CAPITULO DIECISÉIS

YO NO LO HICE


Se despertó abriendo sus grandes ojos azules. Esta vez ella también había hecho magia, pues sus pupilas se dilataron tanto que su azul se oscureció. Se quedó inmóvil, en la misma postura que cuando se acostó, pies colgando y el resto del cuerpo como una tabla. Su pelo negro como la noche estaba húmedo, gotas de sudor brillaban en su frente, había sido un sueño tan real, tan intenso, que le costó asimilarlo. Miraba hacia el techo de su habitación pensando en sí debía hacer caso a aquellas voces, si la visita de su abuelo significaba algo. Se levantó despacio y se quedó sentada en el borde de la cama. ¿Qué le estaba pasando? ¿Era aquello real o en verdad estaba perdiendo del todo la cabeza? Solo había una forma de averiguarlo.

De nuevo, sin ducharse ni cambiarse, se dirigió hacia la salida. Tenía una pinta horrible, como si hubiera estado de fiesta durante una semana entera, cara llena de moratones, la ropa sucia, todavía descalza, el pelo sudado y unas ojeras que se hundían como cuevas bajo sus ojos. Si no estaba ida, desde luego lo parecía. Caminaba acelerada por los pasillos de la residencia, con el corazón a mil por hora, esperaba llegar a la biblioteca y ver a la borde de Marion en la recepción, a salvo, sin gritos de auxilio y sin llantos. Respiraba todo el oxígeno que encontraba con intensidad, como una completa adicta sin su droga. Los demás estudiantes la miraban alucinados y se apartaban de su lado, parecía la nueva peste mundial. Cruzó el campus todo lo rápido que sus pies, con calcetines destrozados; y sus piernas temblorosas le permitían. Vio la puerta de la biblioteca al final del camino, pero se le estaba haciendo eterno el trayecto, un sendero que se alargaba más y más, en su mente, a medida que avanzaba. El sol de la mañana le molestaba en la cara, sentía que debajo de sus fulminantes rayos se iba a derretir o a convertir en polvo, cual vampiro. Al fin llegó y a duras penas pudo sujetarse a la barra de la puerta de cristal. La abrió después de coger aire dos o tres veces, quería con tanta fuerza que Marion estuviera allí. Si Marion estaba en su lugar de trabajo, eso significaba que solo estaba cansada, estresada, como bien había dicho George y para eso había un remedio, dormir durante todo un mes y jamás, jamás volver a beber, ni tocar las drogas. Se envalentonó a abrir la puerta, confiada y diciéndose a sí misma en su mente que Marion estaría allí y la volvería a llamar Danielle, la volvería a insultar con algún tipo de frase elocuente e inteligente, seguramente repararía en su aspecto llamándola irresponsable o algo parecido, no le importaba ni lo más mínimo los insultos de Marion, solo quería verla, en persona, en carne y hueso.

Entró y vio que la mesa de recepción estaba vacía, eso la estresó mucho más, con más estrés, más locura parecía desprender, la cara la tenía pálida, los ojos seguían en un pozo oscuro y su semblante totalmente desencajado. Miró hacia los otros estudiantes que hacían cola en el lugar de trabajo de Marion. Se acercó a ellos, pero se apartaban asustados por ver aquella versión tan surrealista y peligrosa de Dedé. Se abalanzó contra el primero que pilló.

—¡¿Dónde está?! —Preguntó desquiciada. El chico intentaba apartarse de ella pero Dedé se agarró fuerte a su brazo.

—¡Déjame zumbada! —Le contestó.

—¡Dime dónde está! —Preguntó de nuevo más enfurecida.

—¡Eh, oye, te ha dicho que le dejes! —La chica que estaba delante intentó socorrer al chico acorralado por Dedé. Dedé se dirigió entonces a ella.

—¡Por favor, solo quiero saber dónde está la recepcionista! —En su voz se notaba la desesperación.

—¡Está allí! —Señaló la chica confusa y algo harta de su comportamiento.

Miró hacia la dirección del dedo. Y allí estaba Marion, de pie, colocando unos libros en la estantería, tan tranquila como siempre. Dedé respiró aliviada y encorvada, casi sin fuerzas, se dirigió hacia ella.

—¡Menuda loca! ¡Está como una cabra! —Murmuraban los estudiantes de la recepción.

Arrastrando los pies y con una sonrisa llorosa, fue hacia su querida y odiada Marion. Sabía que ella la reprendería por estar en ese estado, que la echaría de allí de inmediato, pero tampoco le importaba. Necesitaba verle la cara, frente a frente, ver que estaba bien y que nadie la tenía atrapada en ningún bosque, en ningún lugar extraño. Miró su espalda, observó su vestimenta y sonrió más todavía, al ver que seguía siendo la misma Marion de siempre, con sus formas tan anticuadas y desfasadas de vestir, incluso le gustó su estilo aquella mañana. Alargó su brazo para tocar su hombro.

—¡Marion! —La llamó con alegría. —¡Menos mal que estás aquí!

Marion se giró para ver quien la reclamaba, pero no era ella, no era Marion, era otra chica del campus, otra muy diferente.

—¡Tú no eres Marion! ¡Tú no eres Marion! —Dijo Dedé sorprendida y aterrorizada. La tez de su piel se volvió tan blanca que podría llegar a ser transparente. Sus ojos se hundieron mucho más en aquel pozo negro de sus ojeras.

—No, lo siento, Marion no está. ¿Puedo ayudarte en algo? —Dijo la chica que intentaba no asustarse y ser amable. Dedé se quedó mirándola, la observó de arriba abajo con detenimiento, parecía que la fuera a devorar. —¡Oye! ¿Te encuentras bien? —Preguntó echándose hacia atrás.

—¡¡Tú no eres Marion!! —Dedé la agarró por los hombros y la estampó contra la librería con fuerza. —¡¡No eres Marion!! —Gritaba. —¡¿Dónde está?! ¡¡Dime dónde está Marion!!

La nueva recepcionista estaba realmente aterrorizada, estaba siendo atacada por una especie de joven loca, con aspecto de adicta, en plena crisis de abstinencia.

—¡¡Dime qué está pasando!! ¡¿Dónde está?! ¡¡Contéstame!! —Dedé no controlaba su fuerza, estaba fuera de sí, la apretaba y la empujaba una y otra vez.

—¡¡No lo sé!! ¡¡No sé dónde está!! —Le contestó. —¡Ayuda por favor, que alguien me ayude!

Al escuchar sus súplicas de ayuda, Dedé cesó, recordó la voz de Marion pidiendo ayuda en sus sueños. La soltó y ésta escapó corriendo. Miró sus manos, dándose cuenta de que lo que estaba haciendo no estaba bien, se le estaba yendo la cabeza, aquel tema se estaba desmadrando demasiado. Dejó que finalmente sus piernas perdieran fuerza y las rodillas se doblaron como el papel, sintiendo el frío de aquellas viejas baldosas en su piel.

—¡¿Qué está pasando?! ¡¿Qué está pasando?! —Arrodillada, indefensa, mirando sus manos temblorosas y sin comprender, se repetía una y otra vez la misma pregunta, mientras su cuerpo se balanceaba levemente hacia delante y hacia atrás. —¡Sal de mi cabeza, sal de mi cabeza! —Se sujetó la frente con las dos manos, no aguantaba más aquellos sueños, aquellas voces, ni las extrañas apariciones.

—Danielle… —Una voz amistosa estaba a su lado. Era George, que vestido con su uniforme, llegó hasta ella y en cuclillas se acercó. —Danielle, soy George. —Dedé levantó la vista llena de lágrimas, llena de miedo. En su cara podía verse la locura.

—¿George? —Dijo algo aliviada al verlo.

—Sí, Danielle, soy George.

—¡George! ¡¿Qué me está pasando?! —Sus manos trémulas se agarraron a él.

—¡No lo sé, Danielle, pero lo averiguaremos! Yo te ayudaré, pero para eso tienes que venir conmigo, ¿de acuerdo? —Dedé asintió afligida. —Te ayudo a levantarte. —Ambos se pusieron de pie despacio, a Dedé le costaba moverse.

Caminaron hasta la recepción lentamente, Dedé se sujetaba del brazo de George y reposaba su cabeza en su sólido hombro. Los demás estudiantes se apartaron hacia los lados, hicieron un pasillo esperando algo que a Dedé no le iba a gustar. Cuando ella alzó la vista hacia la entrada, vio a varios agentes de policía haciendo guardia, mirándola muy atentos. Eso no le hizo ninguna gracia. Miró a George con súplica, con miedo, con decepción, de nuevo se sentía traicionada. George se dio cuenta.

—No pasa nada, Danielle, yo estoy contigo. —Ella se apartó de él, soltando el brazo que antes había sido su consuelo, pero que ahora era su enemigo. —¡No lo hagas más difícil! Tienes que entregarte, Danielle.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —Dijo ella asustada y confusa.

—¡Danielle, Elisa ha muerto! —Dijo George estirando las palmas de sus manos a modo de calma.

—¡¡¿Qué?!! —A Dedé se le cayó un mar helado encima. Eso no podía ser real, estaba segura de que era un error.

—Tienes que venir con nosotros.

Varios policías se adelantaron al ver que Dedé iba a resistirse, sacando sus esposas del cinturón de su pantalón. Ella retrocedió varios pasos, impresionada y sin comprender lo que estaba pasando una vez más.

—¡Esto es otro sueño, esto no es real! —Negaba con la cabeza al mismo tiempo que gritaba. —¡George no dejes que me lleven! ¡No dejes que lo hagan!

—¡Danielle, por favor! —Él estaba realmente conmocionado, no sabía qué hacer, sus compañeros se la iban a llevar a la fuerza y no podría impedirlo. —Estaré contigo, te lo prometo, en todo momento, pero tienes que ir con ellos.

Dedé negaba y negaba con la cabeza y los policías sujetaron sus manos para detenerla.

—¡Esto es un sueño! ¡Esto no es real! —Repetía mientras intentaba soltarse desesperadamente de sus captores. —¡Yo no lo hice George, yo no hice nada de lo que creen! ¡¡Diles que me suelten, tengo que salvarlos!! ¡¡Debo salvarlos a todos!! —Gritaba como una furia y los policías se la llevaron por la puerta en volandas. Dedé pataleaba y voceaba todo lo que su cuerpo agotado y magullado le permitía. Parecía, literalmente, una loca desequilibrada.

George, angustiado y triste, se echaba las manos a cabeza, se sentía impotente viendo cómo se la llevaban y cómo ella le suplicaba clemencia, en el fondo sabía que su querida Danielle era incapaz de hacerle daño a nadie, pero había visto y oído cosas que no podría pasar por alto, realmente su querida Danielle había perdido el norte, ¿se habría convertido entonces en una asesina? Ya no sabía en qué creer. Lo que sí sabía, es que jamás la dejaría sola.


CAPITULO SEIS

¡CUANDO YO TE LO DIGA!


Elisa salió de la biblioteca como un rayo enfurecido, sin reparar en que había dejado todas sus pertenencias de estudio encima de la mesa, a veces su carácter era así, tan impredecible y brusco como un tsunami arrasador. Dedé ya estaba acostumbrada a sus reacciones ardientes, era una característica latina que le encantaba de su amiga.

Provenía de una familia cubana que se había labrado un futuro muy estable en los Estados Unidos. A golpe de trabajo forzoso, sus antepasados habían logrado sobrevivir en la jungla de asfalto gracias al pluriempleo y a la fuerza de voluntad emprendedora. Tras varios rechazos y fracasos, su familia consiguió fundar una sólida empresa de productos alimenticios. Lo que en principio fue un pequeño negocio con ruedas de ropa vieja y sándwiches cubanos, en el distrito de Queens, se convirtió en una gran franquicia llamada “Black-Frijol” que se extendió por toda América. Entre sus productos destacaban el congrí y el ajiaco, platos antiguos y típicos de Cuba, que habían arrasado entre los norteamericanos.

Elisa vivía a cuerpo de reina, aunque no compartía con sus amistades la procedencia de su patrimonio familiar, odiaba tener que explicar a cada persona, de su círculo social, la historia de su familia, y aunque disfrutaba de una gran riqueza, vivía bajo una gran presión. Sus padres, prácticamente, le habían obligado a estudiar en aquella universidad, necesitaban a alguien en la familia con visión y título para sus nuevas empresas e infraestructuras, por lo que Elisa debía sacarse varias titulaciones y asignaturas, entre ellas diseño industrial e historia de la arquitectura. Eran una familia muy unida, artística e inteligente, todos habían puesto su granito de arena para seguir con la tradición familiar empresarial.

Tenía cinco hermanos, todos chicos, ella era la tercera. Sus dotes de niñera estaban muy desarrollados, cuando sus padres tenían que trabajar, Elisa debía cuidar de sus dos pequeños y rebeldes hermanos. Conocía muy bien el esfuerzo, la lucha, las tareas y las obligaciones, su madre se había encargado de ello para que su futuro fuera brillante, independiente, una mujer autosuficiente y “libre”, libre entre comillas, porque su futuro estaba impuesto. Ella detestaba tener que seguir los pasos de sus predecesores, pero que una hija fuera en contra de todo en lo que creen en su familia, no estaba bien visto. Enfrentarse a sus padres supondría verse sola y sin blanca y a Elisa le encantaban demasiado las nuevas colecciones. Los zapatos de Louis Vuitton y los pendientes de Cartier no se pagaban solos. Sin rechistar y con el resentimiento interno puesto como gargantilla, Elisa sacaba adelante un futuro planeado al milímetro. Su ambición, en realidad, era la abogacía, defender a los inocentes y encerrar a los malos había sido su sueño desde muy pequeña. Series como “The Good Wife“, “Law & Order” e incluso tan antiguas como “Ally McBeal“, le habían llenado la cabeza de trajes chaqueta, discursos memorables ante jurados y justicia para el pueblo. Cuando quiso darse cuenta, aquello se había convertido en una efímera ilusión.

Así que se fue a su habitación. Cruzó el campus llena de mala leche y frustración. Su cabello negro, tan bruno como la noche, ondeaba en el aire al son de sus enérgicas y cabreadas pisadas. El día tan soleado había desaparecido, varias nubes cargadas de rayos y lluvia asolaban la zona, se avecinaba una tormenta húmeda de esas que te avisan que el verano está a la vuelta de la esquina. Elisa se apuró y entró en su residencia, se colocó su cabello y su carísimo conjunto de ropa. Fue hacia el dormitorio que ella y Dedé compartían, enfadada y murmullando entre dientes. No había cosa en el mundo que le enfadara más que las injusticias, la gente egoísta y los vagos. Su amiga las tenía prácticamente todas.

Dedé y ella se conocieron durante la fiesta de los Delta Sigma. Ambas eran de primer año y estaban algo perdidas, pero los chicos del campus enseguida se fijaron en la belleza de Dedé y en la cartera adinerada de Elisa, por lo que rápidamente fueron admitidas en círculos sociales más distinguidos. Tras unos chupitos y unos bailes alocados, Dedé ya se había desmelenado por completo y Elisa la observaba desde uno de los sofás. Cuando uno de los chicos de tercer año quiso aprovecharse de la situación, Elisa no dudó por un segundo el abalanzarse sobre él y soltarle una buena bofetada y una reprimenda a lo madre protectora.

Esa noche, Dedé durmió en el cuarto de Elisa, las dos congeniaron muy bien y desde entonces fueron inseparables. En verdad, Dedé nunca había hecho nada heroico por ella, ni le había demostrado su amistad con ninguna prueba de cariño, pero con ella se sentía segura de sí misma, comprendida y sobre todo, capaz de conseguir cualquier cosa. Las manipulaciones de su amiga le venían que ni pintadas en diversas ocasiones. Una amistad por conveniencia la mayor parte del tiempo. Su enfado provenía de ahí, no aceptaba el gran ego, ni la falta de tacto de su amiga, cuando Dedé lo sacaba a Elisa se le hacía un nudo bien apretado en el estómago. A su forma de ver, vivía sin tener que dar explicaciones a nadie, sin responsabilidades y sin miedos hacia nada. Podía hacer lo que se le viniera en gana y ninguna autoridad la regañaría o la desterraría. Elisa, por el contrario, tenía una vida llena de restricciones y normas. Debía sacar las mejores notas posibles, pero las idas y venidas de su amiga en fiestas, conciertos, reuniones y festivales. la retrasaban en su empeño por lograr una buena carrera. No solo culpaba a Dedé, la culpa también era suya, debería aprender a decir no a todas esas actividades distractivas.

En cuanto llegó al cuarto, se desvistió, colocó su ropa debidamente en el armario y se puso su ropa deportiva más cómoda. Encendió la lámpara de su escritorio y se sentó para ponerse a estudiar. Se dio cuenta de que había dejado todas sus cosas en la biblioteca y apretó los labios en señal de queja. No iba a volver a vestirse para ir a buscarlas y para nada iba a arriesgarse a un nuevo y muy posible encuentro con Dedé. Sabía que al final tendría que verla, compartían habitación, pero para cuando su amiga llegara ella ya esperaba estar dormida. Por la mañana, con un nuevo rayo de sol, un nuevo café en mano y una mente descansada y despejada, la discusión se convertiría en una charla más amistosa y agradable, la cual, seguramente, acabaría entre risas.

Sacó un tomo de su estantería, decidió estudiar para otra asignatura pendiente. En ese momento, sus labios pequeños y carnosos, resoplaron de amargura y agobio.

—¡Llevo mucho retraso!

Se puso sus auriculares, enchufados a una carpeta de música de su teléfono móvil, abrió el libro y con un marcador verde y toda su atención puesta en sus párrafos, empezó a estudiar. Estaba concentrada, meneaba la cabeza hacia delante y hacia atrás de forma casi invisible. Sentía la música, la liberaba del estrés y del mal humor.

Un aire frío y suave le rozó su piel tostada en la nuca cuando, con sus pequeños dedos y con un movimiento delicado, recogió su negra y ondulada melena hacia un lateral. Sintió un escalofrío, como si alguien respirara justo detrás de ella. Se giró en la silla con susto, recorrió toda la habitación con la mirada, pero allí no había nadie. Desconfiada, volvió a posicionarse frente a su lectura. A penas unos tres segundos después, su pelo se zarandeó hacia delante por culpa de una pequeña y fría brisa. Elisa se asustó, se quitó los cascos, dejando que la música siguiera sonando a través de ellos y miró de nuevo a su alrededor. Nada, allí no había nada, la ventana, frente a ella, estaba cerrada, era muy improbable que en aquella estancia corriera ni un ápice de viento. Estaba intranquila. Separó la silla del escritorio con un impulso hacia atrás y se levantó. Miró en el reflejo de los cristales de la ventana y lo vio. Alguien la estaba acariciando suavemente, agarrándola por los hombros y susurrándole su nombre dulcemente en los lóbulos de sus pequeñas orejas redondeadas.

— Elisa… Elisa… —Repetía la voz.

Elisa se giró. Cara a cara, se encontró con Luke.

—¡Casi me matas del susto! —Dijo ella agitada, aunque contenta por verle.

—Perdona, no pretendía inquietarte. —Contestó mientras continuaba acariciando su cuerpo y la observaba como un valioso trofeo.

—¿Qué haces aquí? Si Dedé entra te verá.

—Ella no puede verme, solo tú puedes verme.

—¡¿No puede verte?! —Preguntó extrañada.

—Nadie puede, no si yo no quiero. —Besó su cuello con delicadeza.

—¡Eres increíble! ¿Por qué a mí?

—¿Por qué a ti? —Luke miró a Elisa, no entendía la pregunta.

—¿Por qué me has escogido a mí?

—Ya te lo dije, tú eres especial.

—Ya, lo sé, siempre me dices lo mismo, pero no entiendo por qué.

—Tranquila, lo entenderás a su debido tiempo. —Su voz era calmada, seductora. —¿Hiciste lo que te pedí? ¿Cuándo puedo ver a Danielle a solas?

—No he podido. Estoy cabreada con ella, en verdad es conmigo, creo… no sé, pero ahora mismo no estamos en el mejor momento.

Luke la apartó de entre sus brazos, la miró con enfado.

—¡Tienes que hacer lo que te he pedido! —Dijo lenta y pausadamente con tono superior.

—Sí, lo haré, ¿vale? Es solo que, ahora mismo, no es un buen momento. —A Elisa no le gustó su postura, le pareció un poco agresiva. —Será mejor que te vayas, tengo mucho que estudiar.

Ambos se miraron, había cierta tensión extraña entre ellos. Luke no estaba conforme con la contestación de Elisa. Ella, sin mirarlo, se sentó de nuevo en su escritorio con la intención de seguir estudiando, se puso sus auriculares, esperando que Luke pillara la indirecta y se marchara. Aunque no fue así.

A Luke no le sentó nada bien ese desplante y esa forma tan mal educada de echarlo, se sintió ofendido y su dulce cara se convirtió en ira. Agarró con fuerza el pelo de Elisa y tiró de su cabellera hacia atrás, haciendo que su pequeño cuello se doblase casi por completo sobre el canto del respaldo de la silla. A Elisa, la falta de oxigeno, no le permitió ni siquiera gritar de dolor, sus cuerdas vocales estaban bloqueadas en esa postura. Intentaba moverse, dando bandazos con las manos, para poder soltarse, pero una fuerza sobrehumana se lo impedía. Y así, sujetada solo por una mano de su amado Luke, sentada en la silla con la cabeza hacia atrás y su nuca haciendo presión en el respaldo, se sintió sola, aterrada y dominada por completo. Luke se acercó a su oído de nuevo, aunque esta vez no fue con intención de camelar..

—¡Vas a hacer lo que yo te diga, cuando yo te lo diga! Ahora te disculparás con Danielle, le dirás que sientes haberla hablado de manera tan descortés y la llevarás a un lugar donde yo pueda verla. ¿Lo has entendido?

Elisa no podía a penas mover su cabeza, no podía soltar ni un simple sí. Luke la soltó y ella cobijó su cuello entre las palmas de sus manos cubriendo el dolor. Tosió varias veces y miró a su apuesto y feroz amante. Él seguía de pie, inmune a su dolor, tenía un semblante serio, indestructible, todo rasgo de bondad en él era inexistente.

—¡Levántate! —Ordenó Luke. Elisa lo hizo sin rechistar, posicionándose ante él. —¿Vas a hacer lo que te pida? —Ella solo pudo asentir con la cabeza atemorizada.

Luke se acercó un poco más, de nuevo en su rostro volvió a surgir el cariño. Con su recia mano acarició las mejilla de Elisa, la que con miedo, retrocedió unos milímetros hacia atrás.

—No tienes que temerme, si haces lo que yo te pida, todo irá bien. —Dijo con voz sedosa.

De pronto sus ojos, los que antes eran tan azules como el cielo más despejado de un día caluroso de verano, se tornaron de color morado. Brillantes como dos fuegos encendidos, dos cárdenas llamas que penetraron en la mente de Elisa. Ella, inmóvil, había infravalorado el poder de aquel ser, sucumbiendo solo a sus encantos, sin preguntas, sin respuestas, nada más que los besos nocturnos y las promesas de un futuro que le había prometido. Elisa se sentía intimidada, pequeña frente a él. En aquel momento pensó en que quería salir de allí, pensó en Dedé, en pedirle ayuda, pensó en volver a casa y que los cinco hombres de su hogar la protegieran, pensó en desaparecer para siempre y no mirar atrás, pero no podía… Aquellos ojos, aquel individuo, criatura, persona, lo que fuese, la tenía embelesada, con miedo y con amor.

—Recuerda… —Luke acercó sus labios a los de Elisa y susurró en ellos. —…Yo soy tu dios y tú eres mi diosa.

¡HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO SEIS!

¿QUIÉN ES EXACTAMENTE LUKE?

¿QUÉ QUIERE DE DEDÉ CON TANTAS ANSIAS?

DESCÚBRELO EN EL CAPITULO 7 EL MIÉRCOLES A LAS 19:00

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CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIDÓS

CAPITULO VEINTIUNO

LA CHICA DE LA CAMA SUPERIOR Llegaron hasta la puerta del monasterio de Agios Stefanos, el primero al que debían rendir culto. La gran puerta de madera se encontraba bajo un pequeño porche de piedra, sostenido por cuatro robustas columnas que formaban unos bellos arcos. A cada lado de la entrada, dos ventanas arqueadas exponían … Sigue leyendo CAPITULO VEINTIUNO

CAPITULO VEINTE

CULPABLE La tormenta lanzaba rayos mortales con más fuerza, mientras Heracles intentaba llegar hasta Harris, que continuaba colgado de aquella podrida raíz. Cada vez le era más difícil sujetarse. Heracles sabía que con solo llegar hasta la punta de sus dedos, podría utilizar su don de la fuerza para, con un raudo impulso, elevarlo en … Sigue leyendo CAPITULO VEINTE

CAPITULO CINCO

¡ERES UN MAL BICHO!


Dedé decidió que lo mejor era quedarse con ese libro, y echarle un vistazo a todas esas páginas que estaban marcadas como interesantes. Con la hoja en la mano, inmersa en la frase, “Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”, la leía una y otra vez intentando encontrarle una explicación sencilla a por qué su amiga había hecho tales absurdos garabatos . Miró la hora en su reloj, no tenía ganas, pero debía patearse todo el campus para encontrar un tablón de anuncios y escoger esa dichosa labor obligatoria antes de que el profesor terminara su jornada laboral. Hablaría con Elisa más tarde, para comentarle lo que había encontrado.

Se dirigió al mostrador de la biblioteca. Allí estaba Marion Green, una joven estudiante que cursaba el mismo año que Dedé. Siempre con cara de pocos amigos, seria, con un semblante impenetrable, ningún chiste o gracia, existente en el mundo, cambiaba su estado físico. Para Dedé, era una chica introvertida, tímida, no muy agradable a la vista y bastante antisocial. Ella la llamaba “La espanta rollos” o la “¡Puaj!”. Su manera de vestir estaba ligada a la palabra celibato, chaquetas de punto en colores pastel, con puntillas en los bordes, faldas lisas siempre oscuras hasta la rodilla, medias de compresión anti-estéticas tanto en verano como en invierno, “zapatones” negros, muy masculinos y como complemento final, perlas, siempre perlas, en orejas, cuello y muñeca. Llevaba un corte de pelo sencillo, por debajo del mentón, ondulado y con poca gracia, castaño y sin capas, el cual recogía hacia atrás con una cinta de pelo o diadema a juego con su chaqueta abotonada. Tenía gafas de alambre redondeadas, muy a lo Elton John, pero sin clase, y detrás unos ojos negros saltones, que podían penetrarte hasta el alma.

—¡Hola Marion! —Saludó Dedé animada, aunque con poca seguridad.

—Hola, Danielle. —Contestó sin mirarla siquiera. Tenía la cabeza metida en sus labores.

—¿Me preguntaba si podrías hacerme un favor? —Aunque Dedé se esperaba una negativa, no perdía nada por intentarlo utilizando su cara angelical y su don de persuasión.

—No. —Dijo ella tajante.

—¡Venga va, enróllate! —Insistió. Marion la miró fijamente.

—Espera que lo piense… ¡No! —Se intuía, por su tono de voz, que no era muy fan de la popularidad de Dedé.

—¡Oye ya sé que no nos llevamos muy bien! Sé que casi ni nos conocemos, pero somos del mismo año, ¡colegas de uni! —Exclamó con una mueca animosa. Marion la miró sin un ápice de emoción.

—¿Qué quieres Danielle? —Preguntó sin ganas.

—Necesito un favor, ¿podrías teclear en tu ordenador y buscarme alguna actividad extraescolar de esas? —Pidió señalando el teclado con los dedos.

—¡¿Cómo dices?! —Marion frunció el ceñó y esbozó una media y minúscula sonrisa, no estaba muy segura de lo que Dedé quería decir. —¿Una actividad extraescolar, tú?

—¡Sí! ¿Qué pasa? ¿No puedo apuntarme a una? —Contestó indignada.

—El único motivo por el cual Danielle Dumont querría participar en una actividad voluntaria o “extraescolar”, como tú la llamas, es porque la han obligado. —Dijo altiva.

—¡Eso no es cierto!

—¿Ah, no? Dime algo bueno que hayas hecho tú por los demás. —Dijo Marion mosqueada. A penas le dejó contestar y volvió a la carga. —Y no cuenta como altruismo organizar juergas y bacanales, sin sentido, entre semana.

—Las “juergas”, como tú las llamas, son reuniones fundamentales para liberar el estrés estudiantil. —Contestó convencida. —El hecho de que tú no nos deleites con tu presencia en ellas, no significa que sean anodinas.

—¡Vaya, me impresionas con tu fluido vocabulario! —Dijo con sarcasmo. —Aunque me impresionarías más si supieras el significado de la mitad de las palabras que sueltas por la boca. ¡Por culpa de esas fiestas, los voluntarios tenemos que recoger toda vuestra mierda al día siguiente!

—¡Nadie te obliga a ser voluntaria! —Contestó Dedé con chulería.

—¡Ya, claro que no! —Dijo Marion, negando con la cabeza demostrando desaprobación.

—¡Oye! ¿Vas a ayudarme o no? —Preguntó rotunda.

—¿Por qué iba a hacerlo? ¡Eres un mal bicho!

—¡¿Perdona, qué me has llamado?! ¡¿Se puede saber por qué siempre me tratas tan mal?!

—Ya veo que tu egocéntrico intelecto no te deja ver más allá de tu perfecta nariz. ¿Acaso se te ha olvidado lo que me hiciste el primer año?

Dedé la miró pensativa, no sabía de qué estaba hablando, intentó recordar alguna interacción que hubiera tenido con Marion en el pasado.

—¡Tranquila, no estrujes demasiado tu pequeño cerebro! ¿El primer año de universidad? ¿La fiesta de bienvenida en la casa Delta Sigma?

Dedé negaba con los ojos abiertos como platos, esperando que Marion se explicara mejor.

—Te ayudé a instalarte la primera semana, dijiste que me compensarías el sábado yendo juntas al cine, ¿lo recuerdas? Estuve esperándote, en la entrada, durante más de media hora, después me enviaste un mensaje diciéndome que te quedabas en la cama porque no te encontrabas bien, me preocupé por ti y fui a tu residencia. De camino me crucé con la fiesta que habían montado los Delta, y para mi sorpresa me encontré con una tía borracha en su jardín delantero. Viniste hacia mí, sin remordimiento alguno y lo único que salió de tu boca, como excusa, fue una asquerosa y gigantesca pota mal oliente que se quedó impregnada en mis zapatos y en mi vestido nuevo.

Había olvidado aquellos días, Dedé se llevó la mano a su boca abierta de par en par para tapar su reacción, no quería ofender más a Marion y necesitaba que le hiciera el trabajo sucio. Estaba entre horrorizada por su mal comportamiento y orgullosa por su divertida e inconsciente hazaña.

—Al día siguiente hiciste como si no me conocieras delante de tus amiguitos de la fiesta. Desde aquel día me llaman “La Puaj” ¡Llevo tres malditos años aguantando ese mote de mierda! ¡Y por si fuera poco también me llaman “La potas”, “Vomitona” y el más original “Boloñesa asquerosa”! ¡Gracias por haber comido pasta aquella noche! ¡Estuve quitándome espaguetis del pelo durante una semana! —Marion estaba realmente indignada, se notaba que llevaba guardando eso mucho tiempo.

—¡Vaya, lo siento! —Dijo Dedé enseñando todos sus dientes y apretando la mandíbula.

—Ya, bueno… el mote no me lo pusiste tú, así que… —Marion miró hacia otro lado, intentando no ablandarse con la cara de compasión de Dedé.

—En realidad…

—¡¿Fuiste tú?! ¡No me lo puedo creer! —Exclamó con enfado.

—Yo solo dije “Puaj” alguna que otra vez, el resto transcurrió por sí solo. No tengo la culpa de que los demás tengan tanta imaginación… —Dedé se encogió de hombros intentando librarse del delito.

—¿Sabes qué? ¡Corrijo, no eres un mal bicho! ¡Eres lo peor, el demonio encarnado! —Se levantó, de su silla de escritorio, muy enfadada.

—Entonces, ¿no me vas a ayudar? —Preguntó restándo importancia al cabreo de Marion.

—¡Fuera! —Dijo con firmeza.

—¡Vale, vale! ¡Está bien, no hace falta que te pongas así! ¡Oye, mira, siento lo que te ha pasado, pero no les hagas caso! Tú eres más inteligente que todo eso. —La miró con pena, en el fondo se sentía mal. —Ya me voy, te dejo tranquila y… ¡Lo siento!

Dedé comprendió su cabreo, así que se marchó, no quiso atosigarla más, Marion la miró mientras se iba. Resopló, esos ojos verdes melancólicos la habían ablandado.

—¡Espera…! —Llamó su atención para que volviera. Dedé se giró con estilo. —¡Está bien, ven, te ayudaré!

—¡Gracias, gracias! —Dijo emocionada. —No quería pasarme todo el día buscando por el campus un dichoso tablón de anuncios.

—Las listas de servicios voluntarios a la comunidad del campus están automatizados.

—¡¿Eh?!

—Que puedo acceder a ellos desde el ordenador. Aunque solo los profesores o los que pertenecen a diferentes instituciones, como yo, tienen acceso. —Le explicó. Dedé puso toda su atención. —Ven hacia este lado, te lo enseñaré, coge una silla.

—¡Gracias Marion!

—¡De gracias nada, me deberás una! —Las dos se miraron, Dedé le sonrió, Marion no. —Mira, normalmente te acercas a uno de los tablones, miras las listas de actividades disponibles y escoges una. Luego te presentas ante jefatura, solicitando dicho puesto, allí te valoran y si das el perfil te aceptan.

—¿Pero no eran voluntarias?

—Si y no. Los anuncios que publican en los tablones suelen ser de baja importancia. Recoger basura, limpiar pintadas, orientador para alumnos de primer año… Todas esas son voluntarias y en todas, a no ser que seas realmente un desastre, te suelen aceptar.

—¡¿Hay voluntarios para hacer eso?! —Dijo sorprendida, con desagrado.

—Si. —Contestó Marion entornando los ojos.

—¿Por qué?

—Por que si te interesas por estas actividades y las desempeñas bien, después podrás tener acceso a otras más influyentes, estas se reflejan en tu expediente y te suman puntos para las notas finales, además tienes más opciones a la hora de buscar empleo en una buena compañía en el futuro. Actividades como: redactora del periódico de la universidad, segundo entrenador del equipo, ayudante en jefatura…

—Bibliotecaria… —Dedé le guiñó el ojo.

—Sí, eso es.

—¡Eres una pillina! ¡Mírate, consiguiendo un puesto y saltándote las normas! ¿Cómo lo hiciste? —Preguntó con picardía.

—Recogiendo basura. —Simplificó Marion seca.

—¡Am… vale! —dijo abochornada.

—No todos somos como tú Danielle, algunos luchamos duro para conseguir lo que queremos. Empecé limpiando el campus, eso me llevó a la recogida de reciclaje, después me ofrecieron colocar libros en los estantes de la biblioteca. Cuando la anterior encargada de la biblioteca se licenció y se marchó, pensaron en mí para el puesto. Y aquí estoy.

Dedé bajó la cabeza, en aquel momento se sintió estúpida, muy por debajo de Marion. Creía saberlo todo sobre los “raritos” de la universidad, pero aquella chica le estaba sorprendiendo y con ello haciendo que se avergonzara de sí misma.

—Supongo que tú te saltarás todos esos pasos.

—Supones bien, recoger basura no es lo mío.

—Vale, entraremos en el servidor y veremos el listado de puestos disponibles. —Marion meneó sus veloces dedos en el teclado del ordenador. —Estos son los que están vacantes ahora.

Dedé se acercó a la pantalla y comenzó a leer.

—Este no, este no, ¿coordinadora de pasillos?

—Sí, te dan un silbato para controlar a los estudiantes, pero nadie solicita nunca este puesto.

—¡No me extraña! Es como ponerse una diana de pringado en la espalda. — ¿Y este?

—Ayudante de profesorado… —Leyó Marion en voz alta. —Este es algo así como ser la secretaria de un profesor.

—¿Y qué tienes que hacer? —Pregunto interesada.

—Pues me imagino que, llevar su agenda cuando da conferencias, ayudar en la corrección de trabajos y tesis, programar reuniones con el alumnado. Cuando un profesor tiene excesivo trabajo, solicita a un ayudante en jefatura.

—¡Parece un buen chollo! —Exclamó emocionada.

—No creo que este “chollo” sea para ti, conlleva mucha responsabilidad y mucho trabajo.

—Dale, quiero ver qué profesores necesitan ayudantes.

—La profesora Miller, el profesor Steven, la doctora Wilson, el profesor J. Harris…

—¡¿J. Harris? —Dedé detuvo a Marion. —¡Ese es mi profesor de método!

Una estratégica idea se le vino a la mente. El profesor Harris le había castigado, el profesor Harris buscaba un ayudante. Nadie en su sano juicio querría trabajar para un profesor tan maniático, por no hablar de la ausencia de liderazgo en su personalidad y la falta de influencia entre catedráticos y doctores. Dedé sabía que los “lameculos” de los alumnos que buscaban unas buenas calificaciones y recomendaciones, no se juntarían a Harris, no era que digamos un profesor con glamour. A ella no le importaba en absoluto conseguir un puesto en una gran empresa, lo que ella quería era echarle mano a ese antiguo ejemplar, el que encontró en su despacho cuando tiró la caótica torre de libros.

—Pues lleva unos cuatro meses buscando ayudante. Danielle, no creo que sea buena idea, nadie quiere trabajar con él. El año pasado diez estudiantes respondieron a su solicitud y duraron menos de una semana. Creo que ese tipo no es fácil de llevar.

—¿No decías que yo escogía la vía fácil? ¡Apúntame! —Contestó decidida.

—¡Estás zumbada! Cómo quieras, yo te he avisado.

—¿Ahora qué? —Preguntó impaciente.

—El profesor Harris recibirá tu solicitud y responderá con un rechazado o un aprobado. Te llamarán de jefatura con el resultado y si es un sí, tendrás que presentarte en el despacho del profesor ese mismo día.

—¡Perfecto! ¡Gracias, Marion! —Dedé, impulsiva, besó la frente de su nueva “amiga”. Marion se echó hacia atrás demostrando rechazo.

—¿Qué es eso? —Preguntó Marion señalando el libro de Elisa.

—Mi amiga se dejó sus apuntes en la mesa y se los he recogido para llevárselos.

Marion entrecerró los ojos para fijarse un poco más en la cubierta antigua del libro. Se quedó mirándolo, raramente hechizada, durante unos instantes.

—¡¿Qué es lo que miras tan interesada?!

—Ese libro…

—¡Perdona, no sabía que Elisa tuviera que devolver el libro a la biblioteca! Si quieres te lo dejo aquí. —Se disculpó ella.

—¡No! ¿Qué? No es eso. Ese libro ni si quiera es de aquí. ¿Puedo verlo? —Estiró la mano para recibirlo.

—Si, claro. —Dedé lo cogió y se lo dio.

—¡Este libro no es de aquí! —Marion lo tocaba y acariciaba con adoración en sus pupilas y puro amor en las manos. Estaba totalmente embelesada, rozando cada esquina y grabado de aquellas tapas. A Dedé le resultó extraño su comportamiento.

—Ya…, eso ya lo has dicho… ¡¿por qué eres tan “rarita”?! —La miraba pasmada. La forma que tenía de palpar aquel viejo ejemplar parecía casi sexual.

—¡No, no lo entiendes…! ¡Te digo que no es de aquí! ¡No es de este mundo!

—¡¿Qué?!

¿DE DÓNDE VENDRÁ ESE LIBRO?

¿CONSEGUIRÁ DEDÉ EL PUESTO DE AYUDANTE?

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CAPITULO DIECINUEVE

CAPITULO DIECINUEVE
Harris y Heracles comienzan su camino hacia los monasterios de Meteora. Durante su travesía Harris aprenderá mucho sobre los dioses, pero sufrirán un ataque inesperado y su vida penderá de un hilo.

CAPITULO DIECIOCHO

CAPITULO DIECIOCHO
Dedé tendrá que tomar una decisión que le acercará un poco más a George, pero también les alejará para siempre.

CAPITULO DIECISIETE

CAPITULO DIECISIETE
En este capítulo nuestra protagonista se enfrenta a la realidad y descubre la pérdida de alguien querida para ella, además volverá a encontrarse con el ser del bosque.

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CAPITULO CUATRO

¡Elisa…!


—¡Pase! —El profesor Harris invitó a entrar a quién había tocado en su puerta.

Dedé la abrió despacio y entró.

—¡Vaya, no la esperaba tan pronto señorita Dumont! —Se puso nervioso colocando su escritorio desarreglado.

Documentos y multitud de libros apilados formaban indefinidas columnas tambaleantes y desordenadas. Era un cuartucho minúsculo, con apenas sitio para moverse, todos aquellos papeles y manuscritos antiguos ocupaban las paredes y el suelo de la habitación. Dedé caminó hacia el escritorio, tropezando con una de esas filas de libros.

—¡Tenga cuidado por favor, eso es muy valioso! —Le advirtió el profesor.

—¡Lo tiene todo tirado, aquí no se puede pasar! —Exclamó ella.

—Tranquila, yo le indico, ponga un pie ahí y otro ahí. —Harris señalaba a su alumna cómo adentrarse entre aquella jungla editorial. —Bien, ahora avance y ponga otro pie ahí. ¡No, no se apoye en esa fila! —Dedé hacía malabares para mantener el equilibrio. —Vale, muy bien, ahora solo tiene que mover su pie izquierdo hacia aquí y ya está, ¿¡a que es divertido!?

—No. —Contestó ella sin gracia. —Debería limpiar esto un poco, lo tiene todo patas arriba.

—Bueno, señorita Dumont, es solo la visión de una estudiante, no todo tiene que ser rosa y de purpurina. —Dijo casi para sí mismo.

Dedé, malhumorada y haciendo caso omiso a ese comentario, se sentó delicadamente en la silla vieja que había frente al escritorio. Quería tener una conversación amistosa para ganarse su aprobado, empezar con una disputa no era lo mejor para conseguirlo. Harris continuaba inquieto, apartando trastos de la mesa para poder tener una visión clara de su alumna.

—¡Vale, ya podemos empezar! —Dijo él con energía.

Dedé miró a su alrededor, aquel lugar era sombrío, olía a una mezcla entre polvo y viejo. Su cara de asco daba a entender que no era un sitio agradable ni cómodo. Serían las doce del medio día, en la calle brillaba el sol y una disimulada brisa placentera se deslizaba por el aire, pero allí, en el despacho del profesor Harris, ni siquiera un rayo de luz se atrevía a traspasar aquellas cortinas venecianas medio rotas y sucias. Solo una pequeña lámpara encendida daba una tenue claridad a toda la habitación.

El profesor se dio cuenta de que Dedé miraba con desaprobación la falta de luz. Se levantó algo patoso con la intención de solucionarlo.

—Espere, yo lo arreglo. —Fue hacia la cuadrada ventana y tiró del hilo de la persiana con fuerza para subir sus láminas metálicas hacia arriba, pero su ímpetu hizo que ésta se partiera y cayera por completo hacia el suelo.

Toda la claridad entró de golpe. El profesor se tapó los ojos, posicionando su brazo ante su cara, cual vampiro, la intensa luminosidad cegó su rostro unos segundos. Se notaba que no le gustaba demasiado el exterior, era fanático de los lugares cerrados y oscuros, estaba acostumbrado a encontrar reliquias de libros en sótanos, túneles y excavaciones. Se sentía a salvo y a gusto en su pequeño mundo.

—¿Mejor? —Preguntó él resuelto, disimulando la torpeza. Aunque no consiguió que la cara de su alumna mejorara.

—¿Podemos empezar? —Preguntó ella con voz de mandato.

—Si, claro. —Harris se sentó de nuevo en su cubículo. —Vale, señorita Dumont, estamos hoy aquí porque usted ha faltado en numerosas ocasiones durante todo el curso, así que podemos hablar de ello y llegar al fondo del problema. —El profesor se dio cuenta de que su alumna estaba distraída y no prestaba demasiada atención a sus palabras.

Dedé miraba sin parar hacia su bolsa, ahí tenía el anillo guardado. Temerosa de que aquello se pusiera a moverse o a brillar otra vez, lo vigilaba intranquila. Estaba nerviosa, movía sus rodillas arriba y abajo, como un tic molesto, mordía sus uñas sin descanso apretando con fuerza sus dientes sobre las cutículas de sus finos dedos.

—Cuénteme entonces, ¿tiene algún motivo creíble e importante por el cual usted ha faltado a mis clases? —Harris buscaba la mirada de Dedé para que le prestara atención, pero ella tenía la vista fijada en su mochila. Al no recibir una respuesta, el profesor carraspeó con fuerza a propósito.

Dedé se dio cuenta de la intención del profesor y puso todo su interés en él.

—¿Y bien? —Preguntó él.

—¿Y bien qué? —No había escuchado nada de lo que le había dicho.

—¡Señorita Dumont, me temo que voy a tener que suspenderla si no veo ni un atisbo de afecto hacia mi asignatura!

—¡No, por favor no puede suspenderme! —Le rogó ella. —Tengo que aprobar este curso. ¡Usted no lo entiende, me juego mucho!

—Pues no, no lo entiendo. No entiendo que diga que se está jugando mucho y después se tome a broma su carrera y su futuro. ¿Cree de verdad que no sabemos todos los profesores qué tipo de vida lleva en el campus? —Harris estaba enfadado, pero al ver que Dedé agachaba la cabeza con tristeza se ablandó. —Haremos una cosa… hará trabajos forzados para el recinto, no me importan cuales sean, pero tendrá que ayudar a esta institución de manera voluntaria. Digamos que será como una compensación por la infinidad de celebraciones y festejos clandestinos, poco educativos, que se han llevado a cabo bajo su mandato. —Dedé resopló desconforme. —¡Lo siento, pero tiene que aportar a este lugar algo más que etanol bebible y substancias alucinógenas! Podrá apuntarse a la lista de colaboraciones en los tablones de anuncios.

Dedé se dejó caer con desgana en el respaldo del asiento que crujió como si se fuera a partir.

—Cuando haga su selección de tareas voluntarias, volveremos a vernos y yo decidiré si su elección es lo suficientemente buena como para compensar su castigo.

—Vale, está bien. —Dijo resoplando y poco convencida. —¿Algo más?

Harris se sorprendió al ver que ella no refutaba ni rechazaba su propuesta.

—Si, necesito ver que tiene interés por sus clases. No quiero enterarme de que se ausenta ni una vez más. —miraba a su alumna esperando una contradicción. —¡¿No va a intentar persuadirme?!

—No. —Contestó ella, solo quería salir corriendo de allí. —Usted tiene razón y yo no, fin de la discusión. ¿Puedo irme ya?

—Sí, claro… —El profesor Harris se quedó cortado, no se esperaba esa obediencia por parte de su alumna. Ella lo había manipulado en muchas ocasiones y se había salido con la suya siempre.

Dedé se levantó recogiendo su bandolera con delicadeza, procuraba que el anillo no se “despertara” otra vez, no sería el mejor momento para ello. Harris la miraba de arriba abajo, observando sus movimientos, intentando descifrar su nuevo y extraño comportamiento. Dedé quería salir lo más rápido posible, pero el laberinto de libros hasta la puerta, se lo impedía.

—Señorita Dumont. —Harris la llamó antes de que se fuera, ella se giró para mirarle y con el borde de su bandolera arrasó una de las torres de libros, ésta se cayó y se esparció por el suelo. —¡No! —El profesor se echó la mano a la cabeza.

—¡Uy, lo siento! —Exclamó encogiéndose de hombros. —Lo colocaré. —Se agachó tirando otra pila a su espalda.

—¡Déjelo, no importa! Ya lo hago yo. —Harris se puso nervioso.

—No, yo lo hago, no se preocupe. —El profesor miraba cómo su alumna trataba los libros y documentos con poco cariño, lo que le exasperaba aún más. —¡Déjelo, de verdad, ya lo hago yo!

Dedé recogía cada libro y papel apilándolos de nuevo y mezclándolos todos sin fijarse en cuál sería su orden. Entre todos ellos, encontró uno que le llamó especialmente la atención. “El poder astral”. Lo poco que ella sabía de la palabra astral era lo que había visto en películas o en series de televisión, pero enseguida lo relacionó con lo que le había sucedido hacía tan solo media hora. ¿Y si allí encontraba alguna respuesta? Necesitaba leer ese libro y encontrar algo que le indicara que no estaba loca. Lo cogió entre sus manos, hipnotizada por sus gruesas tapas y sus fantásticos grabados se decidió a meterlo en su mochila.

—¡¿Qué está haciendo?! —Le regañó Harris.

—¡Perdone! ¿Puedo llevarme este libro para leerlo? —Preguntó ella coqueta.

—Am… no, lo siento señorita Dumont, pero esta es mi colección privada, me temo que este tipo de ejemplares no están al alcance de todos. —Se explicó él cogiéndolo como un tesoro. —Son muy delicados y jamás deben salir de aquí. —Trataba el libro como si fuera un recién nacido entre sus brazos.

—Ya, entiendo… Bueno, gracias profesor Harris, volveré cuando tenga decidida la actividad “voluntaria!. —Dijo ella sarcástica.

Los dos se miraron y asintiendo con la cabeza se despidieron.

Elisa se había ido a la biblioteca a estudiar para el examen que tendría al día siguiente. A diferencia de Dedé, ella estaba muy agobiada con todas las asignaturas y a diferencia de su amiga, a ella le costaba horrores retener información en su memoria, para prepararse para una prueba necesitaba varios días y horas de intensa concentración. Era algo que le fastidiaba enormemente, su amiga Dedé podía estar de fiesta en fiesta, de lunes a lunes, y sin embargo aprobar todas las asignaturas, ella no, ella tenía que dedicarle noches, fines de semana y prepararse a conciencia. Así que allí estaba, entre enciclopedias y carpetas, hojas en blanco y hojas anotadas. A Elisa le gustaba estar a solas mientras hincaba los codos en la mesa, no podía distraerse, por lo que su sitio favorito era al final de la biblioteca, entre varios estantes olvidados, repletos de manuales sobre maquinaria, electrónica, recetas de cocina, aquella zona a penas era transitada por ningún alumno, los tomos olvidados, nunca consultados.

Estaba completamente sumergida en su estudio cuando alguien la llamó

— ¡Elisa…! — Era la voz de un joven que la susurraba entre los estantes de su izquierda. —Elisa…

—¡¿Qué…?! — Contestó ella molesta.

—¡Ven!

—¡Oye, ahora no puedo, tengo que seguir estudiando! —Respondió con firmeza.

—Ven, será un momento. —Insistió el chico que se ocultaba entre los libros.

Elisa se levantó de mala gana y fue hacia él. Hacia los estantes oscuros del final.

—¿Qué quieres? —Preguntó.

—¿Hiciste lo que te pedí?

—Si… ¿Contento? —

—¡Mucho! — El joven acarició su rostro y apartó un mechón de su cara. —Cuéntame, ¿qué ha pasado?

—Creo que la “bromita” esa no le ha gustado nada, ha sido excesiva. ¡Se le está yendo literalmente la olla!

—No te preocupes, es solo una novatada, no tiene importancia. —Contestó él.

—Ya, pero te has pasado con lo del anillo. ¡El profesor Harris quiere suspender su asignatura! —Elisa estaba preocupada por su amiga.

—¡Shhh…! — El joven puso un dedo en su boca para que dejara de hablar. —¡Tranquila! ¿No dices que a ella le encanta jugársela a los demás? Le vendrá bien un pequeño escarmiento. —Dijo él, meloso, mientras besaba su cuello despacio.

—¡Para! —Elisa lo apartó juguetona. —¡Nos van a ver! —Se rió.

—¿Crees que podrás hacerme otro favor? —preguntó el joven.

—¡¿Qué quieres ahora?!

—Necesito que esté sola, es una chica muy popular y rara vez está a solas, ¿puedes encontrar la manera de solucionarlo? —Su voz era seductora, penetrante, suave y muy dulce.

Ella dudó unos instantes, no le parecía buena idea, algo le olía mal.

—Elisa… —dijo él mientras la acariciaba de nuevo el rostro, recorriendo el contorno de su suave cara con sus dedos. Ella estaba cegada por esa voz, por ese rostro de entre las sombras que la excitaba cada vez que la rozaba con sus manos, que la estimulaba cada vez que pronunciaba su nombre.— ¿Podrás hacerlo?

—Por ti haría lo que fuera, ya lo sabes, ¿pero qué vas hacer? —preguntó inquieta.

—Tranquila… no sufrirá ningún daño, te lo prometo, solo será un pequeño susto de nada. ¿Estás de acuerdo? —Esa voz podría llevarla al abismo y ella iría sonriendo.

—Cuando termine todo esto de asustar a Dedé, esta infantil broma, ¿me llevarás contigo a tu mundo? —preguntó ella inocente y coqueta.

—¡Claro! ¡Eres mi chica preciosa! ¿recuerdas? ¿Qué es un dios sin su diosa? —Dijo el cautivador.

—¡Está bien! —Elisa sonrió emocionada. —Pero tienes que darme unos días, te avisaré cuando esté todo previsto. ¡Vamos, ahora vete, tengo que estudiar! —Lo empujó traviesa.

El joven la sujetó entre sus brazos, agarrándola por la cintura con fuerza, la puso contra su pecho y la besó intenso. Se soltaron sus cuerpos y el chico seductor desapareció.

Ella volvió a su asiento aún encandilada por la suave piel que había rozado sus mejillas y por los varoniles labios que la habían besado de forma tan pasional. Dejó sus fantasías a un lado y continuó sumergida en sus libros.

De pronto, una mano se posó en su hombro.

—¡Que no puedo Luke, tengo que estudiar! —Dijo Elisa.

—¡¿Luke?! ¡¿Quien es Luke?! —Dedé se sorprendió al escuchar la reacción de su amiga.

—¡Dedé! ¡¿Qué haces aquí?! —Elisa estaba sonrojada.

—¿Vas a decirme quién es ese misterioso Luke? —preguntó con picardía.

—No es nadie, un “rollito” de esos, ya sabes… —Elisa intentaba restarle importancia.

—Ya, ya… —Dedé investigaba a su amiga con la mirada. — ¡Oye! ¿Qué haces luego?

—Estudiar, ¿por?

—Tengo que buscar una actividad “voluntaria” tipo trabajos forzados y no tengo ni idea de por dónde empezar.—Contó desganada.

—Pues vas a los tablones de anuncios que hay por toda la “uni” y escoges uno. —Contestó Elisa sin dejar de mirar sus apuntes.

—Ya, pero si mi amiga me acompaña no tengo que hacerlo sola… —Dedé la miró con pucheros.

—¡Dedé, no es tan difícil! ¡Vas, escoges uno y ya está! —El tono de Elisa era un poco agresivo.

—¡Ey, vale, vale! ¡Perdóneme usted la vida! —Dedé levantó los brazos a modo de atraco.

—¡Es que siempre es lo mismo, tienes un problema y hay que dejarlo todo para ayudarte a ti! ¿Me has preguntado que tal me va a mi? ¡Tengo un examen mañana, mejor dicho, tenemos un examen mañana! ¡¿A caso has estudiado?! ¡No, seguro que no, pero no importa por que llegarás lo harás y sacarás un cinco o un seis raspado! ¡Si embargo yo sacaré lo mismo que tú, pero habiéndole dedicado muchas más horas!

—¡¿Pero qué te pasa?! ¿Qué culpa tengo yo de que se me queden bien las cosas? —Contestó Dedé poco interesada en esa conversación.

—¡Por dios Dedé, no te das cuenta de nada! —Elisa arrastró la silla con fuerza hacia atrás y se levantó. —¡A veces me pones enferma! —Se marchó enfadada.

Dedé se quedó perpleja al ver la reacción de su amiga.

—¡¡¿Tienes la regla?!! —Preguntó ella dando un grito a su amiga que se marchaba por el pasillo.

—¡¡Vete a la mierda!! —Contestó Elisa gritando, levantando su dedo corazón a modo de insulto.

—Eso es un sí. —Dijo Dedé para sí misma. —¡Te dejas los apuntes! —Intentó avisar a su amiga aunque ya no estaba.

Empezó a recoger las cosas de Elisa y las fue metiendo en la bolsa de su amiga, mientras pensaba en qué podía haberle pasado y porqué se había puesto así con ella. Colocando las cosas en la mochila de Elisa, Dedé sacó un libro con el título de “Dioses”, lo abrió extrañada y pudo ver varias páginas marcadas como importantes en él. Entre ellas, un papel sobresalía por un lateral, lo sacó y vio una frase muy extraña y perturbadora escrita del puño y letra de Elisa.

“Yo soy tu dios, tú eres mi diosa”

Estaba escrita una y otra vez por toda la hoja. Dedé se inquietó al verla.

—¿¡En qué mierdas estas metida Elisa?!

¿Descubrirá Dedé lo que le pasa a Elisa?

¿Quién es ese misterioso Luke?

NO OS PERDÁIS EL CAPITULO 5

¡HASTA EL VIERNES LECTORES!

  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

CAPITULO DOS

DEDÉ


Danielle se despertó de forma brusca, agitada y sudorosa, en la oscuridad de su dormitorio compartido. La pesadilla había sido tan real, casi como si hubiera estado allí. Todavía podía sentir en su propia piel los desgarros que había sufrido aquel chico en sus sueños. Se estremeció al recordarlo. Los olores de las flores y el sonido del curso del agua retumbaban en su cabeza.

Posó su mano en el corazón, el cual latía fuera de control. Sacó su móvil, palpando con la mano por debajo de la almohada y miró la hora, eran las cuatro de la mañana, resopló agobiada. Una escasa claridad entraba por la pequeña ventana de la habitación, todavía era de madrugada, pero las luces exteriores del campus, aclaraban una pizca su visión. Se miró las manos, temblaban como flanes encima de una centrifugadora.

—¡Joder, tengo que dejar las drogas! —Sujetó su cabeza con las manos entre las piernas, su pelo estaba húmedo.

Algo se movía entre las sombras, entre risas susurrantes y movimientos de sábanas, Danielle se fijó en que su compañera de cuarto se había saltado las normas y tenía una cita bastante divertida y jadeante. Cogió uno de sus cojines y lo lanzó con fuerza hacia los tortolitos.

—¡Auch! —Protestó su compañera. —¡Dedé! ¡¿Qué coño haces?

—¡Dejad de hacer ruido, guarros! —Contestó ella bromeando.

—¡Duérmete tía! —Le regañó su amiga.

Danielle sonrió pícara y se volvió a recostar. Apoyó de nuevo su cabeza en la almohada, miró involuntariamente hacia la mesilla, había algo brillante que ella no reconocía. Lo cogió para verlo más de cerca, era un anillo de oro con un sello, una cruz roja y dos iniciales, “KA”. Dudó por unos instantes intentando ubicar ese objeto en su memoria, pensó que seguramente sería del chico nocturno de su compañera, así que se levantó y de pies puntillas lo dejó en la mesilla de su amiga. Volvió a la cama, sigilosa y se durmió.

Danielle Dumont estudiaba en la Universidad de Jacksonville, cursaba su tercer año con calificaciones bastante altas. Sus especialidades eran la danza y las artes escénicas, motivo por el cual había escogido esa institución para sus estudios. Jacksonville, o “JU” como lo llamaban sus estudiantes, tenía un buen programa de Bellas artes y Danielle siempre había soñado con ser coreógrafa o una reconocida directora de teatro en el circuito de Broadway. Le encantaba el ballet, la ópera, los giros dramáticos y todo lo relacionado con los cuerpos en movimiento representando sentimientos. Compartía habitación con Elisa, se conocieron el primer año, congeniaron estupendamente y desde entonces fueron inseparables.

Danielle Dumont, era conocida como “Dedé”, apodo que le había otorgado Elisa y que se extendió como la pólvora, no sólo por su pintoresco mote, si no también por la popularidad que se había labrado estos tres años. Dedé tenía fama de fiestera sin límites, una rebelde empedernida, sin miedo a probar o experimentar situaciones y substancias de todo tipo. Intrépida y siempre optimista, era el alma de todas las fiestas. Tenía un carácter muy fuerte, no se dejaba pisotear por nadie, sin embargo, en muchas ocasiones había sido ella la apisonadora, manipulaba a su antojo a las personas de su alrededor con el fin de conseguir siempre lo que se propusiera. Profesores, estudiantes y sobre todo chicos, caían en sus redes, si alguien o algo se le resistía, ella recurría al chantaje, utilizando las debilidades de los demás a su favor. Se le daba muy bien humillar a los demás o usar su larga melena negra y sus ojos verdes como arma de destrucción para hombres. Ella sabía perfectamente la belleza que poseía, con los años había aprendido a sacarle partido. Dedé tenía un cuerpo escultural, sus exuberantes curvas llamaban la atención cada vez que se decidía por un vestido ajustado o unos vaqueros con una simple camiseta. Para ella todo en su vida era perfecto, buenos amigos, estudios deseados, chicos enamoradizos, fiestas a las que siempre era invitada… Todo marchaba como Dedé quería. Al menos en apariencia… si profundizábamos más en su interior, podríamos descubrir secretos que jamás confesaría en voz alta. En verdad estaba incompleta, se sentía realmente sola, sufría en silencio su pasado y ciertas cosas de su presente que mantenía ocultas, debía hacerlo, por su bien, por su popularidad y estatus, nadie debía saberlos.

Danielle Dumont era de Nantes, Francia, ciudad de Leonardo Da Vinci y Julio Verne,por lo que no era de extrañar que Dedé se interesara por lo artístico, a pesar de que le habían prohibido estrictamente amar todo lo relacionado con esos temas. Pertenecía a una familia inflexible y severa que seguía fielmente la doctrina ortodoxa, con normas tradicionales y cristianas, algo que ella jamás había aceptado.

Se despertó con la luz del sol entrando por la ventana, cegando sus preciosos ojos. Su amiga Elisa le había devuelto el golpe de la almohada para que se levantara de una vez.

—¡Venga dormilona! Levántate o no llegarás a clase de método. —Dijo Elisa después de su lanzamiento de cojín.

Dedé se estiró hasta que las yemas de sus dedos hicieron tope en la pared. Las sábanas de su cama se habían caído al suelo, signos de una noche algo movida.

—¿Qué hora es? —Preguntó ella aún somnolienta.

—¡Muy tarde! —Respondió Elisa mientras se vestía, torpemente y con prisas, por toda la habitación. —¡Vamos, no quiero tener que cubrirte otra vez!

—No tienes porqué… —dijo levantándose de un salto de la cama. Se dirigió hacia el espejo rectangular de cuerpo entero que estaba colgado a su derecha y mientras se recogía su larga melena en una coleta, se explicó presumida. —¡Tengo al profesor Harris comiendo de la palma de mi mano! Cuando acabe el semestre tendré matrícula de honor. —Dedé sonrió traviesa sin dejar de mirar su reflejo.

—¡Eres un zorrón! —Elisa le siguió la picardía dándole una palmada en el trasero a su amiga.

—¡No! ¡No es lo que crees! Es muy fácil menear mis pestañas y sacarle provecho a Harris, es un hombre solitario y con baja autoestima. Si vistiera mejor seguro que más de una estaría rellenando sus libros con su nombre. El pobre no sabe que los chalecos de lana se usaban en la prehistoria para avivar el fuego.

Elisa soltó una carcajada y ambas rieron.

—¡Oye! ¿Te has acostado con algún “Kappa” de otra “uni”? ¡No me lo habías dicho! —Dijo Elisa.

—¡¿Qué?! No, ¿por qué? —A Dedé le sorprendió su pregunta.

Elisa se acercó y le mostró el anillo.

—¿Esto no es de alguna de tus conquistas?

—No, lo encontré anoche en mi mesilla, creí que era de tu amante fogoso de ayer…

—¿Por qué iba a ser de él si estaba en tu mesilla? —Preguntó Elisa.

Dedé se encogió de hombros.

—Pues no es mío… —Cogió el anillo entre sus dedos y lo revisó por todos lados. Se fijó de nuevo en los grabados de la cruz y de las letras “KA”.

—Además, el chico de ayer, no es universitario. Se llama Ron, creo… ¿o era Ryan? —Elisa se quedó pensativa. —¡Qué más da, no creo que vuelva a verlo, es un poco plasta! Lo conocí ayer en el centro comercial, es agente inmobiliario. ¿Sabes que conoce a un montón de famosos? Al parecer una de las casas que intenta vender es de un director reconocido en Hollywood. Intenté sacarle el nombre con mis encantos, pero no soltó prenda. —Contaba Elisa mientras reorganizaba sus cosas por el cuarto. Dedé la escuchaba sin prestar mucha atención, seguía observando el anillo, intentando recordar porqué le resultaba tan familiar.

—¡Oye! ¿Por qué me has preguntado si me he acostado con un Kappa de otra universidad? —Preguntó Dedé.

—Pues porque ese anillo es de un “Kappa”. —Se acercó de nuevo a su amiga. —Mira, “KA”, Kappa. —Señaló. —Mi padre tenía uno igual pero con diferente insignia. Tiene que ser de otra “uni”.

—¡¿De cuál?! —Preguntó Dedé confusa.

—Vete a saber, últimamente hemos tenido bastantes fiestas… —Elisa miró el anillo una vez más. —Aunque me conozco todos los escudos de las universidades de por aquí y esta no me suena de nada. Seguramente sea de otro estado.

—¡¿Y qué hace aquí un anillo de otro estado?! —Exclamó Dedé.

—¡Y yo qué sé! Algún estudiante de aquí se habrá traído a algún colega de fuera. —Elisa encogió los hombros.

Dedé se quedó pensativa, todo aquello le parecía muy extraño.

—Bueno, yo me piro. ¿Te vienes? —Elisa cogió su chaqueta y con los libros en la mano abrió la puerta para salir.

—Si, ahora voy, tengo que arreglarme.

—Ok, después nos vemos. —Iba a salir hasta que Dedé la frenó.

—¡Eli! No deberías descartar tan pronto al agente inmobiliario, puede que al final sea beneficioso. —Aconsejó a su amiga dando a entender que en el fondo la había escuchado.

—¡Tú eres la experta! —Le guiñó el ojo y se marchó cerrando la puerta tras de sí.

Dedé dejó el anillo donde lo había encontrado, cogió una toalla de su armario y se metió en el baño. Le gustaba escuchar música mientras se duchaba, así que encendió la radio matutina, en aquel momento sonaba “Héroes” de David Bowie, una canción que a Dedé le levantaba el ánimo. Abrió el grifo y el agua empezó a salir con fuerza por la alcachofa, mientras ella se quitaba la ropa, el vaho acaparaba poco a poco el espejo del lavabo. Se recogió su larga coleta en un moño despeinado muy favorecedor y se metió dentro. Se frotaba su cuerpo con una esponja natural llena de jabón con olor a lavanda y cantaba los pedazos de estrofas que sí se sabía de la canción. Meneando las caderas al son, Dedé tenía poca prisa por hacer acto de presencia en su clase de método.

La canción se paró casi hacia el final, el locutor y presentador del programa quería dar las últimas noticias.

—“¡Buenos días Florida, estado del sol! ¿Cómo te has levantado hoy? Espero que mejor que Arizona. Al parecer, ayer, uno de los alumnos de Northern desapareció durante una excursión a las Islas Griegas. ¡Dicen que en misteriosas circunstancias! ¿Seguro…? ¿Han mirado en los bares? ¡Bueno, esperemos que aparezca pronto y pueda seguir haciendo de las suyas con su hermandad en “Kappa!” Y continuamos con nuevas noticias de nuestro queridísimo gobernador, que nos trae nuevas actividades durante las próximas vacaciones de…”

Dedé cogió la toalla que había colgado previamente en la mampara y salió de la ducha como un cohete al escuchar la noticia de la radio. Se quedó petrificada al oír que un chico de Arizona había desaparecido en las islas Griegas. ¡Había soñado esa misma noche con ese terrible suceso! Esa pesadilla que la despertó sudorosa y agitada a las cuatro de la madrugada, la que le aceleró el corazón de tal manera que casi se le había salido por la boca, un sueño tan horrible y tan real…

Pensó que quizás solo era una coincidencia, que quizás lo había oído o visto en alguna parte la tarde anterior. Seguía mirando la radio fijamente, paralizada, mientras el locutor continuaba con sus noticias del día, esperando que ese antiguo transistor le diera alguna respuesta más concreta. Un hormigueo le recorrió el cuerpo, su imaginación le hizo pensar que quizás tenía alguna habilidad psíquica oculta, se lo creyó durante unos segundos, meneó la cabeza negándoselo a sí misma y después reaccionó.

—¡No, es imposible! —Limpió el vaho del espejo con otra toalla más pequeña y se soltó el moño, con un cepillo se repasó el pelo hasta quedar satisfecha con su imagen. Se acercó para verse más de cerca. —Tengo que ir a hacerme un peeling. —dijo tocándose la barbilla.

Tras vestirse con unas mallas de deporte muy ajustadas, un top que sujetaba sus pechos de forma turgente y calzarse unas zapatillas de deporte, Dedé cogió una sudadera y su bolsa bandolera de piel negra, en ella metió sus apuntes y varios libros de estudio. Estaba preparada, por fin, para asistir a su siguiente clase. Se dispuso a salir por la puerta y cuando iba a marcharse, el anillo con el sello que había dejado en su mesilla, comenzó a brillar de forma muy intensa. Dedé se giró y vio cómo el objeto desprendía un halo de luz cegador y penetrante, lo miró perpleja y algo asustada, pensó que la mezcla de drogas, alcohol y relajantes musculares del día anterior, no habían sido muy buena idea.

Se acercó hacia la mesilla muy despacio, dando pasos lentos y premeditados, la luz era cada vez más fuerte y dorada, como el mismo sol. A cada paso que daba, Dedé se preguntaba si era buena idea estar allí ella sola, frente a esa situación, y además acercarse a lo que parecía bastante peligroso, pero algo imperceptible la empujaba, casi de manera involuntaria, como un enorme imán seductor atrayendo su cuerpo. Cuando estuvo a pocos centímetros de él, éste dejó de brillar y empezó a temblar y rebotar con fuerza por toda la mesilla. Nerviosa estiró su mano y con rapidez cogió el anillo, encerrándolo con fuerza dentro de su palma. Sin pensarlo y sin mirarlo, lo metió dentro de su bolsa como si tratara de encarcelar a un ser maligno. Tenía la cara descompuesta, el cuerpo tembloroso, no daba crédito a lo que había sucedido.

—¡Pero qué cojones…! —Dijo Dedé para sí misma.

Sin duda algo extraño y misterioso había llegado a su, aparentemente, vida perfecta.

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