CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR


Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían unos pequeños santos como símbolo de protección y bienvenida.

Los dos estaban completamente mojados, la tormenta continuaba con su insistente lucha, necesitaba atraparlos como fuese. Heracles golpeó la puerta tres veces, pero nadie contestó. Ambos miraban hacia el exterior del porche, los rayos caían con más intensidad en las escaleras. Heracles golpeó de nuevo y de nuevo sin contestación.

—¡Abran, por favor! —Gritó Harris impaciente.

—¡Shhh! —Le señaló el semidiós. —No debemos irrumpir en su tranquilidad.

—¡¿Tranquilidad?! ¡Acaso no se dan cuenta de la tormenta que hay aquí fuera! —Contestó el profesor algo molesto.

—Esto es un santuario, lo que significa que está en suelo sagrado. ¡Usted no lo entiende! Tras esta puerta, ellos viven una realidad totalmente distinta.

—¡¿Y qué vamos a hacer, quedarnos aquí plantados mientras el malhumorado de tu padre quiere matarnos?!

—Tenga paciencia, profesor. Ellos deben sentir nuestra presencia, si no nos calmamos, no nos abrirán. Debemos estar en la misma sintonía. —Dijo Heracles intentando tranquilizar a Harris. Se colocó frente a él, cogió sus manos y juntó sus palmas. —Respire, relájese. Olvídese de la tormenta, piense en este lugar como lo que es, un paraíso. La tormenta no es real, no en su mente. Cierre los ojos y respire profundamente.

Harris hizo caso a las indicaciones del semidiós, aunque le costaba olvidarse de aquellos estruendosos sonidos que estaban haciendo añicos las escaleras del porche. Cerró sus ojos y respiró hondo.

—Dígame, ¿qué es lo que oye? —Preguntó Heracles.

—Nada, no oigo nada. —Contestó él encogiendo los hombros.

—Exacto, nada.

El profesor no se dio cuenta, pero el escándalo de la tormenta había cesado.

—¿Eso qué significa? —Preguntó aún con los ojos cerrados.

—Siga escuchando. —Le indicó Heracles.

—¡Oigo pájaros! ¡¡Están cantando!! —Harris abrió sus ojos y lo que antes era un jardín oscurecido por la tempestad, con sus adornos y plantas destrozadas, se convirtió en un bello lugar, lleno de arbustos floridos con mariposas y abejas revoloteando. El sol volvía a brillar e iluminaba aquel pequeño paraíso de árboles frutales y aves multicolor.

No hacía calor, ya no se derretían bajo los treinta grados, ni estaban mojados. El profesor se tocó el cuerpo y el pelo asombrado. Todavía era escéptico ante aquello.

—¡Estoy seco! ¡Estamos secos! —Dijo sorprendido. —¡Ya no hay relámpagos ni lluvia! —Se asomó hacia el límite del porche para apreciar aquel prodigioso jardín. —¡Esto es…! —Se había quedado sin palabras. Con la boca totalmente abierta y maravillado, dio otro paso más hacia las escaleras.

—Profesor… —Heracles lo llamó para que no se alejara.

Harris no atendió a su llamada y avanzó. Justo cuando pisó con su pie el primer escalón, cuando parte de su cuerpo dejó de estar bajo el porche… La tormenta volvió con la misma furia que antes.

—¡¡Profesor, no!! —Gritó Heracles estirando su brazo para tirar de él.

¡Demasiado tarde Heracles! A Harris le atravesó un rayo fulminante desde el pecho hasta los pies. Fue tan rápido que el semidiós no pudo hacer nada. Harris cayó como si le hubieran puesto plomo en las rodillas.

—¡¡¡Profesor!!! —Heracles fue hacia él tan rápido como pudo y antes de que el cuerpo, arrodillado, de Harris se desplomara del todo, lo sujetó por debajo de los brazos y lo arrastró hacia el porche. —¡¡¿Profesor, me oye?!! —Golpeaba su cara inconsciente para despertarlo. —¡¡No puede morir ahora, profesor, por favor!! ¡¡¡Despierte!!! —Le gritó.

Entonces, las puertas del monasterio se abrieron despacio, con su sonido chirriante por la madera envejecida. Tras ellas, una brillante luz se abría camino, iluminándolos a los dos. Heracles, agachado frente al cuerpo sin vida del profesor, miró hacia el interior. La luz se hizo cegadora, se tapó la cara con el brazo para evitarla y en segundos todos se volvió blanco, tan blanco como un destello celestial. Heracles y Harris desaparecieron del porche y las puertas se cerraron de golpe.


Vestida con un mono de trabajo gris, Dedé caminaba en fila india por un pasillo frío, lleno de barrotes laterales, lleno de celdas que guardaban a las peores asesinas del estado. La penitenciaría Coleman, era una de las cárceles de máxima seguridad, allí había pandilleras, asesinas, narcotraficantes, lo mejorcito de cada casa.

Con una sábana y una manta en las manos, Dedé hacía cola para que le asignaran una habitación de cinco estrellas en ese pedazo de hotel. Las vigilantes era bastante brutas, no tenían ningún reparo en dar empujones y en hablar mal a las presas. Viendo aquella actitud, Dedé se dio cuenta de que la estancia no iba a ser nada tranquila.

—¡Dumont! —La vigilante la agarró por el brazo y con un impulso la metió dentro de la siguiente celda. —Esta es la tuya.

Dedé la miró desafiante, cosa que no debió hacer si quería ganarse el corazón de su carcelera. Además, era una mujer enorme, fuerte y con cara de pocos amigos, tenía un carácter agrio, por lo que encontrar su corazón no iba a ser nada fácil. Llevaba un moño repeinado y tenía el pelo amarillo, de ese amarillo pollo que se te queda cuando te tiñes en casa tú misma. Por su mal genio y su pelo se podía saber que no tenía tiempo ni de ir a la peluquería, seguramente por la cantidad de horas extras que echaba en aquel trabajo, lo que derivaba a su agresividad.

—¡¿Tienes algún problema, presa?! —Le dijo la mujer respondiendo al desafio.

—No. —Contestó Dedé seca.

—Bien, por que no querrás buscarte problemas el primer día.

—Ya tengo problemas. —Le dijo ella. La vigilante se echó a reír.

—¿Que ya tienes problemas? Querida, no sabes la que se te viene encima. Aquí vas a ser un caramelito. —Avisó burlona. —Estas son las normas: nada de aparatos electrónicos, nada de armas artesanales y por supuesto, nada de teléfonos móviles. —Dedé hizo un gesto encogiendo sus hombros y elevando las manos, dando a entender de que ella no podría conseguir nada de eso. —¡Te sorprenderá lo fácil que es conseguir,aquí, todas esas cosas! —Le dijo ella.

—¡Carly, despierta, tienes compañía! —La vigilante se acercó a la litera de arriba y dio unos golpes con la mano en la estructura de metal. La chica que ocupaba la cama superior, estaba de espaldas, arrinconada contra la pared. No se movió. —Es algo tímida. —Le explicó a Dedé.

Dedé vió la chapa identificadora que llevaba la vigilante.

—Wilson, ¿cuándo podré hacer una llamada? —Le preguntó.

—¡Oye, niña, para ti soy Sire! Aquí las presas nos llaman así, es una muestro de respeto y miedo. —Se acercó a Dedé con aires de superioridad. —Espero que te acostumbres rápido o acabarás más muerta que la cucarachas de la cocina. —La miró de arriba a abajo con desprecio y se marchó cerrando la “jaula”.

Dedé miró hacia la litera de arriba, pero aquella chica, llamada Carly, no se movió ni un poco. Dejó la sábana y la manta encima de la cama y se sentó. Observó aquel minúsculo cuarto de paredes enladrilladas y blancas, con algunas zonas donde la pintura estaba descascarillada. Solo un retrete, a la vista de todas, solo un escritorio enano y dos taquillas algo oxidadas. Cerró los ojos y respiró hondo, dos lágrimas descendieron por su cara en absoluto silencio.

—La primera noche siempre se llora. Pareces fuerte, te acostumbrarás. —De pronto, la chica de la cama superior, habló y con un impulso, saltó hacia abajo. —Soy Carly. —Le tendió la mano como saludo.

—Yo soy Danielle, pero todos me llaman Dedé. —Ella respondió al saludo.

—Te llamaré Dumont. —Dijo Carly. —¿Cuánto te ha caído?

—Quince años.

—¡Vaya! ¡¿Qué has hecho?! —Preguntó sorprendida. —¡¿Has matado a alguien o qué?! —Dijo riendo.

—Sí, exacto. —Contestó seca. Carly se quedó cortada.

—¡Oh, joder! —Dijo impresionada. —¿A tu novio o algo así?

—No. A mi mejor amiga.

—¡Uf! —Carly estaba algo preocupada por su vida.

—¡Tranquila, soy bastante pacífica! —Dedé no quería que su nueva compañera tuviera miedo de ella.

—Ya, bueno… Tener una mala reputación, aquí, es lo que te permite vivir, así que mientras a mí no me hagas daño, ¡qué más da que crean que eres agresiva! Es lo único que tienes ahora mismo a tu favor. ¡Créeme!

—¿Y tú por qué estás aquí? —Preguntó Dedé.

—Nada importante.

—¿No me lo vas a contar? Yo te lo he contado.

—Robo a mano armada. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—¿Y qué robaste? —Preguntó Dedé curiosa.

—Un bolso de Prada. —Dijo ella.

Dedé la miró y no pudo evitar reírse a carcajadas. Carly se animó un poco más y ya no sintió vergüenza. Ambas reían juntas.

—Vamos a llevarnos bien. —Dijo Dedé entre risas.

—Sí, eso creo. —Contestó Carly.