CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR


Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían unos pequeños santos como símbolo de protección y bienvenida.

Los dos estaban completamente mojados, la tormenta continuaba con su insistente lucha, necesitaba atraparlos como fuese. Heracles golpeó la puerta tres veces, pero nadie contestó. Ambos miraban hacia el exterior del porche, los rayos caían con más intensidad en las escaleras. Heracles golpeó de nuevo y de nuevo sin contestación.

—¡Abran, por favor! —Gritó Harris impaciente.

—¡Shhh! —Le señaló el semidiós. —No debemos irrumpir en su tranquilidad.

—¡¿Tranquilidad?! ¡Acaso no se dan cuenta de la tormenta que hay aquí fuera! —Contestó el profesor algo molesto.

—Esto es un santuario, lo que significa que está en suelo sagrado. ¡Usted no lo entiende! Tras esta puerta, ellos viven una realidad totalmente distinta.

—¡¿Y qué vamos a hacer, quedarnos aquí plantados mientras el malhumorado de tu padre quiere matarnos?!

—Tenga paciencia, profesor. Ellos deben sentir nuestra presencia, si no nos calmamos, no nos abrirán. Debemos estar en la misma sintonía. —Dijo Heracles intentando tranquilizar a Harris. Se colocó frente a él, cogió sus manos y juntó sus palmas. —Respire, relájese. Olvídese de la tormenta, piense en este lugar como lo que es, un paraíso. La tormenta no es real, no en su mente. Cierre los ojos y respire profundamente.

Harris hizo caso a las indicaciones del semidiós, aunque le costaba olvidarse de aquellos estruendosos sonidos que estaban haciendo añicos las escaleras del porche. Cerró sus ojos y respiró hondo.

—Dígame, ¿qué es lo que oye? —Preguntó Heracles.

—Nada, no oigo nada. —Contestó él encogiendo los hombros.

—Exacto, nada.

El profesor no se dio cuenta, pero el escándalo de la tormenta había cesado.

—¿Eso qué significa? —Preguntó aún con los ojos cerrados.

—Siga escuchando. —Le indicó Heracles.

—¡Oigo pájaros! ¡¡Están cantando!! —Harris abrió sus ojos y lo que antes era un jardín oscurecido por la tempestad, con sus adornos y plantas destrozadas, se convirtió en un bello lugar, lleno de arbustos floridos con mariposas y abejas revoloteando. El sol volvía a brillar e iluminaba aquel pequeño paraíso de árboles frutales y aves multicolor.

No hacía calor, ya no se derretían bajo los treinta grados, ni estaban mojados. El profesor se tocó el cuerpo y el pelo asombrado. Todavía era escéptico ante aquello.

—¡Estoy seco! ¡Estamos secos! —Dijo sorprendido. —¡Ya no hay relámpagos ni lluvia! —Se asomó hacia el límite del porche para apreciar aquel prodigioso jardín. —¡Esto es…! —Se había quedado sin palabras. Con la boca totalmente abierta y maravillado, dio otro paso más hacia las escaleras.

—Profesor… —Heracles lo llamó para que no se alejara.

Harris no atendió a su llamada y avanzó. Justo cuando pisó con su pie el primer escalón, cuando parte de su cuerpo dejó de estar bajo el porche… La tormenta volvió con la misma furia que antes.

—¡¡Profesor, no!! —Gritó Heracles estirando su brazo para tirar de él.

¡Demasiado tarde Heracles! A Harris le atravesó un rayo fulminante desde el pecho hasta los pies. Fue tan rápido que el semidiós no pudo hacer nada. Harris cayó como si le hubieran puesto plomo en las rodillas.

—¡¡¡Profesor!!! —Heracles fue hacia él tan rápido como pudo y antes de que el cuerpo, arrodillado, de Harris se desplomara del todo, lo sujetó por debajo de los brazos y lo arrastró hacia el porche. —¡¡¿Profesor, me oye?!! —Golpeaba su cara inconsciente para despertarlo. —¡¡No puede morir ahora, profesor, por favor!! ¡¡¡Despierte!!! —Le gritó.

Entonces, las puertas del monasterio se abrieron despacio, con su sonido chirriante por la madera envejecida. Tras ellas, una brillante luz se abría camino, iluminándolos a los dos. Heracles, agachado frente al cuerpo sin vida del profesor, miró hacia el interior. La luz se hizo cegadora, se tapó la cara con el brazo para evitarla y en segundos todos se volvió blanco, tan blanco como un destello celestial. Heracles y Harris desaparecieron del porche y las puertas se cerraron de golpe.


Vestida con un mono de trabajo gris, Dedé caminaba en fila india por un pasillo frío, lleno de barrotes laterales, lleno de celdas que guardaban a las peores asesinas del estado. La penitenciaría Coleman, era una de las cárceles de máxima seguridad, allí había pandilleras, asesinas, narcotraficantes, lo mejorcito de cada casa.

Con una sábana y una manta en las manos, Dedé hacía cola para que le asignaran una habitación de cinco estrellas en ese pedazo de hotel. Las vigilantes era bastante brutas, no tenían ningún reparo en dar empujones y en hablar mal a las presas. Viendo aquella actitud, Dedé se dio cuenta de que la estancia no iba a ser nada tranquila.

—¡Dumont! —La vigilante la agarró por el brazo y con un impulso la metió dentro de la siguiente celda. —Esta es la tuya.

Dedé la miró desafiante, cosa que no debió hacer si quería ganarse el corazón de su carcelera. Además, era una mujer enorme, fuerte y con cara de pocos amigos, tenía un carácter agrio, por lo que encontrar su corazón no iba a ser nada fácil. Llevaba un moño repeinado y tenía el pelo amarillo, de ese amarillo pollo que se te queda cuando te tiñes en casa tú misma. Por su mal genio y su pelo se podía saber que no tenía tiempo ni de ir a la peluquería, seguramente por la cantidad de horas extras que echaba en aquel trabajo, lo que derivaba a su agresividad.

—¡¿Tienes algún problema, presa?! —Le dijo la mujer respondiendo al desafio.

—No. —Contestó Dedé seca.

—Bien, por que no querrás buscarte problemas el primer día.

—Ya tengo problemas. —Le dijo ella. La vigilante se echó a reír.

—¿Que ya tienes problemas? Querida, no sabes la que se te viene encima. Aquí vas a ser un caramelito. —Avisó burlona. —Estas son las normas: nada de aparatos electrónicos, nada de armas artesanales y por supuesto, nada de teléfonos móviles. —Dedé hizo un gesto encogiendo sus hombros y elevando las manos, dando a entender de que ella no podría conseguir nada de eso. —¡Te sorprenderá lo fácil que es conseguir,aquí, todas esas cosas! —Le dijo ella.

—¡Carly, despierta, tienes compañía! —La vigilante se acercó a la litera de arriba y dio unos golpes con la mano en la estructura de metal. La chica que ocupaba la cama superior, estaba de espaldas, arrinconada contra la pared. No se movió. —Es algo tímida. —Le explicó a Dedé.

Dedé vió la chapa identificadora que llevaba la vigilante.

—Wilson, ¿cuándo podré hacer una llamada? —Le preguntó.

—¡Oye, niña, para ti soy Sire! Aquí las presas nos llaman así, es una muestro de respeto y miedo. —Se acercó a Dedé con aires de superioridad. —Espero que te acostumbres rápido o acabarás más muerta que la cucarachas de la cocina. —La miró de arriba a abajo con desprecio y se marchó cerrando la “jaula”.

Dedé miró hacia la litera de arriba, pero aquella chica, llamada Carly, no se movió ni un poco. Dejó la sábana y la manta encima de la cama y se sentó. Observó aquel minúsculo cuarto de paredes enladrilladas y blancas, con algunas zonas donde la pintura estaba descascarillada. Solo un retrete, a la vista de todas, solo un escritorio enano y dos taquillas algo oxidadas. Cerró los ojos y respiró hondo, dos lágrimas descendieron por su cara en absoluto silencio.

—La primera noche siempre se llora. Pareces fuerte, te acostumbrarás. —De pronto, la chica de la cama superior, habló y con un impulso, saltó hacia abajo. —Soy Carly. —Le tendió la mano como saludo.

—Yo soy Danielle, pero todos me llaman Dedé. —Ella respondió al saludo.

—Te llamaré Dumont. —Dijo Carly. —¿Cuánto te ha caído?

—Quince años.

—¡Vaya! ¡¿Qué has hecho?! —Preguntó sorprendida. —¡¿Has matado a alguien o qué?! —Dijo riendo.

—Sí, exacto. —Contestó seca. Carly se quedó cortada.

—¡Oh, joder! —Dijo impresionada. —¿A tu novio o algo así?

—No. A mi mejor amiga.

—¡Uf! —Carly estaba algo preocupada por su vida.

—¡Tranquila, soy bastante pacífica! —Dedé no quería que su nueva compañera tuviera miedo de ella.

—Ya, bueno… Tener una mala reputación, aquí, es lo que te permite vivir, así que mientras a mí no me hagas daño, ¡qué más da que crean que eres agresiva! Es lo único que tienes ahora mismo a tu favor. ¡Créeme!

—¿Y tú por qué estás aquí? —Preguntó Dedé.

—Nada importante.

—¿No me lo vas a contar? Yo te lo he contado.

—Robo a mano armada. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—¿Y qué robaste? —Preguntó Dedé curiosa.

—Un bolso de Prada. —Dijo ella.

Dedé la miró y no pudo evitar reírse a carcajadas. Carly se animó un poco más y ya no sintió vergüenza. Ambas reían juntas.

—Vamos a llevarnos bien. —Dijo Dedé entre risas.

—Sí, eso creo. —Contestó Carly.



CAPITULO VEINTE

CULPABLE


La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en aire y tirarlo hacia el camino de nuevo. En el rostro del profesor se mascaba la derrota, el abandono, si el héroe no actuaba rápido, perdería a su compañero de viaje, al portador del maldito y endemoniado libro. De pronto se le ocurrió algo.

—¡Sujétese profesor, voy a intentar algo! —Heracles seguía arrastrado en el suelo, sin perderle de vista.

A Harris se le iluminó la cara de esperanza al ver que, al semidiós poco inteligente, le había llegado la inspiración. Heracles metió la mano en su bolsillo y de él sacó un lápiz de grafito viejo y roído. Al profesor se le apagó la luz de confianza al ver que su vida dependía de un minúsculo instrumento de escritura.

Elevó el lápiz hacia arriba y cerró los ojos.

—¡¡Viene brostamu!! —Gritó Heracles. Entonces el lápiz brilló con intensidad y comenzó a crecer, a extenderse hasta convertirse en un enorme garrote. Aquel gigantesco palo oscuro barnizado, contenía grabados de lenguajes y dibujos incomprensibles para un humano. Se rodeó de energía, la electricidad flotaba en torno a él como los rayos del sol. La cara del profesor reflejaba lo impresionado que estaba, ya había visto a una bella mujer convertirse en una Drinfa desquiciada, había visto la fuerza salvadora de Heracles, incluso aquella tormenta era sobrenatural, pero estaba claro que le quedaban muchas cosas divinas por descubrir. El semidiós extendió el palo hacia él.

—¡¡Agárrese, profesor!! —Le gritó entre lluvia y truenos.

Harris hizo un último esfuerzo y con una mano se sujetó. Cuando la palma de su mano estuvo agarrada a aquella increíble arma, Heracles no lo dudó y en milésimas de segundos, el profesor ya estaba volando por encima de su cabeza, hacia el camino. Como un muñeco de trapo, cayó sobre el rocoso sendero, se dio un buen golpe, pero ya estaba a salvo. Heracles se incorporó raudo y corrió hasta él.

—¡¡Profesor, profesor!! ¡¿Se encuentra bien?! —Lo miró, estaba tendido en el suelo.

Harris no puedo evitar reírse. Aún magullado y dolorido, aquella experiencia le había hecho gracia.

—¡¡Sí, estoy bien!! —Dijo tosiendo.

—¡¡Vamos, debemos irnos, rápido!! —Ambos se incorporaron y continuaron el camino perseguidos por los rayos y aquella estruendosa tormenta que no cesaba su enfado. Harris se apoyaba en Heracles, caminaba con dificultad.

—Después me explicarás todo esto. —Le dijo a Heracles.

—Primero lo pondré a salvo, profesor.

Continuaron montaña arriba, esquivando los rayos y el fuerte viento que les azotaba. La lluvia a penas les dejaba visibilidad, pero el primer monasterio estaba a pocos metros, con esfuerzo y apoyo, llegarían en pocos minutos.


Tras declararse culpable por el asesinato de Elisa, George vio cómo se llevaban a Dedé esposada. La trasladarían a una penitenciaría de máxima seguridad. Él estaba seguro de que su querida Dedé, no duraría mucho allí dentro, aunque viendo el estrago que había hecho con su amiga, se preguntaba si en verdad conocía a aquella chica, si aquel lado tan oscuro había estado ahí siempre. No podía creérselo, había algo extraño en todo aquello, confiaba en la inocencia de Dedé a pesar de su declaración de culpabilidad.

Dedé caminaba esposada hacia la salida de la comisaría. El policía que la detuvo en el bosque, la llevaba con gusto hasta el autobús que la esperaba en la puerta. Agarraba con fuerza su brazo, se notaban sus ganas por hacerla daño, en su cara se podía ver la satisfacción de encerrarla. Dedé miró por última vez a George antes de atravesar la salida hacia su condena. George, de pie, inmóvil, le devolvió la despedida con ojos tristes y al cruzar esa mirada, se reafirmó en su inocencia. ¿Estaría Danielle encubriendo a alguien? ¿Alguien la estaba chantajeando? Muchas preguntas pasaron por su mente en aquel instante. Sin duda iba a averiguarlo, no iba a detenerse hasta encontrar algún indicio que le esclareciera todo aquello.

Dedé subió al autobús policial a base de mamporros, empujada por el policía vengativo.

—Vigile a esta, es una buena pieza. —Avisó el policía al conductor.

Echó un vistazo rápido a los asientos para escoger dónde sentarse. No podía creérselo, si la mala suerte había entrado en su vida de manera estrepitosa, la mala suerte sin duda no había terminado su trabajo. Se fijó en las zapatillas que llevaba una de las presas y se dio cuenta en seguida de quién se trataba, su delicada compañera de celda de la noche del bosque. La que le había dejado la caracomo un mapamundi, estaba también allí.

—¡Vaya, pero si es la princesita! —Dijo con burla. —Nunca me hubiera imaginado verte por aquí. ¿Te gustan mis zapatillas? ¡A que son guapas!

Dedé no contestó, solo la miró con desprecio y se sentó en uno de los asientos más alejados que pudo. Miró por la ventana, ignorando los insultos de aquella escandalosa mujer.

—¿Ya no contestas con esa chulería tuya? —La presa se acercó hasta ella y se sentó a su lado. La miró y le acarició el pelo. —¡Lo vamos a pasar estupendamente juntas! —Esa frase provocó escalofríos en Dedé.

¿Había tomado la mejor decisión? Aquella mujer iba a complicar su existencia, estaba claro. Solo tenía ganas de gritar que era inocente y salir de allí escopeteada. Buscó en su mente un momento de su vida alegre, un momento de paz al que querría escapar, pero le costaba imaginarse ningún otro lugar. El aliento en su oído de aquella harapienta presa, le repugnaba. Decidió no dejar de mirar por la ventana, recorrería todo el camino hasta la cárcel así, sin mediar palabra, sin contestar, sin defenderse. Era lo mejor para seguir viva.

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CAPITULO SIETE

VA A POR TI


—¡Marion! ¡¿Qué coño estás diciendo?! —Preguntó Dedé inquieta.

Pensó que quizás ella había tenido razón poniéndole a Marion diferentes tipos de motes insultantes. Viendo su reacción frente a un simple libro, le pareció algo loca y absurda. Una friki en toda regla. Las mofas estaban justificadas.

Marion seguía mirando aquella cubierta, con las letras grabadas bien grandes, absorta en sus cantos y pieles curtidas. Asombrada por tener delante suya una reliquia tan importante y utópica.

—¡Danielle, no tienes ni idea de lo que esto supone! —Exclamó con la voz entrecortada.

—¡¿El qué?! ¡No te entiendo!

—Este libro no debería estar aquí, está claro que alguien o algo lo trajo a este mundo y me temo que no es para nada bueno. —Explicó misteriosa en voz muy baja.

—¡Quieres dejar de desvariar, friki-empollona y decirme de que cojones me estás hablando! —Dedé empezaba a impacientarse.

—Mira, ¿ves esto? —Marion señaló las letras grabadas.

—Sí y ¿qué? ¡Son letras…! —Dijo sin interés.

—No, no son sólo letras, mira más de cerca. Toma. —Marion le prestó una lupa de su escritorio.

Dedé, a regañadientes y resoplando por la nariz con fuerza, arrancó la lupa de las manos de Marion con rudeza. Antes de parecer una estúpida mirando a través de una lupa, unas ridículas letras, Dedé se aseguró de que ningún estudiante del campus las observara. Colocó la lente a pocos centímetros del grabado y se acercó. Lo que vio después la dejó atónita, se separó rápidamente del libro y miro a Marion con los ojos como platos.

—¡¿Pero qué demonios es esto?! —Preguntó sorprendida. —¡Las putas letras están brillando! ¡Se mueven!

—¿Lo ves? Te digo que este libro no es de aquí.

—¡Esto es imposible! ¡Tiene que haber una explicación! —Dedé cogió el libro entre sus manos con la intención de abrirlo, pero Marion la detuvo.

—¡¡¡No!!! ¡¿Qué haces?! —Voceó asustada.

—¡¿Qué!?

—¡¿Estás loca?! ¡No puedes abrirlo! —Marion hizo una pequeña pausa y se explicó. —Si es lo que creo que es, no podemos abrirlo. Según las mitologías, este libro está maldito, lo que significa que está protegido para que ningún mortal terrestre lo abra.

—¿Y qué va a hacerme un libro? ¿Convertirme en rana? —Contestó Dedé bromista.

—Basándome en los manuscritos y leyendas que he leído, ¡este libro podría hacer que desaparecieras! ¡Puf! —Representó sus palabras moviendo sus manos como un mago. —Tus moléculas se esparcirían por el aire y dejarías de existir.

—¡Ja, ja, ja! —Soltó una risotada. — ¡No digas chorradas, anda! —Dedé se dispuso a abrir el libro.

—¡¡Te digo que es peligroso!! —Marion sujetó su muñeca como último intento por detenerla.

—¡Oye, me estás poniendo de los nervios! ¡Tranquilízate! Ya lo he abierto antes y sigo aquí, ¿no?

—¿¡Ya lo abriste antes!?

Dedé asintió con la cabeza con desaire. Acto seguido, abrió su portada con cuidado, a pesar de que no se creía las tonterías que la friki bibliotecaria soltaba por la boca, tenía sus dudas. Marion se echó hacia atrás, creía que algún tipo de onda expansiva iba a destruirla a ella también. La tapa se abrió del todo, la cara de Marion era de expectación, pero no sucedió nada. Una simple guarda antigua y amarillenta, con un símbolo estampado repetido, formando un mosaico por toda la hoja. Ambas se miraron. Dedé pasó la página para ver qué se ocultaba detrás, en el fondo esperaba que ocurriese algo increíble e inexplicable, pero solo había una portadilla con unas grandes letras escritas en otro idioma.

Θεοί

—¿Qué significa? —Preguntó Dedé.

—¡Hum… no sé, creo que es algún tipo de lenguaje fenicio o algo así!

—¿O algo así? ¡Tú eres la experta de esta cosa! —Contestó Dedé.

—Si y tú lo has abierto sin ningún problema, ¡además eres tú quién lo ha traído! —Replicó Marion.

—Te repito que a este puñetero libro no le pasa nada y yo no lo he traído, es de mi compañera de cuarto. —Dijo con superioridad, a Dedé no le gustaba que nadie le contestara. Justo en ese momento su teléfono móvil empezó a sonar. En la pantalla estaba el nombre de Elisa. Descolgó. —¡Ey! ¿Qué pasa? ¿Ya se te ha pasado el cabreo?… ¡Elisa, habla más despacio, no te entiendo! … —Dedé se levantó de la silla. Elisa la llamaba pidiendo ayuda, algo le había sucedido. —¡Vale, tranquilízate! ¿Dónde estás? … ¡Voy para allá!

Dedé estaba preocupada, colgó el teléfono y empezó a recoger sus cosas.

—¿Qué ha pasado? —Pregunto Marion. —¿Estás bien?

—¡No, no estoy bien! Me ha llamado mi amiga, algo de que la han seguido hacia el bosque y está aterrada. ¡Algún capullo universitario que quiere hacerse el gracioso! ¡Como lo pille le voy a dejar la cara como un mapa!

—¿Y qué hacía ella en el bosque? —Preguntó Marion desconfiada.

—Suele ir al RiverHouse, a coger comida para llevar, cuando está agobiada. Se habrá adentrado en el bosque cuando sintió que la seguían. ¡Voy a buscarla! ¿Te importa si dejo aquí mis cosas? Luego pasaré a recogerlas.

—Sí, claro, sin problema. —Marion miró el libro con miedo. —Buscaré algo sobre estos símbolos en la red, si encuentro algo te llamaré.

—¡Perfecto, gracias Marion! Te debo una. —Voceó Dedé ya desde la puerta.

—En verdad me debes unas cuantas… —Contestó para sí misma.

Dedé corrió hacia el aparcamiento, allí estaba su coche, pensó que el bosque no estaba lejos, pero que así llegaría más rápido. Esa zona tenía una extensión muy grande y poca afluencia de gente. La zona verde, como la llamaban allí, era un terreno algo fangoso; y por desgracia, esa tarde había tormenta. Dedé aparcó frente al pub de comida, apagó el motor y sacó su móvil para llamar a Elisa.

—¡Vamos, Elisa cógelo! —Daba tono pero nadie contestó. —¡Mierda!

Estaba lloviendo a cántaros y las nubes interrumpían la claridad del sol, eran ya casi las siete de la tarde, dentro de pocas horas el día se haría noche. Dedé decidió salir del coche sin más abrigo que una pequeña linterna de la guantera. Se dirigió hacia los árboles cubriéndose la cabeza con el cuello de su chaqueta.

—¡Elisa! ¡Elisa! ¿Dónde estás? —Llamaba a su amiga mientras caminaba apurada entre el barro, la lluvia y las monstruosas ramas de aquellos castaños. —¡Elisa, soy Dedé! ¡Sal, aquí no hay nadie! —No obtuvo respuesta.

Se detuvo un momento, si se adentraba más correría el riesgo de no ver nada y perderse. Pero su amiga estaba en peligro y debía hacer algo. Cogió su teléfono de nuevo y marcó el número de emergencias.

—¿Hola? Si, mi amiga me ha llamado asustada, creo que se ha perdido en el bosque de River Road. He venido a buscarla pero no la encuentro, ¿pueden ayudarme? … Sí, de acuerdo, esperaré. —Dedé colgó el teléfono y volvió a marcar el número de Elisa, quizás si oía su móvil a distancia podría encontrarla.

—Dedé… —Elisa contestó.

—¡¿Tía, dónde estás?! ¡He venido a buscarte! ¿Estás bien? —Dijo sorprendida de que le contestara.

—¡Dedé, lo siento…! —Su voz era casi inaudible.

—¡¿Qué dices boba?! ¿Para qué están las amigas? ¡Venga, dime dónde estás que voy hacia ti! —Dedé comenzó a andar de nuevo por inercia, sin un destino concreto.

—¡Yo no quería, él me obligó! —Dijo ella sollozando. —¡Lo siento Dedé, lo siento…!

—¿Quién te obligó? ¡¿Quién ha sido el cabrón que te ha puesto la mano encima?! ¡Te juro que lo voy a matar! ¿Me oyes? —Dijo enfurecida.

—¡No, tú no lo entiendes! ¡No es a mí a quién quiere!

—¿Qué? —Dedé estaba confusa.

—Es a ti. Va a por ti.

—¿De qué estás hablando? —Se detuvo de nuevo y la lluvia cesó, pero la noche ya estaba encima de aquellos inmensos árboles.

—¡Hola Danielle! —Un joven apareció, a unos metros, detrás de ella. —¡Por fin nos conocemos!

—¡¡Sal de ahí, Dedé, vete!!— Gritó Elisa, a través del telefono, previniendo a su amiga. —¡Corre Dedé, corre!

Dedé se dio la vuelta y lo vio. Un joven apuesto y fuerte que salía de entre los árboles se acercaba hacia ella. No pudo distinguir sus facciones, las sombras y la noche impedían que lo viera con claridad. Ella estaba atónita, ¿qué tipo de broma o trampa le había preparado su amiga? No podía reaccionar, seguía allí de pie, intentando descifrar aquella cara y aquella voz que le resultaba tan familiar. El chico se acercó despacio un poco más.

—Tenia muchas ganas de estar a solas contigo. —Tenue, calmada. Sin duda Dedé había escuchado ya esa voz.

Unos pasos más, a pocos metros de ella y una pequeña claridad dejó ver su rostro, entre los rayos inmortales del anochecer y el brillo de la tímida luna que tardaba en aparecer. Entonces lo vio, lo reconoció.

—¡Dedé, por favor, tienes que irte de ahí! —Elisa voceaba a través de la llamada sin descanso. —¡Dedé! ¡¿Me oyes?!

Danielle Dumont, inerte, quieta, penetrada en el suelo como las gigantescas raíces de aquellos árboles, no era capaz ni de pestañear. El teléfono que sostenía en su mano, apretado contra su oído, se le resbaló y mientras caía al suelo con lentitud, su mente se llenaba de mil millones de preguntas imposibles. Y fue entonces cuando pronunció su nombre.

—¡¿Mike?!

¿ESTÁ MIKE VIVO?

¿ENCONTRARÁ MARION ALGUNA RESPUESTA SOBRE EL LIBRO?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO

CADA LUNES, MIÉRCOLES Y JUEVES EN PITIA DE DELFOS

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CAPITULO SEIS

¡CUANDO YO TE LO DIGA! Elisa salió de la biblioteca como un rayo enfurecido, sin reparar en que había dejado todas sus pertenencias de estudio encima de la mesa, a veces su carácter era así, tan impredecible y brusco como un tsunami arrasador. Dedé ya estaba acostumbrada a sus reacciones ardientes, era una característica latina … Sigue leyendo CAPITULO SEIS

CAPITULO CUATRO

¡Elisa…!


—¡Pase! —El profesor Harris invitó a entrar a quién había tocado en su puerta.

Dedé la abrió despacio y entró.

—¡Vaya, no la esperaba tan pronto señorita Dumont! —Se puso nervioso colocando su escritorio desarreglado.

Documentos y multitud de libros apilados formaban indefinidas columnas tambaleantes y desordenadas. Era un cuartucho minúsculo, con apenas sitio para moverse, todos aquellos papeles y manuscritos antiguos ocupaban las paredes y el suelo de la habitación. Dedé caminó hacia el escritorio, tropezando con una de esas filas de libros.

—¡Tenga cuidado por favor, eso es muy valioso! —Le advirtió el profesor.

—¡Lo tiene todo tirado, aquí no se puede pasar! —Exclamó ella.

—Tranquila, yo le indico, ponga un pie ahí y otro ahí. —Harris señalaba a su alumna cómo adentrarse entre aquella jungla editorial. —Bien, ahora avance y ponga otro pie ahí. ¡No, no se apoye en esa fila! —Dedé hacía malabares para mantener el equilibrio. —Vale, muy bien, ahora solo tiene que mover su pie izquierdo hacia aquí y ya está, ¿¡a que es divertido!?

—No. —Contestó ella sin gracia. —Debería limpiar esto un poco, lo tiene todo patas arriba.

—Bueno, señorita Dumont, es solo la visión de una estudiante, no todo tiene que ser rosa y de purpurina. —Dijo casi para sí mismo.

Dedé, malhumorada y haciendo caso omiso a ese comentario, se sentó delicadamente en la silla vieja que había frente al escritorio. Quería tener una conversación amistosa para ganarse su aprobado, empezar con una disputa no era lo mejor para conseguirlo. Harris continuaba inquieto, apartando trastos de la mesa para poder tener una visión clara de su alumna.

—¡Vale, ya podemos empezar! —Dijo él con energía.

Dedé miró a su alrededor, aquel lugar era sombrío, olía a una mezcla entre polvo y viejo. Su cara de asco daba a entender que no era un sitio agradable ni cómodo. Serían las doce del medio día, en la calle brillaba el sol y una disimulada brisa placentera se deslizaba por el aire, pero allí, en el despacho del profesor Harris, ni siquiera un rayo de luz se atrevía a traspasar aquellas cortinas venecianas medio rotas y sucias. Solo una pequeña lámpara encendida daba una tenue claridad a toda la habitación.

El profesor se dio cuenta de que Dedé miraba con desaprobación la falta de luz. Se levantó algo patoso con la intención de solucionarlo.

—Espere, yo lo arreglo. —Fue hacia la cuadrada ventana y tiró del hilo de la persiana con fuerza para subir sus láminas metálicas hacia arriba, pero su ímpetu hizo que ésta se partiera y cayera por completo hacia el suelo.

Toda la claridad entró de golpe. El profesor se tapó los ojos, posicionando su brazo ante su cara, cual vampiro, la intensa luminosidad cegó su rostro unos segundos. Se notaba que no le gustaba demasiado el exterior, era fanático de los lugares cerrados y oscuros, estaba acostumbrado a encontrar reliquias de libros en sótanos, túneles y excavaciones. Se sentía a salvo y a gusto en su pequeño mundo.

—¿Mejor? —Preguntó él resuelto, disimulando la torpeza. Aunque no consiguió que la cara de su alumna mejorara.

—¿Podemos empezar? —Preguntó ella con voz de mandato.

—Si, claro. —Harris se sentó de nuevo en su cubículo. —Vale, señorita Dumont, estamos hoy aquí porque usted ha faltado en numerosas ocasiones durante todo el curso, así que podemos hablar de ello y llegar al fondo del problema. —El profesor se dio cuenta de que su alumna estaba distraída y no prestaba demasiada atención a sus palabras.

Dedé miraba sin parar hacia su bolsa, ahí tenía el anillo guardado. Temerosa de que aquello se pusiera a moverse o a brillar otra vez, lo vigilaba intranquila. Estaba nerviosa, movía sus rodillas arriba y abajo, como un tic molesto, mordía sus uñas sin descanso apretando con fuerza sus dientes sobre las cutículas de sus finos dedos.

—Cuénteme entonces, ¿tiene algún motivo creíble e importante por el cual usted ha faltado a mis clases? —Harris buscaba la mirada de Dedé para que le prestara atención, pero ella tenía la vista fijada en su mochila. Al no recibir una respuesta, el profesor carraspeó con fuerza a propósito.

Dedé se dio cuenta de la intención del profesor y puso todo su interés en él.

—¿Y bien? —Preguntó él.

—¿Y bien qué? —No había escuchado nada de lo que le había dicho.

—¡Señorita Dumont, me temo que voy a tener que suspenderla si no veo ni un atisbo de afecto hacia mi asignatura!

—¡No, por favor no puede suspenderme! —Le rogó ella. —Tengo que aprobar este curso. ¡Usted no lo entiende, me juego mucho!

—Pues no, no lo entiendo. No entiendo que diga que se está jugando mucho y después se tome a broma su carrera y su futuro. ¿Cree de verdad que no sabemos todos los profesores qué tipo de vida lleva en el campus? —Harris estaba enfadado, pero al ver que Dedé agachaba la cabeza con tristeza se ablandó. —Haremos una cosa… hará trabajos forzados para el recinto, no me importan cuales sean, pero tendrá que ayudar a esta institución de manera voluntaria. Digamos que será como una compensación por la infinidad de celebraciones y festejos clandestinos, poco educativos, que se han llevado a cabo bajo su mandato. —Dedé resopló desconforme. —¡Lo siento, pero tiene que aportar a este lugar algo más que etanol bebible y substancias alucinógenas! Podrá apuntarse a la lista de colaboraciones en los tablones de anuncios.

Dedé se dejó caer con desgana en el respaldo del asiento que crujió como si se fuera a partir.

—Cuando haga su selección de tareas voluntarias, volveremos a vernos y yo decidiré si su elección es lo suficientemente buena como para compensar su castigo.

—Vale, está bien. —Dijo resoplando y poco convencida. —¿Algo más?

Harris se sorprendió al ver que ella no refutaba ni rechazaba su propuesta.

—Si, necesito ver que tiene interés por sus clases. No quiero enterarme de que se ausenta ni una vez más. —miraba a su alumna esperando una contradicción. —¡¿No va a intentar persuadirme?!

—No. —Contestó ella, solo quería salir corriendo de allí. —Usted tiene razón y yo no, fin de la discusión. ¿Puedo irme ya?

—Sí, claro… —El profesor Harris se quedó cortado, no se esperaba esa obediencia por parte de su alumna. Ella lo había manipulado en muchas ocasiones y se había salido con la suya siempre.

Dedé se levantó recogiendo su bandolera con delicadeza, procuraba que el anillo no se “despertara” otra vez, no sería el mejor momento para ello. Harris la miraba de arriba abajo, observando sus movimientos, intentando descifrar su nuevo y extraño comportamiento. Dedé quería salir lo más rápido posible, pero el laberinto de libros hasta la puerta, se lo impedía.

—Señorita Dumont. —Harris la llamó antes de que se fuera, ella se giró para mirarle y con el borde de su bandolera arrasó una de las torres de libros, ésta se cayó y se esparció por el suelo. —¡No! —El profesor se echó la mano a la cabeza.

—¡Uy, lo siento! —Exclamó encogiéndose de hombros. —Lo colocaré. —Se agachó tirando otra pila a su espalda.

—¡Déjelo, no importa! Ya lo hago yo. —Harris se puso nervioso.

—No, yo lo hago, no se preocupe. —El profesor miraba cómo su alumna trataba los libros y documentos con poco cariño, lo que le exasperaba aún más. —¡Déjelo, de verdad, ya lo hago yo!

Dedé recogía cada libro y papel apilándolos de nuevo y mezclándolos todos sin fijarse en cuál sería su orden. Entre todos ellos, encontró uno que le llamó especialmente la atención. “El poder astral”. Lo poco que ella sabía de la palabra astral era lo que había visto en películas o en series de televisión, pero enseguida lo relacionó con lo que le había sucedido hacía tan solo media hora. ¿Y si allí encontraba alguna respuesta? Necesitaba leer ese libro y encontrar algo que le indicara que no estaba loca. Lo cogió entre sus manos, hipnotizada por sus gruesas tapas y sus fantásticos grabados se decidió a meterlo en su mochila.

—¡¿Qué está haciendo?! —Le regañó Harris.

—¡Perdone! ¿Puedo llevarme este libro para leerlo? —Preguntó ella coqueta.

—Am… no, lo siento señorita Dumont, pero esta es mi colección privada, me temo que este tipo de ejemplares no están al alcance de todos. —Se explicó él cogiéndolo como un tesoro. —Son muy delicados y jamás deben salir de aquí. —Trataba el libro como si fuera un recién nacido entre sus brazos.

—Ya, entiendo… Bueno, gracias profesor Harris, volveré cuando tenga decidida la actividad “voluntaria!. —Dijo ella sarcástica.

Los dos se miraron y asintiendo con la cabeza se despidieron.

Elisa se había ido a la biblioteca a estudiar para el examen que tendría al día siguiente. A diferencia de Dedé, ella estaba muy agobiada con todas las asignaturas y a diferencia de su amiga, a ella le costaba horrores retener información en su memoria, para prepararse para una prueba necesitaba varios días y horas de intensa concentración. Era algo que le fastidiaba enormemente, su amiga Dedé podía estar de fiesta en fiesta, de lunes a lunes, y sin embargo aprobar todas las asignaturas, ella no, ella tenía que dedicarle noches, fines de semana y prepararse a conciencia. Así que allí estaba, entre enciclopedias y carpetas, hojas en blanco y hojas anotadas. A Elisa le gustaba estar a solas mientras hincaba los codos en la mesa, no podía distraerse, por lo que su sitio favorito era al final de la biblioteca, entre varios estantes olvidados, repletos de manuales sobre maquinaria, electrónica, recetas de cocina, aquella zona a penas era transitada por ningún alumno, los tomos olvidados, nunca consultados.

Estaba completamente sumergida en su estudio cuando alguien la llamó

— ¡Elisa…! — Era la voz de un joven que la susurraba entre los estantes de su izquierda. —Elisa…

—¡¿Qué…?! — Contestó ella molesta.

—¡Ven!

—¡Oye, ahora no puedo, tengo que seguir estudiando! —Respondió con firmeza.

—Ven, será un momento. —Insistió el chico que se ocultaba entre los libros.

Elisa se levantó de mala gana y fue hacia él. Hacia los estantes oscuros del final.

—¿Qué quieres? —Preguntó.

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Si… ¿Contento? —

—¡Mucho! — El joven acarició su rostro y apartó un mechón de su cara. —Cuéntame, ¿qué ha pasado?

—Creo que la “bromita” esa no le ha gustado nada, ha sido excesiva. ¡Se le está yendo literalmente la olla!

—No te preocupes, es solo una novatada, no tiene importancia. —Contestó él.

—Ya, pero te has pasado con lo del anillo. ¡El profesor Harris quiere suspender su asignatura! —Elisa estaba preocupada por su amiga.

—¡Shhh…! — El joven puso un dedo en su boca para que dejara de hablar. —¡Tranquila! ¿No dices que a ella le encanta jugársela a los demás? Le vendrá bien un pequeño escarmiento. —Dijo él, meloso, mientras besaba su cuello despacio.

—¡Para! —Elisa lo apartó juguetona. —¡Nos van a ver! —Se rió.

—¿Crees que podrás hacerme otro favor? —preguntó el joven.

—¡¿Qué quieres ahora?!

—Necesito que esté sola, es una chica muy popular y rara vez está a solas, ¿puedes encontrar la manera de solucionarlo? —Su voz era seductora, penetrante, suave y muy dulce.

Ella dudó unos instantes, no le parecía buena idea, algo le olía mal.

—Elisa… —dijo él mientras la acariciaba de nuevo el rostro, recorriendo el contorno de su suave cara con sus dedos. Ella estaba cegada por esa voz, por ese rostro de entre las sombras que la excitaba cada vez que la rozaba con sus manos, que la estimulaba cada vez que pronunciaba su nombre.— ¿Podrás hacerlo?

—Por ti haría lo que fuera, ya lo sabes, ¿pero qué vas hacer? —preguntó inquieta.

—Tranquila… no sufrirá ningún daño, te lo prometo, solo será un pequeño susto de nada. ¿Estás de acuerdo? —Esa voz podría llevarla al abismo y ella iría sonriendo.

—Cuando termine todo esto de asustar a Dedé, esta infantil broma, ¿me llevarás contigo a tu mundo? —preguntó ella inocente y coqueta.

—¡Claro! ¡Eres mi chica preciosa! ¿recuerdas? ¿Qué es un dios sin su diosa? —Dijo el cautivador.

—¡Está bien! —Elisa sonrió emocionada. —Pero tienes que darme unos días, te avisaré cuando esté todo previsto. ¡Vamos, ahora vete, tengo que estudiar! —Lo empujó traviesa.

El joven la sujetó entre sus brazos, agarrándola por la cintura con fuerza, la puso contra su pecho y la besó intenso. Se soltaron sus cuerpos y el chico seductor desapareció.

Ella volvió a su asiento aún encandilada por la suave piel que había rozado sus mejillas y por los varoniles labios que la habían besado de forma tan pasional. Dejó sus fantasías a un lado y continuó sumergida en sus libros.

De pronto, una mano se posó en su hombro.

—¡Que no puedo Luke, tengo que estudiar! —Dijo Elisa.

—¡¿Luke?! ¡¿Quien es Luke?! —Dedé se sorprendió al escuchar la reacción de su amiga.

—¡Dedé! ¡¿Qué haces aquí?! —Elisa estaba sonrojada.

—¿Vas a decirme quién es ese misterioso Luke? —preguntó con picardía.

—No es nadie, un “rollito” de esos, ya sabes… —Elisa intentaba restarle importancia.

—Ya, ya… —Dedé investigaba a su amiga con la mirada. — ¡Oye! ¿Qué haces luego?

—Estudiar, ¿por?

—Tengo que buscar una actividad “voluntaria” tipo trabajos forzados y no tengo ni idea de por dónde empezar.—Contó desganada.

—Pues vas a los tablones de anuncios que hay por toda la “uni” y escoges uno. —Contestó Elisa sin dejar de mirar sus apuntes.

—Ya, pero si mi amiga me acompaña no tengo que hacerlo sola… —Dedé la miró con pucheros.

—¡Dedé, no es tan difícil! ¡Vas, escoges uno y ya está! —El tono de Elisa era un poco agresivo.

—¡Ey, vale, vale! ¡Perdóneme usted la vida! —Dedé levantó los brazos a modo de atraco.

—¡Es que siempre es lo mismo, tienes un problema y hay que dejarlo todo para ayudarte a ti! ¿Me has preguntado que tal me va a mi? ¡Tengo un examen mañana, mejor dicho, tenemos un examen mañana! ¡¿A caso has estudiado?! ¡No, seguro que no, pero no importa por que llegarás lo harás y sacarás un cinco o un seis raspado! ¡Si embargo yo sacaré lo mismo que tú, pero habiéndole dedicado muchas más horas!

—¡¿Pero qué te pasa?! ¿Qué culpa tengo yo de que se me queden bien las cosas? —Contestó Dedé poco interesada en esa conversación.

—¡Por dios Dedé, no te das cuenta de nada! —Elisa arrastró la silla con fuerza hacia atrás y se levantó. —¡A veces me pones enferma! —Se marchó enfadada.

Dedé se quedó perpleja al ver la reacción de su amiga.

—¡¡¿Tienes la regla?!! —Preguntó ella dando un grito a su amiga que se marchaba por el pasillo.

—¡¡Vete a la mierda!! —Contestó Elisa gritando, levantando su dedo corazón a modo de insulto.

—Eso es un sí. —Dijo Dedé para sí misma. —¡Te dejas los apuntes! —Intentó avisar a su amiga aunque ya no estaba.

Empezó a recoger las cosas de Elisa y las fue metiendo en la bolsa de su amiga, mientras pensaba en qué podía haberle pasado y porqué se había puesto así con ella. Colocando las cosas en la mochila de Elisa, Dedé sacó un libro con el título de “Dioses”, lo abrió extrañada y pudo ver varias páginas marcadas como importantes en él. Entre ellas, un papel sobresalía por un lateral, lo sacó y vio una frase muy extraña y perturbadora escrita del puño y letra de Elisa.

“Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”

Estaba escrita una y otra vez por toda la hoja. Dedé se inquietó al verla.

—¿¡En qué mierdas estas metida Elisa?!

¿Descubrirá Dedé lo que le pasa a Elisa?

¿Quién es ese misterioso Luke?

NO OS PERDÁIS EL CAPITULO 5

¡HASTA EL VIERNES LECTORES!

  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

CAPÍTULO TRES

¡¡¡SÁCAME DE AQUÍ!!!


Dedé salió de su habitación a toda prisa, sujetando su bandolera con fuerza, como si algo fuera a salir de ella. Atravesó los pasillos de la residencia, golpeándose con los demás estudiantes casi sin percatarse. Se dirigía hacia su siguiente clase. Miraba la hora en su móvil cada 5 segundos, la clase ya había comenzado sin ella. Normalmente no le importaba demasiado llegar tarde o ni si quiera aparecer, pero esa mañana necesitaba, desesperadamente, una distracción, olvidar lo que había ocurrido, lo que creía haber visto. Mientras se apresuraba, su cabeza no dejaba de buscarle un sentido razonable a todo aquello. 

«¡Puede que todavía estuviera soñando! ¿Quizás los efectos del desmadre de ayer?», se preguntó Dedé. «Sí, seguro que fue eso, ¡es imposible, no tiene sentido!», se autoconvencía una y otra vez.

Ensimismada en sus pensamientos lógicos, sin darse cuenta, tropezó de forma torpe con un hombre que le cortó el paso bruscamente. Un tipo alto, de complexión atlética, ojos saltones de color miel, con una de esas sonrisas largas y penetrantes que te cargaban las pilas, con bastantes canas en los laterales de su abundante y oscura cabellera, una característica física que mucha mujeres consideran atractiva, Dedé, así lo creía. Su indumentaria, sin embargo, no era para nada fascinante. Con zapatillas deportivas desgastadas, pantalón de pana marrón, un chaleco de lana con dibujos asimétricos en tonos tierra y la camisa azul con las mangas arrugadas y la cola mal colocada. Si a todo eso le añadías unas gafas de pasta gruesa, el resultado era evidente…

—¡Señor Harris! —Exclamó Dedé que lo reconoció sólo con ver ese chaleco.

—¡Señorita Dumont, no recuerdo haberla visto hoy a primera hora! —Se recolocó sus gafas intentando parecer severo. —¿Tiene usted alguna de sus muchas explicaciones convincentes?

—¡Am…! —Dedé buscaba una explicación. Normalmente era muy elocuente y enseguida se inventaba frases persuasivas para salir del paso, pero esa mañana su originalidad no estaba del todo desarrollada. —¡Ahora no es un buen momento profesor!— Contestó ella apurada.

—¡¿Que no es un buen momento?! —Se sorprendió él algo ofendido. —¡Señorita Dumont, se lo pido por favor, no falte a más clases, si no tendré que suspenderla este semestre! —dijo el profesor intentando ser amenazador. —¡Este mes ya tiene cuatro faltas!

—¡Si, lo sé! Disculpe profesor, pero de verdad que tengo que irme.

—¡La espero en mi despacho cuando terminen sus horas lectivas!

—¡¿Qué?! ¡No, no puedo!

—¡Sí, si que puede! Espero que sea inteligente y vaya a mi despacho esta tarde, por que si no lo hace, estará suspendida de forma inmediata. Estaré en mi oficina hasta las seis, si no está allí antes de esa hora, ya sabe lo que le espera. —Dijo él contundente.

A Dedé le impresionó gratamente su reacción, nunca nadie se había atrevido a hablarle de esa manera, le resultaba excitante incluso. El profesor se marchó con un paso firme algo fingido, se notaba que no tenía la costumbre de regañar a sus alumnos. Su personalidad era dulce y amable, no estaba preparado para lidiar con adolescentes espabilados. La mayoría de las veces se burlaban de él o le hacían alguna novatada, robarle las llaves del coche y cambiarlo de sitio, esconder el escritorio y la silla durante su hora de clase… Una vez, el profesor Harris entró en el aula y todos los alumnos estaban de pie dándole la espalda, tuvo que dar cincuenta minutos de lección mirando dorsos bromistas, ese día se marchó casi llorando. Era muy tímido y le temblaba la voz constantemente en situaciones difíciles, tartamudeaba cuando alguna alumna usaba sus encantos para conseguir altas calificaciones, Dedé lo sabía bien, ella lo había puesto en esa tesitura innumerables veces. A parte de todo eso, era un hombre de grandes conocimientos, tenía todas las respuestas sobre la historia del arte, fechas, lugares, sucesos, como una gran enciclopedia andante. En ocasiones, incluso había corregido reseñas de Internet. Durante su adolescencia viajó en solitario a un sinfín de museos y bibliotecas que contenían las obras más antiguas del mundo, no tuvo mucho tiempo para disfrutar de insustanciales fiestas o para adquirir una vida social excesivamente activa. De ahí su poca experiencia tratando con otras personas, pero era como pez en el agua entre palabras.

Dedé siguió su camino hasta el aula. La clase ya había comenzado, entró intentando no hacer mucho ruido y ocupó su asiento al lado de Elisa, los demás estudiantes tenían sus ojos clavados en la profesora, que explicaba sin parar la lección de esa mañana.

—¡¡Llegas tardísimo!! ¡¿Qué te ha pasado!? —Preguntó Elisa.

—¡Menuda mañana llevo! —Contestó Dedé resoplando.

—¡Vaya cara traes! ¿Estás bien? Pareces salida de un túnel de lavado.

—¡Danielle Dumont! Además de llegar sumamente tarde, ¿se va a permitir el lujo de entorpecer mi clase? —La profesora llamó su atención.

—¡No, disculpe señorita!

La profesora continuó sin darle más importancia a su alumna. Elisa y Dedé se miraron y rieron, agachando la cabeza en sus apuntes.

—¿Y bien? —Preguntó Elisa susurrante.

—¡Tía, no te vas a creer lo que me acaba de pasar! —Dijo ella con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué? —Preguntó ansiosa.

—¿Recuerdas el anillo de esta mañana? ¡Pues empezó a brillar como un puñetero faro!

—¡¿Qué dices?! 

—¡Te lo juro! —Susurró Dedé sin dejar de vigilar a la profesora. —Iba a salir por la puerta cuando el maldito anillo ese, empezó a brillar y brillar como si la Virgen María saliera de él.

—¡Estás fatal! —Elisa se rió de su amiga.

—¡No tiene gracia, tía! Me acerqué y empezó a rebotar por toda la mesilla.

—Vale, suponiendo que te crea… —Dijo Elisa incrédula. —¿Qué pasó después?

Dedé se quedó callada unos segundos y contestó.

—Nada.

Elisa negó con la cabeza sonriendo, no se creía ni una palabra de su amiga. 

—¡Elisa, te lo digo en serio! Cogí el anillo y dejó de hacer eso de brillar y menearse. —Dedé intentaba convencer a su amiga.

—¿Lo cogiste?

—Si, lo tengo en la mochila. 

—Mira, yo creo que se te fue la olla, llevas varios días que apenas duermes y sinceramente, amiga, comes fatal. No puedes alimentarte solo de ganchitos y refresco light, eso no es sano. Creo que necesitas un parón de tanta juerga, tanto tío cachas y centrarte. Seguro que solo flipaste en colores.

Dedé estiró su espalda en el asiento, colocándose recta, miró hacia la pizarra de la profesora y se detuvo a pensar y reflexionar lo que Elisa le había dicho. Era posible que su amiga tuviera razón. Llevaba una racha bastante desfasada y esas podían ser las consecuencias.

—Iré después a la biblioteca, ¿te vienes conmigo? Necesito estudiar para el examen de mañana. —Le propuso Elisa.

—No puedo, tengo una “reunión” con el profesor Harris. —Hizo una mueca de pesadez.

—¿Y eso?

—Me tropecé literalmente con él hace un rato, me echó una buena bronca y me dijo que tenía que estar en su despacho antes de las seis, si no me suspendería la asignatura.

—¡¿El profesor Harris?! ¿El mismo panoli al que le hicieron la novatada de las llamadas ocultas? —Reía Elisa acordándose de esa jugarreta.

—El mismo. —Dedé asintió con la cabeza sorprendida. —La verdad es que hoy casi ni tartamudeó, me gustó mucho ese intento de autoridad.

—¡Dedé! ¿Te gusta el profesor? —Preguntó Elisa pícara. Dedé se encogió de hombros y ambas se rieron.

—¡Señorita Dumont, salga de mi clase! —Le regañó la profesora. —Si para usted no es productiva esta hora, le agradecería que respetara a los demás alumnos.

Dedé entornó los ojos y recogió sus cosas.

—Te veo después. —Le dijo a Elisa.

Se levantó y salió por la puerta con la cabeza bien alta y aires de grandeza. Dio un portazo tras de sí. Se dirigía al despacho del profesor Harris, pensó que si se lo quitaba de encima, tendría toda la tarde libre y además tenía ganas de ver como terminaba esa conversación pendiente.

El campus estaba repleto de alumnos que se tumbaban en el verde césped para estudiar. Las animadoras vestidas con el chándal oficial de la “JU” practicaban sus frases victoriosas y sus volteretas olímpicas. La primavera ya estaba llegando a su fin, se notaba en el ambiente que pronto disfrutarían de las vacaciones, el sol y los festivales de música en la playa. Hacía calor, demasiado calor para el mes de junio. Dedé se paseaba tranquila por el camino hacia el pabellón de profesores. Los alumnos la saludaban al pasar, se notaba que era reconocida y admirada por muchos. 

La bandolera de piel que llevaba colgada al hombro, empezó a moverse de nuevo, de forma extraña. Se detuvo para sujetarla, pensó que era una alucinación que estaba sufriendo a causa de, como bien había dicho Elisa, poco dormir, mal comer y excesivo “ajetreo”, así que continuó caminando, pero no cesaba, el movimiento era cada vez más enérgico, Dedé miró por la rendija de su bolsa y de ella brotó de nuevo la luz cegadora, el anillo volvía a resplandecer. Inmersa en aquel destello, se quedó paralizada, hipnotizada. Alzó la mirada, pestañeó varias veces para salir de aquel desvarío, pero su mente la había llevado a un sitio distinto…

De pronto se encontraba en medio de un frondoso bosque, sola, sin nadie a su alrededor, con los únicos sonidos que desprendía la naturaleza. Se asustó, era tan real… alzó su brazo y extendió su mano para tocar uno de los enormes pinos, quería comprobar si era en verdad una ilusión, pero no, no lo era…

Podía tocarle, rozarle, sentir cada grieta de su gruesa corteza en sus yemas. Eso era algo más que un delirio. Los olores a hierba húmeda y a flores silvestres inundaban su sentido olfativo, los pájaros revoloteando entre nidos, cantando bajo los rayos del sol que atravesaban entre las ramas, se hacían eco en sus oídos. Dedé miró a su alrededor, tensa, se sentía perdida. 

—¡¿Hola, hay alguien aquí?! —Preguntó alzando la voz. Nadie respondió a su llamada. —¡Por favor necesito ayuda! ¡¿Hay alguien?!

El silencio era inquietante. Ni siquiera sabía en qué lugar estaba, en qué punto del mapa se encontraba. ¿Seguiría en Florida? No le sonaba de nada aquel paraje natural. ¿Seguiría acaso en América? Recordó que todavía llevaba su bandolera, la abrió para rebuscar entre sus cosas, sacó su teléfono.

—¡Sí, sí, sí! ¡Ya está, llamaré a emergencias! —Dijo resuelta y emocionada. El teléfono no tenía ni un ápice de cobertura, no podía llamar a nadie. —¡¡Maldita sea, vamos!! —Levantó el brazo hacia arriba con el móvil en la mano y caminó en círculos para encontrar algo de conexión. —¡Venga, venga!

Algo se oyó entre los arbustos, unas risas provenían de entre los matorrales a su derecha. Dedé se detuvo y fue hacia ellas.

—¡Por dios, menos mal! —Dijo soltando un suspiro de alivio. —¡Hola! ¿Podéis ayudarme? —Apartó varias hierbas y ramas y cruzó al otro lado.

Se encontró con un verdoso y precioso lago, con orilla rocosa y cascada blanca. Las flores de aquel lugar eran de un sinfín de colores jamás vistos, el ambiente era pacífico, tranquilo, te llenaba de sensaciones espirituales y relajantes. A Dedé le inundó una profunda paz y armonía, casi como si estuviera en su hogar, como cuando “Yayá” Marie hacía sus galletas en el horno y decoraba la mesa con tapetes de ganchillo para la merienda, como cuando el “Pappú” Jean Pierre tocaba su acordeón en el porche a los pies de la luna. Por un momento, Dedé sintió que no querría irse nunca de allí. Aunque, no estaba sola. Rápido, se percató de dónde provenían las risas y se escondió entre dos árboles antes de saludar. 

Una pareja juvenil estaba abrazada a orillas del lago, se besaban con pasión y ternura.

—¡Oh, vaya…! —Murmuró Dedé interesada.

Le resultó muy familiar aquel joven que se disponía a desnudarse para meterse en el lago. Dedé entrecerró los ojos para intentar distinguir mejor el rostro del chico. Algo la distrajo, un movimiento entre los juncos del agua, captó su atención. Cerca de las rocas que sostenía aquella montaña con cascada, había algo insólito que se metía en el agua. No logró verlo con claridad, pero Dedé pudo vislumbrar una especie de cola gigante y escamosa, como la de un pez, aunque mucho, mucho más grande y pringosa. Aquel ser, buceaba por el agua hacia el joven que animaba a su chica a meterse. Dedé continuó observando aquella situación, esperando ver de nuevo a aquel animal, atenta y en silencio, sintió un escalofrío, una mala sensación que la puso en alerta. 

La criatura sacó medio cuerpo a la superficie y fue entonces cuando pudo verla. Con cabellos mojados y sombríos que caían sobre su rostro pálido, con la comisura de sus labios ennegrecidas. Sólo había pupilas oscuras en sus ojos llenos de odio, que miraban al joven nadador con ansias. , sus ojeras hundidas le hacían parecer que no había vida en ella, como salida de entre los muertos. Aquella criatura desprendía terror. Su cuello y sus mejillas estaban repletos de lánguidas escamas, clavadas en su piel como diminutas agujas. 

Dedé se percató de que la criatura estaba justo detrás del joven, el cual no paraba de discutir con aquella enojada chica de la orilla. Dedé no lo dudó ni un instante, salió de entre las hiervas cual heroína para avisar a aquellos tortolitos de la presencia de aquel ser en el agua.

—¡¡Sal del agua, sal del agua!! —Gritó ella corriendo hacia ellos. —¡¡Hay algo detrás de ti, tienes que salir del agua!!

No la oían, ni la veían, ella estaba allí, a pocos metros del joven y a pocos centímetros de la chica. Ellos seguían como si nadie hubiera irrumpido.

—¡¡¡Oye!!! ¡Te estoy hablando! —Dedé estaba confusa. —¡¿No me oís?! —Se acercó a la joven e intentó que la escuchara sujetándola por el brazo, pero no pudo, lo traspasó. —¡Pero qué…! —Se miró la mano perpleja.

Dedé miró hacia el agua, la criatura ya no estaba, se había sumergido. El chico hizo un gesto de dolor.

—¡¡Ahhh!! —gritó mientras intentaba alcanzar su pie bajo el agua. —¡Amber algo me ha mordido!

—¡Joder, te estoy diciendo que salgas del agua! ¡Eo! —Dedé zarandeó sus brazos una y otra vez para llamar su atención. —¡Madre mía, no pueden verme!

Otra vez reapareció el horrible ser detrás de él, con sus cárdenos labios manchados de sangre. Miró a Dedé fijamente.

—¡Eh tú! ¡¿Puedes verme?! ¡¡Bicho repugnante, aléjate de ellos!! ¿Me oyes? —Le gritó al monstruo marino intentando espantarlo. Dedé cogió una de las piedras del suelo y se la lanzó con todas sus fuerzas. — ¡¡Largo de aquí!! —Volvió a desaparecer.

Respiró aliviada, pensando que había salvado la vida de aquel chico que al parecer, ignoraba por completo su presencia. Decidió marcharse, tenía que encontrar a alguien que sí pudiera verla y sacarla de allí o al menos explicarle dónde se encontraba. Al pasar por delante de la chica, se fijó en sus pertenencias que estaban en el suelo, un trozo de mapa de la zona, sobresalía de la mochila.

—¿¡Isla de Rodas?! ¡No puede ser! —Se sorprendió. —¡¿Estoy en Grecia?! —Preguntó a la chica mientras ésta se secaba con una toalla. —¡Claro, no puedes oírme! —Exclamó decepcionada. —¡Espera! —Se fijó en el escudo y el nombre bordados en la toalla de la chica. —¡¿Universidad de Northern?! ¡Sois los de la excursión que salió en la radio!

—¡Eh, tío, no, en serio, tienes que salir! —Dedé se acercó de nuevo hacia la orilla, apresurada.

—¡¡¡Ahhh!!! ¡Amber por favor estoy sangrando!

—¡¡Mierda!! ¡Sal del agua! ¡¡Ya!! —Dedé empezaba a desesperarse.

—¡Pues sal del agua, yo no pienso meterme a por ti! —La chica ignoraba las llamadas del joven en el agua.

—¡¡Ey, Amber, venga ayúdale!! ¡¡Deja el maldito móvil y ayúdale!! —Dedé le gritaba con todas sus fuerzas, pero era en vano, no podían escucharla. —¡¡Tía, se va a morir!!

Recordó el sueño tan agitado que había vivido esa misma noche y se estremeció, así que se adentró en el agua, haciendo un último intento por agarrarlo del brazo y sacarlo de allí, algo debía hacer, ella sabía que eso no acabaría nada bien. Entonces vio el anillo del chico, llevaba un anillo idéntico al que ella había encontrado en su mesilla, el maldito anillo que la había llevado hasta esa situación. Mike estaba atrapado bajo el fango, sus pies estaban incrustados en el fondo. Dedé estiró sus brazos para tirar de él.

—¡Vamos Mike, agárrate a mí! ¡Venga, por favor! —Intentaba con todas sus fuerzas aparecer de forma corpórea frente a él y así poder ayudarle. Estaba sudando. Ciertas lágrimas recorrían su rostro por la tensión de lo que iba a pasar. —¡Tengo que sacarte de aquí! Te aseguro que lo que viene ahora no es nada agradable. —Tenía el rostro totalmente humedecido y apenas lograba ver claramente.

—¡¿Pero que coño…?! —El chico se asustó al ver que sus pies estaban atrapados, estaba herido y confuso. —¡Amber, ayúdame, no puedo salir!

—¡Deja de hacer el imbécil, esta vez no voy a picar!

—¡No es una bro… ! —Y sin más, Mike desapareció.

—¡¡No, no, no!! —Dedé revolvió entre el agua para encontrarlo, pero allí no estaba. Se había esfumado.

De pronto las aguas empezaron a agitarse con fuerza, la sangre tintaba cada oleaje y cada espuma, Dedé miraba sin saber qué hacer, empapada en la orilla, había perdido toda esperanza de salvarlo.

Y vio a la criatura emerger, vio cómo se retorcía y se entremezclaba con el cuerpo de Mike, que luchaba por sobrevivir, pero ésta no lo soltaba. Cada vez que Mike hacía un esfuerzo por liberarse, ella lo desgarraba más fuerte. Enseñando sus dientes como espadas brillantes y afiladas, llenas de la sangre de un joven inocente. Dedé intentó no mirar, le repugnaba lo que estaba viendo. Se quedó arrodillada en la orilla, temblando ante tal aberración, ni siquiera era capaz de llorar, ni siquiera se atrevía a soltar un mínimo sollozo.

La bestia la miró mientras mordía y clavaba sus uñas en el torso del joven. Dedé, la miró también y entonces sintió algo que jamás creyó que existiría dentro de ella, sintió protección, adoración y belleza, belleza en sus escamas, en su forma en el agua, adoración por su fuerza, se sintió a salvo. Así que se levantó, dejando que aquel ser terminara su hazaña, dejando que Mike muriera a manos de aquella criatura del lago.

—¡¿Mike?! —Amber lo llamó dudosa acercándose a la orilla. —¡No tiene gracia! ¡¡¡Mike!!! ¡¡¡Mike!!! —Puso sus pies en el agua.

—Yo de ti no haría eso, él ya está muerto. —Le dijo Dedé aún sabiendo que no la escucharía.

Se alejó de aquel infierno, intentando salir de aquella terrible visión mientras escuchaba de fondo los últimos gemidos de Mike y los gritos desesperados de Amber. Corrió hacia el bosque, llorando, impotente y cabreada, no entendía por qué le ocurría esto a ella. Se detuvo y rebuscó de nuevo en su bolsa, sacó el anillo con la cruz y las iniciales “KA”.

—¡¿Qué es lo que quieres?! —le preguntó angustiada y cabreada —¡¡¡Sácame de aquí!!! —Gritó apretando los ojos con fuerza.

Cuando Dedé abrió los ojos de nuevo, había vuelto al campus de la universidad. Todo seguía como antes, las animadoras entrenaban, los estudiantes tirados en césped con sus libros y ella de pie, en medio de aquel camino hacia su reunión con Harris.

¡NOS VEMOS PRONTO LECTORES!

EL CUARTO CAPÍTULO ESTARÁ DISPONIBLE EL MIÉRCOLES. ¡NO OS LO PERDÁIS!

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