CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR


Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían unos pequeños santos como símbolo de protección y bienvenida.

Los dos estaban completamente mojados, la tormenta continuaba con su insistente lucha, necesitaba atraparlos como fuese. Heracles golpeó la puerta tres veces, pero nadie contestó. Ambos miraban hacia el exterior del porche, los rayos caían con más intensidad en las escaleras. Heracles golpeó de nuevo y de nuevo sin contestación.

—¡Abran, por favor! —Gritó Harris impaciente.

—¡Shhh! —Le señaló el semidiós. —No debemos irrumpir en su tranquilidad.

—¡¿Tranquilidad?! ¡Acaso no se dan cuenta de la tormenta que hay aquí fuera! —Contestó el profesor algo molesto.

—Esto es un santuario, lo que significa que está en suelo sagrado. ¡Usted no lo entiende! Tras esta puerta, ellos viven una realidad totalmente distinta.

—¡¿Y qué vamos a hacer, quedarnos aquí plantados mientras el malhumorado de tu padre quiere matarnos?!

—Tenga paciencia, profesor. Ellos deben sentir nuestra presencia, si no nos calmamos, no nos abrirán. Debemos estar en la misma sintonía. —Dijo Heracles intentando tranquilizar a Harris. Se colocó frente a él, cogió sus manos y juntó sus palmas. —Respire, relájese. Olvídese de la tormenta, piense en este lugar como lo que es, un paraíso. La tormenta no es real, no en su mente. Cierre los ojos y respire profundamente.

Harris hizo caso a las indicaciones del semidiós, aunque le costaba olvidarse de aquellos estruendosos sonidos que estaban haciendo añicos las escaleras del porche. Cerró sus ojos y respiró hondo.

—Dígame, ¿qué es lo que oye? —Preguntó Heracles.

—Nada, no oigo nada. —Contestó él encogiendo los hombros.

—Exacto, nada.

El profesor no se dio cuenta, pero el escándalo de la tormenta había cesado.

—¿Eso qué significa? —Preguntó aún con los ojos cerrados.

—Siga escuchando. —Le indicó Heracles.

—¡Oigo pájaros! ¡¡Están cantando!! —Harris abrió sus ojos y lo que antes era un jardín oscurecido por la tempestad, con sus adornos y plantas destrozadas, se convirtió en un bello lugar, lleno de arbustos floridos con mariposas y abejas revoloteando. El sol volvía a brillar e iluminaba aquel pequeño paraíso de árboles frutales y aves multicolor.

No hacía calor, ya no se derretían bajo los treinta grados, ni estaban mojados. El profesor se tocó el cuerpo y el pelo asombrado. Todavía era escéptico ante aquello.

—¡Estoy seco! ¡Estamos secos! —Dijo sorprendido. —¡Ya no hay relámpagos ni lluvia! —Se asomó hacia el límite del porche para apreciar aquel prodigioso jardín. —¡Esto es…! —Se había quedado sin palabras. Con la boca totalmente abierta y maravillado, dio otro paso más hacia las escaleras.

—Profesor… —Heracles lo llamó para que no se alejara.

Harris no atendió a su llamada y avanzó. Justo cuando pisó con su pie el primer escalón, cuando parte de su cuerpo dejó de estar bajo el porche… La tormenta volvió con la misma furia que antes.

—¡¡Profesor, no!! —Gritó Heracles estirando su brazo para tirar de él.

¡Demasiado tarde Heracles! A Harris le atravesó un rayo fulminante desde el pecho hasta los pies. Fue tan rápido que el semidiós no pudo hacer nada. Harris cayó como si le hubieran puesto plomo en las rodillas.

—¡¡¡Profesor!!! —Heracles fue hacia él tan rápido como pudo y antes de que el cuerpo, arrodillado, de Harris se desplomara del todo, lo sujetó por debajo de los brazos y lo arrastró hacia el porche. —¡¡¿Profesor, me oye?!! —Golpeaba su cara inconsciente para despertarlo. —¡¡No puede morir ahora, profesor, por favor!! ¡¡¡Despierte!!! —Le gritó.

Entonces, las puertas del monasterio se abrieron despacio, con su sonido chirriante por la madera envejecida. Tras ellas, una brillante luz se abría camino, iluminándolos a los dos. Heracles, agachado frente al cuerpo sin vida del profesor, miró hacia el interior. La luz se hizo cegadora, se tapó la cara con el brazo para evitarla y en segundos todos se volvió blanco, tan blanco como un destello celestial. Heracles y Harris desaparecieron del porche y las puertas se cerraron de golpe.


Vestida con un mono de trabajo gris, Dedé caminaba en fila india por un pasillo frío, lleno de barrotes laterales, lleno de celdas que guardaban a las peores asesinas del estado. La penitenciaría Coleman, era una de las cárceles de máxima seguridad, allí había pandilleras, asesinas, narcotraficantes, lo mejorcito de cada casa.

Con una sábana y una manta en las manos, Dedé hacía cola para que le asignaran una habitación de cinco estrellas en ese pedazo de hotel. Las vigilantes era bastante brutas, no tenían ningún reparo en dar empujones y en hablar mal a las presas. Viendo aquella actitud, Dedé se dio cuenta de que la estancia no iba a ser nada tranquila.

—¡Dumont! —La vigilante la agarró por el brazo y con un impulso la metió dentro de la siguiente celda. —Esta es la tuya.

Dedé la miró desafiante, cosa que no debió hacer si quería ganarse el corazón de su carcelera. Además, era una mujer enorme, fuerte y con cara de pocos amigos, tenía un carácter agrio, por lo que encontrar su corazón no iba a ser nada fácil. Llevaba un moño repeinado y tenía el pelo amarillo, de ese amarillo pollo que se te queda cuando te tiñes en casa tú misma. Por su mal genio y su pelo se podía saber que no tenía tiempo ni de ir a la peluquería, seguramente por la cantidad de horas extras que echaba en aquel trabajo, lo que derivaba a su agresividad.

—¡¿Tienes algún problema, presa?! —Le dijo la mujer respondiendo al desafio.

—No. —Contestó Dedé seca.

—Bien, por que no querrás buscarte problemas el primer día.

—Ya tengo problemas. —Le dijo ella. La vigilante se echó a reír.

—¿Que ya tienes problemas? Querida, no sabes la que se te viene encima. Aquí vas a ser un caramelito. —Avisó burlona. —Estas son las normas: nada de aparatos electrónicos, nada de armas artesanales y por supuesto, nada de teléfonos móviles. —Dedé hizo un gesto encogiendo sus hombros y elevando las manos, dando a entender de que ella no podría conseguir nada de eso. —¡Te sorprenderá lo fácil que es conseguir,aquí, todas esas cosas! —Le dijo ella.

—¡Carly, despierta, tienes compañía! —La vigilante se acercó a la litera de arriba y dio unos golpes con la mano en la estructura de metal. La chica que ocupaba la cama superior, estaba de espaldas, arrinconada contra la pared. No se movió. —Es algo tímida. —Le explicó a Dedé.

Dedé vió la chapa identificadora que llevaba la vigilante.

—Wilson, ¿cuándo podré hacer una llamada? —Le preguntó.

—¡Oye, niña, para ti soy Sire! Aquí las presas nos llaman así, es una muestro de respeto y miedo. —Se acercó a Dedé con aires de superioridad. —Espero que te acostumbres rápido o acabarás más muerta que la cucarachas de la cocina. —La miró de arriba a abajo con desprecio y se marchó cerrando la “jaula”.

Dedé miró hacia la litera de arriba, pero aquella chica, llamada Carly, no se movió ni un poco. Dejó la sábana y la manta encima de la cama y se sentó. Observó aquel minúsculo cuarto de paredes enladrilladas y blancas, con algunas zonas donde la pintura estaba descascarillada. Solo un retrete, a la vista de todas, solo un escritorio enano y dos taquillas algo oxidadas. Cerró los ojos y respiró hondo, dos lágrimas descendieron por su cara en absoluto silencio.

—La primera noche siempre se llora. Pareces fuerte, te acostumbrarás. —De pronto, la chica de la cama superior, habló y con un impulso, saltó hacia abajo. —Soy Carly. —Le tendió la mano como saludo.

—Yo soy Danielle, pero todos me llaman Dedé. —Ella respondió al saludo.

—Te llamaré Dumont. —Dijo Carly. —¿Cuánto te ha caído?

—Quince años.

—¡Vaya! ¡¿Qué has hecho?! —Preguntó sorprendida. —¡¿Has matado a alguien o qué?! —Dijo riendo.

—Sí, exacto. —Contestó seca. Carly se quedó cortada.

—¡Oh, joder! —Dijo impresionada. —¿A tu novio o algo así?

—No. A mi mejor amiga.

—¡Uf! —Carly estaba algo preocupada por su vida.

—¡Tranquila, soy bastante pacífica! —Dedé no quería que su nueva compañera tuviera miedo de ella.

—Ya, bueno… Tener una mala reputación, aquí, es lo que te permite vivir, así que mientras a mí no me hagas daño, ¡qué más da que crean que eres agresiva! Es lo único que tienes ahora mismo a tu favor. ¡Créeme!

—¿Y tú por qué estás aquí? —Preguntó Dedé.

—Nada importante.

—¿No me lo vas a contar? Yo te lo he contado.

—Robo a mano armada. —Bajó la cabeza con vergüenza.

—¿Y qué robaste? —Preguntó Dedé curiosa.

—Un bolso de Prada. —Dijo ella.

Dedé la miró y no pudo evitar reírse a carcajadas. Carly se animó un poco más y ya no sintió vergüenza. Ambas reían juntas.

—Vamos a llevarnos bien. —Dijo Dedé entre risas.

—Sí, eso creo. —Contestó Carly.



CAPITULO DIECINUEVE

TORMENTA MORADA


El profesor Harris dormía plácidamente en aquella cama gemela de sábanas blancas, era algo estrecha y sus tobillos reposaban en la madera de los pies de la cama. Tanto susto y tanta revelación divina, le habían pasado factura. Las puertas de la pequeña terraza estaban abiertas y las cortinas hacían su baile con la brisa del amanecer. Se reventó su burbuja de sueño al sentir una pequeña ola de agua fría cayendo en su cara.

—¡Arriba profesor! —Exclamó Heracles.

—¡¡Pero qué…!! —Protestó Harris, incorporándose apurado y mojado. —¡¿Se puede saber qué te pasa?! —Exclamó enfadado, quitándose el agua de la cara.

—He visto que algunos humanos lo hacen. Me pareció divertido. —Se rió Heracles.

—¡Sí, los adolescentes, no los adultos! —Harris se levantó de la cama y se sacudió la camisa rayada de su pijama. Heracles continuaba riendo. —¡No tiene nada de gracioso!

—¡Vamos, profesor, tenemos mucho camino por delante! —Dijo emocionado.

Harris miró hacia la terraza. Todavía no asomaba la luz de la mañana, el cielo estaba entre azul grisáceo y rosa.

—¡¿Pero qué hora es?! —Preguntó extrañado.

—¡Hora de marchar! —Heracles hizo un gesto, animoso, con el brazo.

El profesor miró su reloj, marcaban las cinco y media de la mañana. Al ver cómo las agujas anunciaban aquella temprana hora, resopló con fastidio y se rascó los ojos para despejarse. Le impresionó la cantidad de energía que desprendía el héroe.

—¿Listo? —Preguntó Heracles.

—Tengo que cambiarme, ¡no voy a ir en pijama! Ya que tengo que ir descalzo, al menos quiero ir vestido. —Dijo gruñón.

—Entonces, dejaré que se acicale, profesor. Iré a por víveres para usted y le esperaré abajo. —Salió de la habitación meneando sus caderas a modo de baile, se le notaba contento. Harris sacudió la cabeza, desaprobando sus maneras de caminar.


Cuando Harris bajó para encontrarse con Heracles, cruzó el recibidor del Hotel. Aquella pequeña mujer griega, de la recepción, se encontraba regando algunas plantas que decoraban la estancia. Se detuvo frente a ella y sacó un libro de bolsillo que había comprado el día anterior en una tienda de souvenirs. Buscó entre sus páginas y entonces le dijo:

—¡Kaliméra! —Saludó.

La señora respondió sonriendo y afirmando con la cabeza. Harris no quería resignarse a no entenderla, no quería sentirse un inculto en aquellas tierras. Además, veía en aquella mujer algo extraño, como si supiera todo lo que estaba pasando. Ella se acercó a él, despacio, con la regadera en la mano y apoyó el pulgar en su frente. Harris retrocedió unos milímetros dudoso, pero su halo era bondadoso y se dejó hacer. Entonces pronunció en su frente:

¡Sofía! —Puso dos dedos en su pecho, encima de su corazón y dijo: —¡Thárros! —Seguidamente, posó la palma de su mano en su estómago y dijo: —¡Dýnami! —Y dibujando un círculo, frente a él, con su brazo extendido, pronunció una última frase. —-¡Eíthe na eíste evlogiménoi me to thárros ton theón!

Harris se quedó muy quieto, sin comprender ni una palabra de lo que decía, sin entender aquellos movimientos tan extravagantes. Ella lo miró, de nuevo sonrió y lo reverenció con la cabeza a modo de despido. El profesor salió por la puerta extrañado sin dejar de mirarla, mientras ella continuaba con sus labores de jardinería como si tal cosa. Vio a Heracles esperando en la entrada, con su pose, firme, con los puños apoyados en las caderas y las piernas ligeramente separadas. Cada vez que lo veía así, no podía evitar pensar en los muñecos de “Action man” o en las esculturas de piedra representativas. Le parecía algo cómico. Heracles se giró al notar la presencia del profesor y vio su cara de confusión.

—¿Qué ocurre, profesor? —Preguntó.

—Esa señora… —Señaló con su dedo hacia el hotel. —La recepcionista…

—Si, ¿qué le pasa?

—Me ha dicho unas cosas muy raras, con unos gestos… —Recreó con su mano los movimientos de la mujer para enseñárselo a Heracles.

—Es una bendición. ¡Lo han bendecido profesor! —Le felicitó él.

—¿Ella es…?

—¿Una diosa? —Heracles terminó su pregunta.

—¿Lo es?

—No… —Dijo el héroe empezando a caminar.

—¿Entonces…? ¿Qué es? —Preguntó Harris muy interesado.

—Es una Chálkino. —Le contestó Heracles, sin intención de seguir con esa conversación. Harris siguió sus pasos esperando una explicación más extensa.

—¿Una Chal qué? —Preguntó buscando su atención.

—Una Chálkino. —Contestó, subiendo las calles en cuesta, hacia las montañas.

—¿Qué es eso?

—Hay cosas que no se pueden explicar, profesor, es muy largo de contar. —Heracles evitaba el tema.

—Te aseguro que tengo un don de comprensión muy extenso. Puedo asimilar muchas cosas extravagantes e increíbles. ¡Mírame, estoy hablando con un semidiós! —Insistió.

—De acuerdo. —Heracles se detuvo en la cuesta y miró desganado al profesor. —Una Chálkino es una descendiente lejana de los dioses.

—¿Cómo de lejana? ¿Entonces es una semidiosa, como tú? ¿Qué poderes tiene? —Harris bombardeaba a preguntas.

—En primer lugar, ¡no es como yo, ni siquiera se acerca! En segundo lugar, no se llaman poderes, se llaman dones y ella no los tiene, al menos no desarrollados y en tercer y último lugar, deje de hacerme preguntas, profesor. Por eso no quiero hablar de estos temas, tiene demasiada curiosidad y siempre necesita saberlo todo. Prometeo me advirtió sobre usted. —Refunfuñaba Heracles.

—Soy profesor, ¿qué esperabas? —Dijo él. Heracles siguió caminando y Harris se esforzaba por seguir sus pasos. Su cara reflejaba el dolor que sentían sus pies descalzos pisando el asfalto. —Además, tenemos mucho tiempo. Podemos profundizar en este tema todo lo que quieras. —Intentaba sacarle más información.

Heracles suspiró, de nuevo, con pesadez.

—Ser un Chálkino no es nada del otro mundo, no es nada especial. Son prácticamente humanos, lo único que les diferencia es alguna especialidad que han desarrollado con los años. Para que lo entienda…, es como si a usted se le ocurre dedicarse a la medicina y ser un médico brillante, pero sus capacidades mentales no son suficientes para ejercer esta profesión o es posible que consiga ser un médico, que algún día lo logre porque realmente le gusta curar a los humanos y dedicar su vida a ello, pero sin esos dones nunca llegará a ser el mejor, el más brillante médico que haya existido. —Le explicó. —Los Chálkinos son capaces de conseguir ser brillantes en todo lo que hacen porque nacieron para ello, en la Tierra son lo más de lo más. ¿Lo entiende? —Preguntó, esperando que lo comprendiera para no seguir hablando de ese tema.

—Sí, creo que sí… —Harris dejó de hablar durante unos segundos y volvió a la carga. —Entonces esa mujer… ¿Qué don ha desarrollado?

—Supongo que el de la protección o la bendición. —Harris abrió sus ojos impresionado y sintió algo de alivio al saber que estaría protegido de las Drinfas de Apolo durante el trayecto. —¡No se emocione! No sirven de mucho frente a dones divinos con más poder. Pueden ayudar a otros humanos en el día a día, pero me temo profesor, que en nuestra misión, no servirán de mucho.

—Vaya… —Dijo decepcionado. —¿Hay muchos chálkinos en la Tierra?

—Demasiados… —Contestó Heracles con inquina.

—Parece que no les tienes aprecio.—Harris miraba a Heracles como quién quiere descorchar una botella con un mensaje dentro. Ansioso por saber más.

Heracles se detuvo justo al pie de la montaña, miró hacia abajo y observó el pueblo y sus calles desde arriba. Vio que el profesor estaba sudoroso y que se esforzaba por llegar hasta él. Pensó en lo dura que iba a ser la expedición, llevaban tan solo unas pocas cuestas y ya tenía a un humano medio escacharrado bajo su supervisión. Decidió terminar con esa conversación de una vez por todas, ambos necesitaban toda la atención centrada en la misión, sin distracciones.

—Profesor, le contaré algo y dejará de preguntar sobre esto, ¿de acuerdo? —Le dijo tajante. A Harris se le iluminó la cara como a un niño pequeño.

—De acuerdo. —El profesor llegó, al fin, hasta el héroe y resopló limpiándose la frente con un pañuelo. —¡Dispara!

—Desde siempre he odiado a los chálkinos, los consideraba basura divina, despojos de nuestra historia familiar. Quizás por que ellos siempre han disfrutado del anonimato y de la mortalidad, no sé… O por que algunos son intocables. Por eso no me gusta hablar de ellos. Viven sin responsabilidades y sin preocupaciones universales, solo tienen que destacar en una cosa en la Tierra para tener una vida tranquila.

—Bueno… a mi esa señora no me pareció que tuviera pocas preocupaciones, por su piel y su rostro, se nota que ha tenido que soportar muchas cargas a lo largo de su vida.

—Sí, es posible, pero su vida terminará y dejará de soportar o de sufrir. La mía es de servidumbre, tengo una carga eterna. Debo cumplir todo lo que se me pide porque es lo que se espera de mí… —Heracles miró a Harris. —Como ya le he dicho, profesor, yo no salgo de una película… ¡Existo! Si los chálkinos o los humanos tuvieran encima de sus hombros la mitad de mis dones y la mitad de mis años de inmortalidad, buscarían la manera de acabar con ella.

—¿Con la inmortalidad? ¡¿Acaso tú quieres morir?! —Preguntó Harris desconcertado.

—Quiero descansar… —Contestó Heracles con la mirada abatida.

Harris se apiadó de él por un momento, sintió lástima. No había reparado en qué tipo de vida tenía aquel, musculoso y poco inteligente, héroe. Lo había juzgado rápido.

—Has dicho que antes odiabas a los Chálkinos. ¿Ya no es así?

—No, ya no. —Contestó seco.

—¿Por qué? —Preguntó Harris. Heracles medio sonrió.

—Sabía que no se quedaría tranquilo con una sencilla explicación. —Harris se encogió de hombros haciéndose el inocente. —Existe una profecía en nuestro mundo, una muy potente y que llegará pronto. Al parecer, surgirá una Chálkino entre los humanos que logrará dominar todos los mundos.

—¡¿Y se supone que eso es algo bueno?! —A Harris le pareció una noticia terrible.

—Si ella puede lograr eso, ¡imagínese todo lo que podrá hacer! Lo único que tiene que pasar es que la Chálkino escoja el camino correcto, nada más.

—¡¿Solo eso?! —Respondió Harris con sarcasmo. Heracles rió de nuevo.

—Tranquilo, profesor, esa no será su lucha.

—¿Y por qué estás tan feliz con esa profecía?

—Yo tengo un destino y cuando mi destino culmine… descansaré.

—¡¿Morirás?! —Harris se entristeció.

—¡No me diga que me ha cogido cariño…! —Se echó a reír. —Para usted ochenta, noventa o incluso cien años de vida son pocos. Para mí miles de años son suficientes, se lo aseguro. Según cuenta la profecía, ella es mi destino, mi última hazaña como semidiós. Supongo que la Chálkino tendrá el poder de darme la mortalidad o simplemente de quitarme la vida, dependerá de como se vaya desarrollando todo, las profecías no son muy detalladas, ¿sabe? A veces ocurren y otras veces no. —Dejó al profesor reflexionando y continuó el camino rocoso en cuesta. —¡Vamos, profesor, debemos llegar al primer monasterio antes de que acabe el año! —Dijo bromista.

Los dos caminaban, descalzos, cosa que a Heracles no parecía molestarle en absoluto, sin embargo Harris no dejaba de quejarse cada vez que daba un paso. Ya había quedado atrás el amanecer y el sol quemaba la ladera de la montaña con fuerza. Los veinticinco grados del día anterior se convirtieron en treinta, una subida de temperatura poco amistosa para esos dos peregrinos. Hicieron varias paradas a la sombra para que Harris recobrara el aliento y pudiera limpiarse las heridas que se le fueron formando en los talones. Heracles cuidó de él, protegiendo sus grietas sangrantes con un ungüento curativo. El calor golpeaba aquellas rocas y se hacía insoportable sumado al esfuerzo de subir.

—¿Puede continuar? —Preguntó Heracles a Harris.

—Sí… creo que sí. —Contestó el profesor agotado. Estaba sentado en una de las piedras mientras Heracles curaba sus heridas agachado. —Gracias.

—No es nada, profesor. Usted cuida del libro, yo cuido de usted. Prefiero esto a tener que cargar con ese endemoniado artilugio.

—¿Qué sabes sobre él? —Preguntó Harris.

—¿Sobre el libro? —Harris asintió levemente, estaba asfixiado. —Lo único que sé es que atrapa almas, almas de todos los mundos, ya sean divinas o humanas, nadie puede escapar de su poder. Apolo lo construyó en clandestinidad, en verdad no sé dónde consiguió tanto poder, pero estoy seguro de que no lo hizo solo, él no podría. Dicen que entre esas páginas están tus peores pesadillas, tus miedos más profundos, si te quedas atrapado, los revives una y otra vez. Solo Hades posee ese don, un don que te lleva a la locura. —Harris se asustaba a medida que Heracles explicaba más cosas sobre el libro. Temía por Marion, ¡ella estaba allí, atrapada! —Por eso no entiendo cómo un libro ha podido absorber todo ese poder.

El profesor alzó la vista hacia el horizonte, desde allí se veía todo Kalambaka y más allá, era una vista espléndida a pesar del dolor de pies, el esfuerzo y el calor. Las montañas rocosas que rodeaban los valles se fundían con la luz y aquellos escasos árboles verdes relucían con más intensidad. El cielo llamó su atención. Con un día tan caluroso, el cielo debería estar despejado, pero no era así. Donde la tierra y las nubes se unían, allí hacia el final, divisó una enorme tormenta que comenzaba a acaparar todo el firmamento. Era una tormenta distinta a todas las que él había visto. Sus colores, su fuerza, los grises y negros se mimetizaban y se hundían en uno solo formando un tono violáceo endemoniado. Aquello no tenía buena pinta, no era una buena señal. Harris levantó el brazo y señaló con el dedo.

—¿Y eso? ¡¿Me lo explicas?! —Dijo a Heracles aterrado.

Heracles, que continuaba agachado frente a Harris y su espalda ignoraba todo lo que ocurría en la atmósfera, siguió la señal del dedo indicador del profesor y se giró despacio. Miró hacia arriba y observó cómo a lo lejos, los rayos morados caían llenos de cólera hacia la Tierra.

—Esto no es bueno, profesor. ¡Nada bueno! —Exclamó sujetando a Harris por el brazo para que se incorporara lo más rápido posible.

—¡Espera! ¡¿Qué ocurre?! —Harris parecía un monigote. Lo sujetaba por un brazo y lo llevaba en volandas, con medio cuerpo en el aire y el otro medio raspando el suelo.

—¡Vienen a por nosotros! ¡Vamos debemos llegar hasta el primer monasterio, allí nos refugiarán! —Heracles seguía hacia delante mientras Harris se comía cada rama que sobresalía de la colina.

—¡¡Espera, espera!! ¡Bájame! —Protestó el profesor. Heracles lo soltó y se detuvieron. —¡¿Quieres esperar un momento, por favor?! —Dijo colocándose la ropa con un tirón hacia abajo. —No soy un experto en esto, pero las tormentas, los truenos y demás… ¿No son cosa de tu querido padre, Zeus?

—Sí, ¿y qué? —Contestó el semidiós.

—Bueno… es tu padre ¿no? —Heracles no comprendía la pregunta. —Quiero decir… ¡Él no es quién nos persigue, quizás nos esté echando un cable!

—Efectivamente, es mi padre, pero yo nunca le he dicho que eso fuera algo bueno. ¡Mi padre no echa cables, profesor!

—¡¿Qué pasa, te llevas mal con todos los dioses?! —Heracles no contestó. —¡Estamos apañados!

—Si no tiene más preguntas, será mejor que movamos el culo ¡ya! —Gritó Heracles apurado.

La tormenta estaba casi encima de ellos y aquellos relámpagos caían como gotas de lluvia sobre la colina, destrozando aquellos verdes árboles y convirtiéndolos en mero polvo, partían las piedras como quien rompe un azucarillo en dos y deja caer las migajas.

—¡Vamos, profesor, que ya llegamos! —Le animó para avivar su ejercicio.

Harris estaba cada vez más lejos de él y más cerca de ser abrasado. Los troncos caían tras de sí como hojas de papel. El profesor subía y subía lo más rápido que podía, pero su cuerpo ya cansado le fallaba, el peso de aquel libro a sus espaldas ralentizaba sus esfuerzos. Ya no sudaba, al menos no como antes, el calor se había volatilizado en segundos, ahora lo que recorría por su cuerpo era agua enfriada por del miedo, por la adrenalina, por aquella estruendosa tormenta.

Heracles se detuvo unos segundos al ver la distancia entre ellos y descendió para ayudarle, pues uno de esos rayos atravesó la tierra cerca de sus pies dañados y descalzos. De pronto un viento bravío rodeó al profesor y lo desplazó unos metros hacia el borde del camino. Harris gritó mientras era suspendido en el aire. Logró sujetarse de las raíces de un árbol roto y se quedó colgando, agarrándose todo lo que podía a aquella raigambre débil y partida.

—¡¡Ayúdame Heracles, por favor! —Rogó al semidiós.

Heracles luchó contra el viento, haciendo apoyo en las piedras.

—¡¡Sujétese, profesor!!

Se arrastró por el camino hasta llegar al borde donde unos metros más abajo se encontraba el profesor colgado. Se estiró hacia el abismo y cuando estuvo a pocos centímetros le tendió la mano.

—¡¡Sujétese a mí, profesor!! —El viento soplaba tan fuerte y la lluvia era tan punzante que apenas podían abrir los ojos para verse. Harris extendió también su brazo libre, para alcanzar a Heracles, pero no llegaba, no del todo. —¡¡Vamos, solo un poco más!! ¡¡Puede hacerlo!! —Le animaba una y otra vez.

—¡¡No puedo, está muy lejos!! —Gritaba Harris entre la tormenta.

—¡¡Sí que puede, yo sé que puede, vamos!! —Ambos estiraron sus cuerpos todo lo posible, pero era inútil. —¡¡No dejaré que muera!! ¡¡No morirá aquí!!

—¡¡Me resbalo, me estoy resbalando!! —En la mirada del profesor había miedo, mucho miedo. Era cierto, su única mano que sujetaba aquella ráiz muerta, no podía ejercer más fuerza, la mano enrojecida se resbalaba. Estaba a punto de caer por el precipicio y ni si quiera Heracles podría evitarlo.


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CAPITULO DIECISIETE

Y EN… TRES,DOS…


Era una sala solitaria, tenue, con las paredes de un hormigón gris poco cuidado. La mesa en la que Dedé posaba sus manos esposadas, era fría, de acero, las esposas las habían encadenado a una especie de gancho grueso inquebrantable. Estaba sentada en una silla incómoda, con el respaldo demasiado recto. Esperaba sin quitarle ojo a la puerta, atenta por si alguien entraba para aclararle todo aquello. Su actuación desequilibrada en la biblioteca no le daría nada de credibilidad frente a la muerte de Elisa. ¡La muerte de Elisa! Dedé aún no podía creérselo, eso era imposible. Estaba segura de que era un error, quizás otra broma muy pesada o quizás este era otro sueño al que enfrentarse, pero era tan atrayente que no lograba salir.

Llevaba ahí metida, horas, sin comprender nada, aislada de todo el mundo, siendo vigilada a través de un espejo enorme que había en la pared. Dedé levantó la cabeza y miró hacía el reflejo. Lo había observado unas mil veces durante el tiempo que llevaba allí atrapada. Estaba cansada, muy cansada, apenas le quedaban fuerzas para apoyar su espalda contra esa incómoda silla.

—¡Sé que me estáis viendo! —Protestó mirando hacia el espejo. —¡Yo no he hecho nada malo! —Decía con voz afónica. Su falta de aliento demostraba lo mucho que se había resistido a ser encarcelada.

Tras el espejo, George y su compañero la observaban atentos. El teniente de la comisaría entró en aquella sala de vigilancia.

—Teniente. —Saludaron ambos con respeto.

—¿Ya ha sido interrogada?

—No señor, esperábamos sus órdenes. —Contestó el compañero de George.

—Bien. —El teniente miró a Dedé. —Está cansada, si la apretamos un poco hablará.

—Teniente, con todos mis respetos, creo que nos estamos equivocando de sospechosa. —Dijo George adelantándose con mirada suplicante.

—Agente Sanna, ya hemos hablado de esto. Tenemos muchas pruebas contra ella, además de testigos que afirman haberla visto llegar a la hora en la que la víctima fue asesinada. La describen como una persona inestable y cito: “Danielle recorrió todo el campus hasta el dormitorio como una zombie, con la cara desencajada y llena de moratones”. —Dijo leyendo un informe. —Tenemos sus huellas por toda la habitación.

—¡Pero es que ella vive ahí! Es normal que la habitación tenga sus huellas. —Contestó George en un intento desesperado por defender a Dedé.

—¡Tenemos a una chica brutalmente asesinada y a otra desaparecida! Ambas tuvieron relación con la sujeto en las últimas horas y testigos que afirman que la desaparecida fue vista por última vez con la sospechosa. ¿De verdad cree que no es la asesina? Si tiene a la otra joven retenida en algún lugar, debemos averiguarlo. ¡Agente, si permite que su relación con el sujeto influya en el caso, no tendré más remedio que apartarlo! —Le regañó el teniente.

—Sigo pensando que no es ella. ¡No entraré ahí para ajusticiar a una persona que probablemente sea inocente! —Dijo tajante. —Déjeme al menos hablar con ella, ella me conoce, a mi no me mentirá.

El teniente respiró hondo, pensándose la propuesta de George.

—Está bien, podrá interrogarla. —George asintió con la cabeza a modo de agradecimiento. —Están cotejando las huellas del arma, si sale su nombre, no tendrá defensa posible. —El teniente estaba seguro de haber encontrado a la asesina. —Lo siento agente Sanna.

—No lo sienta todavía. —Dijo George abriendo la puerta para salir.

Entró en la sala de interrogación en la que estaba esposada Dedé. La vio muy decaída, con la cabeza entre los brazos, estaba realmente agotada. Dedé levantó la vista rápido al oír cerrarse la puerta.

—¡Oh, George, menos mal! —Exclamó con los ojos vidriosos y se revolvió en la silla con algo de esperanza. —Tienes que sacarme de aquí, todo esto es un error.

George se sentó, con solemnidad, en la silla frente a ella. Llevaba una carpeta en la mano, que dejó sobre la mesa. La miró con detenimiento y suspiró. No iba a ser tan fácil como él creía. Dedé vio en su mirada preocupación, lo que le dio a entender que estaba hasta el cuello, que la situación era grave.

—¡¿Qué ocurre?! —Preguntó ella.

—Tengo que interrogarte… —Hizo una pausa para ver la reacción de Dedé. Ella abrió sus ojos azules con incomprensión. —Puedes llamar a un abogado antes si quieres, estás en tu derecho, pero espero que no lo hagas, eso te hará parecer más culpable y bueno… no es que las pruebas estén a tu favor. Sabes que yo te aprecio, no estoy aquí para juzgarte, prometo escuchar toda tu versión y verlo desde un punto de vista neutral, sin hacer caso a las pruebas que encuentren. —Dijo él tranquilo y paciente.

Dedé se derrumbó, se vino abajo con tan solo escuchar la palabra culpable; y más derrumbada después de escuchar “yo te aprecio”, en aquellos momentos para ella era muy importante esa frase, no se había dado cuenta de cuánto la necesitaba hasta que George la pronunció. Ambos se miraron, ella llorosa y él compasivo.

—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres llamar a un abogado? ¿A tu familia? —Le preguntó.

—¡No, a mi familia no! —Se sobresaltó.

—Bien. ¿Y un abogado?

—Confío en tí. —Dijo ella con seguridad y lágrimas mojando sus mejillas. George asintió.

—Entonces empezamos. —Posó la palma de su mano totalmente abierta sobre la carpeta de la mesa. —Esto va a ser duro, va a dolerte, pero tendrás que ser fuerte y contestar a todo lo que yo te pregunte.

—¡Estoy lista! —Dedé solo quería salir de allí lo antes posible y demostrar su inocencia.

—Vale. —George carraspeó y continuó. —¿Tu nombre completo es Danielle Dumont Zabat?

—Sí. —A Dedé le temblaban las manos. George se dio cuenta y le dolía verla así, pero tenía que seguir.

—¿Eres de Nantes, Francia?

—Sí.

—¿Estudias en la universidad de Jacksonville?

—Sí. —Dedé apretó el entrecejo, no entendía esas preguntas, él ya lo sabía.

—¿Cómo llegaste a Florida?

—Llegué hace tres años, por medio de una beca, para estudiar bellas artes y artes gráficas. —George asintió con la cabeza.

—Bien, vamos al día de ayer. ¿Dónde estuviste?

—Ayer me desperté en el calabozo, ¿no lo recuerdas? —Dijo algo molesta.

—Danielle, responde a la pregunta. —Dijo serio. Dedé resopló.

—Me desperté en la cárcel, me encerraron por una “gamberrada”. Tú te ofreciste a llevarme en coche y me dejaste a medio camino de la universidad. —Respondió dolida. —Caminé durante un rato, descalza, con dolores por todo el cuerpo por la brutal paliza que me dieron mis amables compañeras de celda, paliza que ningún policía de la comisaría evitó. —Continuaba resentida. —Llegué hasta mi habitación del campus y me acosté en mi cama.

—¿Y tu compañera, Elisa?

—No lo sé. Ella no estaba allí cuando yo llegué.

—¿Estás segura de eso? —Insistió él.

—Sí, muy segura. —Contestó abriendo sus ojos de par en par.

—Algunos estudiantes afirman haber visto a Elisa entrar en su habitación, poco antes de que tú llegaras. Afirman que ella se retiró a su cuarto porque dijo textualmente: “Mañana tengo un examen, estudiaré toda el día hasta la noche”.

—¡Pues allí no había nadie, te lo aseguro! —Dedé se estaba enfadando, su contestación hizo que George pensara en que había otra intención en su respuesta.

—¿Os llevabais bien? — Preguntó curioso. Dedé se encogió de hombros. —Tienes que contestar Danielle.

—Últimamente no.

—Explícate.

—Llegué a mi habitación con la intención de decirle lo mala amiga que había sido, no te voy a engañar, estaba muy cabreada. Había pasado la noche en la cárcel por su culpa y de regalo… —Señaló sus moratones de la cara.

—¿Qué quieres decir con que había sido su culpa?

—El día anterior me llamó, a eso de las siete de la tarde, pidiendo ayuda. Estaba fuera de sí, asustada, decía que alguien la estaba persiguiendo en el bosque de River Road.

—¿Qué hacía ella allí?

—Le gusta pasear hasta el River House, es un pub de comida para llevar, está a pocos metros del bosque.

—¿Y qué hiciste? —Preguntó intrigado.

—Pues fui.

—¿No llamaste a la policía?

—¡No! ¿Para qué? Pensé que sería algún imbécil del campus queriendo asustarla.

—Pero después, sí llamaste.

—Sí, después sí. No la encontraba, estaba todo a oscuras y ella no contestaba al teléfono. Me asusté.

—¿Qué pasó entonces?

—Mientras esperaba a la policía, la volví a llamar y me contestó. Me dijo unas cosas muy raras. Me dijo que lo sentía y que todo era culpa suya.

—Entonces, te habían gastado una broma y te enfadaste.

—¡No, no fue así! —A Dedé no le gustó el tono de George. —Después… —Iba a contarle lo que había visto, el extraño ser con la apariencia de Mike que se había acercado hasta ella, pero se detuvo.

—¿Después qué, Danielle? —Ella no contestó. —Si te pasó algo en aquel bosque, tienes que contármelo. —Insistía.

—Nada, no pasó nada… Después llegó la policía y me encerraron. Eso fue todo. —Su mirada no podía ocultar que había algo más.

—¿Qué me estás ocultando. Danielle? Sé que hay algo que no me cuentas.

—No me creerías. —Dijo ella agachando la cabeza.

—¡Inténtalo! —La animó. Dedé miró hacia el suelo, esquivando su insistencia. —Está bien. —Se resignó. —Cuando fuiste a tu habitación, dices que Elisa no estaba allí, pero eso no es posible, varias personas la vieron entrar. ¿Cómo explicas eso?

—¡Y yo qué sé! —Se sobresaltó. —Iría a buscar algo de comer o saldría para hacer algo, ¡yo no soy su gps!

—¡Tienes que decirme algo que me ayude a sacarte de aquí! Danielle, yo creo que eres inocente, de verdad, pero me temo que hay mucha gente señalándote.

Dedé se acercó lo más que pudo a George, abriendo sus ojos de un forma casi diabólica y alocada, le miró fijamente.

—Todo esto no tiene importancia, George. —Dijo en voz baja. —Dentro de nada me despertaré y esto habrá sido un maldito y estúpido sueño de nuevo. —George no daba crédito a las palabras que salían por la boca de su querida Danielle. —Tú no lo entiendes porque tú eres parte del sueño, para ti esto es real, pero en cualquier momento me despertaré y seguiré con mi vida.

—No, Danielle, esto no es ningún sueño, esto es la vida real. Estás aquí, conmigo.

—¡No, hazme caso, Elisa no está muerta y yo no estoy aquí contigo! —Continuaba mirándolo de una manera perturbadora que inquietaba a George. Entre lo que había visto en el coche, cuando la llevó de camino a la universidad y sus incoherentes palabras, George no podía negar lo evidente. —Hazme caso, seguramente Elisa esté con algún “guaperas” en su dormitorio, haciendo lo que yo hace días no pruebo. ¡Que por cierto! Te llamaré en cuanto salga de esta maldita pesadilla. —Dedé le guiñó el ojo con picardía.

En otras circunstancias, a George le hubiera encantado esa sexual atención por parte de ella, pero en ese momento le enfadaba verla en ese estado, se sentía impotente porque, de verdad, quería salvarla de una vida de cárcel, pero con ese comportamiento y esa inestabilidad mental, no iba a ser posible. Con un arrebato de ira, él abrió la carpeta que custodiaba, tan bien, bajo la palma de su mano. La abrió con ímpetu.

—¡A ti te parece esto un sueño! —Las fotos del cuerpo muerto de Elisa se esparramaron por toda la mesa. Dedé las vio y el terror se apoderó de su rostro. George cogió una y se la colocó frente a su cara. Dedé se echó hacia atrás. —¡¿Esto te parece divertido?! ¡Mírala, es tu amiga! —Sacudía la foto hacia ella. —¡Abierta en canal con los órganos extirpados! —Gritaba. Puso la foto en la mesa y, con nerviosismo, empezó a colocar las otras. —¡Todos sus órganos colocados, minuciosamente, encima de su cama, todos por orden! —Dedé no podía creerse lo que estaba viendo, aquello era una brutalidad, una terrorífica imagen que jamás podría borrar de su mente.—¡¡Dime ahora que Elisa está viva, dime!! —Gritó George.

Dedé se echó las manos a la cabeza, le temblaba todo el cuerpo y las lágrimas se convirtieron en mar. Intentaba no mirar aquellas imágenes, pero su mano, casi sin quererlo, tocó una de ellas, una en la que se veía la cara de Elisa sin vida, su cuerpo perfectamente colocado, boca arriba en el suelo, con aquel cabello tan impoluto y su piel, que antes era tostada, había perdido su color. La sangre tintaba de rojo toda la habitación, se esparcía por la alfombra, por el viejo parqué, por las salpicadas cortinas. No lo pudo evitar y el estómago se le revolvió, echando la poca comida que tenía en su estómago al suelo.

George al verla en ese estado, se detuvo y se compadeció de nuevo de ella.

—Pediré que vengan a limpiarte. —Se levantó de la silla, después de recoger todas fotos de la mesa y volverlas a guardar en la carpeta. —Seguiremos más tarde. —Dijo desde la puerta. Dedé no pudo levantar la cabeza. Se quedó mirando los restos del suelo vomitado, con vergüenza.

George salió de la sala de interrogatorios con sus esperanzas destruidas, el teniente lo esperaba en el pasillo, con semblante serio, como pidiendo noticias.

—Teniente… —Saludó con respeto y sin ganas.

—Agente, cuénteme.

—¿Ha visto el interrogatorio? —Preguntó. El teniente cerró los ojos y afirmó con la cabeza. —Pues entonces ya lo sabe. Seguiré más tarde, tenemos que encontrar a Marion Green. —George, estaba destrozado, después de la sesión con Dedé no podía hacer otra cosa que darle la razón a su superior; y con enfado se dirigió a su mesa de trabajo.

—¡El alegar locura transitoria no la eximirá de sus actos! —Le gritó el teniente, mientras él se iba dándole la espalda. —¡Tendrá que pagar por lo que ha hecho!

Dedé, de nuevo sola en la sala de interrogatorios, miró hipnotizada aquella mesa, en la que antes habían estado desfilando las imágenes con el cuerpo de su amiga mutilado. Se quedó paralizada. No dejaba de darle vueltas a que aquello no era real, a que aquello no había pasado de verdad, en su mente se convencía una y otra vez. De pronto sintió un cosquilleo en la nuca y alguien le habló.

—¡Hola Danielle! —Susurró una voz masculina.

Dedé alzó la vista y allí estaba, frente a ella, no podía creérselo… ¡Era él! ¡Era el ser del bosque otra vez!

—¡Volvemos a vernos! —Dijo mientras soltaba una media sonrisa satisfactoria.

—¡Tú, eres tú! —A Dedé no le hizo gracia verlo de nuevo. —¡Tú has tramado todo esto! ¡Todo es culpa tuya!

—¿A qué te refieres? —Preguntó él haciéndose el interesante.

Dedé lo miraba con rabia, quería romper esas esposas, trepar por encima de la mesa y pisotear su cara, hasta hacerlo desaparecer.

—¡Sabes muy bien a qué me refiero! ¿Qué le has hecho a Elisa? ¡Tú la has matado! —A Dedé se le iban a salir las venas del cuello.

—Ah, eso… Sí, fui yo. —Contestó con sosiego. —Pero no he venido para hablar de ella.

—¡Ella era mi amiga, maldito monstruo psicópata! ¿Cómo has podido hacerle eso?

—Tengo que reconocer que Elisa fue muy útil y una parte clave en mi misión, pero ya no me servía, dejó de creer y se descarrió. Me vi envuelto en una encrucijada, ella fue la solución más rápida. —Él se explicaba mientras Dedé no entendía ni una sola palabra de lo que decía.

—¡¿Pero que cojones me estás contando, puto loco?!

—Elisa fue una herramienta para llegar a tí, al igual que lo fue Mike y Roxanne, incluso tu querido “lelo”.

—¿Qué quieres decir?

—¿De verdad creíste que la muerte de Mike fue pura casualidad? —El ser desapareció y volvió a aparecer con sus labios pegados al oído de Dedé. —Murió por tu culpa.

—¡Eso no es cierto! —Dedé se giró con brusquedad sin percatarse de que lo tendría justo delante de su cara.

Ahí fue cuando sus ojos se cruzaron con los de él. Realmente, no era Mike… Aquellos ojos… aquellos ojos no eran de este mundo. Eran morados, muy morados, como dos luceros de amatistas. Sus pupilas negras como la noche, apenas tenían brillo, transmitían una sensación extraña, de ultratumba, sombrías. El ser no se apartó de ella hasta que Dedé retiró la mirada. Con un solo movimiento y ya la tenía dominada. Él fue hacia el espejo y lo acarició con un cariño espeluznante.

—El otro día no pude presentarme, es normal que estés confusa, pero tranquila, todo te será revelado a su debido tiempo. —Caminaba tan elegante que casi flotaba. —¡Mi nombre es Apolo! —Se inclinó haciendo una solemne reverencia. —Hijo de Zeus y Leto, aunque eso sea irrelevante… —Hizo una mueca de desprecio hacia los nombres de sus padres. —Soy conocido como el Dios Oracular o Dios de Delfos, pero tú puedes llamarme Dios a secas.

—¡Me la suda quién creas que seas! ¡Eres un puto psicópata y acabaré contigo por lo que le hiciste a Elisa! —Dedé no atendía a razones, solo quería liberarse de esa mesa y saltar encima de él.

—Elisa… Elisa… Elisa… —Él seguía caminando tranquilo mientras pensaba en Elisa. —Tú todavía no lo comprendes, pero algún día te darás cuenta de que murió por una causa.

—¿Y tenías que sacar sus órganos y destriparla de esa manera? —Preguntó encolerizada.

—¡Oh, sí! Eso fue lo más importante del ritual… Tengo que alimentar a mis pequeñas. —Dedé lo miró sin comprender. —¡Cómo te he dicho, es difícil de entender! Sobre todo tú que tienes la mente hecha un colador. ¡Que si es un sueño, que si ahora no lo es…! ¡¡Madre mía, estás fatal chica!!

—¡¡Estás loco!! ¡¡Vete de aquí!! —Gritó ella.

—No te esfuerces, querida. —Se acercó a ella y le acarició el pelo. —No puedes hacer nada contra mí. Soy imparable y tú me perteneces. —Se dirigió a la silla y se sentó con los mismos modales de un rey. —Te voy a decir lo que va a pasar ahora.

Dedé, enfurecida, negaba con la cabeza.

—Ahora te culparán de asesinato y desaparición.

—¡¿Desaparición?! —Dijo sorprendida.

—¡Shhh…! —Hizo un gesto de silencio con su dedo. —Como iba diciendo, te culparán de todo eso y además verán que te falta un tornillo. —Siguió gesticulando haciendo círculos con el dedo en su sien. —Te encerrarán en un hospital psiquiátrico y entonces ahí serás toda mía. ¿Sabes porqué? Porque allí nadie escuchará tus gritos, ni tus locuras, ni que hablas con un muerto. —Se rio. —Al final acabarás por rendirte y sucumbirás a mi poder.

—Digamos que te sigo el juego y te creo, ¿Qué demonios quieres de mí?

—Eso es “Top Secret” querida, lo sabrás cuando estés preparada.

—Yo nunca seré nada tuyo, ¿me oyes? —Protestó y con un intento de hacerle algún tipo de daño, le escupió. —¡Me das asco!

—¿No me crees? Mira te lo demostraré. —Él alargó su brazo izquierdo y señalando la puerta, dijo. —Dentro de treinta y cinco segundos entrará tu querido George por la puerta, con un sándwich y un café calentito. —Encogió sus hombros y se frotó los brazos como cuando uno tiene frío y se rió.

—Estás mal de la cabeza. —Dedé no creía nada de lo que decía aquel enfermo mental.

—Treinta segundos… Te dirá que siente haberte presionado, que si podéis empezar de cero y bla, bla, bla… Veintitrés segundos… —Él seguía hablando y continuaba con la cuenta atrás. —¡Me encanta ese tal George! Deberías salir con él el tiempo que te queda en la Tierra de los humanos, al menos te llevarías un buen recuerdo. Catorce segundos…

Dedé lo miraba y miraba la puerta, estaba segura de que aquel ser mentía, pero ¿Y si no? Tenía miedo de que George entrara y viera a Mike y éste le hiciera lo mismo que a Elisa. No podía permitir que George se pusiera en peligro.

—¡¡Ni se te ocurra mirarlo si quiera, asesino!! —Exclamó ella.

—¡Uy, ya veo que hay sentimientos! Tranquila, si no se interpone en mi camino, no le haré nada. Seis, cinco… —Dedé se colocaba en su asiento, estaba nerviosa, no dejaba de mirar a ambos lados, a la puerta y a su nuevo psicópata personal. —Y en… tres, dos… —Él hizo un chasqueo con los dedos y la puerta se abrió.


¿QUERÉIS SABER MÁS SOBRE LAS AVENTURAS DE DEDÉ?

¡NO OS PERDÁIS EL CAPÍTULO 18 EL PRÓXIMO VIERNES!


CAPITULO ONCE

KALAMBAKA


El semidios estaba sentado en uno de los cómodos sofás granates del compartimento. Con los codos apoyados en sus rodillas, miraba al profesor, atento, esperando a que se despertara del traumático desmayo. El profesor seguía en estado catatónico, tumbado boca arriba en el sofá de enfrente, con la boca abierta y con un brazo colgando hacia el suelo. El tren hizo sonar su bocina con fuerza, se detenía en la siguiente parada, lo que provocó que Harris se desvelara alterado, levantó su cuerpo como un resorte.

—¡¡No me comas!! —Exclamó asustado aún entre sueños. Harris puso su mano en el pecho al darse cuenta de que solo había sido una horrible pesadilla. Miró hacia su derecha y vio a Heracles, que le observaba inmóvil. —¡Ah! —Soltó un alarido de susto. —¡Mierda, creía que todo había sido una horrible pesadilla!

—No, ha sido real. —Dijo Heracles sin inmutarse.

—Si, ya lo veo. —Suspiró decepcionado. Giró sus piernas y se colocó sentado. —Si no, no estarías aquí.

—Bueno profesor… nos bajaremos dentro de poco, ha dormido usted casi todo el viaje, espero que la siesta haya sido reconfortante porque nos queda un largo camino lleno de peligros. —Heracles se levantó con energía.

—Genial… —Dijo él con poca convicción.

—¡No se preocupe, yo estaré con usted todo el tiempo! —Exclamó animoso dándole una palmadita en el omoplato. Lo golpeó con tanta fuerza, que hizo que el profesor cayera de rodillas hacia el suelo. —¡Oh, profesor! —Heracles se agachó para ayudarle a levantarse. —A veces, con la emoción, no controlo mi fuerza.

—¡Sí, eso también lo veo! —Protestó sarcástico mientras se incorporaba. —Y dígame, Heracles… —Dijo recalcando su nombre. —¿Puede iluminarme un poco todo esto?

—¿Iluminar? —Heracles miró al rededor de la habitación. —No entiendo, ya hay bastante luz en esta habitación, ¿no cree? —Contestó.

—Es una forma de hablar… Me refiero a que me explique todo esto, la situación en general.

—¡Ah! Sí, claro. Nunca he entendido los entresijos del habla humana, ¿por qué hablan con códigos? ¿Les divierte? ¿Por qué no hablan de forman clara y sincera? ¿Es algún tipo de juego para ustedes? —Preguntaba sin parar.

—¡Al lío, Heracles! —Contestó Harris impaciente.

—¡Oh, sí, disculpe! —Hizo una pequeña pausa para encontrar las palabras más eficaces y encontrar un inicio comprensible para la mente humana del profesor. —Empezaré por algo sencillo. El libro que usted encontró, no debería estar aquí.

—¡Sí, eso ya lo sé…! —Harris dudaba si el semidios era lo suficientemente inteligente como para ser un competente guardaespaldas. Supuso que para ejercer la fuerza bruta, no se necesitaría de una inteligencia desbordante.

—Sí, es verdad, usted eso ya lo sabe. —Se rascó la barbilla pensativo. —Bueno, a ver, eso… —Señaló al suelo, recordando a la Drinfa. —Es uno de los pocos peligros que nos esperan. Me han enviado aquí para evitar que el libro que usted tiene, siga circulando en manos equivocadas.

—¿¡Pero quién lo ha traído!?

—Ahora voy con eso. Uno de nuestros dioses del Olimpo se ha “aburrido” y quiere… ¿Cómo lo diría? ¿Divertirse?

—¡Es broma! ¿No?

—No, ¿por qué iba a ser una broma? —Heracles continuaba sin entender las formas de hablar humanas. —A ver, ese dios recibió un “mensaje”, que le decía que algo grande llegaría si él daba ciertos pasos. No sabemos muy bien cuáles son los pasos que tiene que seguir para ello, pero lo que sí sabemos es que el “algo grande” que va a pasar no es bueno para los humanos y en consecuencia, para nosotros, los dioses, tampoco.

—¿A qué te refieres? ¡¿Qué es lo que va a pasar?! —Preguntó preocupado.

—¡Tranquilo profesor! He librado miles de batallas, en comparación, esta es un juego de niños. —Dijo hinchando su pecho de orgullo. —Un ser del bosque no podrá con estos músculos. —Se dio un golpecito en el pecho con su puño, demostrando su resistencia.

—¡Madre mía… que dios nos asista! —Harris se echó la mano a la cabeza. —¡Espera! —El profesor dio un brinco. —¡¿Has dicho dios del bosque?!

—Sí, uno muy escurridizo. Descendió a la tierra hace un par de siglos, escondiéndose entre sus súbditos, maquinando una gran batalla. Ahora se acerca su cometido y gracias a eso hemos podido averiguar lo que se propone. ¡Gracias a usted profesor! —Iba a darle otra palmada pero el profesor se echó hacia atrás para esquivarla, Heracles retiró su mano.

—¡¿Gracias a mí?!

—Sí, si usted no hubiera encontrado el libro y no hubiera ido a esa cita, andaríamos a ciegas. Cuando descendió del Olimpo, creímos que era una simple escapadita. Todos lo hacemos de vez en cuando. ¡La Tierra tiene placeres muy variados! ¡Ya me entiende! —Le dio un codazo de complicidad y le guiñó el ojo de forma traviesa. Al profesor no le hizo gracia. —Supusimos que habría engendrado hijos y que se había quedado en la Tierra para educarlos a su imagen y semejanza, pero después de quinientos años, empezamos a preocuparnos. Sabíamos que tramaba algo.

—¡Quinientos años! ¡¿Y no se les ocurrió preocuparse antes?!

—¡Profesor, usted y yo no medimos igual el tiempo!

—¡Ya, pues ahora estamos todos en peligro! —Exclamó enfadado.

—Escuche, lo cogeremos, es solo cuestión de tiempo, no podrá hacer lo que se propone. —Dijo él muy convencido.

—Necesito saber qué es lo que va a pasar y quién es ese dios insatisfecho, que nos quiere amargar la existencia a todos.

—Digamos que él se encarga del orden en la naturaleza. Lo que vosotros llamáis desastre natural o fenómeno natural e incluso milagros de la naturaleza… Pues no, no es así. Él se encarga de todas esas cosas que vosotros admiráis y respetáis.

—Leí algunas leyendas y mitos sobre eso. —Harris miró hacia el infinito intentando recordar. —Era algo sobre un dios que reclutaba súbditos y que su poder se hacía cada vez más fuerte gracias a la oración de sus seguidores.

—¡Sí, ese mismo! ¡Muy bien profesor, es usted todo un estudioso! —Dijo Heracles gratamente sorprendido.

—Pero si es él… ¡¡estamos perdidos!! —Exclamó asustado. —Según cuenta la leyenda, trajo pestes, terremotos y plagas a este mundo hace miles de años.

—No llegaremos a tanto. —Dijo convencido.

—¿Por qué estás tan seguro?

—No es la primera vez que lo intenta, por eso sé que no lo conseguirá.

—¿Ya lo habéis detenido otras veces?

—Sí y lo paramos todas las veces. ¿Ves profesor? ¡No tienes de qué preocuparte! —Dijo posando con delicadeza su mano en su hombro. Harris miró de reojo el movimiento de Heracles con miedo a que le partiera en dos. —Solo tenemos que guardar ese libro en un lugar seguro y así él no podrá continuar.

—¿Por qué el libro, para qué sirve?

—El libro es un portal, un recopilador, es parte de él. Con él consigue viajar a donde quiere, moverse entre mundos. En la última batalla que liberamos, Prometeo le quitó el poder de descender a la tierra para protegeros, pero él se las ingenió para conseguir un puente. Con una concentración de energía tan potente que lograría llevarle a donde quisiera sin vigilancia. Supimos de su descenso, pero ya le digo que no nos preocupó, hasta ahora. Eran simples travesuras. Es un dios muy activo sexualmente hablando, sus desarrollados instintos de procreación son más elevados que los de ningún dios. ¡Después de mi padre, claro está!

—Su padre…

—Sí, el gran Zeus. —Dijo con orgullo.

—Ya… ¿Y creyeron que era un simple arrebato por esparcir su semilla?

—Apolo está ligado a la Tierra más que ningún otro dios. Necesita el contacto femenino de mujeres jóvenes humanas.

—¡Eso era, Apolo! Había olvidado que leí su nombre. —Recordó Harris. —Vale, entonces llevamos el libro hasta los monasterios de Meteora y listo, ¿no?

—Bueno, no es tan sencillo… —Dijo Heracles enseñando los dientes con una sonrisa falsa.

—¡Acabas de decir que era un juego de niños!

—El problema está en que hay una humana dentro a la que debemos liberar, por no mencionar que por el camino estoy seguro de que nos encontraremos con todo tipo de obstáculos.

—¡¿Obstáculos como la Drinfa?! —Harris no sabía si quería realmente saber la respuesta.

—Si y peores. Al ser usted un humano, Apolo envió a una Drinfa, una de sus súbditas menos letales. Lo que no logro entender es, ¿por qué sabe Apolo de su existencia? Quizás se cruzó con él en algún momento, o hizo usted algo que le cabreó.

—No lo creo, no me he cruzado con ningún dios últimamente. —Contestó sarcástico.

—¡Discrepo! Ayer tuvo una cita muy divina.

—¡Ayer estuve con mi amigo y compañero de conocimientos, Alexander Jones! Es un ilustre licenciado en historia, compartimos descubrimientos y es un experto en artes oscuras, tiene un gran conocimiento de las interacciones sociales humanas. ¡Es admirable! —Explicó Harris con arrogancia.

—Acaba usted de describir a Prometeo.

—¡¿Qué?! ¡Pero si llevamos años de amistad! —Se sorprendió.

—Lo siento profesor, pero su amigo del alma es Prometeo. —Harris se sentó, dejándose caer a plomo en el sofá, con la cara descompuesta y con un pequeño gesto de desilusión y traición. —Si le sirve de consuelo, sé de buena tinta que es usted uno de sus humanos favoritos, él también le admira y le tiene en alta estima. —Heracles se compadeció de él. Continuó con el problema de la situación. —Por lo que sea, usted cabreó de alguna forma a Apolo y por eso le envió a una Drinfa. Seguramente, ahora Apolo esté muy cabreado, él siente el dolor de cada una de sus criaturas, sabrá que la hemos destruido, por lo que enviará a más y más fuertes. Tendremos que enfrentarnos a todas ellas y llegar hasta las montañas de Kalambaka.

—Genial… sabía que moriría joven, pero no de esta manera. —Dijo depresivo.

—¡Venga, no se venga abajo! ¡Le necesito positivo y con energía para llevar a cabo esta hazaña! —Heracles puso sus puños en sus caderas y abrió levemente las piernas, una posición muy heroica.

—¿Qué pasará cuando lleguemos allí?

—En el monasterio nos ayudarán a liberar a su alumna humana.

—Se llama Marion Green, mi alumna es Marion Green. —Dijo con tono preocupado. Heracles lo miró comprendiendo su preocupación.

—Una vez que liberemos a Marion, tendremos que ser muy rápidos. Al sacar a un atrapada de su libro, él sabrá nuestra ubicación exacta y vendrá a por nosotros con toda su ira. Que nos envíe súbditas horrendas y peligrosas es una cosa, pero que venga él en persona… Me temo que mi fuerza no será suficiente.

—¡¿Hay alguna buena noticia?! —Preguntó con ironía e irritación.

—¡Claro! ¡Profesor, yo estoy con usted! ¡Eso ya debería ser una muy buena noticia! —Contestó muy positivo.

—Supongo. —Harris no lo tenía muy claro.

Desde luego no estaba preparado para este tipo de batallas, en verdad a lo máximo a lo que él se había enfrentado habían sido excavaciones arqueológicas y libros cifrados. El tren hizo sonar su bocina de nuevo y comenzó a frenar para detenerse en la siguiente parada.

—¡Venga profesor, nos vamos! —Heracles abrió la puerta del compartimento para salir. Harris cogió aire profundamente y lo expulsó rápido y con fuerza.

—¡Allá que vamos!


¡ÁNIMO HARRIS, QUE TÚ PUEDES!

¿VEREMOS LAS HAZAÑAS DE LOS DOS EN EL PRÓXIMO CAPÍTULO?

¿PODRÁN LLEGAR HASTA KALAMBAKA? ¿QUÉ PELIGROS LES ESPERA?


POR MOTIVOS PERSONALES AYER NO PUDE PUBLICAR EL CAPÍTULO 11. EN COMPENSACIÓN HOY PUBLICARÉ TAMBIÉN EL 12.

¡ESTA TARDE ESTARÁ DISPONIBLE!



CAPITULO DIEZ

Imagen de Rudy and Peter Skitterians en Pixabay 

¡BELLA DURMIENTE!


Las circunstancias en la vida de Dedé habían cambiado mucho. Ella en la cárcel, acusada por una broma universitaria muy pesada. Marion abducida por un misterioso y mágico libro. Elisa hipnotizada por los encantos de un ser con el rostro de Mike, que se había agenciado uno totalmente distinto, Luke; y haciéndose llamar Dios ante Elisa. El profesor Harris en camino hacia una cita desconocida y muy importante, portando en su maletero la prueba evidente de la desaparición de Marion, o más bien su propia prisión. ¡Todo estaba patas arriba!

Dedé descansaba, encima de un suelo frío y sucio de hormigón, dentro de su celda. El policía se acercó a las rejas y las golpeó fuerte, con su garrote, haciendo un ruido metálico ensordecedor. Eso interrumpió el sueño incómodo de Dedé.

—¡Bella durmiente! —Llamó su atención con burla. —¡Eh, despierta! Es hora de irse.

Dedé despegó la cabeza del suelo con dificultad, ayudándose con el impulso de los brazos. Miró al guardia entreabriendo los ojos.

—¡Ja, ja, ja…! —Rió el guardia cuando vio su rostro. —¡Madre mía, te han dejado hecha una pena! ¡Así aprenderás! —Dijo mientras con sus llaves daba vueltas a la cerradura.

Sus compañeras de cuarto de esa noche habían hecho su trabajo y desde luego, se habían despachado a gusto. Tenía la nariz magullada, las ojeras ennegrecidas por los morados, señal de unos bueno puñetazos; y una parte del labio partido. Estaba hecha un escombro. También le habían robado sus zapatillas y le habían quitado la chaqueta a patadas. El guardia abrió la puerta y Dedé se levantó a marchas forzadas, cojeando y sujetándose las costillas con una mano, se dirigió hacia la puerta de la celda.

—¡Vuelve cuando quieras, princesa! —Dijo la presa que llevaba su chaqueta y sus zapatillas puestas. Dedé las miró, odiosa, por última vez con sus ojos morados y su escasa percepción. La presa juntó sus labios haciendo morritos y le lanzó varios besos.

Se dirigió, dolorida, hasta la recepción para recoger sus pertenencias. Allí, un joven cadete la atendió. Esparció sus cosas por el mostrador y las fue enumerando.

—Este es tu móvil, tus llaves y tu documentación. Creo que no falta nada, revísalo todo. —Dijo el joven, que la miraba con compasión.

Dedé, despeinada, magullada y con poca energía, cogió su teléfono con la pantalla escarchada, intentó encenderlo pero fue imposible.

—¡Está roto! —Miró hacia las mesas de la oficina, dónde estaban los otros policías. —¡¿Me habéis roto el móvil?! —Exclamó indignada. La ignoraron, soltando pequeñas risas contenidas entre ellos. —¡Esto es el colmo!

El cadete se inclinó hacia ella por encima del mostrador para hablarle en voz baja.

—Lo siento, no llevan muy bien lo de las bromas, es su forma de vengarse. —Dedé lo miró con la boca abierta y señalando su cara con su dedo índice le dio a entender, si aquella paliza no había sido suficiente. —Ya, lo sé y lo siento de veras, pero deberíais parar con las bromas.

—¡Seguiré repitiendo que no ha sido una broma, hasta que se me caigan los dientes de vieja! Supongo que hay cabezas huecas en todos lados, incluido en el departamento de policía. Da igual… últimamente pasan demasiadas cosas inexplicables en mi vida, una paliza y pasar una noche en el calabozo no es del todo surrealista para mí. —Dedé miró la chapa identificativa que el joven llevaba en su pecho, sujetada por un alfiler, encima de la solapa de su bolsillo. —Agente G. Sanna… ¿de qué me suena a mí tu apellido? —Preguntó inclinándose hacia él.

El cadete recolocó su broche con orgullo.

—Estudiamos juntos en segundo curso. —Dijo él, esperando que le reconociese. Dedé lo miró sin saber de qué hablaba. —Me sentaba una fila por delante tuya… —Dedé seguía sin darse cuenta, esto desilusionó un poco al chico. —¡Me pagabas diez dólares por pasarte a limpio los apuntes! —exclamó ofendido.

—¡Lo siento, no lo recuerdo! —Contestó ella molesta.

—Te invité al concierto de los Audioslave.

—¡Oh, sí, ya me acuerdo! —Se echó las manos a la cabeza. —¡Madre mía, ese concierto fue la leche! Pero, no me acuerdo de ti… —Dijo pensativa. —A ese concierto… fui con Elisa…

—Si, lo sé. Te dí las entradas y fuiste con tu compañera de cuarto. —Dijo apenado.

—¡Oh, mierda, lo siento! —Se disculpó arrepentida.

—No te preocupes, no fue culpa tuya, seguramente yo formulé mal la pregunta. —La disculpó bajando la cabeza.

Dedé lo miró con una leve sonrisa de compasión, lo inspeccionó de arriba a abajo, pensando que no estaba nada mal.

—¿Y qué haces aquí? —Le preguntó ella interesada.

—Dejé la universidad y me apunté a las pruebas, las aprobé y… ¡aquí estoy! —Dijo él abriendo los brazos de par en par.

—¿Te diste cuenta de que querías ser policía?

—No exactamente, digamos que fuerzas personales me llevaron a esto. —Dedé asintió sin entender muy bien a qué se refería. —Me llamo George, por cierto. —Él tendió su mano para hacer un saludo formal. Dedé sonrió y le correspondió.

—Encantada, George. Prometo no olvidarme esta vez.

—Tienes que firmar estos documentos antes de irte, ya sabes, meras formalidades.—George puso los papeles, delante de Dedé, por orden. —Este de aquí es tu alta de salida. Este en el que se detallan todas tus pertenencias y afirmas que te han sido entregadas y este es en el que declaras que no has sufrido ningún tipo de mal trato físico por parte del departamento de policía. —Carraspeó al final de la frase, estaba incómodo con ese papel.

—Ya, tu y yo sabemos que no ha sido exactamente así, ¿verdad George? —Dedé firmó ambos papeles.

—Y por último, este es el de recogida de tu vehículo, tienes que firmarlo y llevarte una copia.

—¿Recogida de mi vehículo? ¿¡Por qué se llevaron mi coche!?

—Supuestamente para pruebas. —Dijo nervioso.

—¿Qué pruebas? —George se encogió de hombros y le entregó las llaves.

—Es el procedimiento. Podrás recogerlo dentro de una semana.

—¡¡Una semana!! ¡¡Estáis de coña!! ¡¡Necesito mi coche para moverme!! —Explotó muy cabreada.

—Si, también siento eso. Suelen expresar sus frustraciones así. —Encogió sus hombros de nuevo.

—¡Así que pruebas! ¿eh? —Dedé negó con la cabeza. —No debería haber firmado ese papel del maltrato físico. —Volvió a mirar a los policías con ira.

—Lo siento mucho, Danielle…

—No importa. —Suspiró. —Me voy a casa, dormiré hasta que pueda recoger mi coche.

—Deberías ir al hospital, no tienes buen aspecto. —Le aconsejó él preocupado.

—Ya… ¿Y cómo se supone que voy hacerlo? ¡Me quitaron el coche! ¿Recuerdas? —Contestó meneando las llaves de su coche en la mano. —¡Este día no puede ir peor. —Murmuró.

—Yo puedo llevarte. Acabo el turno en quince minutos y el hospital está cerca de mi casa. Puedo acercarte si quieres. —Se le notaba entusiasmado.

—No… gracias, puedo apañármelas sola

—De verdad que no me importa. —Insistió.

Dedé estaba ya en la puerta, con la mano apoyada en el cristal, dispuesta a empujarla para salir. Miró la cara inocente de George y pensó que era un buen chico, de los que ya no quedaban, también pensó que era demasiado bueno, demasiado blandito, se derretiría como la mantequilla a su lado. Pensó que se cansaría rápido de él. Pero era su mejor opción en aquel momento. Sin teléfono, sin coche y sin mejor amiga. Así que asintió con la cabeza y le esperó fuera.

Imagen de Comfreak en Pixabay

El profesor sujetaba, entre sus brazos, aquel libro envuelto en la bolsa. Como el mayor tesoro jamás encontrado o quizás el arma más poderosa capaz de destruir la humanidad, aún no se sabía, pero por su postura y por la fuerza con la que se agarraba a él, había descubierto más de lo que ya sabía y esto le había llevado a cumplir una importante labor. Al parecer la cita mantenida, la tarde anterior, le había resuelto bastantes dudas, y al parecer, también había reducido su miedo a estar cerca del ejemplar. Sentado en un asiento de vagón de tren, miraba nervioso a su alrededor, como si alguien le acechase, como si fuesen a robarle aquel misterioso y poderoso tesoro, envuelto en una bolsa poco glamurosa. Había escogido el asiento de la ventanilla, así su espalda y su costado izquierdo estarían protegidos, además desde allí podría vigilar a toda persona que entrara en el vagón.

—Debo llegar antes que ellos, debo llegar antes que ellos. —Se repetía una y otra vez.

El revisor empezó a pedir los billetes a los pasajeros, el tren ya estaba en marcha. Harris miraba, todo el tiempo, hacia el pasillo, nervioso y sudoroso. El revisor se le acercó.

—Señor, su billete por favor.

—¡Sí, claro, por supuesto! —Dijo con la voz entrecortada. Con una mano siguió sujetando el libro y con la otra, temblorosa, sacó el billete del bolsillo de su chaqueta de pana marrón con remiendos en los codos de color beige, la misma que la del día anterior, lo que significaba que el profesor no había pasado por casa ni para cambiarse.

El revisor se dio cuenta de su estado inquieto y su sudoración excesiva.

—¿Se encuentra usted bien? —Preguntó preocupado.

—Sí, gracias, estoy bien. —Le entregó el billete y éste se lo devolvió sellado.

—Muy bien, todo en orden. —El revisor lo miró intranquilo. —¡Que tenga un buen viaje, señor! —Se dispuso a marcharse.

—Sí, vale… gracias. ¡Oiga, disculpe! —Harris llamó de nuevo al joven revisor.

—¿Si, dígame?

—¿Cuándo llegaremos a Kalambaka? —El revisor miró su reloj.

—Dentro de unas tres horas y media, señor. ¿Necesita, usted, algo más?

—Sí, un vaso de agua si es usted tan amable. —Le pidió secándose el sudor de la frente, con un pañuelo de su bolsillo.

—¡Claro, enseguida!

—Muchas gracias. —Contestó Harris con media sonrisa. Con la tensión que contenía en su cuerpo no era capaz ni de sonreír enteramente.

Harris en seguida se fijó en que un hombre, sentado en un asiento en diagonal al suyo y en contra de la dirección del tren, lo observaba atentamente. Al profesor no le gustó en absoluto que aquel pasajero le mirase. Aquel hombre, trajeado, bien peinado y con aparentemente grandes modales, estaba sentado bien erguido, observando cada uno de sus movimientos. Tenía unos ojos penetrantes, rasgados, de color azul. Tenía la raya de los ojos muy marcada, como si se la hubieran pintado con un pincel. Su tez era clara, con ciertas pecas pícaras por encima de la nariz. Mandíbula pronunciada en los laterales de su rostro, su pelo era castaño claro, con un corte muy moderno y mechas blancas en las puntas de su pequeña cresta. Aquel cuerpo tan masculino, rellenaba perfectamente el traje tan impecable que portaba, era un hombre de ejercicio físico. La nuez de su garganta sobresalía y marcaba el cuello de su camisa, abotonada y cerrada, con una corbata granate.

Harris se revolvía en el asiento, intentaba no hacerle caso, mirar para otro lado, pasar desapercibido, pero le resultaba casi imposible, el ángulo de observación de aquel trajeado hombre, era perfecto para vigilarlo. El revisor se acercó de nuevo al profesor, con su vaso de agua.

—Aquí tiene, señor. —Le acercó el vaso.

—¿Podría hacerme otro favor? —Le preguntó con la voz temblorosa y casi inaudible.

—¡Claro, señor! ¿Qué necesita? —Se ofreció servicial.

—¿Puede ubicarme en otro asiento?

—¡Oh, lo siento, señor, vamos completos!

—Entonces, ¿puede decirme dónde están los servicios?

—En el vagón trasero, ahí los encontrará.

—¡Gracias! —Le agradeció Harris. El revisor asintió con la cabeza y se marchó.

El profesor se levantó de su asiento, tras beberse el agua como si fuese un chupito de tequila. Sin dejar de sujetar su valiosa pertenencia, se dirigió hacia el vagón de atrás, no sin antes cruzar, por última vez, la mirada con aquel extraño pasajero que no dejaba de observarlo. Aquella mirada era algo más que penetrante, era como si quisiera decirle algo, como si quisiera decirle que estaba en peligro y que el peligro era él.

Harris caminó por el pasillo hasta llegar al final, allí estaba el baño. Tiró de la manilla, pero la puerta no se abrió.

—¡Vamos, venga! —Volvió a tirar.

—¡Ocupado! ¿¡No ve el pomo!? ¡Está en rojo! —Dijo un señor desde dentro.

Harry se quedó allí de pie, mirando continuamente hacia la entrada del otro vagón, vigilando de que no viniera a por él, aquel hombre tan elegante. Estaba sudando a chorros, como si hubiera corrido una maratón, como si aún estuviera en ella. Una mujer se acercó, también esperaba para entrar al baño.

—¿Está ocupado? —Preguntó sonriente.

—Sí. —Contestó Harris.

La miró estupefacto, era la mujer más bella que había visto jamás. Sus cabellos eran largos y ondulados como las olas, naranjas como el amanecer de un día caluroso. Era preciosa. Sus pómulos tenían un color rosado natural perfecto. De tez pálida y dos hoyuelos que destacaban cuando ella sonreía, que iluminaban aquella estancia, algo no muy difícil, puesto que se le notaba que era de espíritu juvenil y risueño. Sus ojos grandes y marrones como el café soportaban unas largas pestañas a juego con su pelo. Harris se quedó embelesado por tal belleza, tanto que olvidó por completo toda preocupación, todo el estrés.

La mujer se meneaba de un lado para otro, sus ganas de ir al baño eran evidentes a la par que inminentes. Se acercó a la puerta y tocó tres veces.

—¡Oiga! ¿Va a tardar usted mucho? —Preguntó con su dulce voz.

Harris pensó en su voz, en lo aterciopelada y confortable que era. Podía imaginarse esa voz cada día al despertar, cada noche al dormirse, a su lado, en la almohada que ahora estaba vacía. Podría acostumbrarse a un “Te quiero” de sus labios para siempre.

—¡Vayan a otro servicio! —Desde dentro se escuchaban los esfuerzos del pasajero por vomitar.

La mujer y el profesor se echaron para atrás.

—¡Uf! —Dijo ella. —Parece que algunos no soportan el traqueteo de las vías.

—Sí, eso parece. —Contestó él tímido.

—¿Y usted? ¿Le gusta viajar en tren? —Preguntó ella dicharachera.

Harris se quedó bloqueado. No podía creerse que le hablara a él, que se interesara por tener una conversación con él.

—¡¿Quién yo?! —Dijo señalándose con él dedo.

—No, en realidad hablo con el que está detrás. —Dijo bromista. Instintivamente el profesor miró para atrás dónde solo había pared. Ambos rieron. —Le pregunto porque le veo bastante sudoroso e inquieto.

—¡Oh, no! ¡Me encanta viajar en tren! Es mi transporte favorito. —Contestó sonriente.

—¡Genial! —Exclamó ella dando un pequeño brinco. En verdad tenía un espíritu contagioso y enérgico. —Pero si va a vomitar, avíseme antes ¿vale?

—¡Claro, por supuesto! —Ella le sonrió graciosa. Él le devolvió la mirada.

—¡Me llamo Eugine! —La preciosa mujer le tendió la mano con firmeza. Harris se la devolvió.

—Harris, James Harris. —Dijo él aún sujetando con fuerza el libro con la mano que le quedaba.

—¡Encantada James! Y dígame, si no le molesta el viaje, ¿qué es lo que le inquieta? —Preguntó ella muy amable y dulce. —¿Está escapando de la justicia? ¿Le persigue la mafia? —Dijo bromeando con gracia.

—¡No! —Rió Harris. —Yo solo soy un profesor.

—¿Quizás un profesor espía que huye de algún poderoso terrorista? —Ambos rieron de nuevo. —¡Vamos, sígame el rollo! La imaginación es lo mejor para olvidarse uno de que se está haciendo pis encima.

—¡Bien, está bien! Pues… en ese caso… En verdad soy un profesor con una gran misión. Tras encontrar un libro mágico, de otro mundo sobrenatural, que atrapa a personas y manipula las mentes humanas, debo encargarme de llevarlo a un sitio seguro, a las montañas de Tesalia, cerca de Kalambaka, allí me espera un enlace que me llevará hasta los antiguos monjes de los monasterios de Meteora. Una vez entregado, tendré que asegurarme de que sus secretos no sean desvelados y convencer a los antiguos de que lo abran una vez más para liberar a una alumna que se ha quedado atrapada. —Y así lo resumió Harris, convencido de que la realidad traspasaría la ficción y que aquella bella mujer alabaría su imaginación.

—¡Vaya! ¡Me deja usted impresionada señor Harris! —Eugine estaba boquiabierta.

—¡Gracias! Los profesores tenemos mucha imaginación. —Contestó hinchando su pecho con orgullo.

Eugine seguía meneándose de un lado para otro, las ganas de ir al baño eran cada vez mayores.

—¡Ay, no aguanto más! ¡Deberíamos buscar otro baño! ¿No le parece?

—Si, estoy de acuerdo.

—Estoy en un vagón con compartimento, si quiere puede acompañarme. Podemos pedir una taza de café y seguir inventando historias. El viaje es muy largo y al viajar sola me aburro como una ostra. —Le invitó parlanchina.

—¡Sería todo un placer! —Harris aceptó la invitación. Estaría loco si no lo hiciera.

—¡Bien! —Se puso muy contenta. Se notaba que había una chispa entre los dos. Se notaba que a ella también le gustaba el profesor. —¡Entonces, sígame profesor! ¡Nos vamos de aventuras! —Dio dos brincos y comenzó a andar por delante de él con salero.

Tras encontrar unos baños libres en el vagón de Eugine, se dirigieron hacia su compartimento.

—Teniendo baño aquí, ¿por qué fue hasta el otro vagón? —Preguntó él.

—¡Ah, pues porque este también estaba ocupado! —Contestó ella que se detuvo frente a una puerta. —¡Es aquí! —La abrió. —Usted primero. —Hizo una reverencia encantadora que hizo que Harris sonriera como un bobo.

Harris se adentró en el cuarto del tren. Tenía dos largos asientos, uno frente al otro, de color rojo, con respaldo acolchado, parecían muy cómodos. Vio que el ventanal era más grande que el de los otros vagones de clase turista. Miró todo el espacio. Eugine, estaba detrás de él, cerró la puerta.

—¿A dónde viaja usted, señorita Eugine? —Preguntó.

Eugine no le contestó, algo que al profesor le extrañó. Se giró para verla, pero allí no había nadie.

—¡¿Señorita Eugine?! —La llamó inquietante.

Un rugido ahogado y chirriante llamó su atención. Provenía del techo de la habitación. Él, dudoso y atemorizado, no quería mirar hacia arriba, pero la curiosidad humana fue lo que le llevó a hacerlo. Y allí estaba. Un ser espeluznante que enseñaba sus afilados dientes amarillentos. Con la piel azulada y cuarteada, abría la boca soltando saliva y ruidos extraños. El pelo largo y sin vida, aún de color naranja, pero más como las tejas desgastadas de una casa en ruinas, colgaba hacia abajo. Aquella cosa, se agarraba al techo con sus uñas largas y negras, clavadas en la madera con fuerza. Todo su cuerpo era casi esquelético, se podían ver sus huesudas costillas a través. Lo que había sido una preciosa mujer divertida y alegre, con rasgos angelicales, se había convertido en un abrir y cerrar de ojos en una monstruosidad que le acechaba, dispuesta y preparada para lanzarse encima de él.

—¡¿Señorita Eugine?! —Preguntó el profesor con la voz trepidante. ¿Cómo iba a imaginarse que aquella perfecta diosa, se convertiría en aquel semejante ser, saco de huesos?

Soltó un último alarido ensordecedor que hizo que Harris se tapara los oídos con fuerza. Era molesto y doloroso. Un arma que usaba para inmovilizar a su presa. Los oídos del profesor empezaron a sangrar a borbotones, eso no era buena señal. Con las manos apretando sus orejas, se quejaba de dolor y se dejaba caer de rodillas al suelo. Una vez allí, el monstruo desplegó sus negras alas desgastadas y descendió al suelo. Harris, arrodillado y dolorido, era la presa perfecta. Eugine, o lo que quedaba de ella, se acercó a él, alzando sus garras hacia arriba en posición de ataque, dispuesta a clavarlas en su espalda para terminar con su existencia; y así llevarse el libro. El profesor se giró asustado, abrió sus ojos, la miró aterrorizado ante la presencia de aquel ser y se preparó para recibir su final.

De pronto, un garrote largo y de bronce, atravesó el cuerpo huesudo de la criatura. Un haz de luz azul intensa, salió de su estómago. Ésta gritó, ensordeciendo de nuevo a Harris, que de nuevo se tapó sus oídos. La luz era tan potente que tuvo que apartar la mirada. La criatura gritó por última vez, un grito de desgarro; y desapareció tras ese brillo. Harris, cegado y sin visibilidad, pestañeó varias veces. Una vez recuperada la vista, vio a su salvador. Aquel hombre estaba de pie, frente a él. Le tendió la mano, para que se levantara del suelo. Aquel hombre de pómulos marcados, ojos rasgados y corbata granate, le salvó.

—¡Venga, levántese! —Le dijo con voz de mando. Con una voz muy masculina y varonil.

—¡¿Usted?! —Preguntó sorprendido. Harris se levantó del suelo, posicionándose frente a ese valiente pasajero.

—¡Sí, yo! —Contestó cortante. Abrió la puerta y sacó un poco la cabeza. Echando un vistazo al pasillo. Quería asegurarse de que nadie se había acercado a ver el barullo. Cerró la puerta y se enfrentó al profesor. —¡¿Está usted loco?! —Le regañó. —¿Qué hacía con esa mujer?

—¡Escapar de usted!

—¡¿De mí?! ¡Yo soy su enlace profesor! —Exclamó furioso.

—¿Mi enlace? ¿Y por qué me miraba de esa manera? ¡Estaba vigilándome con esa cara de pocos amigos todo el tiempo! ¿Qué esperaba que creyera?

—¡No le miraba a usted! Miraba a esta cosa, ella estaba en el asiento de atrás. —Dijo señalando al suelo dónde aún se encontraba algunos restos de aquella criatura.

—¡Oh, vaya! —Dijo él avergonzado.

—¡¿Así que me tiene miedo a mí, pero se va con una desconocida?!

—¡Era simpática y muy guapa! Fue agradable conmigo, quizás si usted se hubiera presentado y hubiera sido agradable… —Le reprochó Harris.

—¿En serio? —Le miró incrédulo. —¿Esperaba que le hiciera ojitos? Yo estaba observando sus espaldas, vigilando que nadie se le acercase, era una ventaja por si le pasaba algo.

—¿Y que era eso? —Preguntó el profesor aún traumatizado.

—Una Drinfa.

—¿Una qué?

—Una Drinfa. Son las hadas de la tierra. —Le explicó.

—¡Pero las hadas son buenas! —Exclamó él, incrédulo.

—Supongo que vuestro ojo humano está demasiado acostumbrado al cacharro ese donde echan imágenes extrañas, que os lavan el cerebro.

—¡¿Se refiere a la televisión?!

—Si, eso… La televisión. —Repitió como un loro.

—Pero, ¡¿quién es usted?! —Al profesor le sorprendió que aquel hombre no supiera lo que era una televisón.

—¡Soy Heracles! Hijo de Zeus, semidios, ¡encantado! —El semidios le tendió la mano como si tal cosa. Harris se quedó perplejo y le respondió al saludo casi por inercia.

—¡¿Hera… Hera…Heracles!? —Titubeó como un tonto.

—¡Sí, el mismo!

—Osea, ¿Hércules? —Preguntó de nuevo, aún no podía creérselo.

Heracles movió la cabeza hacia los lados, negando aquel nombre.

—¡No, Heracles! Mi nombre es Heracles, no Hércules. Otra asignación de vosotros los humanos.

Harris se dejó caer hacia atrás, como una tabla de madera rígida, se desmayó y golpeó el suelo con fuerza. Retumbó todo el parqué de aquella estancia.

—¡Vaya, otro humano blandito! —Exclamó el Héroe.

Y HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO DE HOY

Nos vemos en el próximo

NO LO OLVIDÉIS EL VIERNES EL CAPÍTULO 11

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO