CAPÍTULO TRES

¡¡¡SÁCAME DE AQUÍ!!!


Dedé salió de su habitación a toda prisa, sujetando su bandolera con fuerza, como si algo fuera a salir de ella. Atravesó los pasillos de la residencia, golpeándose con los demás estudiantes casi sin percatarse. Se dirigía hacia su siguiente clase. Miraba la hora en su móvil cada 5 segundos, la clase ya había comenzado sin ella. Normalmente no le importaba demasiado llegar tarde o ni si quiera aparecer, pero esa mañana necesitaba, desesperadamente, una distracción, olvidar lo que había ocurrido, lo que creía haber visto. Mientras se apresuraba, su cabeza no dejaba de buscarle un sentido razonable a todo aquello. 

«¡Puede que todavía estuviera soñando! ¿Quizás los efectos del desmadre de ayer?», se preguntó Dedé. «Sí, seguro que fue eso, ¡es imposible, no tiene sentido!», se autoconvencía una y otra vez.

Ensimismada en sus pensamientos lógicos, sin darse cuenta, tropezó de forma torpe con un hombre que le cortó el paso bruscamente. Un tipo alto, de complexión atlética, ojos saltones de color miel, con una de esas sonrisas largas y penetrantes que te cargaban las pilas, con bastantes canas en los laterales de su abundante y oscura cabellera, una característica física que mucha mujeres consideran atractiva, Dedé, así lo creía. Su indumentaria, sin embargo, no era para nada fascinante. Con zapatillas deportivas desgastadas, pantalón de pana marrón, un chaleco de lana con dibujos asimétricos en tonos tierra y la camisa azul con las mangas arrugadas y la cola mal colocada. Si a todo eso le añadías unas gafas de pasta gruesa, el resultado era evidente…

—¡Señor Harris! —Exclamó Dedé que lo reconoció sólo con ver ese chaleco.

—¡Señorita Dumont, no recuerdo haberla visto hoy a primera hora! —Se recolocó sus gafas intentando parecer severo. —¿Tiene usted alguna de sus muchas explicaciones convincentes?

—¡Am…! —Dedé buscaba una explicación. Normalmente era muy elocuente y enseguida se inventaba frases persuasivas para salir del paso, pero esa mañana su originalidad no estaba del todo desarrollada. —¡Ahora no es un buen momento profesor!— Contestó ella apurada.

—¡¿Que no es un buen momento?! —Se sorprendió él algo ofendido. —¡Señorita Dumont, se lo pido por favor, no falte a más clases, si no tendré que suspenderla este semestre! —dijo el profesor intentando ser amenazador. —¡Este mes ya tiene cuatro faltas!

—¡Si, lo sé! Disculpe profesor, pero de verdad que tengo que irme.

—¡La espero en mi despacho cuando terminen sus horas lectivas!

—¡¿Qué?! ¡No, no puedo!

—¡Sí, si que puede! Espero que sea inteligente y vaya a mi despacho esta tarde, por que si no lo hace, estará suspendida de forma inmediata. Estaré en mi oficina hasta las seis, si no está allí antes de esa hora, ya sabe lo que le espera. —Dijo él contundente.

A Dedé le impresionó gratamente su reacción, nunca nadie se había atrevido a hablarle de esa manera, le resultaba excitante incluso. El profesor se marchó con un paso firme algo fingido, se notaba que no tenía la costumbre de regañar a sus alumnos. Su personalidad era dulce y amable, no estaba preparado para lidiar con adolescentes espabilados. La mayoría de las veces se burlaban de él o le hacían alguna novatada, robarle las llaves del coche y cambiarlo de sitio, esconder el escritorio y la silla durante su hora de clase… Una vez, el profesor Harris entró en el aula y todos los alumnos estaban de pie dándole la espalda, tuvo que dar cincuenta minutos de lección mirando dorsos bromistas, ese día se marchó casi llorando. Era muy tímido y le temblaba la voz constantemente en situaciones difíciles, tartamudeaba cuando alguna alumna usaba sus encantos para conseguir altas calificaciones, Dedé lo sabía bien, ella lo había puesto en esa tesitura innumerables veces. A parte de todo eso, era un hombre de grandes conocimientos, tenía todas las respuestas sobre la historia del arte, fechas, lugares, sucesos, como una gran enciclopedia andante. En ocasiones, incluso había corregido reseñas de Internet. Durante su adolescencia viajó en solitario a un sinfín de museos y bibliotecas que contenían las obras más antiguas del mundo, no tuvo mucho tiempo para disfrutar de insustanciales fiestas o para adquirir una vida social excesivamente activa. De ahí su poca experiencia tratando con otras personas, pero era como pez en el agua entre palabras.

Dedé siguió su camino hasta el aula. La clase ya había comenzado, entró intentando no hacer mucho ruido y ocupó su asiento al lado de Elisa, los demás estudiantes tenían sus ojos clavados en la profesora, que explicaba sin parar la lección de esa mañana.

—¡¡Llegas tardísimo!! ¡¿Qué te ha pasado!? —Preguntó Elisa.

—¡Menuda mañana llevo! —Contestó Dedé resoplando.

—¡Vaya cara traes! ¿Estás bien? Pareces salida de un túnel de lavado.

—¡Danielle Dumont! Además de llegar sumamente tarde, ¿se va a permitir el lujo de entorpecer mi clase? —La profesora llamó su atención.

—¡No, disculpe señorita!

La profesora continuó sin darle más importancia a su alumna. Elisa y Dedé se miraron y rieron, agachando la cabeza en sus apuntes.

—¿Y bien? —Preguntó Elisa susurrante.

—¡Tía, no te vas a creer lo que me acaba de pasar! —Dijo ella con los ojos abiertos de par en par.

—¿Qué? —Preguntó ansiosa.

—¿Recuerdas el anillo de esta mañana? ¡Pues empezó a brillar como un puñetero faro!

—¡¿Qué dices?! 

—¡Te lo juro! —Susurró Dedé sin dejar de vigilar a la profesora. —Iba a salir por la puerta cuando el maldito anillo ese, empezó a brillar y brillar como si la Virgen María saliera de él.

—¡Estás fatal! —Elisa se rió de su amiga.

—¡No tiene gracia, tía! Me acerqué y empezó a rebotar por toda la mesilla.

—Vale, suponiendo que te crea… —Dijo Elisa incrédula. —¿Qué pasó después?

Dedé se quedó callada unos segundos y contestó.

—Nada.

Elisa negó con la cabeza sonriendo, no se creía ni una palabra de su amiga. 

—¡Elisa, te lo digo en serio! Cogí el anillo y dejó de hacer eso de brillar y menearse. —Dedé intentaba convencer a su amiga.

—¿Lo cogiste?

—Si, lo tengo en la mochila. 

—Mira, yo creo que se te fue la olla, llevas varios días que apenas duermes y sinceramente, amiga, comes fatal. No puedes alimentarte solo de ganchitos y refresco light, eso no es sano. Creo que necesitas un parón de tanta juerga, tanto tío cachas y centrarte. Seguro que solo flipaste en colores.

Dedé estiró su espalda en el asiento, colocándose recta, miró hacia la pizarra de la profesora y se detuvo a pensar y reflexionar lo que Elisa le había dicho. Era posible que su amiga tuviera razón. Llevaba una racha bastante desfasada y esas podían ser las consecuencias.

—Iré después a la biblioteca, ¿te vienes conmigo? Necesito estudiar para el examen de mañana. —Le propuso Elisa.

—No puedo, tengo una “reunión” con el profesor Harris. —Hizo una mueca de pesadez.

—¿Y eso?

—Me tropecé literalmente con él hace un rato, me echó una buena bronca y me dijo que tenía que estar en su despacho antes de las seis, si no me suspendería la asignatura.

—¡¿El profesor Harris?! ¿El mismo panoli al que le hicieron la novatada de las llamadas ocultas? —Reía Elisa acordándose de esa jugarreta.

—El mismo. —Dedé asintió con la cabeza sorprendida. —La verdad es que hoy casi ni tartamudeó, me gustó mucho ese intento de autoridad.

—¡Dedé! ¿Te gusta el profesor? —Preguntó Elisa pícara. Dedé se encogió de hombros y ambas se rieron.

—¡Señorita Dumont, salga de mi clase! —Le regañó la profesora. —Si para usted no es productiva esta hora, le agradecería que respetara a los demás alumnos.

Dedé entornó los ojos y recogió sus cosas.

—Te veo después. —Le dijo a Elisa.

Se levantó y salió por la puerta con la cabeza bien alta y aires de grandeza. Dio un portazo tras de sí. Se dirigía al despacho del profesor Harris, pensó que si se lo quitaba de encima, tendría toda la tarde libre y además tenía ganas de ver como terminaba esa conversación pendiente.

El campus estaba repleto de alumnos que se tumbaban en el verde césped para estudiar. Las animadoras vestidas con el chándal oficial de la “JU” practicaban sus frases victoriosas y sus volteretas olímpicas. La primavera ya estaba llegando a su fin, se notaba en el ambiente que pronto disfrutarían de las vacaciones, el sol y los festivales de música en la playa. Hacía calor, demasiado calor para el mes de junio. Dedé se paseaba tranquila por el camino hacia el pabellón de profesores. Los alumnos la saludaban al pasar, se notaba que era reconocida y admirada por muchos. 

La bandolera de piel que llevaba colgada al hombro, empezó a moverse de nuevo, de forma extraña. Se detuvo para sujetarla, pensó que era una alucinación que estaba sufriendo a causa de, como bien había dicho Elisa, poco dormir, mal comer y excesivo “ajetreo”, así que continuó caminando, pero no cesaba, el movimiento era cada vez más enérgico, Dedé miró por la rendija de su bolsa y de ella brotó de nuevo la luz cegadora, el anillo volvía a resplandecer. Inmersa en aquel destello, se quedó paralizada, hipnotizada. Alzó la mirada, pestañeó varias veces para salir de aquel desvarío, pero su mente la había llevado a un sitio distinto…

De pronto se encontraba en medio de un frondoso bosque, sola, sin nadie a su alrededor, con los únicos sonidos que desprendía la naturaleza. Se asustó, era tan real… alzó su brazo y extendió su mano para tocar uno de los enormes pinos, quería comprobar si era en verdad una ilusión, pero no, no lo era…

Podía tocarle, rozarle, sentir cada grieta de su gruesa corteza en sus yemas. Eso era algo más que un delirio. Los olores a hierba húmeda y a flores silvestres inundaban su sentido olfativo, los pájaros revoloteando entre nidos, cantando bajo los rayos del sol que atravesaban entre las ramas, se hacían eco en sus oídos. Dedé miró a su alrededor, tensa, se sentía perdida. 

—¡¿Hola, hay alguien aquí?! —Preguntó alzando la voz. Nadie respondió a su llamada. —¡Por favor necesito ayuda! ¡¿Hay alguien?!

El silencio era inquietante. Ni siquiera sabía en qué lugar estaba, en qué punto del mapa se encontraba. ¿Seguiría en Florida? No le sonaba de nada aquel paraje natural. ¿Seguiría acaso en América? Recordó que todavía llevaba su bandolera, la abrió para rebuscar entre sus cosas, sacó su teléfono.

—¡Sí, sí, sí! ¡Ya está, llamaré a emergencias! —Dijo resuelta y emocionada. El teléfono no tenía ni un ápice de cobertura, no podía llamar a nadie. —¡¡Maldita sea, vamos!! —Levantó el brazo hacia arriba con el móvil en la mano y caminó en círculos para encontrar algo de conexión. —¡Venga, venga!

Algo se oyó entre los arbustos, unas risas provenían de entre los matorrales a su derecha. Dedé se detuvo y fue hacia ellas.

—¡Por dios, menos mal! —Dijo soltando un suspiro de alivio. —¡Hola! ¿Podéis ayudarme? —Apartó varias hierbas y ramas y cruzó al otro lado.

Se encontró con un verdoso y precioso lago, con orilla rocosa y cascada blanca. Las flores de aquel lugar eran de un sinfín de colores jamás vistos, el ambiente era pacífico, tranquilo, te llenaba de sensaciones espirituales y relajantes. A Dedé le inundó una profunda paz y armonía, casi como si estuviera en su hogar, como cuando “Yayá” Marie hacía sus galletas en el horno y decoraba la mesa con tapetes de ganchillo para la merienda, como cuando el “Pappú” Jean Pierre tocaba su acordeón en el porche a los pies de la luna. Por un momento, Dedé sintió que no querría irse nunca de allí. Aunque, no estaba sola. Rápido, se percató de dónde provenían las risas y se escondió entre dos árboles antes de saludar. 

Una pareja juvenil estaba abrazada a orillas del lago, se besaban con pasión y ternura.

—¡Oh, vaya…! —Murmuró Dedé interesada.

Le resultó muy familiar aquel joven que se disponía a desnudarse para meterse en el lago. Dedé entrecerró los ojos para intentar distinguir mejor el rostro del chico. Algo la distrajo, un movimiento entre los juncos del agua, captó su atención. Cerca de las rocas que sostenía aquella montaña con cascada, había algo insólito que se metía en el agua. No logró verlo con claridad, pero Dedé pudo vislumbrar una especie de cola gigante y escamosa, como la de un pez, aunque mucho, mucho más grande y pringosa. Aquel ser, buceaba por el agua hacia el joven que animaba a su chica a meterse. Dedé continuó observando aquella situación, esperando ver de nuevo a aquel animal, atenta y en silencio, sintió un escalofrío, una mala sensación que la puso en alerta. 

La criatura sacó medio cuerpo a la superficie y fue entonces cuando pudo verla. Con cabellos mojados y sombríos que caían sobre su rostro pálido, con la comisura de sus labios ennegrecidas. Sólo había pupilas oscuras en sus ojos llenos de odio, que miraban al joven nadador con ansias. , sus ojeras hundidas le hacían parecer que no había vida en ella, como salida de entre los muertos. Aquella criatura desprendía terror. Su cuello y sus mejillas estaban repletos de lánguidas escamas, clavadas en su piel como diminutas agujas. 

Dedé se percató de que la criatura estaba justo detrás del joven, el cual no paraba de discutir con aquella enojada chica de la orilla. Dedé no lo dudó ni un instante, salió de entre las hiervas cual heroína para avisar a aquellos tortolitos de la presencia de aquel ser en el agua.

—¡¡Sal del agua, sal del agua!! —Gritó ella corriendo hacia ellos. —¡¡Hay algo detrás de ti, tienes que salir del agua!!

No la oían, ni la veían, ella estaba allí, a pocos metros del joven y a pocos centímetros de la chica. Ellos seguían como si nadie hubiera irrumpido.

—¡¡¡Oye!!! ¡Te estoy hablando! —Dedé estaba confusa. —¡¿No me oís?! —Se acercó a la joven e intentó que la escuchara sujetándola por el brazo, pero no pudo, lo traspasó. —¡Pero qué…! —Se miró la mano perpleja.

Dedé miró hacia el agua, la criatura ya no estaba, se había sumergido. El chico hizo un gesto de dolor.

—¡¡Ahhh!! —gritó mientras intentaba alcanzar su pie bajo el agua. —¡Amber algo me ha mordido!

—¡Joder, te estoy diciendo que salgas del agua! ¡Eo! —Dedé zarandeó sus brazos una y otra vez para llamar su atención. —¡Madre mía, no pueden verme!

Otra vez reapareció el horrible ser detrás de él, con sus cárdenos labios manchados de sangre. Miró a Dedé fijamente.

—¡Eh tú! ¡¿Puedes verme?! ¡¡Bicho repugnante, aléjate de ellos!! ¿Me oyes? —Le gritó al monstruo marino intentando espantarlo. Dedé cogió una de las piedras del suelo y se la lanzó con todas sus fuerzas. — ¡¡Largo de aquí!! —Volvió a desaparecer.

Respiró aliviada, pensando que había salvado la vida de aquel chico que al parecer, ignoraba por completo su presencia. Decidió marcharse, tenía que encontrar a alguien que sí pudiera verla y sacarla de allí o al menos explicarle dónde se encontraba. Al pasar por delante de la chica, se fijó en sus pertenencias que estaban en el suelo, un trozo de mapa de la zona, sobresalía de la mochila.

—¿¡Isla de Rodas?! ¡No puede ser! —Se sorprendió. —¡¿Estoy en Grecia?! —Preguntó a la chica mientras ésta se secaba con una toalla. —¡Claro, no puedes oírme! —Exclamó decepcionada. —¡Espera! —Se fijó en el escudo y el nombre bordados en la toalla de la chica. —¡¿Universidad de Northern?! ¡Sois los de la excursión que salió en la radio!

—¡Eh, tío, no, en serio, tienes que salir! —Dedé se acercó de nuevo hacia la orilla, apresurada.

—¡¡¡Ahhh!!! ¡Amber por favor estoy sangrando!

—¡¡Mierda!! ¡Sal del agua! ¡¡Ya!! —Dedé empezaba a desesperarse.

—¡Pues sal del agua, yo no pienso meterme a por ti! —La chica ignoraba las llamadas del joven en el agua.

—¡¡Ey, Amber, venga ayúdale!! ¡¡Deja el maldito móvil y ayúdale!! —Dedé le gritaba con todas sus fuerzas, pero era en vano, no podían escucharla. —¡¡Tía, se va a morir!!

Recordó el sueño tan agitado que había vivido esa misma noche y se estremeció, así que se adentró en el agua, haciendo un último intento por agarrarlo del brazo y sacarlo de allí, algo debía hacer, ella sabía que eso no acabaría nada bien. Entonces vio el anillo del chico, llevaba un anillo idéntico al que ella había encontrado en su mesilla, el maldito anillo que la había llevado hasta esa situación. Mike estaba atrapado bajo el fango, sus pies estaban incrustados en el fondo. Dedé estiró sus brazos para tirar de él.

—¡Vamos Mike, agárrate a mí! ¡Venga, por favor! —Intentaba con todas sus fuerzas aparecer de forma corpórea frente a él y así poder ayudarle. Estaba sudando. Ciertas lágrimas recorrían su rostro por la tensión de lo que iba a pasar. —¡Tengo que sacarte de aquí! Te aseguro que lo que viene ahora no es nada agradable. —Tenía el rostro totalmente humedecido y apenas lograba ver claramente.

—¡¿Pero que coño…?! —El chico se asustó al ver que sus pies estaban atrapados, estaba herido y confuso. —¡Amber, ayúdame, no puedo salir!

—¡Deja de hacer el imbécil, esta vez no voy a picar!

—¡No es una bro… ! —Y sin más, Mike desapareció.

—¡¡No, no, no!! —Dedé revolvió entre el agua para encontrarlo, pero allí no estaba. Se había esfumado.

De pronto las aguas empezaron a agitarse con fuerza, la sangre tintaba cada oleaje y cada espuma, Dedé miraba sin saber qué hacer, empapada en la orilla, había perdido toda esperanza de salvarlo.

Y vio a la criatura emerger, vio cómo se retorcía y se entremezclaba con el cuerpo de Mike, que luchaba por sobrevivir, pero ésta no lo soltaba. Cada vez que Mike hacía un esfuerzo por liberarse, ella lo desgarraba más fuerte. Enseñando sus dientes como espadas brillantes y afiladas, llenas de la sangre de un joven inocente. Dedé intentó no mirar, le repugnaba lo que estaba viendo. Se quedó arrodillada en la orilla, temblando ante tal aberración, ni siquiera era capaz de llorar, ni siquiera se atrevía a soltar un mínimo sollozo.

La bestia la miró mientras mordía y clavaba sus uñas en el torso del joven. Dedé, la miró también y entonces sintió algo que jamás creyó que existiría dentro de ella, sintió protección, adoración y belleza, belleza en sus escamas, en su forma en el agua, adoración por su fuerza, se sintió a salvo. Así que se levantó, dejando que aquel ser terminara su hazaña, dejando que Mike muriera a manos de aquella criatura del lago.

—¡¿Mike?! —Amber lo llamó dudosa acercándose a la orilla. —¡No tiene gracia! ¡¡¡Mike!!! ¡¡¡Mike!!! —Puso sus pies en el agua.

—Yo de ti no haría eso, él ya está muerto. —Le dijo Dedé aún sabiendo que no la escucharía.

Se alejó de aquel infierno, intentando salir de aquella terrible visión mientras escuchaba de fondo los últimos gemidos de Mike y los gritos desesperados de Amber. Corrió hacia el bosque, llorando, impotente y cabreada, no entendía por qué le ocurría esto a ella. Se detuvo y rebuscó de nuevo en su bolsa, sacó el anillo con la cruz y las iniciales “KA”.

—¡¿Qué es lo que quieres?! —le preguntó angustiada y cabreada —¡¡¡Sácame de aquí!!! —Gritó apretando los ojos con fuerza.

Cuando Dedé abrió los ojos de nuevo, había vuelto al campus de la universidad. Todo seguía como antes, las animadoras entrenaban, los estudiantes tirados en césped con sus libros y ella de pie, en medio de aquel camino hacia su reunión con Harris.

¡NOS VEMOS PRONTO LECTORES!

EL CUARTO CAPÍTULO ESTARÁ DISPONIBLE EL MIÉRCOLES. ¡NO OS LO PERDÁIS!

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CAPITULO DOS

DEDÉ


Danielle se despertó de forma brusca, agitada y sudorosa, en la oscuridad de su dormitorio compartido. La pesadilla había sido tan real, casi como si hubiera estado allí. Todavía podía sentir en su propia piel los desgarros que había sufrido aquel chico en sus sueños. Se estremeció al recordarlo. Los olores de las flores y el sonido del curso del agua retumbaban en su cabeza.

Posó su mano en el corazón, el cual latía fuera de control. Sacó su móvil, palpando con la mano por debajo de la almohada y miró la hora, eran las cuatro de la mañana, resopló agobiada. Una escasa claridad entraba por la pequeña ventana de la habitación, todavía era de madrugada, pero las luces exteriores del campus, aclaraban una pizca su visión. Se miró las manos, temblaban como flanes encima de una centrifugadora.

—¡Joder, tengo que dejar las drogas! —Sujetó su cabeza con las manos entre las piernas, su pelo estaba húmedo.

Algo se movía entre las sombras, entre risas susurrantes y movimientos de sábanas, Danielle se fijó en que su compañera de cuarto se había saltado las normas y tenía una cita bastante divertida y jadeante. Cogió uno de sus cojines y lo lanzó con fuerza hacia los tortolitos.

—¡Auch! —Protestó su compañera. —¡Dedé! ¡¿Qué coño haces?

—¡Dejad de hacer ruido, guarros! —Contestó ella bromeando.

—¡Duérmete tía! —Le regañó su amiga.

Danielle sonrió pícara y se volvió a recostar. Apoyó de nuevo su cabeza en la almohada, miró involuntariamente hacia la mesilla, había algo brillante que ella no reconocía. Lo cogió para verlo más de cerca, era un anillo de oro con un sello, una cruz roja y dos iniciales, “KA”. Dudó por unos instantes intentando ubicar ese objeto en su memoria, pensó que seguramente sería del chico nocturno de su compañera, así que se levantó y de pies puntillas lo dejó en la mesilla de su amiga. Volvió a la cama, sigilosa y se durmió.

Danielle Dumont estudiaba en la Universidad de Jacksonville, cursaba su tercer año con calificaciones bastante altas. Sus especialidades eran la danza y las artes escénicas, motivo por el cual había escogido esa institución para sus estudios. Jacksonville, o “JU” como lo llamaban sus estudiantes, tenía un buen programa de Bellas artes y Danielle siempre había soñado con ser coreógrafa o una reconocida directora de teatro en el circuito de Broadway. Le encantaba el ballet, la ópera, los giros dramáticos y todo lo relacionado con los cuerpos en movimiento representando sentimientos. Compartía habitación con Elisa, se conocieron el primer año, congeniaron estupendamente y desde entonces fueron inseparables.

Danielle Dumont, era conocida como “Dedé”, apodo que le había otorgado Elisa y que se extendió como la pólvora, no sólo por su pintoresco mote, si no también por la popularidad que se había labrado estos tres años. Dedé tenía fama de fiestera sin límites, una rebelde empedernida, sin miedo a probar o experimentar situaciones y substancias de todo tipo. Intrépida y siempre optimista, era el alma de todas las fiestas. Tenía un carácter muy fuerte, no se dejaba pisotear por nadie, sin embargo, en muchas ocasiones había sido ella la apisonadora, manipulaba a su antojo a las personas de su alrededor con el fin de conseguir siempre lo que se propusiera. Profesores, estudiantes y sobre todo chicos, caían en sus redes, si alguien o algo se le resistía, ella recurría al chantaje, utilizando las debilidades de los demás a su favor. Se le daba muy bien humillar a los demás o usar su larga melena negra y sus ojos verdes como arma de destrucción para hombres. Ella sabía perfectamente la belleza que poseía, con los años había aprendido a sacarle partido. Dedé tenía un cuerpo escultural, sus exuberantes curvas llamaban la atención cada vez que se decidía por un vestido ajustado o unos vaqueros con una simple camiseta. Para ella todo en su vida era perfecto, buenos amigos, estudios deseados, chicos enamoradizos, fiestas a las que siempre era invitada… Todo marchaba como Dedé quería. Al menos en apariencia… si profundizábamos más en su interior, podríamos descubrir secretos que jamás confesaría en voz alta. En verdad estaba incompleta, se sentía realmente sola, sufría en silencio su pasado y ciertas cosas de su presente que mantenía ocultas, debía hacerlo, por su bien, por su popularidad y estatus, nadie debía saberlos.

Danielle Dumont era de Nantes, Francia, ciudad de Leonardo Da Vinci y Julio Verne,por lo que no era de extrañar que Dedé se interesara por lo artístico, a pesar de que le habían prohibido estrictamente amar todo lo relacionado con esos temas. Pertenecía a una familia inflexible y severa que seguía fielmente la doctrina ortodoxa, con normas tradicionales y cristianas, algo que ella jamás había aceptado.

Se despertó con la luz del sol entrando por la ventana, cegando sus preciosos ojos. Su amiga Elisa le había devuelto el golpe de la almohada para que se levantara de una vez.

—¡Venga dormilona! Levántate o no llegarás a clase de método. —Dijo Elisa después de su lanzamiento de cojín.

Dedé se estiró hasta que las yemas de sus dedos hicieron tope en la pared. Las sábanas de su cama se habían caído al suelo, signos de una noche algo movida.

—¿Qué hora es? —Preguntó ella aún somnolienta.

—¡Muy tarde! —Respondió Elisa mientras se vestía, torpemente y con prisas, por toda la habitación. —¡Vamos, no quiero tener que cubrirte otra vez!

—No tienes porqué… —dijo levantándose de un salto de la cama. Se dirigió hacia el espejo rectangular de cuerpo entero que estaba colgado a su derecha y mientras se recogía su larga melena en una coleta, se explicó presumida. —¡Tengo al profesor Harris comiendo de la palma de mi mano! Cuando acabe el semestre tendré matrícula de honor. —Dedé sonrió traviesa sin dejar de mirar su reflejo.

—¡Eres un zorrón! —Elisa le siguió la picardía dándole una palmada en el trasero a su amiga.

—¡No! ¡No es lo que crees! Es muy fácil menear mis pestañas y sacarle provecho a Harris, es un hombre solitario y con baja autoestima. Si vistiera mejor seguro que más de una estaría rellenando sus libros con su nombre. El pobre no sabe que los chalecos de lana se usaban en la prehistoria para avivar el fuego.

Elisa soltó una carcajada y ambas rieron.

—¡Oye! ¿Te has acostado con algún “Kappa” de otra “uni”? ¡No me lo habías dicho! —Dijo Elisa.

—¡¿Qué?! No, ¿por qué? —A Dedé le sorprendió su pregunta.

Elisa se acercó y le mostró el anillo.

—¿Esto no es de alguna de tus conquistas?

—No, lo encontré anoche en mi mesilla, creí que era de tu amante fogoso de ayer…

—¿Por qué iba a ser de él si estaba en tu mesilla? —Preguntó Elisa.

Dedé se encogió de hombros.

—Pues no es mío… —Cogió el anillo entre sus dedos y lo revisó por todos lados. Se fijó de nuevo en los grabados de la cruz y de las letras “KA”.

—Además, el chico de ayer, no es universitario. Se llama Ron, creo… ¿o era Ryan? —Elisa se quedó pensativa. —¡Qué más da, no creo que vuelva a verlo, es un poco plasta! Lo conocí ayer en el centro comercial, es agente inmobiliario. ¿Sabes que conoce a un montón de famosos? Al parecer una de las casas que intenta vender es de un director reconocido en Hollywood. Intenté sacarle el nombre con mis encantos, pero no soltó prenda. —Contaba Elisa mientras reorganizaba sus cosas por el cuarto. Dedé la escuchaba sin prestar mucha atención, seguía observando el anillo, intentando recordar porqué le resultaba tan familiar.

—¡Oye! ¿Por qué me has preguntado si me he acostado con un Kappa de otra universidad? —Preguntó Dedé.

—Pues porque ese anillo es de un “Kappa”. —Se acercó de nuevo a su amiga. —Mira, “KA”, Kappa. —Señaló. —Mi padre tenía uno igual pero con diferente insignia. Tiene que ser de otra “uni”.

—¡¿De cuál?! —Preguntó Dedé confusa.

—Vete a saber, últimamente hemos tenido bastantes fiestas… —Elisa miró el anillo una vez más. —Aunque me conozco todos los escudos de las universidades de por aquí y esta no me suena de nada. Seguramente sea de otro estado.

—¡¿Y qué hace aquí un anillo de otro estado?! —Exclamó Dedé.

—¡Y yo qué sé! Algún estudiante de aquí se habrá traído a algún colega de fuera. —Elisa encogió los hombros.

Dedé se quedó pensativa, todo aquello le parecía muy extraño.

—Bueno, yo me piro. ¿Te vienes? —Elisa cogió su chaqueta y con los libros en la mano abrió la puerta para salir.

—Si, ahora voy, tengo que arreglarme.

—Ok, después nos vemos. —Iba a salir hasta que Dedé la frenó.

—¡Eli! No deberías descartar tan pronto al agente inmobiliario, puede que al final sea beneficioso. —Aconsejó a su amiga dando a entender que en el fondo la había escuchado.

—¡Tú eres la experta! —Le guiñó el ojo y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Dedé dejó el anillo donde lo había encontrado, cogió una toalla de su armario y se metió en el baño. Le gustaba escuchar música mientras se duchaba, así que encendió la radio matutina, en aquel momento sonaba “Héroes” de David Bowie, una canción que a Dedé le levantaba el ánimo. Abrió el grifo y el agua empezó a salir con fuerza por la alcachofa, mientras ella se quitaba la ropa, el vaho acaparaba poco a poco el espejo del lavabo. Se recogió su larga coleta en un moño despeinado muy favorecedor y se metió dentro. Se frotaba su cuerpo con una esponja natural llena de jabón con olor a lavanda y cantaba los pedazos de estrofas que sí se sabía de la canción. Meneando las caderas al son, Dedé tenía poca prisa por hacer acto de presencia en su clase de método.

La canción se paró casi hacia el final, el locutor y presentador del programa quería dar las últimas noticias.

—“¡Buenos días Florida, estado del sol! ¿Cómo te has levantado hoy? Espero que mejor que Arizona. Al parecer, ayer, uno de los alumnos de Northern desapareció durante una excursión a las Islas Griegas. ¡Dicen que en misteriosas circunstancias! ¿Seguro…? ¿Han mirado en los bares? ¡Bueno, esperemos que aparezca pronto y pueda seguir haciendo de las suyas con su hermandad en “Kappa!” Y continuamos con nuevas noticias de nuestro queridísimo gobernador, que nos trae nuevas actividades durante las próximas vacaciones de…”

Dedé cogió la toalla que había colgado previamente en la mampara y salió de la ducha como un cohete al escuchar la noticia de la radio. Se quedó petrificada al oír que un chico de Arizona había desaparecido en las islas Griegas. ¡Había soñado esa misma noche con ese terrible suceso! Esa pesadilla que la despertó sudorosa y agitada a las cuatro de la madrugada, la que le aceleró el corazón de tal manera que casi se le había salido por la boca, un sueño tan horrible y tan real…

Pensó que quizás solo era una coincidencia, que quizás lo había oído o visto en alguna parte la tarde anterior. Seguía mirando la radio fijamente, paralizada, mientras el locutor continuaba con sus noticias del día, esperando que ese antiguo transistor le diera alguna respuesta más concreta. Un hormigueo le recorrió el cuerpo, su imaginación le hizo pensar que quizás tenía alguna habilidad psíquica oculta, se lo creyó durante unos segundos, meneó la cabeza negándoselo a sí misma y después reaccionó.

—¡No, es imposible! —Limpió el vaho del espejo con otra toalla más pequeña y se soltó el moño, con un cepillo se repasó el pelo hasta quedar satisfecha con su imagen. Se acercó para verse más de cerca. —Tengo que ir a hacerme un peeling. —dijo tocándose la barbilla.

Tras vestirse con unas mallas de deporte muy ajustadas, un top que sujetaba sus pechos de forma turgente y calzarse unas zapatillas de deporte, Dedé cogió una sudadera y su bolsa bandolera de piel negra, en ella metió sus apuntes y varios libros de estudio. Estaba preparada, por fin, para asistir a su siguiente clase. Se dispuso a salir por la puerta y cuando iba a marcharse, el anillo con el sello que había dejado en su mesilla, comenzó a brillar de forma muy intensa. Dedé se giró y vio cómo el objeto desprendía un halo de luz cegador y penetrante, lo miró perpleja y algo asustada, pensó que la mezcla de drogas, alcohol y relajantes musculares del día anterior, no habían sido muy buena idea.

Se acercó hacia la mesilla muy despacio, dando pasos lentos y premeditados, la luz era cada vez más fuerte y dorada, como el mismo sol. A cada paso que daba, Dedé se preguntaba si era buena idea estar allí ella sola, frente a esa situación, y además acercarse a lo que parecía bastante peligroso, pero algo imperceptible la empujaba, casi de manera involuntaria, como un enorme imán seductor atrayendo su cuerpo. Cuando estuvo a pocos centímetros de él, éste dejó de brillar y empezó a temblar y rebotar con fuerza por toda la mesilla. Nerviosa estiró su mano y con rapidez cogió el anillo, encerrándolo con fuerza dentro de su palma. Sin pensarlo y sin mirarlo, lo metió dentro de su bolsa como si tratara de encarcelar a un ser maligno. Tenía la cara descompuesta, el cuerpo tembloroso, no daba crédito a lo que había sucedido.

—¡Pero qué cojones…! —Dijo Dedé para sí misma.

Sin duda algo extraño y misterioso había llegado a su, aparentemente, vida perfecta.

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