CAPITULO VEINTE

CULPABLE


La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en aire y tirarlo hacia el camino de nuevo. En el rostro del profesor se mascaba la derrota, el abandono, si el héroe no actuaba rápido, perdería a su compañero de viaje, al portador del maldito y endemoniado libro. De pronto se le ocurrió algo.

—¡Sujétese profesor, voy a intentar algo! —Heracles seguía arrastrado en el suelo, sin perderle de vista.

A Harris se le iluminó la cara de esperanza al ver que, al semidiós poco inteligente, le había llegado la inspiración. Heracles metió la mano en su bolsillo y de él sacó un lápiz de grafito viejo y roído. Al profesor se le apagó la luz de confianza al ver que su vida dependía de un minúsculo instrumento de escritura.

Elevó el lápiz hacia arriba y cerró los ojos.

—¡¡Viene brostamu!! —Gritó Heracles. Entonces el lápiz brilló con intensidad y comenzó a crecer, a extenderse hasta convertirse en un enorme garrote. Aquel gigantesco palo oscuro barnizado, contenía grabados de lenguajes y dibujos incomprensibles para un humano. Se rodeó de energía, la electricidad flotaba en torno a él como los rayos del sol. La cara del profesor reflejaba lo impresionado que estaba, ya había visto a una bella mujer convertirse en una Drinfa desquiciada, había visto la fuerza salvadora de Heracles, incluso aquella tormenta era sobrenatural, pero estaba claro que le quedaban muchas cosas divinas por descubrir. El semidiós extendió el palo hacia él.

—¡¡Agárrese, profesor!! —Le gritó entre lluvia y truenos.

Harris hizo un último esfuerzo y con una mano se sujetó. Cuando la palma de su mano estuvo agarrada a aquella increíble arma, Heracles no lo dudó y en milésimas de segundos, el profesor ya estaba volando por encima de su cabeza, hacia el camino. Como un muñeco de trapo, cayó sobre el rocoso sendero, se dio un buen golpe, pero ya estaba a salvo. Heracles se incorporó raudo y corrió hasta él.

—¡¡Profesor, profesor!! ¡¿Se encuentra bien?! —Lo miró, estaba tendido en el suelo.

Harris no puedo evitar reírse. Aún magullado y dolorido, aquella experiencia le había hecho gracia.

—¡¡Sí, estoy bien!! —Dijo tosiendo.

—¡¡Vamos, debemos irnos, rápido!! —Ambos se incorporaron y continuaron el camino perseguidos por los rayos y aquella estruendosa tormenta que no cesaba su enfado. Harris se apoyaba en Heracles, caminaba con dificultad.

—Después me explicarás todo esto. —Le dijo a Heracles.

—Primero lo pondré a salvo, profesor.

Continuaron montaña arriba, esquivando los rayos y el fuerte viento que les azotaba. La lluvia a penas les dejaba visibilidad, pero el primer monasterio estaba a pocos metros, con esfuerzo y apoyo, llegarían en pocos minutos.


Tras declararse culpable por el asesinato de Elisa, George vio cómo se llevaban a Dedé esposada. La trasladarían a una penitenciaría de máxima seguridad. Él estaba seguro de que su querida Dedé, no duraría mucho allí dentro, aunque viendo el estrago que había hecho con su amiga, se preguntaba si en verdad conocía a aquella chica, si aquel lado tan oscuro había estado ahí siempre. No podía creérselo, había algo extraño en todo aquello, confiaba en la inocencia de Dedé a pesar de su declaración de culpabilidad.

Dedé caminaba esposada hacia la salida de la comisaría. El policía que la detuvo en el bosque, la llevaba con gusto hasta el autobús que la esperaba en la puerta. Agarraba con fuerza su brazo, se notaban sus ganas por hacerla daño, en su cara se podía ver la satisfacción de encerrarla. Dedé miró por última vez a George antes de atravesar la salida hacia su condena. George, de pie, inmóvil, le devolvió la despedida con ojos tristes y al cruzar esa mirada, se reafirmó en su inocencia. ¿Estaría Danielle encubriendo a alguien? ¿Alguien la estaba chantajeando? Muchas preguntas pasaron por su mente en aquel instante. Sin duda iba a averiguarlo, no iba a detenerse hasta encontrar algún indicio que le esclareciera todo aquello.

Dedé subió al autobús policial a base de mamporros, empujada por el policía vengativo.

—Vigile a esta, es una buena pieza. —Avisó el policía al conductor.

Echó un vistazo rápido a los asientos para escoger dónde sentarse. No podía creérselo, si la mala suerte había entrado en su vida de manera estrepitosa, la mala suerte sin duda no había terminado su trabajo. Se fijó en las zapatillas que llevaba una de las presas y se dio cuenta en seguida de quién se trataba, su delicada compañera de celda de la noche del bosque. La que le había dejado la caracomo un mapamundi, estaba también allí.

—¡Vaya, pero si es la princesita! —Dijo con burla. —Nunca me hubiera imaginado verte por aquí. ¿Te gustan mis zapatillas? ¡A que son guapas!

Dedé no contestó, solo la miró con desprecio y se sentó en uno de los asientos más alejados que pudo. Miró por la ventana, ignorando los insultos de aquella escandalosa mujer.

—¿Ya no contestas con esa chulería tuya? —La presa se acercó hasta ella y se sentó a su lado. La miró y le acarició el pelo. —¡Lo vamos a pasar estupendamente juntas! —Esa frase provocó escalofríos en Dedé.

¿Había tomado la mejor decisión? Aquella mujer iba a complicar su existencia, estaba claro. Solo tenía ganas de gritar que era inocente y salir de allí escopeteada. Buscó en su mente un momento de su vida alegre, un momento de paz al que querría escapar, pero le costaba imaginarse ningún otro lugar. El aliento en su oído de aquella harapienta presa, le repugnaba. Decidió no dejar de mirar por la ventana, recorrería todo el camino hasta la cárcel así, sin mediar palabra, sin contestar, sin defenderse. Era lo mejor para seguir viva.

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CAPITULO DIECISÉIS

YO NO LO HICE


Se despertó abriendo sus grandes ojos azules. Esta vez ella también había hecho magia, pues sus pupilas se dilataron tanto que su azul se oscureció. Se quedó inmóvil, en la misma postura que cuando se acostó, pies colgando y el resto del cuerpo como una tabla. Su pelo negro como la noche estaba húmedo, gotas de sudor brillaban en su frente, había sido un sueño tan real, tan intenso, que le costó asimilarlo. Miraba hacia el techo de su habitación pensando en sí debía hacer caso a aquellas voces, si la visita de su abuelo significaba algo. Se levantó despacio y se quedó sentada en el borde de la cama. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era aquello real o en verdad estaba perdiendo del todo la cabeza? Solo había una forma de averiguarlo.

De nuevo, sin ducharse ni cambiarse, se dirigió hacia la salida. Tenía una pinta horrible, como si hubiera estado de fiesta durante una semana entera, cara llena de moratones, la ropa sucia, todavía descalza, el pelo sudado y unas ojeras que se hundían como cuevas bajo sus ojos. Si no estaba ida, desde luego lo parecía. Caminaba acelerada por los pasillos de la residencia, con el corazón a mil por hora, esperaba llegar a la biblioteca y ver a la borde de Marion en la recepción, a salvo, sin gritos de auxilio y sin llantos. Respiraba todo el oxígeno que encontraba con intensidad, como una completa adicta sin su droga. Los demás estudiantes la miraban alucinados y se apartaban de su lado, parecía la nueva peste mundial. Cruzó el campus todo lo rápido que sus pies, con calcetines destrozados; y sus piernas temblorosas le permitían. Vio la puerta de la biblioteca al final del camino, pero se le estaba haciendo eterno el trayecto, un sendero que se alargaba más y más, en su mente, a medida que avanzaba. El sol de la mañana le molestaba en la cara, sentía que debajo de sus fulminantes rayos se iba a derretir o a convertir en polvo, cual vampiro. Al fin llegó y a duras penas pudo sujetarse a la barra de la puerta de cristal. La abrió después de coger aire dos o tres veces, quería con tanta fuerza que Marion estuviera allí. Si Marion estaba en su lugar de trabajo, eso significaba que solo estaba cansada, estresada, como bien había dicho George y para eso había un remedio, dormir durante todo un mes y jamás, jamás volver a beber, ni tocar las drogas. Se envalentonó a abrir la puerta, confiada y diciéndose a sí misma en su mente que Marion estaría allí y la volvería a llamar Danielle, la volvería a insultar con algún tipo de frase elocuente e inteligente, seguramente repararía en su aspecto llamándola irresponsable o algo parecido, no le importaba ni lo más mínimo los insultos de Marion, solo quería verla, en persona, en carne y hueso.

Entró y vio que la mesa de recepción estaba vacía, eso la estresó mucho más, con más estrés, más locura parecía desprender, la cara la tenía pálida, los ojos seguían en un pozo oscuro y su semblante totalmente desencajado. Miró hacia los otros estudiantes que hacían cola en el lugar de trabajo de Marion. Se acercó a ellos, pero se apartaban asustados por ver aquella versión tan surrealista y peligrosa de Dedé. Se abalanzó contra el primero que pilló.

—¡¿Dónde está?! —Preguntó desquiciada. El chico intentaba apartarse de ella pero Dedé se agarró fuerte a su brazo.

—¡Déjame zumbada! —Le contestó.

—¡Dime dónde está! —Preguntó de nuevo más enfurecida.

—¡Eh, oye, te ha dicho que le dejes! —La chica que estaba delante intentó socorrer al chico acorralado por Dedé. Dedé se dirigió entonces a ella.

—¡Por favor, solo quiero saber dónde está la recepcionista! —En su voz se notaba la desesperación.

—¡Está allí! —Señaló la chica confusa y algo harta de su comportamiento.

Miró hacia la dirección del dedo. Y allí estaba Marion, de pie, colocando unos libros en la estantería, tan tranquila como siempre. Dedé respiró aliviada y encorvada, casi sin fuerzas, se dirigió hacia ella.

—¡Menuda loca! ¡Está como una cabra! —Murmuraban los estudiantes de la recepción.

Arrastrando los pies y con una sonrisa llorosa, fue hacia su querida y odiada Marion. Sabía que ella la reprendería por estar en ese estado, que la echaría de allí de inmediato, pero tampoco le importaba. Necesitaba verle la cara, frente a frente, ver que estaba bien y que nadie la tenía atrapada en ningún bosque, en ningún lugar extraño. Miró su espalda, observó su vestimenta y sonrió más todavía, al ver que seguía siendo la misma Marion de siempre, con sus formas tan anticuadas y desfasadas de vestir, incluso le gustó su estilo aquella mañana. Alargó su brazo para tocar su hombro.

—¡Marion! —La llamó con alegría. —¡Menos mal que estás aquí!

Marion se giró para ver quien la reclamaba, pero no era ella, no era Marion, era otra chica del campus, otra muy diferente.

—¡Tú no eres Marion! ¡Tú no eres Marion! —Dijo Dedé sorprendida y aterrorizada. La tez de su piel se volvió tan blanca que podría llegar a ser transparente. Sus ojos se hundieron mucho más en aquel pozo negro de sus ojeras.

—No, lo siento, Marion no está. ¿Puedo ayudarte en algo? —Dijo la chica que intentaba no asustarse y ser amable. Dedé se quedó mirándola, la observó de arriba abajo con detenimiento, parecía que la fuera a devorar. —¡Oye! ¿Te encuentras bien? —Preguntó echándose hacia atrás.

—¡¡Tú no eres Marion!! —Dedé la agarró por los hombros y la estampó contra la librería con fuerza. —¡¡No eres Marion!! —Gritaba. —¡¿Dónde está?! ¡¡Dime dónde está Marion!!

La nueva recepcionista estaba realmente aterrorizada, estaba siendo atacada por una especie de joven loca, con aspecto de adicta, en plena crisis de abstinencia.

—¡¡Dime qué está pasando!! ¡¿Dónde está?! ¡¡Contéstame!! —Dedé no controlaba su fuerza, estaba fuera de sí, la apretaba y la empujaba una y otra vez.

—¡¡No lo sé!! ¡¡No sé dónde está!! —Le contestó. —¡Ayuda por favor, que alguien me ayude!

Al escuchar sus súplicas de ayuda, Dedé cesó, recordó la voz de Marion pidiendo ayuda en sus sueños. La soltó y ésta escapó corriendo. Miró sus manos, dándose cuenta de que lo que estaba haciendo no estaba bien, se le estaba yendo la cabeza, aquel tema se estaba desmadrando demasiado. Dejó que finalmente sus piernas perdieran fuerza y las rodillas se doblaron como el papel, sintiendo el frío de aquellas viejas baldosas en su piel.

—¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué está pasando?! —Arrodillada, indefensa, mirando sus manos temblorosas y sin comprender, se repetía una y otra vez la misma pregunta, mientras su cuerpo se balanceaba levemente hacia delante y hacia atrás. —¡Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza! —Se sujetó la frente con las dos manos, no aguantaba más aquellos sueños, aquellas voces, ni las extrañas apariciones.

—Danielle… —Una voz amistosa estaba a su lado. Era George, que vestido con su uniforme, llegó hasta ella y en cuclillas se acercó. —Danielle, soy George. —Dedé levantó la vista llena de lágrimas, llena de miedo. En su cara podía verse la locura.

—¿George? —Dijo algo aliviada al verlo.

—Sí, Danielle, soy George.

—¡George! ¡¿Qué me está pasando?! —Sus manos trémulas se agarraron a él.

—¡No lo sé, Danielle, pero lo averiguaremos! Yo te ayudaré, pero para eso tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo? —Dedé asintió afligida. —Te ayudo a levantarte. —Ambos se pusieron de pie despacio, a Dedé le costaba moverse.

Caminaron hasta la recepción lentamente, Dedé se sujetaba del brazo de George y reposaba su cabeza en su sólido hombro. Los demás estudiantes se apartaron hacia los lados, hicieron un pasillo esperando algo que a Dedé no le iba a gustar. Cuando ella alzó la vista hacia la entrada, vio a varios agentes de policía haciendo guardia, mirándola muy atentos. Eso no le hizo ninguna gracia. Miró a George con súplica, con miedo, con decepción, de nuevo se sentía traicionada. George se dio cuenta.

—No pasa nada, Danielle, yo estoy contigo. —Ella se apartó de él, soltando el brazo que antes había sido su consuelo, pero que ahora era su enemigo. —¡No lo hagas más difícil! Tienes que entregarte, Danielle.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —Dijo ella asustada y confusa.

—¡Danielle, Elisa ha muerto! —Dijo George estirando las palmas de sus manos a modo de calma.

—¡¡¿Qué?!! —A Dedé se le cayó un mar helado encima. Eso no podía ser real, estaba segura de que era un error.

—Tienes que venir con nosotros.

Varios policías se adelantaron al ver que Dedé iba a resistirse, sacando sus esposas del cinturón de su pantalón. Ella retrocedió varios pasos, impresionada y sin comprender lo que estaba pasando una vez más.

—¡Esto es otro sueño, esto no es real! —Negaba con la cabeza al mismo tiempo que gritaba. —¡George no dejes que me lleven! ¡No dejes que lo hagan!

—¡Danielle, por favor! —Él estaba realmente conmocionado, no sabía qué hacer, sus compañeros se la iban a llevar a la fuerza y no podría impedirlo. —Estaré contigo, te lo prometo, en todo momento, pero tienes que ir con ellos.

Dedé negaba y negaba con la cabeza y los policías sujetaron sus manos para detenerla.

—¡Esto es un sueño! ¡Esto no es real! —Repetía mientras intentaba soltarse desesperadamente de sus captores. —¡Yo no lo hice George, yo no hice nada de lo que creen! ¡¡Diles que me suelten, tengo que salvarlos!! ¡¡Debo salvarlos a todos!! —Gritaba como una furia y los policías se la llevaron por la puerta en volandas. Dedé pataleaba y voceaba todo lo que su cuerpo agotado y magullado le permitía. Parecía, literalmente, una loca desequilibrada.

George, angustiado y triste, se echaba las manos a cabeza, se sentía impotente viendo cómo se la llevaban y cómo ella le suplicaba clemencia, en el fondo sabía que su querida Danielle era incapaz de hacerle daño a nadie, pero había visto y oído cosas que no podría pasar por alto, realmente su querida Danielle había perdido el norte, ¿se habría convertido entonces en una asesina? Ya no sabía en qué creer. Lo que sí sabía, es que jamás la dejaría sola.