llevaba con gusto hasta el autobús que la esperaba en la puerta. Agarraba con fuerza su brazo, se notaban sus ganas por hacerla daño, en su cara se podía ver la satisfacción de encerrarla. Dedé miró por última vez a George antes de atravesar la salida hacia su condena. George, de pie, inmóvil, le devolvió la despedida con ojos tristes y al cruzar esa mirada, se reafirmó en su inocencia. ¿Estaría Danielle encubriendo a alguien? ¿Alguien la estaba chantajeando? Muchas preguntas pasaron por su mente en aquel instante. Sin duda iba a averiguarlo, no iba a detenerse hasta encontrar algún indicio que le esclareciera todo aquello.

Dedé subió al autobús policial a base de mamporros, empujada por el policía vengativo.

—Vigile a esta, es una buena pieza. —Avisó el policía al conductor.

Echó un vistazo rápido a los asientos para escoger dónde sentarse. No podía creérselo, si la mala suerte había entrado en su vida de manera estrepitosa, la mala suerte sin duda no había terminado su trabajo. Se fijó en las zapatillas que llevaba una de las presas y se dio cuenta en seguida de quién se trataba, su delicada compañera de celda de la noche del bosque. La que le había dejado la caracomo un mapamundi, estaba también allí.

—¡Vaya, pero si es la princesita! —Dijo con burla. —Nunca me hubiera imaginado verte por aquí. ¿Te gustan mis zapatillas? ¡A que son guapas!

Dedé no contestó, solo la miró con desprecio y se sentó en uno de los asientos más alejados que pudo. Miró por la ventana, ignorando los insultos de aquella escandalosa mujer.

—¿Ya no contestas con esa chulería tuya? —La presa se acercó hasta ella y se sentó a su lado. La miró y le acarició el pelo. —¡Lo vamos a pasar estupendamente juntas! —Esa frase provocó escalofríos en Dedé.

¿Había tomado la mejor decisión? Aquella mujer iba a complicar su existencia, estaba claro. Solo tenía ganas de gritar que era inocente y salir de allí escopeteada. Buscó en su mente un momento de su vida alegre, un momento de paz al que querría escapar, pero le costaba imaginarse ningún otro lugar. El aliento en su oído de aquella harapienta presa, le repugnaba. Decidió no dejar de mirar por la ventana, recorrería todo el camino hasta la cárcel así, sin mediar palabra, sin contestar, sin defenderse. Era lo mejor para seguir viva.

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CAPITULO DIECISIETE

Y EN… TRES,DOS…


Era una sala solitaria, tenue, con las paredes de un hormigón gris poco cuidado. La mesa en la que Dedé posaba sus manos esposadas, era fría, de acero, las esposas las habían encadenado a una especie de gancho grueso inquebrantable. Estaba sentada en una silla incómoda, con el respaldo demasiado recto. Esperaba sin quitarle ojo a la puerta, atenta por si alguien entraba para aclararle todo aquello. Su actuación desequilibrada en la biblioteca no le daría nada de credibilidad frente a la muerte de Elisa. ¡La muerte de Elisa! Dedé aún no podía creérselo, eso era imposible. Estaba segura de que era un error, quizás otra broma muy pesada o quizás este era otro sueño al que enfrentarse, pero era tan atrayente que no lograba salir.

Llevaba ahí metida, horas, sin comprender nada, aislada de todo el mundo, siendo vigilada a través de un espejo enorme que había en la pared. Dedé levantó la cabeza y miró hacía el reflejo. Lo había observado unas mil veces durante el tiempo que llevaba allí atrapada. Estaba cansada, muy cansada, apenas le quedaban fuerzas para apoyar su espalda contra esa incómoda silla.

—¡Sé que me estáis viendo! —Protestó mirando hacia el espejo. —¡Yo no he hecho nada malo! —Decía con voz afónica. Su falta de aliento demostraba lo mucho que se había resistido a ser encarcelada.

Tras el espejo, George y su compañero la observaban atentos. El teniente de la comisaría entró en aquella sala de vigilancia.

—Teniente. —Saludaron ambos con respeto.

—¿Ya ha sido interrogada?

—No señor, esperábamos sus órdenes. —Contestó el compañero de George.

—Bien. —El teniente miró a Dedé. —Está cansada, si la apretamos un poco hablará.

—Teniente, con todos mis respetos, creo que nos estamos equivocando de sospechosa. —Dijo George adelantándose con mirada suplicante.

—Agente Sanna, ya hemos hablado de esto. Tenemos muchas pruebas contra ella, además de testigos que afirman haberla visto llegar a la hora en la que la víctima fue asesinada. La describen como una persona inestable y cito: “Danielle recorrió todo el campus hasta el dormitorio como una zombie, con la cara desencajada y llena de moratones”. —Dijo leyendo un informe. —Tenemos sus huellas por toda la habitación.

—¡Pero es que ella vive ahí! Es normal que la habitación tenga sus huellas. —Contestó George en un intento desesperado por defender a Dedé.

—¡Tenemos a una chica brutalmente asesinada y a otra desaparecida! Ambas tuvieron relación con la sujeto en las últimas horas y testigos que afirman que la desaparecida fue vista por última vez con la sospechosa. ¿De verdad cree que no es la asesina? Si tiene a la otra joven retenida en algún lugar, debemos averiguarlo. ¡Agente, si permite que su relación con el sujeto influya en el caso, no tendré más remedio que apartarlo! —Le regañó el teniente.

—Sigo pensando que no es ella. ¡No entraré ahí para ajusticiar a una persona que probablemente sea inocente! —Dijo tajante. —Déjeme al menos hablar con ella, ella me conoce, a mi no me mentirá.

El teniente respiró hondo, pensándose la propuesta de George.

—Está bien, podrá interrogarla. —George asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. —Están cotejando las huellas del arma, si sale su nombre, no tendrá defensa posible. —El teniente estaba seguro de haber encontrado a la asesina. —Lo siento agente Sanna.

—No lo sienta todavía. —Dijo George abriendo la puerta para salir.

Entró en la sala de interrogación en la que estaba esposada Dedé. La vio muy decaída, con la cabeza entre los brazos, estaba realmente agotada. Dedé levantó la vista rápido al oír cerrarse la puerta.

—¡Oh, George, menos mal! —Exclamó con los ojos vidriosos y se revolvió en la silla con algo de esperanza. —Tienes que sacarme de aquí, todo esto es un error.

George se sentó, con solemnidad, en la silla frente a ella. Llevaba una carpeta en la mano, que dejó sobre la mesa. La miró con detenimiento y suspiró. No iba a ser tan fácil como él creía. Dedé vio en su mirada preocupación, lo que le dio a entender que estaba hasta el cuello, que la situación era grave.

—¡¿Qué ocurre?! —Preguntó ella.

—Tengo que interrogarte… —Hizo una pausa para ver la reacción de Dedé. Ella abrió sus ojos azules con incomprensión. —Puedes llamar a un abogado antes si quieres, estás en tu derecho, pero espero que no lo hagas, eso te hará parecer más culpable y bueno… no es que las pruebas estén a tu favor. Sabes que yo te aprecio, no estoy aquí para juzgarte, prometo escuchar toda tu versión y verlo desde un punto de vista neutral, sin hacer caso a las pruebas que encuentren. —Dijo él tranquilo y paciente.

Dedé se derrumbó, se vino abajo con tan solo escuchar la palabra culpable; y más derrumbada después de escuchar “yo te aprecio”, en aquellos momentos para ella era muy importante esa frase, no se había dado cuenta de cuánto la necesitaba hasta que George la pronunció. Ambos se miraron, ella llorosa y él compasivo.

—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres llamar a un abogado? ¿A tu familia? —Le preguntó.

—¡No, a mi familia no! —Se sobresaltó.

—Bien. ¿Y un abogado?

—Confío en tí. —Dijo ella con seguridad y lágrimas mojando sus mejillas. George asintió.

—Entonces empezamos. —Posó la palma de su mano totalmente abierta sobre la carpeta de la mesa. —Esto va a ser duro, va a dolerte, pero tendrás que ser fuerte y contestar a todo lo que yo te pregunte.

—¡Estoy lista! —Dedé solo quería salir de allí lo antes posible y demostrar su inocencia.

—Vale. —George carraspeó y continuó. —¿Tu nombre completo es Danielle Dumont Zabat?

—Sí. —A Dedé le temblaban las manos. George se dio cuenta y le dolía verla así, pero tenía que seguir.

—¿Eres de Nantes, Francia?

—Sí.

—¿Estudias en la universidad de Jacksonville?

—Sí. —Dedé apretó el entrecejo, no entendía esas preguntas, él ya lo sabía.

—¿Cómo llegaste a Florida?

—Llegué hace tres años, por medio de una beca, para estudiar bellas artes y artes gráficas. —George asintió con la cabeza.

—Bien, vamos al día de ayer. ¿Dónde estuviste?

—Ayer me desperté en el calabozo, ¿no lo recuerdas? —Dijo algo molesta.

—Danielle, responde a la pregunta. —Dijo serio. Dedé resopló.

—Me desperté en la cárcel, me encerraron por una “gamberrada”. Tú te ofreciste a llevarme en coche y me dejaste a medio camino de la universidad. —Respondió dolida. —Caminé durante un rato, descalza, con dolores por todo el cuerpo por la brutal paliza que me dieron mis amables compañeras de celda, paliza que ningún policía de la comisaría evitó. —Continuaba resentida. —Llegué hasta mi habitación del campus y me acosté en mi cama.

—¿Y tu compañera, Elisa?

—No lo sé. Ella no estaba allí cuando yo llegué.

—¿Estás segura de eso? —Insistió él.

—Sí, muy segura. —Contestó abriendo sus ojos de par en par.

—Algunos estudiantes afirman haber visto a Elisa entrar en su habitación, poco antes de que tú llegaras. Afirman que ella se retiró a su cuarto porque dijo textualmente: “Mañana tengo un examen, estudiaré toda el día hasta la noche”.

—¡Pues allí no había nadie, te lo aseguro! —Dedé se estaba enfadando, su contestación hizo que George pensara en que había otra intención en su respuesta.

—¿Os llevabais bien? — Preguntó curioso. Dedé se encogió de hombros. —Tienes que contestar Danielle.

—Últimamente no.

—Explícate.

—Llegué a mi habitación con la intención de decirle lo mala amiga que había sido, no te voy a engañar, estaba muy cabreada. Había pasado la noche en la cárcel por su culpa y de regalo… —Señaló sus moratones de la cara.

—¿Qué quieres decir con que había sido su culpa?

—El día anterior me llamó, a eso de las siete de la tarde, pidiendo ayuda. Estaba fuera de sí, asustada, decía que alguien la estaba persiguiendo en el bosque de River Road.

—¿Qué hacía ella allí?

—Le gusta pasear hasta el River House, es un pub de comida para llevar, está a pocos metros del bosque.

—¿Y qué hiciste? —Preguntó intrigado.

—Pues fui.

—¿No llamaste a la policía?

—¡No! ¿Para qué? Pensé que sería algún imbécil del campus queriendo asustarla.

—Pero después, sí llamaste.

—Sí, después sí. No la encontraba, estaba todo a oscuras y ella no contestaba al teléfono. Me asusté.

—¿Qué pasó entonces?

—Mientras esperaba a la policía, la volví a llamar y me contestó. Me dijo unas cosas muy raras. Me dijo que lo sentía y que todo era culpa suya.

—Entonces, te habían gastado una broma y te enfadaste.

—¡No, no fue así! —A Dedé no le gustó el tono de George. —Después… —Iba a contarle lo que había visto, el extraño ser con la apariencia de Mike que se había acercado hasta ella, pero se detuvo.

—¿Después qué, Danielle? —Ella no contestó. —Si te pasó algo en aquel bosque, tienes que contármelo. —Insistía.

—Nada, no pasó nada… Después llegó la policía y me encerraron. Eso fue todo. —Su mirada no podía ocultar que había algo más.

—¿Qué me estás ocultando. Danielle? Sé que hay algo que no me cuentas.

—No me creerías. —Dijo ella agachando la cabeza.

—¡Inténtalo! —La animó. Dedé miró hacia el suelo, esquivando su insistencia. —Está bien. —Se resignó. —Cuando fuiste a tu habitación, dices que Elisa no estaba allí, pero eso no es posible, varias personas la vieron entrar. ¿Cómo explicas eso?

—¡Y yo qué sé! —Se sobresaltó. —Iría a buscar algo de comer o saldría para hacer algo, ¡yo no soy su gps!

—¡Tienes que decirme algo que me ayude a sacarte de aquí! Danielle, yo creo que eres inocente, de verdad, pero me temo que hay mucha gente señalándote.

Dedé se acercó lo más que pudo a George, abriendo sus ojos de un forma casi diabólica y alocada, le miró fijamente.

—Todo esto no tiene importancia, George. —Dijo en voz baja. —Dentro de nada me despertaré y esto habrá sido un maldito y estúpido sueño de nuevo. —George no daba crédito a las palabras que salían por la boca de su querida Danielle. —Tú no lo entiendes porque tú eres parte del sueño, para ti esto es real, pero en cualquier momento me despertaré y seguiré con mi vida.

—No, Danielle, esto no es ningún sueño, esto es la vida real. Estás aquí, conmigo.

—¡No, hazme caso, Elisa no está muerta y yo no estoy aquí contigo! —Continuaba mirándolo de una manera perturbadora que inquietaba a George. Entre lo que había visto en el coche, cuando la llevó de camino a la universidad y sus incoherentes palabras, George no podía negar lo evidente. —Hazme caso, seguramente Elisa esté con algún “guaperas” en su dormitorio, haciendo lo que yo hace días no pruebo. ¡Que por cierto! Te llamaré en cuanto salga de esta maldita pesadilla. —Dedé le guiñó el ojo con picardía.

En otras circunstancias, a George le hubiera encantado esa sexual atención por parte de ella, pero en ese momento le enfadaba verla en ese estado, se sentía impotente porque, de verdad, quería salvarla de una vida de cárcel, pero con ese comportamiento y esa inestabilidad mental, no iba a ser posible. Con un arrebato de ira, él abrió la carpeta que custodiaba, tan bien, bajo la palma de su mano. La abrió con ímpetu.

—¡A ti te parece esto un sueño! —Las fotos del cuerpo muerto de Elisa se esparramaron por toda la mesa. Dedé las vio y el terror se apoderó de su rostro. George cogió una y se la colocó frente a su cara. Dedé se echó hacia atrás. —¡¿Esto te parece divertido?! ¡Mírala, es tu amiga! —Sacudía la foto hacia ella. —¡Abierta en canal con los órganos extirpados! —Gritaba. Puso la foto en la mesa y, con nerviosismo, empezó a colocar las otras. —¡Todos sus órganos colocados, minuciosamente, encima de su cama, todos por orden! —Dedé no podía creerse lo que estaba viendo, aquello era una brutalidad, una terrorífica imagen que jamás podría borrar de su mente.—¡¡Dime ahora que Elisa está viva, dime!! —Gritó George.

Dedé se echó las manos a la cabeza, le temblaba todo el cuerpo y las lágrimas se convirtieron en mar. Intentaba no mirar aquellas imágenes, pero su mano, casi sin quererlo, tocó una de ellas, una en la que se veía la cara de Elisa sin vida, su cuerpo perfectamente colocado, boca arriba en el suelo, con aquel cabello tan impoluto y su piel, que antes era tostada, había perdido su color. La sangre tintaba de rojo toda la habitación, se esparcía por la alfombra, por el viejo parqué, por las salpicadas cortinas. No lo pudo evitar y el estómago se le revolvió, echando la poca comida que tenía en su estómago al suelo.

George al verla en ese estado, se detuvo y se compadeció de nuevo de ella.

—Pediré que vengan a limpiarte. —Se levantó de la silla, después de recoger todas fotos de la mesa y volverlas a guardar en la carpeta. —Seguiremos más tarde. —Dijo desde la puerta. Dedé no pudo levantar la cabeza. Se quedó mirando los restos del suelo vomitado, con vergüenza.

George salió de la sala de interrogatorios con sus esperanzas destruidas, el teniente lo esperaba en el pasillo, con semblante serio, como pidiendo noticias.

—Teniente… —Saludó con respeto y sin ganas.

—Agente, cuénteme.

—¿Ha visto el interrogatorio? —Preguntó. El teniente cerró los ojos y afirmó con la cabeza. —Pues entonces ya lo sabe. Seguiré más tarde, tenemos que encontrar a Marion Green. —George, estaba destrozado, después de la sesión con Dedé no podía hacer otra cosa que darle la razón a su superior; y con enfado se dirigió a su mesa de trabajo.

—¡El alegar locura transitoria no la eximirá de sus actos! —Le gritó el teniente, mientras él se iba dándole la espalda. —¡Tendrá que pagar por lo que ha hecho!

Dedé, de nuevo sola en la sala de interrogatorios, miró hipnotizada aquella mesa, en la que antes habían estado desfilando las imágenes con el cuerpo de su amiga mutilado. Se quedó paralizada. No dejaba de darle vueltas a que aquello no era real, a que aquello no había pasado de verdad, en su mente se convencía una y otra vez. De pronto sintió un cosquilleo en la nuca y alguien le habló.

—¡Hola Danielle! —Susurró una voz masculina.

Dedé alzó la vista y allí estaba, frente a ella, no podía creérselo… ¡Era él! ¡Era el ser del bosque otra vez!

—¡Volvemos a vernos! —Dijo mientras soltaba una media sonrisa satisfactoria.

—¡Tú, eres tú! —A Dedé no le hizo gracia verlo de nuevo. —¡Tú has tramado todo esto! ¡Todo es culpa tuya!

—¿A qué te refieres? —Preguntó él haciéndose el interesante.

Dedé lo miraba con rabia, quería romper esas esposas, trepar por encima de la mesa y pisotear su cara, hasta hacerlo desaparecer.

—¡Sabes muy bien a qué me refiero! ¿Qué le has hecho a Elisa? ¡Tú la has matado! —A Dedé se le iban a salir las venas del cuello.

—Ah, eso… Sí, fui yo. —Contestó con sosiego. —Pero no he venido para hablar de ella.

—¡Ella era mi amiga, maldito monstruo psicópata! ¿Cómo has podido hacerle eso?

—Tengo que reconocer que Elisa fue muy útil y una parte clave en mi misión, pero ya no me servía, dejó de creer y se descarrió. Me vi envuelto en una encrucijada, ella fue la solución más rápida. —Él se explicaba mientras Dedé no entendía ni una sola palabra de lo que decía.

—¡¿Pero que cojones me estás contando, puto loco?!

—Elisa fue una herramienta para llegar a tí, al igual que lo fue Mike y Roxanne, incluso tu querido “lelo”.

—¿Qué quieres decir?

—¿De verdad creíste que la muerte de Mike fue pura casualidad? —El ser desapareció y volvió a aparecer con sus labios pegados al oído de Dedé. —Murió por tu culpa.

—¡Eso no es cierto! —Dedé se giró con brusquedad sin percatarse de que lo tendría justo delante de su cara.

Ahí fue cuando sus ojos se cruzaron con los de él. Realmente, no era Mike… Aquellos ojos… aquellos ojos no eran de este mundo. Eran morados, muy morados, como dos luceros de amatistas. Sus pupilas negras como la noche, apenas tenían brillo, transmitían una sensación extraña, de ultratumba, sombrías. El ser no se apartó de ella hasta que Dedé retiró la mirada. Con un solo movimiento y ya la tenía dominada. Él fue hacia el espejo y lo acarició con un cariño espeluznante.

—El otro día no pude presentarme, es normal que estés confusa, pero tranquila, todo te será revelado a su debido tiempo. —Caminaba tan elegante que casi flotaba. —¡Mi nombre es Apolo! —Se inclinó haciendo una solemne reverencia. —Hijo de Zeus y Leto, aunque eso sea irrelevante… —Hizo una mueca de desprecio hacia los nombres de sus padres. —Soy conocido como el Dios Oracular o Dios de Delfos, pero tú puedes llamarme Dios a secas.

—¡Me la suda quién creas que seas! ¡Eres un puto psicópata y acabaré contigo por lo que le hiciste a Elisa! —Dedé no atendía a razones, solo quería liberarse de esa mesa y saltar encima de él.

—Elisa… Elisa… Elisa… —Él seguía caminando tranquilo mientras pensaba en Elisa. —Tú todavía no lo comprendes, pero algún día te darás cuenta de que murió por una causa.

—¿Y tenías que sacar sus órganos y destriparla de esa manera? —Preguntó encolerizada.

—¡Oh, sí! Eso fue lo más importante del ritual… Tengo que alimentar a mis pequeñas. —Dedé lo miró sin comprender. —¡Cómo te he dicho, es difícil de entender! Sobre todo tú que tienes la mente hecha un colador. ¡Que si es un sueño, que si ahora no lo es…! ¡¡Madre mía, estás fatal chica!!

—¡¡Estás loco!! ¡¡Vete de aquí!! —Gritó ella.

—No te esfuerces, querida. —Se acercó a ella y le acarició el pelo. —No puedes hacer nada contra mí. Soy imparable y tú me perteneces. —Se dirigió a la silla y se sentó con los mismos modales de un rey. —Te voy a decir lo que va a pasar ahora.

Dedé, enfurecida, negaba con la cabeza.

—Ahora te culparán de asesinato y desaparición.

—¡¿Desaparición?! —Dijo sorprendida.

—¡Shhh…! —Hizo un gesto de silencio con su dedo. —Como iba diciendo, te culparán de todo eso y además verán que te falta un tornillo. —Siguió gesticulando haciendo círculos con el dedo en su sien. —Te encerrarán en un hospital psiquiátrico y entonces ahí serás toda mía. ¿Sabes porqué? Porque allí nadie escuchará tus gritos, ni tus locuras, ni que hablas con un muerto. —Se rio. —Al final acabarás por rendirte y sucumbirás a mi poder.

—Digamos que te sigo el juego y te creo, ¿Qué demonios quieres de mí?

—Eso es “Top Secret” querida, lo sabrás cuando estés preparada.

—Yo nunca seré nada tuyo, ¿me oyes? —Protestó y con un intento de hacerle algún tipo de daño, le escupió. —¡Me das asco!

—¿No me crees? Mira te lo demostraré. —Él alargó su brazo izquierdo y señalando la puerta, dijo. —Dentro de treinta y cinco segundos entrará tu querido George por la puerta, con un sándwich y un café calentito. —Encogió sus hombros y se frotó los brazos como cuando uno tiene frío y se rió.

—Estás mal de la cabeza. —Dedé no creía nada de lo que decía aquel enfermo mental.

—Treinta segundos… Te dirá que siente haberte presionado, que si podéis empezar de cero y bla, bla, bla… Veintitrés segundos… —Él seguía hablando y continuaba con la cuenta atrás. —¡Me encanta ese tal George! Deberías salir con él el tiempo que te queda en la Tierra de los humanos, al menos te llevarías un buen recuerdo. Catorce segundos…

Dedé lo miraba y miraba la puerta, estaba segura de que aquel ser mentía, pero ¿Y si no? Tenía miedo de que George entrara y viera a Mike y éste le hiciera lo mismo que a Elisa. No podía permitir que George se pusiera en peligro.

—¡¡Ni se te ocurra mirarlo si quiera, asesino!! —Exclamó ella.

—¡Uy, ya veo que hay sentimientos! Tranquila, si no se interpone en mi camino, no le haré nada. Seis, cinco… —Dedé se colocaba en su asiento, estaba nerviosa, no dejaba de mirar a ambos lados, a la puerta y a su nuevo psicópata personal. —Y en… tres, dos… —Él hizo un chasqueo con los dedos y la puerta se abrió.


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¡NO OS PERDÁIS EL CAPÍTULO 18 EL PRÓXIMO VIERNES!


CAPITULO DIECISÉIS

YO NO LO HICE


Se despertó abriendo sus grandes ojos azules. Esta vez ella también había hecho magia, pues sus pupilas se dilataron tanto que su azul se oscureció. Se quedó inmóvil, en la misma postura que cuando se acostó, pies colgando y el resto del cuerpo como una tabla. Su pelo negro como la noche estaba húmedo, gotas de sudor brillaban en su frente, había sido un sueño tan real, tan intenso, que le costó asimilarlo. Miraba hacia el techo de su habitación pensando en sí debía hacer caso a aquellas voces, si la visita de su abuelo significaba algo. Se levantó despacio y se quedó sentada en el borde de la cama. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era aquello real o en verdad estaba perdiendo del todo la cabeza? Solo había una forma de averiguarlo.

De nuevo, sin ducharse ni cambiarse, se dirigió hacia la salida. Tenía una pinta horrible, como si hubiera estado de fiesta durante una semana entera, cara llena de moratones, la ropa sucia, todavía descalza, el pelo sudado y unas ojeras que se hundían como cuevas bajo sus ojos. Si no estaba ida, desde luego lo parecía. Caminaba acelerada por los pasillos de la residencia, con el corazón a mil por hora, esperaba llegar a la biblioteca y ver a la borde de Marion en la recepción, a salvo, sin gritos de auxilio y sin llantos. Respiraba todo el oxígeno que encontraba con intensidad, como una completa adicta sin su droga. Los demás estudiantes la miraban alucinados y se apartaban de su lado, parecía la nueva peste mundial. Cruzó el campus todo lo rápido que sus pies, con calcetines destrozados; y sus piernas temblorosas le permitían. Vio la puerta de la biblioteca al final del camino, pero se le estaba haciendo eterno el trayecto, un sendero que se alargaba más y más, en su mente, a medida que avanzaba. El sol de la mañana le molestaba en la cara, sentía que debajo de sus fulminantes rayos se iba a derretir o a convertir en polvo, cual vampiro. Al fin llegó y a duras penas pudo sujetarse a la barra de la puerta de cristal. La abrió después de coger aire dos o tres veces, quería con tanta fuerza que Marion estuviera allí. Si Marion estaba en su lugar de trabajo, eso significaba que solo estaba cansada, estresada, como bien había dicho George y para eso había un remedio, dormir durante todo un mes y jamás, jamás volver a beber, ni tocar las drogas. Se envalentonó a abrir la puerta, confiada y diciéndose a sí misma en su mente que Marion estaría allí y la volvería a llamar Danielle, la volvería a insultar con algún tipo de frase elocuente e inteligente, seguramente repararía en su aspecto llamándola irresponsable o algo parecido, no le importaba ni lo más mínimo los insultos de Marion, solo quería verla, en persona, en carne y hueso.

Entró y vio que la mesa de recepción estaba vacía, eso la estresó mucho más, con más estrés, más locura parecía desprender, la cara la tenía pálida, los ojos seguían en un pozo oscuro y su semblante totalmente desencajado. Miró hacia los otros estudiantes que hacían cola en el lugar de trabajo de Marion. Se acercó a ellos, pero se apartaban asustados por ver aquella versión tan surrealista y peligrosa de Dedé. Se abalanzó contra el primero que pilló.

—¡¿Dónde está?! —Preguntó desquiciada. El chico intentaba apartarse de ella pero Dedé se agarró fuerte a su brazo.

—¡Déjame zumbada! —Le contestó.

—¡Dime dónde está! —Preguntó de nuevo más enfurecida.

—¡Eh, oye, te ha dicho que le dejes! —La chica que estaba delante intentó socorrer al chico acorralado por Dedé. Dedé se dirigió entonces a ella.

—¡Por favor, solo quiero saber dónde está la recepcionista! —En su voz se notaba la desesperación.

—¡Está allí! —Señaló la chica confusa y algo harta de su comportamiento.

Miró hacia la dirección del dedo. Y allí estaba Marion, de pie, colocando unos libros en la estantería, tan tranquila como siempre. Dedé respiró aliviada y encorvada, casi sin fuerzas, se dirigió hacia ella.

—¡Menuda loca! ¡Está como una cabra! —Murmuraban los estudiantes de la recepción.

Arrastrando los pies y con una sonrisa llorosa, fue hacia su querida y odiada Marion. Sabía que ella la reprendería por estar en ese estado, que la echaría de allí de inmediato, pero tampoco le importaba. Necesitaba verle la cara, frente a frente, ver que estaba bien y que nadie la tenía atrapada en ningún bosque, en ningún lugar extraño. Miró su espalda, observó su vestimenta y sonrió más todavía, al ver que seguía siendo la misma Marion de siempre, con sus formas tan anticuadas y desfasadas de vestir, incluso le gustó su estilo aquella mañana. Alargó su brazo para tocar su hombro.

—¡Marion! —La llamó con alegría. —¡Menos mal que estás aquí!

Marion se giró para ver quien la reclamaba, pero no era ella, no era Marion, era otra chica del campus, otra muy diferente.

—¡Tú no eres Marion! ¡Tú no eres Marion! —Dijo Dedé sorprendida y aterrorizada. La tez de su piel se volvió tan blanca que podría llegar a ser transparente. Sus ojos se hundieron mucho más en aquel pozo negro de sus ojeras.

—No, lo siento, Marion no está. ¿Puedo ayudarte en algo? —Dijo la chica que intentaba no asustarse y ser amable. Dedé se quedó mirándola, la observó de arriba abajo con detenimiento, parecía que la fuera a devorar. —¡Oye! ¿Te encuentras bien? —Preguntó echándose hacia atrás.

—¡¡Tú no eres Marion!! —Dedé la agarró por los hombros y la estampó contra la librería con fuerza. —¡¡No eres Marion!! —Gritaba. —¡¿Dónde está?! ¡¡Dime dónde está Marion!!

La nueva recepcionista estaba realmente aterrorizada, estaba siendo atacada por una especie de joven loca, con aspecto de adicta, en plena crisis de abstinencia.

—¡¡Dime qué está pasando!! ¡¿Dónde está?! ¡¡Contéstame!! —Dedé no controlaba su fuerza, estaba fuera de sí, la apretaba y la empujaba una y otra vez.

—¡¡No lo sé!! ¡¡No sé dónde está!! —Le contestó. —¡Ayuda por favor, que alguien me ayude!

Al escuchar sus súplicas de ayuda, Dedé cesó, recordó la voz de Marion pidiendo ayuda en sus sueños. La soltó y ésta escapó corriendo. Miró sus manos, dándose cuenta de que lo que estaba haciendo no estaba bien, se le estaba yendo la cabeza, aquel tema se estaba desmadrando demasiado. Dejó que finalmente sus piernas perdieran fuerza y las rodillas se doblaron como el papel, sintiendo el frío de aquellas viejas baldosas en su piel.

—¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué está pasando?! —Arrodillada, indefensa, mirando sus manos temblorosas y sin comprender, se repetía una y otra vez la misma pregunta, mientras su cuerpo se balanceaba levemente hacia delante y hacia atrás. —¡Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza! —Se sujetó la frente con las dos manos, no aguantaba más aquellos sueños, aquellas voces, ni las extrañas apariciones.

—Danielle… —Una voz amistosa estaba a su lado. Era George, que vestido con su uniforme, llegó hasta ella y en cuclillas se acercó. —Danielle, soy George. —Dedé levantó la vista llena de lágrimas, llena de miedo. En su cara podía verse la locura.

—¿George? —Dijo algo aliviada al verlo.

—Sí, Danielle, soy George.

—¡George! ¡¿Qué me está pasando?! —Sus manos trémulas se agarraron a él.

—¡No lo sé, Danielle, pero lo averiguaremos! Yo te ayudaré, pero para eso tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo? —Dedé asintió afligida. —Te ayudo a levantarte. —Ambos se pusieron de pie despacio, a Dedé le costaba moverse.

Caminaron hasta la recepción lentamente, Dedé se sujetaba del brazo de George y reposaba su cabeza en su sólido hombro. Los demás estudiantes se apartaron hacia los lados, hicieron un pasillo esperando algo que a Dedé no le iba a gustar. Cuando ella alzó la vista hacia la entrada, vio a varios agentes de policía haciendo guardia, mirándola muy atentos. Eso no le hizo ninguna gracia. Miró a George con súplica, con miedo, con decepción, de nuevo se sentía traicionada. George se dio cuenta.

—No pasa nada, Danielle, yo estoy contigo. —Ella se apartó de él, soltando el brazo que antes había sido su consuelo, pero que ahora era su enemigo. —¡No lo hagas más difícil! Tienes que entregarte, Danielle.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —Dijo ella asustada y confusa.

—¡Danielle, Elisa ha muerto! —Dijo George estirando las palmas de sus manos a modo de calma.

—¡¡¿Qué?!! —A Dedé se le cayó un mar helado encima. Eso no podía ser real, estaba segura de que era un error.

—Tienes que venir con nosotros.

Varios policías se adelantaron al ver que Dedé iba a resistirse, sacando sus esposas del cinturón de su pantalón. Ella retrocedió varios pasos, impresionada y sin comprender lo que estaba pasando una vez más.

—¡Esto es otro sueño, esto no es real! —Negaba con la cabeza al mismo tiempo que gritaba. —¡George no dejes que me lleven! ¡No dejes que lo hagan!

—¡Danielle, por favor! —Él estaba realmente conmocionado, no sabía qué hacer, sus compañeros se la iban a llevar a la fuerza y no podría impedirlo. —Estaré contigo, te lo prometo, en todo momento, pero tienes que ir con ellos.

Dedé negaba y negaba con la cabeza y los policías sujetaron sus manos para detenerla.

—¡Esto es un sueño! ¡Esto no es real! —Repetía mientras intentaba soltarse desesperadamente de sus captores. —¡Yo no lo hice George, yo no hice nada de lo que creen! ¡¡Diles que me suelten, tengo que salvarlos!! ¡¡Debo salvarlos a todos!! —Gritaba como una furia y los policías se la llevaron por la puerta en volandas. Dedé pataleaba y voceaba todo lo que su cuerpo agotado y magullado le permitía. Parecía, literalmente, una loca desequilibrada.

George, angustiado y triste, se echaba las manos a cabeza, se sentía impotente viendo cómo se la llevaban y cómo ella le suplicaba clemencia, en el fondo sabía que su querida Danielle era incapaz de hacerle daño a nadie, pero había visto y oído cosas que no podría pasar por alto, realmente su querida Danielle había perdido el norte, ¿se habría convertido entonces en una asesina? Ya no sabía en qué creer. Lo que sí sabía, es que jamás la dejaría sola.


RODAS

LA ISLA DE RODAS (Ρóδος)

Es la isla más grande del archipiélago griego del mar Egeo. Famosa por sus playas, su historia antigua y sus ruinas. Una cordillera montañosa la atraviesa de norte a sur, dónde el pico más alto se llama Ataviros (1215 msnm). Se le otorgaron innumerables nombres que fueron cambiando a lo largo de los años:

Ofiusa (Οφιουσσα): Por la abundancia de serpientes que al parecer tenía la isla.

Olesa (Ολóεσσα): Que significa perniciosa o mortal, quizá por el mismo motivo de las serpientes.

Asteria (Αστερíα): Porque brillaba como un astro por su belleza y por el predominio del tiempo soleado la mayor parte del año.

Trinacria (Τρινακρíα): Porque posee tres promontorios como Sicilia.

Atabiria (Αταβυρíα): En referencia a su más alta montaña (el monte Atabiris o Atabirion, actualmente Attaviros, 1.215 metros), o al nombre de su más antiguo y legendario rey.

Macaria (Μακαρíα): Porque según la tradición es una isla afortunada como Chipre y Lesbos

Wikipedia

LEYENDAS

Ponto fue engendrado por Gea (Creadora de la Tierra) y Urano (hermano de Ponto), aunque hay quien dice que Gea lo engendró sola. Los hijos de Ponto fueron los nueve Telquines; y los primeros en poblar esta isla. Tenían cabeza de perro y aletas de pez, asemejándose a una foca. Fueron expulsados por Zeus, que les envió un diluvio por hacer conjuros prohibidos con el agua de Estigia (río límite que separa la tierra del mundo de los muertos). Criaron y educaron a Poseidón, también lo armaron con un tridente y una hoz. Después la isla fue ocupada por Helios, Titán del sol, que contrajo nupcias con Rodo o Rhoda (ninfa marina, hija de Poseidón) la cual le dio posteriormente el nombre a la isla. Con ellos convivían también los Gigantes, pero en otra zona de la isla. Los Gigantes deseaban la dominación del cosmos y la destrucción de los Titanes.

Otra leyenda, es que Zeus regaló la isla a Helios y Rhoda como ofrenda de boda. Desde entonces se consideraba a los habitantes de la isla como los hijos del sol. De ahí la gigantesca estatua llamada El coloso de Rodas, construida por los habitantes en honor a su dios Helios.

El coloso

Restos del Coloso

Antigua representación


Rodas es considerada Patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Es la ciudad mejor fortificada y conservada de Europa, con torres y bastiones y una muralla de 4 km de longitud, con calles totalmente peatonales.

¿Qué visitar en Rodas?

El museo arqueológico de Rodas contiene objetos del medievo, encontrados en las islas que forman el Dodecaneso. La calle de los Caballeros donde encontrarás diferentes posadas procedentes de diferentes países, la posada de la lengua de Inglaterra, la de Francia… El museo de arte bizantino con su arquitectura característica de esa época, muy bien conservado. La Torre del Reloj Roloi, un mirador donde podrás apreciar la ciudad desde arriba. Las iglesias de Agia Triada y Agia Aikaterini. El Palacio del Gran Maestre de los Caballeros de Rodas, castillo que conserva todavía los suelos de mosaico y los aposentos del Gran Maestre. Fue edificado por los caballeros, dentro guardan un museo con toda la historia de Rodas. Por desgracia varios enseres se destruyeron tras una explosión accidental por culpa de ciertas municiones en 1856. Lindos, un pueblo alejado de las murallas, a una hora del centro, un lugar lleno de historia arqueológica y preciosas vistas compuestas por las maravillosas casas blancas, en la ladera de su colina, desde su cima podrás apreciar las vistas del pueblo y el mar. Un pueblo con encanto, lleno de vida juvenil, tiendas de souvenirs y baja contaminación ambiental, puesto que no se permite circular con el coche. La montaña de Lindo está formada esencialmente de roca de unos 116 msnm, rodeada de murallas construidas por los caballeros en la Edad Media. Entre los restos se encuentran un antiguo teatro y rastros del Templo de Atenea. El Valle de las Mariposas, está al norte de la isla y en él se convergen cientos de mariposas que cubren los follajes de los árboles durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre. Tiempo de apareamiento para estos animales voladores tan preciosos. ¡Una experiencia única que merece la pena ver! En el mismo valle encontrarás un Museo de Historia Natural. Para poder visitar este increíble Valle de las Mariposas, es obligatorio hablar en voz muy bajita, no hacer ruidos excesivos y caminar por los senderos marcados o coger el Tren de las Mariposas hasta llegar al acrópolis. Los Manantiales de Kallithea están a 8 km del centro de Rodas, está junto a la playa de Kallithea y se dice que tiene un poder curativo especial. Fue construido en 1927 con preciosas composiciones y grandes espacios, con hermosos mosaicos en piedra. Sus terrazas dan hacia la bahía desde donde puedes apreciar las mejores playas de la isla. En la antigüedad, muchos viajaban hasta estos manantiales con la esperanza de curar sus heridas y sanar sus enfermedades. Otra de las cosas más importantes de Rodas es el recorrido de Los siete Manantiales.

Los 7 Manantiales

El mejor lugar para desconectar, relajarte o incluso inspirarte. Los siete manantiales se encuentran ubicados a 4 km de Kolymbia, provienen de la montaña y juntos se unifican en un gran río. Para llegar a ellos existe una ruta a pie señalizada. Es una de las zonas más visitadas, por su relajación y su belleza paisajista. Te envuelven sus colores y sus sonidos de la fauna. Un lugar totalmente paradisíaco. Los siete Manantiales son conocidos como Epta Piges, nombre proveniente del griego.

Su parte más conocida y más frecuentada es un túnel subterráneo y estrecho, con capacidad para solo una persona. Sin luz y con varias curvas en su interior, mide unos 180 metros y el río te cubrirá hasta los tobillos, dependiendo de su caudal. Tras cruzarlo, llegarás a un pequeño y precioso lago. No es apto para esas personas que no soportan la oscuridad o el estar encerrado, si es tu caso, podrás llegar igualmente al lago subiendo unas escaleras por encima del túnel y atravesando el bosque siguiendo un sendero.

Podría enumerar infinitos sitios de la Isla de Rodas, tiene duende, tiene magia y mucha historia, real y mitológica. Un lugar perfecto para tus vacaciones. Contiene una gran cantidad de Playas, restos arqueológicos y castillos construidos por los caballeros en la Edad Media.

AQUÍ OS DEJO VARIAS IMÁGENES DE LA ISLA Y SUS RINCONES

CAPITULO ONCE

KALAMBAKA


El semidios estaba sentado en uno de los cómodos sofás granates del compartimento. Con los codos apoyados en sus rodillas, miraba al profesor, atento, esperando a que se despertara del traumático desmayo. El profesor seguía en estado catatónico, tumbado boca arriba en el sofá de enfrente, con la boca abierta y con un brazo colgando hacia el suelo. El tren hizo sonar su bocina con fuerza, se detenía en la siguiente parada, lo que provocó que Harris se desvelara alterado, levantó su cuerpo como un resorte.

—¡¡No me comas!! —Exclamó asustado aún entre sueños. Harris puso su mano en el pecho al darse cuenta de que solo había sido una horrible pesadilla. Miró hacia su derecha y vio a Heracles, que le observaba inmóvil. —¡Ah! —Soltó un alarido de susto. —¡Mierda, creía que todo había sido una horrible pesadilla!

—No, ha sido real. —Dijo Heracles sin inmutarse.

—Si, ya lo veo. —Suspiró decepcionado. Giró sus piernas y se colocó sentado. —Si no, no estarías aquí.

—Bueno profesor… nos bajaremos dentro de poco, ha dormido usted casi todo el viaje, espero que la siesta haya sido reconfortante porque nos queda un largo camino lleno de peligros. —Heracles se levantó con energía.

—Genial… —Dijo él con poca convicción.

—¡No se preocupe, yo estaré con usted todo el tiempo! —Exclamó animoso dándole una palmadita en el omoplato. Lo golpeó con tanta fuerza, que hizo que el profesor cayera de rodillas hacia el suelo. —¡Oh, profesor! —Heracles se agachó para ayudarle a levantarse. —A veces, con la emoción, no controlo mi fuerza.

—¡Sí, eso también lo veo! —Protestó sarcástico mientras se incorporaba. —Y dígame, Heracles… —Dijo recalcando su nombre. —¿Puede iluminarme un poco todo esto?

—¿Iluminar? —Heracles miró al rededor de la habitación. —No entiendo, ya hay bastante luz en esta habitación, ¿no cree? —Contestó.

—Es una forma de hablar… Me refiero a que me explique todo esto, la situación en general.

—¡Ah! Sí, claro. Nunca he entendido los entresijos del habla humana, ¿por qué hablan con códigos? ¿Les divierte? ¿Por qué no hablan de forman clara y sincera? ¿Es algún tipo de juego para ustedes? —Preguntaba sin parar.

—¡Al lío, Heracles! —Contestó Harris impaciente.

—¡Oh, sí, disculpe! —Hizo una pequeña pausa para encontrar las palabras más eficaces y encontrar un inicio comprensible para la mente humana del profesor. —Empezaré por algo sencillo. El libro que usted encontró, no debería estar aquí.

—¡Sí, eso ya lo sé…! —Harris dudaba si el semidios era lo suficientemente inteligente como para ser un competente guardaespaldas. Supuso que para ejercer la fuerza bruta, no se necesitaría de una inteligencia desbordante.

—Sí, es verdad, usted eso ya lo sabe. —Se rascó la barbilla pensativo. —Bueno, a ver, eso… —Señaló al suelo, recordando a la Drinfa. —Es uno de los pocos peligros que nos esperan. Me han enviado aquí para evitar que el libro que usted tiene, siga circulando en manos equivocadas.

—¿¡Pero quién lo ha traído!?

—Ahora voy con eso. Uno de nuestros dioses del Olimpo se ha “aburrido” y quiere… ¿Cómo lo diría? ¿Divertirse?

—¡Es broma! ¿No?

—No, ¿por qué iba a ser una broma? —Heracles continuaba sin entender las formas de hablar humanas. —A ver, ese dios recibió un “mensaje”, que le decía que algo grande llegaría si él daba ciertos pasos. No sabemos muy bien cuáles son los pasos que tiene que seguir para ello, pero lo que sí sabemos es que el “algo grande” que va a pasar no es bueno para los humanos y en consecuencia, para nosotros, los dioses, tampoco.

—¿A qué te refieres? ¡¿Qué es lo que va a pasar?! —Preguntó preocupado.

—¡Tranquilo profesor! He librado miles de batallas, en comparación, esta es un juego de niños. —Dijo hinchando su pecho de orgullo. —Un ser del bosque no podrá con estos músculos. —Se dio un golpecito en el pecho con su puño, demostrando su resistencia.

—¡Madre mía… que dios nos asista! —Harris se echó la mano a la cabeza. —¡Espera! —El profesor dio un brinco. —¡¿Has dicho dios del bosque?!

—Sí, uno muy escurridizo. Descendió a la tierra hace un par de siglos, escondiéndose entre sus súbditos, maquinando una gran batalla. Ahora se acerca su cometido y gracias a eso hemos podido averiguar lo que se propone. ¡Gracias a usted profesor! —Iba a darle otra palmada pero el profesor se echó hacia atrás para esquivarla, Heracles retiró su mano.

—¡¿Gracias a mí?!

—Sí, si usted no hubiera encontrado el libro y no hubiera ido a esa cita, andaríamos a ciegas. Cuando descendió del Olimpo, creímos que era una simple escapadita. Todos lo hacemos de vez en cuando. ¡La Tierra tiene placeres muy variados! ¡Ya me entiende! —Le dio un codazo de complicidad y le guiñó el ojo de forma traviesa. Al profesor no le hizo gracia. —Supusimos que habría engendrado hijos y que se había quedado en la Tierra para educarlos a su imagen y semejanza, pero después de quinientos años, empezamos a preocuparnos. Sabíamos que tramaba algo.

—¡Quinientos años! ¡¿Y no se les ocurrió preocuparse antes?!

—¡Profesor, usted y yo no medimos igual el tiempo!

—¡Ya, pues ahora estamos todos en peligro! —Exclamó enfadado.

—Escuche, lo cogeremos, es solo cuestión de tiempo, no podrá hacer lo que se propone. —Dijo él muy convencido.

—Necesito saber qué es lo que va a pasar y quién es ese dios insatisfecho, que nos quiere amargar la existencia a todos.

—Digamos que él se encarga del orden en la naturaleza. Lo que vosotros llamáis desastre natural o fenómeno natural e incluso milagros de la naturaleza… Pues no, no es así. Él se encarga de todas esas cosas que vosotros admiráis y respetáis.

—Leí algunas leyendas y mitos sobre eso. —Harris miró hacia el infinito intentando recordar. —Era algo sobre un dios que reclutaba súbditos y que su poder se hacía cada vez más fuerte gracias a la oración de sus seguidores.

—¡Sí, ese mismo! ¡Muy bien profesor, es usted todo un estudioso! —Dijo Heracles gratamente sorprendido.

—Pero si es él… ¡¡estamos perdidos!! —Exclamó asustado. —Según cuenta la leyenda, trajo pestes, terremotos y plagas a este mundo hace miles de años.

—No llegaremos a tanto. —Dijo convencido.

—¿Por qué estás tan seguro?

—No es la primera vez que lo intenta, por eso sé que no lo conseguirá.

—¿Ya lo habéis detenido otras veces?

—Sí y lo paramos todas las veces. ¿Ves profesor? ¡No tienes de qué preocuparte! —Dijo posando con delicadeza su mano en su hombro. Harris miró de reojo el movimiento de Heracles con miedo a que le partiera en dos. —Solo tenemos que guardar ese libro en un lugar seguro y así él no podrá continuar.

—¿Por qué el libro, para qué sirve?

—El libro es un portal, un recopilador, es parte de él. Con él consigue viajar a donde quiere, moverse entre mundos. En la última batalla que liberamos, Prometeo le quitó el poder de descender a la tierra para protegeros, pero él se las ingenió para conseguir un puente. Con una concentración de energía tan potente que lograría llevarle a donde quisiera sin vigilancia. Supimos de su descenso, pero ya le digo que no nos preocupó, hasta ahora. Eran simples travesuras. Es un dios muy activo sexualmente hablando, sus desarrollados instintos de procreación son más elevados que los de ningún dios. ¡Después de mi padre, claro está!

—Su padre…

—Sí, el gran Zeus. —Dijo con orgullo.

—Ya… ¿Y creyeron que era un simple arrebato por esparcir su semilla?

—Apolo está ligado a la Tierra más que ningún otro dios. Necesita el contacto femenino de mujeres jóvenes humanas.

—¡Eso era, Apolo! Había olvidado que leí su nombre. —Recordó Harris. —Vale, entonces llevamos el libro hasta los monasterios de Meteora y listo, ¿no?

—Bueno, no es tan sencillo… —Dijo Heracles enseñando los dientes con una sonrisa falsa.

—¡Acabas de decir que era un juego de niños!

—El problema está en que hay una humana dentro a la que debemos liberar, por no mencionar que por el camino estoy seguro de que nos encontraremos con todo tipo de obstáculos.

—¡¿Obstáculos como la Drinfa?! —Harris no sabía si quería realmente saber la respuesta.

—Si y peores. Al ser usted un humano, Apolo envió a una Drinfa, una de sus súbditas menos letales. Lo que no logro entender es, ¿por qué sabe Apolo de su existencia? Quizás se cruzó con él en algún momento, o hizo usted algo que le cabreó.

—No lo creo, no me he cruzado con ningún dios últimamente. —Contestó sarcástico.

—¡Discrepo! Ayer tuvo una cita muy divina.

—¡Ayer estuve con mi amigo y compañero de conocimientos, Alexander Jones! Es un ilustre licenciado en historia, compartimos descubrimientos y es un experto en artes oscuras, tiene un gran conocimiento de las interacciones sociales humanas. ¡Es admirable! —Explicó Harris con arrogancia.

—Acaba usted de describir a Prometeo.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevamos años de amistad! —Se sorprendió.

—Lo siento profesor, pero su amigo del alma es Prometeo. —Harris se sentó, dejándose caer a plomo en el sofá, con la cara descompuesta y con un pequeño gesto de desilusión y traición. —Si le sirve de consuelo, sé de buena tinta que es usted uno de sus humanos favoritos, él también le admira y le tiene en alta estima. —Heracles se compadeció de él. Continuó con el problema de la situación. —Por lo que sea, usted cabreó de alguna forma a Apolo y por eso le envió a una Drinfa. Seguramente, ahora Apolo esté muy cabreado, él siente el dolor de cada una de sus criaturas, sabrá que la hemos destruido, por lo que enviará a más y más fuertes. Tendremos que enfrentarnos a todas ellas y llegar hasta las montañas de Kalambaka.

—Genial… sabía que moriría joven, pero no de esta manera. —Dijo depresivo.

—¡Venga, no se venga abajo! ¡Le necesito positivo y con energía para llevar a cabo esta hazaña! —Heracles puso sus puños en sus caderas y abrió levemente las piernas, una posición muy heroica.

—¿Qué pasará cuando lleguemos allí?

—En el monasterio nos ayudarán a liberar a su alumna humana.

—Se llama Marion Green, mi alumna es Marion Green. —Dijo con tono preocupado. Heracles lo miró comprendiendo su preocupación.

—Una vez que liberemos a Marion, tendremos que ser muy rápidos. Al sacar a un atrapada de su libro, él sabrá nuestra ubicación exacta y vendrá a por nosotros con toda su ira. Que nos envíe súbditas horrendas y peligrosas es una cosa, pero que venga él en persona… Me temo que mi fuerza no será suficiente.

—¡¿Hay alguna buena noticia?! —Preguntó con ironía e irritación.

—¡Claro! ¡Profesor, yo estoy con usted! ¡Eso ya debería ser una muy buena noticia! —Contestó muy positivo.

—Supongo. —Harris no lo tenía muy claro.

Desde luego no estaba preparado para este tipo de batallas, en verdad a lo máximo a lo que él se había enfrentado habían sido excavaciones arqueológicas y libros cifrados. El tren hizo sonar su bocina de nuevo y comenzó a frenar para detenerse en la siguiente parada.

—¡Venga profesor, nos vamos! —Heracles abrió la puerta del compartimento para salir. Harris cogió aire profundamente y lo expulsó rápido y con fuerza.

—¡Allá que vamos!


¡ÁNIMO HARRIS, QUE TÚ PUEDES!

¿VEREMOS LAS HAZAÑAS DE LOS DOS EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

¿PODRÁN LLEGAR HASTA KALAMBAKA? ¿QUÉ PELIGROS LES ESPERA?


POR MOTIVOS PERSONALES AYER NO PUDE PUBLICAR EL CAPÍTULO 11. EN COMPENSACIÓN HOY PUBLICARÉ TAMBIÉN EL 12.

¡ESTA TARDE ESTARÁ DISPONIBLE!