CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA


Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes de aquel lugar. Aparentemente, desde fuera era una construcción humilde, pequeña, pero una vez dentro todo cambiaba. Las paredes, llenas de mosaicos representativos y altos ventanales, medían hasta cinco metros. El techo era abovedado con un sinfín de imágenes pintadas, los colores eran vivos, llamativos, aunque se podía apreciar el paso del tiempo en algunos, en otros parecía que el mismísimo Rafael los repasase cada día. La claridad era abrumadora para los ojos aún adormilados de Heracles. Los enormes ventanales atraían la luz hacia el interior. Era una sala sin muebles ostentosos, ni reliquias de ningún tipo, solo había un altar hacia el fondo con tres escalones bajos y en cada uno de ellos, una persona. Eran como estatuas, observaban a Heracles sin inmutarse, con las manos entrelazadas y reposadas en el regazo. Portaban una túnica azul celeste, muy clara, tan clara como el cielo más despejado. En sus espaldas, colgaba una gran caperuza y de ella una roseta griega plateada de cuatro pétalos. Heracles la reconoció al momento, los cuatro pétalos significaban los cuatro elementos de la naturaleza (viento, tierra, agua y fuego). El altar estaba rodeado por flores silvestres de todas las clases, pequeños arbustos de todos los colores y en el centro un gran manzano, fuerte, robusto y lleno de frutos. Los animales voladores lo sobrevolaban llenando la sala de armonía y paz. Heracles se levantó al ver que una mujer bajaba las escaleras del altar y se acercaba a él. Ella era diferente, más adulta, más bella y con una esencia distinta.

—Bienvenido, hijo de Zeus. —Ella extendió sus brazos para recibirlo.

—¿Quién eres? ¿Cómo sabes quién soy? —Preguntó desconfiado.

—Soy Mitéra. —Contestó, juntando las palmas de sus manos frente a sus labios, haciendo una pequeña y lenta reverencia cerrando los ojos. —Sabemos quién eres porque nosotros conocemos a todo ser que camina por la tierra. A ti no es difícil reconocerte, Heracles, hijo de Zeus.

—Ya, bueno… ¿Y dónde está mi amigo? —Preguntó apresurado.

—¿Te refieres al profesor? —Mitéra caminaba, solemne, alrededor de Heracles, los observaba como quien está en un museo.

—Sí. —A él le ponía nervioso ser objeto de una extraña mujer.

—No te preocupes por él, su cuerpo está descansando.

—¡¿Cómo que descansando?!

—Que su alma lo ha abandonado, pero nosotros cuidamos de su carne. —Dijo ella con calma. Hablaba muy despacio y cada paso que daba era premeditado, eso a Heracles no le gustaba.

Era una mujer joven y muy bella, de unos treinta y cinco años, su túnica no era azul como la de los demás, sino marrón, un marrón terrenal, una mezcla de color arena y tierra mojada. No llevaba el mismo símbolo, ni siquiera llevaba uno, pero sí tenía la caperuza puesta, por el flequillo salían algunos cabellos hacia fuera dejando ver su color, su pelo era como el chocolate, como los granos del cacao, al menos eso fue lo que pensó Heracles al verla. Sus ojos eran como su pelo, como su túnica y como su piel, tostados. Aunque eran pequeños, tenía una mirada penetrante, de esas que con solo mirarte, son capaces de descubrir todo tu interior. Iba descalza como los demás de aquella sala, pero ellos tenían heridas recientes, señal de desgaste y devoción. Ella no, ella no tenía ni un rasguño.

—¡¿Está muerto?! —Dijo él asustado.

—Eso es muy general, ¿no te parece? Decir que alguien está vivo o muerto es una forma de hablar demasiado rotunda. Hay muchas maneras de existir en este mundo y en otros. —A Heracles le molestaban sus enigmas y su manera de expresarse, tan calmada.

—¡No tengo tiempo para misterios, Mitéra! ¡Dime de una vez si está vivo o muerto! —Preguntó estresado.

—¡Eres un ser muy impaciente, Heracles y algo insubordinado! Teniendo en cuenta que estás frente a mí, la protectora de los cuatro elementos y soy la única que puede traerlo de vuelta a este plano terrenal.

—Si puedes traerlo de vuelta, ¿a qué estás esperando? — Le importó poco quién era, solo pensaba en salvar a Harris.

—No tan rápido, hijo de Zeus, antes deberás darme algo a cambio. —Contestó ella.

—¿Qué es lo que quieres? —Preguntó tajante, quería terminar con todo aquello lo antes posible.

Mitéra se giró hacia el altar, subió el primer escalón y de nuevo se giró hacia Heracles, con sus manos señaló a los que parecían estatuas mudas con túnicas azules, silenciosas, inamovibles y con los pies doloridos.

—Estos son los Yios, hijos de la Tierra, hijos míos. Jóvenes mujeres y hombres, destinados a preservar todos los elementos. Se entrenan durante siglos para ser dignos de ocupar un lugar en el Megalo Meteoro.

—Muy bien, ¿y qué? —Pregunto sin darle importancia. Mitéra era muy paciente, pero detestaba la falta de respeto.

—Los Yios que he criado, moldeado y entrenado hasta ahora, no han sido aceptados, ninguno de ellos a logrado entrar en el Megalo Meteoro. Antes todo era distinto, ¡mis Yios eran los ganadores, siempre, sin excepción! Se enfrentaban al resto de aspirantes de los otros monasterios y jamás eran vencidos. ¡Jamás! —Se estaba enfureciendo. Tomó aire por unos segundos y continuó levantando el mentón. —Ahora todo ha cambiado, la tierra ha cambiado, su vitalidad, su poder… Los humanos han infestado todo cuanto han pisado y por ellos, mis Yios ya no son puros.

—¿Y qué se supone que puedo hacer yo? Yo no puedo entrenarlos, necesitaría miles de años y no tengo tiempo. Llevo a cabo una importante hazaña, no voy a detenerme en una competición de egos.

—¡¡Tú no lo entiendes!! —Mitéra se dirigió a él furiosa. —¡Aquí equilibramos el mundo, equilibramos la existencia de todo lo que te rodea!

—Yo no pertenezco a este mundo, Mitéra, no soy de la Tierra. —Dijo con desprecio. —Soy olímpico, no me atañen vuestros problemas. Encontrarás a otro que lo haga. —Heracles infló su pecho con orgullo. —Si no vas a ayudarme, dime dónde está el profesor y yo mismo me lo llevaré de aquí, vivo o muerto.

—¡¿Quién te crees que eres?! ¡Estás ante una diosa, insignificante desliz humano! Tú solo existes porque tu padre tuvo una aventura con una terrestre! ¡Harás lo que yo te pida o te enfrentarás a mí! —Mitéra estaba muy enfadada ante la desobediencia de Heracles.

—¿Enfrentarme a ti? ¿Y qué vas a hacerme, rodearme de plantas y pajaritos? —Contestó él burlón.

Eso desequilibró del todo a Mitéra. Entonces su capa se convirtió en fuego. Rodeada de llamas de un vivo color rojo, miró a Heracles desafiante. Su rostro se cuarteó como la tierra seca y sus ojos dejaron de ser cacao, se volvieron brasas. Estiró los brazos hacia abajo, de sus manos brotaron dos varas incendiadas. Lanzó una, Heracles la esquivó haciendo un ligero movimiento hacia la izquierda, pero lanzó la segunda con tanta rapidez que Heracles no la pudo sortear y esta le atravesó el hombro.

Heracles era inmortal, pero su inmortalidad no le libraba del dolor. Soltó un quejido hacia dentro, un quejido muy varonil, su orgullo iba por delante. Miró a Mitéras y contestando al desafío, se arrancó aquella vara de fuego del hombro de un tirón.

—¡No puedes matarme, Diosa! —Dijo él medio sollozando.

—No, es cierto, pero puedo hacerte sentir dolor hasta que me ruegues y supliques. —Contestó ella apagando su fuego. Ahora solo quedaba una humareda a su alrededor que se esparcía por el aire como el humo de un cigarro. —Puedo salvar a tu amigo, a ese que porta el libro. —Heracles la miró impresionado. —¿Qué? ¿Creías que no sabría lo del libro? Dentro de este limbo vivimos bajo la armonía, la reflexión y la serenidad, pero no somos ajenos a lo que ocurre fuera, al menos no de lo importante. Sé muy bien qué es ese libro y de quién es. No voy a ser tan tonta como para meterme con Apolo, él es el dios de las musas de la tierra, de las Drinfas, las Náyades, de las Ninfas… así que no necesito saber más de lo que ya sé y no puedo ayudarte si no me das nada a cambio. Si Apolo viniera a pedirme explicaciones, él entendería mi intercambio. —Explicó mientras subía las escaleras y se posicionaba bajo el manzano. Acariciaba sus hojas con cariño. —Te lo preguntaré solo una vez más, ¿quieres que tu amigo viva?

—Primero quiero saber qué quieres de mí exactamente. —Contestó él intrigado.

—Un heredero. —Dijo ella. Heracles abrió sus ojos como platos.

—¿Un hijo mío?

—No. Que te quede claro desde ya, el hijo será solo mío, no quiero lazos sentimentales, ni paternales, ni de ningún tipo. ¿Queda claro? Solo quiero tu semilla y podrás irte por esa puerta con tu amigo, con el libro y con el símbolo de la roseta. Con ella demostrareis en Agias Trias que fuisteis dignos en el santuario de los cuatro elementos, que fuisteis bendecidos por mí; y os dejarán entrar.

Heracles se quedó pensativo durante unos segundos. Se sujetaba el hombro aún dolorido, parte de su camisa se había manchado con su sangre. Mitéra se fijó en su dolor, en su herida cicatrizándose sola y en el rastro de sangre en su prenda.

—Los Asimis siempre me habéis fascinado, con vuestra sangre tan plateada, tan brillante, ¡es fría, es densa..! —Dijo con un tono de voz casi placentero. A Heracles le causó atracción su lado perverso.

—Si vas a tratarme con esta brusquedad en el lecho, creo que tendré que pensármelo. —Contestó él, pícaro. Sonrió.

—Prometo ser más suave que tus puños. —Dijo ella, siguiéndole el juego. Le devolvió media sonrisa.

Entonces tendió su mano para ofrecerle subir al altar y él caminó con chulería hasta ella. Una vez juntos, uno frente al otro, un destello de luz los evaporó.


  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR


Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían unos pequeños santos como símbolo de protección y bienvenida.

Los dos estaban completamente mojados, la tormenta continuaba con su insistente lucha, necesitaba atraparlos como fuese. Heracles golpeó la puerta tres veces, pero nadie contestó. Ambos miraban hacia el exterior del porche, los rayos caían con más intensidad en las escaleras. Heracles golpeó de nuevo y de nuevo sin contestación.

—¡Abran, por favor! —Gritó Harris impaciente.

—¡Shhh! —Le señaló el semidiós. —No debemos irrumpir en su tranquilidad.

—¡¿Tranquilidad?! ¡Acaso no se dan cuenta de la tormenta que hay aquí fuera! —Contestó el profesor algo molesto.

—Esto es un santuario, lo que significa que está en suelo sagrado. ¡Usted no lo entiende! Tras esta puerta, ellos viven una realidad totalmente distinta.

—¡¿Y qué vamos a hacer, quedarnos aquí plantados mientras el malhumorado de tu padre quiere matarnos?!

—Tenga paciencia, profesor. Ellos deben sentir nuestra presencia, si no nos calmamos, no nos abrirán. Debemos estar en la misma sintonía. —Dijo Heracles intentando tranquilizar a Harris. Se colocó frente a él, cogió sus manos y juntó sus palmas. —Respire, relájese. Olvídese de la tormenta, piense en este lugar como lo que es, un paraíso. La tormenta no es real, no en su mente. Cierre los ojos y respire profundamente.

Harris hizo caso a las indicaciones del semidiós, aunque le costaba olvidarse de aquellos estruendosos sonidos que estaban haciendo añicos las escaleras del porche. Cerró sus ojos y respiró hondo.

—Dígame, ¿qué es lo que oye? —Preguntó Heracles.

—Nada, no oigo nada. —Contestó él encogiendo los hombros.

—Exacto, nada.

El profesor no se dio cuenta, pero el escándalo de la tormenta había cesado.

—¿Eso qué significa? —Preguntó aún con los ojos cerrados.

—Siga escuchando. —Le indicó Heracles.

—¡Oigo pájaros! ¡¡Están cantando!! —Harris abrió sus ojos y lo que antes era un jardín oscurecido por la tempestad, con sus adornos y plantas destrozadas, se convirtió en un bello lugar, lleno de arbustos floridos con mariposas y abejas revoloteando. El sol volvía a brillar e iluminaba aquel pequeño paraíso de árboles frutales y aves multicolor.

No hacía calor, ya no se derretían bajo los treinta grados, ni estaban mojados. El profesor se tocó el cuerpo y el pelo asombrado. Todavía era escéptico ante aquello.

—¡Estoy seco! ¡Estamos secos! —Dijo sorprendido. —¡Ya no hay relámpagos ni lluvia! —Se asomó hacia el límite del porche para apreciar aquel prodigioso jardín. —¡Esto es…! —Se había quedado sin palabras. Con la boca totalmente abierta y maravillado, dio otro paso más hacia las escaleras.

—Profesor… —Heracles lo llamó para que no se alejara.

Harris no atendió a su llamada y avanzó. Justo cuando pisó con su pie el primer escalón, cuando parte de su cuerpo dejó de estar bajo el porche… La tormenta volvió con la misma furia que antes.

—¡¡Profesor, no!! —Gritó Heracles estirando su brazo para tirar de él.

¡Demasiado tarde Heracles! A Harris le atravesó un rayo fulminante desde el pecho hasta los pies. Fue tan rápido que el semidiós no pudo hacer nada. Harris cayó como si le hubieran puesto plomo en las rodillas.

—¡¡¡Profesor!!! —Heracles fue hacia él tan rápido como pudo y antes de que el cuerpo, arrodillado, de Harris se desplomara del todo, lo sujetó por debajo de los brazos y lo arrastró hacia el porche. —¡¡¿Profesor, me oye?!! —Golpeaba su cara inconsciente para despertarlo. —¡¡No puede morir ahora, profesor, por favor!! ¡¡¡Despierte!!! —Le gritó.

Entonces, las puertas del monasterio se abrieron despacio, con su sonido chirriante por la madera envejecida. Tras ellas, una brillante luz se abría camino, iluminándolos a los dos. Heracles, agachado frente al cuerpo sin vida del profesor, miró hacia el interior. La luz se hizo cegadora, se tapó la cara con el brazo para evitarla y en segundos todos se volvió blanco, tan blanco como un destello celestial. Heracles y Harris desaparecieron del porche y las puertas se cerraron de golpe.


Vestida con un mono de trabajo gris, Dedé caminaba en fila india por un pasillo frío, lleno de barrotes laterales, lleno de celdas que guardaban a las peores asesinas del estado. La penitenciaría Coleman, era una de las cárceles de máxima seguridad, allí había pandilleras, asesinas, narcotraficantes, lo mejorcito de cada casa.

Con una sábana y una manta en las manos, Dedé hacía cola para que le asignaran una habitación de cinco estrellas en ese pedazo de hotel. Las vigilantes era bastante brutas, no tenían ningún reparo en dar empujones y en hablar mal a las presas. Viendo aquella actitud, Dedé se dio cuenta de que la estancia no iba a ser nada tranquila.

—¡Dumont! —La vigilante la agarró por el brazo y con un impulso la metió dentro de la siguiente celda. —Esta es la tuya.

Dedé la miró desafiante, cosa que no debió hacer si quería ganarse el corazón de su carcelera. Además, era una mujer enorme, fuerte y con cara de pocos amigos, tenía un carácter agrio, por lo que encontrar su corazón no iba a ser nada fácil. Llevaba un moño repeinado y tenía el pelo amarillo, de ese amarillo pollo que se te queda cuando te tiñes en casa tú misma. Por su mal genio y su pelo se podía saber que no tenía tiempo ni de ir a la peluquería, seguramente por la cantidad de horas extras que echaba en aquel trabajo, lo que derivaba a su agresividad.

—¡¿Tienes algún problema, presa?! —Le dijo la mujer respondiendo al desafio.

—No. —Contestó Dedé seca.

—Bien, por que no querrás buscarte problemas el primer día.

—Ya tengo problemas. —Le dijo ella. La vigilante se echó a reír.

—¿Que ya tienes problemas? Querida, no sabes la que se te viene encima. Aquí vas a ser un caramelito. —Avisó burlona. —Estas son las normas: nada de aparatos electrónicos, nada de armas artesanales y por supuesto, nada de teléfonos móviles. —Dedé hizo un gesto encogiendo sus hombros y elevando las manos, dando a entender de que ella no podría conseguir nada de eso. —¡Te sorprenderá lo fácil que es conseguir,aquí, todas esas cosas! —Le dijo ella.

—¡Carly, despierta, tienes compañía! —La vigilante se acercó a la litera de arriba y dio unos golpes con la mano en la estructura de metal. La chica que ocupaba la cama superior, estaba de espaldas, arrinconada contra la pared. No se movió. —Es algo tímida. —Le explicó a Dedé.

Dedé vió la chapa identificadora que llevaba la vigilante.

—Wilson, ¿cuándo podré hacer una llamada? —Le preguntó.

—¡Oye, niña, para ti soy Sire! Aquí las presas nos llaman así, es una muestro de respeto y miedo. —Se acercó a Dedé con aires de superioridad. —Espero que te acostumbres rápido o acabarás más muerta que la cucarachas de la cocina. —La miró de arriba a abajo con desprecio y se marchó cerrando la “jaula”.

Dedé miró hacia la litera de arriba, pero aquella chica, llamada Carly, no se movió ni un poco. Dejó la sábana y la manta encima de la cama y se sentó. Observó aquel minúsculo cuarto de paredes enladrilladas y blancas, con algunas zonas donde la pintura estaba descascarillada. Solo un retrete, a la vista de todas, solo un escritorio enano y dos taquillas algo oxidadas. Cerró los ojos y respiró hondo, dos lágrimas descendieron por su cara en absoluto silencio.

—La primera noche siempre se llora. Pareces fuerte, te acostumbrarás. —De pronto, la chica de la cama superior, habló y con un impulso, saltó hacia abajo. —Soy Carly. —Le tendió la mano como saludo.

—Yo soy Danielle, pero todos me llaman Dedé. —Ella respondió al saludo.

—Te llamaré Dumont. —Dijo Carly. —¿Cuánto te ha caído?

—Quince años.

—¡Vaya! ¡¿Qué has hecho?! —Preguntó sorprendida. —¡¿Has matado a alguien o qué?! —Dijo riendo.

—Sí, exacto. —Contestó seca. Carly se quedó cortada.

—¡Oh, joder! —Dijo impresionada. —¿A tu novio o algo así?

—No. A mi mejor amiga.

—¡Uf! —Carly estaba algo preocupada por su vida.

—¡Tranquila, soy bastante pacífica! —Dedé no quería que su nueva compañera tuviera miedo de ella.

—Ya, bueno… Tener una mala reputación, aquí, es lo que te permite vivir, así que mientras a mí no me hagas daño, ¡qué más da que crean que eres agresiva! Es lo único que tienes ahora mismo a tu favor. ¡Créeme!

—¿Y tú por qué estás aquí? —Preguntó Dedé.

—Nada importante.

—¿No me lo vas a contar? Yo te lo he contado.

—Robo a mano armada. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—¿Y qué robaste? —Preguntó Dedé curiosa.

—Un bolso de Prada. —Dijo ella.

Dedé la miró y no pudo evitar reírse a carcajadas. Carly se animó un poco más y ya no sintió vergüenza. Ambas reían juntas.

—Vamos a llevarnos bien. —Dijo Dedé entre risas.

—Sí, eso creo. —Contestó Carly.



CAPITULO ONCE

KALAMBAKA


El semidios estaba sentado en uno de los cómodos sofás granates del compartimento. Con los codos apoyados en sus rodillas, miraba al profesor, atento, esperando a que se despertara del traumático desmayo. El profesor seguía en estado catatónico, tumbado boca arriba en el sofá de enfrente, con la boca abierta y con un brazo colgando hacia el suelo. El tren hizo sonar su bocina con fuerza, se detenía en la siguiente parada, lo que provocó que Harris se desvelara alterado, levantó su cuerpo como un resorte.

—¡¡No me comas!! —Exclamó asustado aún entre sueños. Harris puso su mano en el pecho al darse cuenta de que solo había sido una horrible pesadilla. Miró hacia su derecha y vio a Heracles, que le observaba inmóvil. —¡Ah! —Soltó un alarido de susto. —¡Mierda, creía que todo había sido una horrible pesadilla!

—No, ha sido real. —Dijo Heracles sin inmutarse.

—Si, ya lo veo. —Suspiró decepcionado. Giró sus piernas y se colocó sentado. —Si no, no estarías aquí.

—Bueno profesor… nos bajaremos dentro de poco, ha dormido usted casi todo el viaje, espero que la siesta haya sido reconfortante porque nos queda un largo camino lleno de peligros. —Heracles se levantó con energía.

—Genial… —Dijo él con poca convicción.

—¡No se preocupe, yo estaré con usted todo el tiempo! —Exclamó animoso dándole una palmadita en el omoplato. Lo golpeó con tanta fuerza, que hizo que el profesor cayera de rodillas hacia el suelo. —¡Oh, profesor! —Heracles se agachó para ayudarle a levantarse. —A veces, con la emoción, no controlo mi fuerza.

—¡Sí, eso también lo veo! —Protestó sarcástico mientras se incorporaba. —Y dígame, Heracles… —Dijo recalcando su nombre. —¿Puede iluminarme un poco todo esto?

—¿Iluminar? —Heracles miró al rededor de la habitación. —No entiendo, ya hay bastante luz en esta habitación, ¿no cree? —Contestó.

—Es una forma de hablar… Me refiero a que me explique todo esto, la situación en general.

—¡Ah! Sí, claro. Nunca he entendido los entresijos del habla humana, ¿por qué hablan con códigos? ¿Les divierte? ¿Por qué no hablan de forman clara y sincera? ¿Es algún tipo de juego para ustedes? —Preguntaba sin parar.

—¡Al lío, Heracles! —Contestó Harris impaciente.

—¡Oh, sí, disculpe! —Hizo una pequeña pausa para encontrar las palabras más eficaces y encontrar un inicio comprensible para la mente humana del profesor. —Empezaré por algo sencillo. El libro que usted encontró, no debería estar aquí.

—¡Sí, eso ya lo sé…! —Harris dudaba si el semidios era lo suficientemente inteligente como para ser un competente guardaespaldas. Supuso que para ejercer la fuerza bruta, no se necesitaría de una inteligencia desbordante.

—Sí, es verdad, usted eso ya lo sabe. —Se rascó la barbilla pensativo. —Bueno, a ver, eso… —Señaló al suelo, recordando a la Drinfa. —Es uno de los pocos peligros que nos esperan. Me han enviado aquí para evitar que el libro que usted tiene, siga circulando en manos equivocadas.

—¿¡Pero quién lo ha traído!?

—Ahora voy con eso. Uno de nuestros dioses del Olimpo se ha “aburrido” y quiere… ¿Cómo lo diría? ¿Divertirse?

—¡Es broma! ¿No?

—No, ¿por qué iba a ser una broma? —Heracles continuaba sin entender las formas de hablar humanas. —A ver, ese dios recibió un “mensaje”, que le decía que algo grande llegaría si él daba ciertos pasos. No sabemos muy bien cuáles son los pasos que tiene que seguir para ello, pero lo que sí sabemos es que el “algo grande” que va a pasar no es bueno para los humanos y en consecuencia, para nosotros, los dioses, tampoco.

—¿A qué te refieres? ¡¿Qué es lo que va a pasar?! —Preguntó preocupado.

—¡Tranquilo profesor! He librado miles de batallas, en comparación, esta es un juego de niños. —Dijo hinchando su pecho de orgullo. —Un ser del bosque no podrá con estos músculos. —Se dio un golpecito en el pecho con su puño, demostrando su resistencia.

—¡Madre mía… que dios nos asista! —Harris se echó la mano a la cabeza. —¡Espera! —El profesor dio un brinco. —¡¿Has dicho dios del bosque?!

—Sí, uno muy escurridizo. Descendió a la tierra hace un par de siglos, escondiéndose entre sus súbditos, maquinando una gran batalla. Ahora se acerca su cometido y gracias a eso hemos podido averiguar lo que se propone. ¡Gracias a usted profesor! —Iba a darle otra palmada pero el profesor se echó hacia atrás para esquivarla, Heracles retiró su mano.

—¡¿Gracias a mí?!

—Sí, si usted no hubiera encontrado el libro y no hubiera ido a esa cita, andaríamos a ciegas. Cuando descendió del Olimpo, creímos que era una simple escapadita. Todos lo hacemos de vez en cuando. ¡La Tierra tiene placeres muy variados! ¡Ya me entiende! —Le dio un codazo de complicidad y le guiñó el ojo de forma traviesa. Al profesor no le hizo gracia. —Supusimos que habría engendrado hijos y que se había quedado en la Tierra para educarlos a su imagen y semejanza, pero después de quinientos años, empezamos a preocuparnos. Sabíamos que tramaba algo.

—¡Quinientos años! ¡¿Y no se les ocurrió preocuparse antes?!

—¡Profesor, usted y yo no medimos igual el tiempo!

—¡Ya, pues ahora estamos todos en peligro! —Exclamó enfadado.

—Escuche, lo cogeremos, es solo cuestión de tiempo, no podrá hacer lo que se propone. —Dijo él muy convencido.

—Necesito saber qué es lo que va a pasar y quién es ese dios insatisfecho, que nos quiere amargar la existencia a todos.

—Digamos que él se encarga del orden en la naturaleza. Lo que vosotros llamáis desastre natural o fenómeno natural e incluso milagros de la naturaleza… Pues no, no es así. Él se encarga de todas esas cosas que vosotros admiráis y respetáis.

—Leí algunas leyendas y mitos sobre eso. —Harris miró hacia el infinito intentando recordar. —Era algo sobre un dios que reclutaba súbditos y que su poder se hacía cada vez más fuerte gracias a la oración de sus seguidores.

—¡Sí, ese mismo! ¡Muy bien profesor, es usted todo un estudioso! —Dijo Heracles gratamente sorprendido.

—Pero si es él… ¡¡estamos perdidos!! —Exclamó asustado. —Según cuenta la leyenda, trajo pestes, terremotos y plagas a este mundo hace miles de años.

—No llegaremos a tanto. —Dijo convencido.

—¿Por qué estás tan seguro?

—No es la primera vez que lo intenta, por eso sé que no lo conseguirá.

—¿Ya lo habéis detenido otras veces?

—Sí y lo paramos todas las veces. ¿Ves profesor? ¡No tienes de qué preocuparte! —Dijo posando con delicadeza su mano en su hombro. Harris miró de reojo el movimiento de Heracles con miedo a que le partiera en dos. —Solo tenemos que guardar ese libro en un lugar seguro y así él no podrá continuar.

—¿Por qué el libro, para qué sirve?

—El libro es un portal, un recopilador, es parte de él. Con él consigue viajar a donde quiere, moverse entre mundos. En la última batalla que liberamos, Prometeo le quitó el poder de descender a la tierra para protegeros, pero él se las ingenió para conseguir un puente. Con una concentración de energía tan potente que lograría llevarle a donde quisiera sin vigilancia. Supimos de su descenso, pero ya le digo que no nos preocupó, hasta ahora. Eran simples travesuras. Es un dios muy activo sexualmente hablando, sus desarrollados instintos de procreación son más elevados que los de ningún dios. ¡Después de mi padre, claro está!

—Su padre…

—Sí, el gran Zeus. —Dijo con orgullo.

—Ya… ¿Y creyeron que era un simple arrebato por esparcir su semilla?

—Apolo está ligado a la Tierra más que ningún otro dios. Necesita el contacto femenino de mujeres jóvenes humanas.

—¡Eso era, Apolo! Había olvidado que leí su nombre. —Recordó Harris. —Vale, entonces llevamos el libro hasta los monasterios de Meteora y listo, ¿no?

—Bueno, no es tan sencillo… —Dijo Heracles enseñando los dientes con una sonrisa falsa.

—¡Acabas de decir que era un juego de niños!

—El problema está en que hay una humana dentro a la que debemos liberar, por no mencionar que por el camino estoy seguro de que nos encontraremos con todo tipo de obstáculos.

—¡¿Obstáculos como la Drinfa?! —Harris no sabía si quería realmente saber la respuesta.

—Si y peores. Al ser usted un humano, Apolo envió a una Drinfa, una de sus súbditas menos letales. Lo que no logro entender es, ¿por qué sabe Apolo de su existencia? Quizás se cruzó con él en algún momento, o hizo usted algo que le cabreó.

—No lo creo, no me he cruzado con ningún dios últimamente. —Contestó sarcástico.

—¡Discrepo! Ayer tuvo una cita muy divina.

—¡Ayer estuve con mi amigo y compañero de conocimientos, Alexander Jones! Es un ilustre licenciado en historia, compartimos descubrimientos y es un experto en artes oscuras, tiene un gran conocimiento de las interacciones sociales humanas. ¡Es admirable! —Explicó Harris con arrogancia.

—Acaba usted de describir a Prometeo.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevamos años de amistad! —Se sorprendió.

—Lo siento profesor, pero su amigo del alma es Prometeo. —Harris se sentó, dejándose caer a plomo en el sofá, con la cara descompuesta y con un pequeño gesto de desilusión y traición. —Si le sirve de consuelo, sé de buena tinta que es usted uno de sus humanos favoritos, él también le admira y le tiene en alta estima. —Heracles se compadeció de él. Continuó con el problema de la situación. —Por lo que sea, usted cabreó de alguna forma a Apolo y por eso le envió a una Drinfa. Seguramente, ahora Apolo esté muy cabreado, él siente el dolor de cada una de sus criaturas, sabrá que la hemos destruido, por lo que enviará a más y más fuertes. Tendremos que enfrentarnos a todas ellas y llegar hasta las montañas de Kalambaka.

—Genial… sabía que moriría joven, pero no de esta manera. —Dijo depresivo.

—¡Venga, no se venga abajo! ¡Le necesito positivo y con energía para llevar a cabo esta hazaña! —Heracles puso sus puños en sus caderas y abrió levemente las piernas, una posición muy heroica.

—¿Qué pasará cuando lleguemos allí?

—En el monasterio nos ayudarán a liberar a su alumna humana.

—Se llama Marion Green, mi alumna es Marion Green. —Dijo con tono preocupado. Heracles lo miró comprendiendo su preocupación.

—Una vez que liberemos a Marion, tendremos que ser muy rápidos. Al sacar a un atrapada de su libro, él sabrá nuestra ubicación exacta y vendrá a por nosotros con toda su ira. Que nos envíe súbditas horrendas y peligrosas es una cosa, pero que venga él en persona… Me temo que mi fuerza no será suficiente.

—¡¿Hay alguna buena noticia?! —Preguntó con ironía e irritación.

—¡Claro! ¡Profesor, yo estoy con usted! ¡Eso ya debería ser una muy buena noticia! —Contestó muy positivo.

—Supongo. —Harris no lo tenía muy claro.

Desde luego no estaba preparado para este tipo de batallas, en verdad a lo máximo a lo que él se había enfrentado habían sido excavaciones arqueológicas y libros cifrados. El tren hizo sonar su bocina de nuevo y comenzó a frenar para detenerse en la siguiente parada.

—¡Venga profesor, nos vamos! —Heracles abrió la puerta del compartimento para salir. Harris cogió aire profundamente y lo expulsó rápido y con fuerza.

—¡Allá que vamos!


¡ÁNIMO HARRIS, QUE TÚ PUEDES!

¿VEREMOS LAS HAZAÑAS DE LOS DOS EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

¿PODRÁN LLEGAR HASTA KALAMBAKA? ¿QUÉ PELIGROS LES ESPERA?


POR MOTIVOS PERSONALES AYER NO PUDE PUBLICAR EL CAPÍTULO 11. EN COMPENSACIÓN HOY PUBLICARÉ TAMBIÉN EL 12.

¡ESTA TARDE ESTARÁ DISPONIBLE!