CAPITULO DIECIOCHO

DESEOS DE MAIZAL


Dedé vio cómo la puerta se abría a cámara lenta, con la impotencia de estar esposada, no podría ayudar a George si a ese asesino se le venía en gana hacerle daño. Mientras, Apolo la miraba con maldad y gozo, recreándose en su incertidumbre. Sonreía vilmente.

George entró con dos vasos de cartón en la mano, uno para ella y otro para él, estaba claro que Apolo tenía razón y que su intención era la de compartir un reconfortante café caliente para limar asperezas y seguir con un interrogatorio más amistoso. George miró a Dedé con cariño y esperanza. Dedé le devolvió la mirada asustada, su cabeza parecía un partido de tenis, pelota para Apolo, pelota para George.

—He pensado que podíamos tomarnos un café, tranquilos. —Se acercó a ella y le puso el vaso en la mesa. Aún no había visto a Apolo, allí, sentado en su silla, tan tranquilo y con sonrisa diabólica. —Siento mi reacción de antes y siento haberte hecho sentirte tan mal. ¿Podemos volver a empezar?

Dedé lo miraba desde abajo con ojos suplicantes, quería gritarle que se fuera de allí, que escapara, que estaba en peligro, pero no pudo y no supo el porqué. Temía el momento en que George se girara para volver a su asiento y viera a aquel maldito asesino. Él entendió su mirada como una aceptación de la disculpa así que se giró y se dirigió a su asiento. Dedé apretaba con fuerza aquella argolla de hierro que la tenía atrapada, esperando la reacción de su, ahora, querido policía. Pero no pasó nada, para George, allí no había nadie más que ellos dos. Ella miró a Apolo sin comprender y Apolo seguía sonriendo, sin apartar la vista de ella. George se sentó, atravesando el cuerpo de aquel Dios asesino, como si fuera un espejismo. El Dios desapareció y Dedé sintió confusión y cierto alivio. Miró, obsesiva, toda la habitación, buscándolo, como si una mosca molesta revoloteara sobre su cabeza.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó George al ver que ella vigilaba toda la habitación inquieta. —¿Qué ocurre?

—Nada, yo… —No sabía qué responder, para ella su locura iba en aumento, había muchas cosas que no podía explicarle a George sin parecer una persona demente.

—Hablemos de otra cosa, no hace falta hablar de este tema si no quieres, puedo esperar. Hasta que te sientas mejor. —Dijo comprensivo. A él le mataba verla en ese estado.

—Claro, sí. ¿De qué quieres hablar? —Seguía nerviosa, continuaba mirándolo todo y George movía su cabeza buscando su atención.

Apolo apareció de nuevo justo a su lado, se agachó para llegar a su oído.

—Sigo aquí, mi Pitia. —Le susurró.

Dedé dio un brinco en el asiento. Abrió sus ojos asustados que miraron a George de nuevo con miedo.

—¡¿No puede verte?! ¿Por qué no puede verte? —Preguntó desconcertada. Apolo negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—¿Qué pasa Danielle?

Dedé respiró entrecortado, con el cuerpo erguido por tanta tensión.

—Díselo Danielle, dile que estoy aquí. —Le incitó Apolo.

—¡No! —Contestó ella.

—¿No qué? —Preguntó George confuso.

—Que… no pasa nada. —Dedé intentó arreglar la situación.

El vaso de café seguía frente a ella, desprendía un humo tranquilizador, lo que significaba que estaba recién hecho y perfecto para recuperar la compostura con un trago. Intentó alcanzarlo con la mano, pero Apolo se adelantó y lo cogió. Dedé se dio cuenta de que para George ese café estaría flotando en el aire sin que nadie lo tocase, así que se apuró en detener a Apolo, pero la torpe rapidez hizo que, sin querer, lo derramara por toda la mesa.

—¡Tranquila, no te preocupes! —George se levantó y fue hacia ella. —¿Te has quemado?

—No, estoy bien. Perdona, soy una torpe. —Respondió ella.

—Espera, iré a por algo para limpiar esto. —Salió de la sala cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto George estuvo fuera de la habitación, Dedé se giró hacia Apolo muy enfadada.

—¿Qué es lo que intentas? —Le preguntó frunciendo el ceño.

—Ya lo sabes, quiero que vengas conmigo.

—¡Jamás! —Le gritó. —Yo no seré tu juguete personal.

—No lo entiendes, no sabes de qué estás hablando. —Le contestó él apartando su pelo de la cara con suavidad.

—¡Pues explícamelo!

—No puedo. —Apolo se incorporó y caminó de nuevo por el cuarto. —Tienes que verlo por ti misma y aceptar tu destino.

—¡¿Pero de qué destino me hablas?! —Preguntó alterada.

Apolo se acercó a ella con brío, apoyó, con fuerza, sus manos en la mesa. Dedé se impresionó de nuevo al ver esos grandes ojos morados que brillaban con más intensidad.

—¡¡Tu poder!! —Le dijo.

—¡¿Qué poder?! ¡Yo no tengo ningún poder! —Contestó cansada de sus misterios.

—Tú eres la perfecta herramienta y la clave para conseguir un futuro mejor. ¡Tú y yo, lograremos que el mundo, que todos los mundos sean nuestros! —Dijo emocionado y ansioso.

—¡Estás loco! ¿Quieres dominar el mundo? ¿En serio me ha tocado el típico villano? —Contestó ella con sarcasmo. La indiferencia de Dedé molestó a Apolo.

—¡Tú solo díselo! —Se enfureció. —Dile que estoy aquí contigo.

—No, no lo haré. Creerá que estoy loca y me encerrarán como tú dijiste.

—¡Díselo, o haré que te arrepientas! Lo destriparé como hice con tu amiga; y lo haré delante de ti. A mí él no me importa y lo mejor de todo es que ni sabrá por donde le vienen las cuchilladas.

George entró de nuevo en la sala con un trapo en la mano.

—¡Ya está! —Con la bayeta húmeda limpió los restos de café de la mesa frente a Dedé. —Espero que no te hayas quemado.

Dedé miraba cómo George limpiaba con tanto cariño, lo miraba detenidamente. El uniforme le sentaba tan bien… y aún podía apreciar en su presencia el olor a pradera y a trigo. ¡Cuánto deseaba estar, en ese momento, allí con él! Pensó en lo absurda que había sido por haberlo descartado de su vida tan rápido. En ese momento solo deseaba pasear con él entre maizales, juntos de la mano, bajo el sol de la tarde como dos enamorados. Tenía deseos de él, tenía deseos de maizal.

Se dio cuenta de que era un chico muy atractivo, pero quizás por su bondad y su posición social, no había destacado para el resto de las chicas del campus, ni para ella. Su pelo negro, con algunas sensuales canas tempranas, tenía un corte que terminaba en una pequeña cresta ladeada, llevaba patillas bien perfiladas, finas, pocos chicos de su edad podían llevar ese look tan bien como él. Tampoco se había percatado de sus ojos, las pestañas más densas que había visto jamás y lo más increíble… Él también era mago, como su abuelo. Sus ojos grises y azules, verdes y amarillos, le hicieron darse cuenta de que su corazón palpitaba fuerte cerca de él. Repasó toda su postura, desde el lunar de su cuello tostado hasta esas manos de dedos cortos, pero manos firmes y fuertes. Sus pulgares tenían un movimiento especial, estaban más separados de lo normal, eran hiperlaxos, lo que le pareció encantador. George era de estatura media, un poco más alto que ella. Pensó que su metro sesenta y nueve era perfecto para dar largos paseos y abrazos interminables. Lo miró como quien mira la foto de un ser querido al que ya no verá más.

—¡Díselo! —Le gritó Apolo al oído, despertándola de su perfecta visión de George.

—No puedo… —Sollozó ella. Sabía que si le contaba eso a George lo perdería para siempre. Él la vería con otros ojos y la daría por perdida del todo.

—¿Que has dicho? —Preguntó George.

Apolo se posicionó justo detrás de él y mirando a Dedé, sacó una daga con puñal de oro. Se la enseñó, quería demostrarle que iba en serio. Dedé respiró tan hondo y fuerte que sus lágrimas salieron a borbotones.

—¡Danielle! ¿Qué te pasa? ¡Por favor, dime qué te pasa! —Suplicó él. —¡Sé que hay algo de lo que tienes miedo, lo intuyo! Puedo ver en tus ojos que algo te está bloqueando, pero puedes confiar en mí. —George se acercó a ella y la miró con ternura.

Dedé se inclinó hacia él todo lo que pudo y besó sus labios una vez, despacio y con suavidad. Quería disfrutar de ese momento hasta que se lo arrebataran. Y con sus caras a milímetros de distancia, Dedé apoyó su frente contra la suya y cerró los ojos, pensando en cómo soltarle aquella tortura.

—Van a suspenderme por esto. —Dijo George sin separar su frente de la de ella. Sonrió. —Pero no me importa, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Dedé dejaba que las lágrimas siguieran corriendo por sus mejillas. Aquella declaración de sentimientos le complicaba aún más salvarle la vida y separarse de él del todo.

—George… —Susurró ella en sus labios.

—Dime, Danielle. —Respondió él con otro susurro.

—Fui yo.

—¡¿Qué?! —Se apartó unos centímetros de ella y la miró dudoso.

—Yo maté a Elisa.

¡Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY!

NOS VEMOS EL LUNES CON EL NÚMERO 19

BUEN FIN DE SEMANA MIS QUERIDOS DÉLFICOS



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CAPITULO OCHO

Imagen de Dante D’Oria en Pixabay 

PRUEBA OTRA VEZ


Dedé no daba crédito a lo que estaba viendo, se hizo mil preguntas en pocos segundos, ¿era un fantasma? ¿Su muerte había sido una alucinación? ¿Qué hacía, Mike, en River Road? ¿Por qué se había hecho de noche tan pronto? ¿Flipaba otra vez? Estaba confusa y aquel muerto viviente se acercaba cada vez más a ella.

Era cierto que la noche había llegado demasiado rápido, algo bastante extraño, puesto que la tormenta se había disipado y no eran todavía horas nocturnas. Entre las sombras y el aleteo de las ramas, que se movían por la fuerte brisa que había dejado el diluvio, Mike daba pequeños pasos, inaudibles, con serenidad. Parecía que flotaba entre un millar de hojas húmedas, atrapadas por el barro. Toda su postura demostraba su anhelo por conseguir estar cerca de Dedé, sentía deseos hacia ella, deseos de posesión, deseos oscuros. Pero en verdad no era ni por su físico, ni por su perfecta estructura carnal, había algo más que él quería por encima de todo.

Dedé desbloqueó su mente de preguntas sin respuestas y se dio cuenta de que él se acercaba demasiado, debía salir de allí. Elisa continuaba gritando por el teléfono, llamando a su amiga, alertándola para que corriese en otra dirección. Demasiado tarde Elisa. Cuando Mike estuvo a pocos centímetros, Dedé sintió un terrible escalofrío por toda su espalda, su cuello se erizó y apretó los puños involuntariamente. Respiró, dejando el aire a su alrededor casi sin oxígeno.

Mike sonrió, por fin estaba cerca de ella, había conseguido tenerla solo para él, ahora podría hacer lo que tenía previsto. Se miraron profundamente, Dedé con miedo y Mike con regocijo.

—No debes temerme Danielle. —Dijo él tranquilo, acariciando su rostro entumecido. —Vengo a salvarte.

Dedé, paralizada, no se movió ni un ápice. Temía lo que él era capaz de hacer. Tragó saliva lo más silenciosamente posible.

—¡No sabes el tiempo que llevo buscándote! Y al fin te he encontrado. —Mike se deleitaba con ese momento.

—¿Quién eres? —Preguntó Dedé casi en silencio.

—Tú sabes quién soy.

—¿Mike…? —Preguntó dudosa.

—No, prueba otra vez. —Dijo con sonrisa bribona.

En el fondo sabía que no era Mike, sabía que había una presencia muy distinta delante de ella. Había visto, de manera sobrenatural, la muerte de aquel chico en el lago y estaba casi segura de que no era el mismo.

—No, tú no eres Mike. —Contestó. —Tú eres algo muy distinto, no eres de aquí, de este mundo. —Mostró templanza en sus palabras, aunque por dentro estaba aterrada.

—Exacto. Veo que no me equivoqué contigo. —El ser la miraba penetrante. —Ahora, formula la pregunta otra vez.

—¿Qué eres? —Preguntó, tragando saliva de nuevo.

—Tu guía, tu dueño, tu protector…

—¿Mi protector de qué? —Estaba confusa, lo que intuía de aquel ser no era para nada protección, no era nada bueno. Con su mirada cautiva y su presencia tan sombría. Quería marcharse, correr hacia un lugar seguro, pero al mismo tiempo la curiosidad la detenía.

—-Danielle… Tú no perteneces a este mundo. —Se acercó a su oído. —-¡Danielle…! —Le susurró. —¡Tú eres mía! ¡Mi Pitia!

Las luces de emergencia del coche de policía y de la ambulancia, alumbraban con destellos naranjas y azules entre los árboles. Dedé giró su vista con brío hacia ellos, la llegada de la caballería era inesperada. Había olvidado la llamada de socorro que hizo cuando buscaba a Elisa. Volvió su vista hacia el ser susurrante. Ya no estaba, se había evaporizado, desaparecido como en un truco de magia televisivo.

Dedé se quedó en el mismo lugar, en la misma posición, durante unos minutos más. Repasando lo que había sucedido, creía estar volviéndose loca. De nuevo se preguntaba si aquello era real, debía encontrar respuestas que explicaran lo que le estaba pasando. Entonces recordó a Elisa, su testimonio de aquello le aclararía muchas dudas. Miró hacia el suelo, su teléfono móvil estaba tirado a sus pies, con gotas de lluvia en la pantalla y ciertos restos de lodo en los bordes. Se agachó para cogerlo. Elisa tendría que darle muchas explicaciones.

—¡Señorita! ¿Se encuentra bien? —Un policía se acercaba, cegándola con la linterna. Dedé se tapó la cara por la luz cegadora. —¿Necesita ayuda?

—¡Sí, estoy bien! —Contestó.

—Hemos recibido un aviso de desaparición. ¿Nos llamó usted? —El policía ya estaba a su lado.

—Sí, lo siento, mi amiga se había perdido, pero ya la he encontrado.

—¿Y dónde está su amiga? —Preguntó.

—¿Qué?

—Su amiga, ¿dónde está? —Preguntó él desconfiado.

—¡Ah! Pues se ha ido… —Dijo ella poco convincente.

—¿Y se ha quedado usted aquí sola?

—Sí…, yo…, había perdido mi móvil, me he quedado buscándolo. —Dedé le enseñó el teléfono.

—Ya, claro… ¿Es usted estudiante de Jacksonville?

—Sí, ¿por qué?

La voz de otro agente se oyó a través de la radio que el policía llevaba en la solapa del cuello de su camisa uniformada.

—¡Hopkins informa!… ¿Qué has encontrado?… Cambio

—Todo en orden, he encontrado a una estudiante. Parece que se trata de otra broma universitaria. Cambio. —Contestó molesto.

“—¡Putos niñatos! … Otra que pasará una bonita noche en el calabozo! Cambio”

—Vamos para allá… Cambio y fuera. —El policía sacó sus esposas y sujetó el brazo de Dedé.

—¡Oiga que no es una broma! ¿Qué hace? ¡No tiene ningún derecho! —Dedé se revolvió para soltarse.

—No lo haga más difícil, señorita. ¡Si se resiste la encerraré por desacato a la autoridad! —El policía giró a Dedé con fuerza y la puso de espaldas, le colocó las esposas mientras recitaba, como un robot, sus derechos. —Tiene derecho a guardar silencio, todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra frente a un tribunal. Tiene derecho a un abogado, si no, se le asignará uno de oficio. Tiene derecho a realizar una llamada a un familiar o persona que usted elija, se le considerará inocente hasta que las pruebas determinen lo contrario… —Continuaba su discurso mientras Dedé se quejaba y declaraba su inocencia.

—¡No sabe lo que está haciendo! ¡Yo no he incumplido ninguna ley! ¡Oiga, no puede hacerme esto, usted no lo entiende, le digo la verdad!—Repetía una y otra vez.

La metieron en el coche, esposada y enfurecida, se dirigía a la comisaría. Pensó en Elisa de nuevo. Ella la sacaría de este lío, explicaría a la policía que no había sido una broma y todo se solucionaría. Solo quería llegar para hacer uso de su derecho de llamada.

Imagen de Yuri_B en Pixabay

Mientras tanto, en la biblioteca… Marion seguía sumergida en la red, buscando información sobre aquel misterioso libro. Llevaba horas inmersa en infinitas páginas de Internet, sin encontrar nada que ella no supiera, todo era irrelevante. Se había hecho de noche sin darse cuenta. La biblioteca estaba cerrada al público, los estudiantes, la mayoría, ya estaban descansando en sus habitaciones, pero Marion necesitaba saberlo todo sobre la existencia de aquel extraño ejemplar. Entonces, pulsó con su ratón encima de un enlace y éste le llevó a una red prohibida. Algo la inquietó. Según una página de aquella red oculta, se habían hallado manuscritos en un antiguo monasterio de Tesalía, al norte de Grecia, en los monasterios de Meteora, eso no era lo raro, lo raro era que databan del año 1.800 d.C. y Marion sabía, por sus estudios, que los últimos datos históricos relacionados con ese tema tenían fecha anterior, bastante anterior, exactamente del año 1.200 a.C. No se habían encontrado ni documentos ni pruebas que confirmaran la existencia de ciertos seres.

—¡Esto es imposible! —Exclamó ella sin dejar de mirar a la pantalla. —¡Esto significaría que existe actividad divina en la Tierra! ¡No puede ser, tengo que llamar a Danielle! —Marion se apresuró a coger su teléfono para llamar a Dedé. El teléfono dio tono, pero nadie contestó.

Saltó el contestador y Marion dejó un mensaje.

Marion continuó leyendo el artículo prohibido, en la pantalla de su ordenador. Al parecer, uno de los escribas del monasterio, aseguraba poseer un pergamino donde se explicaba detalladamente el descenso de un ser mitológico a la Tierra, decía que si había pasado tan solo hacía 220 años, ese ser debía de estar todavía entre nosotros. Anunciaba que venía el fin del mundo, que era el apocalipsis, que la raza humana estaba a punto de extinguirse… Marion pensó que solo eran habladurías de curas, creencias infundadas, aunque las pruebas estaban ahí, ante sus ojos. El escribano había subido fotos del pergamino a la red, y se leían perfectamente las palabras: Θεός,γη, καταστροφή

—¡Es griego! —Se sorprendió Marion. —Entonces, si es griego, las palabras son; Dios, Tierra, Destrucción… ¡Oh dios mío! —Marion se dejo caer contra el respaldo, arrepentida por haber encontrado aquello.

Si aquel escribano había encontrado aquello, entonces… ¿ella tenía delante otra prueba? ¿Un libro que pertenecía a algún tipo de ser mitológico? Si eso fuera cierto, no era nada bueno, no era una buena noticia. La última vez que los dioses bajaron a la Tierra, fue para destruir la raza humana y ya habían pasado infinidad de siglos desde entonces. Si aquella vez se tomaron tantas molestias y perdieron, eso significaba que esta vez estaban más que preparados y que sus intenciones serían exactamente las mismas. Marion llegó a la conclusión muy rápido y una corriente helada traspasó su cuerpo. Se levantó de un impulso y se dirigió hacia una de las estanterías. Cogió varios tomos sobre mitologías, leyendas, datos antiguos, fechas de guerras tocadas por la mano divina. Buscó y buscó entre líneas esperando relacionarlo con algo, esperando que alguna página mencionase a ese misterioso libro, pero no encontró nada. Los datos eran muy básicos, el rayo de Zeus, el tridente de Poseidón… Nada. Marion se estaba desesperando, quería y necesitaba verificar de alguna forma todo lo que aquel escribano, aparentemente loco, decía. Necesitaba relacionar aquel libro con algo real, algo que no fuera una leyenda.

Lo miró, miró sus dorados grabados y sus tapas duras cubiertas de un cuero indestructible. Esas letras, marcadas en el frente, parecía que hubieran sido creadas de manera celestial. Sin duda aquel tomo ocultaba una gran historia y un gran misterio. Su seducción la atrajo, su perfecta hechura y sus rasgos antiguos persuadían las manos de Marion para que lo cogiera. Eso, sumado a su ansia por desvelar y saber, hicieron que ella se lanzara a abrirlo.

Tan solo con tocar la tapa y atreverse a levantarla, el libro comenzó a brillar. Marion lo miró embelesada, con los ojos abiertos de par en par y con sonrisa satisfactoria, segura de que estaba a punto de descubrir algo muy importante que cambiaría la historia. Se acercó más a él y las tapas empezaron a rebotar. No dejaba de moverse y suspenderse por el aire, a unos diez centímetros de la mesa. La luz que desprendía aumentaba por momentos, era realmente esplendorosa, tan brillante como los nuevos faros de un todo-terreno. Cegaron la vista de Marion que se intentó tapar con el brazo. Parecía que el libro fuera a explotar en segundos. Sin embargo, cesó. Dejó de rebotar y de brillar y con un golpe seco cayó de nuevo encima de la mesa. Marion, algo tímida, se acercó, como si estuviera cerca de un volcán durmiente a punto de despertar. Y en verdad, así fue.

La tapa principal del libro se abrió por completo sin que nadie la tocase, dejando ver su contenido, llamándola a ella para que echase un vistazo, solo un pequeño vistazo. Atraída, así lo hizo y sin más Marion desapareció. El libro la absorbió entre sus páginas y la apresó, como las plantas carnívoras que esperan la presencia de un insecto. Marion la enamorada del conocimiento estaba atrapada.

¿A dónde habrá ido Marion?

¿Qué significará que Dedé es su Pitia?

¿Qué mensaje de voz le habrá dejado Marion a Dedé?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO EL LUNES A LAS 19:00H

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

CAPITULO CINCO

¡ERES UN MAL BICHO!


Dedé decidió que lo mejor era quedarse con ese libro, y echarle un vistazo a todas esas páginas que estaban marcadas como interesantes. Con la hoja en la mano, inmersa en la frase, “Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”, la leía una y otra vez intentando encontrarle una explicación sencilla a por qué su amiga había hecho tales absurdos garabatos . Miró la hora en su reloj, no tenía ganas, pero debía patearse todo el campus para encontrar un tablón de anuncios y escoger esa dichosa labor obligatoria antes de que el profesor terminara su jornada laboral. Hablaría con Elisa más tarde, para comentarle lo que había encontrado.

Se dirigió al mostrador de la biblioteca. Allí estaba Marion Green, una joven estudiante que cursaba el mismo año que Dedé. Siempre con cara de pocos amigos, seria, con un semblante impenetrable, ningún chiste o gracia, existente en el mundo, cambiaba su estado físico. Para Dedé, era una chica introvertida, tímida, no muy agradable a la vista y bastante antisocial. Ella la llamaba “La espanta rollos” o la “¡Puaj!”. Su manera de vestir estaba ligada a la palabra celibato, chaquetas de punto en colores pastel, con puntillas en los bordes, faldas lisas siempre oscuras hasta la rodilla, medias de compresión anti-estéticas tanto en verano como en invierno, “zapatones” negros, muy masculinos y como complemento final, perlas, siempre perlas, en orejas, cuello y muñeca. Llevaba un corte de pelo sencillo, por debajo del mentón, ondulado y con poca gracia, castaño y sin capas, el cual recogía hacia atrás con una cinta de pelo o diadema a juego con su chaqueta abotonada. Tenía gafas de alambre redondeadas, muy a lo Elton John, pero sin clase, y detrás unos ojos negros saltones, que podían penetrarte hasta el alma.

—¡Hola Marion! —Saludó Dedé animada, aunque con poca seguridad.

—Hola, Danielle. —Contestó sin mirarla siquiera. Tenía la cabeza metida en sus labores.

—¿Me preguntaba si podrías hacerme un favor? —Aunque Dedé se esperaba una negativa, no perdía nada por intentarlo utilizando su cara angelical y su don de persuasión.

—No. —Dijo ella tajante.

—¡Venga va, enróllate! —Insistió. Marion la miró fijamente.

—Espera que lo piense… ¡No! —Se intuía, por su tono de voz, que no era muy fan de la popularidad de Dedé.

—¡Oye ya sé que no nos llevamos muy bien! Sé que casi ni nos conocemos, pero somos del mismo año, ¡colegas de uni! —Exclamó con una mueca animosa. Marion la miró sin un ápice de emoción.

—¿Qué quieres Danielle? —Preguntó sin ganas.

—Necesito un favor, ¿podrías teclear en tu ordenador y buscarme alguna actividad extraescolar de esas? —Pidió señalando el teclado con los dedos.

—¡¿Cómo dices?! —Marion frunció el ceñó y esbozó una media y minúscula sonrisa, no estaba muy segura de lo que Dedé quería decir. —¿Una actividad extraescolar, tú?

—¡Sí! ¿Qué pasa? ¿No puedo apuntarme a una? —Contestó indignada.

—El único motivo por el cual Danielle Dumont querría participar en una actividad voluntaria o “extraescolar”, como tú la llamas, es porque la han obligado. —Dijo altiva.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? Dime algo bueno que hayas hecho tú por los demás. —Dijo Marion mosqueada. A penas le dejó contestar y volvió a la carga. —Y no cuenta como altruismo organizar juergas y bacanales, sin sentido, entre semana.

—Las “juergas”, como tú las llamas, son reuniones fundamentales para liberar el estrés estudiantil. —Contestó convencida. —El hecho de que tú no nos deleites con tu presencia en ellas, no significa que sean anodinas.

—¡Vaya, me impresionas con tu fluido vocabulario! —Dijo con sarcasmo. —Aunque me impresionarías más si supieras el significado de la mitad de las palabras que sueltas por la boca. ¡Por culpa de esas fiestas, los voluntarios tenemos que recoger toda vuestra mierda al día siguiente!

—¡Nadie te obliga a ser voluntaria! —Contestó Dedé con chulería.

—¡Ya, claro que no! —Dijo Marion, negando con la cabeza demostrando desaprobación.

—¡Oye! ¿Vas a ayudarme o no? —Preguntó rotunda.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres un mal bicho!

—¡¿Perdona, qué me has llamado?! ¡¿Se puede saber por qué siempre me tratas tan mal?!

—Ya veo que tu egocéntrico intelecto no te deja ver más allá de tu perfecta nariz. ¿Acaso se te ha olvidado lo que me hiciste el primer año?

Dedé la miró pensativa, no sabía de qué estaba hablando, intentó recordar alguna interacción que hubiera tenido con Marion en el pasado.

—¡Tranquila, no estrujes demasiado tu pequeño cerebro! ¿El primer año de universidad? ¿La fiesta de bienvenida en la casa Delta Sigma?

Dedé negaba con los ojos abiertos como platos, esperando que Marion se explicara mejor.

—Te ayudé a instalarte la primera semana, dijiste que me compensarías el sábado yendo juntas al cine, ¿lo recuerdas? Estuve esperándote, en la entrada, durante más de media hora, después me enviaste un mensaje diciéndome que te quedabas en la cama porque no te encontrabas bien, me preocupé por ti y fui a tu residencia. De camino me crucé con la fiesta que habían montado los Delta, y para mi sorpresa me encontré con una tía borracha en su jardín delantero. Viniste hacia mí, sin remordimiento alguno y lo único que salió de tu boca, como excusa, fue una asquerosa y gigantesca pota mal oliente que se quedó impregnada en mis zapatos y en mi vestido nuevo.

Había olvidado aquellos días, Dedé se llevó la mano a su boca abierta de par en par para tapar su reacción, no quería ofender más a Marion y necesitaba que le hiciera el trabajo sucio. Estaba entre horrorizada por su mal comportamiento y orgullosa por su divertida e inconsciente hazaña.

—Al día siguiente hiciste como si no me conocieras delante de tus amiguitos de la fiesta. Desde aquel día me llaman “La Puaj” ¡Llevo tres malditos años aguantando ese mote de mierda! ¡Y por si fuera poco también me llaman “La potas”, “Vomitona” y el más original “Boloñesa asquerosa”! ¡Gracias por haber comido pasta aquella noche! ¡Estuve quitándome espaguetis del pelo durante una semana! —Marion estaba realmente indignada, se notaba que llevaba guardando eso mucho tiempo.

—¡Vaya, lo siento! —Dijo Dedé enseñando todos sus dientes y apretando la mandíbula.

—Ya, bueno… el mote no me lo pusiste tú, así que… —Marion miró hacia otro lado, intentando no ablandarse con la cara de compasión de Dedé.

—En realidad…

—¡¿Fuiste tú?! ¡No me lo puedo creer! —Exclamó con enfado.

—Yo solo dije “Puaj” alguna que otra vez, el resto transcurrió por sí solo. No tengo la culpa de que los demás tengan tanta imaginación… —Dedé se encogió de hombros intentando librarse del delito.

—¿Sabes qué? ¡Corrijo, no eres un mal bicho! ¡Eres lo peor, el demonio encarnado! —Se levantó, de su silla de escritorio, muy enfadada.

—Entonces, ¿no me vas a ayudar? —Preguntó restándo importancia al cabreo de Marion.

—¡Fuera! —Dijo con firmeza.

—¡Vale, vale! ¡Está bien, no hace falta que te pongas así! ¡Oye, mira, siento lo que te ha pasado, pero no les hagas caso! Tú eres más inteligente que todo eso. —La miró con pena, en el fondo se sentía mal. —Ya me voy, te dejo tranquila y… ¡Lo siento!

Dedé comprendió su cabreo, así que se marchó, no quiso atosigarla más, Marion la miró mientras se iba. Resopló, esos ojos verdes melancólicos la habían ablandado.

—¡Espera…! —Llamó su atención para que volviera. Dedé se giró con estilo. —¡Está bien, ven, te ayudaré!

—¡Gracias, gracias! —Dijo emocionada. —No quería pasarme todo el día buscando por el campus un dichoso tablón de anuncios.

—Las listas de servicios voluntarios a la comunidad del campus están automatizados.

—¡¿Eh?!

—Que puedo acceder a ellos desde el ordenador. Aunque solo los profesores o los que pertenecen a diferentes instituciones, como yo, tienen acceso. —Le explicó. Dedé puso toda su atención. —Ven hacia este lado, te lo enseñaré, coge una silla.

—¡Gracias Marion!

—¡De gracias nada, me deberás una! —Las dos se miraron, Dedé le sonrió, Marion no. —Mira, normalmente te acercas a uno de los tablones, miras las listas de actividades disponibles y escoges una. Luego te presentas ante jefatura, solicitando dicho puesto, allí te valoran y si das el perfil te aceptan.

—¿Pero no eran voluntarias?

—Si y no. Los anuncios que publican en los tablones suelen ser de baja importancia. Recoger basura, limpiar pintadas, orientador para alumnos de primer año… Todas esas son voluntarias y en todas, a no ser que seas realmente un desastre, te suelen aceptar.

—¡¿Hay voluntarios para hacer eso?! —Dijo sorprendida, con desagrado.

—Si. —Contestó Marion entornando los ojos.

—¿Por qué?

—Por que si te interesas por estas actividades y las desempeñas bien, después podrás tener acceso a otras más influyentes, estas se reflejan en tu expediente y te suman puntos para las notas finales, además tienes más opciones a la hora de buscar empleo en una buena compañía en el futuro. Actividades como: redactora del periódico de la universidad, segundo entrenador del equipo, ayudante en jefatura…

—Bibliotecaria… —Dedé le guiñó el ojo.

—Sí, eso es.

—¡Eres una pillina! ¡Mírate, consiguiendo un puesto y saltándote las normas! ¿Cómo lo hiciste? —Preguntó con picardía.

—Recogiendo basura. —Simplificó Marion seca.

—¡Am… vale! —dijo abochornada.

—No todos somos como tú Danielle, algunos luchamos duro para conseguir lo que queremos. Empecé limpiando el campus, eso me llevó a la recogida de reciclaje, después me ofrecieron colocar libros en los estantes de la biblioteca. Cuando la anterior encargada de la biblioteca se licenció y se marchó, pensaron en mí para el puesto. Y aquí estoy.

Dedé bajó la cabeza, en aquel momento se sintió estúpida, muy por debajo de Marion. Creía saberlo todo sobre los “raritos” de la universidad, pero aquella chica le estaba sorprendiendo y con ello haciendo que se avergonzara de sí misma.

—Supongo que tú te saltarás todos esos pasos.

—Supones bien, recoger basura no es lo mío.

—Vale, entraremos en el servidor y veremos el listado de puestos disponibles. —Marion meneó sus veloces dedos en el teclado del ordenador. —Estos son los que están vacantes ahora.

Dedé se acercó a la pantalla y comenzó a leer.

—Este no, este no, ¿coordinadora de pasillos?

—Sí, te dan un silbato para controlar a los estudiantes, pero nadie solicita nunca este puesto.

—¡No me extraña! Es como ponerse una diana de pringado en la espalda. — ¿Y este?

—Ayudante de profesorado… —Leyó Marion en voz alta. —Este es algo así como ser la secretaria de un profesor.

—¿Y qué tienes que hacer? —Pregunto interesada.

—Pues me imagino que, llevar su agenda cuando da conferencias, ayudar en la corrección de trabajos y tesis, programar reuniones con el alumnado. Cuando un profesor tiene excesivo trabajo, solicita a un ayudante en jefatura.

—¡Parece un buen chollo! —Exclamó emocionada.

—No creo que este “chollo” sea para ti, conlleva mucha responsabilidad y mucho trabajo.

—Dale, quiero ver qué profesores necesitan ayudantes.

—La profesora Miller, el profesor Steven, la doctora Wilson, el profesor J. Harris…

—¡¿J. Harris? —Dedé detuvo a Marion. —¡Ese es mi profesor de método!

Una estratégica idea se le vino a la mente. El profesor Harris le había castigado, el profesor Harris buscaba un ayudante. Nadie en su sano juicio querría trabajar para un profesor tan maniático, por no hablar de la ausencia de liderazgo en su personalidad y la falta de influencia entre catedráticos y doctores. Dedé sabía que los “lameculos” de los alumnos que buscaban unas buenas calificaciones y recomendaciones, no se juntarían a Harris, no era que digamos un profesor con glamour. A ella no le importaba en absoluto conseguir un puesto en una gran empresa, lo que ella quería era echarle mano a ese antiguo ejemplar, el que encontró en su despacho cuando tiró la caótica torre de libros.

—Pues lleva unos cuatro meses buscando ayudante. Danielle, no creo que sea buena idea, nadie quiere trabajar con él. El año pasado diez estudiantes respondieron a su solicitud y duraron menos de una semana. Creo que ese tipo no es fácil de llevar.

—¿No decías que yo escogía la vía fácil? ¡Apúntame! —Contestó decidida.

—¡Estás zumbada! Cómo quieras, yo te he avisado.

—¿Ahora qué? —Preguntó impaciente.

—El profesor Harris recibirá tu solicitud y responderá con un rechazado o un aprobado. Te llamarán de jefatura con el resultado y si es un sí, tendrás que presentarte en el despacho del profesor ese mismo día.

—¡Perfecto! ¡Gracias, Marion! —Dedé, impulsiva, besó la frente de su nueva “amiga”. Marion se echó hacia atrás demostrando rechazo.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marion señalando el libro de Elisa.

—Mi amiga se dejó sus apuntes en la mesa y se los he recogido para llevárselos.

Marion entrecerró los ojos para fijarse un poco más en la cubierta antigua del libro. Se quedó mirándolo, raramente hechizada, durante unos instantes.

—¡¿Qué es lo que miras tan interesada?!

—Ese libro…

—¡Perdona, no sabía que Elisa tuviera que devolver el libro a la biblioteca! Si quieres te lo dejo aquí. —Se disculpó ella.

—¡No! ¿Qué? No es eso. Ese libro ni si quiera es de aquí. ¿Puedo verlo? —Estiró la mano para recibirlo.

—Si, claro. —Dedé lo cogió y se lo dio.

—¡Este libro no es de aquí! —Marion lo tocaba y acariciaba con adoración en sus pupilas y puro amor en las manos. Estaba totalmente embelesada, rozando cada esquina y grabado de aquellas tapas. A Dedé le resultó extraño su comportamiento.

—Ya…, eso ya lo has dicho… ¡¿por qué eres tan “rarita”?! —La miraba pasmada. La forma que tenía de palpar aquel viejo ejemplar parecía casi sexual.

—¡No, no lo entiendes…! ¡Te digo que no es de aquí! ¡No es de este mundo!

—¡¿Qué?!

¿DE DÓNDE VENDRÁ ESE LIBRO?

¿CONSEGUIRÁ DEDÉ EL PUESTO DE AYUDANTE?

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CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

CAPITULO DIECINUEVE

CAPITULO DIECINUEVE
Harris y Heracles comienzan su camino hacia los monasterios de Meteora. Durante su travesía Harris aprenderá mucho sobre los dioses, pero sufrirán un ataque inesperado y su vida penderá de un hilo.

CAPITULO DIECIOCHO

CAPITULO DIECIOCHO
Dedé tendrá que tomar una decisión que le acercará un poco más a George, pero también les alejará para siempre.

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