CAPITULO DIECINUEVE

TORMENTA MORADA


El profesor Harris dormía plácidamente en aquella cama gemela de sábanas blancas, era algo estrecha y sus tobillos reposaban en la madera de los pies de la cama. Tanto susto y tanta revelación divina, le habían pasado factura. Las puertas de la pequeña terraza estaban abiertas y las cortinas hacían su baile con la brisa del amanecer. Se reventó su burbuja de sueño al sentir una pequeña ola de agua fría cayendo en su cara.

—¡Arriba profesor! —Exclamó Heracles.

—¡¡Pero qué…!! —Protestó Harris, incorporándose apurado y mojado. —¡¿Se puede saber qué te pasa?! —Exclamó enfadado, quitándose el agua de la cara.

—He visto que algunos humanos lo hacen. Me pareció divertido. —Se rió Heracles.

—¡Sí, los adolescentes, no los adultos! —Harris se levantó de la cama y se sacudió la camisa rayada de su pijama. Heracles continuaba riendo. —¡No tiene nada de gracioso!

—¡Vamos, profesor, tenemos mucho camino por delante! —Dijo emocionado.

Harris miró hacia la terraza. Todavía no asomaba la luz de la mañana, el cielo estaba entre azul grisáceo y rosa.

—¡¿Pero qué hora es?! —Preguntó extrañado.

—¡Hora de marchar! —Heracles hizo un gesto, animoso, con el brazo.

El profesor miró su reloj, marcaban las cinco y media de la mañana. Al ver cómo las agujas anunciaban aquella temprana hora, resopló con fastidio y se rascó los ojos para despejarse. Le impresionó la cantidad de energía que desprendía el héroe.

—¿Listo? —Preguntó Heracles.

—Tengo que cambiarme, ¡no voy a ir en pijama! Ya que tengo que ir descalzo, al menos quiero ir vestido. —Dijo gruñón.

—Entonces, dejaré que se acicale, profesor. Iré a por víveres para usted y le esperaré abajo. —Salió de la habitación meneando sus caderas a modo de baile, se le notaba contento. Harris sacudió la cabeza, desaprobando sus maneras de caminar.


Cuando Harris bajó para encontrarse con Heracles, cruzó el recibidor del Hotel. Aquella pequeña mujer griega, de la recepción, se encontraba regando algunas plantas que decoraban la estancia. Se detuvo frente a ella y sacó un libro de bolsillo que había comprado el día anterior en una tienda de souvenirs. Buscó entre sus páginas y entonces le dijo:

—¡Kaliméra! —Saludó.

La señora respondió sonriendo y afirmando con la cabeza. Harris no quería resignarse a no entenderla, no quería sentirse un inculto en aquellas tierras. Además, veía en aquella mujer algo extraño, como si supiera todo lo que estaba pasando. Ella se acercó a él, despacio, con la regadera en la mano y apoyó el pulgar en su frente. Harris retrocedió unos milímetros dudoso, pero su halo era bondadoso y se dejó hacer. Entonces pronunció en su frente:

¡Sofía! —Puso dos dedos en su pecho, encima de su corazón y dijo: —¡Thárros! —Seguidamente, posó la palma de su mano en su estómago y dijo: —¡Dýnami! —Y dibujando un círculo, frente a él, con su brazo extendido, pronunció una última frase. —-¡Eíthe na eíste evlogiménoi me to thárros ton theón!

Harris se quedó muy quieto, sin comprender ni una palabra de lo que decía, sin entender aquellos movimientos tan extravagantes. Ella lo miró, de nuevo sonrió y lo reverenció con la cabeza a modo de despido. El profesor salió por la puerta extrañado sin dejar de mirarla, mientras ella continuaba con sus labores de jardinería como si tal cosa. Vio a Heracles esperando en la entrada, con su pose, firme, con los puños apoyados en las caderas y las piernas ligeramente separadas. Cada vez que lo veía así, no podía evitar pensar en los muñecos de “Action man” o en las esculturas de piedra representativas. Le parecía algo cómico. Heracles se giró al notar la presencia del profesor y vio su cara de confusión.

—¿Qué ocurre, profesor? —Preguntó.

—Esa señora… —Señaló con su dedo hacia el hotel. —La recepcionista…

—Si, ¿qué le pasa?

—Me ha dicho unas cosas muy raras, con unos gestos… —Recreó con su mano los movimientos de la mujer para enseñárselo a Heracles.

—Es una bendición. ¡Lo han bendecido profesor! —Le felicitó él.

—¿Ella es…?

—¿Una diosa? —Heracles terminó su pregunta.

—¿Lo es?

—No… —Dijo el héroe empezando a caminar.

—¿Entonces…? ¿Qué es? —Preguntó Harris muy interesado.

—Es una Chálkino. —Le contestó Heracles, sin intención de seguir con esa conversación. Harris siguió sus pasos esperando una explicación más extensa.

—¿Una Chal qué? —Preguntó buscando su atención.

—Una Chálkino. —Contestó, subiendo las calles en cuesta, hacia las montañas.

—¿Qué es eso?

—Hay cosas que no se pueden explicar, profesor, es muy largo de contar. —Heracles evitaba el tema.

—Te aseguro que tengo un don de comprensión muy extenso. Puedo asimilar muchas cosas extravagantes e increíbles. ¡Mírame, estoy hablando con un semidiós! —Insistió.

—De acuerdo. —Heracles se detuvo en la cuesta y miró desganado al profesor. —Una Chálkino es una descendiente lejana de los dioses.

—¿Cómo de lejana? ¿Entonces es una semidiosa, como tú? ¿Qué poderes tiene? —Harris bombardeaba a preguntas.

—En primer lugar, ¡no es como yo, ni siquiera se acerca! En segundo lugar, no se llaman poderes, se llaman dones y ella no los tiene, al menos no desarrollados y en tercer y último lugar, deje de hacerme preguntas, profesor. Por eso no quiero hablar de estos temas, tiene demasiada curiosidad y siempre necesita saberlo todo. Prometeo me advirtió sobre usted. —Refunfuñaba Heracles.

—Soy profesor, ¿qué esperabas? —Dijo él. Heracles siguió caminando y Harris se esforzaba por seguir sus pasos. Su cara reflejaba el dolor que sentían sus pies descalzos pisando el asfalto. —Además, tenemos mucho tiempo. Podemos profundizar en este tema todo lo que quieras. —Intentaba sacarle más información.

Heracles suspiró, de nuevo, con pesadez.

—Ser un Chálkino no es nada del otro mundo, no es nada especial. Son prácticamente humanos, lo único que les diferencia es alguna especialidad que han desarrollado con los años. Para que lo entienda…, es como si a usted se le ocurre dedicarse a la medicina y ser un médico brillante, pero sus capacidades mentales no son suficientes para ejercer esta profesión o es posible que consiga ser un médico, que algún día lo logre porque realmente le gusta curar a los humanos y dedicar su vida a ello, pero sin esos dones nunca llegará a ser el mejor, el más brillante médico que haya existido. —Le explicó. —Los Chálkinos son capaces de conseguir ser brillantes en todo lo que hacen porque nacieron para ello, en la Tierra son lo más de lo más. ¿Lo entiende? —Preguntó, esperando que lo comprendiera para no seguir hablando de ese tema.

—Sí, creo que sí… —Harris dejó de hablar durante unos segundos y volvió a la carga. —Entonces esa mujer… ¿Qué don ha desarrollado?

—Supongo que el de la protección o la bendición. —Harris abrió sus ojos impresionado y sintió algo de alivio al saber que estaría protegido de las Drinfas de Apolo durante el trayecto. —¡No se emocione! No sirven de mucho frente a dones divinos con más poder. Pueden ayudar a otros humanos en el día a día, pero me temo profesor, que en nuestra misión, no servirán de mucho.

—Vaya… —Dijo decepcionado. —¿Hay muchos chálkinos en la Tierra?

—Demasiados… —Contestó Heracles con inquina.

—Parece que no les tienes aprecio.—Harris miraba a Heracles como quién quiere descorchar una botella con un mensaje dentro. Ansioso por saber más.

Heracles se detuvo justo al pie de la montaña, miró hacia abajo y observó el pueblo y sus calles desde arriba. Vio que el profesor estaba sudoroso y que se esforzaba por llegar hasta él. Pensó en lo dura que iba a ser la expedición, llevaban tan solo unas pocas cuestas y ya tenía a un humano medio escacharrado bajo su supervisión. Decidió terminar con esa conversación de una vez por todas, ambos necesitaban toda la atención centrada en la misión, sin distracciones.

—Profesor, le contaré algo y dejará de preguntar sobre esto, ¿de acuerdo? —Le dijo tajante. A Harris se le iluminó la cara como a un niño pequeño.

—De acuerdo. —El profesor llegó, al fin, hasta el héroe y resopló limpiándose la frente con un pañuelo. —¡Dispara!

—Desde siempre he odiado a los chálkinos, los consideraba basura divina, despojos de nuestra historia familiar. Quizás por que ellos siempre han disfrutado del anonimato y de la mortalidad, no sé… O por que algunos son intocables. Por eso no me gusta hablar de ellos. Viven sin responsabilidades y sin preocupaciones universales, solo tienen que destacar en una cosa en la Tierra para tener una vida tranquila.

—Bueno… a mi esa señora no me pareció que tuviera pocas preocupaciones, por su piel y su rostro, se nota que ha tenido que soportar muchas cargas a lo largo de su vida.

—Sí, es posible, pero su vida terminará y dejará de soportar o de sufrir. La mía es de servidumbre, tengo una carga eterna. Debo cumplir todo lo que se me pide porque es lo que se espera de mí… —Heracles miró a Harris. —Como ya le he dicho, profesor, yo no salgo de una película… ¡Existo! Si los chálkinos o los humanos tuvieran encima de sus hombros la mitad de mis dones y la mitad de mis años de inmortalidad, buscarían la manera de acabar con ella.

—¿Con la inmortalidad? ¡¿Acaso tú quieres morir?! —Preguntó Harris desconcertado.

—Quiero descansar… —Contestó Heracles con la mirada abatida.

Harris se apiadó de él por un momento, sintió lástima. No había reparado en qué tipo de vida tenía aquel, musculoso y poco inteligente, héroe. Lo había juzgado rápido.

—Has dicho que antes odiabas a los Chálkinos. ¿Ya no es así?

—No, ya no. —Contestó seco.

—¿Por qué? —Preguntó Harris. Heracles medio sonrió.

—Sabía que no se quedaría tranquilo con una sencilla explicación. —Harris se encogió de hombros haciéndose el inocente. —Existe una profecía en nuestro mundo, una muy potente y que llegará pronto. Al parecer, surgirá una Chálkino entre los humanos que logrará dominar todos los mundos.

—¡¿Y se supone que eso es algo bueno?! —A Harris le pareció una noticia terrible.

—Si ella puede lograr eso, ¡imagínese todo lo que podrá hacer! Lo único que tiene que pasar es que la Chálkino escoja el camino correcto, nada más.

—¡¿Solo eso?! —Respondió Harris con sarcasmo. Heracles rió de nuevo.

—Tranquilo, profesor, esa no será su lucha.

—¿Y por qué estás tan feliz con esa profecía?

—Yo tengo un destino y cuando mi destino culmine… descansaré.

—¡¿Morirás?! —Harris se entristeció.

—¡No me diga que me ha cogido cariño…! —Se echó a reír. —Para usted ochenta, noventa o incluso cien años de vida son pocos. Para mí miles de años son suficientes, se lo aseguro. Según cuenta la profecía, ella es mi destino, mi última hazaña como semidiós. Supongo que la Chálkino tendrá el poder de darme la mortalidad o simplemente de quitarme la vida, dependerá de como se vaya desarrollando todo, las profecías no son muy detalladas, ¿sabe? A veces ocurren y otras veces no. —Dejó al profesor reflexionando y continuó el camino rocoso en cuesta. —¡Vamos, profesor, debemos llegar al primer monasterio antes de que acabe el año! —Dijo bromista.

Los dos caminaban, descalzos, cosa que a Heracles no parecía molestarle en absoluto, sin embargo Harris no dejaba de quejarse cada vez que daba un paso. Ya había quedado atrás el amanecer y el sol quemaba la ladera de la montaña con fuerza. Los veinticinco grados del día anterior se convirtieron en treinta, una subida de temperatura poco amistosa para esos dos peregrinos. Hicieron varias paradas a la sombra para que Harris recobrara el aliento y pudiera limpiarse las heridas que se le fueron formando en los talones. Heracles cuidó de él, protegiendo sus grietas sangrantes con un ungüento curativo. El calor golpeaba aquellas rocas y se hacía insoportable sumado al esfuerzo de subir.

—¿Puede continuar? —Preguntó Heracles a Harris.

—Sí… creo que sí. —Contestó el profesor agotado. Estaba sentado en una de las piedras mientras Heracles curaba sus heridas agachado. —Gracias.

—No es nada, profesor. Usted cuida del libro, yo cuido de usted. Prefiero esto a tener que cargar con ese endemoniado artilugio.

—¿Qué sabes sobre él? —Preguntó Harris.

—¿Sobre el libro? —Harris asintió levemente, estaba asfixiado. —Lo único que sé es que atrapa almas, almas de todos los mundos, ya sean divinas o humanas, nadie puede escapar de su poder. Apolo lo construyó en clandestinidad, en verdad no sé dónde consiguió tanto poder, pero estoy seguro de que no lo hizo solo, él no podría. Dicen que entre esas páginas están tus peores pesadillas, tus miedos más profundos, si te quedas atrapado, los revives una y otra vez. Solo Hades posee ese don, un don que te lleva a la locura. —Harris se asustaba a medida que Heracles explicaba más cosas sobre el libro. Temía por Marion, ¡ella estaba allí, atrapada! —Por eso no entiendo cómo un libro ha podido absorber todo ese poder.

El profesor alzó la vista hacia el horizonte, desde allí se veía todo Kalambaka y más allá, era una vista espléndida a pesar del dolor de pies, el esfuerzo y el calor. Las montañas rocosas que rodeaban los valles se fundían con la luz y aquellos escasos árboles verdes relucían con más intensidad. El cielo llamó su atención. Con un día tan caluroso, el cielo debería estar despejado, pero no era así. Donde la tierra y las nubes se unían, allí hacia el final, divisó una enorme tormenta que comenzaba a acaparar todo el firmamento. Era una tormenta distinta a todas las que él había visto. Sus colores, su fuerza, los grises y negros se mimetizaban y se hundían en uno solo formando un tono violáceo endemoniado. Aquello no tenía buena pinta, no era una buena señal. Harris levantó el brazo y señaló con el dedo.

—¿Y eso? ¡¿Me lo explicas?! —Dijo a Heracles aterrado.

Heracles, que continuaba agachado frente a Harris y su espalda ignoraba todo lo que ocurría en la atmósfera, siguió la señal del dedo indicador del profesor y se giró despacio. Miró hacia arriba y observó cómo a lo lejos, los rayos morados caían llenos de cólera hacia la Tierra.

—Esto no es bueno, profesor. ¡Nada bueno! —Exclamó sujetando a Harris por el brazo para que se incorporara lo más rápido posible.

—¡Espera! ¡¿Qué ocurre?! —Harris parecía un monigote. Lo sujetaba por un brazo y lo llevaba en volandas, con medio cuerpo en el aire y el otro medio raspando el suelo.

—¡Vienen a por nosotros! ¡Vamos debemos llegar hasta el primer monasterio, allí nos refugiarán! —Heracles seguía hacia delante mientras Harris se comía cada rama que sobresalía de la colina.

—¡¡Espera, espera!! ¡Bájame! —Protestó el profesor. Heracles lo soltó y se detuvieron. —¡¿Quieres esperar un momento, por favor?! —Dijo colocándose la ropa con un tirón hacia abajo. —No soy un experto en esto, pero las tormentas, los truenos y demás… ¿No son cosa de tu querido padre, Zeus?

—Sí, ¿y qué? —Contestó el semidiós.

—Bueno… es tu padre ¿no? —Heracles no comprendía la pregunta. —Quiero decir… ¡Él no es quién nos persigue, quizás nos esté echando un cable!

—Efectivamente, es mi padre, pero yo nunca le he dicho que eso fuera algo bueno. ¡Mi padre no echa cables, profesor!

—¡¿Qué pasa, te llevas mal con todos los dioses?! —Heracles no contestó. —¡Estamos apañados!

—Si no tiene más preguntas, será mejor que movamos el culo ¡ya! —Gritó Heracles apurado.

La tormenta estaba casi encima de ellos y aquellos relámpagos caían como gotas de lluvia sobre la colina, destrozando aquellos verdes árboles y convirtiéndolos en mero polvo, partían las piedras como quien rompe un azucarillo en dos y deja caer las migajas.

—¡Vamos, profesor, que ya llegamos! —Le animó para avivar su ejercicio.

Harris estaba cada vez más lejos de él y más cerca de ser abrasado. Los troncos caían tras de sí como hojas de papel. El profesor subía y subía lo más rápido que podía, pero su cuerpo ya cansado le fallaba, el peso de aquel libro a sus espaldas ralentizaba sus esfuerzos. Ya no sudaba, al menos no como antes, el calor se había volatilizado en segundos, ahora lo que recorría por su cuerpo era agua enfriada por del miedo, por la adrenalina, por aquella estruendosa tormenta.

Heracles se detuvo unos segundos al ver la distancia entre ellos y descendió para ayudarle, pues uno de esos rayos atravesó la tierra cerca de sus pies dañados y descalzos. De pronto un viento bravío rodeó al profesor y lo desplazó unos metros hacia el borde del camino. Harris gritó mientras era suspendido en el aire. Logró sujetarse de las raíces de un árbol roto y se quedó colgando, agarrándose todo lo que podía a aquella raigambre débil y partida.

—¡¡Ayúdame Heracles, por favor! —Rogó al semidiós.

Heracles luchó contra el viento, haciendo apoyo en las piedras.

—¡¡Sujétese, profesor!!

Se arrastró por el camino hasta llegar al borde donde unos metros más abajo se encontraba el profesor colgado. Se estiró hacia el abismo y cuando estuvo a pocos centímetros le tendió la mano.

—¡¡Sujétese a mí, profesor!! —El viento soplaba tan fuerte y la lluvia era tan punzante que apenas podían abrir los ojos para verse. Harris extendió también su brazo libre, para alcanzar a Heracles, pero no llegaba, no del todo. —¡¡Vamos, solo un poco más!! ¡¡Puede hacerlo!! —Le animaba una y otra vez.

—¡¡No puedo, está muy lejos!! —Gritaba Harris entre la tormenta.

—¡¡Sí que puede, yo sé que puede, vamos!! —Ambos estiraron sus cuerpos todo lo posible, pero era inútil. —¡¡No dejaré que muera!! ¡¡No morirá aquí!!

—¡¡Me resbalo, me estoy resbalando!! —En la mirada del profesor había miedo, mucho miedo. Era cierto, su única mano que sujetaba aquella ráiz muerta, no podía ejercer más fuerza, la mano enrojecida se resbalaba. Estaba a punto de caer por el precipicio y ni si quiera Heracles podría evitarlo.


SIGUE A PITIA DE DELFOS EN INSTAGRAM

CAPITULO CATORCE

MEGALO METEORO


Mientras Dedé retorcía aquel pomo de la puerta, con ganas de pelea y se planteaba una seria discusión con Elisa, nuestros héroes y valientes, Harris y Heracles se adentraban en el pueblo de Kalambaka. La temperatura en aquella zona era de unos treinta grados, algo muy inusual, puesto que su clima siempre estaba bastante equilibrado, no solían superar los veinte grados en plena primavera. Heracles salió del tren cuando las puertas se abrieron, Harris seguía sus pasos sin perderle de vista, con el miedo por mochila, no estaba del todo mentalizado para enfrentarse a otro ser tan horrible como la Drinfa.

—¡Oh, oh! —Exclamó el semidios mirando hacia el cielo.

—Oh, oh, ¿qué? —Preguntó Harris temeroso.

—Hace demasiado calor aquí. —Contestó misterioso.

—¿Y? ¿Cuál es le problema? ¿Eso interfiere en tus poderes? ¿Estamos en peligro? ¡¿Se acerca el fin del mundo?! —Harris disparaba preguntas como balas. Estaba muy nervioso.

—¡Eh, eh, tranquilo profesor! —Le dijo apretando sus hombros. —Respire hondo. —Ambos respiraron al unísono. —Usted está conmigo, no le pasará nada, ¿de acuerdo? Yo no voy a permitirlo. —Le calmó y con una sonrisa final, perfecta y pícara, hizo que Harris relajara su cuerpo. —Así me gusta profesor. —Dio un “golpecito” a Harris en el hombro, que de nuevo lo descompuso y siguió andando mientras se explicaba. —La temperatura elevada solo significa una cosa. —Se detuvo con aires de grandeza y se giró para mirar al profesor que le seguía como si llevara un remolque. —Hay demasiada concentración de seres aquí, los que seguramente nos estén buscando para arrancarnos el libro de nuestras manos muertas. —Los ojos del profesor se abrieron como ventanas al infinito. —¡Estaremos preparados! —De nuevo colocó sus brazos en las caderas y sacó pecho, como si posara para la portada de una revista. —¡No podrán con nosotros!

Harris lo contempló anonadado, desde luego era un semidiós en toda regla, algo ególatra y dramático, no dudaba de su fuerza, eso era evidente, lo que más temía de él era su falta de inteligencia y sus ansias de aparentar heroísmo. Harris negó con la cabeza.

—Hable por usted, yo estoy acojonado. —Siguió caminando hacia la salida de la estación. Heracles le siguió apresurando sus pasos.

—Profesor, ¡no me diga que le tiene miedo a las hadas de la naturaleza! ¡Son insignificantes!

—¿Insignificantes? Te recuerdo que una casi me mata, y no era lo que digamos un hada de esas que salen en los cuentos infantiles.

—Eso es porque los humanos os creéis todo lo que os cuentan otros humanos, con algo de imaginación.

Salieron hacia el exterior. Frente a ellos había una carretera principal que atravesaba en horizontal y otra calle que subía hacia arriba en perpendicular, donde al final se podían divisar las montañas de Meteora. Ya desde allí la inmensa montaña, formada por grandes rocas, te hacía sentir que eras diminuto en el mundo. Era un pueblo pequeño, con poco movimiento de gente, quizás el calor había hecho que los habitantes se quedaran en sus casas. Predominaba el color níveo, las casas estaban hechas con un blanco impoluto y con unas tejas anaranjadas, aunque con el paso de los años algunas se habían ido tiñendo de marrón. Aparentemente todo estaba tranquilo, con poco tráfico y poca circulación peatonal, pero los grados seguían subiendo y como muy bien había dicho Heracles, la temperatura normal de Kalambaka era de veinte grados.

—Debemos encontrar una guarida donde establecerse para esta noche. —Dijo Heracles con voz de mandato.

—¡Si todavía son las tres de la tarde!

—Cierto. Demasiado tarde. —Heracles fruncía el ceño mientras vigilaba todo a su alrededor.

—Podemos coger un autobús. —Harris sacó una pequeña guía del bolsillo interior de su chaqueta. —Creo que por aquí pasa uno que nos lleva hasta el camino hacia el monasterio.

—¿Esas monstruosidades de cuatro ruedas que tienen forma de pepino? —Preguntó Heracles.

—Sí, creo que sí. —Harris estaba sorprendido por su falta de vocabulario.

—¿Esos extraños cacharros que siempre van repletos de humanos?

—¡Sí! —Exclamó Harris con pesadez. —Se llaman autobuses.

—Profesor… —Heracles se acercó a él. —¿Quiere usted que nada más llegar nos ataquen veinte Drinfas dentro de ese autobús? —Hizo una pausa sin dejar de mirar fijamente a Harris. —No, ya veo que no. —Se apartó y se adelantó unos pasos observándolo todo.

—Bueno, creo que también podemos alquilar un coche. —Harris volvió a revisar la guía. —En la guía pone que hay varias empresas por aquí cerca.

Heracles se acercó y le arrancó el libro de entre sus manos. Le echó un vistazo poco convencido y después miró a Harris algo enfadado.

—Profesor, debemos ser cautos. ¿Quiere ir a una de esas empresas que usted dice y que nos atienda otra Drinfa? ¿O que una legión entera nos esté esperando?

—No, claro que no. —Harris se echó hacia atrás y tragó saliva con dificultad, no quería otro empujón amistoso del semidiós. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo penetrantes que podían ser aquellos ojos tan azules, ni de lo persuasivo que podía ser, con solo lucir aquel prominente cuello tan cerca de él.

—Bien, entonces lo haremos a mi manera. —Se separó una vez más de Harris. —Además, los priores verán en nuestros pies descalzos la falta de respeto.

—¿Qué quieres decir con pies descalzos?

—Para que el gran Abad nos reciba en el último monasterio, debemos hacer una ofrenda de sacrificio. Lo que significa que debemos hacer la senda descalzos.

—¡¿Hasta allí arriba?! —Harris señaló con el dedo hacia dónde se encontraba la montaña.

—Exactamente. —Heracles miró aquella gigantesca roca con emoción. —Hay seis monasterios a los que debemos asistir y demostrar respeto. En cada uno de ellos viven grandes sabios. Deberemos presentarnos como humildes servidores y superar sus encomiendas.

—¡¿Nos harán pruebas?! —Al profesor empezaba a superarle todo aquello.

—¿Qué esperaba? ¿Llegar allí, saludar, sacar a su alumna y partir tan tranquilos?

—¡¿No te parece suficiente el hecho de que nos persigan seres que quieren matarme?! —Protestó él.

Heracles miró a Harris como a un pequeño cervatillo, como si delante de él tuviera a un precioso gatito haciendo monerías; y empezó a soltar carcajadas. —Es usted muy gracioso profesor.

Harris lo miró boquiabierto, sin comprender qué era lo que le había hecho tanta gracia.

—Sigamos, busquemos un lugar de cobijo para esta noche. La caminata debe hacerse al alba. —Caminó hacia adelante sin un rumbo fijo, dirigido solo por su instinto, como si el viento le fuera a indicar la dirección.

—Creo que en esa guía… —Harris señaló, con ironía, la mano de Heracles que aún portaba el libro que le había arrancado antes con determinación. —…podremos encontrar más rápido un “cobijo” como tú lo llamas. —Con orgullo, Heracles le lanzó la guía a Harris que la recibió con algo de dificultad.

Después de dar algunas vueltas por el precioso pueblo de Kalambaka, llegaron al Kiakis Hotel. En la recepción, una mujer, pequeña y mayor, esperaba sonriente para atenderles. Harris se acercó al extraño mostrador fabricado con madera y granito. Era alargado, grotesco y bastante alto, lo que le dejaba poca visibilidad a la bajita recepcionista, la cual asomaba la cabeza estirando su cuello al máximo.

—¡Buenas tardes, señora! —Saludó el profesor con educación. La mujer continuaba sonriendo e hizo un gesto de aprobación con la cabeza, lo que le indicó a Harris que posiblemente no entendiera su idioma. —Queríamos una habitación, si es usted tan amable. —De nuevo movía la cabeza de arriba a abajo, siempre sonriente. —¿Habla usted mi idioma? —Preguntó él vocalizando todo lo posible. —Y otra vez el gesto de aprobación y la sonrisa inquebrantable. Heracles se acercó al profesor.

—Creo que esta anciana no se está enterando de nada profesor. —Le dijo susurrándole al oído.

—Si, ya me he dado cuenta. —Contestó picajoso. —¡¡Señora, nosotros, americanos!! ¡¡Nosotros, queremos, habitación!! —Harris se esforzaba alzando la voz y haciendo señas con las manos.

—¡Profesor, no creo que sea sorda! —Se burló Heracles. Harris le miró de reojo.

—¡Ya lo sé, puedes intentarlo tú si quieres! —Harris se apartó haciéndole un gesto para que él probara.

Heracles se acercó al mostrador e inclinando su torso superior hasta la señora, le dijo algunas frases casi inaudibles. El profesor miraba con curiosidad. Acto seguido, la señora puso su mano en el rostro del semidiós con mucho cariño, sonrió más todavía y se giró para coger una llave en la pared de atrás. Se la entregó a Heracles entre las manos y se las apretó, siempre sonriente. Heracles se lo agradeció con una pequeña reverencia. Harris los miraba atónito.

—¿Qué le has hecho? ¿Has utilizado alguno de tus poderes con ella? —Preguntó cotilla.

—No, que va. Le pedí una habitación y ella me la dio. —Contestó él con pasotismo. Le enseñó las llaves a Harris y las meneó en el aire para indicarle que debían guarecerse pronto.

Ambos subieron a la habitación. Harris fue directo al balcón. Unas altas ventanas con contraventanas de madera blanca, dejaban entrar aquella luminosidad de una tarde de primavera, aunque al abrirlas, notó rápidamente los veintiocho grados en su rostro, pero no le importó. La sensación de calor y todo el miedo que sentía por lo que iba a pasar, se desvanecieron al ver aquella increíble vista de las montañas rocosas de Kalambaka. Meteora era inmensa, inmensa hasta tocar las escasas nubes que cubrían su cumbre, parecía que los divinos ancestros las habían colocado allí de manera estratégica. En lo alto, se divisaban los seis monasterios que visitarían al día siguiente, al recordar las diferentes pruebas que debían pasar, se puso nervioso. Él no era un hombre de acción, era un hombre de libros, pergaminos, excavaciones, todo muy tranquilo y relajado. ¿Qué podría ofrecer él a los Priores? ¡Él no tenía nada de especial! A parte de la nueva noticia de que uno de sus mejores amigos era Prometeo, de que casi le mata una Drinfa y de que lleva a Heracles como escolta, sin olvidar que porta un libro sumamente peligroso, que tiene como rehén el alma de su alumna. Le dio varias vueltas a todo aquello, mientras respiraba el aire puro que descendía de las inmensas montañas rocosas.

—Tendrá que ser suficiente… —Murmuró apenado para sí mismo.

Cogió la guía con calma y con la misma calma, apartó la silla de forja negra de la mesa de desayuno del balcón. Antes de sentarse, miró hacia el interior de la habitación. Heracles ya asomaba los primeros ronquidos de un largo descanso. Su primera acción había sido espatarrarse en aquella cama de dos metros. Harris pensó en lo cansado que debía de estar tras haber venido desde tan lejos. Lo miró unos segundos y después se sentó. Con guía en mano, decidió estudiar aquella misteriosa ciudad hasta la última página. Y empezaría por los seis monasterios. Así comenzó.

—Los seis monasterios de Meteora son: Agios Stefanos, Agia Trias, Agios Nikolaos, Roussanou, Varlaam y… —Se detuvo un instante. —…Megalo Meteoro. —Miró hacia la montaña. —Allí te sacaremos Marion. ¡Aguanta, vamos a por ti!


A TODOS MIS DÉLFICOS

He estado algo malita esta semana y no he podido escribir todo lo que yo quisiera, sigo estando algo pachucha, pero intentaré subir todos los capítulos que me sean posibles. ¡No voy a dejaros sin las aventuras de Dedé!

RODAS

LA ISLA DE RODAS (Ρóδος)

Es la isla más grande del archipiélago griego del mar Egeo. Famosa por sus playas, su historia antigua y sus ruinas. Una cordillera montañosa la atraviesa de norte a sur, dónde el pico más alto se llama Ataviros (1215 msnm). Se le otorgaron innumerables nombres que fueron cambiando a lo largo de los años:

Ofiusa (Οφιουσσα): Por la abundancia de serpientes que al parecer tenía la isla.

Olesa (Ολóεσσα): Que significa perniciosa o mortal, quizá por el mismo motivo de las serpientes.

Asteria (Αστερíα): Porque brillaba como un astro por su belleza y por el predominio del tiempo soleado la mayor parte del año.

Trinacria (Τρινακρíα): Porque posee tres promontorios como Sicilia.

Atabiria (Αταβυρíα): En referencia a su más alta montaña (el monte Atabiris o Atabirion, actualmente Attaviros, 1.215 metros), o al nombre de su más antiguo y legendario rey.

Macaria (Μακαρíα): Porque según la tradición es una isla afortunada como Chipre y Lesbos

Wikipedia

LEYENDAS

Ponto fue engendrado por Gea (Creadora de la Tierra) y Urano (hermano de Ponto), aunque hay quien dice que Gea lo engendró sola. Los hijos de Ponto fueron los nueve Telquines; y los primeros en poblar esta isla. Tenían cabeza de perro y aletas de pez, asemejándose a una foca. Fueron expulsados por Zeus, que les envió un diluvio por hacer conjuros prohibidos con el agua de Estigia (río límite que separa la tierra del mundo de los muertos). Criaron y educaron a Poseidón, también lo armaron con un tridente y una hoz. Después la isla fue ocupada por Helios, Titán del sol, que contrajo nupcias con Rodo o Rhoda (ninfa marina, hija de Poseidón) la cual le dio posteriormente el nombre a la isla. Con ellos convivían también los Gigantes, pero en otra zona de la isla. Los Gigantes deseaban la dominación del cosmos y la destrucción de los Titanes.

Otra leyenda, es que Zeus regaló la isla a Helios y Rhoda como ofrenda de boda. Desde entonces se consideraba a los habitantes de la isla como los hijos del sol. De ahí la gigantesca estatua llamada El coloso de Rodas, construida por los habitantes en honor a su dios Helios.

El coloso

Restos del Coloso

Antigua representación


Rodas es considerada Patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Es la ciudad mejor fortificada y conservada de Europa, con torres y bastiones y una muralla de 4 km de longitud, con calles totalmente peatonales.

¿Qué visitar en Rodas?

El museo arqueológico de Rodas contiene objetos del medievo, encontrados en las islas que forman el Dodecaneso. La calle de los Caballeros donde encontrarás diferentes posadas procedentes de diferentes países, la posada de la lengua de Inglaterra, la de Francia… El museo de arte bizantino con su arquitectura característica de esa época, muy bien conservado. La Torre del Reloj Roloi, un mirador donde podrás apreciar la ciudad desde arriba. Las iglesias de Agia Triada y Agia Aikaterini. El Palacio del Gran Maestre de los Caballeros de Rodas, castillo que conserva todavía los suelos de mosaico y los aposentos del Gran Maestre. Fue edificado por los caballeros, dentro guardan un museo con toda la historia de Rodas. Por desgracia varios enseres se destruyeron tras una explosión accidental por culpa de ciertas municiones en 1856. Lindos, un pueblo alejado de las murallas, a una hora del centro, un lugar lleno de historia arqueológica y preciosas vistas compuestas por las maravillosas casas blancas, en la ladera de su colina, desde su cima podrás apreciar las vistas del pueblo y el mar. Un pueblo con encanto, lleno de vida juvenil, tiendas de souvenirs y baja contaminación ambiental, puesto que no se permite circular con el coche. La montaña de Lindo está formada esencialmente de roca de unos 116 msnm, rodeada de murallas construidas por los caballeros en la Edad Media. Entre los restos se encuentran un antiguo teatro y rastros del Templo de Atenea. El Valle de las Mariposas, está al norte de la isla y en él se convergen cientos de mariposas que cubren los follajes de los árboles durante los meses de junio, julio, agosto y septiembre. Tiempo de apareamiento para estos animales voladores tan preciosos. ¡Una experiencia única que merece la pena ver! En el mismo valle encontrarás un Museo de Historia Natural. Para poder visitar este increíble Valle de las Mariposas, es obligatorio hablar en voz muy bajita, no hacer ruidos excesivos y caminar por los senderos marcados o coger el Tren de las Mariposas hasta llegar al acrópolis. Los Manantiales de Kallithea están a 8 km del centro de Rodas, está junto a la playa de Kallithea y se dice que tiene un poder curativo especial. Fue construido en 1927 con preciosas composiciones y grandes espacios, con hermosos mosaicos en piedra. Sus terrazas dan hacia la bahía desde donde puedes apreciar las mejores playas de la isla. En la antigüedad, muchos viajaban hasta estos manantiales con la esperanza de curar sus heridas y sanar sus enfermedades. Otra de las cosas más importantes de Rodas es el recorrido de Los siete Manantiales.

Los 7 Manantiales

El mejor lugar para desconectar, relajarte o incluso inspirarte. Los siete manantiales se encuentran ubicados a 4 km de Kolymbia, provienen de la montaña y juntos se unifican en un gran río. Para llegar a ellos existe una ruta a pie señalizada. Es una de las zonas más visitadas, por su relajación y su belleza paisajista. Te envuelven sus colores y sus sonidos de la fauna. Un lugar totalmente paradisíaco. Los siete Manantiales son conocidos como Epta Piges, nombre proveniente del griego.

Su parte más conocida y más frecuentada es un túnel subterráneo y estrecho, con capacidad para solo una persona. Sin luz y con varias curvas en su interior, mide unos 180 metros y el río te cubrirá hasta los tobillos, dependiendo de su caudal. Tras cruzarlo, llegarás a un pequeño y precioso lago. No es apto para esas personas que no soportan la oscuridad o el estar encerrado, si es tu caso, podrás llegar igualmente al lago subiendo unas escaleras por encima del túnel y atravesando el bosque siguiendo un sendero.

Podría enumerar infinitos sitios de la Isla de Rodas, tiene duende, tiene magia y mucha historia, real y mitológica. Un lugar perfecto para tus vacaciones. Contiene una gran cantidad de Playas, restos arqueológicos y castillos construidos por los caballeros en la Edad Media.

AQUÍ OS DEJO VARIAS IMÁGENES DE LA ISLA Y SUS RINCONES