CAPITULO VEINTE

CULPABLE


La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en aire y tirarlo hacia el camino de nuevo. En el rostro del profesor se mascaba la derrota, el abandono, si el héroe no actuaba rápido, perdería a su compañero de viaje, al portador del maldito y endemoniado libro. De pronto se le ocurrió algo.

—¡Sujétese profesor, voy a intentar algo! —Heracles seguía arrastrado en el suelo, sin perderle de vista.

A Harris se le iluminó la cara de esperanza al ver que, al semidiós poco inteligente, le había llegado la inspiración. Heracles metió la mano en su bolsillo y de él sacó un lápiz de grafito viejo y roído. Al profesor se le apagó la luz de confianza al ver que su vida dependía de un minúsculo instrumento de escritura.

Elevó el lápiz hacia arriba y cerró los ojos.

—¡¡Viene brostamu!! —Gritó Heracles. Entonces el lápiz brilló con intensidad y comenzó a crecer, a extenderse hasta convertirse en un enorme garrote. Aquel gigantesco palo oscuro barnizado, contenía grabados de lenguajes y dibujos incomprensibles para un humano. Se rodeó de energía, la electricidad flotaba en torno a él como los rayos del sol. La cara del profesor reflejaba lo impresionado que estaba, ya había visto a una bella mujer convertirse en una Drinfa desquiciada, había visto la fuerza salvadora de Heracles, incluso aquella tormenta era sobrenatural, pero estaba claro que le quedaban muchas cosas divinas por descubrir. El semidiós extendió el palo hacia él.

—¡¡Agárrese, profesor!! —Le gritó entre lluvia y truenos.

Harris hizo un último esfuerzo y con una mano se sujetó. Cuando la palma de su mano estuvo agarrada a aquella increíble arma, Heracles no lo dudó y en milésimas de segundos, el profesor ya estaba volando por encima de su cabeza, hacia el camino. Como un muñeco de trapo, cayó sobre el rocoso sendero, se dio un buen golpe, pero ya estaba a salvo. Heracles se incorporó raudo y corrió hasta él.

—¡¡Profesor, profesor!! ¡¿Se encuentra bien?! —Lo miró, estaba tendido en el suelo.

Harris no puedo evitar reírse. Aún magullado y dolorido, aquella experiencia le había hecho gracia.

—¡¡Sí, estoy bien!! —Dijo tosiendo.

—¡¡Vamos, debemos irnos, rápido!! —Ambos se incorporaron y continuaron el camino perseguidos por los rayos y aquella estruendosa tormenta que no cesaba su enfado. Harris se apoyaba en Heracles, caminaba con dificultad.

—Después me explicarás todo esto. —Le dijo a Heracles.

—Primero lo pondré a salvo, profesor.

Continuaron montaña arriba, esquivando los rayos y el fuerte viento que les azotaba. La lluvia a penas les dejaba visibilidad, pero el primer monasterio estaba a pocos metros, con esfuerzo y apoyo, llegarían en pocos minutos.


Tras declararse culpable por el asesinato de Elisa, George vio cómo se llevaban a Dedé esposada. La trasladarían a una penitenciaría de máxima seguridad. Él estaba seguro de que su querida Dedé, no duraría mucho allí dentro, aunque viendo el estrago que había hecho con su amiga, se preguntaba si en verdad conocía a aquella chica, si aquel lado tan oscuro había estado ahí siempre. No podía creérselo, había algo extraño en todo aquello, confiaba en la inocencia de Dedé a pesar de su declaración de culpabilidad.

Dedé caminaba esposada hacia la salida de la comisaría. El policía que la detuvo en el bosque, la llevaba con gusto hasta el autobús que la esperaba en la puerta. Agarraba con fuerza su brazo, se notaban sus ganas por hacerla daño, en su cara se podía ver la satisfacción de encerrarla. Dedé miró por última vez a George antes de atravesar la salida hacia su condena. George, de pie, inmóvil, le devolvió la despedida con ojos tristes y al cruzar esa mirada, se reafirmó en su inocencia. ¿Estaría Danielle encubriendo a alguien? ¿Alguien la estaba chantajeando? Muchas preguntas pasaron por su mente en aquel instante. Sin duda iba a averiguarlo, no iba a detenerse hasta encontrar algún indicio que le esclareciera todo aquello.

Dedé subió al autobús policial a base de mamporros, empujada por el policía vengativo.

—Vigile a esta, es una buena pieza. —Avisó el policía al conductor.

Echó un vistazo rápido a los asientos para escoger dónde sentarse. No podía creérselo, si la mala suerte había entrado en su vida de manera estrepitosa, la mala suerte sin duda no había terminado su trabajo. Se fijó en las zapatillas que llevaba una de las presas y se dio cuenta en seguida de quién se trataba, su delicada compañera de celda de la noche del bosque. La que le había dejado la caracomo un mapamundi, estaba también allí.

—¡Vaya, pero si es la princesita! —Dijo con burla. —Nunca me hubiera imaginado verte por aquí. ¿Te gustan mis zapatillas? ¡A que son guapas!

Dedé no contestó, solo la miró con desprecio y se sentó en uno de los asientos más alejados que pudo. Miró por la ventana, ignorando los insultos de aquella escandalosa mujer.

—¿Ya no contestas con esa chulería tuya? —La presa se acercó hasta ella y se sentó a su lado. La miró y le acarició el pelo. —¡Lo vamos a pasar estupendamente juntas! —Esa frase provocó escalofríos en Dedé.

¿Había tomado la mejor decisión? Aquella mujer iba a complicar su existencia, estaba claro. Solo tenía ganas de gritar que era inocente y salir de allí escopeteada. Buscó en su mente un momento de su vida alegre, un momento de paz al que querría escapar, pero le costaba imaginarse ningún otro lugar. El aliento en su oído de aquella harapienta presa, le repugnaba. Decidió no dejar de mirar por la ventana, recorrería todo el camino hasta la cárcel así, sin mediar palabra, sin contestar, sin defenderse. Era lo mejor para seguir viva.

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CAPITULO DIECINUEVE

TORMENTA MORADA


El profesor Harris dormía plácidamente en aquella cama gemela de sábanas blancas, era algo estrecha y sus tobillos reposaban en la madera de los pies de la cama. Tanto susto y tanta revelación divina, le habían pasado factura. Las puertas de la pequeña terraza estaban abiertas y las cortinas hacían su baile con la brisa del amanecer. Se reventó su burbuja de sueño al sentir una pequeña ola de agua fría cayendo en su cara.

—¡Arriba profesor! —Exclamó Heracles.

—¡¡Pero qué…!! —Protestó Harris, incorporándose apurado y mojado. —¡¿Se puede saber qué te pasa?! —Exclamó enfadado, quitándose el agua de la cara.

—He visto que algunos humanos lo hacen. Me pareció divertido. —Se rió Heracles.

—¡Sí, los adolescentes, no los adultos! —Harris se levantó de la cama y se sacudió la camisa rayada de su pijama. Heracles continuaba riendo. —¡No tiene nada de gracioso!

—¡Vamos, profesor, tenemos mucho camino por delante! —Dijo emocionado.

Harris miró hacia la terraza. Todavía no asomaba la luz de la mañana, el cielo estaba entre azul grisáceo y rosa.

—¡¿Pero qué hora es?! —Preguntó extrañado.

—¡Hora de marchar! —Heracles hizo un gesto, animoso, con el brazo.

El profesor miró su reloj, marcaban las cinco y media de la mañana. Al ver cómo las agujas anunciaban aquella temprana hora, resopló con fastidio y se rascó los ojos para despejarse. Le impresionó la cantidad de energía que desprendía el héroe.

—¿Listo? —Preguntó Heracles.

—Tengo que cambiarme, ¡no voy a ir en pijama! Ya que tengo que ir descalzo, al menos quiero ir vestido. —Dijo gruñón.

—Entonces, dejaré que se acicale, profesor. Iré a por víveres para usted y le esperaré abajo. —Salió de la habitación meneando sus caderas a modo de baile, se le notaba contento. Harris sacudió la cabeza, desaprobando sus maneras de caminar.


Cuando Harris bajó para encontrarse con Heracles, cruzó el recibidor del Hotel. Aquella pequeña mujer griega, de la recepción, se encontraba regando algunas plantas que decoraban la estancia. Se detuvo frente a ella y sacó un libro de bolsillo que había comprado el día anterior en una tienda de souvenirs. Buscó entre sus páginas y entonces le dijo:

—¡Kaliméra! —Saludó.

La señora respondió sonriendo y afirmando con la cabeza. Harris no quería resignarse a no entenderla, no quería sentirse un inculto en aquellas tierras. Además, veía en aquella mujer algo extraño, como si supiera todo lo que estaba pasando. Ella se acercó a él, despacio, con la regadera en la mano y apoyó el pulgar en su frente. Harris retrocedió unos milímetros dudoso, pero su halo era bondadoso y se dejó hacer. Entonces pronunció en su frente:

¡Sofía! —Puso dos dedos en su pecho, encima de su corazón y dijo: —¡Thárros! —Seguidamente, posó la palma de su mano en su estómago y dijo: —¡Dýnami! —Y dibujando un círculo, frente a él, con su brazo extendido, pronunció una última frase. —-¡Eíthe na eíste evlogiménoi me to thárros ton theón!

Harris se quedó muy quieto, sin comprender ni una palabra de lo que decía, sin entender aquellos movimientos tan extravagantes. Ella lo miró, de nuevo sonrió y lo reverenció con la cabeza a modo de despido. El profesor salió por la puerta extrañado sin dejar de mirarla, mientras ella continuaba con sus labores de jardinería como si tal cosa. Vio a Heracles esperando en la entrada, con su pose, firme, con los puños apoyados en las caderas y las piernas ligeramente separadas. Cada vez que lo veía así, no podía evitar pensar en los muñecos de “Action man” o en las esculturas de piedra representativas. Le parecía algo cómico. Heracles se giró al notar la presencia del profesor y vio su cara de confusión.

—¿Qué ocurre, profesor? —Preguntó.

—Esa señora… —Señaló con su dedo hacia el hotel. —La recepcionista…

—Si, ¿qué le pasa?

—Me ha dicho unas cosas muy raras, con unos gestos… —Recreó con su mano los movimientos de la mujer para enseñárselo a Heracles.

—Es una bendición. ¡Lo han bendecido profesor! —Le felicitó él.

—¿Ella es…?

—¿Una diosa? —Heracles terminó su pregunta.

—¿Lo es?

—No… —Dijo el héroe empezando a caminar.

—¿Entonces…? ¿Qué es? —Preguntó Harris muy interesado.

—Es una Chálkino. —Le contestó Heracles, sin intención de seguir con esa conversación. Harris siguió sus pasos esperando una explicación más extensa.

—¿Una Chal qué? —Preguntó buscando su atención.

—Una Chálkino. —Contestó, subiendo las calles en cuesta, hacia las montañas.

—¿Qué es eso?

—Hay cosas que no se pueden explicar, profesor, es muy largo de contar. —Heracles evitaba el tema.

—Te aseguro que tengo un don de comprensión muy extenso. Puedo asimilar muchas cosas extravagantes e increíbles. ¡Mírame, estoy hablando con un semidiós! —Insistió.

—De acuerdo. —Heracles se detuvo en la cuesta y miró desganado al profesor. —Una Chálkino es una descendiente lejana de los dioses.

—¿Cómo de lejana? ¿Entonces es una semidiosa, como tú? ¿Qué poderes tiene? —Harris bombardeaba a preguntas.

—En primer lugar, ¡no es como yo, ni siquiera se acerca! En segundo lugar, no se llaman poderes, se llaman dones y ella no los tiene, al menos no desarrollados y en tercer y último lugar, deje de hacerme preguntas, profesor. Por eso no quiero hablar de estos temas, tiene demasiada curiosidad y siempre necesita saberlo todo. Prometeo me advirtió sobre usted. —Refunfuñaba Heracles.

—Soy profesor, ¿qué esperabas? —Dijo él. Heracles siguió caminando y Harris se esforzaba por seguir sus pasos. Su cara reflejaba el dolor que sentían sus pies descalzos pisando el asfalto. —Además, tenemos mucho tiempo. Podemos profundizar en este tema todo lo que quieras. —Intentaba sacarle más información.

Heracles suspiró, de nuevo, con pesadez.

—Ser un Chálkino no es nada del otro mundo, no es nada especial. Son prácticamente humanos, lo único que les diferencia es alguna especialidad que han desarrollado con los años. Para que lo entienda…, es como si a usted se le ocurre dedicarse a la medicina y ser un médico brillante, pero sus capacidades mentales no son suficientes para ejercer esta profesión o es posible que consiga ser un médico, que algún día lo logre porque realmente le gusta curar a los humanos y dedicar su vida a ello, pero sin esos dones nunca llegará a ser el mejor, el más brillante médico que haya existido. —Le explicó. —Los Chálkinos son capaces de conseguir ser brillantes en todo lo que hacen porque nacieron para ello, en la Tierra son lo más de lo más. ¿Lo entiende? —Preguntó, esperando que lo comprendiera para no seguir hablando de ese tema.

—Sí, creo que sí… —Harris dejó de hablar durante unos segundos y volvió a la carga. —Entonces esa mujer… ¿Qué don ha desarrollado?

—Supongo que el de la protección o la bendición. —Harris abrió sus ojos impresionado y sintió algo de alivio al saber que estaría protegido de las Drinfas de Apolo durante el trayecto. —¡No se emocione! No sirven de mucho frente a dones divinos con más poder. Pueden ayudar a otros humanos en el día a día, pero me temo profesor, que en nuestra misión, no servirán de mucho.

—Vaya… —Dijo decepcionado. —¿Hay muchos chálkinos en la Tierra?

—Demasiados… —Contestó Heracles con inquina.

—Parece que no les tienes aprecio.—Harris miraba a Heracles como quién quiere descorchar una botella con un mensaje dentro. Ansioso por saber más.

Heracles se detuvo justo al pie de la montaña, miró hacia abajo y observó el pueblo y sus calles desde arriba. Vio que el profesor estaba sudoroso y que se esforzaba por llegar hasta él. Pensó en lo dura que iba a ser la expedición, llevaban tan solo unas pocas cuestas y ya tenía a un humano medio escacharrado bajo su supervisión. Decidió terminar con esa conversación de una vez por todas, ambos necesitaban toda la atención centrada en la misión, sin distracciones.

—Profesor, le contaré algo y dejará de preguntar sobre esto, ¿de acuerdo? —Le dijo tajante. A Harris se le iluminó la cara como a un niño pequeño.

—De acuerdo. —El profesor llegó, al fin, hasta el héroe y resopló limpiándose la frente con un pañuelo. —¡Dispara!

—Desde siempre he odiado a los chálkinos, los consideraba basura divina, despojos de nuestra historia familiar. Quizás por que ellos siempre han disfrutado del anonimato y de la mortalidad, no sé… O por que algunos son intocables. Por eso no me gusta hablar de ellos. Viven sin responsabilidades y sin preocupaciones universales, solo tienen que destacar en una cosa en la Tierra para tener una vida tranquila.

—Bueno… a mi esa señora no me pareció que tuviera pocas preocupaciones, por su piel y su rostro, se nota que ha tenido que soportar muchas cargas a lo largo de su vida.

—Sí, es posible, pero su vida terminará y dejará de soportar o de sufrir. La mía es de servidumbre, tengo una carga eterna. Debo cumplir todo lo que se me pide porque es lo que se espera de mí… —Heracles miró a Harris. —Como ya le he dicho, profesor, yo no salgo de una película… ¡Existo! Si los chálkinos o los humanos tuvieran encima de sus hombros la mitad de mis dones y la mitad de mis años de inmortalidad, buscarían la manera de acabar con ella.

—¿Con la inmortalidad? ¡¿Acaso tú quieres morir?! —Preguntó Harris desconcertado.

—Quiero descansar… —Contestó Heracles con la mirada abatida.

Harris se apiadó de él por un momento, sintió lástima. No había reparado en qué tipo de vida tenía aquel, musculoso y poco inteligente, héroe. Lo había juzgado rápido.

—Has dicho que antes odiabas a los Chálkinos. ¿Ya no es así?

—No, ya no. —Contestó seco.

—¿Por qué? —Preguntó Harris. Heracles medio sonrió.

—Sabía que no se quedaría tranquilo con una sencilla explicación. —Harris se encogió de hombros haciéndose el inocente. —Existe una profecía en nuestro mundo, una muy potente y que llegará pronto. Al parecer, surgirá una Chálkino entre los humanos que logrará dominar todos los mundos.

—¡¿Y se supone que eso es algo bueno?! —A Harris le pareció una noticia terrible.

—Si ella puede lograr eso, ¡imagínese todo lo que podrá hacer! Lo único que tiene que pasar es que la Chálkino escoja el camino correcto, nada más.

—¡¿Solo eso?! —Respondió Harris con sarcasmo. Heracles rió de nuevo.

—Tranquilo, profesor, esa no será su lucha.

—¿Y por qué estás tan feliz con esa profecía?

—Yo tengo un destino y cuando mi destino culmine… descansaré.

—¡¿Morirás?! —Harris se entristeció.

—¡No me diga que me ha cogido cariño…! —Se echó a reír. —Para usted ochenta, noventa o incluso cien años de vida son pocos. Para mí miles de años son suficientes, se lo aseguro. Según cuenta la profecía, ella es mi destino, mi última hazaña como semidiós. Supongo que la Chálkino tendrá el poder de darme la mortalidad o simplemente de quitarme la vida, dependerá de como se vaya desarrollando todo, las profecías no son muy detalladas, ¿sabe? A veces ocurren y otras veces no. —Dejó al profesor reflexionando y continuó el camino rocoso en cuesta. —¡Vamos, profesor, debemos llegar al primer monasterio antes de que acabe el año! —Dijo bromista.

Los dos caminaban, descalzos, cosa que a Heracles no parecía molestarle en absoluto, sin embargo Harris no dejaba de quejarse cada vez que daba un paso. Ya había quedado atrás el amanecer y el sol quemaba la ladera de la montaña con fuerza. Los veinticinco grados del día anterior se convirtieron en treinta, una subida de temperatura poco amistosa para esos dos peregrinos. Hicieron varias paradas a la sombra para que Harris recobrara el aliento y pudiera limpiarse las heridas que se le fueron formando en los talones. Heracles cuidó de él, protegiendo sus grietas sangrantes con un ungüento curativo. El calor golpeaba aquellas rocas y se hacía insoportable sumado al esfuerzo de subir.

—¿Puede continuar? —Preguntó Heracles a Harris.

—Sí… creo que sí. —Contestó el profesor agotado. Estaba sentado en una de las piedras mientras Heracles curaba sus heridas agachado. —Gracias.

—No es nada, profesor. Usted cuida del libro, yo cuido de usted. Prefiero esto a tener que cargar con ese endemoniado artilugio.

—¿Qué sabes sobre él? —Preguntó Harris.

—¿Sobre el libro? —Harris asintió levemente, estaba asfixiado. —Lo único que sé es que atrapa almas, almas de todos los mundos, ya sean divinas o humanas, nadie puede escapar de su poder. Apolo lo construyó en clandestinidad, en verdad no sé dónde consiguió tanto poder, pero estoy seguro de que no lo hizo solo, él no podría. Dicen que entre esas páginas están tus peores pesadillas, tus miedos más profundos, si te quedas atrapado, los revives una y otra vez. Solo Hades posee ese don, un don que te lleva a la locura. —Harris se asustaba a medida que Heracles explicaba más cosas sobre el libro. Temía por Marion, ¡ella estaba allí, atrapada! —Por eso no entiendo cómo un libro ha podido absorber todo ese poder.

El profesor alzó la vista hacia el horizonte, desde allí se veía todo Kalambaka y más allá, era una vista espléndida a pesar del dolor de pies, el esfuerzo y el calor. Las montañas rocosas que rodeaban los valles se fundían con la luz y aquellos escasos árboles verdes relucían con más intensidad. El cielo llamó su atención. Con un día tan caluroso, el cielo debería estar despejado, pero no era así. Donde la tierra y las nubes se unían, allí hacia el final, divisó una enorme tormenta que comenzaba a acaparar todo el firmamento. Era una tormenta distinta a todas las que él había visto. Sus colores, su fuerza, los grises y negros se mimetizaban y se hundían en uno solo formando un tono violáceo endemoniado. Aquello no tenía buena pinta, no era una buena señal. Harris levantó el brazo y señaló con el dedo.

—¿Y eso? ¡¿Me lo explicas?! —Dijo a Heracles aterrado.

Heracles, que continuaba agachado frente a Harris y su espalda ignoraba todo lo que ocurría en la atmósfera, siguió la señal del dedo indicador del profesor y se giró despacio. Miró hacia arriba y observó cómo a lo lejos, los rayos morados caían llenos de cólera hacia la Tierra.

—Esto no es bueno, profesor. ¡Nada bueno! —Exclamó sujetando a Harris por el brazo para que se incorporara lo más rápido posible.

—¡Espera! ¡¿Qué ocurre?! —Harris parecía un monigote. Lo sujetaba por un brazo y lo llevaba en volandas, con medio cuerpo en el aire y el otro medio raspando el suelo.

—¡Vienen a por nosotros! ¡Vamos debemos llegar hasta el primer monasterio, allí nos refugiarán! —Heracles seguía hacia delante mientras Harris se comía cada rama que sobresalía de la colina.

—¡¡Espera, espera!! ¡Bájame! —Protestó el profesor. Heracles lo soltó y se detuvieron. —¡¿Quieres esperar un momento, por favor?! —Dijo colocándose la ropa con un tirón hacia abajo. —No soy un experto en esto, pero las tormentas, los truenos y demás… ¿No son cosa de tu querido padre, Zeus?

—Sí, ¿y qué? —Contestó el semidiós.

—Bueno… es tu padre ¿no? —Heracles no comprendía la pregunta. —Quiero decir… ¡Él no es quién nos persigue, quizás nos esté echando un cable!

—Efectivamente, es mi padre, pero yo nunca le he dicho que eso fuera algo bueno. ¡Mi padre no echa cables, profesor!

—¡¿Qué pasa, te llevas mal con todos los dioses?! —Heracles no contestó. —¡Estamos apañados!

—Si no tiene más preguntas, será mejor que movamos el culo ¡ya! —Gritó Heracles apurado.

La tormenta estaba casi encima de ellos y aquellos relámpagos caían como gotas de lluvia sobre la colina, destrozando aquellos verdes árboles y convirtiéndolos en mero polvo, partían las piedras como quien rompe un azucarillo en dos y deja caer las migajas.

—¡Vamos, profesor, que ya llegamos! —Le animó para avivar su ejercicio.

Harris estaba cada vez más lejos de él y más cerca de ser abrasado. Los troncos caían tras de sí como hojas de papel. El profesor subía y subía lo más rápido que podía, pero su cuerpo ya cansado le fallaba, el peso de aquel libro a sus espaldas ralentizaba sus esfuerzos. Ya no sudaba, al menos no como antes, el calor se había volatilizado en segundos, ahora lo que recorría por su cuerpo era agua enfriada por del miedo, por la adrenalina, por aquella estruendosa tormenta.

Heracles se detuvo unos segundos al ver la distancia entre ellos y descendió para ayudarle, pues uno de esos rayos atravesó la tierra cerca de sus pies dañados y descalzos. De pronto un viento bravío rodeó al profesor y lo desplazó unos metros hacia el borde del camino. Harris gritó mientras era suspendido en el aire. Logró sujetarse de las raíces de un árbol roto y se quedó colgando, agarrándose todo lo que podía a aquella raigambre débil y partida.

—¡¡Ayúdame Heracles, por favor! —Rogó al semidiós.

Heracles luchó contra el viento, haciendo apoyo en las piedras.

—¡¡Sujétese, profesor!!

Se arrastró por el camino hasta llegar al borde donde unos metros más abajo se encontraba el profesor colgado. Se estiró hacia el abismo y cuando estuvo a pocos centímetros le tendió la mano.

—¡¡Sujétese a mí, profesor!! —El viento soplaba tan fuerte y la lluvia era tan punzante que apenas podían abrir los ojos para verse. Harris extendió también su brazo libre, para alcanzar a Heracles, pero no llegaba, no del todo. —¡¡Vamos, solo un poco más!! ¡¡Puede hacerlo!! —Le animaba una y otra vez.

—¡¡No puedo, está muy lejos!! —Gritaba Harris entre la tormenta.

—¡¡Sí que puede, yo sé que puede, vamos!! —Ambos estiraron sus cuerpos todo lo posible, pero era inútil. —¡¡No dejaré que muera!! ¡¡No morirá aquí!!

—¡¡Me resbalo, me estoy resbalando!! —En la mirada del profesor había miedo, mucho miedo. Era cierto, su única mano que sujetaba aquella ráiz muerta, no podía ejercer más fuerza, la mano enrojecida se resbalaba. Estaba a punto de caer por el precipicio y ni si quiera Heracles podría evitarlo.


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CAPITULO DIECIOCHO

DESEOS DE MAIZAL


Dedé vio cómo la puerta se abría a cámara lenta, con la impotencia de estar esposada, no podría ayudar a George si a ese asesino se le venía en gana hacerle daño. Mientras, Apolo la miraba con maldad y gozo, recreándose en su incertidumbre. Sonreía vilmente.

George entró con dos vasos de cartón en la mano, uno para ella y otro para él, estaba claro que Apolo tenía razón y que su intención era la de compartir un reconfortante café caliente para limar asperezas y seguir con un interrogatorio más amistoso. George miró a Dedé con cariño y esperanza. Dedé le devolvió la mirada asustada, su cabeza parecía un partido de tenis, pelota para Apolo, pelota para George.

—He pensado que podíamos tomarnos un café, tranquilos. —Se acercó a ella y le puso el vaso en la mesa. Aún no había visto a Apolo, allí, sentado en su silla, tan tranquilo y con sonrisa diabólica. —Siento mi reacción de antes y siento haberte hecho sentirte tan mal. ¿Podemos volver a empezar?

Dedé lo miraba desde abajo con ojos suplicantes, quería gritarle que se fuera de allí, que escapara, que estaba en peligro, pero no pudo y no supo el porqué. Temía el momento en que George se girara para volver a su asiento y viera a aquel maldito asesino. Él entendió su mirada como una aceptación de la disculpa así que se giró y se dirigió a su asiento. Dedé apretaba con fuerza aquella argolla de hierro que la tenía atrapada, esperando la reacción de su, ahora, querido policía. Pero no pasó nada, para George, allí no había nadie más que ellos dos. Ella miró a Apolo sin comprender y Apolo seguía sonriendo, sin apartar la vista de ella. George se sentó, atravesando el cuerpo de aquel Dios asesino, como si fuera un espejismo. El Dios desapareció y Dedé sintió confusión y cierto alivio. Miró, obsesiva, toda la habitación, buscándolo, como si una mosca molesta revoloteara sobre su cabeza.

—¿Te encuentras bien? —Preguntó George al ver que ella vigilaba toda la habitación inquieta. —¿Qué ocurre?

—Nada, yo… —No sabía qué responder, para ella su locura iba en aumento, había muchas cosas que no podía explicarle a George sin parecer una persona demente.

—Hablemos de otra cosa, no hace falta hablar de este tema si no quieres, puedo esperar. Hasta que te sientas mejor. —Dijo comprensivo. A él le mataba verla en ese estado.

—Claro, sí. ¿De qué quieres hablar? —Seguía nerviosa, continuaba mirándolo todo y George movía su cabeza buscando su atención.

Apolo apareció de nuevo justo a su lado, se agachó para llegar a su oído.

—Sigo aquí, mi Pitia. —Le susurró.

Dedé dio un brinco en el asiento. Abrió sus ojos asustados que miraron a George de nuevo con miedo.

—¡¿No puede verte?! ¿Por qué no puede verte? —Preguntó desconcertada. Apolo negó con la cabeza mientras seguía sonriendo.

—¿Qué pasa Danielle?

Dedé respiró entrecortado, con el cuerpo erguido por tanta tensión.

—Díselo Danielle, dile que estoy aquí. —Le incitó Apolo.

—¡No! —Contestó ella.

—¿No qué? —Preguntó George confuso.

—Que… no pasa nada. —Dedé intentó arreglar la situación.

El vaso de café seguía frente a ella, desprendía un humo tranquilizador, lo que significaba que estaba recién hecho y perfecto para recuperar la compostura con un trago. Intentó alcanzarlo con la mano, pero Apolo se adelantó y lo cogió. Dedé se dio cuenta de que para George ese café estaría flotando en el aire sin que nadie lo tocase, así que se apuró en detener a Apolo, pero la torpe rapidez hizo que, sin querer, lo derramara por toda la mesa.

—¡Tranquila, no te preocupes! —George se levantó y fue hacia ella. —¿Te has quemado?

—No, estoy bien. Perdona, soy una torpe. —Respondió ella.

—Espera, iré a por algo para limpiar esto. —Salió de la sala cerrando la puerta tras de sí.

En cuanto George estuvo fuera de la habitación, Dedé se giró hacia Apolo muy enfadada.

—¿Qué es lo que intentas? —Le preguntó frunciendo el ceño.

—Ya lo sabes, quiero que vengas conmigo.

—¡Jamás! —Le gritó. —Yo no seré tu juguete personal.

—No lo entiendes, no sabes de qué estás hablando. —Le contestó él apartando su pelo de la cara con suavidad.

—¡Pues explícamelo!

—No puedo. —Apolo se incorporó y caminó de nuevo por el cuarto. —Tienes que verlo por ti misma y aceptar tu destino.

—¡¿Pero de qué destino me hablas?! —Preguntó alterada.

Apolo se acercó a ella con brío, apoyó, con fuerza, sus manos en la mesa. Dedé se impresionó de nuevo al ver esos grandes ojos morados que brillaban con más intensidad.

—¡¡Tu poder!! —Le dijo.

—¡¿Qué poder?! ¡Yo no tengo ningún poder! —Contestó cansada de sus misterios.

—Tú eres la perfecta herramienta y la clave para conseguir un futuro mejor. ¡Tú y yo, lograremos que el mundo, que todos los mundos sean nuestros! —Dijo emocionado y ansioso.

—¡Estás loco! ¿Quieres dominar el mundo? ¿En serio me ha tocado el típico villano? —Contestó ella con sarcasmo. La indiferencia de Dedé molestó a Apolo.

—¡Tú solo díselo! —Se enfureció. —Dile que estoy aquí contigo.

—No, no lo haré. Creerá que estoy loca y me encerrarán como tú dijiste.

—¡Díselo, o haré que te arrepientas! Lo destriparé como hice con tu amiga; y lo haré delante de ti. A mí él no me importa y lo mejor de todo es que ni sabrá por donde le vienen las cuchilladas.

George entró de nuevo en la sala con un trapo en la mano.

—¡Ya está! —Con la bayeta húmeda limpió los restos de café de la mesa frente a Dedé. —Espero que no te hayas quemado.

Dedé miraba cómo George limpiaba con tanto cariño, lo miraba detenidamente. El uniforme le sentaba tan bien… y aún podía apreciar en su presencia el olor a pradera y a trigo. ¡Cuánto deseaba estar, en ese momento, allí con él! Pensó en lo absurda que había sido por haberlo descartado de su vida tan rápido. En ese momento solo deseaba pasear con él entre maizales, juntos de la mano, bajo el sol de la tarde como dos enamorados. Tenía deseos de él, tenía deseos de maizal.

Se dio cuenta de que era un chico muy atractivo, pero quizás por su bondad y su posición social, no había destacado para el resto de las chicas del campus, ni para ella. Su pelo negro, con algunas sensuales canas tempranas, tenía un corte que terminaba en una pequeña cresta ladeada, llevaba patillas bien perfiladas, finas, pocos chicos de su edad podían llevar ese look tan bien como él. Tampoco se había percatado de sus ojos, las pestañas más densas que había visto jamás y lo más increíble… Él también era mago, como su abuelo. Sus ojos grises y azules, verdes y amarillos, le hicieron darse cuenta de que su corazón palpitaba fuerte cerca de él. Repasó toda su postura, desde el lunar de su cuello tostado hasta esas manos de dedos cortos, pero manos firmes y fuertes. Sus pulgares tenían un movimiento especial, estaban más separados de lo normal, eran hiperlaxos, lo que le pareció encantador. George era de estatura media, un poco más alto que ella. Pensó que su metro sesenta y nueve era perfecto para dar largos paseos y abrazos interminables. Lo miró como quien mira la foto de un ser querido al que ya no verá más.

—¡Díselo! —Le gritó Apolo al oído, despertándola de su perfecta visión de George.

—No puedo… —Sollozó ella. Sabía que si le contaba eso a George lo perdería para siempre. Él la vería con otros ojos y la daría por perdida del todo.

—¿Que has dicho? —Preguntó George.

Apolo se posicionó justo detrás de él y mirando a Dedé, sacó una daga con puñal de oro. Se la enseñó, quería demostrarle que iba en serio. Dedé respiró tan hondo y fuerte que sus lágrimas salieron a borbotones.

—¡Danielle! ¿Qué te pasa? ¡Por favor, dime qué te pasa! —Suplicó él. —¡Sé que hay algo de lo que tienes miedo, lo intuyo! Puedo ver en tus ojos que algo te está bloqueando, pero puedes confiar en mí. —George se acercó a ella y la miró con ternura.

Dedé se inclinó hacia él todo lo que pudo y besó sus labios una vez, despacio y con suavidad. Quería disfrutar de ese momento hasta que se lo arrebataran. Y con sus caras a milímetros de distancia, Dedé apoyó su frente contra la suya y cerró los ojos, pensando en cómo soltarle aquella tortura.

—Van a suspenderme por esto. —Dijo George sin separar su frente de la de ella. Sonrió. —Pero no me importa, es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Dedé dejaba que las lágrimas siguieran corriendo por sus mejillas. Aquella declaración de sentimientos le complicaba aún más salvarle la vida y separarse de él del todo.

—George… —Susurró ella en sus labios.

—Dime, Danielle. —Respondió él con otro susurro.

—Fui yo.

—¡¿Qué?! —Se apartó unos centímetros de ella y la miró dudoso.

—Yo maté a Elisa.

¡Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY!

NOS VEMOS EL LUNES CON EL NÚMERO 19

BUEN FIN DE SEMANA MIS QUERIDOS DÉLFICOS



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CAPITULO DIECISÉIS

YO NO LO HICE


Se despertó abriendo sus grandes ojos azules. Esta vez ella también había hecho magia, pues sus pupilas se dilataron tanto que su azul se oscureció. Se quedó inmóvil, en la misma postura que cuando se acostó, pies colgando y el resto del cuerpo como una tabla. Su pelo negro como la noche estaba húmedo, gotas de sudor brillaban en su frente, había sido un sueño tan real, tan intenso, que le costó asimilarlo. Miraba hacia el techo de su habitación pensando en sí debía hacer caso a aquellas voces, si la visita de su abuelo significaba algo. Se levantó despacio y se quedó sentada en el borde de la cama. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era aquello real o en verdad estaba perdiendo del todo la cabeza? Solo había una forma de averiguarlo.

De nuevo, sin ducharse ni cambiarse, se dirigió hacia la salida. Tenía una pinta horrible, como si hubiera estado de fiesta durante una semana entera, cara llena de moratones, la ropa sucia, todavía descalza, el pelo sudado y unas ojeras que se hundían como cuevas bajo sus ojos. Si no estaba ida, desde luego lo parecía. Caminaba acelerada por los pasillos de la residencia, con el corazón a mil por hora, esperaba llegar a la biblioteca y ver a la borde de Marion en la recepción, a salvo, sin gritos de auxilio y sin llantos. Respiraba todo el oxígeno que encontraba con intensidad, como una completa adicta sin su droga. Los demás estudiantes la miraban alucinados y se apartaban de su lado, parecía la nueva peste mundial. Cruzó el campus todo lo rápido que sus pies, con calcetines destrozados; y sus piernas temblorosas le permitían. Vio la puerta de la biblioteca al final del camino, pero se le estaba haciendo eterno el trayecto, un sendero que se alargaba más y más, en su mente, a medida que avanzaba. El sol de la mañana le molestaba en la cara, sentía que debajo de sus fulminantes rayos se iba a derretir o a convertir en polvo, cual vampiro. Al fin llegó y a duras penas pudo sujetarse a la barra de la puerta de cristal. La abrió después de coger aire dos o tres veces, quería con tanta fuerza que Marion estuviera allí. Si Marion estaba en su lugar de trabajo, eso significaba que solo estaba cansada, estresada, como bien había dicho George y para eso había un remedio, dormir durante todo un mes y jamás, jamás volver a beber, ni tocar las drogas. Se envalentonó a abrir la puerta, confiada y diciéndose a sí misma en su mente que Marion estaría allí y la volvería a llamar Danielle, la volvería a insultar con algún tipo de frase elocuente e inteligente, seguramente repararía en su aspecto llamándola irresponsable o algo parecido, no le importaba ni lo más mínimo los insultos de Marion, solo quería verla, en persona, en carne y hueso.

Entró y vio que la mesa de recepción estaba vacía, eso la estresó mucho más, con más estrés, más locura parecía desprender, la cara la tenía pálida, los ojos seguían en un pozo oscuro y su semblante totalmente desencajado. Miró hacia los otros estudiantes que hacían cola en el lugar de trabajo de Marion. Se acercó a ellos, pero se apartaban asustados por ver aquella versión tan surrealista y peligrosa de Dedé. Se abalanzó contra el primero que pilló.

—¡¿Dónde está?! —Preguntó desquiciada. El chico intentaba apartarse de ella pero Dedé se agarró fuerte a su brazo.

—¡Déjame zumbada! —Le contestó.

—¡Dime dónde está! —Preguntó de nuevo más enfurecida.

—¡Eh, oye, te ha dicho que le dejes! —La chica que estaba delante intentó socorrer al chico acorralado por Dedé. Dedé se dirigió entonces a ella.

—¡Por favor, solo quiero saber dónde está la recepcionista! —En su voz se notaba la desesperación.

—¡Está allí! —Señaló la chica confusa y algo harta de su comportamiento.

Miró hacia la dirección del dedo. Y allí estaba Marion, de pie, colocando unos libros en la estantería, tan tranquila como siempre. Dedé respiró aliviada y encorvada, casi sin fuerzas, se dirigió hacia ella.

—¡Menuda loca! ¡Está como una cabra! —Murmuraban los estudiantes de la recepción.

Arrastrando los pies y con una sonrisa llorosa, fue hacia su querida y odiada Marion. Sabía que ella la reprendería por estar en ese estado, que la echaría de allí de inmediato, pero tampoco le importaba. Necesitaba verle la cara, frente a frente, ver que estaba bien y que nadie la tenía atrapada en ningún bosque, en ningún lugar extraño. Miró su espalda, observó su vestimenta y sonrió más todavía, al ver que seguía siendo la misma Marion de siempre, con sus formas tan anticuadas y desfasadas de vestir, incluso le gustó su estilo aquella mañana. Alargó su brazo para tocar su hombro.

—¡Marion! —La llamó con alegría. —¡Menos mal que estás aquí!

Marion se giró para ver quien la reclamaba, pero no era ella, no era Marion, era otra chica del campus, otra muy diferente.

—¡Tú no eres Marion! ¡Tú no eres Marion! —Dijo Dedé sorprendida y aterrorizada. La tez de su piel se volvió tan blanca que podría llegar a ser transparente. Sus ojos se hundieron mucho más en aquel pozo negro de sus ojeras.

—No, lo siento, Marion no está. ¿Puedo ayudarte en algo? —Dijo la chica que intentaba no asustarse y ser amable. Dedé se quedó mirándola, la observó de arriba abajo con detenimiento, parecía que la fuera a devorar. —¡Oye! ¿Te encuentras bien? —Preguntó echándose hacia atrás.

—¡¡Tú no eres Marion!! —Dedé la agarró por los hombros y la estampó contra la librería con fuerza. —¡¡No eres Marion!! —Gritaba. —¡¿Dónde está?! ¡¡Dime dónde está Marion!!

La nueva recepcionista estaba realmente aterrorizada, estaba siendo atacada por una especie de joven loca, con aspecto de adicta, en plena crisis de abstinencia.

—¡¡Dime qué está pasando!! ¡¿Dónde está?! ¡¡Contéstame!! —Dedé no controlaba su fuerza, estaba fuera de sí, la apretaba y la empujaba una y otra vez.

—¡¡No lo sé!! ¡¡No sé dónde está!! —Le contestó. —¡Ayuda por favor, que alguien me ayude!

Al escuchar sus súplicas de ayuda, Dedé cesó, recordó la voz de Marion pidiendo ayuda en sus sueños. La soltó y ésta escapó corriendo. Miró sus manos, dándose cuenta de que lo que estaba haciendo no estaba bien, se le estaba yendo la cabeza, aquel tema se estaba desmadrando demasiado. Dejó que finalmente sus piernas perdieran fuerza y las rodillas se doblaron como el papel, sintiendo el frío de aquellas viejas baldosas en su piel.

—¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué está pasando?! —Arrodillada, indefensa, mirando sus manos temblorosas y sin comprender, se repetía una y otra vez la misma pregunta, mientras su cuerpo se balanceaba levemente hacia delante y hacia atrás. —¡Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza! —Se sujetó la frente con las dos manos, no aguantaba más aquellos sueños, aquellas voces, ni las extrañas apariciones.

—Danielle… —Una voz amistosa estaba a su lado. Era George, que vestido con su uniforme, llegó hasta ella y en cuclillas se acercó. —Danielle, soy George. —Dedé levantó la vista llena de lágrimas, llena de miedo. En su cara podía verse la locura.

—¿George? —Dijo algo aliviada al verlo.

—Sí, Danielle, soy George.

—¡George! ¡¿Qué me está pasando?! —Sus manos trémulas se agarraron a él.

—¡No lo sé, Danielle, pero lo averiguaremos! Yo te ayudaré, pero para eso tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo? —Dedé asintió afligida. —Te ayudo a levantarte. —Ambos se pusieron de pie despacio, a Dedé le costaba moverse.

Caminaron hasta la recepción lentamente, Dedé se sujetaba del brazo de George y reposaba su cabeza en su sólido hombro. Los demás estudiantes se apartaron hacia los lados, hicieron un pasillo esperando algo que a Dedé no le iba a gustar. Cuando ella alzó la vista hacia la entrada, vio a varios agentes de policía haciendo guardia, mirándola muy atentos. Eso no le hizo ninguna gracia. Miró a George con súplica, con miedo, con decepción, de nuevo se sentía traicionada. George se dio cuenta.

—No pasa nada, Danielle, yo estoy contigo. —Ella se apartó de él, soltando el brazo que antes había sido su consuelo, pero que ahora era su enemigo. —¡No lo hagas más difícil! Tienes que entregarte, Danielle.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —Dijo ella asustada y confusa.

—¡Danielle, Elisa ha muerto! —Dijo George estirando las palmas de sus manos a modo de calma.

—¡¡¿Qué?!! —A Dedé se le cayó un mar helado encima. Eso no podía ser real, estaba segura de que era un error.

—Tienes que venir con nosotros.

Varios policías se adelantaron al ver que Dedé iba a resistirse, sacando sus esposas del cinturón de su pantalón. Ella retrocedió varios pasos, impresionada y sin comprender lo que estaba pasando una vez más.

—¡Esto es otro sueño, esto no es real! —Negaba con la cabeza al mismo tiempo que gritaba. —¡George no dejes que me lleven! ¡No dejes que lo hagan!

—¡Danielle, por favor! —Él estaba realmente conmocionado, no sabía qué hacer, sus compañeros se la iban a llevar a la fuerza y no podría impedirlo. —Estaré contigo, te lo prometo, en todo momento, pero tienes que ir con ellos.

Dedé negaba y negaba con la cabeza y los policías sujetaron sus manos para detenerla.

—¡Esto es un sueño! ¡Esto no es real! —Repetía mientras intentaba soltarse desesperadamente de sus captores. —¡Yo no lo hice George, yo no hice nada de lo que creen! ¡¡Diles que me suelten, tengo que salvarlos!! ¡¡Debo salvarlos a todos!! —Gritaba como una furia y los policías se la llevaron por la puerta en volandas. Dedé pataleaba y voceaba todo lo que su cuerpo agotado y magullado le permitía. Parecía, literalmente, una loca desequilibrada.

George, angustiado y triste, se echaba las manos a cabeza, se sentía impotente viendo cómo se la llevaban y cómo ella le suplicaba clemencia, en el fondo sabía que su querida Danielle era incapaz de hacerle daño a nadie, pero había visto y oído cosas que no podría pasar por alto, realmente su querida Danielle había perdido el norte, ¿se habría convertido entonces en una asesina? Ya no sabía en qué creer. Lo que sí sabía, es que jamás la dejaría sola.


CAPITULO CINCO

¡ERES UN MAL BICHO!


Dedé decidió que lo mejor era quedarse con ese libro, y echarle un vistazo a todas esas páginas que estaban marcadas como interesantes. Con la hoja en la mano, inmersa en la frase, “Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”, la leía una y otra vez intentando encontrarle una explicación sencilla a por qué su amiga había hecho tales absurdos garabatos . Miró la hora en su reloj, no tenía ganas, pero debía patearse todo el campus para encontrar un tablón de anuncios y escoger esa dichosa labor obligatoria antes de que el profesor terminara su jornada laboral. Hablaría con Elisa más tarde, para comentarle lo que había encontrado.

Se dirigió al mostrador de la biblioteca. Allí estaba Marion Green, una joven estudiante que cursaba el mismo año que Dedé. Siempre con cara de pocos amigos, seria, con un semblante impenetrable, ningún chiste o gracia, existente en el mundo, cambiaba su estado físico. Para Dedé, era una chica introvertida, tímida, no muy agradable a la vista y bastante antisocial. Ella la llamaba “La espanta rollos” o la “¡Puaj!”. Su manera de vestir estaba ligada a la palabra celibato, chaquetas de punto en colores pastel, con puntillas en los bordes, faldas lisas siempre oscuras hasta la rodilla, medias de compresión anti-estéticas tanto en verano como en invierno, “zapatones” negros, muy masculinos y como complemento final, perlas, siempre perlas, en orejas, cuello y muñeca. Llevaba un corte de pelo sencillo, por debajo del mentón, ondulado y con poca gracia, castaño y sin capas, el cual recogía hacia atrás con una cinta de pelo o diadema a juego con su chaqueta abotonada. Tenía gafas de alambre redondeadas, muy a lo Elton John, pero sin clase, y detrás unos ojos negros saltones, que podían penetrarte hasta el alma.

—¡Hola Marion! —Saludó Dedé animada, aunque con poca seguridad.

—Hola, Danielle. —Contestó sin mirarla siquiera. Tenía la cabeza metida en sus labores.

—¿Me preguntaba si podrías hacerme un favor? —Aunque Dedé se esperaba una negativa, no perdía nada por intentarlo utilizando su cara angelical y su don de persuasión.

—No. —Dijo ella tajante.

—¡Venga va, enróllate! —Insistió. Marion la miró fijamente.

—Espera que lo piense… ¡No! —Se intuía, por su tono de voz, que no era muy fan de la popularidad de Dedé.

—¡Oye ya sé que no nos llevamos muy bien! Sé que casi ni nos conocemos, pero somos del mismo año, ¡colegas de uni! —Exclamó con una mueca animosa. Marion la miró sin un ápice de emoción.

—¿Qué quieres Danielle? —Preguntó sin ganas.

—Necesito un favor, ¿podrías teclear en tu ordenador y buscarme alguna actividad extraescolar de esas? —Pidió señalando el teclado con los dedos.

—¡¿Cómo dices?! —Marion frunció el ceñó y esbozó una media y minúscula sonrisa, no estaba muy segura de lo que Dedé quería decir. —¿Una actividad extraescolar, tú?

—¡Sí! ¿Qué pasa? ¿No puedo apuntarme a una? —Contestó indignada.

—El único motivo por el cual Danielle Dumont querría participar en una actividad voluntaria o “extraescolar”, como tú la llamas, es porque la han obligado. —Dijo altiva.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? Dime algo bueno que hayas hecho tú por los demás. —Dijo Marion mosqueada. A penas le dejó contestar y volvió a la carga. —Y no cuenta como altruismo organizar juergas y bacanales, sin sentido, entre semana.

—Las “juergas”, como tú las llamas, son reuniones fundamentales para liberar el estrés estudiantil. —Contestó convencida. —El hecho de que tú no nos deleites con tu presencia en ellas, no significa que sean anodinas.

—¡Vaya, me impresionas con tu fluido vocabulario! —Dijo con sarcasmo. —Aunque me impresionarías más si supieras el significado de la mitad de las palabras que sueltas por la boca. ¡Por culpa de esas fiestas, los voluntarios tenemos que recoger toda vuestra mierda al día siguiente!

—¡Nadie te obliga a ser voluntaria! —Contestó Dedé con chulería.

—¡Ya, claro que no! —Dijo Marion, negando con la cabeza demostrando desaprobación.

—¡Oye! ¿Vas a ayudarme o no? —Preguntó rotunda.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres un mal bicho!

—¡¿Perdona, qué me has llamado?! ¡¿Se puede saber por qué siempre me tratas tan mal?!

—Ya veo que tu egocéntrico intelecto no te deja ver más allá de tu perfecta nariz. ¿Acaso se te ha olvidado lo que me hiciste el primer año?

Dedé la miró pensativa, no sabía de qué estaba hablando, intentó recordar alguna interacción que hubiera tenido con Marion en el pasado.

—¡Tranquila, no estrujes demasiado tu pequeño cerebro! ¿El primer año de universidad? ¿La fiesta de bienvenida en la casa Delta Sigma?

Dedé negaba con los ojos abiertos como platos, esperando que Marion se explicara mejor.

—Te ayudé a instalarte la primera semana, dijiste que me compensarías el sábado yendo juntas al cine, ¿lo recuerdas? Estuve esperándote, en la entrada, durante más de media hora, después me enviaste un mensaje diciéndome que te quedabas en la cama porque no te encontrabas bien, me preocupé por ti y fui a tu residencia. De camino me crucé con la fiesta que habían montado los Delta, y para mi sorpresa me encontré con una tía borracha en su jardín delantero. Viniste hacia mí, sin remordimiento alguno y lo único que salió de tu boca, como excusa, fue una asquerosa y gigantesca pota mal oliente que se quedó impregnada en mis zapatos y en mi vestido nuevo.

Había olvidado aquellos días, Dedé se llevó la mano a su boca abierta de par en par para tapar su reacción, no quería ofender más a Marion y necesitaba que le hiciera el trabajo sucio. Estaba entre horrorizada por su mal comportamiento y orgullosa por su divertida e inconsciente hazaña.

—Al día siguiente hiciste como si no me conocieras delante de tus amiguitos de la fiesta. Desde aquel día me llaman “La Puaj” ¡Llevo tres malditos años aguantando ese mote de mierda! ¡Y por si fuera poco también me llaman “La potas”, “Vomitona” y el más original “Boloñesa asquerosa”! ¡Gracias por haber comido pasta aquella noche! ¡Estuve quitándome espaguetis del pelo durante una semana! —Marion estaba realmente indignada, se notaba que llevaba guardando eso mucho tiempo.

—¡Vaya, lo siento! —Dijo Dedé enseñando todos sus dientes y apretando la mandíbula.

—Ya, bueno… el mote no me lo pusiste tú, así que… —Marion miró hacia otro lado, intentando no ablandarse con la cara de compasión de Dedé.

—En realidad…

—¡¿Fuiste tú?! ¡No me lo puedo creer! —Exclamó con enfado.

—Yo solo dije “Puaj” alguna que otra vez, el resto transcurrió por sí solo. No tengo la culpa de que los demás tengan tanta imaginación… —Dedé se encogió de hombros intentando librarse del delito.

—¿Sabes qué? ¡Corrijo, no eres un mal bicho! ¡Eres lo peor, el demonio encarnado! —Se levantó, de su silla de escritorio, muy enfadada.

—Entonces, ¿no me vas a ayudar? —Preguntó restándo importancia al cabreo de Marion.

—¡Fuera! —Dijo con firmeza.

—¡Vale, vale! ¡Está bien, no hace falta que te pongas así! ¡Oye, mira, siento lo que te ha pasado, pero no les hagas caso! Tú eres más inteligente que todo eso. —La miró con pena, en el fondo se sentía mal. —Ya me voy, te dejo tranquila y… ¡Lo siento!

Dedé comprendió su cabreo, así que se marchó, no quiso atosigarla más, Marion la miró mientras se iba. Resopló, esos ojos verdes melancólicos la habían ablandado.

—¡Espera…! —Llamó su atención para que volviera. Dedé se giró con estilo. —¡Está bien, ven, te ayudaré!

—¡Gracias, gracias! —Dijo emocionada. —No quería pasarme todo el día buscando por el campus un dichoso tablón de anuncios.

—Las listas de servicios voluntarios a la comunidad del campus están automatizados.

—¡¿Eh?!

—Que puedo acceder a ellos desde el ordenador. Aunque solo los profesores o los que pertenecen a diferentes instituciones, como yo, tienen acceso. —Le explicó. Dedé puso toda su atención. —Ven hacia este lado, te lo enseñaré, coge una silla.

—¡Gracias Marion!

—¡De gracias nada, me deberás una! —Las dos se miraron, Dedé le sonrió, Marion no. —Mira, normalmente te acercas a uno de los tablones, miras las listas de actividades disponibles y escoges una. Luego te presentas ante jefatura, solicitando dicho puesto, allí te valoran y si das el perfil te aceptan.

—¿Pero no eran voluntarias?

—Si y no. Los anuncios que publican en los tablones suelen ser de baja importancia. Recoger basura, limpiar pintadas, orientador para alumnos de primer año… Todas esas son voluntarias y en todas, a no ser que seas realmente un desastre, te suelen aceptar.

—¡¿Hay voluntarios para hacer eso?! —Dijo sorprendida, con desagrado.

—Si. —Contestó Marion entornando los ojos.

—¿Por qué?

—Por que si te interesas por estas actividades y las desempeñas bien, después podrás tener acceso a otras más influyentes, estas se reflejan en tu expediente y te suman puntos para las notas finales, además tienes más opciones a la hora de buscar empleo en una buena compañía en el futuro. Actividades como: redactora del periódico de la universidad, segundo entrenador del equipo, ayudante en jefatura…

—Bibliotecaria… —Dedé le guiñó el ojo.

—Sí, eso es.

—¡Eres una pillina! ¡Mírate, consiguiendo un puesto y saltándote las normas! ¿Cómo lo hiciste? —Preguntó con picardía.

—Recogiendo basura. —Simplificó Marion seca.

—¡Am… vale! —dijo abochornada.

—No todos somos como tú Danielle, algunos luchamos duro para conseguir lo que queremos. Empecé limpiando el campus, eso me llevó a la recogida de reciclaje, después me ofrecieron colocar libros en los estantes de la biblioteca. Cuando la anterior encargada de la biblioteca se licenció y se marchó, pensaron en mí para el puesto. Y aquí estoy.

Dedé bajó la cabeza, en aquel momento se sintió estúpida, muy por debajo de Marion. Creía saberlo todo sobre los “raritos” de la universidad, pero aquella chica le estaba sorprendiendo y con ello haciendo que se avergonzara de sí misma.

—Supongo que tú te saltarás todos esos pasos.

—Supones bien, recoger basura no es lo mío.

—Vale, entraremos en el servidor y veremos el listado de puestos disponibles. —Marion meneó sus veloces dedos en el teclado del ordenador. —Estos son los que están vacantes ahora.

Dedé se acercó a la pantalla y comenzó a leer.

—Este no, este no, ¿coordinadora de pasillos?

—Sí, te dan un silbato para controlar a los estudiantes, pero nadie solicita nunca este puesto.

—¡No me extraña! Es como ponerse una diana de pringado en la espalda. — ¿Y este?

—Ayudante de profesorado… —Leyó Marion en voz alta. —Este es algo así como ser la secretaria de un profesor.

—¿Y qué tienes que hacer? —Pregunto interesada.

—Pues me imagino que, llevar su agenda cuando da conferencias, ayudar en la corrección de trabajos y tesis, programar reuniones con el alumnado. Cuando un profesor tiene excesivo trabajo, solicita a un ayudante en jefatura.

—¡Parece un buen chollo! —Exclamó emocionada.

—No creo que este “chollo” sea para ti, conlleva mucha responsabilidad y mucho trabajo.

—Dale, quiero ver qué profesores necesitan ayudantes.

—La profesora Miller, el profesor Steven, la doctora Wilson, el profesor J. Harris…

—¡¿J. Harris? —Dedé detuvo a Marion. —¡Ese es mi profesor de método!

Una estratégica idea se le vino a la mente. El profesor Harris le había castigado, el profesor Harris buscaba un ayudante. Nadie en su sano juicio querría trabajar para un profesor tan maniático, por no hablar de la ausencia de liderazgo en su personalidad y la falta de influencia entre catedráticos y doctores. Dedé sabía que los “lameculos” de los alumnos que buscaban unas buenas calificaciones y recomendaciones, no se juntarían a Harris, no era que digamos un profesor con glamour. A ella no le importaba en absoluto conseguir un puesto en una gran empresa, lo que ella quería era echarle mano a ese antiguo ejemplar, el que encontró en su despacho cuando tiró la caótica torre de libros.

—Pues lleva unos cuatro meses buscando ayudante. Danielle, no creo que sea buena idea, nadie quiere trabajar con él. El año pasado diez estudiantes respondieron a su solicitud y duraron menos de una semana. Creo que ese tipo no es fácil de llevar.

—¿No decías que yo escogía la vía fácil? ¡Apúntame! —Contestó decidida.

—¡Estás zumbada! Cómo quieras, yo te he avisado.

—¿Ahora qué? —Preguntó impaciente.

—El profesor Harris recibirá tu solicitud y responderá con un rechazado o un aprobado. Te llamarán de jefatura con el resultado y si es un sí, tendrás que presentarte en el despacho del profesor ese mismo día.

—¡Perfecto! ¡Gracias, Marion! —Dedé, impulsiva, besó la frente de su nueva “amiga”. Marion se echó hacia atrás demostrando rechazo.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marion señalando el libro de Elisa.

—Mi amiga se dejó sus apuntes en la mesa y se los he recogido para llevárselos.

Marion entrecerró los ojos para fijarse un poco más en la cubierta antigua del libro. Se quedó mirándolo, raramente hechizada, durante unos instantes.

—¡¿Qué es lo que miras tan interesada?!

—Ese libro…

—¡Perdona, no sabía que Elisa tuviera que devolver el libro a la biblioteca! Si quieres te lo dejo aquí. —Se disculpó ella.

—¡No! ¿Qué? No es eso. Ese libro ni si quiera es de aquí. ¿Puedo verlo? —Estiró la mano para recibirlo.

—Si, claro. —Dedé lo cogió y se lo dio.

—¡Este libro no es de aquí! —Marion lo tocaba y acariciaba con adoración en sus pupilas y puro amor en las manos. Estaba totalmente embelesada, rozando cada esquina y grabado de aquellas tapas. A Dedé le resultó extraño su comportamiento.

—Ya…, eso ya lo has dicho… ¡¿por qué eres tan “rarita”?! —La miraba pasmada. La forma que tenía de palpar aquel viejo ejemplar parecía casi sexual.

—¡No, no lo entiendes…! ¡Te digo que no es de aquí! ¡No es de este mundo!

—¡¿Qué?!

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

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CAPITULO UNO

¡NO TIENE GRACIA!


—¡Vamos chicos, no os quedéis atrás! — Animaba la instructora. — Queda mucho por ver y sólo tenemos dos horas… — Se apartó hacia el borde del camino, contando mentalmente la fila de alumnos universitarios, asegurándose de que no le faltaba nadie. — ¡James apaga ese cigarrillo! ¡Por dios Calvin, deja ya de comer, te va a dar un infarto!

—- Disculpe Miss Rose, pero discrepo… El intelecto del metabolismo humano es muy dispar entre diferentes sujetos. El desarrollo de mi ingestión y absorción de nutrientes es verdaderamente heteróclita. ¡No lo digo yo! En 1935, fue descubierto por Hans Adolf Krebs que los alimentos previamente ingeridos… — Calvin se expresaba petulante, demostrando la mayor y única de sus cualidades, el no tener vida social y haberle dedicado todo su tiempo libre a absorber libros.

La instructora Miss Rose, entornaba los ojos al mismo tiempo que soltaba un pesado resoplido.

— ¡Vale, vale, nadie quiere oír ahora tus estupendos conocimientos, Calvin! — Apoyó con desgana y levemente su mano en el hombro de Calvin, indicándole que continuara el camino. — ¡Malditos adolescentes sabelotodo! — Dijo ella para sí misma exasperada.

Los estudiantes caminaban en fila y por parejas sobre un sendero rocoso, entre la espesura de árboles comunes y pinares. La falta de disciplina y el bullicio adolescente, hacían que Miss Rose se estresara aún más. No era para menos, los exámenes finales habían terminado, el verano estaba a la vuelta de la esquina y habían conseguido engañar a dos profesores para una excursión cultural a Grecia, en concreto a la histórica y paradisíaca isla de Rodas. Para ellos el significado de “excursión cultural” era lo de menos, los subtítulos, sin duda, eran el desenfreno y la poca supervisión. 

— ¡¿Con quién te mandas tantos mensajitos?! — Preguntó Elmer burlón.

— Conseguí el teléfono de Amber. — Respondió Mike con chulería.

— ¡No jodas! ¡¿En serio?! — Reaccionó Elmer sorprendido. — ¡¿El de la monjita!?

— No es tan monjita… — Anotó Mike con pillería.

— ¡Esa tía está cañón!

— ¡¡Shhh!! — Mike, entre risitas, le hizo un gesto a su compañero para que bajara la voz. — ¡Calla, te va a oír!

Ambos miraron de reojo hacia el final de la fila. Una joven, de cabellos rubios y de ojos castaños, conversaba con su compañera también entre cómplices y tímidas risas. Amber, respondió con una introvertida sonrisa a Mike, al ver que la observaba.

— ¡¿Vas a tirártela?! — Preguntó Elmer impaciente.

— ¡Esa pregunta ofende! — Contestó muy seguro de sí mismo, dando a entender que la respuesta era más que evidente.

— ¡Vale, hemos llegado! — Varias voces de vitoreo masculina hicieron que la instructora se tapara los oídos. — ¡Si, si, ya lo sé, el camino ha sido muy largo y sois unos machotes! — Miss Rose alzó las manos para detener a todo el grupo. Se posicionó frente a ellos y comenzó la explicación. — ¡Estas son las reglas, no se puede tocar nada, tirar nada, no se pude fumar, ni beber, ni comer… — Dirigió su mirada fulminante hacia Calvin. — ¡Calvin… guarda esa chocolatina! Estas son ruinas muy importantes, así que, por favor, os pido que os comportéis de manera ordenada y no como animales salidos y hormonados.

La instructora Miss Rose, era profesora en la Universidad de Northern, en Arizona. Su apariencia era desanimada, estaba siempre enfadada o taciturna, tenía cierto aire masculino en su andar y en su forma de hablar, se expresaba con un vocabulario algo vulgar, no le importaba demasiado la opinión de los demás. Las horas lectivas ,se las pasaba la mitad mal-jurando y la otra mitad enseñando con muy poca gracia. Le gustaba mascar chicle, decía que le ayudaba a liberar estrés, cuando mascaba con fuerza, cual trituradora, era evidente que algún alumno le había sacado de sus casillas. Odiaba a los jóvenes, aunque tampoco se llevaba demasiado bien con los adultos, al menos no con sus compañeros de trabajo.

Ella había estudiado historia de la arquitectura, estaba fascinada por las construcciones antiguas, egipcias, romanas y sobretodo griegas. Con los años acabó instruyendo nuevas mentes y con ello, toda su ilusión y fascinación por la historia, se desvaneció. Como ella decía: “— ¡Los jóvenes me absorben toda mi puta energía vital!”— Le echaba la culpa a sus alumnos, pero seguramente fuera porque prefirió un sueldo fijo en una Universidad, que la oportunidad de hacer nuevos descubrimientos arqueológicos, pensar en su pasado y en sus malas decisiones, creaban una frustración continua en ella cada día. En Northern. pocos compañeros de trabajo la soportaban, pero el decano la quería en su plantilla, era la mejor en su campo, lo sabía todo en estos temas, no podía prescindir de alguien como Miss Rose.

— Como podéis ver, detrás de mí hay un túnel muy estrecho y oscuro. ¡Repito, estrecho y oscuro! — Aclaró. — Un dato para las “princesitas”, es un recorrido de entre 5 y 6 minutos, ¡no os vais a morir por atraversarlo! — Dijo sarcástica. — El túnel tiene cierta cantidad de agua, nos cubrirá hasta los tobillos, tendremos que sacarnos las botas y remangarnos las pantorrillas. Sólo podremos ir en fila de a uno, nos agarraremos a la mochila del de delante para no perdernos. Dentro hay varias curvas impredecibles y al estar oscuro, puede ser un poco angosto… ¡Cómo algún “graciosillo” la líe ahí dentro, me lo cargo y lo tiro al río! ¡¿Entendido?!— Sacó su linterna de uno de sus bolsillos laterales del pantalón. — ¡Bien, sacad vuestras linternas del kit de supervivencia y seguidme! — Con un gesto de líder, animó a los alumnos a adentrarse en el túnel. — Aquí comienza el sendero de Los siete manantiales. El túnel fue construido por los italianos en 1931, con la intención de reconducir las aguas de los manantiales al lago. Al otro lado nos espera el guía de esta zona, sed respetuosos con él y escuchad todo lo que os diga. ¡Puede que hoy aprendáis algo…! — Miss Rose iba explicando y sermoneando mientras se adentraba en el túnel seguida por sus alumnos.

— ¿Sigues escribiéndote con él? — Preguntó Sally a Amber con algo de resquemor.

— ¡Si! — dijo ella ruborizada. — ¡Es increíble que se haya fijado en mí! — Estaba emocionada.

— ¡Ya , claro…! — Sally en verdad discrepaba. Echó un vistazo rápido al cuerpo de su amiga Amber y con un poco de envidia y asco, miró hacia otro lado.

Amber era una chica de esas “monas” sin saber que son “monas”. Estaba en su primer año de Universidad, por lo que todavía no había tenido tiempo a aprender los estatus universitarios y sus enredos. Provenía de una zona católica y pacífica, donde lo más escandaloso era el mechón morado que se había puesto la vecina en la peluquería. En apariencia, era más que mona, con su pelo rubio natural, sus ojazos marrones y sus interminables piernas, el pack lo completaba la cantidad exagerada de inocencia que desprendía, era la perfecta diana para jóvenes inmaduros recién desvirgados.

— ¡Venga, deja ya el móvil que somos las últimas! ¡Nos quedaremos atrás Amber! — Sally apuraba a su compañera, no le gustaba la oscuridad de ese sitio, miró hacia atrás temerosa, vigilando su espalda.

Sólo se veía el camino empedrado por el que habían entrado y la escasa luz que entraba hasta ellas. De pronto, una rápida sombra cruzó el túnel, seguido de unas respiraciones siniestras y profundas. Sally se sobresaltó, agarrándose al brazo de Amber, la que seguía enganchada a su tórrida conversación con Mike.

— ¡¿Has oído eso?! – Preguntó ella, sin perder de vista la retaguardia.

— ¡¿El qué?! — Contestó Amber, sin despegar los ojos del teléfono.

Sally seguía sujetándose al brazo de la dulce Amber, la cual se había contagiado con el miedo de su amiga, se quedaron paralizadas, observando en la oscuridad con las linternas de sus teléfonos móviles. Sally se fijó en que sus compañeros habían doblado ya la primera curva y los habían perdido de vista.

— ¡¡Ey, esperad!! — Gritó sin obtener respuesta. — ¡¡No os vayáis!!

— Será mejor que continuemos caminando. — Propuso Amber temerosa. 

Continuaron  despacio, intentando no hacer mucho ruido con los pies sumergidos en el agua.  Sally iba delante de Amber, extendiendo su brazo hacia atrás para que su compañera la siguiese. La respiración siniestra y profunda, volvió a escandalizar a las dos jóvenes, ambas se detuvieron de nuevo.

— ¿¡Y ahora, lo has oído?! — Preguntó Sally buscando una confirmación.

— ¡Si…! — Contestó susurrante con los ojos como platos.

— ¡Mierda tía, no quiero morir en un húmedo y asqueroso túnel!

— Puede que sea el eco Sally, yo no veo a nadie. — Dijo Amber resuelta.

— ¡¿Qué se supone qué vas a ver, si está todo a oscuras?! — Contestó irritada.

— ¡Sally…! — Una voz masculina, perversa y algo seductora susurró entre las paredes de aquel oscuro corredor.

— ¡Ahhh! — Ambas gritaron a la vez y echaron a correr todo lo rápido que el agua les permitía.

— ¡Vamos Amber, no te quedes atrás! — Sally giró la cabeza, sin dejar de correr, para ver a su compañera, pero allí no había nadie, Amber había desaparecido. — ¡¿Amber?! ¡¿Amber dónde estás!? ¡Joder, Amber no pienso ir a buscarte! ¡¿Me oyes?! ¡Voy a salir por patas si no contestas ahora mismo! — Esperaba, inmóvil, una respuesta de su amiga en la oscuridad. De pronto, notó que alguien la sujetaba por los tobillos, estaba atrapada, no conseguía moverse. — ¡Pero que cojo…!

— ¡¡Buh!! — Mike apareció justo delante de ella con la linterna en su cara, a Sally se le paró el corazón del susto.

— ¡Serás imbécil! — Golpeó a Mike en el hombro algo cabreada. Amber estaba con él, los dos reían burlándose de ella. — ¡Estáis locos, casi me cago del susto!

— ¡Eres una miedosa! ¿Creías que era un monstruo? — Dijo Mike bromeando.

— ¡Ja, ja, muy graciosos! Y a ti ya te vale tía. — Le recriminó a Amber. — ¿Cuál de los dos ha tenido la genial idea de agarrarme por los tobillos?

— ¡No te hemos agarrado por los tobillos! ¡¿Qué pasa Sally, te has metido algo para una mayor experiencia cultural?! — Contestó Mike, Amber y él se rieron.

— ¡¿Qué?! ¡No! — Dijo Sally confusa.

— Oye, necesito un favor… ¿Puedes cubrir a Amber de la loca de Rose? — Le rogó Mike.

— ¿Cubrirla?

— Si, nos vamos a “explorar”, ya me entiendes. A mi me cubre Elmer, ¿puedes cubrir tú a Amber? — Preguntó él.

— ¡¿Qué?! ¡No! ¡No voy a meterme en líos porque estéis salidos!

— ¡Venga, porfa Sally! — Le suplico Amber. — No vamos a hacer nada malo. — Amber sujetó a su amiga por el brazo y la alejó unos metros de Mike para hablar en intimidad. — ¡Por favor, me gusta mucho! Además, con el rollo de las cabañas separadas no podremos estar juntos ni un rato. ¡Hazlo por mi! — En voz bajita, Amber rogó a su amiga juntando las manos a modo de rezo. — Te prometo que no va a pasar nada, te deberé un favor.

— ¡Un gran favor! — Señaló Sally apuntándola con el dedo. Miró los ojitos enamorados de su amiga y se ablandó. — ¡Vaaaale… está bien! ¡Pero sólo una hora!

— ¡¡Si!! ¡Gracias, gracias! Te prometo que en una hora estamos de vuelta.

— ¡Venga largaos! — Sally empujó a su amiga con cariño. — ¡Eh, tú…! — Señaló a Mike. — ¡Como te pases de la raya te cortaré esas dos canicas a las que tu llamas huevos! ¿Entendido?

Mike hizo un saludo militar muy firme, posó su brazo por encima del hombro de Amber y ambos se marcharon. Sally miró hacia el suelo, alumbrando el agua con su móvil, ella estaba segura de que algo la había atrapado ahí abajo. Continuó caminando hasta reunirse con el grupo. sin darle más importancia.

Mike y Amber salieron del túnel emocionados, con muchas ganas de desaparecer y estar a solas por fin. Subieron por unas escaleras de piedra que estaban a la derecha de aquel pasaje. 

— ¿A dónde vamos? — Preguntó Amber animada.

— Tú sígueme. — Mike se paró un instante, la miró y la besó despacio. — Créeme, te va a encantar. — Ambos continuaron caminando entre el espeso follaje de los árboles.

La cabeza de Amber daba mil vueltas, ese beso la había dejado alucinada, se sentía como si flotara entre las nubes. Mike, experto y sabio seductor, sabía perfectamente cómo hacer que una inocente y poco experimentada chica, cayera entre sus brazos. Con un poco de atención durante los mensajes, una pizca de pillería, con la broma en el túnel, mínima valentía arriesgándose a que le pillaran sólo por estar con ella, unas cucharadas bien gordas de romanticismo, utilizando ese beso y la forma de sujetarla de la muñeca con tanta dulzura, con todo eso…, estaba completamente seguro de que Amber acabaría ese día haciendo todo lo que él quisiese. 

Tras un rato caminando, Mike apartó algunas ramas y matojos para pasar entre ellos, ¡cómo no…! Ofreció su mano a Amber y la sujetó por la cintura para hacerla pasar al otro lado. Para culminar su cortejo, a Amber se le quedaron los ojos como bandejas, al ver el espectacular oasis al que la había llevado. Un precioso lago de agua verde cristalina, de la más pura agua, que caía en cascada por un acantilado rocoso, rodeado de multitud de ostentosas flores que maquillaban el paisaje con mil colores. 

— ¡Oh dios mío! — Exclamó Amber. — ¡Mike esto es precioso!

— ¿Te gusta?

— ¡¿Que si me gusta?! ¡¡Esto es un paraíso!! — Amber se adelantó para observar de nuevo todo lo que la rodeaba. — ¿Cómo has encontrado este sitio?

— Ayer, Elmer, los chicos y yo, nos escapamos por la noche para investigar por el bosque.

— ¿Investigar? — Preguntó Amber poco convencida.

— Bueno… nos fuimos a beber unas cervezas, la pesada de Rose no permite nada de alcohol durante la excursión, así que nos fuimos a escondidas, buscamos un buen sitio y encontramos esto. — Amber desaprobaba ese tipo de travesuras, Mike se dio cuenta y se acercó a ella despacio, posando sus manos en su cintura. — Quise traerte aquí en cuanto lo vi. — Amber sonrió de nuevo y agachó su mirada con timidez. Mike sujetando su barbilla, continuó con el discurso de cortejo. — Le dije a Elmer que este era el lugar perfecto para traer a mi chica.

— ¡¿Tu chica?! — Se sorprendió ella intentando ocultar su emoción.

— ¿Quieres ser mi chica, Amber? — Mike la besó tranquilo.

— Si… — Contestó ella.

Se besaron apasionadamente durante unos instantes, después, Mike se quitó la camiseta frente a ella.

— ¡Espera Mike! — Amber le puso el freno. — No puedo hacer esto, es demasiado rápido.

— ¿El qué? ¿Darte un baño? — Mike continuó desnudándose hasta quedarse en ropa interior. — ¡Vamos! ¡Seguro que está buenísima! ¿No quieres probarla? 

Amber sonrió, ladeó la cabeza mirando a Mike de arriba abajo, no podía creer que ese era su novio. Atlético, varonil, guapo a rabiar, sin duda Amber estaba ilusionada con todo lo que le estaba pasando. Un sueño para ella.

— ¡Estás loco! — Contestó riendo.

— ¡Venga, te vas a perder lo mejor de esta excursión! — Mike se adelantó y se metió en el agua, se sumergió, buceó unos metros y volvió a la superficie. — ¡Está buenísima!

Ella se decidió al final, no quería que la tachara de aburrida, además, era su chico, no iba a hacerle nada malo, se suponía que él la protegería… Se quitó la ropa con poca gracia y mucha vergüenza, Mike la miraba desde el agua, relamiéndose al ver su cuerpo casi desnudo. Amber metió sus pequeños pies descalzos en el lago templado de aquel edén, avanzó hacia él y se sumergió hasta estar juntos. Se abrazaron mojados, húmedos, excitados, él más que ella. 

— Eres preciosa. — Dijo el encandilador. Ella sólo pudo ruborizarse.

Volvieron a los besos y a las caricias bajo el agua. Amber comenzaba a sentirse algo incómoda, Mike la acariciaba por zonas bastante íntimas.

— ¡Mike, te he dicho que eso no va a pasar! — Le frenó de forma educada.

— Lo sé, sólo estamos divirtiéndonos, no pasa nada. — La besó de nuevo y sin hacer caso a sus peticiones, volvió a sobrepasarse.

— ¡Mike, he dicho que no! — Amber lo apartó cabreada.

— ¡¿En serio?! — Dijo él sorprendido y chulesco. — ¡¿Vas a desaprovechar este momento?! 

— ¡Podemos ir más despacio! — le reclamó ella.

— ¡¿Despacio?! ¿Cómo que despacio? ¡Me has estado calentando todo este tiempo con los putos mensajitos y ahora…! ¿Quieres ir despacio? — Mike estaba algo agresivo.

— ¡Eres un capullo! — Amber se alejó hacia la orilla.

— ¿A dónde vas? — Le gritó Mike.

— ¡Que te den Mike! — Amber salió del agua y cogió su ropa, tapándose rápidamente.

— ¡Vale, venga, vete! ¡Eres una niñata de mierda, ningún tío querrá estar contigo si te portas así! ¡Madura Amber!

Tras esas palabras tan insultantes de su nuevo “ex-chico”, Amber vio la ropa de Mike tirada entre las rocas, decidió vengarse y la cogió para dejar que, aquel baboso imbécil, hiciera el ridículo yendo desnudo por toda la isla.

— ¡¿Qué coño haces Amber?! ¡Deja mi ropa donde estaba! — Mike estaba muy cabreado.

— ¡Así verá todo el mundo lo capullo que eres!

— ¡Vamos nena, era una broma, no me hagas esto! ¡Venga, ven, lo solucionaremos! — Suplicó él.

Amber intentó ignorarle dándole la espalda, mientras se secaba y se vestía, 

Algo se movió bajo los pies flotantes de Mike, él lo sintió, miró hacia el fondo, pero no vio nada, el agua se había vuelto espesa y turbia a su alrededor. Pensó que quizás había sido algún tipo de pez de río. De nuevo, le volvió a rozar… Mike sintió un escalofrío por todo su cuerpo, aunque no tenía porque asustarse, pensó que los peces no eran carnívoros, estaba a salvo… Aunque el siguiente roce, no fue con la misma cortesía, algo pasó junto a él, otra vez, y le cortó en el tobillo. 

— ¡¡Ahhh!! — Mike gritó de dolor mientras intentaba alcanzar su pie bajo el agua, la sangre se expandió por el lago de forma rápida. — ¡Amber algo me ha mordido!

Ella continuó ignorándolo, no se creyó su lamento infantil.

Mike avanzó un poco hacia la orilla para salir  pero, otro latigazo bajo el agua le hizo un corte en una de las piernas, volvió a gritar y se retorció.

— ¡¡¡Ahhh!!! ¡Amber por favor estoy sangrando!

— ¡Pues sal del agua, yo no pienso meterme a por ti! — Amber cogió su teléfono móvil para ver si Sally la había escrito, le importaban muy poco los caprichos de Mike.

Mike, malherido, intentó avanzar de nuevo hacia la orilla pero, no pudo. Sus pies estaban incrustados en el fondo, como si la arena los absorbiera hacia abajo, sentía presión en las piernas, lo intentó con fuerza, no fue capaz.

— ¡¿Pero que coño…?! — Se asustó al ver que sus pies estaban atrapados, estaba herido y confuso. — ¡Amber, ayúdame, no puedo salir!

— ¡Deja de hacer el imbécil, esta vez no voy a picar!

— ¡No es una bro… ! — No pudo terminar la frase cuando algo o alguien tiró de su cuerpo hacia abajo, hundiéndolo por completo de una forma brusca. Mike estaba bajo el lago, las aguas se movían con fuerza debido a su lucha para poder salir a la superficie, pero no conseguía asomar la cabeza para respirar, se estaba quedando sin aire, le dolían las piernas por las heridas y la sangre se entremezclaba con la espuma del agua agitada.

— ¡Vale Mike, deja de hacer el ridículo! ¡Ya está bien! — Amber empezaba a ponerse nerviosa, creía que estaba jugando con ella, aunque dudaba de si era verdad o no.

De pronto, la lucha de Mike por salir, cesó, el lago volvió a su calma total y Mike desapareció por completo.

— ¡¿Mike?! — Amber lo llamó dudosa acercándose a la orilla. — ¡No tiene gracia! — Observó el lago con impaciencia, esperaba nerviosa a que él saliera de una vez por todas y asumiera la broma, pero no salía y el miedo comenzó a retumbar en su conciencia. — ¡¡¡Mike!!! ¡¡¡Mike!!! — Lo llamó una y otra vez sin respuesta, cuando, de repente, él volvió a resurgir a la superficie.

Salió del fondo con ímpetu, seguía luchando por su vida. Amber se quedó petrificada al ver parte del rostro de Mike desgarrado, la piel se le caía a tiras y la sangre brotaba sin cesar. El lado derecho de su cuerpo musculoso estaba despedazado, podían verse parte de sus costillas asomando hacia el exterior. Amber abrió sus ojos de par en par, el terror se apoderó de ella. Veía cómo Mike seguía esforzándose, retorciéndose y gritando de dolor, un dolor inimaginable. Era como si algo lo tuviera sujeto, pero ella no podía ver nada, no había nada en el agua a parte de él. Entonces decidió ayudarle, soltó las ropas y el móvil y se acercó más a la orilla para meterse dentro y socorrerlo.

Algo sucedió, cuando Amber puso sus pies en el agua tintada por la sangre. El ser, la bestia, el animal, que era imperceptible a su vista, cesó… Soltó a su presa por unos instantes. Ella creyó que eso era bueno, que podría salvarlo, pero no era del todo así. Mike, entre dolor, sollozos y llantos, la miró.

— ¡No Amber, no lo hagas! — Alargó su brazo arañado y medio roto, en señal de freno para que no siguiera adelante. — ¡Vete, por favor, no quiero que te haga daño!

— ¡¡Mike tengo que ayudarte!! — Las lágrimas recorrían el rostro de ambos.

— ¡¡No, Amber, no puedes!! — Advirtió casi sin voz.

— ¡Dime qué te está haciendo esto! ¡Mike, no puedo verlo! — dijo asustada. — Creo que se ha ido, entraré a por ti.

— ¡¡No!! ¡No dejaré que te coja! — Los ojos de Mike estaban casi sin vida, pero todavía la miraba con cariño. — ¡Tienes que irte Amber! —Imploró.

—¡Entraré a por ti y los dos saldremos de aquí juntos! —Exclamó Amber con cierto enfado y decisión.

—¡¿No lo ves?! ¡Yo ya estoy muerto Amber! —Dijo Mike con lágrimas en los ojos. —Perdóname… —y sin más, Mike se sumergió en el agua para desaparecer. El ser lo atrapó de nuevo para arrastrarlo hasta el fondo del lago, Mike dejó de sufrir.

—¡¡No!! —Gritó ella.

Amber corrió, corrió todo lo que pudo entre los árboles, sin rumbo, sin un claro destino, estaba perdida, sólo podía oír los gritos de Mike en su cabeza, la visión de su perfecto y joven cuerpo desmembrado en pedazos, las lágrimas que recorrieron su cara antes de morir, los besos dulces y tiernos que le había regalado. Todo aquello inundaba su razón y no conseguía aclararse, estaba desorientada y en shock. Se tapó los oídos con las manos, apretando fuerte, muy fuerte, para sacar todo aquello de su mente. Cayó de rodillas entre la arboleda y allí, con un gritó ensordecedor, se desplomó.

¡Nos vemos en el capítulo dos!

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